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El búcaro de barro

A vueltas con la tecnología

A vueltas con la tecnología

           Hay circunstancias que aunque se diferencien en matices de alguna otra anterior, cuando suceden no puedo dejar de pensar que estamos ante un “déjà vu” de algo ocurrido hace unos días.  Ha sido esta mañana en el trabajo, tras volver del paréntesis impuesto por la Semana Santa, pero esta vez le ha pasado a una compañera mía: el monitor de su ordenador no funcionaba.

            Ésta es más espabilada que mi compañero y no me dice nada, llamando directamente al departamento de informática, para decir que no funciona su monitor. Empiezo a quitar cables, aunque me mira un poco “mosca” y algo molesta, diciéndome que ya ha comprobado las conexiones y que no funciona y comienza a mandar la incidencia desde otro ordenador. Aprovecho mientras está tecleándola para quitar y poner el enchufe de la conexión. Un par de minutos después al encender el pc el monitor enciende en todo su  esplendor.

-¡Anda, ahora enciende, de pronto!

            Sin palabras, cada día me noto más curtido en la paciencia.

Estampas cofradieras

Estampas cofradieras

     Tras una Semana Santa donde el agua no ha dado tregua, ayer pudo celebrarse la Procesión magna. Toda una novedad en mi ciudad, porque por primera vez quince pasos desfilaron uno tras otros con una buena organización, a pesar de lo complicado que era el elaborar los itinerarios de cada uno de ellos. Unas nubes quisieron deslucir dicho desfile, pero con las pocas gotas de agua no lo consiguieron. Y hablando de agua, se ve que alguno de los penitentes temía, en algún momento, echarla de menos y, como se ve en la foto, no se separó en todo el rato de su botella.

Otra escena, uno de los pasos recogiéndose en su parroquia, tras los acordes del himno nacional y los aplausos de los espectadores que poblaban el exterior a las once de la noche, a continuación cierran las puertas.  Poco a poco van saliendo los penitentes de la parroquia, un joven pretende entrar al interior, pero una penitenta que estaba en la puerta le dice que no se puede entrar. El joven sin perder la sonrisa le dice:

-Es que yo...soy el párroco.

         Un tanto abochornada, la penitenta le dejó pasar. Ya sospechaba que algunos de los que salen  en las cofradías no son visitantes asiduos de la parroquia, esto me lo confirmó.

Nuevas tecnologías

Nuevas tecnologías

   Llego el lunes a la oficina y me meto a trabajar a mi despacho. Enseguida mi compañero, que ha estado dos semanas de vacaciones, solicita mi atención:

-Mi impresora está estropeada, no funciona.

-Es extraño-respondo-nadie la ha usado en estas dos semanas.

-No sólo no imprime, sino que ¡ni siquiera se enciende!

   Me acerco a la impresora a examinar las conexiones y veo que no tiene el cable de corriente conectado, se lo digo y me dice, que había visto un cable por detrás (el que está conectado al pc). Enchufo el cable.

-¡Ya funciona!-exclama con una alegría no exenta de cierta euforia.

Viaje sin destino

Viaje sin destino

      Llevaba mucho tiempo preparando este viaje.  Soñé muchas veces, despierto y dormido, cómo efectuarlo. Dejaría el seguro refugio en el que había posado mis pies hasta entonces para emprender una verdadera aventura, resignándome a ir en solitario. Al fin, me desprendí de todos mis lastres y resolví emprenderlo.  No tenía que preparar ningún equipaje, simplemente decidirme. El día antes, precisamente, empezó a dolerme mucho la cabeza. Eso no podía ser un obstáculo. Después no recuerdo nada, sólo que cuando desperté llevaba puesta una camisa que impedía el movimiento de mis brazos.  Se había iniciado mi viaje hacia la locura…

Reencuentro con las aulas

Reencuentro con las aulas

          Durante mi vida universitaria siempre me imaginé ejerciendo la actividad docente. Y en ella fue donde inicié mi actividad laboral y permanecí cinco años. Era un trabajo para el que me consideraba preparado y en el que disfrutaba.  Pero mis circunstancias personales me empujaron a realizar unas oposiciones para la Administración, con lo que cambié radicalmente de tipo de trabajo. No sin cierta pena dejé la docencia y al nuevo trabajo tardé varios años en encontrarle su lado positivo,  acompañándome una nostalgia por aquello que había dejado, que tardó tiempo en difuminarse.

