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El búcaro de barro

El reloj pintor

El reloj pintor

        Nuestra vida transcurre unas veces plácidamente y otras de forma tan acelerada que tememos encontrarnos sorpresivamente con un muro que detenga su camino. Hay momentos puntuales en que nos encontramos con personas o situaciones en las que nos gustaría quemar etapas que el tiempo corriera a la velocidad de la luz para situarnos en ese lugar imaginado que, creemos, siempre será mejor que éste. Es lo que tiene cuando sólo esperamos "llegar" y nos olvidamos de algo tan sabio como necesario: disfrutar del camino.

         Pero cada minuto puede ser importante, fundamental e irrepetible. Tenemos, por tanto, que dejar de dar empellones al tiempo y saborear ese momento de colores que nos va dibujando nuestro reloj pintor con sus agujas a modo de pinceles. Al final sumando todos los momentos llegaremos a ese lugar, probablemente más hermoso de lo imaginado y, además, tras haber salpicado de colores todo el camino recorrido.

El gran silencio

El gran silencio

         En un momento en que las películas pugnan por tener el mayor número de efectos especiales, es un verdadero deleite el ir a ver esta película. Digo bien lo de ir a ver, porque carece de música y a lo largo de los 164 minutos que dura solo hay tres o cuatro momentos puntuales en que se habla. La película nos retrata la vida cotidiana de los cartujos de la "Grande Chartreuse" en los Alpes franceses. Un paisaje único entre montañas y que, no sé por qué me vino a la mente que es parecido al que dibujó en palabras Tomas Mann en "La montaña mágica".

          Al principio estaba un tanto nervioso, pues la costumbre me pedía que "ocurriera" algo, hasta que mis sentidos se relajaron y se adaptaron a que no pasara nada, a que fueran transcurriendo las estaciones, los toques de campana, el trabajo callado y la oración ante la vela roja del Sagrario. Su director Phillip Groening pidió permiso para rodar en 1984, y le dijeron que le llamarían cosa que hicieron dieciséis años más tardes. Estuvo seis meses viviendo con ellos y filmando con su cámara. La película es el resultado de ello.

           La vida cotidiana de los monjes asoma ante nuestra mirada. Usa primerísimos planos y un zoom que difumina muchas veces los fondos. El paisaje va cambiando con las estaciones del año y la luz que tiñe los rincones del monasterio tambien. Desde la butaca se dedica uno a contemplar aquello como un observador, sabiendo que el final puede estar en cualquier momento ya que no hay una secuencia  lógica de escenas ni un previsible desenlace.

No detengas tus caricias...

No detengas tus caricias...

-No detengas tus caricias, por lo que más quieras. Sigue, sigue...asíiiii – le dijo ella con voz suave.

     Pero tras ocho horas de caricias repetitivas e ininterrumpidas hasta Él se cansó de darlas y se detuvo. Fue, entonces, cuando aquella leona escapada del circo, no sintiendo ya la mano de Él sobre su lomo, devoró a aquella pareja que se había encontrado paseando por el parque.

Su mejor momento

Su mejor momento

              Dentro de pocas semanas cumplirá un año más. Desprovista de esa euforia con que cumplen los niños, los acepta con el sosiego de quien reconoce que el año que cumplió  los cuarenta está ya lejos. Se considera “normal” para su edad. Un cuerpo cuyas curvas han sido dibujadas de manera caprichosa por el tiempo, con algún que otro acúmulo de grasa no deseado. Unos pechos, a estas alturas, tentados más por la fuerza de la gravedad que por unas caricias tiernas. Una melena con la que el viento juguetea continuamente y que  está salpicada con un estilo insolente por sus primeras canas. Los ojos, apagándose con la sombra de las hojas del calendario, aún conservan esa chispa que le permite  a ella sonreír incluso sólo con la mirada.            

               Ella es consciente de que está en un punto óptimo de su vida, ahora conoce bien sus fuerzas y sólo aspira a conseguir aquello que sabe que, sin duda, alcanzará. Es capaz de actuar como le da la gana, sin que nada ni nadie oriente sus actuaciones. Sabe muy bien que ella, independientemente de todo lo demás, es lo esencial para sí misma, pero desde que descubrió, además, que es muy importante para alguien más, que no le pide nada a cambio, ya no lo duda: ¡está en su mejor momento!

