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El búcaro de barro

Pepe

Pepe

        Lo conocí hace varios meses cuando llegó por primera vez a mi oficina. Lo vi acercarse con movimiento oscilantes, mientras un olor a vino impregnaba el ambiente. Su rostro hundido en arrugas y su barba cerrada de varios días. Venía acompañado de su hija de unos trece años. Con ánimo irascible y aspecto despectivo la lengua se le trastabillaba. Intentó hacerme comprender, con enorme dificultad, lo que quería. Su hija a su lado miraba y callaba, comprendí que la madre la había mandado de sobria compañía. Estuvo unos minutos en que se enfadó varias veces y cuando marchaba estuvo a punto de dar un traspiés por la escalera que fue hábilmente frustrado por una agarrada de su hija. No fueron unos instantes demasiado agradables.            

        En otra ocasión fue la mujer la que vino a solucionar un papeleo que tenía que arreglarlo él, le insistí que viniera Pepe. Entonces fue cuando ella me contó que hacía un par de años se le había muerto un hijo en el ejército y que él cuando venía de trabajar lo habitual era que se fuera al bar a beber y llegara borracho. No lo había superado y era su manera de olvidar y de expulsar su frustración. Ahora comprendí la rabia que aquellos ojos transparentaban, era contra ese comportamiento inexplicable que, en ocasiones, tiene la vida. Me di cuenta que empezaba a entenderlo con otros ojos.            

         A los pocos días vino, me saludó amigablemente estrechándome su mano, hoy venía sobrio e, incluso, simpático. Yo creo que algo tuvo que ver, lo que le dije a su mujer que le transmitiera: que antes de entrar por la puerta le íbamos a hacer soplar por un alcoholímetro. Desde entonces, cada vez que viene, da gusto hablar con él.

Palabras de diseño

Palabras de diseño

           Cuando se conocieron Ella se enamoró, sobre todo, de las palabras que le dirigía El. Éstas eran dulces y atractivas, rotundas y mágicas, resueltas y almibaradas... Ella cayó bajo el hechizo de aquellas ristras de letras que le abrazaban sin que pudiera oponer resistencia. Con el tiempo sintió una extraña sensación, su naturaleza pudibunda acabó anulada y se desprendió, en el día a día, de todos sus ropajes recuperando su desnudez primigenia. Y cual si de vestidos se trataran Ella tomaba aquellas palabras y las usaba como vestimenta. Dejó de comprarse ropa e, incluso, en vez de joyas y abalorios usaba los monosílabos y exclamaciones que él prorrumpía. La desnudez de su cuerpo, así ornada, era la envidia de todas sus amigas.

           Un día El sufrió una fuerte afección de garganta que lo volvió afónico durante una temporada. Y las palabras desaparecieron de aquel acogedor universo. Y caminando Ella por la calle, totalmente desnuda, se encontró sorprendida y detenida por la policía.

           Pero lo peor fue cuando El acudió al juzgado e intentó justificar ante el juez aquella extraña historia sin poder articular palabra alguna.

Una molestia internaútica

Una molestia internaútica

            Al igual que hace unos días me alegraba de las ventajas de Internet para encontrar un libro, esta vez voy a quejarme de alguno de los perjuicios que causa y he sufrido.

           Hace unos días recibí una llamada a mi teléfono móvil de alguien a quien no conocía, diciéndome que había visto por Internet que yo vendía un Audi. Le comenté que coincidíamos en algo: a los dos nos gustaría tener un Audi. Pero también discrepábamos en otra cosa: yo no me puedo plantear el comprarlo.Supuse que había intercambiado los números al llamarme y de ahí había surgido el error, Pero cuando recibí tres llamadas más con el mismo asunto ya  me di cuenta que alguien se había equivocado y había puesto mi número de móvil para contactar en la venta de su coche. Como aquello tenía trazas de prolongarse, en la cuarta llamada, le pregunté en que página había visto eso. Cuando me dijo la dirección entré en la página, pero ¡ingenuo de mí! Aquello era como buscar una aguja en un pajar. No podía imaginar que hubiera cientos de personas intentando vender un Audi. Tras esta infructuosa búsqueda tuve que esperar las llamadas de dos interesados más para localizar la ciudad y el precio en que lo vendían, dos datos imprescindibles para la búsqueda que tenía que hacer.

