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El búcaro de barro

Medineando

Medineando

         Aprovechando estos días de ocio he hecho una visita a Medina Sidonia. Situada en el centro de la provincia de Cádiz en la denominada Ruta del Toro, su privilegiado enclave, se puede subir hasta las ruinas del castillo a 300 metros de altitud, permite divisar una gran riqueza paisajística donde el verde de la campiña se mezcla con un azul del mar que parece haberse pintado allí de una manera imposible.

         Es una ciudad impregnada de historia. La colonia romana de Asido Caesarina se ubicó sobre un asentamiento fenicio. Con el nombre visigodo de Medina destacó como cabecera de la provincia. Fue conquistada en el 712 por los musulmanes y reconquistada en 1264 por Alfonso X el Sabio pasando a formar frontera con el reino nazarí de Granada. Todas estas culturas han dejado vestigios monumentales que salpican un entramado urbano cuidado y caracterizado por casas bajas y blancas típicas la arquitectura de la zona.

          Mal lugar esta ciudad para los que deciden hacer dieta, destacan sus suculentos guisos y, sobre todo, una repostería cuya fama atraviesa fronteras y que es uno de sus mayores atractivos turísticos. Una interesante iniciativa del Ayuntamiento ha sido del 1 al 10 de diciembre organizar la 2ª jornadas de puertas abiertas. Distintos monumentos abiertos y señalados donde se ocupaban de dar planos e información al visitante, exposiciones, mercadillos,...etc, que hacían sumamente agradable el paseo a los que habíamos sustituido los centros comerciales por el callejeo de dicha población. Dignos de ver los patios incluidos en la visita (ver foto), de casas particulares. Patios cuidados, andaluces, donde los geranios pugnan al subir los escalones y que los vecinos enseñan con mimo y orgullo. Siempre se aprende algo nuevo cuando se alimenta al espíritu con saber, visión y aromas...¡cómo olía la pastelería!

           Sin embargo, no a todo el mundo le gusta aprovechar estas ventajas. Una pareja entraba en una hermosa iglesia mudéjar cargada con bolsas de compra. Se le acerca el que informa sobre el monumento para darle un folleto artístico, la mujer lo rechaza diciéndole:

-¡No gracias! Sólo hemos venido al pueblo a comprar manteca y al ver la puerta abierta nos hemos asomado por simple curiosidad.

Ocurrencia

Ocurrencia

           Ocurrido en un taller literario al que asisto semanalmente. Una compañera rozando la treintena lee un texto que ha escrito: "las paredes esconchadas...".

-No se dice esconchadas, sino desconchadas-aclara el profesor del taller.

-Mira que se lo dije a mi madre, que fue la que me dijo que se ponía así-se justifica ella.

-¿Y por qué no miraste en un diccionario en vez de preguntarle a tu madre? ¿No tienes un diccionario en casa?

-Sí, pero de inglés.

         Reflexiono: seguramente es más acogedor tener en casa a una madre que a un diccionario, aunque eso suponga en un caso como éste escribir "esconchar". Aunque, es una palabra que tiene un sonido hasta agradable...

 

Atravesando la puerta

Atravesando la puerta

     Hoy al atravesar la puerta de la Cartuja de Jerez un universo de sosiego silencioso, provocado por la sinfonía de trinos y viento fresco, me invadió y me vinieron a la mente las palabras de Fray Luis de León en su "Oda a la vida retirada":

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes del estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
Roto caso el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestüoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendo,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atendido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no tema airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando,
con sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado.

Una seductora pareja

Una seductora pareja

         Hay veces que la vida nos aleja de alguien y al cabo de los años como si girara sobre sí mismo nos lo volvemos a encontrar. Eso me ha ocurrido con Ignacio a quien conocí en otra ciudad, a sesenta kilómetros de aquí, hace ya casi cuarenta años y establecimos la confianza típica de quien presta su cabeza para que  modelen sus formas a fuerza de tijeras y maquinillas. Los años pasaron y las circunstancias me hicieron recorrer muchas ciudades hasta que me establecí aquí y me volví a reencontrar con él que vive, ahora, a cinco minutos de mi casa.

