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El búcaro de barro

Las huellas imborrables

Las huellas imborrables

     Quinto libro de la escritora sueca Camilla Läckberg y con el que poco a poco se va haciendo un hueco en mis gustos literarios. Sus personajes van evolucionando desde su primer libro: La princesa de hielo. No sólo sus protagonistas, Erica y Patrik, sino todo ese grupo que se mueve en torno a ellos y que en cada libro van quedando, cada vez, más perfiladamente caracterizados.

     En esta ocasión los asesinatos en poco tiempo de dos ancianos, conducen a una antigua y oscura historia, que ocurrió en aquel mismo lugar sesenta años antes. Una de las protagonistas fue la madre, ya fallecida, de Erika, con lo que ella se dispone de forma especialmente activa a intentar averiguar lo que ocurrió. Patrik se toma el descanso de paternidad para ocuparse de su hija pequeña, pero le cuesta estar ajeno a su habitual trabajo policial y hace más de una visita a la comisaría llevando a su hija.

     Para mí, hasta ahora, el que más me ha gustado de toda la serie. Conduce la trama con habilidad a pesar de narrar dos épocas diferentes y con esa habilidad para cambiar de escenario en los momentos más emocionantes, lo que en ocasiones puede poner nervioso al lector, pero a la vez dilata la intriga.

Novela enigma, detectivesca, negra y policial

Novela enigma, detectivesca, negra y policial

     A esas horas de ayer sábado, en las que mucha gente aún dormía, se inició en la Fundación Caballero Bonald un interesante curso sobre la novela negra impartido  por la escritora Marta Sanz. Con tono erudito y ameno a la vez, en un ambiente que no tardó en sentirse agradable. Nos condujo a través de algunos de los grandes autores de este tipo de novela que al principio era más bien novela enigma, entre otros: Edgar Allan Poe, Wilkie Collins, Conan Doyle, Agatha Christie… Y nos citó algunas de sus obras y sus características principales.

            Nos enfrentó dos arquetipos dectetivescos muy diferentes como Sherlock Holmes (Analítico y que busca detalles objetivos) y Maigret (sintético y que busca captar los móviles ocultos de los personajes). Nos desafió en unos minutos a construir el arquetipo de un personaje detectivesco y a ello nos afanamos con algún que otro resultado. Habló de libros imprescindibles de leer y de las distintas visiones influidas socialmente o no de algunos autores.

            Terminó hablando de que el género negro es uno de los mejores ejemplos de la teoría de la intertextualidad, está relacionado con la novela enigma, influenciado también por la literatura de prestigio y con una gran relación con el cine.

            Una mañana en la que nos sumergimos gratamente en las palabras con la ayuda de Marta aquel grupo de amantes de las letras que allí nos encontrábamos.

La inutilidad del sufrimiento

La inutilidad del sufrimiento

    Un libro que intenta ayudarnos, sobre lo que dice, la inutilidad del sufrimiento. A partir de su experiencia en casos reales, la sicóloga María Jesús Álava nos va dando ideas para aprender a vivir de una manera más positiva la vida de cada día. 

     Me ha gustado la forma de plantear las ideas y, sobre todo, de como las ha ido articulando ordenadamente lo que incita y facilita el leerlo. Hay muchas cosas que ya sabía, pero que no viene nada mal que te las recuerden y otras que me han hecho reflexionar. Una de las cosas que he concluido es que  podemos sentirnos bien a pesar de que nuestras circunstancias no sean buenas. De hecho las mismas circunstancias hacen que distintas personas reaccionen de forma muy distintas. Nuestra mente es fundamental para que nos sintamos bien. El penúltimo capítulo son estrategias para dejar de sufrirr y prepararnos para la vida.

       Para quien le apetezca el mirarse un poco por dentro puede ser un libro apetecible, que ya va por la 38 edición.

Las primeras nubes

Las primeras nubes

     Ayer dando un paseo por la playa vi las primeras nubes de la temporada por este rincón sureño. A pesar de la amenaza de lluvias para este fin de semana, estas nubes famélicas y desvaídas se han ido deshilachando y no han provocado, ni por asomo, caída  de agua. El otoño se resiste a llegar. En la playa algunos toman el sol en bañador, mientras una bandada de gaviotas descaradas, posadas muy cerca, gritan como si quisiera expulsarlos de su territorio otoñal. Paseo en mangas cortas, el sol quema, mientras escucho música del mp3  y divago con mis ideas.