          Volví a entrar en esa web y tras recorrer, con la ayuda de esos datos, pormenorizadamente veinticinco páginas con veinte anuncios de Audi por páginas, finalmente localicé el que buscaba y allí aparecía flamante mi número de móvil. Ya con esos datos llamé al administrador de la página para que diera de baja el dato. Por el que lo siento es por el que vendía ese Audi 8, a quien nadie habrá llamado, pero le está bien empleado por el despiste que tiene encima.

Entre sus brazos

Entre sus brazos

            Entre los brazos de su madre acogido con cariño permanecía el niño. Ella lo estrujaba contra su pecho meciendo con levedad aquel tesoro, mientras sus ojos hinchados de ternura contemplaban arrobada aquella criatura indefensa. El tiempo parecía haberse detenido. El pequeño no dejaba de mirar a su madre…y sonreía con esa sonrisa luminosa de inocencia que sólo saben dibujar los niños. Sus manos diminutas semejaban dibujar en el aire pompas de jabón que aquellos labios maternales acariciaban en el aire con sus besos. Se sentía a gusto, protegido y seguro como nunca más lo estaría cuando se desprendiera de aquellos brazos y empezara a andar hacia ese destino incierto que la vida le tenía preparado.

             Pero muchos años después, cuando ya la madre sólo formara parte de la memoria, aquel niño, hoy canoso y arrugado, al cerrar los ojos aún podrá sentir la sensación imborrable de aquel, amoroso y cálido, abrazo en torno suyo.

Como escribirle a un amigo

Como escribirle a un amigo

Como amante de la escritura me gusta detenerme en aquellos textos en que los que los que entienden de escribir nos aconsejan sobre la forma de hacerlo. En esta ocasión es un párrafo de una escritora escocesa, Muriel Spark, en su novela A far cry from Kensington, en la que recomienda sobre la forma de narrar:

           “Le escribes una carta a un amigo; un buen amigo íntimo y querido, que existe o, aún mejor, inventado, pero siempre el mismo. Escríbele a él solo, no pienses en el público; y hazlo sin temor ni timidez hasta que termines la carta, como si nunca fuera a publicarse, de forma que tu amigo la lea a solas y una y otra vez desee que le escribas más. No tienes que hablarle de vuestra amistad, que ya das por sabida; sólo confiarle una experiencia que tú crees que le vas a divertir. Lo que le cuentas te saldrá con más espontaneidad y franqueza si no piensas en numerosos lectores. Antes de empezar la carta, imagina bien lo que vas a contar, una historia tuya, algo interesante. Pero no te pases de rosca pensándola; la historia irá desarrollándose según se escribe, especialmente si la piensas para hacer sonreír, o reír, o llorar, o cualquier otra cosa a ese amigo único, hombre o mujer, siempre que creas que le va a interesar. Y ten presente que no debes pensar en el público. Pensando en el público no te saldrá nada.”

¡Qué bueno poder seguir este consejo cuando queramos escribir!¡Pero mucho mejor para el que además tenga un/a amigo/a a quien poder escribirle así!

El día después

El día después

     Ya pasaron los Reyes y con ellos se fueron los regalos cariñosos acompañados de las compras compulsivas y de los absurdos artilugios que llegan a las casas y no se sabe donde colocarlos, aunque el impulso primigenio sea el de tirarlos directamente a la basura para reciclarlos. Entre los muchos desperdicios de estos días está el de los kilómetros de papel de regalo que suelen tener una efímera vida.

      Nunca le había dado importancia al papel de regalo, pero este año, cuando entré en la librería desde rincón donde descansaban los papeles de regalo, lo ví. Era el papel más bonito que nunca había visto. Un matiz brillante, sobre el que destacaba unos tonos rojos y verdes, cubrían toda su superficie y en medio de unos veinte papeles diferentes sobresalía como un príncipe encantado de cuentos. Me llevé a modo de cetros reales una buena provisión de rollos de este papel hasta mi casa. Durante el tiempo en que estuvieron en lo alto del armario, parecían saludarme con un guiño cómplice cada vez que entraba en la habitación.