Entre visillos

Entre visillos

            Una deliciosa novela, con tintes autobiográfico en la que Carmen Martín Gaite nos sumerge en la vida cotidiana de un grupo de chicos y chicas jóvenes y que le sirvió para conseguir el Premio Nadal en 1957. Nos retrata una sociedad que aunque hoy parecemos atisbar con la lejanía del blanco y negro, no nos resulta tan lejana porque algunos de esos ramalazos nos han llegado oralmente o incluso insertados en nuestros más lejanos recuerdos.            

              En la contraportada nos indica que narra la vida en una ciudad de provincias, pero para quien ha disfrutado la cotidianeidad de Salamanca, no le es difícil reconocer, aunque nunca se nombre, a esa ciudad con esas leves pinceladas que da a lo largo de sus líneas: las ferias en Septiembre, la Plaza Mayor, el puente viejo, el instituto que se adivina situado en el paseo del Rollo, la iglesia de Sancti Spiritu… Por lo que el andar por sus páginas se convierte, de mano de sus protagonistas, en un grato paseo por aquellos rincones salmantinos que sirven de decorado a esta sociedad cerrada, que nos presenta, de los años cincuenta. Dos edificios de la ciudad aparecen retratados especialmente el Gran Hotel y el Casino donde se desarrollan parte de las historias que cuenta. La autora sustenta su novela en tres narradores: dos en forma de diario y un narrador omnisciente. En esta agonía cotidiana es difícil encontrar párrafos luminosos por eso destaco este que escribe en su diario Pablo, que está recién llegado allí: “Una tarde, poco antes de empezar el curso, hizo un sol hermoso y me fui de paseo al río. Había comido dos bocadillos en una taberna del arrabal y bebido casi un litro de vino buenísimo. Estaba alegre sin saber el motivo. Veía los colores de las cosas con un brillo tan intenso que me daba pena pensar que se apagarían. La ciudad me pareció muy hermosa y excitante en su paz, hecha de trozos de todas las ciudades hermosas que había conocido”.            

            La autora se dedica especialmente a tratar el mundo de las mujeres. Un mundo que se mueve en un ambiente asfixiante y aburrido donde las perspectivas de futuro se reducen a encontrar un novio :”las chicas sin novio andaban revueltas a cada principio de temporada, pendientes de los chicos conocidos que preparaban oposiciones de Notarías”.

             Es difícil el integrarse en una sociedad así cuando se llega de fuera: “Si usted no vive aquí-dijo-no puede entender ciertas cosas”. “Si se ha portado mal conmigo, la culpa la has tenido tú por darle tanta confianza: ya sabes de todos los años como son los de fuera”. En aquel contexto la terminación del verano era el fin de un período de ilusiones que ayudaban a salir del tedio habitual : “Ahora ya estaban de cara al invierno interminable. Tardes enteras yendo al corte y a clase de inglés, esperando sentada a la camilla a que Manolo viniera de la finca y se lo dijeran sus amigas, o que alguna vez la llamara por teléfono”.            

               Una novela agradable de leer y para disfrutar un buen rato.                     

Ejecutivo ¡al fin!

Ejecutivo ¡al fin!

            Apenas pegó ojo en toda la noche. Hoy era su día grande, el que había soñado durante tantos años. Al que había dedicado todos sus esfuerzos desde que terminó en la Universidad: tres años de doctorado, un máster en la Universidad de Princenton y una etapa en prácticas durante dos años en una empresa situada en Tokio. Podía haber seguido allí e iniciar una meteórica carrera, pero él echaba de menos la luz de su tierra y decidió volver a ella a expensas de retrasar su carrera profesional.