      No sé por qué me viene a la cabeza, la historia de P. Hace más de quince años, que por razones laborales lo conozco. Siempre me ha parecido un "pobre hombre", especialmente cuando viene a verme, de tal manera  que, si viniera conduciendo en vez de andando y le hicieran la prueba de la alcoholemia,  perdería todos los puntos de sopetón. La última vez que lo llamé a su casa pues tenía que ir a hacer unas gestiones, me cogió el teléfono su mujer y me vino a decir como en aquella frase que se hizo famosa en el 23f: "ni está ni se le espera"...porque está en la cárcel.

       Las siguientes noticias que tuve de él fue por una llamada telefónica de la trabajadora social de la cárcel, le había dicho que me llamara para un expediente que tiene pendiente de resolver. Lo que más me impresionó fue el saber que no tenía a nadie, ni familia ni amigos que pudieran venir a la oficina a recoger o traer los papeles. Se los envié por correo y hace poco los recibí por el mismo medio una vez completados por la trabajadora social. Pensaba qué le habría ocurrido para estar en esa situación, pero días después al abrir el periódico veo sus iniciales, que las conozco bien, inmersas en un juicio por violencia doméstica. Ahora comprendí muchas cosas... Pero hay algo que acabo sin entender, en todos estos años que marcan su vida ¿no tiene ni siquiera un amigo o un simple conocido?

Deambulando por las calles

Deambulando por las calles

     (Puerta en Calzada de Valdunciel)

        Me encantan los pueblos castellanos, tan distintos  en tamaños y colores a los pueblos, ciudades más bien por su tamaño, de esta tierra del sur. La semana pasada he disfrutado paseando por uno, en las horas del mediodía. Silencio roto por el repiqueteo de mis suelas sobre el asfalto y algún gorjeo que llega por el aire desde la rama de algunos de los escasos árboles. Aprovecho la cámara de fotos para robar instantes de esta quietud y poder luego recrearlos. La máxima altura es la de la torre de la iglesia, que bajo el patronazgo de Santa Elena, es testigo del camino de los peregrinos que van a Santiago por la ruta de la Plata. En las casas, calladas y de planta baja o con un piso, predominan los tonos beiges y ocres. Algunas en su dejadez externa muestran el abandono de sus vecinos, que parecen mantenerlas allí como retazos de un pasado familiar que se va desdibujando con el tiempo. Las nubes colorean el cielo con los tonos otoñales recién inaugurados.

     Suenan las campanas de la iglesia y en torno a ella y enfrente en el bar de la plaza observo a los únicos habitantes. Una joven madre cruza delante mía llevando a dos niños pequeños de la mano, que son como el anuncio futuro de que a pesar de todo en este  pequeño pueblo seguirá habiendo gente.

El jardín olvidado

El jardín olvidado

     Poco antes de la Primera Guerra Mundial una niña es abandonada por una mujer en un barco con destino a Australia. Allí será acogida por una pareja y no se le revelará que no es su hija hasta que cumple veintiún años. Esto cambia la vida de Nell O’Connors y años más tardes volverá a Cornualles a rastrear sus orígenes. Pero no será hasta la muerte de Nell, cuando su nieta Cassandra vaya a Cornualles a hacerse cargo de su herencia, una casa con un mágico jardín que perteneció a sus antepasados, y vaya trenzando los hilos de una compleja historia hasta averiguar algo que durante años  había estado oculto.

     Una interesante narración la de la escritora australiana Kate Morton, que no tarda en atrapar al lector. Está escrita de una forma original, pues los capítulos van dando saltos  en el tiempo en distintas épocas, de modo que se nos va revelando la trama de manera hábil. Además cada vez que terminamos un capítulo nos deja con ese querer saber más y pega el salto a otra época, para luego retomar aquello que deseábamos conocer.

        Es la primera experiencia de  lectura que he tenido en un ebook. Se pierde algo de poesía, pero reconozco que es mucho más práctico para transportar y pesa menos que el libro  original, lo que hace su lectura más cómoda.