       Al fin llegó la víspera de Reyes. Este año aquel trabajo entre tedioso y angustioso de envolver regalos y despegar el papel adhesivo se convirtió en ameno. El tacto de aquel papel despertaban en mí viejas sensaciones olvidadas y su colorido singular atrapaban mi mirada durante aquellas gozosas horas. Las cajas empezaron a perder su aspecto exterior uniformándose todas de aquella envoltura. Ni una arruga y dobleces perfectos. Cuando deposité aquella valiosa carga bajo el árbol de Navidad vi que eran los paquetes más hermosos y que destacaban respecto a todos los demás. Una sensación extraña me invadió, hubiera querido que aquellos paquetes nunca se abrieran, que permanecieran siempre cerrados como si el verdadero tesoro estuviera fuera y no dentro.

        Pero aquello sólo duró un instante.  En el momento en que las distintas manos los asieron, no miraron ni el color, ni la forma, ni siquiera aquel brillo que me había onubilado y en décimas de segundo aquel papel era rasgado, a la par que mi corazón, y pasaba a acumularse junto a otros en un montón informe. Ni siquiera presté mucha atención a mis regalos, pendiente de cómo aquel papel desaparecía de mi vista camino del contenedor azul. Aún por la noche sentía aquella nostalgia dolorosa de aquel brillante envoltorio, pero al abrir el cajón de mi mesa de noche salió, como una sonrisa, de su interior un trozo reluciente que se había quedado sin usar. Lo tomé entre mis manos con el mismo cuidado que se trataría al último especímen de una especie a extinguir y tomando un libro de poemas que me acompaña, desde hace años, junto a la mesilla de noche me puse a forrarlo, con delicadeza, con ese papel. El libro quedó mucho más poético y ahora, no sólo sus poemas me riegan por dentro, sino que su exterior brillante, aparte de dejarse acariciar por mis dedos, hace que paladee, de manera única, mi mirada.

 

 

Ya lo tengo...

Ya lo tengo...

... en mis manos. Tras dos meses de búsqueda, imposible de localizarlo en mi librería habitual y en otras cuatro librerías, y agotado en la editorial, recurrí a un post de este blog a ver si alguien me podía conseguir este libro en algún rincón del planeta. Pues al fin lo tengo, me lo encontraron en una recóndita librería a seiscientos kilómetros de aquí. Todo gracias a la magia de internet, de los Reyes Magos,...pero sobre todo de la Amistad.

Carta a los Reyes Magos

Carta a los Reyes Magos

Cogí papel y una pluma

y me dispuse sereno

a escribir una misiva

en que plasmar mis deseos.

 

Me vienen muchas cosas

pero todo es etéreo.

Tiro el papel a la basura,

y cuelgo mi mente a un sueño.

 

No quiero algo material,

regalos más duraderos:

Un corazón que en mí piense

y me regale unos versos.

 

Una  gran caja invisible

atestada con mil besos

con un lazo de arco iris

que los convierta en eternos.

 

Muchos y grandes abrazos

que, atraídos por el viento,

lleguen corriendo hacia mí

envolviéndome el cuerpo.

                       

Unas jugosas caricias

que surgiendo de unos dedos

se resbalen por mi piel,

haciéndome un hombre nuevo.

 

Que se entierren los adioses

y florezca este reencuentro

con ojos iluminados

y corazones abiertos.

 

Que vayamos los dos juntos

y caminemos parejos,

enterrando soledades

muy adentro, bajo el suelo.

 

Manen lágrimas alegres

salpicándose el albero,

broten alfombras de flores

coloreando el yermo.

 

Quiero, pues, cosas perpetuas

que permanezcan  bien dentro,

y aunque pasen muchos años

se adhieran a mi recuerdo.

Se busca...

Se busca...