         Esta semana, por motivos de mi trabajo, he vuelto a reencontrarme con las aulas de un instituto, al tener que impartir a aquellos jóvenes un curso, muy diferente a aquellas fórmulas matemáticas que yo les enseñaba hace veinticinco años. No tuve mucho tiempo para darme cuenta de la evolución de los alumnos desde entonces a ahora, pero sí en lo diferente que son los medios  de que ahora se disponen, para impartir una clase. En aquellos años de mitad de los 80 me bastaba para explicar la tiza y la pizarra. Ahora fue necesario una presentación en Power Point, que no me permitía alejarme del ratón, ni modificar lo que ya estaba hecho.  Me gustó la experiencia, pero concluí que a pesar del actual avance tecnológico yo prefiero, a la hora de impartir la clase, esa blanca y polvorienta tiza con la que lograba dar vida a la oscuridad de la pizarra.

Nadie te encontrará

Nadie te encontrará

Annie O'Sullivan es una agente inmobiliaria que poco antes de que termine su jornada enseña una vivienda a un posible comprador, sin imaginarse que tras aquella sonrisa se esconde un verdadero sicópata. Es secuestrada y llevada a una cabaña del bosque, donde tendrá que aprender a sobrevivir cada hora del día y de la noche con aquel peligroso y maniático individuo durante casi todo un año.

Una vez libre y de vuelta a su casa, descubrirá que toda aquella experiencia le ha dejado una profunda huella, en sus relaciones con los demás y en su forma de ser. Ya nada será igual. Los capítulos narrados en primera persona por Annie, nos van narrando sus charlas con una sicóloga. A través de estas charlas vamos recomponiendo su terrible historia, que frente a lo que ella pensaba no ha terminado del todo.

         Un relato escrito por la escritora canadiense Chevy Stevens, que va haciéndose a medida que avanza con la atención del lector y que cuesta abandonarlo y tomarse un respiro en sus últimas páginas. 

 

Inés y la alegría

Inés y la alegría

         Última novela escrita por Almudena Grandes. Un libro voluminoso de algo más de 700 paginas, como acostumbra a escribir esta autora. Para saber de qué trata, mejor citar las propias palabras de la autora:

“Inés y la alegría cuenta la historia de la invasión del valle de Arán, una operación militar desconocida por la inmensa mayoría de los españoles que tuvo lugar entre el 19 y 27 de octubre de 1944”. Señala además que es una obra de ficción inserta en la crónica de un acontecimiento histórico real, siendo la primera novela de una serie de seis de “Episodios de una guerra interminable” relacionando con el título de los episodios nacionales de Galdós.

             Muy diferentes de las dos anteriores que leí: El corazón helado y Los aires difíciles. Ésta me ha decepcionado y aburrido en algunos momentos, sobre todo en esos capítulos donde se pierde la trama novelesca y se insiste en el aspecto histórico que rodean a Inés y al resto de los personajes que se vieron inmersos en aquella frustrada invasión, lo que hace que pierda agilidad argumental.  No es una novela policíaca por lo que aconsejaría empezar a leerla por el “final”, por esa nota de varias páginas que escribe la autora al concluir y donde se señala, entre otras cosas, lo que hay de real y ficción en la novela y cómo distinguir los capítulos que son de una y otra cosa. De todas formas seguiré atento a las novelas de esta escritora, porque me sigue pareciendo admirable su forma de escribir.

Seleccionado

Seleccionado

         Una sorpresiva llamada de teléfono, que supuse que sería  de una compañía de telecomunicaciones para ofrecerme alguna oferta, me dijo que yo era uno de los seleccionados. No comprendí muy bien de lo que me hablaba, aunque de entrada eso de ser “escogido” entre miles de personas sonaba bien. No se preocupe, me dijo que ya le llegará una carta a casa explicándole todo.

        A los pocos días me  llegó la carta de que estaba seleccionado para el proyecto Eles, que se trata de un estudio longitudinal sobre cómo envejecemos los españoles, a través de un cuestionario y unas pruebas médicas…  Y es que ya uno va alcanzando unas edades que cualquier selección, en principio, debe resultar algo sospechosa. 

Histórico

Histórico

     A veces, basta con abrir un armario para darse cuenta de que lo era un simple bote de lavavajillas se ha convertido ya en un objeto histórico.

