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Dibujando del natural

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          Se sentía un poco nerviosa, era la primera vez que dibujaba un cuerpo desnudo del natural. Estaba en el dormitorio que compartían. La luz de amanecida atravesaba los visillos y se desparramaba sobre aquel cuerpo desnudo, que tan bien conocía, y que le serviría de modelo.

         Retiró su ropa interior del sillón para sentarse con su cuaderno abierto sobre sus muslos, también desnuda, para solidarizarse en sensaciones. De su cartuchera sacó un lápiz HB. Éste le vendría bien para hacer ese dibujo, que iba a resultar inolvidable. Aspiró el olor a madera del lápiz y no pudo dejar de evocar sus años escolares.  Le gustó el ruido que provocaban sus dedos en la cartuchera, le recordaba al ritmo de la bachata: uno, dos, tres, cuatro…, buscando el sacapuntas. Lo encontró en el fondo y sacó punta al lápiz hasta conseguir que no tuviera más grosor que un pelo, como le decía, machaconamente, su profesor de dibujo.

         Posó su mirada sobre el cuerpo desnudo que se le mostraba desde el colchón, se regodeó en aquellas formas masculinas por la que sus dedos, como si fuera un camino de peregrinación, habían recorrido kilómetros. Tengo que mirarlo con ojos de artistas, pensó. Y calculó la manera más adecuada de encuadrar aquel cuerpo dentro del papel, todavía en blanco.

         Las primeras líneas de grafito  abocetaron sutilmente la figura sobre el papel. Tras engarzar las líneas principales de la figura, empezó a esbozar, someramente, las distintas partes de su anatomía. Le gustaba el orden y empezó por dibujar la mata de pelo ondulado que descansaba sobre la almohada. Parecen olas espumosas, pensó al dibujar las primeras líneas, pero dejaron de parecer espumas en cuanto las fue oscureciendo. Diseñó las cejas y delineó sus párpados cerrados a través de los que asomaban unas largas pestañas negras, que desde que lo conoció, siempre la habían seducido. La nariz firme y un tanto aguileña brotó en el papel. Los labios entreabiertos dejaban adivinar sus dientes. Intentó darles esa carnosidad que ella, muchas veces, había degustado con fruición, pero no terminaba de lograrlo. Tuvo que sacar la goma blanca y borrar hasta tres veces, insistió y al fin sonrió con casi el mismo tipo de postura de aquellos labios, si es que se podía decir que estuvieran bosquejando una sonrisa…

         El cuello ligeramente inclinado hacia un lado.. Empezó con el hombro izquierdo, eran brazos poco musculosos pero bien torneados. Delineó con delicadeza el escorzo que provocaba el brazo doblado acabado en la mano, que bajo su sombra ocultaba la redondez de su ombligo. Dibujó muy lentamente la mano, las falanges de aquellos dedos largos que tanto le habían provocado. Perfiló las uñas y procuró insuflarle vida a aquella mano a través de sus pliegues. Se felicitó por el resultado y se fue  al otro hombro. A través del la parte superior del brazo asomaba el vello negro de su axila, que ella oscureció con su grafito. Éste brazo caía a lo largo del colchón hacia fuera y la mano, con los dedos juntos y curvados hacia arriba, le semejó la forma de la mano que ella ponía, en aquellos días de calor sofocante veraniego, para beber agua de la fuente de la plaza del pueblo. Una simple sombra bajo la mano le sirvió para indicar que descansaba sobre el suelo.

         Dio forma a su pecho y a su barriga, se detuvo en ella, decididamente tomaba mucha cerveza. Ni siquiera la postura horizontal le hacía disimular aquellas bruscas ondulaciones que le provocaba la grasa allí acumulada. Detuvo su mirada en su pene que se curvaba semi oculto por el matojo negro del pubis. ¡Qué diferente ahora de cuando estaba el plena euforia! Mejor no pensar en ello. Terminó de ennegrecer el vello y pasó a la pierna izquierda. Le costó trabajo y varios borrados de goma el lograr la adecuada perspectiva de la pierna, era complicado porque tenía que destacar el pie y la pierna prácticamente no se veía. La pierna derecha fue algo más sencilla de dibujar, gracias a la leve inclinación que tenía, lo que originaba que la postura fuera menos compleja. Le costó especialmente la articulación de los dedos de los pies, pero una vez terminado acabó satisfecha del resultado.