               Es difícil indicar cuáles son las razones que me conducen a la lectura de un libro porque son variadas. Unas veces es cuando llega en forma de regalo, otra cuando me grita que se quiere venir conmigo desde lo alto de la estantería de una librería, en otra ocasión una crítica desde una revista me atrae el interés y últimamente, cada vez más, por el boca a boca de algún lector del que me fío o de los consejos que me dan por internet. De todo ello la conclusión que saco es que hay libros que me atraen, que me obsesionan hasta que los acabo, pero que  los que en verdad me dejan huellas son aquellos que no son conocidos, ni aparecen en las listas de los más vendidos y que, casi por azar, llegaron a mis manos.

                Uno de esos títulos que me llegaron por caminos extraños ha sido "La modificación" de Michel Butor. Lo he intentado buscarlo en mi librería habitual, pero al parecer está agotado hasta en la editorial. Me he quedado con la frustración de querer sumergirme en sus páginas y la imposibilidad de poder hacerlo.

                Por eso he puesto el "se busca" en este post, ya que la única posiblilidad sería la de encontrar algún ejemplar arrumbado en cualquier librería cercana a cualquiera que un día entrara por aquí.  Si alguien lo encuentra agradecería que me avisara...

El día de la independencia

El día de la independencia

             Arístides Oiratilos fue hijo único y eso le convirtió en un niño solitario e independiente. Sus diversiones transcurrían en la más estricta soledad ya fuera devorando libros como un león hambriento o interminables partidas de ajedrez contra él mismo, que irremisiblemente quedaban en tablas. Cuando creció siguiendo la estela familiar montó una empresa, le sonaba bien eso de ser autónomo y en ella pasaba horas, semanas y días. Pero como a todos también a Arístides le llegó esa flaqueza, luego se dio cuenta que era eso, del amor y fue cuando, un día que fue a encargarle un trabajo, conoció a Rosaura. Sus ojos acaramelados, sus andares pausados, su hablar meloso, sus curvas ondulantes, sus pechos consistentes, sus manos perfectas…nunca supo qué de todo aquello contribuyó a quebrar su instinto de lobo ermitaño y le hizo caer en sus redes.            

             Tras un corto noviazgo Rosaura lo empujó, así se sintió, al altar y tras un viaje de novios a un islote solitario, que eligió Arístides, iniciaron su vida de casados. Rosaura resultó ser una mujer trabajadora, hacendosa y…mimosa. Desde que levantaba hasta que se acostaba estaba pendiente de Arístides. Tras afeitarse por la mañana se encontraba su ropa perfectamente planchada sobre la silla y el desayuno en su punto en la cocina. Durante la mañana la voz almibarada de Rosaura sonaba en el oído de Arístides cuando el teléfono del trabajo sonaba varias veces, para preguntarle cómo estaba, qué quería comer o si necesitaba que le comprara algo de la calle. El almuerzo lo esperaba puntualmente sobre la mesa y cuando se iba a tumbar en el sofá se encontraba el cojín arrellanado por las manos de Rosaura, quien se apresuraba a colocarle una manta sobre las piernas en cuanto se sentaba. La tarde transcurría de forma análoga a la mañana tras la cena, ella se sentaba junto él, le preguntaba por el canal que quería ver y, a continuación, le daba un masaje en la espalda para relajar tensiones, en lo que era experta. Cuando él vencido por el cansancio se iba a la cama se encontraba allí con una bolsa de agua caliente preparada con cariño por su mujer.  

           Todo esto que a muchos hombres haría feliz empezó, poco a poco, a causar un cierto hartazgo en Arístides. Y como muchos empezó a mirar hacia atrás con nostalgia de lo que había dejado: la independencia. Anhelaba sentirse libre, el poder equivocarse sólo, estirar los brazos sin el peligro de darle a su mujer en la cara. Se sentía sumamente agobiado y quería huir de aquella reclusión, aunque la jaula fuera de oro, en que se sentía sumido. Fue, entonces, cuando se le ocurrió la idea de ir de vacaciones a esquiar a Sierra Nevada. Serían unos días donde él, experto esquiador, podría dedicarse durante horas a deslizarse, libre como un pájaro, mientras ella quedaría en el hotel. 