         De vez en cuando nos sonreíamos y saludábamos al encontrarnos. Nuestros recuerdos detenían nuestros pasos y avivaban nuestros diálogos. Hacía tiempo que no lo veía, pero un día me encontré por la calle a su mujer y me dijo que ya no podía salir de casa, que aquellos dieciséis escalones que le separaban de la calle eran demasiados para una pierna enferma que, debido a su edad, ningún médico se atreve ya a operar. Le dije que iría a visitarles.

         Y eso hice hoy, tras unos encargos matinales ineludibles, aprovechando que no trabajaba fui a visitarle. Pude ver la alegría en sus ojos y en la fuerza de la mano que me estrechaba y allí me senté frente a él en aquella terraza que le vale de atalaya.  Al poco de sentarme noté que me iba a sentir muy a gusto con la conversación viva de aquella pareja. A él sólo le falta un año para llegar a los noventa y ella no le va muy a la zaga.

         Hablamos de recuerdos de entonces, para mí infantiles, y de personas que ya sólo viven en el rincón de algunas memorias. De esta terraza por la que ve transcurrir la vida, distrayéndose con los paseantes, las nuevas construcciones o los automóviles que en una rueda sin fin aparcan y dejan los aparcamientos. De sus veintinueve sobrinos de los cuales sólo una se preocupa por ellos y les visita. De la sopa con un trozo de jamón que comen todas las noches. De los buenos que son los vecinos. De lo estupendo que es disponer de un aparatito con un botón rojo que han pulsado un par de veces para que llegaran los médicos en pocos minutos. De que antes cobraba un real por cada pelado. De que le han dicho muchas veces que por qué no venden el piso y se van a un asilo, pero ellos son felices allí, en aquel piso sencillo, teniéndose los dos. Y cuando me voy, su mujer agradecida por aquella visita me da una bolsa con pimientos y judías verdes, recién traídas del campo. No puedo decirles que no, pero la próxima vez seré yo quien les traiga algún detalle.

          Salgo bajando estos escalones eternos para Ignacio, y le doy un último saludo a la terraza. No lo veo pero sé que me está saludando. Me voy feliz de este rato y sé que no tardaré en volver, ya no sólo por ellos sino también por mí.

¡Ya llegó!

¡Ya llegó!

        Se levantó con un fuerte dolor de cabeza. No recordaba nada de lo ocurrido la noche anterior. El estómago lo notaba pesado. Salió con paso vacilante de su dormitorio mientras su zapatilla hacía crujir una bola de color verde que se atrevió a  cruzarse en su camino. Los desperdicios de comida sobre la mesa de la cocina arañaban el aire con su mezcla nefanda de olores. Dos botellas de champagne vacía se besaban apoyándose mutuamente por sus golletes para no caer. Junto a ellas mi cartera abierta había sustituido los billetes por justificantes de compras. Papeles rasgados de regalo se amontonaban en el suelo con una forma caprichosa. Su cabeza parecía girar a la par que la habitación. Miró el calendario: 3 de Diciembre, una idea gris empezaba a tomar forma en su cabeza, en aquel momento un retortijón lo condujo urgentemente al retrete. En el lavabo un gorro de Papá Noel. Cuando sentado en la taza a través de la ventana le llegaron los sones de un villancico, no lo dudó: ¡cada vez se adelantaba más todo ese marketing navideño, que impulsaban los comercios!

Hollando la arena

Hollando la arena

     Un despertar temprano me lanzó a la calle a esas horas que en los días festivos aparecen solitarias. Acompañado por el sonido de mis pasos me llegué al paseo marítimo y anduve, a buen paso, a todo lo largo dejándome emborrachar de aquel silencio, sólo quebrado por las olas que, llegando por turnos, tapaban pudorosamente la arena desnuda.