         Ya dibujada la figura, se dispuso a dar las sombras correspondientes,  como si jugara con las luces que iluminaban el cuerpo desnudo de su modelo. Con la creciente habilidad que le habían dado muchos años de práctica, las sombras con mayor o menor energía elaboraron tan artísticamente aquella figura que parecía surgir de la hoja en blanco. Parecía como si de un  momento a otro fuera a levantarse… Una nube negra pareció surcar su pensamiento y sus cejas se fruncieron.

-¿Levantarse?-pronunció esta palabra en voz alta.

-¡No!- gritó-no se volverá a levantar.

         Atropelladamente se dirigió hacia la cartuchera. Me falta colorear, pensó. Comenzó a sudar. Notó sus axilas muy húmedas. De nuevo, le resonó el ritmo de la bachata: uno, dos, tres, cuatro…hasta que apareció el rotulador que buscaba. Una mancha roja cubrió el pecho de aquel dibujo y unas líneas que brotaban de una raja, exactamente igual a la que tenía el modelo.

        Lo que no dibujó fue el cuchillo que estaba en el suelo, manchado de sangre y fuera del encuadre. Instantes antes, en cuanto se durmió, se lo había clavado en el pecho. Ya no volvería a violarla más, como lo hizo tantas veces en los últimos años. Aquel día del caluroso verano, decidió redimirse del sufrimiento oculto de tantos años, sin pensar que las clases de dibujo iban a ser el medio para ello.

Dejó su obra, ya terminada, sobre la mesa de noche y, a través del móvil, llamó a la policía. Cuando llegaron, tras examinar el lugar, le pusieron las esposas. Antes de salir por la puerta echó una última mirada al dibujo que, tan fielmente, retrataba la escena de aquel crimen. Entonces, se dio cuenta de un terrible olvido: ¡no había firmado el dibujo!


Perdida

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    Novela escrita por la periodista y escritora norteamericana Gillian Flynn (Kansas, 1971). Nos narra la historia de una pareja Amy y Nick, que aparentemente tienen todo, pero por problemas laborales y familiares deben trasladar su domicilio de Nueva York a un pequeño pueblo de Misouri. El día en que van a celebrar el quinto aniversario de su matrimonio, Amy desaparece. Poco a poco todas las pistas van convergiendo en Nick, que se ve envuelto en una tela de araña de la que no sabe como despegarse. 

    Se mezcla narración en primera persona con diarios íntimos, dando continuamente giros a la historia. En 2014 se llevó esta historia al cine protagonizada por Ben Afflec.

     Una historia distraída, que he leído hasta el final, pero que no me ha gustado lo suficiente como para engancharme y leerla rápida.

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Donde los escorpiones

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      Los seguidores de esta entretenida saga de la pareja de guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, siempre agradecemos la llegada de un nuevo episodio de sus aventuras. En este caso, en el noveno libro de sus aventuras nuestros protagonistas deberán salir de nuestras fronteras a investigar el asesinato de un militar español en una base del ejército español en Afganistán. La víctima, en trámites de separación, ha sido asesinada por una instrumento de labranza local. La investigación a tantos kilómetros de España tiene unas connotaciones que la hacen originales y deberán descubrir si el asesino ha sido alguien de dentro o de fuera de la base.

     Me gusta el tono, cercano y no exento de un cierto sentido del humor,  en que está escrito en primera persona por Bevilacqua y ver como los personajes van "madurando" en sus circunstancias y opiniones a lo largo de los años. En esta novela, al contrario que en otras anteriores, he echado de menos más profundización en los personajes, pero creo que ello se compensa con la manera de mostrarnos el contexto en que se desarrolla una misión español en el extranjero. Sus palabras nos muestran una fotografía cercana del ambiente de la base y de algunas de las ocurrencias de sus moradores. Sin duda un libro que me ha gustado.

"Quienes somos tú o yo para juzgar lo que son y lo que hacen los que han tenido que vivir y salir adelante ahí, donde los escorpiones, adonde fueron a parar por su torpeza o porque alguien los envió, porque no lo pensaron bien ellos o no lo pensaron bien otros.Qué sabemso podemos saber de cómo se decide o se deja de decidir cuando tienes rota o desencajada la máquina de tomar decisiones."

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El hombre que olvidó a su mujer

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    A medida que se cumplen años descubrimos que la memoria va fallando, pero lo que no es tan habitual es el caso de Vaughan, que se despierta en un vagón de metro sin saber quién es y a dónde va. Tras ese extraño fenómeno es ingresado en un hospital, donde sigue sin recordar nada, hasta que aparece su amigo Gary, que le va ayudando a recordar su pasado. Con él se detiene en una casa de la que ve salir a una atractiva mujer, Gary le informa que es su mujer de la que se está separando...