             Arístides supo que aquel día sería diferente, cuando sintió el aire fresco de la sierra. Se ajustó los esquíes y subió al telesilla. A su alrededor se agolpaban otros muchos esquiadores pero él se sentía liberado lejos del cuidado protector de su mujer. Empezó a deslizarse primero despacio y luego, a medida que recuperaba la habilidad de antaño, a mayor velocidad. Se sentía libre. Hoy iba a ser el día de la independencia. ¡Volaba! Sorpresivamente tras dar una curva apareció una piedra y no supo como si todo era blanco, en un instante, se transformó todo en negro.  

              Todo esto pensaba Arístides en el primer aniversario de aquel suceso. Rosaura se inclinó amorosamente y con un pañuelo le limpió la saliva de las comisuras de los labios, mientras Arístides intentaba esbozar una sonrisa. A continuación aquellas manos perfectas siguieron empujando la silla de ruedas en la que se desplazaba su marido.              

El sacramento de la vela de Navidad

El sacramento de la vela de Navidad

           "Era víspera de Navidad; la primera Navidad fuera de la patria…

           …La misa de media noche fue muy hermosa cantada por los aldeanos, vestidos con pantalones de cuero hasta la rodilla, con gruesas medias y aún más gruesos zapatones. Tocaron sus instrumentos, con melodías típicas de Baviera. Parecían y bien podrían haber sido, los pastores de Belén. Cuando todo acabó se hizo un gran silencio. Por los valles se distinguían lucecitas caminando: eran ellos que regresaban presurosos glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído.

            Hacia la 1,30 de la madrugada, suena la campanilla del convento. A la puerta está una viejecita. Aferra un farol encendido. Va toda envuelta en un grueso manto color ceniza. Traía un paquetito. Dijo: “Es para el Paterle (padrecito) extranjero que estaba en la misa del gallo”. Me llamaron. Me entregó el paquete todo adornado, con breves palabras: “Usted, señor, está lejos de su patria, distante de los suyos. Esto es un regalo para usted. También para usted hoy es Navidad”. Me apretó fuertemente la mano y se alejó en la noche bendecida por la nieve.

              En la habitación, solo, mientras recordaba imágenes de la Navidad en casa, muy parecida a ésta aunque sin nieve, deshice con reverencia el paquete. Era una gruesa vela color rojo oscuro, toda trabajada y con un fuerte soporte de metal. Una noche iluminó la noche de la soledad. Las sombras se proyectaban largas y trémulas en la pared. Ya no me sentí solo. Fuera de la patria había acontecido el milagro de toda Navidad: la fiesta de fraternidad de todos los hombres. Alguien había entendido el mensaje del niño: hizo del extraño un prójimo y del extranjero un hermano.

             Hoy todavía después de algunos años, la vela vigila durante la Navidad sobre el estante de los libros. Todos los años, en la noche santa, se enciende. Y se encenderá siempre. Al encenderse recordará una noche feliz, entre la nieve, en la soledad. Recordará el gesto de dar que es algo más que un brazo extendido. Traerá a la memoria el regalar que es más que dar. Hará presente la Navidad con todo lo que significa de humano y de divino. Esta vela de Navidad es más que una vela cualquiera por muy artística que sea. Es un sacramento navideño. "

(Los sacramentos de la vida - LEONARDO BOFF)

            Cada vez que leo este texto resuena en mi interior despertando mis emociones, tal vez porque yo tuve la experiencia de ser acogido en un día de Navidad y conté con una serie de personas que no me hicieron sentirme extranjero en tierra extraña, sino uno más de ellos. Desde aquí, en este día, mis mejores deseos de felicidad para todos los que entráis por aquí de vez en cuando. Se las deseo, especialmente, a aquellos que se sienten envueltos en la soledad y, también, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que tanto abundan en el mundo y de los que tan poca propaganda se hacen.

Transformación

         El otro día estuve en una audición musical en el Conservatorio con motivo del final del primer trimestre. Los músicos eran niños esforzados que tocaban con más afición que calidad, algo que poco importaba a padres y abuelos que lagrimosos y emocionados aplaudían tras las correspondientes actuaciones. Cuando le tocó el turno a una joven de aspecto desgarbado y hablar ordinario y ceceante, una de tipo "cani" como dicen ahora los adolescentes, acercó la flauta travesera a su boca y cual si un coro de los ángeles allá estuviera, dejó escapar una agradable melodía que enmudeció de sorpresa al auditorio. Y es que, pensaba el aspecto externo de una persona y la creatividad que emite, en cualquiera de sus formas, no tienen nada que ver.