Seda

Seda

      Acabo de leer esta historia, entre novela y cuento, que se saborea en no mucho tiempo. Es original, cada párrafo es un capítulo, lo que hace que alguno sea más de diez líneas. Nos narra las aventuras de Hervé Joncour, que como dice en el primer capítulo: compraba y vendía gusanos de seda. Hace un viaje a Japón para traer huevos de gusanos de seda y se encandila con una joven. Vuelve y no olvida. Los viajes se repiten, aunque a pesar de los muchos kilómetros que recorre los resuelve escuetamente, hasta cuatro veces. El último en circunstancias trágicas. 

    La historia se narra simplemente a base de leves pinceladas, no llega mucho más allá de las líneas, no entra a retratar a los personajes, ni siquiera habla de cómo se fabrica la seda y es el lector en que algunos momentos debe imaginar. Se lee fácil y hace pasar un buen rato.

     "Baldabiou conocía todas esas historias. Sobre todo conocía una leyenda que se oía repetidas veces entre quienes habían estado tan lejos. Decía que en aquellas islas se producía la seda más bella del mundo. Lo hacían desde hacía más de mil años, según ritos y secretos que habían alcanzado una mística exactitud. Lo que Baldabiou pensaba es que no se trataba de una leyenda, sino de la pura y simple verdad. Una vez había tenido entre sus dedos un velo tejido con hilo de seda japonés. Era como tener la nada entre los dedos".

Las ruinas del amor

Las ruinas del amor

       La ruptura de un matrimonio supone siempre una crisis en los miembros de la pareja, que les zarandea hasta en lo más profundo, pero a pesar de intuir eso Ela toma la decisión de separarse de su marido Amnón.  Así comienza esta historia escrita por la autora hebrea, con un nombre de complicada pronunciación, Tsruyá  Shalev.  Traducida del hebreo por Ana María Bejarano, consigue dotar al lenguaje de la protagonista de una capacidad absorbente que va envolviendo y arrastrando en su lectura.

       Ela está totalmente decidida a separarse, prefiere vivir sola que vivir en esa soledad acompañada en la que ella siente que se ha convertido su vida, aunque pronto se dará cuenta de que no es tan sencillo como creía.  Un hijo de seis años les une y eso complicará su decisión en muchos aspectos. La gente de su alrededor no comprenden su decisión y harán lo posible para que rectifique, pero ella lo tiene muy claro…o al menos eso es lo que pensaba, porque pronto se dará cuenta que hasta ideas que tenía muy clara se confunden y su decisión camina hacia delante y hacia atrás contagiada por las circunstancias externas y por la lucha interior que va viviendo.

      Escrita en primera persona, con frases largas cuya extensión se hace necesaria para que no se pierda la lluvia constante de sus pensamientos, podemos atisbar en lo más profundo de Ela, nos solidarizamos con sus dudas y preocupaciones que son universales y al final concluimos que en ninguno de los posibles caminos encontramos las decisivas respuestas para nuestra felicidad.

     “Pues imagínate que te estoy besando, dice, ¿podrás?, mira el poder que llega a tener lo que no se produce, y yo me sorprendo, ¿pero por qué me lo tengo que imaginar si estás aquí a mi lado?, y dice, porque yo así lo quiero, de manera que cierro los ojos, el dedo de él resbala por mis labios, con restos de la dulce bebida, lo mismo que se humedecen con vino los labios del bebé en el momento de la circuncisión, y cuando intento acariciarle la cara él me toma las manos y me las pone en el sofá, despacio, susurra, tenemos muchísimo tiempo, más de lo que crees, me gusta hacerlo todo a mi manera, no siguiendo una receta, ¿lo recuerdas?, sus labios se acercan a los míos, revolotean por encima de ellos para enseguida apartarse dejándome en una dulce tensión, mis manos apresadas en su mano en un gesto de renuncia asombroso, ¿por qué lo estará retrasando tanto?, ya no somos unos niños, con la de veces que habremos besado y que habremos sido besados, pero de pronto parece que así es como debe ser exactamente como en este momento, porque nos hemos precipitado demasiado en la vida dejándonos llevar por el deseo para apagarlo con jadeos demasiado vulgares, así que cuando al fín posa sus labios sobre los míos me parece que nunca antes he sido besada, porque es como si mis labios me hubieran sido arrancados de la cara y ahora fueran un miembro suyo más, no soy yo la que los mueve sino un mecanismo ajeno que no se encuentra bajo mi mando”.

