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El búcaro de barro

La fábrica de sueños

La fábrica de sueños

           Las ruedas provocaron un chirrido al rodar sobre el suelo brillante de mármol de aquella gran sala de estar. Había dejado la maleta en la habitación, junto a la cama que le habían asignado. Lo primero que percibió su afilada pituitaria es un olor acre que había en el ambiente, esto debe ser lo que llaman olor a viejo, pensó desde la experiencia de sus ochenta años., mirando a aquel grupo de ancianos y ancianas que vio sentados en aquella sala.

            No había sido un buen día, había llorado cómo hacía tiempo que no lo hacía, cuando se cerró a su espalda el piso en el que había vivido los últimos cincuenta y tres años. Ya no es posible que vivas solo, le había insistido su sobrino, y tenía razón, desde la caída que tuvo y posterior operación no podía dar un paso. Verás como estás bien, le insistía, pero a él se le desdibujaba en su mente los recuerdos vividos entre aquellas paredes, los treinta años transcurridos hasta que enviudó y todos los posteriores que, aunque sólo, había aprendido a despistar a la soledad con la ayuda de aquellas paredes y objetos conocidos. Ahora a todo le había dicho adiós y hoy entraba en aquella silla de ruedas, encorvado más por el pesar que por el peso de los años.

            Torpemente y con esa vergüenza de novato conductor de silla de ruedas buscó la protección de un rincón. Ponte aquí a mi lado, le dijo una mujer sentada en otra silla de ruedas en la que,  en su rostro surcado de arrugas, destacaban dos brillantes ojos azules. Eres nuevo, se te nota, y con esas palabras tan simple se difuminó su sensación de disgusto. Él, en principio, respondió por mera educación y a medida que avanzaba la conversación, porque se sentía a gusto hablando con Lucía, que así le dijo ella que se llamaba.

            No durmió mal aquella noche y al día siguiente le alegró encontrar a la portadora de aquellos ojos en la mesa del desayuno. Acompáñame, le dijo al terminar de desayunar, y rodando aquellas ruedas gigantes ella lo llevó al jardín del exterior.  Allí retomaron la conversación donde la dejaron el día anterior, almorzaron y siguieron con sus palabras buceando en el conocimiento del otro. Ahora estoy más que a gusto, como no recuerdo desde hace años, pensó él cuando las últimas luces del día se ocultaron tras los árboles.

            En aquel momento, casi inadvertidamente, sintió como la mano de Lucía se agarraba a la suya, la percibió cálida y se extrañó de cómo un simple gesto pudiera recorrerle de aquella manera su marchito cuerpo. Se descubrió apretando aquella mano con ternura, no sólo en ese momento, sino a partir de entonces todos los días mientras estaban en el jardín. Y lo que fue más inesperado, sentía como si aquella silla, que lo mantenía postrado, se elevara y entonces viajaba con ella a lugares maravillosos y nunca imaginados y es que, como descubrió, el agarre de aquellas manos arrugadas, que se asían para recuperar la vida que aún latía en él, se les había convertido en una verdadera fábrica de sueños.

Muelles

Muelles

(Foto de Núria Solbes)           

    Ayer viendo las fotos enviadas al concurso organizado por una revista, vi esta foto y me encantó,  extrayendo de mi nostalgia algunos momentos unidos a los muelles.  Retazos de escenas infantiles vividas en aquel colchón inmenso de muelles de mis padres, cuando en los días de fiesta brincábamos en el aire, disfrutando de ese instante  tan minúsculo como mágico en que el cuerpo detenido en el aire, caía contra el colchón. Nuevo impulso y otra vez al aire, imaginándome la ingravidez de los astronautas que, por entonces, habían paseado por la superficie lunar.