           ¿Cuántas veces habremos leído un libro pleno de sensibilidad, de esos que nos llegan bien dentro y cuando hemos leído una entrevista al autor nos hemos quedado francamente decepcionados? O hemos visto un cuadro de gran belleza y el pintor resulta ser un tipo hosco y desaliñado. Y es que la creatividad es algo que está más allá de toda cuadrícula, no se puede encerrar entre muros, es libre y vuela por todo el universo, esperando ese ser cualquiera capaz de atraparla y sobre todo expresarla a los demás.

Giro del cuello

Giro del cuello

            Ella se despertó con un fuerte dolor de cuello. Siempre dormía sobre su lado izquierdo, mostrándole a El, aunque ya no prestara demasiada atención a Ella, lo mejor de su anatomía trasera. Durante el día engañó el dolor con cremas y antiinflamatorios, pero lo peor fue al acostarse. El único alivio que sentía era cuando se giraba hacia el lado derecho de cara a El, pero inconscientemente Ella, ya que El se quejó siempre que su aliento sobre su cara le molestaba, al despertar dolorida, se encontraba repetitivamente girada, como lo había hecho en los últimos veinte años, hacia su lado izquierdo.

            El dolor se le convirtió en crónico y ya temía que, debido a que había superado la cuarentena, se le transformara en perenne, como el deterioro paulatino de su relación con El, lo  que un día la condujo a compartir colchón ajeno con un El diferente. Aquella noche ahogada en recuperados efluvios pasionales, antes inimaginables, Ella se olvidó del dolor de su cuello para centrarse en otras cosas más placenteras a la par que efímeras. El ejercicio desembocó en una gustosa extenuación y tras horas de reposado sueño en compañía del otro El, se encontró que, por primera vez en muchos años, había dormido girada a la izquierda. y no pudo reprimir una sonrisa al abrir sus ojos y disfrutar de aquel rostro, que la miraba deseoso y sonriente, tan cercano al suyo

             Al día siguiente Ella se sintió doblemente feliz: por el dolor ausente y las sacudidas de placer que le provocaban los inmediatos recuerdos, pero cuando volvió a su cama habitual, y con ello su giro hacia el lado izquierdo, se recuperaron los dolores de cuello. Pero, ahora, algo le animaba: sabía que su dolor no sería perpetuo, sólo duraría las dos semanas que le quedaban para que se reencontrara con el otro El y volviera a dormir girada a hacia la derecha. 

La circunferencia redonda

La circunferencia redonda

        Sí ya sé que es algo reiterativo el título de este post, pero se me ha ocurrido al sufrir las circunstancias, que empujadas por algunas personas determinadas hoy se han esforzado en convencerme de que las circunferencias tienen vértices. Inicialmente me ha supuesto un cierto trastorno, pero no me ha durado mucho, aunque todavía noto un cierto temblor cuando lo recuerdo. Pero yo sé algo que ellos desconocen y de lo que no pueden hacerme dudar: que el cociente entre su longitud y su diámetro será siempre, mal que les pese el número p.

Visitantes de ida y vuelta

Tengo la gran ventaja de estar en un trabajo donde al ochenta por ciento de los papeles que manejo les pongo el rostro del interesado. Sé que tras las palabras, la mayoría de entendimiento ininteligible, que se desparraman por esa celulosa transformada hay toda una historia que suelo conocer y tras esas frases redichas no me resulta complicado ver los ojos.

Algunos de estos interesados son visitantes habituales de mi oficina pero hay otro grupo que llamaría de "ida y vuelta". Son seres inhabituakes que un día, en el que los conozco, aparecen por la puerta con la espalda invisiblemente doblada por la espalda de un problema, algunos de especial complejidad y de difícil solución que hay que desenmarañar. Yes, a partir de entonces, cuando esa visita se convierte en algo de costumbre y durante semanas, o incluso meses, nos convertimos en algo más que contertulios y, aprendemos a conocernos, hasta que llega ese momento en que un simple  escrito pone final, en general feliz, a tan elaborado proceso.

