La violinista

Pensé que sería una audición como cualquier otra. Asistí a ella revestido de la paciencia paternal del que escucha a través del aire los sonidos del pentagrama ejecutados por neófitos aprendices. Tras dos horas, en la que aquella agitación sobre los oídos fue adormeciendo los sentidos, llegó el momento en que todos aquellos jóvenes intérpretes junto con sus profesores se dispusieron a tocar, a modo de orquesta, varias piezas musicales. La directora, con traje largo y de espaldas, levantó ambos brazos como si fuera a imprecar una oración. Durante un instante todos los sonidos se acallaron, armónicamente descendió los brazos y estallaron al unísono los sonidos de los distintos instrumentos que manejaban aquellos jóvenes.
Fue, entonces, cuando la vi, sentada delante, en un extremo de aquella abigarrada orquesta, era la profesora de violín. Con algunos años, muy pocos, más que sus alumnos aquella figura atrajo hipnóticamente mi mirada. Una camiseta de finos tirantes dejaba al descubierto unos brazos finos y con unos torneados músculos ejercitados, aunque no exageradamente. Su barbilla abrazaba el violín con mimo maternal y los dedos de su mano izquierda alborotaban hábilmente sobre las cuerdas, mientras el arco sostenido por la mano derecha acariciaba las cuerdas extrayendo sonidos de puro goce. Su cuerpo, aposentado sobre la silla, oscilaba a uno y otro lado al ritmo de la música, dejando en cada bamboleo al descubierto retales de una barriga de blanco marfileño. Todo su elástico cuerpo danzaba al ritmo impuesto por la música que iba extrayendo de aquel mágico instrumento y que a través del aire creaba sinuosas estelas invisibles.
Mis ojos dejaron de parpadear para atrapar al máximo aquella imagen y, en un determinado momento, dejé de escuchar la música para sentir como mi cuerpo temblaba al ritmo de aquellos sensuales movimientos que, en el más maravilloso de los instantes, ella coronó con una sonrisa.
Tu cumpleaños

Al fin llegó el día de tu cumpleaños, ese que iba a ser un tanto especial y que has aguardado con una espera no exenta de euforia durante los últimos doce meses. Y es que por obra y manera de los números ahora sociológicamente y desde mi punto de vista te has convertido en una señora mayor.
Es buen momento, de hecho me consta que lo has hecho así, de mirar hacia atrás agradecida por todo lo que estos años te han regalado y sobre todo por todo lo que has asimilado. El tiempo le ha dado forma a tus, ahora viejas, ilusiones de juventud, las ha dotado de realismo y ha exprimido de ellas lo mejor que guardaban dentro. Has aprendido a relativizar las situaciones, a hacer lo que te viene en gana sin estar pendiente del que dirán, a querer a los que se lo merecen e incluso a realizar lo importante por encima de lo urgente. Comprendo muy bien esa felicidad que transmites esculpida con delicadeza minuto a minuto durante tanto tiempo. Tus gestos, tras reposar durante años en las barricas de la vida, al igual que el mejor vino se han teñido de madurez añeja y haciéndome partícipe de ellos. Hoy disfrutarás de este día entremezclando risas y lágrimas teñidas de emoción.
Lo único que se me hace extraño es tener, a partir de este día, amistad con una señora tan mayor, sin embargo en seguida se atenúa mi extrañeza, cuando pienso que antes de dos meses tendremos ya idéntica edad.
El sabor de las cerezas

Parecía un día cualquiera y tras el amanecer la luz del sol fue dando un brillo creciente a los colores, hermoseándolos. Pero no, aquel era un día muy especial y, al recordar el motivo, embelleció, como sólo sabe hacerlo una sonrisa, su rostro de mujer madura. Deslizó juguetonamente su escueto camisón a través de su piel y con una hábil patada al aire lo lanzó a la cama. Se introdujo en la ducha y bajo su chorro de agua fresca se sintió revivir con aquella humedad que desperezaba su piel. Tras secarse sin prisas, dejando que la toalla se posara muy despacio sobre su piel húmeda, se miró al espejo y se vio más joven y guapa que el día anterior, como si aquella mañana una niebla amnésica hubiera deshecho el cúmulo de preocupaciones, que habitualmente le acompañaban, como un pesado fardo. Sacó del armario la caja donde tenía guardado un conjunto de lencería verde oliva, sin estrenar, que reservaba para este día y disfrutó de ese momento en que aquella fina tela abrazó sus formas. Sacó sus pinturas del cajón y las desplegó como un inmenso arco iris por la encimera del lavabo.