     Mis pies hollaban la arena creando un camino de no retorno a mis espaldas y los distintos grises y platas se mezclaban, juguetones, ante mis ojos. Sólo un anciano de gesto cansino, con una gorra embutida hasta las cejas, caminaba por delante de mí, y tras breves instantes de andares se fue alejando a mis espaldas. La arena con ondas peinadas por el viento siguió abrazando la suela de mis zapatos. Frente a mí a modo de una escuela infantil varias decenas de gaviotas estaban plantadas, colocadas como si siguieran unas doctas explicaciones, pero cuando me acerqué debió tocar la hora del recreo pues todas alzaron un vuelo hacia las nubes, para trasladar su aula marina al lugar por donde había pasado hace un rato.

      Un cuarentón sudoroso, con auriculares colgados de las orejas y trote rápido se cruza conmigo. Nubes orondas que parecen crecer de la nada van cubriendo el azul del cielo. Tras unos altos edificios un rayo de sol empieza a asomar y los tonos platas fallecen ante la viveza de esta luz para inundar todo de colores. Pero aquellos seres algodonosos del cielo han procreado multiplicándose en progresión geométrica consigo mismo hasta que devoran al sol. Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer...ahora el agua lo empapa todo.

Tras la visita al ginecólogo

Tras la visita al ginecólogo

La caja de las mariposas

La caja de las mariposas

             Quedaron sorprendidos al encontrarse, tras girar Ella la esquina. Llevaban varios meses sin verse, y aunque nunca perdieron el contacto, aquellas breves llamadas nunca colmaban las dudas, los silencios y lo que nunca se dijeron desde que en un día, ya lejano, los envolvió un mutuo adiós.

            Ahora situados uno frente al otro, en aquel rincón de la calle, se sentían cómodos, aislados del resto del mundo y cubiertos de ese silencio en que sólo se percibe el sonoro latido de los corazones. Se miraron sin verse, en seguida lo apreciaron: las viejas vivencias haría que peligraran si sus miradas se abrazaban. Hablaron durante varias horas del ayer y del hoy, de esos por qués sin respuesta que la vida les planteaba en un  juego sin reglas. Recordaron aquellos días de arco iris, cuando se sonrieron tras las nubes y se protegieron del sol a la sombra de naranjos azaharinos. El vació de su maleta ropa que nunca había aireado, pero no se atrevió a juzgar si la vida había sido justa. Ella salpicaba el suelo con sus lágrimas. Los dos miraban a ese reloj inexistente que no detenía su camino. Y cuando, sin más remedio, tuvieron que decirse adiós el cielo se cubrió de nubes negras que estallaron en tormenta.    

 

            Sus espaldas se enfrentaron, alejándose con pereza y, mientras, fueron abriendo los regalos que habían intercambiado. El descubrió la secreta esperanza de que aquella, ahora, recordada presencia de la esquina volviera a convertirse en real. Ella deshizo el lazo brillante de una caja que él le entregó  de contenido muy especial, en ella introdujo aquel deseo anhelante de besos extraviados que nunca pudo dar y cada vez que lo sentía se transformaba en una mariposa de colores luminosos que había guardado con delicadeza en aquella caja. Ahora Ella, cada vez que estuviera triste, sólo  tendría que depositar una de aquellas mariposas en sus labios para que ésta, aleteando, le procurara un aire nuevo con aroma a “nomeolvida”.

Cambio de temporada

Cambio de temporada

               Una de las grandes ventajas de los seres vivos es el reaccionar ante las sensaciones. Se me ocurría esto hace unos días cuando fui consciente de que los pies se me habían quedado helados y entonces decidí que iba siendo hora, a estas alturas del otoño, de abandonar las chanclas y los pantalones cortos de casa. Eso me supuso el realizar un relativo cambio de temporada en mi armario Y digo relativo porque no puedo sacar todos los jerseis de lana cuando estas líneas las estoy escribiendo todavía en mangas cortas.            