                Aquellos colchones de muelles chirriantes eran más divertidos que estos de ahora, tan duros y estirados que la espalda, forzada por los años,  nos demanda. En ellos aprendí a volar, no sólo con la imaginación, y a dormir de maneras retorcidas, huyendo de aquellos muelles díscolos que aparecían de vez en cuando en algún rincón de su estructura.  Incluso alguno de aquellos muelles fue el culpable de una cicatriz que tengo y que me hice al girar en  aquella litera de la mili, arañándome el brazo contra la litera superior.

                Muelle, una palabra elástica y que suena a ida y vuelta. También me retrotrae a otras historias pasadas, a un muelle distinto, situado en la confluencia de dos mares y frente a la costa africana: el muelle de Algeciras. Un muelle de olas bravías y olores peculiares, en el que durante todo un año estuve yendo todas las semanas a atravesar el estrecho en uno de aquellos viejos ferrys, juguetes minúsculos en manos de las olas del Levante y yéndome a trabajar al tan cercano, como lejano, continente africano.

 

23:23

23:23

     Tras un largo día, dejo, sin resistencias, que el cansancio se enrosque a mi cuerpo, lo que impulsa a que mis pies, con sus andares arrastradamente cansinos, trasladen todo mi ser hasta la cama. Dos sacudidas en el aire hacen que mis zapatillas tras una pirueta caigan caprichosamente bajo la silla y el aire frío abraza los dedos de mis pies, sólo un momento, porque rápidamente me introduzco, todo entero, bajo el edredón. Mi primera reacción es sentir las sábanas heladas, pero tras uno instantes logro caldearlas con el calor que desprendo. Saboreo entonces ese goce cotidiano que, tras todo el día, supone el encuentro con esta horizontalidad acolchada del colchón. Me giro sobre el lado derecho y pongo la mano derecha bajo la almohada. Ésta crece en estatura y me permite acomodar mejor mi cara que disfruta de este tacto mullido.

       Apago la luz de la mesa de noche, sacando levemente mi mano. Tiro del edredón hacia mi nariz y dejo un hueco por el que respirar, como si sacara un periscopio. La luz se tiñe de penumbras y parece como si eso acrecentara mi agotamiento que cae a plomo sobre todo mi cuerpo. Mis ojos miran hacia la mesa de noche donde  sólo brillan los números del reloj despertador: 23:23.  Noto como el sueño me va invadiendo y esos números parecen juguetear ante mis ojos. Estoy solo en la cama y una nostalgia solitaria crece dentro de mí sin que pueda controlarla. Esos números me recuerdan a nosotros. El 2 eres tú, con tus formas elásticas y sinuosas, como la gacela de mis sueños, que despiertan y colman mis ansias. El 3 soy yo, ¿es cosa mía? Parece tener algo de barriga, pero lo que asombrosamente más me recuerda a mí son esos brazos estirados, intentando aprehenderte, pero siempre…sin llegar, sin lograr ese objetivo. Y para colmo, esa escena repetida en el segundo 23.  Mis brazos intentan estirarse, hacia ti, hacia donde tú no estás, pero el edredón bien remetido impide que se separen del cuerpo. De pronto, una extraña e invisible niebla invade todo mi cuerpo…

            Un ruido me sobresalta, a través de la oscuridad miro la hora: 07:07

Atardecer

Atardecer

Ya bulle Cádiz con su famoso Carnaval en un anuncio del jaleo de los próximos días. Y, sin embargo, hay rincones como éste que hoy al atardecer presentaba esta imagen de intemporalidad y sosiego.

Fríos

Fríos

        Hay algunas frases, lapidarias o  sin importancia, que a lo largo de nuestra historia se incrustan en nuestra memoria y permanecen ahí a pesar de los años. Algunas son incluso aprendidas en las aulas de la universidad, entre ellas aquella en la que insistía nuestra profesora de Termodinámica: “los cuerpos no tienen calor, tienen temperatura, el calor sólo existe cuando se ponen en contacto dos cuerpos de diferente temperatura”. Nosotros mirábamos escépticos a través de las ventanas de aquella facultad salmantina y contemplábamos el río Tormes helado, candado le decían allí. Lo mismo del calor se puede decir para el frío y yo pensaba esta mañana que si los cuerpos no tienen frío, cómo podría estar yo tan aterido con aquellos 2 ºC que marcaba el termómetro. Concluía que el problema era que el calor se estaba escapando de mí, al contacto con el aire, y a gran velocidad.

