20060123223224-sonrisa.jpg

                El siempre estuvo enamorado de Ella desde que de pequeños compartían sus juegos con otros niños. Su crecimiento lo único que hizo es aumentar su interés por Ella y el aparente desinterés que Ella tenía por Él. Él sólo esperaba un momento, que nunca llegó, para ser el más feliz del mundo. Pero un día en ese cruce diario, que les imponía la vecindad al ir a sus trabajos, El creyó captar una sonrisa en los labios de Ella. Fue un momento mágico, en el que sintió que todo a su alrededor se iluminaba de mil colores, le temblaron las vacuolas de cada una de sus células y una alegría inusitada le inundó todo su ánimo de tal forma que le pareció flotar. Aquella sonrisa de Ella se le quedó impregnada en su espíritu como si se la hubieran marcado con un hierro candente, imposible de eliminar.  Aquel instante prendió en El y  se le hizo inolvidable. Aquella sonrisa se convirtió en lo único que dio sentido al resto de su vida.

                Fue capaz de elaborar aquella sonrisa, de medir los labios, su tono rosáceo, su piel jugosa y su suave textura. Era capaz de distinguir la abertura de aquella sonrisa, las arrugas marcadas en las comisuras de los labios. Los dientes que cual perlas blancas que asomaban a su través, los colmillos un poco más largos que el resto, los de abajo algo atropellados. La guardaba como el que guarda un tesoro de infinito valor. Una cuantía que le animaba en sus noches de soledad, en sus épocas de desánimo, en sus tragedias cotidianas. Siempre seguía hacia delante recuperando la sonrisa de Ella. Y los años pasaron y Él envejeció y aquella sonrisa pareció darle aires de ilusión y juventud, porque Ella envejeció también y de peor forma hasta que falleció. Enterado del óbito El acudió a verla en su póstuma postura. Le costó trabajo subir pero la sonrisa le dio empuje y entonces fue cuando vio a Ella, como dormida. Parecía sonreírle pero vio algo que le llamó la atención, aquella sonrisa no era la que él recordaba. El color de sus labios era diferente, los dientes amarillentos se amontonaban en las encías y los colmillos eran más cortos que los otros dientes. Aquel descubrimiento le supuso una tragedia. Había basado todas sus ilusiones y, en definitiva, su vida, en una sonrisa equivocada. Fue como si de pronto nada tuviera sentido y hubiera perdido su razón de ser. Notó su cuerpo muy pesado y el corazón con una aceleración desconocida, como acostumbraba quiso imaginarse la sonrisa, pero le resultó imposible figurarla, había desaparecido de su mente. Su cuerpo empezó a agitarse, a temblar con unos movimientos imparables, hasta que un fuerte suspiro detuvo su corazón.
 

                 En toda su vida, ni cuando se sentía iluminado por la sonrisa, pudo imaginar que moriría a los pies de Ella. Seguramente si alguna vez se le hubiera ocurrido, la sonrisa la habría esbozado Él.