Y, después de eso, ya desaparece y es sustituido por otros y por otros problemas, pero hay veces que al cabo de unos años, vuelve aquel rostro, que se hizo familiar, a aparecer. El otro día reconocí a una mujer que vino por otra cosa, y le dije: ¿tú eres la mujer de Pepe? Si, me contestó. Y, aunque hacía diez años que no la veía y estos se habían incrustado en su rostro, recordaba las muchas veces que tuvimos que hablar por el caso de su marido. A él nunca más volví a verlo. Hoy está trabajando en el campo. También el otro día volvió por allí una joven, quien hace varios años fue visitante asidua, con un gran problema familiar su madre había muerto hace años y ahora era su padre el que había fallecido. Ella estaba recién casada y los hermanos aún eran pequeños. El otro día me estuvo contando que su hermano pequeño, ya todo un hombre, estaba ya trabajando y con un sueldo medianamente bueno. Y recordábamos aquella época en que lo pasaron tan mal y que hoy, eso fue lo que más me animó, la podía recordar con una gran sonrisa en la boca.

A una isla desierta

A una isla desierta

            Desde que hace unos  años descubrí el inmenso potencial que encierran las palabras, las guardo como si de un preciado tesoro se trataran. Por eso no dudaría si me hicieran esa pregunta tópica de ¿qué te llevarías a una isla desierta? 

            Lo tengo claro, me llevaría mi pendrive, con la memoria saturada de líneas y frases. Pero reflexionando un poco más: una vez que llegue a allí ¿en dónde lo conecto?¿tendrán los cocoteros un puerto USB libre?

  

¡Gracias!

¡Gracias!

        Hay momentos en que la necesidad de decir algo supera la certeza de que alguien lo escuche y hoy es uno de ellos:

        “Gracias por demostrarme que eres mucho más que un hermoso sueño, que despierta con la aurora”. 

¿Dónde cuelgo las bolas?

¿Dónde cuelgo las bolas?

            Una vez más la incisiva viñeta de mi paisano MEL me sirve de cabecera a este post, pues me he visto reflejado en esa actitud, entre sorpresiva y escéptica del naúfrago.

            Miro a mi alrededor y, en muchas ocasiones, me siento así aislado en medio de la sociedad, la soledad, inmensa y a ésta todo lo que se le ocurre, porque son las fechas típicas para ello, el suministrarme una caja de cartón con adornos navideños.

            Necesitamos una sociedad más solidaria, capaz de preocuparse por el más próximo y no bolas de navidad. En los trabajos, menos explotación, más compañerismo y camaradería y no guirnaldas en las ventanas. En las familias, un ambiente sano, un verdadero interés y apoyo por los demás, superando envidias y tendiendo puentes en esos muchos abismos que crea el dinero. En todos, ese cuidado por el detalle que intenta destacar aquello que agrada a los demás: unas palabras, una sonrisa, un simple sms,...y no el lanzarnos desaforadamente a la calle a la compra compulsiva de unos regalos, en la mayoría inútiles, que sucumbirán aburridos en un rincón.

              Pero para todo esto no es necesario que sea navidad, tenemos mucho tiempo para desarrollarlo, concretamente trescientos sesenta y cinco días cada año. Por eso, por mí, se pueden quedar con esas bolas y guirnaldas; o mejor, las lanzaré al mar. Las guirnaldas irán a ponerle ese tono de color que necesita la oscuridad abisal y en cuanto a las bolas se irán dispersando sobre las olas hasta que se conviertan en juego de sirenas. Creo que quedaré con la caja de cartón que, desde su aparente inutilidad, la considero más necesaria que todo su contenido.

Tras un despertar

Tras un despertar

          Blanca, hija única, nació en una familia de posibles, en la que nunca le faltó nada material, pero en la que no abundó lo que en realidad ella más necesitaba. Su infancia se perdió entre las líneas cuadriculadas que trazaba con escuadra y cartabón  su padre, Don Fernán, quien se jactaba frecuentemente, en público de “luenga ascendencia hidalga”. Sin percatarse de ello, la niña se transformó en adolescencia. no era tonta y sabía que la rebeldía habitual de su edad se hubiera estrellado contra el muro de granito, cada vez más reforzado de Don Fernán. ¡Tienes de todo, te podrás quejar! le inquiría cuando el menor atisbo de descontento asomaba a sus labios.  

