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El búcaro de barro

¿Buenos aires?

¿Buenos aires?

    Tras un mes de julio y primeros de agosto de sol y temperaturas agradables, el tiempo ha cambiado en este rincón del sur. Las temperaturas han subido hasta los treinta y cuatro grados, las ventanas de las casas permanecen cerradas y las persianas bajadas hasta media altura y cuando se sale a la calle un abrigo hecho de aire caliente nos rodea y dificulta, en cierto modo, hasta respirar con fluidez.

    De tres a seis de la tarde las calles se descubren  solitarias, como las de un pueblo fantasma y sólo osan pasear  los visitantes que deben aprovechar cada hora de las que tienen, que para eso les está costando la estancia en el hotel. Cuando el día  declina la gente empieza a salir, una acera sigue solitaria, la del sol, y la otra se va notando ya bulliciosa. Las terrazas de los bares empiezan a llenarse hasta que no se encuentra una mesa libre y un ligero viento nocturno parece relajar el día. Para los dueños de los negocios son buenos estos aires de levante, pero yo en verano prefiero mil veces el viento de poniente.

De cumple

De cumple

   Hay un día en el año que es un poco diferente a los demás: te llaman, te mensajean y te llegan correos llenos de buenos deseos; para a partir del día siguiente un número más añadirse a tus datos y acompañarte en los próximos 365 días. Hoy ha sido ese día. Hace años me "deprimía" un poco, no tanto por el hecho de cumplir años sino porque se le olvidara a algunas personas que me importaban. Con los años, afortunadamente, las sensaciones han cambiado. Me gusta cumplir años y me siento a gusto avanzando hacia delante en el camino de la vida. Lo importante es hacerlo con salud y con esa sensación, más o menos engañosa, aunque no importa, de que las arrugas y todo sus entornos, se van colocando en los sitios donde mejor sienta. Y si no sientan tan bien...tampoco importa mucho porque la vista se va "acortando" para ayudarnos a ello.

El vals lento de las tortugas

El vals lento de las tortugas

Segunda parte del libro Los ojos amarillos de los cocodrilos, en que la francesa Katherine Pancol, nos envuelve de nuevo con ese peculiar universo de sus personajes ya conocidos y sus tramas bien urdidas. Su protagonista sigue siendo Josephine, esa mujer cuarentona y gris, que se hizo famosa con la publicación de una novela histórica. Ahora ha cambiado de domicilio a una zona mejor de Paris, en donde vive con su hija pequeña. Su hermana descubierta en el engaño de querer hacerse pasar por la autora de dicha novela, malvive depresivamente en un centro siquiátrico. Y su marido que supuestamente fue devorado por un cocodrilo, da de vez en cuando señales de vida. Josephine está muy enamorada con un amor prohibido por su cuñado y un día yendo por la calle sufre un intento de asesinato.

         La autora nos presenta una serie de personajes aparentemente normales, pero en los que nos revela sus deseos más íntimos. Aparece un asesino en serie de mujeres. Un niño con una inteligencia fuera de serie. Un hechizo capaz de destrozar una familia. Y sobre todo en sus páginas todos revelan una necesidad grande de ser amados. El estilo es dinámico donde monólogos interiores y diálogos encajan a la perfección y un cierto tono de humor, a pesar de las tragedias, tiñe todo el relato.

"Él la estaba esperando cerca de las barcas. Sentado en un banco, las manos en los bolsillos, las piernas estiradas, su gran nariz apuntando al suelo, una mecha de pelo moreno barriendo su rostro. Ella se detuvo y le miró antes de abordarle. Por desgracia no sé tomarme el amor a la ligera. Me gustaría echarme al cuello de aquel a quien amo, pero tengo tanto miedo de asustarle que ofrezco la cara humildemente para recibir un beso. Le amo a hurtadillas. Cuando levanta sus ojos hacia mí, cuando atrapa mi mirada, me adapto a su estado de ánimo. Me convierto en la enamorada que él quiere que sea. Me enciendo a distancia, me controlo en cuanto se acerca. Usted no sabe nada de eso, Luca Giambelli, usted se cree que soy un ratoncito temeroso, pero si apoyara su mano sobre el amor que hierve dentro de mí, le produciría quemaduras de tercer grado."

