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El búcaro de barro

La ladrona de libros

La ladrona de libros

         Con el marco de fondo de la segunda guerra mundial, en la alemania nazi, Liesel una niña de diez años es acogida por el matrimonio formado por Hans y Rosa. De camino a esta casa en un cementerio donde es enterrado su hermano pequeño, roba su primer libro "Manual del sepulturero", con el que empezará a coger gusto por las letras.

          En aquel lugar recibe el cariño de sus padres, tendrá amigos y tendrá una especial relación con los libros que parece impulsarla a robarlos. Pero la guerra está ahí y hasta aquel barrio y sus gente llegan sus secuelas, y en aquella casa se refugiará un judío que huye de los nazis y que se convertirá en alguien muy importante para ella.

          Entre sus letras se entremezclan momentos tiernos con momentos muy amargos. Muy original la forma de narrar, casi tanto como la propia narradora de la historia: La Muerte.

Enhorabuena...

Enhorabuena...

...porque habéis vencido. Tengo que confesaros que durante muchos días he tenido mis dudas. A principios de diciembre vi el primero, pero detrás de éste vinieron otros y luego cientos de papanoeles que escalaban las ventanas de muchos edificios. Pensé que ese gordinflón vestido de rojo os derrotaría, pero no ha sido así. Ayer cuando paseaba y os vi, por primera vez a los tres, escalando esa ventana, me di cuenta que no os habíais dormido ni despitado y que no os encontrabais demasiado lejos, lo que confirmé esta mañana cuando vi la sonrisa indescriptible de muchisimos niños con los regalos que les habíais dejado.

Los hombrecillos grises

Los hombrecillos grises

        No sé cómo, pero de un tiempo a esta parte los veo continuamente, como si hubieran surgido de la nada. Son hombrecillos de aspecto gris de difícil descripción. Los hay de distintos tamaños y estaturas, algunos pequeños y otros de aspecto equiparable a un ogro. Gesticulan mucho, sobre todo cuando los observas a distancia, y suelen ser de escasas palabras; al articular sonidos sus voces pueden chirriar porque están transformándose o sorprender por el tono grave y oscurantista que tienen. Sus aspectos físicos son variables, por lo que no entiendo como me parecen tan similares. Se metamorfosean bastante, el que hoy tiene su rostro oculto en una amplia melena y deslucida barba, mañana aparece con la cabeza como una bola de billar y la tez con una suavidad similar a la de un bebé.            

         En cuanto a su vestimenta, predominan los tonos oscuros, negros y marrones, aunque todos me parecen grises, ¡eso es hombrecillos grises! Cuando te los cruzas por la calle o  un pasillo generan una exclamación, que se debe entender como saludo, similar a aquellos sonidos guturales de nuestros ancestrales antepasados de las cavernas.            

         Son aficionados a las nuevas tecnologías por lo que rara vez llaman a un teléfono fijo, prefiriendo el móvil y la comunicación invisible, no de los espíritus, sino del Messenger. Hay ocasiones en que tras hablarles durante un rato, ellos se quitan el auricular, semioculto por los rizos, del mp3, y te miran asombrados como si hubieras dicho algo.            

          Cada vez hay más, me los encuentro ya no sólo por la calle, sino por los pasillos de mi casa e incluso, alguna vez, en el salón. Supongo que con el tiempo ese color gris irá coloreándose hacia otros colores del espectro del arco iris.  

           No sé si mi hija adolescente estaría muy de acuerdo con esta descripción que he hecho de sus amigos…

Desnudo

Desnudo

         Nunca me ha gustado desnudarme y mostrarme así, delante de los demás. Parece como si al verme desnudo me sintiera desprotegido y no estuviera dispuesto a aceptar el contacto directo del aire sobre mi superficie. Pero ¿por qué temo tanto que mi intimidad quede expuesta a la mirada de los demás? ¿Será que pienso que es más oscura, más frágil o más vergonzosa que la de los demás?