Palabras dormidas

Palabras dormidas

   Ayer me tropecé por la calle con una antigua compañera de un taller literario, a quien no veía desde hacía varios años. Después de interesarnos por nuestras mutuas vidas, preguntamos al otro si seguía escribiendo. Ella me dijo que ya no escribía y a mí me resonó extraño, que alguien con quien compartía el interés por las letras, se le hubieran deshinchado de tal manera.

   Yo le dije que seguía escribiendo y por un instante me sentí triste de pensar que podía dejar de hacerlo. La compañía de las letras durante tantos años ha hecho que se me conviertan en indispensables. Es como si ellas hubieran tomado aspecto humano. Y así, las palabras se desperezan dentro de mí, toman mil formas inimaginables, me narran historias y dan cuerpo a mi imaginación. Me hablan silenciosamente,me seducen y me atraen irremisiblemente. Y cuando en alguna época piensan que me olvido de ellas sus celos me oprimen y me obligan a acercame a ellas, para curarlas, desparramándolas mimosa y ordenadamente sobre el papel en blanco.

Aquel último verano

Aquel último verano

       Bajé del autobús con mi maleta atestada de apuntes ante aquel edificio majestuoso en el que me iba a pasar el próximo mes. Estaba en las afueras de una capital castellana, rodeado de campos alfombrados donde se alternaban los trigos somnolientos con alfalfa juguetona. Durante las mañanas asistía a un curso de filosofía, en el que mi mente se resistía evadiéndose a mayor altura que las nubes. En las tardes, tras un rato de siesta reposada en una vieja pero cómoda cama de tubos,  me sumergía en los apuntes intentando asimilar los más profundos rudimentos de las síntesis de los compuestos orgánicos. Me ayudaba de rotuladores Edding, con los que pretendía alegrar la monotonía de aquellos compuestos carbonados. A las ocho de la tarde hacía un receso en el estudio y me iba a pasear por los caminos abiertos entre los cultivos, raramente me encontraba a nadie y dejaba acompañar mis pasos por dos viejas amigas: la soledad y la nostalgia. 

            Había gente allí, pero la soledad celosa como nunca, no les dejaba acercarse. En cuanto a la nostalgia, azuzada por la brisa vespertina, ocupaba su tiempo entre echar de menos la playa de mi tierra sureña tan diferente a este paisaje mesetario y el recuerdo de mis aulas universitarias a las que yo sólo volvería para examinarme de aquellas tres asignaturas que quedaban para finalizar mis estudios. Al finalizar el día disfrutaba del goce que produce esos colores con que el sol dibujaba el cielo y por un momento me esforzaba en vivir el presente y olvidar de los problemas que me atosigaban. Después de la cena encendía un flexo metálico cabizbajo que inundaba de luz amarilla mi mesa. Las gotas de sudor resbalaban por mi piel. La madrugada iba cobrando formas en mi reloj, yo rellenaba hojas de fórmulas químicas a los sones enlatados de la música emitida por un viejo transistor. Antes de dormirme, abría la ventana y miraba a la luna, escuchaba los sonidos tan nuevos para mí del campo e incluso me parecía escuchar las olas. Cerraba la ventana, me subía en la silla y con una chancla me dedicaba a matar contra la pared a aquellos mosquitos que se colaban. Luego, me dormía y hasta el día siguiente.

            Una tarde, ya harto de estudiar, cogí en mis manos el lápiz y empecé a hacerme este autorretrato, que casi treinta años después sigue conservando en sus líneas el recuerdo de mi último verano de estudiante.

Mareas de ida y vuelta

Mareas de ida y vuelta

    En nuestro litoral cada seis horas, aproximadamente, se alterna la marea alta con la bajamar, pero este fin de semana hemos disfrutado de unas imágenes verdaderamente inusuales. Probablemente haya influido esa luna tan próxima que ayer se acercaba a nuestra Tierra, dejándonos a la vista la intimidad de sus cráteres, la que nos ha permitido ver en nuestra costa imágenes nunca vistas y un gran contraste entre una marea baja que dejaba al descubierto arenas y rocas nunca acariciadas por el sol y una marea alta, cuyas aguas cubrían espacios que siempre habían estado secos. Como si de una gran fiesta se tratara, cientos de personas madrugaron este fin de semana para ver este espectáculo que transformaron nuestra costa como dice el tanguillo de los Duros Antiguos: "estaba la playa igual que una feria".