En un momento determinado uno de los personajes dice: "Quiero una piel contra la que frotarme, pero una piel que me hable y que me ame", pero esta frase se le puede aplicar a muchos de ellos.

Lo que esconde tu nombre

Lo que esconde tu nombre

     Esta novela de Clara Sánchez, fue Premio Nadal 2010 y es de esos libros que me enganchan desde el principio. Nos cuenta la historia de una joven que se retira a un pueblo de la costa levantina y, embarazada de un hombre del que no está enamorada, intenta encontrar un sentido a su vida. Conoce en la playa a un matrimonio de octogenario noruegos que le ayudan y entre ellos se crea una amistad, donde empiezan a tratarla como una nieta. Aparece Julián, octogenario también, antiguo prisionero de un campo de concentración que contacta con Sandra y  le avisa de que detrás de la fachada afable de esa pareja se esconden dos antiguos nazis a los que él conoció muy bien. Las investigaciones de Julián atraen la atención del lector y lo acompañamos descubriendo una trama silenciosa, la Hermandad, de antiguos nazis que existe en aquel escondido lugar.

La narración se articula en los monólogos interiores de Sandra y Julián y a través de ellos vamos entrando en un argumento que siempre invita a leer más.

"El olor a tierra y a flores mojadas, incluso antes de que se hubiesen mojado, se mezclaban con la humedad del mar. Se me abrían los pulmones, respiraba mejor que nunca, lo que sería muy bueno para el niño. Al fin y al cabo yo era su ventana al mundo y lo que le llegaba sería muy poco. Oxígeno, música algunas veces, los latidos de mi corazón y posiblemente mi tristeza y mi alegría."

U de ultimátum

U de ultimátum

    Es admirable la constancia de la escritora norteamericana Sue Grafton, para mantener el interés con su alfabeto del crimen. Iniciado en 1982 ha publicado hasta la fecha veintiuna novelas todas con unos títulos de forma original que siempre empiezan por una letra del alfabeto. En todos ellos nos recrea las aventuras de la detective privada Kinsey Millhone, una peculiar investigadora que desarrolla su actividad en la ciudad californiana de Santa Teresa. Después de tantos años sumergido en sus letras, es imposible no sentir una especial simpatía por esta antigua policía, responsable, atrevida y no exenta de sentido del humor, y todo su peculiar universo de personajes y amigos, que se nos van convirtiendo en viejos conocidos. Este reconocimiento del ambiente siempre gusta y anima a leer con ganas, que nunca son decepcionadas, cada ejemplar nuevo de este alfabeto.

En U de ultimátum, un joven acude a ver a Kinsey, a punto de cumplir sus 38 años, para hablarle de un antiguo caso nunca resuelto: la desaparición de una niña veinte años antes. Una noticia ha reavivado los recuerdos del joven y cree que cuando él era pequeño vio a dos hombres enterrando un cadáver que podría ser el de la niña desaparecida. Kinsey empieza a investigar y aquello va a resultar más peligroso de lo que parecía. Generalmente están escritos en primera persona, narrado por Kinsey, en este hay un narrador que se encarga de contarnos historias de hace veinte años que nos aclararán bastante el presente.

Puro desliz-amiento

Puro desliz-amiento

               Ella terminó de perfilar sus uñas con aquella pintura de color rojo cereza y le echó una mirada picarona a él, que descansaba, cuan largo era, tendido a su lado en el sofá. Le gustaban sus estilizadas formas, que parecían desafiar sus más íntimos deseos, ese anhelo de sentirlo entre sus dedos.

            No lo dudó más y sus dedos a modos de  pies, caminaron sobre el cojín, degustando cada instante, hasta asirlo y sentir el calor que emitía. Lo prensó bien entre sus dedos, experimentando sus proporciones y saboreando esa sensación que siempre le resultaba  placentera, aunque le resultara bien conocida. El ánimo de ella se cargó de tal euforia, llevaba mucho tiempo pendiente de este momento, que casi le pareció que contagiaba a él de su peculiar excitación. Sin soltarlo, lo condujo resueltamente hacia aquella superficie. Él se dejó hacer sumisamente, al principio sus fluidos, se resistieron, pero al punto, manaron de aquella puntita dura. Ella se sonrió, al fin iba a escribir ese relato que desde hacía tanto tiempo bullía por su cabeza. Recolocó a él, su bolígrafo entre sus dedos y empezaron, él y ella, a romper la monotonía de aquella hoja en blanco  con el siguiente texto:

            “Ella terminó de perfilar sus uñas con aquel color rojo cereza y le echó una mirada picarona…”

Crimen en directo

Crimen en directo

         Cuarta novela policíaca de la autora sueca Camilla Läckberg, tras los éxitos de las tres anteriores:  La princesa de hielo, Los gritos del pasado y Las hijas del frío. En esta narración sus habituales protagonistas, Erika  y Patrik, siguen disfrutando de su vida en esa ciudad de nombre impronunciable,  Fjällbacka, ahora con la compañía de su pequeña Maja. Patrick sigue trabajando en su comisaría, a la que llega una policía nueva, con sus ya habituales compañeros.

         Mientras Erika y Patrik preparan su boda, Patrik debe investigar un aparente accidente de tráfico en el que muere una mujer y que pronto sospechará que es un asesinato que tiene relación con otros cometidos en el país. A la vez un equipo de televisión acude al pueblo a grabar un reality-show con un grupo de jóvenes, donde a  mayor escándalo más índice  de audiencia, lo que no pueden sospechar hasta que punto puede llegar ese escándalo.

                Otra novela que atrapa de esta autora, en la que los personajes aparecen bien retratados y como viejos conocidos. La trama bien urdida, tiene habilidad para cambiar de registro cuando alguna pista aparece en la historia, dejando al lector con la consiguiente intriga. Ya se ha publicado en nuestro país el quinto libro de la serie:  Las huellas imborrables.

El factor Scarpetta

El factor Scarpetta

       El último libro de la forense Scarpetta, para los que somos incondicionales de Patricia Cornwell. Ya van casi una veintena de título y que siempre aconsejo leer desde el primero, porque los personajes van evolucionando a medida  que avanzan los libros y es fácil perderse en alguna de las referencias que se hace a historias anteriores.

            En esta ocasión es el fallecimiento de una joven asesinada en Central Park el que tendrá que estudiar la forense. A la vez su personalidad pública se acentúa participando en un programa de la CNN dónde le preguntan por la desaparición de una joven millonaria llamada Hanna Star. Las tramas se entrecruzan y al parecer un taxi amarillo, ¿cuál de los muchos que hay en Nueva York?, no es ajeno a ello. Se da cuenta que su vida corre peligro cuando le dejan un paquete bomba en su casa. Variados hilos que se enmarañan, menos mal que cuenta con las personas habituales que forman su equipo entre los que destaca el detective Marino y su sobrina Lucy.

            Siempre me atrapan estas historias, aunque me ha gustado menos que el anterior libro de la serie, quizás porque la trama me ha parecido más estática que en otras ocasiones.

Tarde de junio

Tarde de junio

Tarde de junio en una playa que renace a un nuevo verano. Brotes de recuerdos nostálgicos que surgen anclados a mi memoria. Aquellas tardes de los tan deseados finales de curso, llenas de ilusiones de un prometedor verano, que de largo llegaba a convertirse en tedioso. Juegos infantiles a la luz eterna del atardecer. Aún puedo sentir el señero tacto de la arena húmeda entre mis dedos y cómo estos construyen castillos de formas caprichosas y socavan esa tierra blanda, ahondando hoyos que rápidamente se inundan, como si fuera posible alcanzar, por ahí, el fondo del mar. Luego en los años adolescentes, griteríos, zambullidas estridentes y concursos de quién nadaba más lejos o más rápido, mientras portábamos un corazón que ensayaba a enamorarse.

         Y cuando disponía de un rato tranquilo, mi mirada se perdía más allá de la línea del horizonte y mi voz musitaba entre dientes esa frase de la  que, a partir de un determinado día, me arrepentí:

-Ya me queda menos para ser mayor.