    Poco a poco irá rescatando su pasado y descubrirá actitudes que no le gustan de sí mismo. Tendrá que reaprender muchas cosas y algunas serán muy diferentes a las de su "anterior"vida. Escrita en primera persona es una novela divertida y que,  a la vez, invita a pensar. 

    Escrita por el escritor inglés John O’Farrell (1962).

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Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York

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   Nos encontramos aquí ante un libro publicado en 1971. Es el único libro publicado por su autora, la guionista de famosas series de televisión, Gail Parent (Nueva York 1940). 

   Es la historia, escrita en primera persona, por una judía gordita que, desde el principio, nos enteramos que ha decidido suicidarse a sus treinta y un años al seguir siendo soltera. Tiene un tono cómico y en él se atisba la desesperación creciente de Sheila cuando van pasando los años, el tipo de vida y las relaciones que tiene, pero la imposibilidad de casarse. Me ha sonado como demasiado "norteamericana", recordándome a algunas de aquellas series cómicas de los setenta. A pesar de que, para la época se escribió, hay ideas que podrían resultar avanzadas, el paso de tiempo las ha hecho envejecer. Se lee con facilidad, aunque en algún momento me ha llegado a aburrir.

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El corazón del árbol solitario

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      Este libro está planteado como muchas historias de amor. Amor a una tierra, Camboya, y a los más necesitados. Nos relata la historia de Enrique Figaredo, Kike, pero además en ella aparece acompañado en su camino de muchas otras personas con nombre propio. La historia está escrita por José María Rodríguez Olaizola, jesuita, sociólogo y escritor que ha compartido un tiempo con Kike en aquellas lejanas tierras.

     Kike nació en Gijón en 1959. Siente la llamada a la vida jesuita y tras sus primeros años de formación se marcha, en primer lugar a los campos de refugiado de Tailandia y luego a Camboya. En este país donde, durante muchos años, ha desarrollado una inmensa labor, siendo nombrado obispo. Ha sido el artífice de que en un  país en el que hay miles de mutilados como consecuencia de las minas, estos puedan tener una vida diferente gracias a sus sillas de ruedas. Hoy Kike es conocido en todo el mundo como “el obispo de la silla de ruedas”.

       A través de sus páginas descubriremos el camino seguido por él. Un camino no siempre fácil, pero sí ilusionante. Su lectura hace pensar y no deja pasivo, si estamos abiertos nos contagiará de sus sueños y el entusiasmo de su experiencia.

    “El reto, enorme, que tenemos es ir mucho más allá. No ser tan solo gente que se conmueve ante una historia que nos lleva casi hasta las lágrimas, porque conjuga al tiempo dolor e infancia, pero que luego olvidamos. La sensibilidad y la capacidad de conmovernos ante el dolor de los más pequeños, de los niños, es algo necesario, pero no es suficiente. Si nuestra mirada se queda tan solo ahí, en el corazón encogido y el lamento por lo que no debería ocurrir, no basta. Necesitamos que estas historias echen raíz en nuestra entraña, para generar respuestas. E incluso esto es insuficiente, si solo nos ponemos en marcha ante las cosas de niños.

Necesitamos romper la burbuja de lo emotivo y lo infantil para vibrar –y responder- ante todo sufrimiento injusto, ante toda tragedia ajena, ante todo grito de auxilio. He ahí el camino de la compasión verdadera.”

 

 

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Polvo

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         Nueva entrega de la forense Kay Scarpetta, la protagonista preferida de las novelas de la escritora norteamericana Patricia Conrwell (Florida, 1956). “ Lo que sí es Scarpetta es una compañía estupenda en mi tarea de escritora y no me imagino dejar de escribir sobre ella" dice la autora en una entrevista. Es la creadora de “trhiller” forense, antes de que se conocieran las andanzas del CSI. En este caso es el nº 21 de la serie de Scarpetta, ella vuelve a casa tras trabajar en la escena de unos peores asesinatos en masa. Es llamada por el agente Pete Marino para comunicarle el descubrimiento del cadáver de una mujer asesinada. Se pondrá a trabajar en la resolución de este crimen, contando con los personajes que habitualmente la acompañan: el ya nombrado Marino, su marido Benton y su sobrina Lucy, en algunos momentos intentando superar las dificultades que les impone el propio FBI.

