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El búcaro de barro

Día a día

Atardece

Atardece

   Hay veces en que, debido al resplandor del sol, no vemos lo que estamos fotografiando y pulso el objetivo al azar. Después, como en esta foto hecha esta tarde, no me disgusta el resultado obtenido. 

Otoñeando

Otoñeando

        Hoy es el último día de octubre. Un mes que iniciamos con el ingenuo entusiasmo de un calor veraniego que esta vez se pudiera convertir en eterno y que terminamos hoy con esa hora de luz extraviada por el capricho humano de atrasar las agujas de los relojes. El viento,  al otro lado de mi ventana, agita con fuerza la rama de los árboles como queriendo provocar la caída de las hojas antes de tiempo, mientras silba con un acorde menor de película de terror. En este sur de clima benigno empezamos ya, cuando nuestros vecinos del norte hace tiempo que lo hicieron, a almacenar las camisas de manga corta en el fondo de los armarios y a dejar extrañamente vacíos los altillos tras airear sobre las camas esas mantas que siempre guardan un cierto tufillo a las apreturas en que estuvieron guardadas.

         Y es que el otoño siempre llega… Y sus luces y colores siempre me hacen soñar. Nunca he sabido por qué me retrotraen a aquellas tardes infantiles en que la noche se adueñaba de la calle antes de que con mi maleta regresara del colegio al seguro refugio de la casa familiar donde la merienda caliente me esperaba acogedora.  El tiempo otoñea y las ilusiones buscan un hueco en ese devenir cotidiano que obliga más a refugiarse entre los muros, para desarrollar esos talentos ocultos, que  el silencio siempre fluyen de una manera más sencilla. Llegarán las lluvias y los fríos y los bosques de tonos ocres darán lugar a las ramas paupérrimamente desnudas del invierno. La naturaleza, como nosotros, aparentemente calla en manifestaciones vitales, pero sólo será una transición que bien llevada nos conducirá un año más a ese gran milagro de la primavera, pero para ello no podemos despistarnos…

La tapadera del retrete

La tapadera del retrete

         No sé si alguna vez se os ha roto la tapadera de un retrete, a mí nunca…hasta el otro día… El problema que vino a continuación fue el averiguar donde venden tapaderas del retrete y si todas serían iguales. Empecé una concienzuda investigación de la que saqué distintas conclusiones:

1)    No todos los inodoros son iguales.

2)    Se venden tapaderas en multitud de sitio, llegué a pensar si las venderían en el comercio de alimentación de la esquina, que hay casi de todo.

3)    Para averiguar el tipo de tapa, nunca me había fijado, hay que levantarla y leer las dos palabras, que pone. La de arriba es la marca del sanitario y la segunda el modelo.

Fui a una ferretería cercana con esos datos, pero me dijeron que disponían de varias tapas, pero no de la marca que necesitaba, que si lo desatornillaba y les llevaba la tapadera vieja, tal vez encontrara una parecida. Como no me pareció un sistema muy exacto, preferí llamar a una tienda de saneamientos, donde me dijeron que en dos días me la tendrían. Efectivamente, dos días después a las ocho y media de la tarde estaba desatornillando la vieja y mirando las instrucciones de colocación de la nueva, que nada tenían que ver con la antigua. Los gráficos de montaje me sonaron a Ikea, pero al fin tras no demasiados sudores quedó colocada la tapadera. Ya harto de la vieja, la metí en la caja de la nueva y la bajé a un contenedor de basura. La tapa estaba perfecta, pero el problema vino al abrir la tapa… el asiento estaba lleno de ondulaciones, venía defectuoso de fábrica. ¿Y  ahora qué? Ya era tarde, habían cerrado la tienda y me pasé toda la noche soñando con tapaderas y dudando de si no tenía que haberme metido dentro del contenedor para sacar la caja y poder devolverla.

     Al día siguiente llamé y les expliqué el problema, me dijeron que no había pega, que la volvían a pedir y que en dos días la volvían a tener de nuevo allí y me la descambiaban. Hoy fui con la tapadera a la calle envuelta en plástico, como el que lleva un wc portátil para una urgencia y me llegué a la tienda. No estaba la que me había atendido por teléfono y la de ahora me decía que donde estaba la caja que me habían dado, al final la convencí, que no quería caja, ni tornillos, que todo lo tenía, sólo la tapadera y me la dio. Ésta estaba perfecta, la examiné con lupa y, al fin, tras una semana de dimes y diretes, idas y vueltas ya tengo colocada la tapadera. Por cierto, esta vez ya no me hicieron falta las instrucciones, tras esta experiencia me he convertido en todo un experto en tapaderas de retretes.