         Ya sé que mis demás compañeros están así, pero eso no me ha parecido razón suficiente, por eso he sido el último que me he desprendido de toda mi vestimenta. Me resistí hasta ese instante postrero en que la costumbre se impuso a mis deseos. Ya he quedado, tal como nací, a la vista de todos, del frío y del silencio.

          Y sueño, esperanzado, que transcurrido un tiempo, este sol que ahora me saluda con esos rayos amorosos, me siga transmitiendo vida para abandonar esta desnudez que detentan mis ramas con el, repetido y siempre, nuevo milagro de la primavera.

El último encuentro

El último encuentro

         Otro libro de este escritor húngaro, gran maestro del detalle y del lenguaje, y que no decepciona. Me llama la atención, como una novela desprovista de cambios de escenas y aventuras, puede atrapar, de esta manera, la atención del lector.

          Toda ella se desarrolla en un pequeño castillo junto a los Cárpatos, donde un anciano general invita a cenar, cuarenta y un años después de haber desaparecido, a Konrad, el que fuera amigo inseparable de su juventud. Aquella velada en la que se mezclan sentimientos, con recuerdos y dudas, son las que irán desarrollándose de manera hábil, al calor del fuego de la chimenea, a través de las letras de este libro.

          Dos fragmentos que me han gustado especialmente:

           "Las personas que entregan su alma y su destino a la soledad no tienen fe. Sólo esperan. Esperan el día o la hora en que puedan dilucidar todo lo que les ha conducido a la soledad con las personas que son responsables de ello. Un hombre así se prepara para ese momento durante diez años, durante cuarenta, cuarenta y uno, para ser exactos, como los héroes de un duelo se preparan para el desafío. Dejan todo ordenado en su vida, para no tener deudas con nadie, en caso de que los maten en el duelo. Se entrenan cada día, como si fueran profesionales. Pero ¿con qué se puede entrenar un hombre solitario? Con sus propios recuerdos, para que la soledad y el tiempo transcurrido no le permitan perdonar nada en su alma ni en su corazón."

             "Porque siempre amamos y buscamos a la persona diferente, en todas las situaciones y en todas las variantes de la vida...¿lo sabes? El secreto y el regalo mayores de la vida es cuando se encuentran dos personas "semejantes". Esto ocurre raras veces, como si la naturaleza impidiese tal armonía mediante todas sus fuerzas y tretas, quizás porque para la creación del mundo y la renovación de la vida es necesaria la tensión que se forman entre las personas que no cesan de buscarse, pero que tienen intenciones contrarias y distintos ritmos vitales. Ya sabes, como la corriente alterna...lo mires por donde lo mires, el intercambio de fuerzas positivas y negativas. ¡Cuánta desesperanza, cuánta esperanza ciega se esconde detrás de tales diferencias".

               La forma de escribir además de atractiva hace que muchas veces me haya detenido para reflexionar sobre las múltiples ideas que trasmite en su profundidad. Un tratado que en sus páginas nos habla de la amistad, la fidelidad, las diferencias sociales...Es uno de esos libros que al terminar de leer, pienso que a mí me gustaría escribir algo asi.

Historias de hombres casados

Historias de hombres casados

        El autor argentino Marcelo Birmajer nos plasma aquí, en diecisiete historias, distintas facetas del universo de los hombres casados. Historias bien escritas y con un cierto tono de comicidad, pero que a mí no me han terminado de entusiasmar. Sus personajes, en general, son pobres hombres con crecientes sueños que difícilmente hacen realidad.

Feliz Navidad!

Feliz Navidad!

         En estos días navideños la gente suele entrar menos por aquí, pero para aquellos que lo hagan, quiero dejarles mis mejores deseos de una ¡FELIZ NAVIDAD! Una felicidad, no giganteca como esa que buscamos que nos solucione la vida, como si fuera el premio gordo del sorteo de lotería de Navidad, sino la que se puede encontrar entre las letras, en uno de estos rincones por el que te puedes mover libremente y que provoque en ti un pequeño cosquilleo, unos ojos brillando o simplemente una sonrisa, que te acompañe, al menos, durante unos segundos una vez que hayas salido de aquí.

¡FELICIDADES!

Queridos Magos...