Las amapolas del olvido

Las amapolas del olvido

          En esta narración nos acercamos a la historia real de Andrea, una periodista británica, que decide dejarlo todo para cuidar  a su suegra Nancy, enferma de principio de Alzhéimer y a su suegro Morris que está incapacitado de las piernas. La familia se traslada a una vieja casa al norte de Escocia, con un clima imposible, y allí ella ejerce esa dura e ingrata labor de cuidadora. A través de sus letras accedemos a esa doble intimidad de lo que circula por su interior y de su vida cotidiana en la que intenta acompañar a su suegra de la mejor manera posible.  Se informa sobre el Alzhéimer, entra en internet y lee libros tratando de conocer qué es lo que le está pasando a su suegra y comparte sus descubrimientos con el lector. Sus personajes se mueven en este escenario al que la enfermedad los ha constreñido y vamos siguiendo el avance o quizás en esta enfermedad, deberíamos decir, el retroceso de su evolución.

        Por estas páginas pasan las escenas de su vida cotidiana, sus reflexiones, escritas con la mejor literatura, sus pequeños avances y sus grandes dudas, su toma de decisiones y esos momentos en  que el síndrome de la depresión del cuidador le incide especialmente.  Las palabras bien hiladas se notan vivas y nos conducen por un camino de ternura a ahondar en esta enfermedad, tan oculta y, a la vez tan presente en nuestra sociedad y a la que no podemos dar la espalda.

      “He perdido totalmente la noción de dónde terminan las sensaciones de cuidar Nancy y Morris y dónde empiezan las que me produce vivir aquí. Cuanto más tiempo estamos aquí, ambas cosas, el aislamiento social que conlleva cuidarles y el hecho de que la casa esté en el quinto pino, parecen mezclarse.  La exaltada observación de Wordsworth: “Que exquisitamente la Mente individual/se adapta al mundo exterior/ y también qué exquisitamente/el mundo exterior se adapta a la Mente” suena a burla involuntaria”.

Crema de calabaza con zanahorias

Crema de calabaza con zanahorias

   Hace tiempo que no incluía alguna de mis recetas, aquí traigo una nueva, muy sencilla de hacer y  que está para chuparse los dedos.

Ingredientes:

-500 g de calabaza

-2 zanahorias

-1 cebolla

-1 diente de ajo

-1 puerro

-2 patatas medianas

-medio vaso de salsa de tomate

-aceite

-sal y pimienta 

 

Preparación:

 

   Pelamos y lavamos los ingredientes. Sofreímos en la olla rápida la cebolla, el ajo, las zanahorias y el puerro a fuego medio. Añadimos el tomate frito, patatas, calabaza. Añadimos sal, pimienta blanca y rehogar durante cinco minutos y añadir agua hasta cubrir ingredientes. Ponemos en la olla rápida durante 7,5 minutos. Sacamos toda la verdura, trituramos con la batidora y añadimos parte del caldo si lo queremos más líquido. El caldo sobrante se puede aprovechar para una sopa o para otros guisos.

     Lo que facilitaría mucho esta receta sería el comprar una calabaza a la que se le pudiera quitar la piel con una cremallera, pero lamentablemente no he encontrado ninguna.

La nube enamorada

La nube enamorada

    Sucedió en una piscina, miraba yo a un cielo escandalosamente azul, cuando delante de mis ojos apareció una nube rizadamente blanca, pequeña y pizpireta. Se desplazaba, movida suavemente, por un viento que parecía querer darle volteretas. Por un instante aquella nube pareció detenerse ante el vértice de este edificio. ¿Fué cosa mía o me pareció que aquella mata blanca lanzaba, con sus ojos invisibles, guiños de enamorada? Entonces fue cuando saqué esta foto.

A continuación ocurrió algo extraño y de lo que me quedé tan sorprendido que ni siquiera se me ocurrió fotografiar. Aquella nube empezó a deshilacharse sobre sí misma en finos hilos blancos que desaparecieron en pocos instantes, hasta invisibilizarla del todo. Me terminó de convencer que había tenido un gesto postrero de amor diciéndole adiós a su esencia a la vista de aquel seductor vértice.