Sensación

Sensación

    En las últimas semanas tengo la sensación de que el reloj me puede y ahora, al entrar en este rincón, he tenido que limpiar las telas de araña que se han formado. He sacado brillo y he abierto las ventanas para que entre el aire fresco y revitalizante del otoño. Ahora que vuelvo a estar aquí más a gusto, detengo el reloj y afilo mis dedos para seguir escribiendo...

Pequeño rincón

Pequeño rincón

     Nuestra vida diaria está lleno de pequeños rincones que nos invitan al sosiego y a co-sentir con el ambiente que les rodea. No es fácil habitualmente el captarlos en medio del ajetreo cotidiano, pero la simple cuadrícula de una foto, como ésta de un rincón salmantino, nos puede ayudar a abstraer y separar una imagen de todo lo que le rodea.

      La luz tenue que por contraste delinea sombras, adornadas de vegetación, en medio del brillo de la piedra de Villamayor, nos dibuja el sosiego de la brisa, invitándonos a pararnos, aunque sólo sea un infinitésimo instante y a sentirnos feliz.

Amaneciendo

Amaneciendo

     He aprovechado bien el día y también he visto amaneceres y disfrutado de ese momento en que el sol se despereza entre las nubes. La tierra se viste elegantemente de colores y hasta un tren surca la vía para dar dinamismo a la escena, previendo, como luego lo fue, un día precioso en todos los sentidos.

Atardecer castellano

Atardecer castellano

    Durante este fin de semana he sido vapuleado por distintos autobuses, mientras recorría más de 1.600 km por distintas carreteras. Pero ha valido la pena, porque he estado con viejos amigos y visto cosas maravillosas, como este atardecer de mil colores, cuando el sol estaba a punto de ocultarse sobre unas lomas charras.

Habrá un día...

Habrá un día...

      Hubo un tiempo, muy distinto al de ahora, en que las cosas hoy habituales eran muy extrañas e incluso impensables, por ejemplo la democracia. En aquella época llegamos a pensar que era imprescindible cambiar el mundo en que vivíamos e incluso, con mayor o menor acierto y en la medida que pudimos, arrimamos nuestro hombro a ello. Aquella labor fue lenta y, en ocasiones, ardua. Muchos desaparecieron en aquel camino pero sobre todo y, eso fue lo más doloroso, se aniquilaron muchas ilusiones. Algo fundamental en aquellos años fue el estímulo de la música que ponía los cantautores.

            Entre aquellas voces siempre me gustaron la de este aragonés, músico, escritor, catedrático e que incluso llegó a ser político, que con aquellas canciones entonadas con aquella voz grave y profunda a la par que intensa en más de una ocasión logró emocionarme. En muchos actos, religiosos, sociales o políticos al final, a modo de himno, se entonaba la más famosa de sus canciones, el Canto a la libertad, todos de la mano y moviéndose al son de la música. Una canción que con el paso de los años suena siempre nueva, a pesar de que las circunstancias nos hagan preguntarnos más de una vez, si en muchas cosas no nos habremos equivocado.

            Cuando suena eso de “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”, nuestro ánimo se sigue sintiendo esperanzado. Especialmente siempre me ha gustado esa parte que dice “tal vez será posible que esa hermosa mañana ni tú, ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser”. ¡Qué mejor herencia para nuestros hijos!

            Para muchos de mi generación la figura de este cantautor nos dice mucho, aunque otros más jóvenes sólo lo recordarán por aquellos paseos que daba en televisión por los caminos de España con su mochila al hombro. Descanse en paz José Antonio Labordeta, tus canciones seguirán sonando…

La Biblioteca Nacional

La Biblioteca Nacional

      Mi primer contacto con la Biblioteca Nacional fue al poco tiempo de llegar a Madrid, en 1984. Tuve varios días, antes de empezar a trabajar, para recorrer sus rincones con mirada curiosa y de paso que renové el DNI y saqué un pasaporte, que cuando me caducó sólo lo había usado para ir a Gibraltar, me saqué también el carnet de lector de la Biblioteca Nacional.