Carnaval de los más jartibles

Carnaval de los más jartibles

    Cuando ya han pasado varios días del miércoles de ceniza, aún hoy, al pasear por las calles de Cádiz, era posible encontrar en muchos de los rincones del casco antiguo a grupos carnavalescos. Hay gente que no se resigna a que el Carnaval se acabe, son los más jartibles, y un día más sacan sus disfraces a la calle y adornan el aire con sus cantes.

Breve diccionario chino-inglés para enamorados

Breve diccionario chino-inglés para enamorados

       Una original historia la escrita por la autora china Xiaolu Guo. Nos narra la historia de una joven china a la que sus padres envían, durante un año, a estudiar a Londres. Ella es animosa y dispuesta a aprender bien la lengua inglesa, por eso siempre va acompañada de un cuaderno en el que va apuntando las palabras que va aprendiendo y sus dudas.

      La joven Zhuang Xiao Quiao, ante lo confuso de su nombre para los occidentales casi prefiere que le digan Z, nos va narrando en primera persona el encuentro, en ocasiones chocante, con una realidad y unas costumbres muy diferentes a las suyas. Cada capítulo va encabezado por una palabra, con su significado correspondiente y en él desarrolla sus ideas o experiencia en torno a esa palabra.  Está escrito en primera persona de una manera peculiar, supongo que nada sencilla de traducir, y en el tono empleado podemos imaginarnos muy bien a una china hablando que va plasmando en estas páginas una visión ingenua y profunda, que nos hace sonreír y pensar a la vez. Conoce su primer amor y se va a vivir con él y su corazón busca lleno de dudas el camino de la felicidad. En un determinado momento ella se va sola de viaje por Europa y en su cuaderno va plasmando sus originales experiencias, que le ayudan a convertirse en mujer. Un libro que nos ayuda a darnos cuentas desde una visión oriental, que a veces no son tan simple o universales como nos puede parecer.

     “Cuando estaba en la escuela media, mis compañeros siempre se reían de mí. Así que pasaba el tiempo leyendo para no tener que hablar con ellos. Leí Blancanieves y los siete enanitos en chino, y vi mi madre es tan mala como esa reina madrastra. Pero yo no tenía una piel de blanca nieve y era sólo una muchacha campesina. Así que no había príncipe que vendrá a salvarme y ése es mi destino. De adolescente, me moría de ganas de escapar de mi ciudad, la ciudad que mi madre siempre me pegaba y culpaba de todo lo que he hecho mal, el lugar sin mi sueño y mi libertad.

      El día que llegué a Occidente, de pronto me di cuenta que soy china. Mientras uno tiene ojos negros y pelo negros, obsesionado por arroz y no puede tragar ninguna comida occidental, y no sabe pronunciar la diferencia entre erre y ele, y pide a la gente sin decir “por favor”, entonces es un chino típico: un inmigrante inlegal, trata mal a tibetanos y taiwaneses, bueno en comida pero poner glutamato para envenenar gente, come carne del perro y bebe entrañas de las serpientes.

   “Quiero ser ciudadana del mundo”. Hace poco aprendí a decir eso.”

Mamá

Mamá

      Nikki  Eaton es una mujer independiente de treinta y un años que escribe para un periódico. Vive sola y tiene una relación cordial, sin ser demasiado cercana con su madre. Asiste junto a su hermana y la familia de ella, junto con otros originales amigos y parientes, a una comida a las que los invita su madre con motivo del día de la madre. El fallecimiento días después de su madre, hace que Nikki empiece a darse cuenta de que era una mujer muy especial y empieza a conocerla en facetas en las que nunca imaginó en vida.

       Ella se traslada a su antigua casa y la descubre en aquellos objetos y rincones, junto al gato que su madre tenía o haciendo un especial itinerario con la ayuda de sus parientes o los viejos amigos. También retoma algo en lo que su madre era experta: hacer pan.

Joyce Carol Oates es una veterana escritora norteamericana nacida en 1938, con una forma de escribir que anima a seguir leyendo y ayuda a ahondar en los sentimientos íntimos de sus personajes, en este caso desde ese monólogo interior que nos brinda la protagonista.