La gaviota

La gaviota

          Otra novela del húngaro Sándor Márai, quien con su peculiar estilo, guste más o menos, nunca me decepciona y logra atraparme. En este caso es la historia de un alto funcionario ministerial que acaba de dictar una orden trascendental que afectará al futuro de muchas personas, cuando una joven filandesa, Aino Laine,  que se parece asombrosamente a una mujer que él amó con locura y que falleció hace unos años, aparece a visitarlo. Se empieza a desarrollar una historia como si fuera una obra de teatro que se reparte en tres escenas: su despacho, la ópera a la que él la invita y la casa del funcionario a donde acuden después el resto de la noche. Toda la historia transcurre en un solo día donde las palabras irán abriendo surcos inexplorados y sorprendentes entre ellos.

            “Sus ojos de un verde grisáceo, observan con neutralidad las aves que pelean por la vida, por el alimento. El anciano les arroja migas metódicamente, cada dos minutos, con amplios desmanes, como un pescador que lanzara el sedal. Las gaviotas ya conocen la secuencia y se precipitan para coger las migas en el mismo instante, con precisión imposible. Hay otras personas que las alimentan; a unos pasos de allí, una solitaria mujer tira trozos de pan hacia los islotes del río. Los viandantes se detienen tiritando, se suben el cuello del abrigo, se apoyan en la barandilla y se entretienen mirando el drama mudo, el mendigar de las gaviotas y su temblorosa acampada sobre la corriente helada”.

Al sur de mi sur

Al sur de mi sur

    Aprovechando la algarabía jaleosa de las fiestas de mi pueblo, que llega a convertirse en molesta e incómoda, he escapado durante un largo fin de semana más al sur de mi sur. Siempre es bueno disfrutar de la quietud preveraniega de este pueblito ya conocido de otras veces y desde cuya playa se divisan ya los montes de Africa. Es maravilloso dejar que el tiempo pase, sin prisas y desde la hamaca de la piscina, dejarme acariciar por el sol, leer, escribir y sobre todo soñar.

        El viento de levante tan habitual por esta zona, ha sido mi acompañante de estos días, así como el sabor del atún, que se pesca allí enfrente, elaborado en distintas recetas. De vez en cuando son necesarios momentos como éste, que detengan mi vorágine diaria y poder pasear junto al mar, contemplando un espectáculo como éste en que me hago consciente de que estoy respirando...

Sólo en la cocina...

Sólo en la cocina...

...escuchando Onda Melodía, entre humos. La olla expréss expulsa vapor oliendo a puré de verdura. La tapa de la otra olla borbotea mientras los macarrones se cuecen. La luz de la tarde, entrando por la ventana, estalla sobre el mantel de la mesa. Mis manos huelen a cebolla. Un pájaro se posa en el alféizar de la ventana.

    Sólo en la cocina, escuchando Onda Melodía, logro encontrar un minuto para sentirme feliz.

Valdejimena

Valdejimena

         Tras rebuscar entre unos viejos papeles me apareció este dibujo que hice en aquel lejano abril de 1977 del santuario de Valdejimena en Salamanca. Al pararme ante esas líneas de boli negro que pretendieron retratar en una escena aquellas viejas piedras, brotan en torrente mis recuerdos de entonces. Era la primera vez que salía durante tanto tiempo, una semana, lejos de mi tierra sureña. Viajé en el exprés hasta Madrid y de allí seguí el viaje en autobús camino de Salamanca. Miraba expectante aquel paisaje de ancha meseta, novedoso, por la ventanilla y aquella sensación desconocida de sentirme “tan al Norte” me producía cierto vértigo, especialmente cuando atravesamos bajo el túnel de Guadarrama.

            Llegué a Salamanca ya por la tarde, me esperaban algunos amigos y me acompañaron al piso. Aquella noche dimos nuestro primer paseo por aquellas calles. ¡Qué poco imaginaba que mis ojos de asombrado turista se convertirían meses más tarde en los de un habitante más de aquella ciudad, que a partir de un determinado momento acabaría “enhechizándome”!

            Al día siguiente, un destartalado autobús nos conduciría a Valdejimena. Disfrutaba recorriendo aquellos campos de alrededor, nunca había visto tanta hierba o un rebaño de ovejas y contemplando aquellos árboles de enrevesadas formas que, en un principio pensé que eran olivos, pero que me dijeron que se llamaban encinas.Y en uno de aquellos ratos, en una plaza que tenía forma como para usarse para corridas de toros, sentado  en el suelo fui dibujando aquellas piedras sin pensar que alguna vez me serviría para acordarme de ellas. Recuerdo aquellos días con una mezcla de quietud y de sana alegría. Fue una experiencia maravillosa en la que ratos de reflexión y el apoyo entusiasta de aquellos jóvenes, casi todos con algún año mayor, que yo me ayudó a trenzar sueños para el futuro y a tomar decisiones que cambiarían mi vida, que acababa de salir no hacía mucho de la adolescencia. 