       Me impresionaba este enorme edificio del paseo de Recoletos, cuyas tripas estaban rellenas de libros de todas las épocas.   En un par de ocasiones disfruté de aquella sala de lectura silenciosa y penumbrosa con aquella lámpara individual que rodeaba de luz viva la mesa frente a la que me sentaba. Durante años  no volví, hasta que hace  unos años tuve la oportunidad de conocerla por dentro, de ver sus estanterías y de entender cómo funcionaba y, entonces, sí quedé totalmente admirado de la labor de esta institución.

       Aunque no ha sido hasta  hace unos días en que he descubierto otra de las tareas que desarrolla y que yo desconocía. Hace años, haciendo yo un peculiar estudio me enteré que en 1869 durante la inauguración de un famoso monumento se dijo un discurso que posteriormente fue publicado, pero por mucho que busqué no tuve forma de encontrar ninguna referencia a ese discurso, ni al libro donde se publicó. Consultando el catálogo de la Biblioteca Nacional  me enteré de que había un ejemplar de dicho libro, pero durante varios años no se me ocurrió como el poder acceder a él, hasta que me enteré que  a través de la página web se podía contactar con la Biblioteca y pedir una copia de ese libro. Me mandaron el presupuesto, hice un ingreso del importe y ya tengo en mis manos una copia de ese libro, del que llevaba tanto tiempo detrás. Es interesante la página y ver todos los servicios en línea que nos puede suministrar a los que somos amantes de los libros.

Mirando al suelo

Mirando al suelo

         Hay días, como hoy, en que prefiero caminar mirando al suelo, en el que piso, en lugar de mirar al frente, con la incertidumbre de hacia donde pisaré.

Vuelta al trabajo

Vuelta al trabajo

       Tal día como hoy, llegó lo que hace tiempo esperaba: se acabaron las vacaciones. A eso estoy hecho, ocurre todos los años, y a base de tanto repetirlo uno se acaba acostumbrando y pareciéndole extraña esa “depresión postvacacional” que da tanto tema en las páginas solitarias de revistas y periódicos veraniegos. A lo que estoy menos acostumbrado es a lo de esta mañana, entrar en mi oficina acompañado de un silencio sepulcral, algo así al que debe haber tras estallar una bomba de neutrones. Aquello estaba desierto, lo que significa que para que la oficina empezara a funcionar tuve que hacerlo todo: quitar el candado, abrir las puertas, encender las luces, cambiar sellos, conectar aparatos de aire acondicionado…afortunadamente hoy el papel higiénico del servicio estaba cambiado, algo me ahorré.

         No había nadie para decirme lo que había quedado pendiente del día anterior, mirando por las mesas descubrí papeles abandonados y otros que no sabía que pintaban por allí. Había algunas cosas que había que hacer y me indicaba mi compañera en un papel escrito a mano, que no tuve ni tiempo de pasar ante el traductor de Google. Mañana veremos si termino de entenderlo.

                  Afortunadamente las vacaciones no habían sido tan intensas como para olvidar la contraseña para entrar en el ordenador y ¡menos mal!, porque dadas las peculiaridades de mi habitáculo de trabajo, a pesar de que sólo tengo dos manos, tuve que trabajar esta mañana con tres ordenadores a la vez, cuatro impresoras encendidas y la fotocopiadora. Y quien mucho tiene poco abarca, de vez en cuando me saltaban los protectores de pantalla de uno u otro ordenador con lo cual después de la jornada de esta mañana no se me olvida la contraseña, tras haberla tenido que escribir unas veinticuatro veces.

                El teléfono no ha parado de sonar, pero la excusa de que estaba atendiendo al público, me permitía el no tener que cogerlo. Una de las que descolgué era una compañera de otro centro de trabajo que tenían que realizar un impreso y que por las vacaciones allí no había nadie que lo hiciera, que a ver se lo podía hacer yo y se lo mandaba por fax. Encontré el hueco y le resolví el problema a ella y al que tenía delante que, a esas horas, ya debía tener cara de impaciente. En fin, la mañana fluyó y aunque salí media hora más tarde de la cuenta, ya tengo organizado el trabajo de mañana.