    “Hacía pan. Lo ensuciaba todo pero hacía pan. Me exasperaba, perdía los estribos y arrojaba a la basura pan duro como una piedra pero hacía pan. Discutía con mi amante casado pero hacía pan. Lamentaba no haber invitado a entrar en mi cocina al detective de pelo erizado, no haberle dejado probar el pan de plátano y nueces de mamá que había resultado ser bastante bueno, pero no le llamé; hacía pan. Pensaba: “No necesitas más emociones en tu vida en estos momentos, necesitas menos”.

Hacía pan.”

 

Volviendo...

Volviendo...

...tras ocho días en las garras de una gripe, al fin comienzo, poco a poco, a sentirme mejor. Todo empezó el viernes 4 de febrero que noté cómo en el trabajo me parecía flotar en una situación de ingravidez nada habitual, hasta que me tuve que venir para casa. Me desplomé sobre la cama, sin saber muy bien lo que me estaba ocurriendo, y un dolor acompañado de escalofríos, fue tomando creciente posiciones a todo lo largo y ancho de mi cuerpo. A partir de entonces perdí la noción del tiempo y las ganas de todo, perdí el hambre y hasta las ganas de escribir. Me dolía  todo y mi cuerpo se perdía entre las sábanas, donde se acumulaba un variado número de mantas en creciente desorganización. La altura de la montaña de mantas iba modificándose acorde con el desequilibrado termostato de mi cuerpo, y que hacía que frente a esos ratos en que a cada pie con dos calcetines gordos bajo cuatro mantas no hubiera forma de hacerlo entrar en calor y ese otro rato que el sofoco provocaba que me sobrara cualquier atisbo de manta. Y lo que pensaba que durante el fin de semana se resolvería, el lunes por la mañana estaba mucho peor y porque me llevaron al médico, que me dio la baja, que si no difícilmente soy capaz de llegar hasta la consulta.

        Tras volver a casa, pensando que el hecho de ir a la consulta sería inicio de recuperación, recuperé esa horizontalidad que era donde me encontraba menos mal y continué poniéndome peor.  Aparte de ese dolor extendido, la nariz se convirtió en fábrica de mucosidades que con dificultad encontraban salida y la garganta empezó a producir agrestes e insistentes toses. Me aburría, pero es que no tenía fuerzas para hacer nada, ni siquiera hablaba porque mi voz se convirtió en inentiligible. Un libro, que cogí para esos ratos de sentirme mejor, se quedó cerrado sobre el colchón. Pasaba las horas con los ojos abiertos, mirando, sin ver, a una pared blanca que me acabé aprendiendo de memoria. Y las noches eran de puro delirio, en el peor sentido de la expresión, y extraños sueños tomaban formas de retorcidas pesadillas, que permanecían incluso estando despierto.

        Al fin, a partir del quinto día percibí que, al menos, no estaba peor y lentamente inicié la recuperación. Me di cuenta que cuando andaba era capaz de andar recto, algún rato leía, aunque los trastornos y las toses me siguen acompañando hasta la actualidad. Al mirar atrás esos días aparecen en mi calendario como con números en blanco. Algo he aprendido de todo esto: ¡el año que viene me vacuno contra la gripe!

Soleando

Soleando

   Agradezco que después de tantos días de niebla y lluvia llegue la caricia del sol aunque sea en una tarde fría como la de hoy, en la que ha dado gusto pasear por la playa.

La ruta de los buenos días

La ruta de los buenos días

     Cada mañana, aún de noche cerrada, al salir de casa con los últimos restos de sueño aún adheridos a mi cuerpo, deambulo por las calles solitarias camino de mi trabajo. Siempre me llama la atención a esas horas la solidaridad madrugadora de los escasos paseantes, que hace que al cruzarnos con alguien aunque sea desconocido, se intercambien unos espontáneos “buenos días”. Saludos de tonos muy diferentes: desde ese afable acompañado de un leve movimiento de cabeza, a ese otro que se adivina tras un semigruñido o incluso ese saludo doble del “buenos días, buenos días” que me dirige un senegalés mientras la blancura de su sonrisa destella en la penumbra de la calle.

            Así ese cotidiano itinerario se convierte en una ruta de buenos días hasta que entro en el interior del edificio donde trabajo. Cuando vuelvo a salir a la calle, un par de horas más tarde ya dejaron de brotar esos espontáneos saludos y yo me pregunto ¿en qué momento exacto del día se transforma en una simple calle esa ruta matinal de los buenos días?