Estaba dispuesta a quedar relucientemente maquillada. Primero se dio una base para cubrir las imperfecciones y luego añadió el corrector, empezando por el oscuro para bordear y definir rasgos y luego el más claro para resaltarlo. Dio brillo a sus ojos negros con el iluminador, oscureciéndolo primero con una sombra suave en el párpado y trazando una línea negra bajo las pestañas que difuminó con los dedos. A las cejas les aplicó polvo y después cera para peinar y moldear el vello y en las pestañas, antes de peinarlas, les aplicó capas de máscara negra para reforzar su mirada. Coronó aquel rato de “bellas artes” exfoliando sus labios antes de maquillarlos con un lápiz de labios rojo con los que los convirtió en frescos y sumamente deseables. Cogió una pintura complementaria con la de los labios y dedicó un buen rato a ornar sus veinte uñas con un mismo color. Feliz con el resultado descolgó del armario un vestido de gasa de vivos colores que tras colgar sobre sus hombros fue dibujando las líneas de su cuerpo mientras el aire jugueteaba con él en variadas cabriolas. Entremetió sus dedos para aventar su corta melena y se la atusó con una simple pasada del peine. Alzó los pies sobre unos “manolos” saliendo de casa cuando el reloj de la torre marcaba las 9 de la mañana. Sonrió, había calculado el tiempo necesario para arreglarse con suma perfección.
Agradeció el aire de la calle mientras desplazaba su cuerpo oscilándolo con movimientos de princesa. Aunque ella no lo reconocería, tenía algunos nervios agarrados al estómago, lo que un observador perspicaz hubiera traducido por una casi imperceptible curvatura de su cuerpo al caminar. Su sensibilidad era tal que hubiera distinguido bajo la suela de los zapatos si hubiera pisado a una hormiga. No tardó mucho en llegar a donde iba: la puerta de la frutería. Aún no estaba abierta, el frutero estaba dentro colocando las cajas y ordenando la mercancía. A través de las rejas un fragante aroma a frutas la envolvió. Como quien espera reencontrarse con un lejano amor, su mirada ávida rastreaba la penumbra del interior en esa búsqueda anhelante que hacía de hoy un día diferente: ¡el frutero le había dicho que tendría la primera caja de cerezas de la temporada!
A ella, la espera se le hizo interminable pero al fin la reja se abrió y entró al interior con lo que el aroma, más intenso, se acompañaba ahora de aquella imagen, siempre hermosa, de frutas de variados colores y de pieles brillantes que se le ofrecía mimosamente a sus ojos. Su vista recorrió con rapidez las cajas, temiendo que no las tuviera pero ¡allí estaban! En una esquina había una caja donde se amontonaban con esas tonalidades tan variadas que da la naturaleza del rosado, al rojo, del fucsia al lila, agolpadas sin orden ni concierto con un cartel colocado: cerezas del valle del Jerte.
Le tendió al frutero una bolsa de papel marrón que llevaba para que le echara un kilogramo de cerezas, sin preocuparse del alto precio que tenían al ser las primeras de la temporada… llevaba meses sin comerlas y ¡no aguantaba más sin llevarlas a la boca!