                    El público bien y comprensivo ante mi cara de media vacaciones, hubo dos a los que tuve que gritarles bastante, pero porque tienen problema de sordera. Ante la ausencia de todo el mundo, al menos no pude quejarme a nadie de la idílica vida de las vacaciones, cuando no se madrugaba. Lo peor una mosca, grande y gorda que estuvo toda la mañana incordiándome y no tuve ni tiempo de saber si teníamos insecticida, espero que mañana empiece su turno de vacaciones…

Giro de viento

Giro de viento

    Sólo los que vivimos en esta zona o los que hayan leído el libro "Los aires difíciles", pueden imaginar cuánto se agradece, cuando tras varios días de calor insoportable en que se llega a afectar a algo más que el carácter, por culpa del sofocante viento de levante, amanece un día como hoy, sonriente, para disfrutarlo, en el que el viento, educado y amable, gira a poniente.

Puñetero agosto

Puñetero agosto

       Entiendo que muchos estén esperando este mes como “agua de agosto” para disfrutar  de ese descanso merecido y necesitado tras tantos meses de duro trabajo, pero a mí por distintas y variadas razones es el mes que menos me gusta del año.

       Para los que vivimos en un lugar de costa supone la invasión por todos sitios de muchedumbres incontables. La dificultad creciente de encontrar un hueco para colocar la sombrilla en la playa. El olvidarme del coche, porque ¿para qué sacarlo del garaje si luego no hay sitio para aparcarlo? El aprender el desusado arte de hacer colas, hasta para comprar una pieza de pan. El toparse en cualquier aspecto burocrático con una administración a medio gas: eso lo lleva fulanito, pero hasta septiembre no vuelve. Oficinas que habitualmente abren por la tarde y que ahora con media jornada semejan a una verbena, sólo les falta la música. La ausencia de esa revista a la que estamos suscritos. El obligado jaleo nocturno de los que están de vacaciones, que dando voces en la madrugada, para envidia de los que intentamos dormir, quedan a las doce del día siguiente para ir a la playa. La transformación de vestuario a la que parece empujar el sol y que hace que hasta el abogado de mi barrio, siempre pulcramente trajeado, se pase el día deambulando por el mismo en chanclas y pantalón corto. El calor sofocante con que nos invade este mes y que nos hace estar continuamente sudosos hasta pr la noche.

     Sí, de vez en cuando se me ocurre decir: puñetero agosto! Y todavía falta más de medio mes. No es extraño que el día de San Ramón Nonato, por la noche, tras haber felicitado a los ramones, salga a la terraza con una bandera de colores a dar la bienvenida a Septiembre y saludar a la rutina con una amplia sonrisa.

¡Cuánto tiempo!

¡Cuánto tiempo!

     De mi trabajo forma parte esencial, siendo lo que más me gusta, la atención al público. Rodeado habitualmente de papeles, me gusta ese rato en que los dejo reposar sobre y la mesa me pongo frente a alguien para intentar solucionarle la cuestión que me plantea. Me doy cuenta de que, como en la vida, y eso que he hecho cursos al respecto, ningún libro ni curso te enseña lo que cada día se aprende con la experiencia. Una de las cosas que he aprendido es que no todos los que vienen a verme buscan soluciones, hay casos imposibles de resolver y lo que esperan de ti, simplemente, es una atenta escucha. Hay otros, quizás los más desagradables, que sólo desean gritar, echar la bilis por la boca, a estos no siempre es fácil escucharlos, pero se intenta y, a veces, terminado su discurso incluso se les percibe una cierta felicidad.

            Algunos son clientes habituales, de años, a los que les basta tres palabras o un gesto bastan para indicarme lo que quieren. Otros son ocasionales, les surge un asunto y durante meses hablamos, van y vienen, hasta que finalizado, parecen desaparecer en la noche de los tiempos. Eso me pasó ayer con uno, lo reconocí después de muchos años y le digo:

-¡Cuánto tiempo que no te veía! ¿Dónde te habías metido?

     Sin palabras me enseña un impreso firmado por la subdirectora de una prisión, en el que de forma escuetamente administrativa informa de en dónde se ha pasado los últimos diez años. Sin duda su aspecto ha cambiado, para bien, aquel muchacho de aspecto inquietante hoy es un hombre de rasgos sosegados. Me sonrió y me dijo:

-Yo también hacía mucho tiempo que no lo veía a usted.