Queridos Magos...

                                                                                                        (dibujo de Mel)

              

         Sí ya sé que no tengo edad para pediros muchas cosas, pero es que de todas las ilusiones que quedaron durante todo estos años por el camino he logrado rescatar ésta. No podría deciros si he sido bueno, quizás  sí que lo he intentado todo lo que he podido a pesar de que las circunstancias no ayuden, en ocasiones a ello. Y sin más preámbulos he aquí lo que quería pediros:

-Este año no quiero regalos, es más estoy harto de regalos, no sé donde guardar tanta corbata ¡pero si nunca me pongo ninguna! y mi armario apesta a mezcla de colonias, que con tanto bote no es raro que de vez en cuando se me rompa alguno. Preferiría, durante esos días, ese regalo continuo de los que me rodean en forma de gestos cariñosos, sonrisas, miradas cómplices y apoyo cotidiano.

-Que quiten tanta iluminación que lo único que hace es contribuir al cambio climático y regodear esas calles atestadas de gente desesperada, con caras de buscar siempre lo que no encuentran y cargadas de bolsas y paquetes. Con que nos iluminen las calles lo suficiente para no tropezar y captar las sonrisas, ¡sobra!

-No quiero comer en Nochebuena ni besugo, ni pularda, ni angulas. No me gustan y prefiero un buen potaje y unos huevos fritos con chorizo. Lo esencial no es lo que cuesta la comida sino que no cueste compartirla en la adecuada compañía.

-Que dejen de felicitarme tantos directores de banco y presidentes de compañías importantes, que ni siquiera son capaces de firmar. Prefiero esos buenos deseos de la gente que quiero,  manifestados de la manera que sea, a veces por un abrazo o una simple mirada llena de ternura..

-Dadme ojos de niños que revistan estos días de aquellas viejas ilusiones y me haga disfrutarlos con esos tonos casi olvidados del arco iris.

-Y que, ojalá. el siete de enero nos duela, más que el incremento sufrido en la báscula,  la conciencia porque hayamos reflexionado sobre nuestra participación en la construcción de un mundo mejor.            

        Ya son varios años escribiendo la misma carta, y nunca se cumplen estos deseos, lo que pasa es que me empeño en mandarla por correo electrónico y, como no tengo las gafas le doy a eliminar en vez de a enviar, y claro, no voy a volverla a escribir… Y espero al año siguiente…¡otra vez me equivoqué y se me ha vuelto a borrar!...

La elegancia del erizo

La elegancia del erizo

        La referencia de este libro me llegó a través de internet, unas semanas antes de su publicación en España, lo que ocurrió en Septiembre del 2007. Me interesó por esa curiosidad que da el saber que dicha novela había revolucionado el panorama literario francés durante 2006. La autora francesa, Muriel Barbery, es una profesora de filosofía nacida en 1969. Y los beneficios de la novela le ha permitido tomarse un año sabático en Kioto, ya que Japón es un país que le apasiona, algo que no resulta difícil atisbar al leer su libro.

        El argumento resulta original, se desarrolla en el número 7 de la calle Grenelle en París, donde destacan dos personajes que será los protagonistas. El primero es una portera Renée, viuda y que traspasó la barrera de los cincuenta. Una mujer no agraciada físicamente y que lleva toda su vida  fingiendo ser una mujer común cuando está dotada de una gran formación autodidacta a muchos niveles. La otra es una vecina de la casa de sólo doce años, Paloma, de gran inteligencia. Las dos viven aquel edificio burgués una existencia solitaria, pero que acabará indefectiblemente unida cuando venga a vivir en aquella casa un curioso japonés. El libro está escrito a modo de diario de las dos protagonistas, que van intercalando sus reflexiones. Muchos datos de cultura japonesa aparecen trazados entre sus páginas.

        A mí me ha decepcionado su lectura, porque aunque hay párrafos que da gusto leer, el conjunto no acabó de atrapar mi atención. El título procede de una calificación que hace uno de los personajes sobre la portera, la Renée Michel: "La señora Michel tiene la elegancia del erizo:  por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes".