Por tierras salmantinas

Por tierras salmantinas

He recorrido más de mil setecientos kilómetros durante este fin de semana para acudir a mi cita anual con la ciudad de Salamanca. Siempre es bueno viajar cuando el motivo es un reencuentro con esos viejos amigos, de distintos puntos del mapa, que nos conocimos hace más de treinta años en las aulas de nuestra Facultad. Hemos compartido viejos recuerdos y las vivencias del último año en ese escenario único que supone el deambular entre los muros dorados de la ciudad charra. Un paseo conocido y que al verlo, cada año, con ojos nuevos nos encanta y enhechiza alimentándonos los deseos de volver.

         Hemos reiterado fotos en el mismo banco, para compararla con otras anteriores, comido menús exquisitos y otros tan castizos como el hornazo. He dormido dos noches en un sillón estrecho de un autobús, mientras mi cabeza oscilaba en medio del sueño. He gustado un paseo nocturno acompañado de la vista de las piedras luminosas y el rumor  del río. Me ha sorprendido gratamente el museo de automoción. Recorrí las calles solitarias de un pueblo de quinientos habitantes, solazándome en ese paisaje mesetario que tanta nostalgia me produce cuando está lejos. He capturado las cosas que he visto en muchas fotos y sobre todo…he disfrutado mucho.

Dime quién soy

Dime quién soy

         Esta novela de la periodista Julia Navarro, nos narra la investigación que realiza un joven periodista sobre las desconocidas peripecias de su bisabuela, Amelia Garayoa, que pesa como una molesta losa sobre la historia de su familia. A medida que avanza en la aventura de Amelia, va descubriendo como fue una mujer, sin duda, muy especial en muchos sentidos, capaz de dejarlo todo, incluso a su propio hijo, por amor. Nos la encontraremos en el Moscú estalinista, en Buenos Aires, en Londres, en Berlín, en Roma, el Cairo… viajes unidos habitualmente a una peripecia política y amorosa, a la vez. Con esta investigación vamos viajando por ella por los grandes hitos históricos del siglo XX.

         No definiría esta novela como de gran literatura, pero sin embargo me ha conseguido entretener y ha mantenido mi atención durante las casi mil cien páginas que tiene, por lo que la recomiendo.

Yo también

Yo también

Una jornada de pesca

Una jornada de pesca

         Sus pies, tras aquellos andares cansinos que había realizado Agustín por toda la playa,  se detuvieron frente a la orilla. Aquel era un buen sitio, se dijo sin palabras. Y dejando los bártulos que llevaba sobre la arena procedió, con esa tranquilidad paciente adquirida en sus largos años embarcado como marinero, a abrir la silla y montar las dos largas cañas de carrete que llevaba. El sol, a punto de esconderse tras el horizonte, había perdido el fulgor del día y teñía la escena de brillos sosegadamente tenues.  Algunas gaviotas se posaban sobre la arena, aprovechando la ausencia de gente.

           Un “buenas tardes”, contestado instantáneamente por él, le interrumpió en su cuidadosa labor de enganchar un camarón en el anzuelo.  Una chica, cómo de unos veinte años, de cara pecosa y pelo rizado observaba sus movimientos de pescador.  La chica dejó sobre la arena su mochila  y se sentó, cerca de él, alternando su mirada entre la placidez vespertina del mar y el ajetreo de cañas y cebos que se traía Agustín. Éste lanzó el aparejo al mar que con un ágil movimiento impactó en el mar, hundiéndose bajo el agua.  Repitió los gestos e hizo un lanzamiento con la segunda caña. Se sentó en la silla acomodando sus maltrechos riñones y alejó su vista a los extremos del sedal, cuando las sombras ya, atenuadas por las luces del paseo marítimo, iban devorando poco a poco la playa. La chica siguió allí, de vez en cuando cambiaba de postura, apoyaba sus brazos en la arena o estiraba las piernas.  El silencio fue invadiendo la escena, sólo roto por el ruido de los carretes en las recogidas y lanzadas de aquellos anzuelos, cuya carnada,  los peces iban engullendo limpia y sucesivamente. Agustín sacó un bocadillo y le hizo un gesto a la chica de si quería, que negó silenciosamente con la cabeza. Hizo una bola con el papel de plata y lo metió en la bolsa de plástico.  Comenzaba a hacer frío y la chica sacando una chaqueta verde del interior de la mochila, se la puso sobre su camiseta. 