            Ya sé que por otras tierras la temperatura es mucho más baja que por esta tierra sureña, pero aquí tenemos dos cosas en contra nuestra, que ese frío está aderezado por una  humedad que atraviesa las telas como cuchillos afilados y que aquí, nunca he sabido por qué, se supone que no hace frío y en las casas, nada preparadas para el frío, no se conoce lo que es la calefacción. Por eso no me extraña que un amigo madrileño, ya talludito, dijera que el día que había pasado más frío en su vida fue una noche de invierno en que tuvo que dormir aquí, suerte tuvo de que no le devorara algún oso polar. Pero como de todo sitio y ocasión puede obtenerse alguna ventaja, yo ya encontré la mía: ahorro mucho tiempo en planchar camisas, como van tan escondidas bajo el jersey, basta con plancharle los cuellos.

 

La prinsesita

La prinsesita

          Él se sentía feliz, como nunca, pletórico y cargado de una euforia desorbitada.  Había conocido a la mujer de su vida, quizás no demasiado pronto en su vida, acababa de entrar en la cuarentena, pero tampoco demasiado tarde. Quería gritar al mundo su júbilo y le apetecía decírselo a ella en este instante, pero se había quedado sin batería en el móvil y no había forma de contactarla. No se lo pensó mucho, fue al garaje y cogió un bote de pintura blanca y una brocha. Sabía que al día siguiente, sábado, ella madrugaría para hacer ejercicio por el paseo marítimo, con la banda sonora de las olas rompiendo en la orilla. Caminó agazapado entre las sombras nocturnas que esbozaba la luna llena contra el suelo y se llegó hasta aquel paseo, cuyo cemento irradiaba frío a aquellas horas de la madrugada.

            Introdujo la brocha en el bote de pintura, empapándola, como se imaginaba que estaba empapado de amor su corazón y fue trazando líneas con las que formó letras  con las que expresó todo el cariño que encerraba por dentro hacia su querida prinsesita, como él, seseante, la llamaba. Terminó su obra de arte cuando las primeras luces del amanecer empezaban a sacarle brillo a aquellas letras blancas y echando una última mirada a su trabajo, se dirigió feliz a echarse un sueño reparador.

            Sería una hora más tarde cuando ella pasó por allí y al pasar por aquellas letras se detuvo contemplándolas y reconociendo que eran para ella. El corazón le quedó salpicado de gotas de colores y pasando delicadamente a sus alrededores, para no pisar aquellas letras, el resto del paseo lo hizo como volando sobre sus pies, ese día y el resto de los meses en que aquellas letras permanecieron a la vista.

            Lo que nunca pudieron imaginar, ni él ni ella, es que cada una de las mujeres que pasaba por aquel lugar, fuera cual fuera su edad, se sentía protagonistas de aquella historia y recordaron nostálgica el día en que alguien les dijo aquello, sintieron cerca a quien se lo decía cada mañana o soñaron con que alguien se lo dijera algún día: “TE QUIERO PRINSESITA”.

Dos mares

Dos mares

    Dos mares enfrentándose, hoy, al atardecer. El mar de agua y el mar de nubes. ¿Quién resultó vencedor? Me quedé sin enterarme, porque en pocos minutos llegó la noche y todo se volvió oscuro.

Dos herramientas para escritores

Dos herramientas para escritores

     No sólo son escritores esos personajes afamados, que publican sesudas novelas leídas por muchos lectores. A casi todos los que andamos por la blogosfera nos gusta trenzar palabras y disfrutamos con ellas y comunicándonos a través de frases escritas, somos por tanto escritores.