        Cito otra frase que me gustó especialmente: "Quienes, como yo, se sienten inspirados por la grandeza de las cosas pequeñas, la buscan hasta en el corazón de lo no esencial, allí donde, ataviada con indumentaria cotidiana, surge de cierto ordenamiento de las cosas corrientes y de la certeza de que es como tiene que ser, de la convicción de que asi está bien".

Buscando palabras

Buscando palabras

        Hay épocas en que, sin saber por qué, las palabras parecen perderse por un lugar desconocido y cuando pretendo atraerlas se resisten a abandonar el seguro refugio en el que se encuentran. Y cuando ocurre eso, las echo de menos como viejas amigas complicadas y no entiendo el por qué de su actitud. Sé que no puedo enfadarme con ellas, porque les debo mucho y espero, dominando la impaciencia que brota en mí, que vuelvan, como siempre hacen, irremisiblemente a mi lado.

         Muchas veces ayuda el buscar palabras ajenas que sirvan de reclamo para las mías, con la lectura de libros y periódicos. Y hoy haciendo precisamente eso, leer periódico me encontré con dos noticias curiosas que las convierto en mis palabras:

-En un pueblo cercano, un hombre atraca un banco. Por lo sucedido, yo diría que el individuo no es nada complicado. No buscó antifaces ni máscaras, sólo un gorro de lana que le protegiera del frío, no dice si era calvo. Tampoco se planteó desplazarse a un lejano lugar, sino que fue a la sucursal bancaria de la que era cliente, supongo que sería por eso de que le resultaba más cercana y no tenía que buscar ni la caja. Un poco bruto si que era ya que empezó a pegarle a una de las empleadas, pero no contaba con que la otra iba a escapar a la calle y dar la voz de alarma, lo que hizo que entraran distintas personas y pudieran maniatar al tipo hasta la llegada de la policía. Decididamente no era su día de suerte.

-Y hablando de suerte, eso es lo que probó otro con un boleto de la primitiva. Fue a la oficina a ver si le había tocado algo. Le sacaron el recibo con los números premiados y se lo graparon. Le dijeron que sí le había tocado, pero que no le podían pagar en ese momento por lo que tendría que volver al día siguiente. Y aquí empezó la confusión, el afortunado, nervioso por que le había tocado, confundió el recibo que le dieron de los resultados del sorteo con los números de su boleto y al comprobarlos vio que ¡había acertado todos! La euforia le embargó y fue corriendo a una entidad bancaria al depositar aquel boleto. El del banco, confundido también, creyó que el recibo con los números era el boleto ganador y lo guardó en la caja fuerte. Al rato llaman al servicio de loterías para decirle que tiene un boleto del primer premio depositado allí y es cuando se descubre todo el error. El des-afortunado sufrió una crisis y tuvo que ser ingresado en el hospital. Cómo para que le hubiesen dado un préstamos de 80 mil euros a cuenta del premio. La buena noticia es que ya salió recuperado del hospital. Lo que no decía la noticia es si finalmente volvió a cobrar el reintegro que es lo que efectivamente le había tocado.

¡Gratis!

¡Gratis!

         Gratis es una palabra que nos atrae, como un imán lo hace con las limaduras de hierro, de una manera irremisible. La gratuidad debe ser un valor atávico que se remonta a la época del Paraíso, cuando lo que crecía era la fruta en los árboles en vez de los precios y la inflación. Esa cultura de sin esfuerzo obtener algo sigue viva en nuestros días y, además, parece que las cosas así obtenidas, sin dinero a cambio tienen un valor añadido.

           Nada más que hay que ver en mi tierra esas fiestas gastronómicas de Carnaval donde reparten gratuitamente ya sean erizos de mar, pestiños o cualquier otro manjar, las colas eternas que se forman independientemente de la climatología, todo sea por ese plato lleno, aunque sea de pie, a empujones y a una hora que más bien debía ser ya de la digestión después de tanta cola. O esos pensionistas que manejan las recetas en baraja, con la habilidad de un tahúr y que si se les pierde o regalan al vecino una, no les importa volver al día siguiente al médico por otra de esas barajas rojas. Esos libros que por una u otra razón, regalan con el periódico y que hasta los que no leen nunca acuden tempranos al kiosco para no perder un ejemplar que nunca leerán y acabará arrumbado sobre una polvorienta estantería.