          Y en esta monotonía ambiental fue transcurriendo la noche, hasta que poco después de las cinco de la mañana un tirón fuerte de la caña, los sacó de su ensimismamiento. Ambos a un tiempo se pusieron de pie. Agustín agarró la caña y fue recogiendo sedal muy lentamente, mientras escuchaba el  chapoteo del pescado que había atrapado. Cuando lo tuvo entre sus manos, vio que era una mojarra de unos trescientos gramos, escuchó un grito de “bien” a sus espaldas, le quitó el anzuelo y lo dejó en la cesta que gracias a aquel pescado dejaba de estar vacía.  No hubo más sobresaltos, aunque sí alguna cabezada casi imperceptible, hasta que sobre las seis media empezó a amanecer. A la chica debió gustarle  ver como se alargaban sus sombras con aquella luz, porque sacó su móvil para inmortalizar el instante y aprovechó para beber un trago de agua.  Agustín comenzaba a estar cansado, pero aguantó hasta las siete y media en que de la misma manera sosegada en la que vino fue recogiéndolo todo.  La chica lo observaba de vez en cuando. Cuando terminó de recoger fue a decirle adiós a la chica, mientras ésta se levantaba y se sacudía la arena adherida en sus pantalones cuando ésta se le adelantó diciéndole:

-Siempre me ha resultado admirable la paciencia que tienen ustedes los pescadores…

         Él abrió mucho los ojos, con cierta sorpresa, y haciendo un gesto con la cabeza, se dio la vuelta y emprendió despacio el regreso hacia su casa. ¡Hoy almorzaría mojarra!

Encuentros

Encuentros

        Siempre me ha llamado la atención lo juguetón que es el azar en lo referente al encuentro entre las personas. A veces sales a la calle, intentando encontrarte con alguien, quizás pasó un minuto antes que tú por ahí, y ya no hubo forma de encontrarse. Por el contrario, hay gente a la que no conocemos, nos fijamos en ella, y en reiteradas ocasiones las encontramos en distintos sitios. Comiendo en el zoo de Madrid, un chico de unos 17 años va a devolver la bandeja que cae al suelo con gran estruendo, poniéndose su rostro de todos los colores. Esa tarde en el ascensor del hotel al otro extremo de Madrid, entra ese chico con la cara todavía roja. Otras veces un encuentro fortuito en una esquina nos cambia el resto de nuestra vida.

         Yo tengo la rara habilidad para encontrarme a gente conocida muy lejos de su lugar habitual. Así, un día me encontré con el carnicero de mi barrio paseando por una calle a 1000 km de su carnicería. En otra ocasión, evito a un amigo pelma doblando una esquina, al día siguiente me voy de viaje y a 600 km de mi casa me lo topo de frente.

         Aunque quizás el encuentro que más me llamó la atención, por lo insólito, fue durante mi servicio militar en Canarias. Yo iba todos los domingos a la playa de las Canteras y siempre acababa colocándome en el mismo sitio. La gente de mi alrededor se convirtieron en habituales y entre ellos había una pareja de mediana edad que siempre solían situarse en la arena unos metros por delante de mí. Cuando llegó mi mes de vacaciones lo pasé en Cádiz. Y un día en que acudí a la playa de la Victoria, con sus 4 km de longitud, coloqué mi toalla en la acera y delante de mí, a escasos metros, me encuentro a esa pareja de Las Palmas. Por un momento me sorprendí, pensando que me tenía que haber equivocado o de pareja o de playa y como tenía que salir de dudas les pregunté. Y efectivamente eran la pareja de Las Palmas que, casualmente, habían acudido ese fin de semana a Cádiz a la jura de bandera de un sobrino y habían decidido pasarse el día en la playa.

Lo que está en mi corazón

Lo que está en mi corazón

    Esta novela de la escritora chilena Marcela Serrano fue premio planeta en el año 2001. Nos narra la historia de Camila que, vive en Nueva York, y se traslada a Chiapas para escribir un reportaje para una revista norteamericana, sin haber superado la muerte de su bebé recién nacido. Camila llega a San Cristobal de las Casas y se suceden una serie de acontecimientos políticos y amorosos en los que se ve inmersa y tratando de aclarar la realidad que vive por dentro y en la que se cuestionará su relación con su madre y su marido.