También en internet se pueden encontrar herramientas que ayudan a la afición literaria, comparto, por si a alguien le interesa:

1) Programa para escribir novelas y ensayos: Ywriter5, un interesante programa para descargar. Vamos escribiendo cada capítulo independientemente, podemos acceder a un esquema, introducir personajes y sus puntos de vista, borrador... y otras herramientas que se van descubriendo a medida que se trabaja con él.   Aunque se descarga en inglés, el lenguaje del programa se puede transformar al castellano. También podemos encontrar un sencillo manual, que nos permite acercarnos a él, dar nuestros primeros pasos y tener una visión global del programa.

2) Programa para rimas. ¿Quién no ha sudado, exprimiendo la mente a la hora de escribir una poesía, buscando palabras con las que hacer rimas? Este problema lo soluciona. Decimos si queremos una rima asonante o consonante, el número de sílabas y por qué comienza...y nos aparecen montones de palabra para usarlas en nuestro poema. De muchas de esas palabras desconoceremos el significado, pero no importa, poniéndonos sobre ellas, nos aparece su significado en el Diccionario de la RAE.

     Dos herramientas interesantes que pueden ayudar a escribir, pero que nunca sustituirán al deseo por la escritura que es algo que brota del interior del escritor.

Solar

Solar

     Primera novela que leo del afamado escritor británico, Ian McEwan. Es la historia de Michael Beard un cincuentón, premio nobel de física, con una vida personal más que desastrosa. Va por el quinto matrimonio, pero acostumbrado a cometer infidelidades no lo está tanto a ser engañado, como le ocurre con su última esposa. Su vida profesional tampoco va muy bien y está en un centro de investigación , más por sus logros pasados que por los presentes, donde debe lidiar con proyectos sin  sentido de jóvenes becarios. La escena que más me ha gustado es la de la expedición científica a tierras polares.

Leí buenas críticas sobre este libro, sin embargo a mí no me ha gustado demasiado y eso que reconozco que hay pasajes que aparte de imaginativos me han hecho esbozar más de una sonrisa. Sin embargo, no sé por qué, la forma de escribir no me ha atrapado.

"Miró a su alrededor lo mejor que pudo. Las casas más cercanas estaban a cuatrocientos metros y en sus grandes paredes desnudas sólo había una o dos ventanas diminutas: sin duda ventanas de cuartos de baño. Oh, lo que daría por estar allí dentro, en un caldeado cuarto de azulejos, descalzo y en pijama, orinando a sus anchas antes de volver a zambullirse debajo del edredón para una hora más de sueño. Aunque podía ir allí mismo, a la cuneta, dar la espalda al viento, lidiar con las manos desnudas con la gruesa cremallera helada de su traje de una sola pieza, buscar a tientas por debajo de la chaqueta, las hebillas de las hombreras de su mono de esquí y bajárselo de alguna manera, bucear con la mano por entre el suéter, la camisa, la camiseta larga de seda, los calzoncillos largos y los cortos para obtener por fin el momento de alivio en que no se atrevía a pensar. No, era tan difícil que tendría que esperar, y además se sintió mejor en cuanto estuvo sentado en la motonieve".

Las ardillas de Central Park están tristes los lunes

Las ardillas de Central Park están tristes los lunes

    Brillante colofón de la trilogía, que empezó con "Los ojos amarillos de los cocodrilos", y que ahora termina con esta novela. Y que ha hecho que una autora,Katherine Pancol, que hasta entonces era desconocida haya logrado atrapar entre sus letras un buen número de seguidores entre los que me cuento.