           Con este brillante currículo todo lo que consiguió fue un puesto de Jefe de Sección en una fábrica de la Bahía. Ya llevaba así tres lentos años en que empezaba a arrepentirse de haberse alejado de las faldas del Fujiyama. Pero una semana antes una reunión a la que acudió con el director gerente y el subdirector, ambos norteamericanos, le iluminaron su futuro. Iba a ser el responsable máximo de Recursos Humanos, ya que el anterior se iba a acoger a una jubilación anticipada. Y al fin llegó ese gran día. Le hizo planchar hasta tres veces el traje, que se iba a poner, a su mujer argumentando arrugas invisibles. Ya planchado a su gusto se lo colocó y se dirigió a la fábrica. Miraba a los trabajadores, que entraban en ese momento, con esa cara del que va a ser responsable de todos ellos y, en el fondo, de una parte importante de sus vidas. El director y el subdirector lo saludaron efusivamente, tenían fuera un coche que los llevaba al aeropuerto pues debían ir a Nueva York a una reunión muy importante que los habían convocado. Le dijeron que se fuera familiarizando con su nuevo trabajo y lo único que le encargaron es que el contenido de un sobre que tenía su nueva secretaria lo publicara en los medios de comunicación. Él sonriente los despidió con un apretón de manos y le dijo que no se preocuparan que él  lo haría como le habían dicho.              

             No sabía que la apertura de aquel sobre destaparía la Caja de Pandora, era el anuncio del cierre de la fábrica, debido a su falta de competitividad, y el despido de 2.000 trabajadores. De pronto se vio envuelto en un tornado poderoso que lo envolvió sin darse cuenta, llamadas de los distintos medios de comunicación preguntándole cosas que no sabía responder, políticos de todas las marcas y colores que solicitaban explicaciones y reuniones, manifestaciones de trabajadores que gritaban noche y día… Y aquel traje se le fue arrugando…y las pocas horas en que podía volver a casa no podía dormir…y aquel ascenso fulminante le explotó entre sus manos. Por tanto no es extraño que al cabo de tres semanas, una mañana se acercara a un grupo de encapuchados que iban a tirar una enorme piedra contra la puerta de entrada, les arrancara la piedra y, quitándose la corbata, él mismo lanzara la piedra haciendo la puerta añicos. Cuando su mujer fue a recogerlo a la Comisaría, no recordaba, nunca, haber visto una sonrisa tan amplia dibujada en su cara. 

La foto

La foto

         Aprovechando la tranquilidad que le brindaba aquella hora en que se encontraba solo en casa, abrió el correo electrónico con nerviosismo. Al fin llegaba esa foto tan largamente esperada. Cuando la abrió el rostro de ella tan conocido por él apareció ante sus ojos. Mientras aquella imagen le deslumbraba su corazón pareció acelerarse por unos instantes. Ahora podría contemplarla y acariciarla con su mirada cuantas veces quisiera sin tener que forzar la memoria y dejando reposar los recuerdos, cada vez más deteriorados y engañosos por el paso del tiempo. Se había hecho la foto junto al río con un hermoso pasaje otoñal de tonos ocres donde destacaba su figura de formas gráciles y armoniosas. A su espalda la ciudad, engalanada con el brillo dorado del sol del atardecer, parecía querer escalar las alturas hacia el cielo.  Su pelo negro caía graciosamente sobre sus hombros mientras su mirada de ojos pardos parecía hablarle desde el otro lado de la imagen. Aumentó el zoom de la foto y aquellas pupilas brillantes parecieron hipnotizarlo sacándolo de la realidad.

 

            De pronto, no supo cómo, se vio al otro lado de la fotografía. Ahora estaba junto a ella, el olor a humedad del ambiente se le mezclaba con el que ella emanaba de la base de su cuello. Sus sonrisas se abrazaron en el aire, mientras el fluir del agua ponía banda sonora a aquellos mágicos instantes. Pasearon muy juntos, por aquel paisaje evocador mientras sus zapatos de dos en dos, arrancaban crujidos al unísono de la inimitable alfombra de hojas secas. El brazo de él rodeó la cintura de ella, a la vez que sus dedos, ávidos de sensaciones, con elegante suavidad y de una manera casi imperceptible moldeaban sus caderas. Y él supo que si la palabra felicidad existía, este instante la estaba escribiendo.

 

            De pronto se hizo la oscuridad y absolutamente todo se volvió negro. Al día siguiente la secretaria del Juzgado no salía de su asombro, era la primera vez que alguien denunciaba a la compañía eléctrica debido a que un corte de luz había estropeado su ordenador y, sobre todo, eso lo subrayó en la denuncia: le había destruido un maravilloso sueño

Panga con guisantes

Panga con guisantes

Ingredientes: Filetes de panga, aceite, cebolla, ajo, pastilla de caldo, sal, manzanilla. 