Leyendo

Leyendo

     Contra lo que suele ser habitual, no es el verano la época en la que más leo. Me resulta más sencillo durante la rutina laboral del curso, encontrar ese rato, tan necesario como sosegante, para introducirme en la lectura de un libro. Raramente suelo leer sentado en un sillón. Si el libro es para trabajar prefiero hacerlo sentado frente a una mesa y con la mano derecha armada con un bolígrafo y si es para leer hay una hora durante el día en que me gusta especialmente. Es la hora de Vísperas, ese momento en que la luz declinante del sol deviene en trémula y el duro esfuerzo del día parece sosegarse y volverse sobre sí mismo. Desciendo la persiana de mi dormitorio a media altura y dejo que el sol juguetee con las rendijas, mientras me tiendo en la cama y saboreo el descanso horizontal en mis piernas. Alzo mi cabeza con una almohada, me pongo las gafas de cerca y abriendo el libro dejo que mis ojos persigan sus líneas, casi amorosamente, hasta que la luz natural se ausenta y los primeros sonidos de la noche murmullean al otro lado de la ventana. Me levanto, entonces, con esas nuevas fuerzas que dan las letras, dispuesto a dar ese último impulso a lo que queda de día, antes de dejarme vencer por el cansancio de toda la jornada.

Abducido?

Abducido?

    Logré resistir las discusiones futbolísticas en plena esfervescencia del Mundial del fútbol. No vi ni un solo minuto de los partidos, durante la final entre España y Holanda estuve paseando por la orilla del mar. Entonces, me pregunto ¿qué hago yo, aquí, en la plaza Mayor de Salamanca, escuchando, aplaudiendo y homenajeando a Vicente del Bosque? ¿Habré sido abducido por alguna extraña fuerza?

Si vas a Salamanca...

Si vas a Salamanca...

...desde el sur y en coche, la autovía de la Plata es una buena opción, una buena y tranquila carretera. Las áreas de servicio son más bien escasas, aconsejo la salida 730 cerca de Monasterio al pie de la misma.

...como alojamiento aconsejo el hotel que hay en la calle Álava nº 8. Muy fácil de llegar con el coche y dispone de aparcamiento. Lo suficientemente lejos para que no moleste el bullicio del centro y lo suficientemente cerca, unos ocho minutos, de la plaza Mayor.

...ponte unos zapatos cómodos y disponte a andar y a asombrarte en cada rincón.

...el arte y la historia de sus monumentos te transportarán a otro tiempo, es una ciudad donde se puede soñar sin temor a que te rompan los sueños. Y no te olvides de conocer las leyendas que aderezarán el conocimiento y hará que permanezcan los monumentos en la memoria.

...y te gusta la literatura, te podrás topar con el Lazarillo de Tormes, evocar en un hermoso jardín los amores de Calixto y Melibea, sentarte en el café Novelty junto a Torrente Ballester, conocer la plaza en la que nació y vivió Carmen Martín Gaite, recorrer a paso lento los rincones por donde paseaba Miguel de Unamuno, detenerse ante la casa de Antonio de Nebrija o traspasar el aula de Fray Luis de León y en el silencio, aprovechar cuando no haya turistas, escucharle decir "como decíamos ayer..."

...infórmate por internet de los horarios y visitas gratuitas, dependen del día de la semana, de los distintos monumentos, lo que puede suponer un sensible ahorro. Por ejemplo la Universidad es gratis los lunes, la catedral vieja es gratis los martes (hasta las doce de la mañana).

...y quieres llevarte "recuerdos" gastronómicos no te olvides del hornazo y de las raquetas.

...el paseo en el tren que sale de la Plaza de Anaya te dará una visión global del casco histórico y de algunas de las cosas que puedes ver.

...todo el mundo te hablará y conoce la rana, que la verás hasta en la sopa, pero poca gente conoce la tortuga pequeña que está en la puerta de metal, hoy un restaurante, que hay bajo la casa de las Conchas.

...si pasas por los mismos sitios a distintas horas, la luz del sol jugueteando con las piedras te hará ver escenas muy diferentes. Sobre todo no te pierdas el color de la piedra al atardecer o iluminadas en la noche.