               Pero el cambio de temporada no es un algo aséptico donde unas vestimentas sustituyen a otra, sino que a la vez que se van guardando algunas prendas van desapareciendo de la superficie muchas evocaciones inherentes a ellas. Cuando una camisa desaparece en el fondo, con ella se va aquel paseo acariciado por la brisa nocturna a la luz de la luna; y con aquellos zapatos, su cimbreo en el aire mientras mis pies se dejaban acariciar por la espuma de las olas al romper en la orilla; y con el bañador rojo aquel cálido reencuentro por la playa tras tanto tiempo; y con aquellos pantalones el sabor de un batido fresco de fresa cuyas manchas salpicadas costó arrancar. Ropas que recuerdan al viento de levante,  a piel tostada, a olor salino, a despertador en  paro, a ciudades nuevas, a perseidas que cruzan el cielo nocturno…en definitiva, a emociones que estuvieron ahí. Estoy seguro que algunas volverán cuando, en primavera, las vuelva a sacar del armario, pero otras sé que, sepultadas entre las baldas y cajones quedarán allí para siempre y, como algunos recuerdos, nunca volverán…

El librero de la Atlántida

El librero de la Atlántida

            La grisácea vida de un librero gaditano, amigo de un viejo marinero que cuentar viejas historias sobre la Atlántida, se ve súbitamente coloreada por una serie de sorprendentes acontecimientos. En Sanlúcar de Barrameda, a su vez, unas antiguas ruinas de gran valor arqueológico aparecen al construir una urbanización. Unos informes secretos indican que se avecina una nueva glaciación que encarecerá mucho todos los terrenos de esta costa; ello origina la carrera de distintas empresas a la caza de beneficios. En todo este marco aparece de fondo la imagen de la mítica civilización de la Atlántida. 

            Un rico elenco de personajes cuyas vidas se entrecruzan y, en ocasiones, rememoran y personalizan viejas historias ya vividas, miles de años antes, por atlantes. Todos ellos, por distintos caminos vienen a desembocar a ese lugar, dotado de una especial energía y misterio, donde se encuentran las ruinas. 

            Una novela de Pimentel menos con aventuras menos exóticas que las interiores, ya que el paisaje se reduce a rincones de Cádiz y Sanlúcar muy bien ambientados. Las páginas de ésta retratan un ambiente más onírico. He echado de menos un perfilado mayor de los personajes, como sería que tras terminar la novela me quedó la duda de si el librero era o no el verdadero protagonista de la misma.

La mano atada

La mano atada

        Aquel puño cerrado se abrió con la misma elegancia que una corola se despereza en primavera. Sus cinco dedos se abrieron al unísono y refrescados por el aire empezaron a respirar un aire nuevo. Se sintieron ansiosos, con ganas de abrirse a ese mundo desconocido que, ahora, se les brindaba, de sentir como nunca lo habían hecho y de aprender a acariciar y a escribir una sinfonía sobre piel ajena.

        Pero no habían contado con algo, cuando aquella mano fue a comenzar el vuelo, la que inicialmente era libre, toda corazón, se vio atrapada por su mente que en forma de cuerda blanca anudó su muñeca, limitando sus osados movimientos.

        Hoy aquella mano se ha acostumbrado, o mejor resignado, a convivir con esa cuerda en torno suya, pero si pudiera soñar, probablemente lo haría con aquellas caricias encerradas en sus lisas yemas que nunca llegaron a salir y con aquella piel suave y anhelante que en un sosegado paseo nunca saboreó.

Presentación literaria

Presentación literaria

              El hermoso edificio, con aromas del siglo XIX. que alberga la sede del Casino Gaditano en pleno centro de Cádiz sirvió de presentación a “El librero de la Atlántida, la última novela de Manuel Pimentel. Aquel ambiente recoleto, con poco más de cincuenta asistentes y luces tenues, invitaba a una cierta intimidad. Dos presentadores, el secretario del Casino y el presidente del Ateneo, se encargaron de glosar la figura y obra del escritor: un ingeniero con un gran amor por la literatura y que entre otras cosas es ministro dimisionario. 