           Transformada en grácil doncella, incapaz de alzar el cuello por encima del estrecho pasillo existente  entre aquellos muros, fue por aquel camino por donde se topó con Ángel. Colocado allí por don Fernán ya que adivinó en aquel joven su sorprendente fotocopia y pensó que era el adecuado para su hija. El noviazgo duró poco y, ya casados, no tardó Blanca en darse cuenta que su marido de Ángel sólo tenía el nombre. En su ingenuidad no dudó demasiado, huyendo de las garras que le atenazaban sobre su cabeza pero cayó en  otras garras peores que ahora la rodeaban  en torno suyo. Y los años la fueron colgando de arrugas que no disimulaban sus trajes de diseño, hasta la forma de vestir se la imponía aquel par de rapaces, y mucho menos aquellas otras que iban por dentro y que iban transformando en opaco el antiguo brillo de sus ojos. Nunca tuvo hijos, ella lo entendió como normal ya  que siempre había escuchado que eran fruto del amor de una pareja, algo inexistente en su vida.  

             Pero un día, recién estrenada la cuarentena el peso de aquellas arrugas se hizo tan insoportable que por primera vez en su vida soñó. No recordaba qué había soñado, aunque sí supo que desde ese momento había cambiado y le pareció que el aire que entraba a través de su nariz era un aire renovado. Empujó a un lado del armario aquellos lujosos vestidos y sacó del fondo los únicos pantalones vaqueros de que disponía  y una camiseta blanca. Se embutió en unas chanclas de goma y con paso firme se dirigió a la empresa que, según su padre y su marido, le daba de comer. El silencio habitual de los trabajadores se esfumó en un murmullo cuando le vieron atravesar de esta guisa por delante de ellos y dirigirse al despacho de Dirección, en el que estaban reunidos su Angel y D. Fernán. No dijo absolutamente nada pero ni ellos se hubieran atrevido a hablar ante aquella mirada y aquel rostro transfigurado y resolutivo. Con gestos pausados  pero imparables, comenzando por la camiseta, se fue despojando de toda su ropa hasta quedar totalmente desnuda. Luego escupió al suelo y mostrando un culo bien formado a aquellas dobles parejas de ojos que la miraban atónitos, salió del despacho dirigiéndose de esta manera a la puerta de la calle. 

            Cuando salió la brisa de la mañana cubrió pudorosamente aquella piel de igual color que su nombre y ya no pudo escuchar un aplauso cerrado que los trabajadores de la empresa le dirigieron. Pero no importaba, sus pies descalzos semejaban tener alas y la dirigieron con pasos seguro hacia aquel lugar del que sabía que nunca regresaría.

El agujero

El  agujero

         El primer piso en el que viví, en este pueblo, era un tercero en que la única vista a la calle era una minúscula terraza lavadero donde, además, a lo lejos, en un hueco entre edificios se veía un trozo minúsculo del mar. Me gustaba asomarme a aquel rincón en que mi mirada fluía por aquella estrecha hendidura y era capaz de navegar muchas millas sobre las olas.

         Los años han pasado. Ya no vivo allí y cuando paso por delante me entristece ver que aquella terraza desapareció de la vista de la calle, las casas de alrededor en un crecimiento imparable, acumularon ladrillos y la vista al infinito se trocó en un reducido hueco interior donde a duras penas entra la luz.

         ¿Por qué será que, en general, los años con su "progreso" y crecimiento van taponando los agujeros por los que circulan los sueños? Algo similar nos ocurre a los seres humanos que tenemos que estar atentos para que esos agujeros (una sonrisa, un libro, un atardecer, un vaso de agua fresca, un encuentro,...) por los que nos entra la luz y nos hacen volar hacia esos momentos únicos, no se nos atoren con esas buenas excusas de la maduración y del realismo. Sólo de nosotros depende el mantener esos agujeros, abiertos al infinito, siempre lozanos y en perfectas condiciones.