       Aquella historia de aquella mujer anodina, Joséphine Cortès, abandonada por su marido, con dos hijas adolescentes que podría haberse hundido en su desgracia, cambia de signo al escribir una novela que la convierte en autora famosa. El segundo tomo recuerda a una novela policíaca, nuestra protagonista sufre un intento de asesinato y en este tercero encuentra el apoyo y el medio para escribir una nueva historia. En torno a ella se mueve un elaborado universo de personajes: sus hijas Hortense y Zoé.  Su malvada madre que se vale de muchos tejemanejes para intentar hacerse rica. El hijo de su padrastro de tres años pero superdotado yu con unas capacidades que dejan asombrados a todos. Su amiga Shirley siempre tan fuerte hasta que el amor llama a su corazón. 

Y es que en esta última novela todos los amores incomprendidos de los distintos personajes, van encontrando su cauce hasta reencontrarse en su verdadero punto. Aunque a lo largo de sus páginas nos parece imposible que eso ocurra, ya que retrata muy bien, la soledad, las incomprensiones, las dudas...que todos los personajes viven como Gary alejado de su enamorada Hortense en Nueva York y que nostálgico acude cada lunes a Central Park, pues ha observado que el hecho de que no haya en el parque tanto público como el domingo hace que "Las ardillas de Central Park están tristes los lunes". 

         Un libro que hace pasar un buen rato como ocurrió en los dos anteriores y que en muchos de sus pasajes nos hacen pensar y nos podemos reconocer en actitudes cotidianas, no es raro que en esta Navidad hayan sacado la trilogía en un mismo paquete.

"Hay personas con quienes pasamos gran parte de la vida y que no aportan nada. No te iluminan, no te nutren, no te dan impulso alguno. Puede uno dar gracias de que no te destruyan a fuego lento colgándose de tu cuello y chupándote la sangre.

Y después...

Están los que uno se cruza, los que apenas conocemos, los que te dicen una palabra, una frase, te conceden un minuto, media hora, y cambian el curso de tu vida. No esperabas nada de ellos, apenas le conocías, y llegabas, completamente despreocupado, o despreocupada, a la cita y sin embargo, cuando te despides de ellos, de esas personas asombrosas, descubres que han abierto una puerta detro  de ti, que han activado un paracaídas, iniciando ese maravilloso movimiento que es el deseo, movimiento que te llevará más allí de ti mismo y te asombrará. Dejarás de ser irrisorio para siempre, bailarás sobre la acera lanzando destellos y tus manos rozarán el cielo...

Fue lo que, ese día, le pasó a Joséphine."

Feliz dos1000doce

Feliz dos1000doce

    La mañana se despereza, tras el trasnoche, con cierta dificultad. Nada parece haber cambiado, todo está como ayer, salvo los calendarios que se van colgando en las paredes. Ahora con muchas más hojas que el de ayer y con todas las páginas terminado el año en el 2.

La prensa y la televisión nos bombardean con palabras de significados similares: ajustes, recortes, medidas de contención, malos tiempos se avecinan... y al que se le ocurra colgar un gesto de incomodidad en su rostro, se le dice: ...y esto sólo es el principio!

       Las circunstancias se empecinan en incordiarnos, pero nada podrán hacer si somos capaces de rebelarnos contra ellas. Lo cambiable se intenta que vuelque, pero lo que no puede cambiar sólo es cuestión, con mayor o menor esfuerzo, de adaptarnos a ello e incluso de no dejar de azuzar esas ilusiones que siempre están dentro de nosotros. Hay cosas que no dependen de que la economía funcione bien, como el regocijarse cada mañana en el día que comienza, disfrutar de la compañía de la gente que queremos, dedicar unos minutos al día a hacer algo que nos guste o saborear esos ratos en que podemos sentirnos útiles a los demás.

           Es lo mismo de siempre, pero en estos tiempos de recesión con más motivo, el hacerse experto en encontrar esos ratos sencillamente felices en el interior de nosotros. Si lo conseguimos, ni los más duros presagios será capaces de enturbiar nuestra alegría.