             Y aquí entran también los políticos que reparten dádivas gratuitas, como medida de recoger votos y perpetuarse todo lo posible, con el dinero de todos. Porque, me pregunto yo, ¿por qué tengo que pagar con mi dinero esos 2.500 € que se dan ahora por nacimiento del hijo o libros de estudios gratuitos a gente que tiene muchísimo más dinero que yo? Lo políticamente correcto es decir que son unas maravillosas medidas sociales, cuando lo serían en realidad si, efectivamente, ayudaran a reducir las desigualdades sociales dándoselas a los que en verdad lo necesitan.

             Creo que debemos repensarnos las gratuidades, en una sociedad como la nuestra todo se paga, y si no lo hace el que lo disfruta es porque otro lo está haciendo. A veces, el simple hecho de que algo costara 50 céntimos, si en verdad no es necesario, nos haría pensar si gastarlos. ¿Es acaso ese dinero el que sería necesario para detenernos, un momento, a pensar si consumimos razonablemente?

Alboreando

Alboreando

          Así está la calle, cuando mis pasos solitarios, al amanecer retumban contra las paredes. Los tonos grises van desapareciendo a medida que la luz del sol, asoma a lo lejos entre los edificios y va iluminando las paredes. A estas horas me encuentro con muy poca gente, la vida empieza a bullir pero en el interior de las casas, y siempre somos los mismos los que nos cruzamos en las esquinas y los buenos días que intercambiamos quedan, durante un rato, flotando en el aire.            

          Suelo iniciar alegre este camino cotidiano de ida al trabajo, incluso aunque sea lunes. Simplemente el hecho de poder ir andando es un avance, cuando en un principio trabajaba a 600 km de mi casa, luego a 180 km y separado por el mar, más tarde a 50 km y ahora puedo ir caminando disfrutando de este paseo.              

           No es el mejor trabajo del mundo, ni siquiera aquello para lo que me preparé duramente en mis años universitarios, pero la vida me condujo hasta él y aunque inicialmente me revolvía contra aquella labor cotidiana, el paso de los años y la experiencia, ha  hecho que le haya encontrado ciertas cualidades que lo hacen agradable y atractivo.             

          Cada mañana inicio ese camino hacia lo desconocido que sólo cuando la luz del sol ya se ocultó hace rato y la almohada apoya con su ternura mi cabeza, puedo decir si, ha sido un día digno de olvidar o, por el contrario, ha valido la pena.

Día de pesca

Día de pesca

          Hoy paseando por la playa mi mirada quedó atraída por esta caña de pescar, que, cual tenue pabilo, oscilaba flexiblemente con el jugueteo combinado del viento y de la marea que tensaba el sedal. Me sentí tentado a sentarme allí y dejar que mi vista fuera siguiendo, como a un viejo reloj de sol, la sombra que comenzaba dibujándose en la arena para, sin mojarse, zambullirse en el mar.

          Acomodarme, sin prisas, sobre la arena; sabiendo que durante esas horas, nadie te espera y nada esperas, sólo el lento trascurrir del tiempo, que convertido en viejo amigo conversa conmigo con lo único que sabe hacerlo: con la variedad que va tomando luz y las distintas sensaciones que produce. Dejar que mis oídos se acomoden en ese leve rumor que este mar sin olas produce al lamer con suavidad las orillas. Seguir el vuelo de las gaviotas que dibujan con sus alas acompasadas estelas en el azul del cielo. Contemplar las libélulas que expectantes se posan sobre la caña y siguen su vuelo en cuanto esta vibra levemente. Y, al fin, escuchar esas palabras que el viento susurra al oído de aquellos que están atentos.