    Un libro que a pesar de su prosa elegante y cuidada, me ha costado terminarlo. Los personajes aparecen un tanto desdibujados y ni siquiera con la protagonista me he logrado encariñar.

      "Enredando con su mano mi pelo rojo, comenzó a jugar con él y desde ahí recorrió, con un dedo largo, lentamente, la línea de mi perfil. Cuando llegó a mi boca, instintivamente se lo retuve con los dientes y comencé a morderlo. Su respuesta fue inmediata:: introdujo su dedo adentro de mi boca, mojándolo con mi saliva, como si con ello comenzáramos a empujar fuera nuestras oscilaciones. La febril expectación de ambos incendió la noche y no supimos cómo nos cogió el vértigo, en qué instante nos besábamos como dos desatados infatigables esparciendo en nuestro derredor un oro desconocido".

En el parque del Retiro

En el parque del Retiro

    Cuando me pongo a rebuscar carpetas viejas, salen cosas curiosas como este dibujo, del que ya no me acordaba. Fechado a finales de mayo de 1985, cuando yo vivía en Madrid. Estaba a punto de dar un paso trascendental que iba a cambiar mi vida un mes después y aprovechando que vivía cerca del Retiro, cuando podía me iba a pasear por él. Tras el paseo me sentaba en un banco y como llevaba mi cuaderno y el lapicero, empezaba a retratar lo que me rodeaba. Raramente terminaba los dibujos, como éste, los esbozaba y dejaba que los nervios que llevaban meses atenazándome debido a la preocupación, se fueran escapando a través de aquellos trazos de grafito. 

       Destaca una joven sentada en su banco con el cochecito de su hijo al lado, que asoma su mano. Este muchachito debe tener ahora unos veintiséis años. No tenía yo por entonces experiencia alguna de cochecitos de bebé, con los años me hice experto. Al fondo un anciano de esos que siempre se pueden encontrar estáticos en aquellos bancos y delante de trazos desdibujados, una tórtola que picotea comida en el suelo. Debió salir volando rápido y mi lápiz no pudo aprehenderla.

Me gusta tener estos reencuentros con los trazos y trozos de mi pasado, me llevan a la conclusión que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor.

Comienzo de curso

Comienzo de curso

Galopando

Galopando

          Los caballos galopando por las playas de Sanlúcar parecen estar huyendo de un verano, que tan rápido como al ritmo de esos pasos va quedando enterrado por el peso de las hojas caídas del calendario. Atrás quedan las huellas en la arena, tan breves como fútiles y con ellas los recuerdos, los momentos únicos o para olvidar, las ilusiones frustradas y todas las nostalgias que parecen acompañar al final de un verano.

         Ahora se introducirán en un tiempo diferente, no sólo de temperaturas más frías, sino de circunstancias más ordenadas, muchas veces dirigidas por la dictadura del reloj. Todo parece volver a la “normalidad” y las playas quedan vacías, reservadas para una elite de privilegiados mientras que casi todos se desperezan antes del amanercer y el cansancio va incrustándose en nuestros músculos en ese transcurrir  del día hasta esas otras horas en que el sol prontamente se retira a su refugio horizontal, acortando drásticamente las horas de luz.

         Tendremos una época, el otoño, que nos servirá para irnos acostumbrando, hasta que llegue esos días fríos, negros y lluviosos en que nos apetecería hibernar, pero siempre  en nuestro interior, seguiremos manteniendo el deseo ilusionante del próximo verano.

Solazándome

Solazándome

Aunque no soy  muy amigo de quebrantar las rutinas, por lo que tienen de romper esa seguridad cotidiana a la que ya uno está adaptado, siempre agradezco el poder disfrutar de unos días de vacaciones. En esta ocasión han transcurrido en un pequeño hotel de la sierra. El tiempo maravilloso, el cielo coloreado de azul y una brisa que revitalizaba y sacudía tensiones. En un rincón bien aprovechado de la parcela, una piscina, casi solitaria, en la que tumbado en la hamaca hacía largos ratos de relajamiento de mente, observando el cielo o el baile de las hojas. El rumor cadencioso y constante del agua envolvía el aire en una sinfonía a la que ayudaba el susurro de las ramas de los árboles, el agitar nervioso de las hojas de las macetas  y el trinar asincrónico de los distintos pájaros.