Trayecto en tren

Trayecto en tren

        Siempre que viajo en tren me envuelve un poco la nostalgia que produce el desplazarme hacia otro lugar donde se despierta mi sensibilidad de una manera muy especial. Y eso que estos trenes son muy diferentes a aquellos de olor rancio, traqueteo continuo y detenciones inauditas en mitad de la nada. Se nota que es época de vacaciones, el tren entra veloz rasgando la estación con el doble de vagones de lo habitual. Voy en uno de los últimos vagones por lo que tengo que recorrer unas decenas de metros por el andén, lamentando que mi maleta además de ruedas no tenga motor.

         Coloco la maleta sobre mi asiento y me acomodo, con una cierta incomodidad, valga la contradicción, porque he sido de los afortunados en viajar frente a otro asiento. Allí se sienta un individuo alto, de cabellos largos por detrás e intermitentes sobre la cabeza, boca cerrada en forma de A y unas estudiadas patillas que adelgazan por la mejilla hasta desaparecer.  Tanto él como yo tenemos que hacer habilidades con las piernas para no estorbarnos mutuamente. No dice nada, sólo mira al frente, mientras yo abro mi libro y leo, mientras me gusta mirar a mi alrededor. No presto atención a la película, la he visto hace poco.

         Cuando miro por la ventana, los olivos parecen perseguirse unos a otros, mientras atravesamos las tierras de Jaén. A mi derecha una pareja madura, ella oronda apoyada en el cristal de la ventana, hace punto sin parar con dos agujas. A él con una gorra cuya visera casi le roza las gafas, le falta un brazo y lee a Stieg Larsson en un libro de bolsillo que apoya contra su pierna izquierda.  Con suma habilidad descansa el libro y saca el móvil del bolsillo para mirar la hora. Interrumpe ella el punto para decirle que quiere una cocacola light y él sumiso deja el libro sobre el asiento para desaparecer hacia el vagón cafetería. Frente a ellos una pareja muy joven, él descansa su cabeza, casi descolgada y de ojos cerrados, sobre el hombro de ella, una chica de rasgos sudamericanos con uñas muy cuidadas de color de moras.

         Sigo leyendo. El tren ralentiza su marcha, miro por la ventana cuando entramos en una Ciudad Real fantasmagórica, casi desaparecida por la niebla. La puerta del vagón se abre continuamente y al fondo la luz roja indica wc ocupado. Una mujer de formas de tan apretadas, estilizada, pasa a mi lado y su perfume nos impregna, Mi vecino gestualiza convirtiendo su boca en A, ahora en U.

           Los primeros edificios de Madrid aparecen tras la ventana y coches, muchos, camino de quién sabe donde. Distingo edificios conocidos y el tren se va rodeando de otros trenes que le hacen como de coro. La velocidad disminuye hasta que el tren se para del todo. Desciendo del tren con mi maleta y de nuevo me doy un obligado paseo de muchos metros hasta llegar a la estación, al menos no llueve. Cuando llego a la parte principal me detengo y me pongo a admirar a las tortugas que hay allí. No corren, están casi estáticas y yo diría que hasta sonrientes…

Feliz Navidad

Feliz Navidad

    Hace años en estas fechas compraba una buena colección de felicitaciones navideñas y un pliego de sellos y durante horas me dedicaba a escribir. Era una excusa, para una vez al año, acercarme a gente que habían formado parte de mi historia y que ahora estaban lejos. Iba al león de correos y veía cómo iba desapareciendo aquel mazo de cartas en su boca. De esas pocas volvían, pero a pesar de ello seguí con esa costumbre,

Los tiempos evolucionarion y la forma de comunicarnos dio lugar al abandono del papel por los sms y las letras digitales y hoy hay otras formas muy diferentes de felicitar. A mí de todas formas me gusta siempre darle un puntito diferente, más personal con algo que no proceda de esa biblioteca sin fondo que es internet, como con este dibujo.