          Y cuando terminara el día, y los azules mutaran primero a maravillosos tonos pasteles que despiden al sol, para luego ennegrecer cielo y mar en una tenebrosa uniformidad, emprender el camino de vuelta, probablemente sin un solo pescado, pero con la satisfacción de haber disfrutado de un maravilloso día de pesca.

Gente fastidiosa

Gente fastidiosa

            Una vez más se me acercó aquella figura menuda, herida de arrugas por la vida. No entendía el por qué cobraba sólo la tercera parte de su pensión de viudedad.  Como todas, ella se enamoró siendo joven del “hombre de su vida”. Su marido con una generosidad más que discutible, compartió pronto con ella las consecuencias de sus borracheras y sus gestos violentos, hasta tal punto que la desesperación le hizo a ella solicitar el divorcio a los diez años de aquella ilusionada boda, pero…le dio pena y durante veinte años más siguió aguantándolo en su casa…  

            Como no tenía a donde ir, lo tenía “recogido”, dice ella.¡Pero si hasta murió en mi cama!, se lamenta. Pero nadie se fija en esos veinte años de duro recogimiento, sino en aquella sentencia de divorcio que supuestamente rompió aquella convivencia y hoy es el detonante de esa reducción drástica de la pensión que cobra. Se da la vuelta y se retira con sus andares lentos y pesados. Una vez más se ha desfogado, aunque sabe que no tiene nada que hacer.  Y es que hay algunos que parece que no tienen suficiente con dar una mala vida, sino que además siguen fastidiando hasta después de muertos.

Cómo lee un buen escritor

Cómo lee un buen escritor

         Un libro interesantes para los aficionados a escribir y para aquellos que, cuando leen, gustan de fijarse especialmente en las palabras. Francine Prose, la autora, novelista y que además ha sido profesora de literatura y escritura creativa, explica al principio cuál es la intención de este libro:

         "En parte, este libro se ha concebido como respuesta a la ineludible cuestión de cómo los escritores llegan a aprender a hacer algo que no se puede enseñar. Lo que sabemos los escritores es que, en última instancia, aprendemos a escribir a partir de la práctica e intensos esfuerzos, repitiendo la prueba del ensayo y el error, del éxito y el fracaso, pero también con la lectura de las obras que más admiramos. Así este libro representa un esfuerzo por recordar mi propio aprendizaje como novelista y por ayudar a los lectores apasionados y a los escritores en potencia a comprender como lee un escritor".

          Divide el texto en distintos capítulos: la lectura atenta, las palabras, las frases, los párrafos... En cada uno hace una introducción al tema, tras la que introduce fragmentos de textos de escritores reconocidos, que transcribe y desmenuza con amenidad, para que nos fijemos en la forma en que están escritos.

          Termina con una lista, que ella considera de "libros que deben leerse inmediatamente". Sin duda, quien lea este libro, podrá sacar más de una idea que le ayudará en ese camino de rosas y espinas, al mismo tiempo, que es la escritura. Un camino que, muchas veces, en vez de elegirlo, parece que nos ha elegido.

Error tipográfico

Error tipográfico

         Toda la vida en los periódicos, los llamados duendes de la linotipia, han provocado erratas. Pero hay algunas, como en este anuncio de hoy en la página de televisión, que con la simple desaparición de una letra, puede conducir a un lector poco avezado a pensar todo lo contrario sobre el contenido del programa.

           ¿Dónde estará esa A que se ha perdido?

Paisajes

Paisajes

            Mi primer recuerdo de Castilla fueron letras de Machado que dibujaron en mi imaginación un paisaje nunca visto. Cuando meses después me fui a vivir allí ví que aquellas letras se llenaron de una vida que nunca había imaginado. Y aquella meseta eterna de encinas y mieses se hizo amiga de mis ratos y sanación de mis desvelos, especialmente cuando me tocó vivir allí el primer otoño, tan diferente al que yo conocía en mi tierra natal. Al principio quise creer que se trataba de una ilusión óptica, pero en esa visita diaria que hacía al balcón desde el que se divisaba el río, mi que aquellos árboles poco a poco mudaban sus colores. Aquel verde lujurioso al que la luz del verano arrancaba destellos se transformaba en una sinfonía de matices amarillos y ocres que, para mí era toda una novedad.