Preparación: Este es un plato de muy fácil preparación, que puede estar listo en algo menos de media hora. La panga es un pescado blanco que se suele vender congelado y en filetes desprovistos de espinas. Lo primero es descongelar la panga, como suelen ser filetes grandes (un filete por persona) se cortan por la mitad. A continuación se adereza con un poco de sal y limón, se pasa por harina y se fríe un poco pasándolo por aceite. Dejamos los filetes sobre una servilleta de papel para que vayan soltando el aceite.             

        En una cazuela de base ancha echamos el aceite que cubra un poco más del fondo. Cuando está caliente añadimos una cebolla picada, y un diente de ajo picado, hasta que vaya pochándose y amarilleando. Seguidamente añadimos el contenido de dos latas de guisante (200 g cada una), poco más de un cuarto litro de agua y un chorreoncillo de manzanilla (o un vino fino), y una pastilla de caldo. Se le da un hervor y se añade la panga. Se rectifica de sal y se deja cocer durante durante diez o doce minutos. Transcurrido ese tiempo está listo para comer.             

         Si se quiere se puede añadir unas cuantas patatas fritas que se mezclan con el guiso anterior.

Despertar

Despertar

            Despertó un domingo más. Descansado tras horas de sueño, aún no había amanecido. Se notaba flotando en tan irreal atmósfera y se mantuvo en esa semivigilia en la que ansiaba, desesperadamente, mimosas caricias.

            Buscó como inexperto zahorí, esa agua, que no encontró para apaciguar la sequedad de su cuerpo. Intentó atenuarla con las gotas que brotaban de sus propios dedos, mientras su imaginación impulsada por alas surcaba el aire en busca de una fuente de agua clara.

            Las gotas de sus dedos y las estelas de su imaginación fueron, poco a poco, cubriendo su cuerpo de una pátina placentera que si bien no calmó de todo su afán, una vez que estalló le ayudó a seguir durmiendo…y soñando.

El cuarto de atrás

El cuarto de atrás

            Esta novela escrita por Carmen Martín Gaite plantea un argumento original. Las reflexiones de la autora en la noche se ven interrumpidas por la llamada de un hombre a la puerta de su casa. Entra en ella y se sienta en la habitación. Entonces, empieza un diálogo de carácter intimista que nos va intrigando en dónde desembocará. Ese diálogo, con ese extraño personaje que desconocemos de quien se trata, es una excusa para la autora para recordar cosas, personas y situaciones vividas. Evocaciones de recuerdos ricas y pormenorizadas en detalles que nos atrapan la atención y que se sigue de forma interesada esperando un desenlace que resulta inesperado. Toda la acción se desarrolla dentro de aquel piso en esa noche. Al cuarto de atrás se refiere a lo largo de la novela continuamente, es un recuerdo infantil, de un cuarto en el que ella jugaba y, que en esos recuerdos tiene algo de mágico, estaba situado en la parte de atrás de la casa salmantina donde vivió su juventud, en la céntrica Plaza de los Bandos, donde hoy hay una estatua que recuerda a su escritora más ilustre.

          Y ya que estamos en Salamanca si queréis aprovechar para disfrutar un paseo por la ciudad pulsar aquí.

Una peligrosa terapia

Una peligrosa terapia

           Cosme tomó asiento en una de las cinco sillas que rodeaban a aquel terapeuta argentino. Después de él fueron sentándose sus tres compañeros, no conocía a nadie, era la primera vez que iba. El repiqueteo de unos tacones le indicó que la cuarta era del sexo femenino. Efectivamente, unas piernas bien esculpidas y sin fin trajeron frente a él a una mujer de curvas imposibles que, en seguida, calificó como la más hermosa que nunca había visto en su vida. Se sentó en la silla dejando caer sus abundantes rizos sobre su rostro dejando asomar el rojo brillante de unos labios humedecidos.