...piérdete por las orillas del Tormes, cruza por debajo del puente romano y deja a las aguas del río que te hablen.

...no intentes ver todo, porque cuando vuelvas a ir siempre encontrarás cosas nuevas que ver y admirar.

...ten cuidado porque como dice en el licenciado Vidrieras de Cervantes, "enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado".

Mientras...

Mientras...

...todos esperaban que entrara el gol, yo esperaba que entrara el sol. Total, de gol a sol no hay tanta diferencia, sólo una letra.

Rarezas

Rarezas

   Como todo el mundo tengo unas ciertas rarezas que me acompañan habitualmente en mi vida cotidiana. Hay épocas en que deben estar más acentuadas y circunstancias en las que no soy ni siquiera consciente de ello. Ayer fue una tarde de esas. Al llegar la tarde salí a pasear por una playa insólitamente solitaria, disfrutando de los mil colores del ocaso e incluso del viento que creaba pequeños remolinos de arena y peinaba la superficie del mar.

       La consciencia de mi rareza vino esta mañana, cuando todo el mundo comentaba un  partido de fútbol que hubo ayer y del que no vi nada. ¿Es posible que no vieras el partido? Pero si en mi casa todos saltábamos con los nervios, me decían señalándome con el dedo, como si acabara de aterrizar del platillo volante, llegado de otro mundo interestelar. Me miraban con cara rara, porque esas teóricas vibraciones que produce no habían surtido efecto alguno sobre una sensibilidad que debía tener atorada.

            Luego fue al ver las noticias, toda la pantalla se llenó de rojo y no había más noticias en nuestro país. Gente que se había lanzado a la calle a jalear con otros ese gol. Y a algunos que vaticinando el sesgo que puede dar a sus vidas el que España sea campeona del mundo, ya decían que se iban a rapar la melena ¡¡¡!! si se conseguía.

               Ante tanta rareza estuve tentado de acudir a un especialista, para decirle que no me gustaba el fútbol, si tenía solución. Aunque por otro lado cuando lo pienso fríamente, sigo concluyendo que gane o pierda, a mí me van a seguir descontando de mi nómina, la crisis seguirá (incluso con menos dinero por todo lo que nos estamos gastando allí) y que mi alegría me gusta demostrarla de otra manera que con gritos y saltos y no uniéndome a un jolgorio colectivo que no me parece que sea demasiado razonable. Otro tipo de logros celebraría yo más en nuestro país que ser más hábiles que el resto jugando a la pelota. Vale, respeto al que le gusta el fútbol, a pesar de que ciertos ruidos y estruendos rasguen la noche con más contaminación acústica de la soportable, pero, por favor, respétenme a mí y no se sientan molestos si el domingo, a la hora de la final, me observan paseando solitario por la playa, disfrutando con la contemplación del mar.

El primer día

El primer día

          Tras diez meses, a modo de un larguísimo embarazo, al fin llegó este día tan esperado. Durante este tiempo ha habido de todo: expectación, ilusión, sofocos, desesperación, afonías, noches sin dormir, sonrisas, desánimos, dudas, lágrimas, sosiego… Siempre les quedará la incógnita de si tanto esfuerzo valió la pena, aunque cuando miran atrás no les cuesta trabajo darse cuenta de aquella antigua semilla, que en otras tierras se plantó, cómo hoy ha dado su fruto. Ha sido un tiempo sobre todo de relación humana, de saber buscar las vueltas para despertar y azuzar eso que llevan dentro. A veces  el camino ha sido fácil en otras ocasiones tan penoso como si se subiera una gran pendiente y en esta última semana, desesperados, sumidos en las dudas de última hora  y en la burocracia administrativa. Hubo momentos en que, incluso, la tentación de tirar la toalla fue más acentuada de lo habitual. Cuando comenzaron en ello siempre supieron que no sería fácil, aunque la ilusión que los empujaba estaba dispuesta a saltar por los mayores obstáculos. El tiempo transcurrido matiza las ilusiones aunque, a cambio, afina las armas de la experiencia,

             Hoy al fin, empiezan las tan envidiadas como necesarias y merecidas vacaciones de los admirados enseñantes. Ojalá que sea un buen momento para recuperar esas fuerzas necesarias que nuestros hijos, en septiembre, agradecerán.