              El autor comenzó diciendo que esta novela era muy entrañable para él, es una ficción pero con una cierta verosimilitud. Nace de la combinación de dos elementos. Por un lado de la conciencia de que el clima va cambiando y de esa inquietud que tiene la humanidad de que “algo va a pasar”. Por otro lado el hecho de que la sociedad se va a complicar, hasta ahora los avances tecnológicos suponían mayor confort, pero nos vamos haciendo conscientes de que estos ahora, además. provocan un impacto medioambiental. Esa es una duda que tendrá en un futuro la humanidad, si el progreso no supone un problema. Con esa duda surge el mito de la Atlántida. Las referencias a la Atlántida aparecen en Platón, también egipcios y griegos hablan de aquellos atlantes. Cualquier otro país  que tuviera referencias de una civilización así, habría explotado eso, pero aquí solo hablan de ellas los artistas y los locos. El escritor cree posible que en el valle del Guadalquivir se desarrollara una civilización muy antigua, aproximadamente hace doce mil años, lo cual parece lógico porque éstas se situaban en torno a ríos templados y, además, contando con la riqueza de cobre que hay en las proximidades. No está de acuerdo con esa ajeneidad con que se ha marcado nuestra historia, de que llegaron fenicios, romanos…pero ya habría aquí previamente una civilización que tendría su eje en la desembocadura del Guadalquivir. 

              El protagonista de la novela, el librero, es un tímido gaditano que lo pasa especialmente mal al carecer de esa gimnasia mental y gracejo tan característico de la zona. Quiere con esta novela evocar y divertir a la vez e introducir el tema: ¿debemos limitar el desarrollo o no?

Desde la terraza

Desde la terraza

           Acabo de llegar no hace mucho. Tras dos días encerrados en un hotel en un curso, he acabado agotado física y mentalmente. Curso aburrido donde los haya, en el que hubo momentos en que usaba el respaldo de la silla para que mi cuerpo no desapareciera en las fronteras del sueño, porque me daba la impresión de unas construcciones lingüisticas fuera de toda lógica y menos interesante que si se hubieran dedicado a explicarme la resolución de ecuaciones diferenciales.

           Algún momento tuvo de bueno y es ese rato que al amanecer tuve desde la terraza de la habitación en la que dormí. El mar silencioso, despertaba con colores tenues y me estimuló para resistir la sufrida jornada.

Una mirada irresistible

Una mirada irresistible

         Hace un par de días el acudir a una reunión en otra ciudad me obligó a levantarme a las cinco y media de la mañana. Doce horas más tarde tras una intensa jornada laboral volvía en el autobús de vuelta. El cansancio fue relajando mis músculos y aquel cimbreo, nada compasivo, del autobús me hizo caer en un dulce sopor.

         Cuando desperté acariciado por el sol de media tarde que entraba a través de la ventanilla, me senti a gusto con esa placidez que da el estar en duermevela. Estaba confuso no sabía ni dónde estaba, ni siquiera si estaba amaneciendo o anocheciendo. Pero en esta atenuación de los sentidos no me pasó desapercibida la insistencia de una mirada. Giré con esfuerzo el cuello y al otro lado del pasillo la ví. Sus redondos ojos negros, luminosos y vivarachos me miraban de una forma irresistible entre descarada y divertida. ¿Qué tiempo llevarían sobre mí aquellos ojos? Cuando la miré en vez de rehuir su mirada, insistió con la suya. Y por unos minutos nuestros ojos impávidos echaron un pulso en el aire.

           Entonces sus labios se abrieron en una sonrisa encantadora, mientras su mano acariciaba su cabello negro. Me fui espabilando y no perdía de vista aquel juego singular de mi vecina de asiento. De pronto con un movimiento súbito cogió su pie descalzo y se lo metió en la boca. Fue cuando dirigiéndome a su acompañante le pregunté su edad y me dijo: ¡seis meses!