         Sobre una hamaca asoman unas piernas de tonos níveos, que desprenden suavidad desde la punta de los dedos de los pies, hermoseados por una pintura violácea, hasta las simétricas turgencias de sus muslos.

         Pendo mis sueños en el aire, hasta que al fin mi mano coge el bolígrafo negro y el cuaderno para detener esta escena y que quede anclada en mi memoria.  Al principio sólo son unas líneas suaves, casi invisibles, y perdidas que pretenden encuadrar el rincón, para ir luego reafirmándolas, oscureciendo el trazo y reavivarlo dándole sombras. Al final surgió esto del papel, no un retrato de la realidad, sino mi particular visión de aquel lugar y aquel instante que, para siempre, ha quedado plasmada por estas líneas negras.

Anoche soñé contigo

Anoche soñé contigo

          Esta es la historia de dos mujeres, Olga y Mari Loli, muy diferentes en algunos aspectos, formación y estatus, pero muy semejantes en esas dudas que acompañan a toda mujer en alguna época de sus vidas.

         Olga, bióloga, a punto de cumplir la cincuentena y con dos hijos adolescentes, al regresar a casa tras una expedición en el Hespéride, nota extraño a su  marido, cargado de un cierto embobe y de una nueva estética.

         Mari Loli trabaja de cajera en un supermercado, de 37 años, una hija de guardería y dos hijos adolescentes, observa como su marido con la excusa de pedidos que tiene que hacer con el camión se ausenta cada vez más de su casa.

         Tanto una como otra acusan la íntima frialdad de sus maridos y empiezan a sospechar de la infidelidad de los mismos. A través de las letras, cuando las protagonistas reflexionan o hablan con sus amigas nos llegan sus dudas sobre la infidelidad ajena, que van tornando a ese sentimiento entre miedo dudoso y gustosamente osado ante la posible propia infidelidad.

         Nos aparecen retratadas sus vidas cotidianas, con sus lamentos, en ocasiones silenciosos, y sus expectativas que las hace volar más allá de la realidad y, en el fondo, sobrevivir, más allá de lo que imaginaban. Aunque son dos historias totalmente diferentes, en algunos momentos de la narración, la escritora juega con nuestras protagonistas y se relacionan levemente en el transcurso de sus historias.

         Su autora Gemma Lienas, autora de novelas tanto para jóvenes como para adultos entra aquí en la intimidad de dos mujeres para hablarnos de la mujer.

El tiempo entre costuras

El tiempo entre costuras

Nos narra la historia de una joven modista de Madrid, Sira Quiroga, que pocos meses antes del alzamiento, abandona el novio con el que se iba a casar y su ciudad siguiendo hasta Tánger a un hombre del que se enamora.  Al cabo de un tiempo, éste la abandona y ella se traslada a Tetuán, donde se encuentra sola y sin dinero.  A través de algunas amistades y tras algunos trapicheos en los que se mete logra montar un taller de costura, donde en poco tiempo adquirirá  merecida fama. La guerra estalla y distintos personajes históricos se introducen entre las páginas.  Sira, a través de un amigo británico, consigue sacar de Madrid en plena guerra a su madre que vendrá a ayudarle en su taller. Poco a poco, irá madurando y apareciendo en ella la mujer resolutiva y valiente, que unos años antes no pudo imaginar. Acabada la guerra se trasladará a Madrid, donde seguirá con su costura y otro tipo de actividades, sin duda mucho más peligrosas.

Primera novela de la manchega María Dueñas, que ha resultado todo un éxito editorial. Narrada en primera persona, vamos asistiendo a esa evolución paulatina de la protagonista. En algún momento me ha parecido flojear la narración, quizás en esa parte en que la protagonista habla de “oídas”, pero luego se recupera un tono, que en algunos momentos arrastra  con la intriga que nos crea.  No me ha decepcionado las expectativas que tenía creada con su lectura.