          Aquella era una experiencia a la que había accedido aconsejado por su sicólogo. Cada uno tenía un problema diferente, ninguno sabía nada del otro, y la terapia común consistía en escuchar unos datos comunes sobre la personalidad que les iban a impartir durante varias sesiones. El problema de Cosme era el de una timidez excesiva, castrante y dolorosa, que quería superar. Cuando aquella joven se sentó frente a él y anudó de manera imposible sus piernas sus mejillas enrojecieron con un color que pareció reflejar los labios de ella. ¿Por qué estaría ella allí? Cuando terminaron la sesión le intentó decir algo, pero su lengua se resistió a hacer el más leve de los movimientos mientras ella, con movimientos ondulantes, se alejaba por el pasillo. Al día siguiente consiguió sentarse a su lado, él observaba con disimulo cómo aquella mano de dedos finos y uñas alargadas tomaba apuntes sin cesar. Y empezó a sudar copiosamente cuando detectó algunas miradas de reojo, sin disimular por parte de ella. Ese juego de peculiar seducción siguió durante un par de semanas, pero lo más peculiar fue lo que ocurrió el día…. festividad de San Cosme, aquella mujer con la que no había cruzado una palabra le tendió un pequeño paquete en papel de regalo. ¡Era una bufanda en color amarillo fosforescente que a él le pareció la más hermosa del mundo! Un gracias, inaudible, se disolvió en su lengua intentando agradecerle el detalle.

          Si alguien pensara que ese gesto transformó aquella peculiar situación está equivocado, el único cambio notorio fue que, a partir de aquel día, Cosme acudía a las reuniones con aquella bufanda fosforita en torno a su cuello. La semana siguiente hubo otro cambio que deslumbró a nuestro protagonista, aquellos rizos caprichosos habían dado lugar a un pelo liso y sedoso que acariciaba los hombros de su compañera de asiento. Ella lo sorprendió cuando admiraba aquel cambio y sacando un caramelo del bolsillo dijo la primera palabra que él había escuchado de sus labios, mientras le tendía un caramelo: ¿quieres?

           Mudo por la emoción cogió aquel caramelo y pasó a saborearlo con delectación. Mientras Cosme la miraba, ella sin levantar la cabeza del papel no dejaba de escribir. En aquel momento una sacudida atrás de la misma hizo que el pelo haciendo una cabriola por el aire, volviera a su espalda. Entonces pudo ver lo que ella ¿escribía? ¡era un dibujo!

             En aquellos trazos simples pudo ver cómo una mujer de labios rojos y cabello liso daba un caramelo a alguien que con su bigote, sus cuatro pelos malcontados al que en aquel momento ella coloreaba la bufanda dibujada con un rotulador amarillo fosforescente ¡ya no dudó que se refería a él! Lo peor fue cuando al fijarse con más detalle observó que el caramelo tenía dibujada una calavera.  Mientras perdía la consciencia pudo atisbar, como si la viera entre niebla, una leve sonrisa en aquellos labios rojos. Nunca llegó a averiguar que la causa de que ella asistiera a aquella terapia era que tenía un instinto asesino compulsivo. 

Brooklyn Follies

Brooklyn Follies

            Nathan después de haber sobrevivido a un cáncer y tras su divorcio decide instalarse en Brooklyn, donde pasó su infancia. Ahora que no necesita ganarse la vida decide escribir allí El libro de la locura de los hombres. El protagonista nos va narrando las cosas que le van pasando y sus encuentros primero con una simpática camarera en el bar que frecuenta y luego en una librería de segunda mano donde conoce al dueño un culto homosexual y donde trabaja su sobrino Tom con quien se reencuentra después de muchos años.

 

            Aquel pequeño universo, que probablemente se podría dar en cualquier lugar, empieza a poblarse de personajes, las vidas se entrecruzan y con ellas los sentimientos. El protagonista va descubriendo que ha llegado a este sitio, más que a morir, a vivir.