Entre mujeres

Entre mujeres

          Vivo en este pueblo desde hace casi veinte años y no por ello me llego a acostumbrar a algunos tics ancestrales que percibo de vez en cuando. Cuando llegué me sorprendió un sentimiento machista ambiental muy imbuido en la sociedad y que, aunque mal visto y por la gente más joven superado, aparecen ciertos coletazos de vez en cuando. Sobre todo en algunos aspectos de la vida social donde queda muy claro lo que debe hacer cada sexo. Lo último ha sido referido a la reunión correspondiente en el colegio de mi hija.

          A la hora de comer me dice mi hija que al comentarle a la profesora que su madre no podría ir a la reunión y que por tanto iría su padre. La respuesta de la maestra fue que no hacía falta que su padre fuera a la reunión, que otro día fuera su madre y ya le contaría lo que se había hablado en la reunión. Como es lógico no le hice ningún caso a aquel comentario, a pesar de que mi hija quedaba algo preocupada de que no siguiera las instrucciones de la maestra, me parece importante asistir a este tipo de reuniones. Y allí acudí a la tal reunión, de veintiocho personas, veintiseis mujeres, otro padre y yo. La maestra para ratificar su experiencia docente en ese curso dijo que llevaba treinta años impartiéndolo e imagino que treinta años relacionándose casi exclusivamente con madres lo que no le hace sentirse cómoda cuando vamos los padres. Se notó mucho cuando usando lenguaje netamente sexista dijo: -Decid algo que estáis todas muy calladas.  O cuando se iban a elegir cargo: ¿Quién se presenta como delegada? ¿Y cómo subdelegada?

           Creo que respiró cuando los dos nos mantuvimos expectantes y silenciosos y no presentamos unas candidaturas que de entrada daba por rechazadas. La reunión siguió y nos puso al día un poco de los objetivos del curso. Cuando terminamos desaparecimos  entremezclados entre el ruido de tacones por las escaleras. Yo contento de haber asistido a la reunión, mal que le pesara a alguna, en cuanto al otro representante del sexo masculino no sé si se fue contento, pero de lo que estoy seguro es de que no olvidará ese día, porque al salir del colegio la grúa se había llevado su coche. La portera del colegio se disculpaba de que no sabía que era su coche cuando una madre a la que le estorbaba había llamado a la grúa. Creo que la próxima vez mandará a su mujer a la reunión.

El primer año

El primer año

          Ayer quince de noviembre, día especialmente reconocido por los químicos al celebrarse la festividad de su patrón San Alberto Magno, hizo el primer aniversario de este blog. Llevo más tiempo en el universo bloggero pero por distintos motivos los vientos internaúticos me llevaron, como un barco busca puerto, a refugiarme en este rincón.             

           Los aniversarios suelen ser una ocasión para volver la vista atrás y reflexionar. El blog es como un cuaderno que se escribe y se mete en un cajón, antes escribía más rápido en el cuaderno, pero la práctica ha invertido la velocidad, aparte de que aquí hago mejor letra y, además, tiene la ventaja de que accedo fácilmente a él sin estar cerca del cajón desde cualquier parte del mundo con Internet. Además es una ventana a la que son muchos los que se asoman y pocos dicen algo. La mayoría gente a la que no conozco de nada y que, como yo, debe de gustarle el curiosear en la blogosfera y posar sus ojos en cuadernos ajenos. Cuando veo mis estádísticas me suelen sorprender, porque qué hace uno de Sri Lanka asomándose a este blog, o uno de Tailandia, más me preocupa cuando veo alguna entrada desde la Agencia Tributaria, será un inspector internaútico y que hace ahora su labor a través del ordenador. Mucho supongo que la mera curiosidad les hace asomarse como a un escaparate de paso, otros se detienen e insisten.