“Me devolvió la sonrisa y un pellizco en la mejilla, cargados los dos de afecto y de una sabiduría tan vieja  como los tiempos. Ambas intuíamos que a partir de entonces todo sería distinto. Nos seguiríamos viendo, sí, pero sólo de cuando en cuando y discretamente. Íbamos a dejar de compartir techo, ya no presenciaríamos juntas las broncas, sobre el mantel; no recogeríamos la mesa al terminar de cenar, ni hablaríamos con susurros en la oscuridad de mi mísera habitación. Nuestros caminos estaban a punto de separarse, cierto. Pero los dos sabíamos que, hasta el fin de los días, nos uniría algo de lo que jamás nadie iba a oírnos hablar.”

Mi máquina de escribir

Mi máquina de escribir

            Ahora que te he descubierto arrumbada en un rincón del trastero, mientras motas de polvo dibujan líneas sobre tu funda, máquina de escribir, he recordado la historia que juntos hemos vivido. Mis recuerdos originales son los de la máquina de mi padre y su tecleo rápido sobre la mesa del salón.  Alguna vez me la dejaba y yo, colocando el folio, intentaba remedar su velocidad. Lo único que conseguía eran unas líneas de letras caprichosamente mezcladas y una serie de varillas que se enganchaban unas con otras y que tras liberarlas me tiznaban de negro las yemas de los dedos.

                Un acercamiento más serio fue, durante un verano adolescente, en una academia de mecanografía durante varias semanas en las tardes de temperaturas imposibles. Aquellas máquinas eran negras, a mi me parecían jorobadas, de teclas redondas sobre las que había  que realizar un  gran esfuerzo para teclear aquella frase de muestra en la que estaban todas las letras del abecedario. Raramente volví a encontrarme con una máquina de escribir, hasta que empecé el servicio militar, donde presentado a una prueba de mecanografía conseguí destino en una Caja de Reclutas.  Me pasé casi todo el tiempo en una oficina con una especie de ordenador a pedales con un gigantesco teclado, una pantallas minúscula y unos soportes que eran discos flexibles grandes. Terminada la carrera y ya trabajando, un día se me ocurrió presentarme a oposiciones para la Administración y no tuve más remedio que mejorar la velocidad y calidad de mi teclado. Me apunté a una academia de mecanografía, que todavía existe, junto al Palacio de Deportes de Madrid. Ahora las máquinas se habían modernizado y escribía con unos auriculares sobre los oídos donde me dictaban machaconamente.

                Pocos meses antes del examen fue cuando la descubrí, pasaba de vez en cuando por el escaparate de aquella tienda y ella me sonreía desde el escaparate. No era de las más pequeñas, ni tampoco de las más grandes, lo que era importante pues tenía que cargar con ella el día que fuera al examen. Mi economía no  era muy boyante, pero al fin tenía mi máquina de escribir. Me gustaba la letra que tenía: original y cursi, decían otros. Me entrené con  ella y el día del examen, tras hacer los supuestos prácticos los tuve que mecanografiar. No sé que sería lo que estaba  mal, si los supuestos o lo mecanografiado, pero...¡me suspendieron!  En las oposiciones que finalmente aprobé…no me exigieron mecanografía.

                Aquella máquina, después de aquello, se quedó en un rincón para siempre, sólo alguna vez la he sacado y ahora semeja a un viejo pc sin pantalla y con impresora, sin cables, incluida, y cuando, como ahora,  la tengo entre mis manos y oigo el ruido de sus teclas no puedo dejar de sentirme invadido por las hebras de la nostalgia.

El club de los viernes

El club de los viernes

   Es la historia de Georgia Walker, una mujer feliz y luchadora. Vive en Nueva York y sin ayuda ha criado una hija que ahora es adolescente. Tiene una bonita tienda de lanas en Manhattan donde se ha creado un curioso club, que todos los viernes se reúne en torno a su pasión por el punto. 

    En torno al punto, Kate Jacobs, va entretejiendo las distintas historias de las ocho mujeres que allí se reúnen. Sus distintas historias la han conducido a este lugar en el que pueden compartir una vida que ahora les empieza a cambiar y en las que de alguna forma siempre el amor está presente.

    Un libro distraído, atrapa desde el principio haciendo que el lector se sienta acogido por sus letras y partícipes de las distintas aventuras de sus protagonistas.