Salió de la frutería como quien camina con pasos alados, mientras apretaba firme entre sus dedos aquella bolsa de papel en la que semejaba llevar un tesoro de inapreciable valor. Llegó a su casa sin detenerse a esperar el ascensor, tal era su impaciencia, subiendo los escalones de dos en dos. Dejó la bolsa sobre la mesa del salón y antes de abrirla trajo un cuenco con agua y se sentó frente a la ventana. La vació sobre un plato y contempló como aquellas “perlas” brillantes entrechocaban entre sí. Disfrutaba pacientemente con aquel lento ritual que, mientras más postergaba su placer más acrecentaba su deseo. Hundió sus dedos en aquel océano de, sólo aparentemente, formas esféricas en que el color de sus uñas se confundía y la piel de sus manos gustaba de la lisura de aquellas pieles rojas. Acercó, a continuación, sus manos a su nariz, cerrando los ojos como si eso le permitiera aspirar con más intensidad. Aquel siempre bienvenido olor le evocaba a sus años infantiles en los que recorría los campos “nevados” de su abuelo, así los llamaba ella desde que los vio la primera vez lleno de árboles cubiertos con su característica flor blanca.
Masajeó sus manos un rato más en aquel plato, hasta que, al fin se decidió a coger la primera pareja de cerezas o guindas, como le gustaba llamarlas a ella. La sacó del montón tirando suavemente del rabillo verde que las unía y las contempló con delectación en ese contraste que las hacía destacar sobre el fondo luminoso de la ventana. Las contemplaba en esa oscilación leve en la que pendían en el aire y que le semejaban dos péndulos de movimientos caprichosos. Aquel momento de observación distrajo su tensión y relajó el tacto tenue con que sus dedos sujetaban el rabillo y se soltaron yendo a caer, casualmente una de las cerezas en el interior de su escote quedando la otra, por fuera, a modo de un elegante broche natural. Como un acto reflejo tiró hacia arriba de la que asomaba sintiendo un ligero estremecimiento al sentir el ascenso de la cereza sobre su pecho. Le gustó y en vez de sacarla de una vez se distrajo durante unos minutos en ese movimiento de vaivén que le hizo sentir escalofríos y poner sus vellos de punta. Al fin, dio un tirón más fuerte de lo habitual para eludir ese momento que tendía a perpetuarse y volvió a tener las dos cerezas colgando en el aire y como quien participa en una operación de rescate las condujo hasta aterrizarlas en el cuenco lleno de agua.
Las sumergió y, por un momento, en aquel día de calor sofocante sintió cierta envidia al ver como se desdibujaban sus formas bajo el agua y adquirían ese matiz admirablemente suculento que les añadía la humedad. Tras tantos prolegómenos estaba ansiando probarlas, ya no podía oponerse más a ese deseo. Despacio con suavidad alzó aquel par de cerezas y tras levantar la barbilla y cerrar los ojos abrió su boca y dando un leve tirón de aquel rabillo verde atrapó la cereza cerrando los dientes, sintiendo, por primera vez en tanto tiempo, la caricia sabrosa de su piel. El rabillo ahora había quedado con una sola cereza, en modo asimétrico, que volvió a sumergirla en el cuenco. En cuanto a la otra la meció en su lengua, dilatando aquel momento, paladeándola a modo de un caramelo, mientras transitaba por todos los rincones de su boca. Ya no pudo resistirlo más y con un ágil movimiento desplazó aquel fruto a la parte izquierda de la boca y colocándolo entre las muelas, presionó éstas con estudiada intensidad hasta que sintió como se rasgaba su superficie exterior y esparcía su dulce sabor interior en manantiales nutricios. Era capaz de imaginar como aquel fluido rojo oscurecía la lengua a medida que avanzaba y se extendía, despertando todas sus papilas gustativas hasta que se canalizaba por la cavidad que daba entrada a su garganta. Hábilmente con su lengua desprendió el hueso y maceró parsimoniosamente, con el movimiento conjunto de sus maxilares, cada partícula carnosa exprimiendo el más oculto de sus sabores. El hueso quedó en la boca ahora aislado y recibiendo succionados insistentes lo dejaron desprovisto de todo. Escupido certeramente, cayó con un ruido seco, sobre un cenicero de alabastro sobre el que nunca se había vertido ceniza. Miró al frente por aquella abertura a la calle y distrajo su mirada sobre una pareja de petirrojos que sobre el tejado de una casa que remoloneaban mimosamente entre ellos, se aflojó y disfrutó de ese sabor que fue invadiendo su cuerpo como si se tratara de un beneficioso virus.