           Durante un año vamos evolucionando y las circunstancias, aparentemente cíclicas, van cambiando. Algunos de mis sentimientos mutan y con ellos las palabras cogen distintas veredas. Me reconozco en ideas machaconas y en otras, que al releer, me sorprende haberlas escritas. Confío en seguir escribiendo una temporada más, por internet nunca se sabe. Pero sí, es una parte de mí la que todos los días se derrama por estas líneas dispuesta a acoger a aquel que se acerque hasta aquí. Toma asiento...

El día en que te descubrí

El día en que te descubrí

          Parecía una tarde como cualquier otra, pero no tardé en darme cuenta que iba a ser distinta. Te vi a mi lado, sin prestarte gran interés. Te conocía desde hace mucho tiempo, quizás demasiado, desde mi infancia, pero nunca me habías llamado especialmente la atención. Siempre me pareciste, a pesar de verte con muy variadas vestimentas, muy simple, igual a cualquier otra, incluso te confesaré que me atraías menos de lo habitual. ¿A qué se debía? No sé ¿tal vez que no te había conocido en profundidad?¿o que no había tenido ese acercamiento necesario del que nace el cariño?

          Pero ayer fue diferente, también el ambiente parecía ayudar a ello, tenía las emociones más latentes, casi a flor de piel. Entonces fue cuando te presentaron a mí, como si fueras una desconocida. Te vi, como siempre, pero esta vez destellabas pequeños brillos. Y al recorrerte tu visión acarició mis ojos de una forma que nunca lo habías hecho. Te tomé entre mis manos y me entraron unas ganas locas de saborearte. No me reprimí y me perdí entre tus rincones, te gocé y disfruté como nunca pensé que lo haría contigo. Creo que no olvidaré aquel rato y que, a partir de ahora, desde que te he descubierto, querida poesía, serás diferente y única para mí.

Terminando el dibujo

Terminando el dibujo

           De los habituales de este blog es conocido mi otra afición, aparte de la escritura, el dibujo. El pasado día diez de septiembre, publiqué un dibujo de unas manos, que en una postura imposible se sujetaban los dedos. De hecho hubo más de una persona que me planteó, después, como era posible que esas manos pudieran agarrarse en esa postura. Hoy aclaro el cómo, terminando ese dibujo y situándolas a la espalda, cosa que en principio no era lo más evidente. La conclusión es que cuando tenemos una visión de cualquier realidad o persona, siempre será restringida y mientras no ampliemos todo lo posible  esa visión tenemos grandes posibilidades de equivocarnos en las conclusiones que sacamos de nuestra mirada. 

En las interioridades

En las interioridades

           En uno de esos días que estuve en Madrid he tenido la gran oportunidad de visitar las interioridades de la Biblioteca Nacional. Situada junto a la plaza de Colón y por detrás de la fachada del museo Arqueológico, siempre me había ilusionado conocer este edificio.  

            Mi primer contacto con dicha Biblioteca fue a partir de una foto, que vi poco antes de entrar en la veintena, en la que aparecía una impresionante y grata sala de lectura donde el tamaño, la luz íntima y estructura que se veía, me  la hicieron parecer sumamente acogedora. Pocos años más tarde fui a conocerla y aproveché para hacerme socio, aún guardo ese carnet, de foto ya irreconocible, que renové cinco años más tarde. Al fin pude entrar y disfrutar del ambiente silencioso de aquella sala, cuya foto me atrajo, y más de una vez acudí por allí aprovechándola para estudiar las oposiciones que por entonces preparaba. 

               Me fui a vivir fuera de Madrid y unida a la caducidad del carnet, apareció la dificultad para entrar en la Biblioteca, ahora la entrada está restringida y sólo son admitidos determinados colectivos: investigadores, profesores… por lo que volver a aquel edificio lo tenía prácticamente vetado.