 

 La prosa de Paul Auster atrapa desde el principio y hace grata la lectura de esta novela.  Como ejemplo pongo de muestra un par de párrafos que me gustaron:

 

“Hora del almuerzo. Estamos los cuatro sentados a la mesa del comedor, comiendo fiambres, frutas y queso. Ahora que ha levantado la niebla, el sol entra a raudales por las ventanas abiertas, y los objetos de la habitación parecen más definidos, más vívidos, más llenos de color. Nuestro anfitrión desahoga sus penas con nosotros, pero yo me siento increíblemente feliz por estar donde estoy, dentro de mi propio cuerpo, mirando las cosas que hay sobre la mesa, notando cómo el aire entra y sale de mis pulmones, saboreando el simple hecho de estar vivo. Es una lástima que se acabe la vida, digo para mí, qué pena que no podamos vivir para siempre”.

 

“Las relaciones sexuales entre gente mayor pueden pasar por situaciones molestas o de cómica indolencia, pero también poseen una ternura que suele escapársele a los jóvenes. Pueden tenerse los pechos caídos, o la picha pendulota, pero la piel sigue siendo piel, y cuando alguien que te gusta te acaricia, te abraza o te besa en la boca, te sigues derritiendo de la misma manera que cuando creías que ibas a vivir eternamente. Joyce y yo no habíamos llegado al diciembre de nuestra vida, pero no cabía duda de que mayo quedaba bastante atrás. Lo que compartíamos era una tarde de últimos de octubre, uno de esos luminosos días de otoño con un vívido cielo azul, un aire fresco y tonificante, y un millón de hojas aún adheridas a los árboles: marrones en su mayor parte, pero todavía con suficientes tonos dorados, rojizos y amarillos para tener ganas de estar al aire libre lo más posible”.

Día eterno

Día eterno

           Hoy se me hace el día eterno. Miro al reloj otra vez. ¡Qué lento pasan los minutos! Y qué duro disimular cada vez que lo veo por el pasillo. Es lo mejor, dice él. Llega la tarde y con el declinar de la luz del día empiezo a ponerme nerviosa. La noche está cerca…            

           Estaré esperándolo en mi cama. Desnuda como siempre. Aguzaré mi oído cuando escuche sus pasos serenos por el pasillo. Y mi corazón pegará un salto cuando entre en mi habitación. Me echaré a un lado en la cama para hacerle hueco y estaré deseando sentir el calor de su cuerpo en íntimo contacto con el mío. Desearé que me rodee con sus brazos, saborear esas sensaciones que, sus dedos traviesos, afilan con esa destreza que les caracteriza y sentir cómo reviven mis pechos al envolverlos en sus caricias. Jugaré con el vello de su piel mientras nos comunicamos en silencio con los ojos en la penumbra que impone la oscuridad. Y disfrutaré dejándole que se pase toda la noche escribiendo, de arriba abajo, sobre mi cuerpo palabras de amor…            

          Sólo espero que cuando se marche, no le pase como ayer, que al coger sus gafas de mi mesilla de noche, tiró con estrépito mi bastón al suelo y casi despierta a la cuidadora que está de turno de noche en el asilo.

Entre poemas

               Mi afición a los libros data de mis años infantiles cuando me introduje en ellos a través de la multitud de tebeos que había en mi casa. La lectura siempre la he entendido como una relación personal entre el libro y yo, donde situados en un rincón en una dualidad caprichosa compartimos nuestro tiempo. Esa inmersión me permite vivir grandes aventuras o experimentar las más sentidas emociones que se desatan simplemente por la captación de las palabras.   

                 Al entender esta actividad de una forma tan íntima, nunca me ha gustado que me lean los libros en voz alta. Me parece como si esa voz ajena, actuara como elemento distorsionador de esa cercanía. Aunque esto, tiene para mí una excepción: la lectura de poemas. En el taller literario en el que participo desde principios de curso tuvimos ayer el final de la primera parte, la dedicada a la poesía. Y tuvo la buena idea José Mateos, el ponente, de invitar a su amigo Pedro Sevilla, poeta  natural de Arcos de la Frontera, a hacer una lectura de poemas. 