De nuevo alargó su mano al cuenco y sacó la guinda que ya había absorbido la humedad y el proceso de deglución se repitió con el mismo lánguido procedimiento. No es difícil imaginar que a estas velocidades y con esta capacidad de disfrute sabroso, el proceso de desaparición de aquel kilogramo de cerezas se extendió a lo largo de muchas horas de aquel día. Mientras eso ocurría y aquellos sabores iban empapándola, ella pensaba, divagaba, reflexionaba sobre sí misma y se imponía metas de cambio a partir del día siguiente. La postrera guinda coincidió con la visión del sol que en tonos rojizos finalizaba su recorrido de aquel día. Ella, tras tragarla y con aquella imagen, cual cereza gigante que se ocultaba tras el horizonte, sufrió una especie de catarsis que le produjo un sosegante sueño. Un momento antes de que sus ojos se cerraran no le costó darse cuenta que al día siguiente, un año más tras el primer día del saboreo de las cerezas, tendría que ir a Urgencias a que le hicieran un lavado de estómago, pero es que…¡le gustaban tanto!
En el lunes

El amanecer del lunes siempre me semeja un tubo en el que meto la cabeza, con mayor o menor esfuerzo para comenzar la semana. Es el día en que más tiempo cuesta enderezar las piernas una vez que posamos los pies en el suelo. Me parece a mí que no debo ser el único al que le ocurre esto.
Empiezo la mañana desayunando siempre en el mismo bar, donde la habitualidad hace que, de un día a otro, conserve hasta el asiento. Hojeo el periódico y me hago comentarios silenciosos sobre lo que me parece lo que leo. Algunas noticias o fotos me llaman especialmente la atención. Una de éstas es una foto de las elecciones en el Líbano, en la cola sólo hay mujeres y soldados que vigilan. Pero lo que me sorprende es que el par de mujeres que se ven calzadas con chanclas tienen los pies más grandes que los soldados que los tienen embutidos en botas.
Una maestra tan joven como hermosa, casi se arrastra por el suelo, compañera ocasional de estas horas, paga su desayuno mientras se queja al dueño de que faltan tres minutos para las nueve y hoy no tiene ninguna gana de empezar las clases y se dedica a dilatar el tiempo todo lo que puede. Al fin sale corriendo por la puerta, mientras se consuela pensando en voz alta, que menos mal que ya faltan pocos días para las vacaciones que si no terminaría en un siquiátrico.
Cuando ya estoy terminando el periódico entra otro de los parroquianos habituales. Éste, mentalmente, no anda del todo bien y tiene una rara habilidad en destrozar el silencio de la mañana. Habla y no calla en una larga retahíla, sin pies ni cabeza, de vez en cuando requiere la atención del dueño del bar que, educadamente dice sí, con lo que ya es motivo para que él siga en esa extensa perorata sin final. Salgo del bar dejando que sus palabras sigan abrumando el aire y miro al cielo, azul con algunas nubes blancas...¡vamos a empezar el lunes!
La soledad de los números primos

No son muy habituales los cientificos dedicados a la escritura, por eso es especialmente llamativo el caso de Paolo Giordano, joven licenciado en Física Teórica y que ha tenido un éxito rotundo con su primera novela.
Los números primos llamados gemelos, como el 11 y el 13, son aquellos que están muy próximos pero sin llegar a tocarse nunca. Así con esta metáfora matemática nos presenta el autor las historias de Alice y Mattia. Dos historias desde la soledad más profunda, que marcadas por sendas tragedias desde su infancia les condicionará durante todo el devenir de su existencia. Unas vivencias que, a veces, se entrecruzan y sin que puedan impedirlo les acompañara durante toda su vida:
“Los años de instituto fueron para ambos como una herida abierta, tan profunda que no creían que fuera a cicatrizar jamás. Los pasaron como de puntillas, rechazando él el mundo, sintiéndose ella rechazada por el mundo, lo que a fin de cuenta acabó pareciéndoles lo mismo. Habían trabado una amistad precaria y asimétrica, hecha de largas ausencias y muchos silencios, como un ámbito puro y desierto en el que podían volver a respirar cuando se ahogaban entre las paredes del instituto”.