                Pero recientemente me surgió la posibilidad de hacer una visita, posibilidad que he aprovechado y disfrutado. Las medidas de seguridad son rigurosas lo que se agradece en un lugar en el que, para los amantes de los libros, hay almacenado un inmenso tesoro. La Biblioteca Nacional recibe ejemplares de todas las publicaciones: libros, películas, cds… que tienen depósito legal, unos setenta mil títulos anuales. Pudimos  entender el camino que seguían los libros que llegaban en camiones, las cajas se abren y se procede al reparto para su catalogación. Me llamó la atención el ambiente pesadamente silencioso con el que se trabajaba. Una vez catalogados se llevan al depósito. 

              El depósito es algo increíble, doce pisos con estanterías llenas de libros ordenadas en unos pasillos en los que tuve que agachar la cabeza para evitar golpearme. Libros modernos y otros viejísimos pude admirar en aquellas baldas. Me recordó a aquella escena del almacén de libros en “la sombra del viento” y saboreé ese momento único. Pasillos, escaleras, ascensores…A continuación visitamos las partes más nobles del edificio. Distintas salas de lecturas, y volví, tras muchos años, a aquella sala que bien conocía, vigilada por cuatro grandes relojes en cada esquina,  también pude visitar otras salas más modernas. Como si de un complejo laberinto se tratara a veces parecía, debido a su similar estructura, que volvíamos a atravesar la misma sala pero, fijándome, me daba cuenta de que eran diferentes. Por todos lados, silencio, gente de edades variadas trabajando sobre las mesas, algunos con sus portátiles, otros copiando en viejos cuadernos con letra cuidada y los trabajadores yendo de un lado a otro con unos movimientos, tan rápidos como suaves, que parecían hacerlos caminar unos centímetros sobre el valioso suelo italiano de madera. Hubo algún momento que contagiado por el ritmo sincopado en que parecía envolverse el tiempo en aquel lugar me hubiera apetecido sentarme en una mesa y sumergirme entre las páginas de algunos de aquellos libros. 

                Salí de allí empapado por la proximidad gozosa de tanto libro, como si hubiera estando circulando por un hermoso sueño. Al atravesar la puerta de la señorial e iluminada fachada, el aire fresco y el escándalo del tráfico que, a esas horas, circulaba por el Paseo de Recoletos, contribuyeron a despertarme.

¡Tres días!

¡Tres días!

          En el jolgorio del supermercado divisé sus ojos, habitualmente tristes y profundamente oscuros, reflejo del color de su piel, y vi que, desde lejos, intentó llamarme la atención. Conocía su historia, una historia trágica que le ha cargado de arrugas las entrañas, cuando hace poco que traspasó la cuarentena. A su marido le detectaron una enfermedad que le produjo una incapacidad, quedándole una pensión de poco más de cuatrocientos euros mensuales para sacar una familia a adelante de tres hijos, la pequeña de poco más de un año. Me pasé varios meses sin verla, hasta que un día vino a verme y me contó que él, desesperado y queriendo ganar un dinero que no tenía, había sido detenido por la policía y estaba en prisión.

           De vez en cuando la veía y me contaba de él. Que lo habían mandado a otra prisión más lejana y sólo podía ir a verlo ella un día en semana y eso si la llevaban en coche porque no tenía dinero para el transporte. Hace unos días me comentó que llevaba ya más de veinte meses en prisión y aún no le habían dado ningún permiso, estaba desesperada. Uno de sus hijos adolescentes llevaba más de un año sin ver a su padre, sólo había ido una vez, pero no quería ir más porque se le hacía muy difícil, el ver a su padre entre aquellos muros.

           Pero hoy era diferente, aquellos ojos negros, había perdido su languidez y hoy chiporroteaban con una luz brillante. ¿Sabes?, me dijo, le han dado tres días de permiso para la semana que viene. Entendí el porqué de su alegría y de sus andares regocijantes mientras se alejaba con su hija pequeña de la mano. Me di cuenta que hay vidas que rezuman tragedias, pero hasta en ellas hay rincones para la alegría y la esperanza. Y estoy seguro de que esos tres días serán vividos, por ellos, como si fueran los últimos de su vida.