 

            Y saboreé aquellos paseos entre chopos en que lo importante no era llegar a ningún sitio, sino disfrutar del camino. Y dejaba acariciar mis ojos por aquellos tonos de caramelo mientras mis botas hacían crujir, como si chiporrotearan, aquellas alfombras de hojas secas. El viento fresco y revitalizador que jugaba con las ramas se adhería a mi piel abriendo sus poros. Y en aquellos pasos crecí en unas dimensiones diferentes, donde empecé a gustar del silencio y prendieron en mí unas sensaciones diferentes que nunca he olvidado.

 

            Por eso cada vez que algo me hace “viajar” hasta aquellos rincones tan mimosamente guardados en mi corazón, no puedo dejar de esbozar una sonrisa y agradecer a quien me ayuda a ello. Gracias,  Marga por esta foto.

La modificación

La modificación

      Ya veo lejano aquel día del mes de enero en que tras una azarosa búsqueda este libro llegó a mis manos. Al fin el otro día, aprovechando un viaje en tren y su pequeño tamaño lo llevé en el equipaje y empecé a leerlo.            

       Este libro publicado en 1957 y perteneciente a la llamada "nouveau roman" es del escritor francés Michel Butor y, por propia experiencia puedo decir, que no es fácil encontrarlo en las librerías. El protagonista, León, es un cuarentón parisino que emprende un viaje en un vagón de tercera, donde se desarrolla toda la acción, desde Paris a Roma, donde va a visitar a su amante Cécile. Vamos acompañando a nuestro protagonista en un doble viaje. El primero exterior en el que se nos va retratando de una manera pormenorizada ese viaje: las estaciones por las que pasa, el lento devenir de las horas y los compañeros de viaje. Estos aparecen retratados en los gestos que León observa y en sus vidas que León imagina. El segundo viaje es el interior, mucho más estructurado y complejo. Viaja al pasado recordando historias sucedidas, viaja al presente con esa observación minuciosa que hace de todo lo que le rodea y viaja al futuro elaborando mentalmente qué es lo va a sucederle. A veces requiere una lectura lenta para dilucidar en cuál de estas etapas temporales se encuentra. Dos ciudades Roma y París se atisban entre sus líneas. Roma es la ciudad luminosa, siempre nueva que va descubriendo en cada viaje con su amante. Paris es la ciudad gris donde vive su matrimonio con ese mismo color. Vamos participando de todo el complicado proceso mental del  protagonista y formando parte de esa "modificación" en su actitud inicial que va sufriendo al cabo de las horas. 

            Tiene una estructura literaria que  lo hace sumamente original, ya que está escrito en segunda persona: “usted…”, lo que hace que a lo largo de todo el libro el lector se considere continuamente interpelado. Interesante para quien quiera disfrutar de una forma diferente de escribir. Desconcertante para el que piense encontrarse con un libro como los que habitualmente lee.

Contemplando

Contemplando

         A veces, sólo es cuestión de recorrer quinientos metros para disfrutar de ese regalo continuo que nos hace la Naturaleza y sentir un momento mágico.

Los noventa grados

Los noventa grados

        De todos es sabido el deterioro galopante que tiene el sistema educativo y que cada vez los alumnos acaban sus estudios con una mayor dosis de ignorancia. A pesar de ello sigo asombrándome cuando escucho algunos hechos relacionado con la enseñanza. En esta ocasión fue un profesor de Matemáticas el que me contó la siguiente anécdota ocurrida en  1º de ESO:

        Se encontraba explicando las diferencias y semejanzas entre la escuadra y el cartabón y estaba diciendo que los dos tienen un ángulo de noventa grados. Un alumno con cara de espabilado le pregunta: "Y eso de que tienen noventa grados ¿cómo lo han medido con un termómetro?".

        Lo que no me dijo es lo que hicieron el resto de los compañeros. Estoy seguro que alguno se admiró de la sagacidad de su condiscípulo. Y se pensó mucho si tocar esos instrumentos de medida no fuera a quemarse.