            Cuando terminamos aquellos días la mayoría se fueron de vacaciones y yo durante un par de días pude ir conociendo algunos rincones salmantinos y disfrutando de una Semana Santa que no tenía nada que ver con la de mi Andalucía, ni siquiera en las temperaturas. Me asombré al darme cuenta que se podía estar, andando por la calle, a temperaturas inferiores a cero grados sin que el cuerpo se quedara congelado.  El sábado santo 9 de abril, mientras estaba en el salón de aquel piso, en el que luego pasé cuatro años de mi vida estudiantil, apareció en aquella televisión en blanco y negro Adolfo Suárez para anunciar la legalización del partido comunista. Me fui a la cama, no me acababa de acostumbrar al hecho de dormir con calefacción, con una doble sensación, que luego se ha cumplido, que aquellos días iban a ser el inicio de una etapa tan fundamental para el resto de mi vida como lo iba a ser para la historia de España.

Tú serás mi cuchillo

Tú serás mi cuchillo

    Acabo de terminar de leer esta novela del escritor hebreo David Grossman, que es conocido aparte de por sus escritos por ser un activista por la paz. Aquí nos narra la historia de Yair un librero de 33 años y Miriam una profesora de un liceode 40 años, los dos felizmente casados. En una reunión de antiguos alumnos del liceo a la que acude Yair, descubre a Miriam, ni siquiera se hablanm, pero él la observa y decide mandarle una carta a la dirección del liceo donde le propone una relación meramente epistolar pero en la que se intuye que quiere mostrar lo más hondo de sí mismo. Miriam le contesta y así se inicia entre ellos una relación marcada por palabras escritas que van en uno y otro sentido.

      Casi tres cuartas partes de la novela está constituida por las cartas de Yair, no sabemos lo que contesta Miriam, a no ser algunas referencias, pero se puede observar que entre ellos se establece un intenso nexo. La segunda parte, mas breve nos lleva al conocimiento íntimo de Miriam una madre fuerte que lucha para sacar adelante a su hijo discapacitado.

       Es una narración intensa, pero que a mí no me ha terminado de atrapar en algunos aspectos. Sí que me ha atraído la atención y, en algunos momentos, su lectura me ha hecho pensar y mi mente ha divagado en íntimas reflexiones.

    "Quizá debiera contarte que, en mi necedad, durante las últimas semanas he estado pensando que si yo tengo un objetivo en la vida eres tú. O que está relacionado contigo. O que a través de ti lograré, de algún modo, alcanzarlo. Esta creencia no tiene demasiada lógica, pero así es como lo he pensado y es solo a ti a quien puedo escribir algo como esto sin sentirme ridículo. Ahora tendré que volver a buscar ese "objetivo" en otro lugar más sencillo, donde según parece más fácil me resulta buscarlo, bajo la luz, en nombres como Luz o Clara. Lástima.

   Se me ocurre que sí, supongamos, me secuestraran o desapareciera sin dejar rastro, y viniera un detective para intentar entender y recomponer quién he sido solo según lo que los demás que me rodean saben de mí, no lo conseguiría. Mira, también eso lo he sabido gracias a ti, que vivo, sobre todo, de lo que no tengo."

Amigos para siempre

Amigos para siempre

    Un año más la editorial Hipálage, ha recopilado los microrrelatos seleccionados, de los enviados para un concurso, en los que había que escribir sobre la amistad. El resultado es este ejemplar con este nombre tan atractivo de "Amigos para siempre", que se podrá adquirir en librerías. Entre los relatos seleccionados hay uno del autor de este blog.

Escena escolar

Escena escolar

       Sucedido el otro día en una clase de 2º de ESO. Está la profesora, licenciada en Historia, escribiendo un resumen en la pizarra para que lo copien sus alumnos y pone la palabra “revelión”. Algunos de los alumnos empiezan a comentar por lo bajini hasta que, al fin, uno más osado, se atreve y levanta la mano:

-¿Profe, usted ha aprobado lengua?