Así que desde aquí para los que:

-habitualmente siguen mis letras

-me conocen

-es su primera vez que leen mis letras

-bostezan o sonríen al leerme

-saben a qué me refiero

-están hartos de que le feliciten

-leen esto lejos de la Navidad

-se pregunten quién escribe esto

-para el que entra por casualidad

-para ti

-para todos

¡FELIZ NAVIDAD!

Lustro más uno

Lustro más uno

        El pasado mes de noviembre se cumplieron ya seis años desde aquel día en que decidí alojar mis letras en este blog. Este rincón comenzó como un lugar en el que posar mi ejercicio cotidiano de escritura.  Desde entonces, acompañando al ánimo inspirativo, he venido escribiendo con mayor o menor regularidad o pereza. He procurado insertar una reseña de todos los libros que he ido leyendo, lo que me ayuda a tener un recordatorio de los mismos y en qué época los leí. Me he obligado a rescatar retazos de mi memoria con los que he revivido algún tiempo más o menos lejano. He aprovechado para colgar dibujos realizados con las líneas que se escapan de mi bolígrafo. Y, por fin, otras veces simplemente he escrito por el puro placer de escribir.

         Durante todo este tiempo, he ido leyendo otros blogs, disfrutando de las letras ajenas o contactando con personas interesantes de la blogosfera. Muchos quedaron en el camino, simplemente un día cambiaron de lugar porque cambiaron de vida o simplemente de ganas de escribir y con ellos se fueron sus letras. Otros desaparecieron ¿para siempre?, y quedaron sus post como símbolos de unas ideas que en aquel momento y quién sabe por qué razones bulleron en su interior. En fin, hay otros que siguen resistiendo, pese a la escasez de tiempo o los cambios cotidianos y siguen regando de flores nuevas sus blogs.

        Los comentarios en los post son bastante escasos, por no decir prácticamente nulos, hubo épocas en que abundaban más, lo que me lleva a dudar, aunque sé que hay gente que entra por aquí, si me leen. Eso no es algo que me desanime, cuando uno vive respira porque sí, no por el hecho de que los otros vean cómo lo hace. Cuando gusta escribir ocurre algo similar, se escribe por puro placer, aunque gusta que los demás lean lo que escribes, tampoco es algo esencial para seguir haciéndolo. Eso, sin embargo, no quiere decir que pueda llegar un día en que estas letras se coloquen las alas y se decidan a volar hacia lugares nuevos o inexplorados.

Escritura creativa

Escritura creativa

     Ayer por la tarde en el salón de actos de la fundación Caballero Bonald de Jerez de la Frontera, hubo una interesante sesión sobre escritura creativa, impartida durante cuatro horas por el escritor sevillano Julio Manuel de la Rosa.

      Con voz pausada fue introduciéndonos, con su experiencia en talleres literarios, en el mundo de la escritura, con la pregunta inicial de si se puede aprender a escribir y las dos teorías, voluntaristas y espontáneos, que hay al respecto. Nos indicó las cuatro fases de la escritura:

a) Invenire: invención de idea o palabra

b) Ordenación o disposición: el plan

c) Elocución o escritura del texto.

d) Corrección: el arte de tachar o corregir. Todo texto es mejorable.

     Dos opciones básicas en la escritura creativa: Describir y Narrar. Habló de los distintos tipos de descripción y en cuanto a la narración de su técnica y las características de la estructura narrativa. Señaló las narraciones más importantes del siglo XX. Toda la charla estuvo salpicada de textos de diversos autores que sirvieron de ejemplo a la teoría. Finalizó esta interesante sesión, que nos ayudó a acercarnos al apasionante mundo de las letras, con una metodología de análisis crítico sobre las lecturas.

      El búcaro no tenía la cámara de fotos,  pero sí un bolígrafo azul que, entre toma y toma de apuntes le sirvió para hacer este retrato del conferenciante.