Las personas que comparten las vidas de los protagonistas quedan contagiado, uno de ellos en su desesperación: “No pedía mucho, sólo la normalidad que siempre había merecido”, recoge el grito de todos los que sufren y miran a su alrededor deseando simplemente ser como los otros.
Decididamente hay gente para los que la vida no es nada sencilla y sólo anhelan no tener sobresaltos, todo esto nos lo cuenta con sus líneas elaboradas de diestra maestría literaria, Paolo Giordano, a lo largo de todas estas páginas.
“El aire frío de la mañana le entraba por la chaqueta pero no quiso cerrársela bien; olia a limpio. Lo esperaba una ducha, una taza de té caliente y un día como cualquier otro, y no necesitaba más”.
Adiós Benedetti

Hace unos días nos ha dejado el poeta uruguayo Mario Benedetti con él se nos va un hábil entretejedor de versos. Sostengo entre mis manos uno de sus libros "Preguntas al azar" y recuerdo aquel lejano día de 1986 en aquel rincón del parque del Retiro, en que estaba la feria del Libro, en que él me lo dio dedicado con su trazo vivo y anguloso.
Me siento deudor de sus palabras, porque a través de ellas ¡cuántas veces he logrado salir de la monotonía y hacer ascender mi espíritu hacia esos lugares donde sólo la creatividad es capaz de conducirlo!, también porque sus palabras, en más de una ocasión, han sido el vehículo para transmitir, aquello que sentía, de la mejor manera posible.
Descanse él en paz, pero sus palabras, no mueren, seguirán vivas allá donde haya un corazón atento que quiera escucharlas.
TE QUIERO
Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos;
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.
Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice, y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada;
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.
Tu boca que es tuya y mía,
Tu boca no se equivoca;
te quiero por que tu boca
sabe gritar rebeldía.
Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Y por tu rostro sincero.
Y tu paso vagabundo.
Y tu llanto por el mundo.
Porque sos pueblo te quiero.
Y porque amor no es aurora,
ni cándida moraleja,
y porque somos pareja
que sabe que no está sola.
Te quiero en mi paraíso;
es decir, que en mi país
la gente vive feliz
aunque no tenga permiso.
Si te quiero es por que sos
mi amor, mi cómplice y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Una inolvidable aventura

Por motivos de trabajo, durante la semana pasada, he cogido cuatro aviones y recorrido más de mil kilómetros para realizar, por motivos laborales, un curso en tierras gallegas. El sitio donde se celebraba era un paraje encantador, rodeado de la mayor policromía de verdes que nunca había visto y situado en una altura desde la que se divisaba una hermosa extensión de mar que, con la luz cambiante del día y los diseños elaborados por las nubes, siempre se veía nueva.
He aprendido cosas, entre otras a sobrevivir veinticuatro horas sin equipaje, gracias a la ineptitud de la compañía aérea. He compartido el tiempo con un grupo de personas procedentes de todos los puntos de España y he recorrido ciudades pétreas de acogedores soportales. He experimentado la caricia dulzona de la lengua gallega en mis oídos. Por la noche teníamos tiempo de disfrutar de la gastronomía del lugar: esos animales con coraza que, al arrancárselas, permiten paladear con exquisitez sabores poco habituales, regados con un vino de Albariño que fluía en ríos dorados por nuestras gargantas.