-¿Por qué lo dices?

-Porque ha puesto rebelión con “v”.

-Pues claro, se escribe con “v”.

            Nooooo, se atreven a decir coralmente varios. Ante esta duda que surge en la clase,  la profesora pide un diccionario y al buscar dicha palabra, descubre con cierto asombro que se escribe con “b”. Lo corrige en la pizarra y probablemente piense que están bien estos cuestionamientos en  clase. Ahora todos, incluso ella, se acordarán de poner la "b" a rebelión.

                Hay que rebelarse contra ignorancias que se revelan así. Y luego nos quejamos del fracaso escolar…

Tus cartas

Tus cartas

        El otro día tras leer uno de tus correos electrónicos me vinieron a la memoria, como una ráfaga, tus viejas cartas. Desde aquella etapa, en la que vivíamos sumidos en muchas ilusiones y pocas preocupaciones, han transcurrido ya varias decenas de años. Compartíamos durante el curso las aulas universitarias y llegadas las vacaciones nos separábamos muchos kilómetros y yo, desde mi rincón del sur de aire con sabor a sal, te echaba mucho de menos.

            Durante aquel verano me pasaba todo el día y parte de la noche, sumergido en mis apuntes y resolviendo complicadas ecuaciones diferenciales, que hoy me sonarían a chino. Había dos momentos del día en que detenía aquella jerigonza matemática para asomarme a un balcón que pendía de la fachada de mi casa. Estaba situado en lo alto de una escalera, tenía barrotes verdes y un barandal blanco de madera en el que descansaba mis codos, tenía vistas a una calle tan estrecha que los edificios de uno y otro lado parecían darse la mano.

            Uno de aquellos momentos de sosiego era durante la noche, cuando cerraba las carpetas a las dos de la mañana, en aquel silencio con olor a verano me llegaba hasta el balcón con un paquete de Ducados que tenía, que me duraba  más de un mes, y encendía un cigarro, mientras acariciaba el contraste de aquella chispas luminosas con el negro del cielo tachonado de estrellas. Me relajaba, tras aquellas horas de estudio, viendo como las volutas ascendían en formas caprichosas e intentando que ellas me dibujaran los recuerdos nostálgicos de nuestras alegres vivencias de unos meses antes.

            El otro momento de ocio era a las doce y media de la mañana, la hora en que solía pasar el cartero. El balcón era el mismo, pero ahora con la gran luminosidad y calor del mediodía de agosto. La calle mucha más viva con el ajetreo de los paseantes y mi corazón ansioso en cuanto veía aparecer aquella figura menuda con aquella inmensa cartera saturada de cartas. Intentaba usar mis fuerzas mentales, que habitualmente fallaban, para que una de aquellas cartas fuera tuya. Los nervios crecían a medida que se iba acercando a la vertical de mi balcón y se desplomaban en cuanto pasaba de largo para entrar en el portal de al lado. Pero alguno de aquellos días aquellos poderes mentales fueron efectivos y esta vez entró en el portal de mi casa. Yo bajaba corriendo las escaleras y veía sobre el patio un sobre blanco, mimetizado con el suelo de mármol, en el que aparecía mi nombre adornado por tus letras redondeadas. Sonriendo ante aquel soplo de aire fresco que rompía la monotonía de mi lánguido verano.

            Impaciente rasgaba el sobre y daba una primera lectura a las cosas que me contabas. Esa misma tarde cuando el sol declinaba y con tu carta en mi bolsillo me iba a un banco frente al mar, gustaba del tacto y del olor del papel sobre el que habías escrito y leía muy despacio saboreando y exprimiendo tus letras, mientras me parecía que tu voz, tan conocida, me iba resonando. Disfrutaba como no puedes imaginar de aquel momento.

            Aquella noche después de cenar, me la tomaba de “vacaciones”, sacaba unos folios blancos y con la mejor de mis letras empezaba a escribirte hasta que le ponía el punto final a esa hora, ya plácida, de la madrugada. Por la mañana tras el desayuno me tendría que llegar al buzón de correos...