         Me he leído  todas las novelas de la serie y debo decir que, a pesar de que Scarpetta durante mucho tiempo llegó a ser mi personaje preferido de ficción, este libro me ha decepcionado y no me ha atrapado como lo hicieron otros libros de la serie. Me ha dado la sensación de una escena demasiado estática y falta de agilidad. Espero que en sucesivas entregas me cambie esta sensación que me ha producido esta historia.

 

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W de whisky

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    Cuando un personaje de novela se hace habitual es casi como tener un amigo invisible. Eso es lo que sucede con Kinsey Millhoine, la intrépida investigadora privada creada por la escritora norteamericana Sue Grafton.  Esta historia forma parte de la serie “alfabeto del crimen” donde cada historia empieza por una letra sucesiva. En esta caso va ya por la número veintitrés, que comienza con la W y en la que sigue sin decaer el pulso narrativa que esta escritora imprime a todas sus novelas.

     Kinsey, es una detective del pueblo de Santa Teresa que desarrolla su actividad en los años ochenta. Es una investigadora que en algunas ocasiones nos recuerda a los detectives  clásicos del genéro, pero que, a la vez, manifiesta unas características muy peculiares.  Avanza paso a paso en la resolución de los casos, es inteligente y respetuosa de la ley, y va poco a poco entrecruzando indicios y atando cabos, como en este caso, hasta relacionar dos muertes ocurridas casi al mismo tiempo y que, aparentemente, nada tienen que ver.

    Nuestra heroína es acompañada de una serie de personajes que completan el elenco del ambiente que la rodea.  Así aparece, como en otras ocasiones, su casero y su octogenaria familia o asoman brevemente algunos de los hombres con los que tuvo una relación amorosa, aspecto en el que ella no es demasiado afortunada.

     Esta historia es una buena ocasión para seguir  disfrutando de esa escritura, que no decepciona, de Sue Grafton o una buena ocasión, si no se conoce, para entrar en sus letras y animarse,  posteriormente, a seguir leyendo ese “alfabeto” tan peculiar.

 


La legión perdida

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   No me resulta desconocido Santiago Posteguillo, este escritor valenciano nacido en 1967 y que se ha hecho un merecido hueco en la literatura por sus novelas situadas en el mundo romano. Ya me había leído su trilogía sobre Escipión y hace tiempo que leí las dos primeras de Trajano, por lo que al salir el desenlace de la historia de este emperador me apeteció mucho el leerla y desde luego no me ha decepcionado.

   La legión perdida perdida se refiere a los miles de soldados romanos de Craso que fueron hecho prisioneros tras su derrota con los partos. Ciento cincuenta años después Trajano quiere expandir el imperio romano hacia tierra de los partos. Los legionarios, a pesar de su confianza en su emperador que no ha perdido ninguna batalla, no pueden dejar de tener en mente a la legión perdida. En sus páginas aparecerán cuatro grandes civilizaciones: romanos, partos, la India y China; de las que acabaremos conociendo bastantes.

     Son algo más de mil páginas, pero la habilidad del autor para enlazar los hechos reales y perfectamente documentados con situaciones y personajes novelados, convierten esta historia en algo apasionante y cuya lectura fluye entre los dedos. Hay distintas subhistorias que se cruzan con habilidad hasta llegar a un final perfectamente armónico. Y el lector no puede dejar de  sentirse atraído por los personajes. Me han gustado las seis novelas que he leído de Santiago Posteguillo, pero ésta para mí es, sin duda, la mejor.

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La chica del tren

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   Una novela de las más vendidas en los últimos meses. Su autora es la escritora británica Paula Hawkins, nacida en 1972 en Zimbabwe en 1989 se trasladó a vivir a Londres. Escribió distintas novelas románticas sin mucho éxito, hasta hacerse famosa con esta novela de misterio, que tardó en escribir seis meses.

    Nos cuenta la historia a través de tres mujeres: Rachel, Megan y Anna, que van tomando la voz de la novela, pasando de una a otra. Rachel es una joven alcohólica a quien su marido Tom la ha dejado por Anna. Rachel viaja todos los días en el tren, como si fuera a Londres a un trabajo del que fue despedida varios meses y no puede dejar de mirar a través de la ventanilla, las casas del antiguo barrio en el que vivía y donde todavía vive su exmarido. Esta aparente inocua distracción, hace que se meta en un verdadero lío a raíz de una desaparición que se produce en ese barrio.

    Es una historia distraída, pero que a mí me ha decepcionado un poco, como suele ocurrir cuando hay un libro que se hace famoso y todavía no has leído, que las perspectivas suelen ser tan altas que difícilmente se alcanzan. Al principio tardé darme cuenta de que hablaban tres personajes diferentes y el final no me gustó.

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