Durante estos días el mundo mundial y el mío local, han seguido su ritmo, aunque en aquel extremo norte de la península pareciera que se había detenido por unos días. He vivido lejos de los periódicos, de la televisión, de internet...y me he dado cuenta que se puede vivir sin esas cosas tan "necesarias" que me suelen rodear habitualmente. Y esa "desintoxicación" me ha venido de maravillas cuando, además, la he podido compatibilizar con el sueño de paisajes y ciudades diferentes y el conocimiento de gente maravillosa.
Sí, en definitiva, una grata aventura, que ha dejado un sabor en los labios que sé que perdurará durante mucho tiempo.
Las guapas deberían morir

Tras varias semanas de sequedad creativa, debido a distintas circunstancias, parece que vuelvo a encontrar dentro de mí ese hilo, que al tirar de él hace asomar la sensibilidad y el anhelo de elaborar palabras. Y que mejor que para volver por aquí que citar esta publicación, nada virtual, ya que la estoy disfrutando entre mis manos, en que en siete relatos Ediciones Tres Fronteras y a nombre de Julia R. Robles nos pone en papel la escritura siempre viva de Tautina.
A Tautina la conozco hace unos cuantos años y, desde un primer momento, quedé atrapado, como en una tela de araña, por sus letras. Unas letras que juegan con el lector desde dejar que se mezca con sus sonidos, hasta seducirlo, excitarlo o arrancarle una franca sonrisa. Hubo épocas en que ella y sus escritos desaparecían de internet y como con un Guadiana, yo guardaba la esperanza de que volviera a aparecer sabiendo que quien tiene ese veneno dulce de la escritura circulando por sus venas, lo último que puede hacer es quedarse callada. Y volvía a aparecer...y yo sigo leyéndola y al percibir sus letras como imparables, le auguro que detrás de este libro vendrán otros y más grande si pueden. No dejes de entrar en su casa, seguro que no te arrepientes de asomar por allí la cabeza.
Y si vives cerca de Murcia, hoy en el Centro Párraga a las 19 h 30 min será la presentación del libro.
T de trampa

Cuando ya se han leído anteriormente diecinueve libros con la misma protagonista, es difícil no dejarse seducir por esta nueva entrega del alfabeto del crimen de Sue Grafton, en que la que una vez más aparece esa heroína tan intrépida como peculiar en su forma de actuar que es Kinsey Millhone. Gusta encontrarse con esa vieja conocida, los personajes que la rodean y disfrutar, una vez más, en ese paraje junto al mar de Santa Teresa.
En esta ocasión será un anciano vecino de Kinsey que al no poder valerse por sí mismo debe contratar a una enfermera Solana Rojas, para que lo cuide. Lo que nadie sospecha es que detrás de la figura de tan eficiente enfermera, se esconde una calculadora mujer que no se detiene ante nada para quedarse con el dinero de sus pacientes. Kinsey tendrá que desenmascararla, no sin grandes dificultades e incluso siendo ella acusada por dicha enfermera ante el juez.
Para pasar un rato muy agradable, no es imprescindible, pero sí conveniente empezar a leer este alfabeto del crimen por el primero: "A de adulterio" y siguiendo las letras del abecedario, que dan título a las diferentes historias.
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

Segundo volumen de la trilogía del Millenium del escritor sueco Stieg Larsson, fallecido prematuramente a los cincuenta años, tras escribir esos tres libros y no verlos publicado. Si el primero de sus libros me gustó mucho, debo decir que éste me atrapó desde que empecé a leer sus primeras páginas.
Son los mismos personajes de su primer libro que siguen evolucionando en estas letras y de los que conocemos más de su pasado. Mikael sigue trabajando en su revista Millenium donde van a hacer un reportaje sobre tráfico de blancas, que va a sacar trapos sucios de gente aparentemente decente. Lisbeth, desaparecida de Estocolmo durante un año, vuelve intentando pasar inadvertida, sin imaginar que se va a ver envuelta en unos crímenes y esa lucha por la intimidad que siempre tiene se vendrá abajo, cuando toda su historia quede a la vista de todo el país. Poco a poco se van entrelazando las tramas y las letras nos van envolviendo, hasta desear que no tarde mucho en que se publique la tercera y última novela..