Vieja postal

Vieja postal

Hay veces en los que un descubrimiento en un rastrillo de cosas viejas, trae  a colación viejos recuerdos. Es el caso de esta postal, encontrada hace unos días, de la que aquí he plasmado un recorte, de la Alameda de Cádiz. Calculo que data de 1967 y lo que azuza mi nostalgia es verme retratado en ella con las manos colocadas sobre mi cabeza y acompañado de algunos de mis amigos, en aquel rincón gaditano que fue testigo de mis primeros juegos infantiles.

¿Por qué?

¿Por qué?

    Durante un buen rato me pregunté esta mañana el porqué todo el mundo paseaba por la acera de la izquierda, mientras la de la derecha estaba totalmente vacía.

Nemesis

Nemesis

   Esta novela está ambientada en la comunidad judía de Newark en New Jersey en el verano de 1944. Cuando ya la segunda guerra mundial está terminando allí se desata una epidemia de polio, entre los jóvenes, que va creciendo de una manera alarmante. El protagonista es Bucky Cantor, un joven profesor judío que dirige la escuela de verano. Su vida ha sido complicada, criado por sus abuelos porque su madre murió en el parto y su padre fue a la cárcel, ahora es un joven responsable que se enfrenta a aquella epidemia con miedo y rabia a la vez y que se lamenta de no haberse podido enrolar en el ejército por culpa de su miopía. Su novia está en un campamento con jóvenes lejos de allí y le propone que se vaya allí, pero él duda y le parece que si se va es como abandonar a sus  alumnos de la escuela de verano en medio de aquella epidemia. 

Una novela dotada de una cierta crudeza. Es la primera que leo de Philip Roth y, a pesar de que me ha parecido distraída no me ha gustado especialmente.

Vacaciones otoñales

Vacaciones otoñales

   Como tenía todavía unos días de vacaciones de este año, las he cogido a finales de noviembre. Da gusto romper el ritmo habitual del trabajo y dejar que la mente se solace en cosas más agradables. He pasado un día en Cádiz y disfrutado de ese contraste de las calles bulliciosas, que no suelo ver en la cotidianeidad de mi despacho rodeado de papeles. He aprovechado el buen tiempo y paseado junto al mar y me he dejado acariciar por el sol, descubriendo que estos pequeños ratos son de los que se pueden etiquetar con un letrero que ponga: felicidad.

No abras los ojos

No abras los ojos

    Sigo leyendo novela negra, en esta ocasión la segunda novela de John Verdon que repite el éxito de su primera aparición en el mundo de las letras: Sé lo que estás pensando. Vuelve a repetir protagonista el policía retirado, David Gurney, que teóricamente dedicado a la placidez de la vida campestre, junto con su esposa Madeleine, es incapaz de sustraerse al interés cuando se le plantea un caso de homicidio.

      El protagonista, que no llega a la cincuentena, nos es presentado como un hombre con una atormentada vida interior, que quiere a su esposa, pero con la que parece tener más una relación de frases desencontradas que de complicidad cercana.  Su mente es ágil y se dispara cuando no entiende los por qués de un caso de asesinato y no la deja descansar hasta que llega hasta el final. Dos líquidos le son imprescindibles para seguir con su actividad investigadora: el café y el agua.

En este caso es el asesinato de una joven durante su boda el que atrae su atención. La policía parece tener claro cómo se ha cometido el asesinato y quién ha sido el asesino, pero les resulta imposible saber por dónde escapó. Cuando Gurney empieza a investigar el crimen, se da cuenta que no es tan sencillo como parece y tras ese crimen hay una historia mucho más truculenta de la que se pudiera imaginar.

"La idea de que el asesino de Jillian, estuviera relacionado con su caótico pasado, un pasado común con Héctor Flores, le hacía sentir que estaba pisando suelo firme y que estaba siguiendo una dirección prometedora en la cual insistir con sus investigaciones. La presentación ritual del cadáver, con la cabeza cercenada situada en el centro de la mesa de cara al cuerpo, constituía una declaración retorcida que iba más allá del simple homicidio".