              Las palabras de Pedro envueltas en sentimientos en los que se trasparentaba el niño que fue, el amor a su madre o los poetas de los que aprendió, sonaron al atardecer, en el silencio de la biblioteca. No un silencio apagado, sino el silencio vivo y emocionado que brota de la presencia atenta de un grupo de amante de las letras que escuchan con atención aquellas palabras cargadas de luminosidad. Una sesión inolvidable como colofón al acercamiento que hemos hecho a la poesía y que sirve de prólogo para comenzar con la narrativa

A cada lado de los visillos

A cada lado de los visillos

          Él paseaba, recién atardecido, despacio, por la calle, con las manos en los bolsillos. Una vez más pasaba junto a aquella ventana en la que su vista quedaba atrapada por la imagen de los visillos iluminados. Imaginaba al otro lado un lugar acogedor. Una luminosidad que haría estallar de alegría a los muebles que encerraba y a las personas que allí habitaban. Echaba de menos el no formar parte de aquel pequeño universo, protegido su corazón desnudo por aquel refugio seguro.
          Ella se acercó, otra vez, a los visillos que cubrían la ventana y mirando, a través de ellos, se sentía agobiada y limitada por los límites de aquella habitación. Soñaba con esa imagen nebulosa que le devolvía la calle, con ese petirrojo que iba y venía al marco de la ventana y con las prímulas que crecían alegres en el exterior. Deseaba salir al mundo, derribar aquellos muros y caminar, sin límites, hacia donde le condujeran sus pasos.
           No lo pensó más…
           Él se acercó a la ventana y se aupó para atravesar aquellos visillos y penetrar en la seguridad que se adivinaba tras ellos. Ella, al mismo tiempo, descorrió aquella tela para salir hacia la gozosa incertidumbre. Y en el marco de la ventana se encontraron al mismo tiempo, uno con los pies hacia dentro y la otra con los pies hacia fuera. Se miraron a los ojos y fue cuando, al descubrir el interior del otro, se dieron cuenta que probablemente el ir al otro lado no colmaría sus anhelos. Se quedaron allí sentados, uno junto al otro, mientras los visillos, aleteados por el viento, acariciaba sus rostros.

Sin aplausos

Sin aplausos

             Llevo toda la vida sin que me hayan aplaudido nunca. Tengo ya…, les parecerá imposible, pero en este momento no estoy ni siquiera seguro de tener edad alguna. No pido grandes aplausos como los que reciben los artistas tras su actuación o los políticos tras sus fuleros mítines. No es eso, sólo me gustaría haber recibido alguna vez la caricia en mis oídos de ese sonido, que producen las palmas entrechocándose, como reconocimiento ajeno a alguna de las cosas que he hecho en mi vida. Porque supongo que alguna actividad, merecedora de un aplauso, habré realizado.

 

            También puede ser que haya vivido tiempos parcos en aplausos. Hoy desde que nace un niño, los aplausos le acompañan: en sus cumpleaños (antes no los celebrábamos), en su función navideña de la guardería (nunca fui a una guardería), en sus distintos actos de graduación (Secundaria, Bachillerato, Universitaria, Master… yo no tuve nada de eso me dieron el aprobado y para mi casa). Hemos pasado de un extremo al otro. A mí nadie me aplaudió, ahora parece que cualquier cosa que se hace hay que aplaudirla, como si fuera necesario ese empujón ajeno o actuara como cebo para que se haga merecedor del siguiente escalón del aplausómetro. Pero yo debí llegar tarde a todo eso, porque a pesar de mis distintos méritos, nadie me aplaudió absolutamente por nada.

            Sin embargo, hay gente de mi edad e, incluso cercana a mí, cuyo espíritu ha florecido por multitud de aplausos. Recuerdo el caso de Pepe que vestido como un figurín fue pregonero de la Semana Santa, y aquel auditorio agradecido estalló en una sonora ovación ante sus fáciles rimas y rebuscados ripios. O el de Valentín que no sabe ni hablar, pero su voz confundida entre las de su chirigota hizo poner en pie a todo el público carnavalero. O, incluso, el de Arístides cuyo único mérito fue el de “vocear” un discurso de tres líneas al acabar una manifestación contra la subida de impuestos, no sólo hubo aplausos y vivas, sino que poco más y si no pesara 150 Kg lo hubieran cogido en hombro como a los toreros.

            Pero a mi nadie se le ha ocurrido nunca aplaudirme…¿Qué oigo? Me parece estar escuchando aplausos,…¡son para mí! Al fin, lo conseguí. ¿Quién me lo iba a decir después de lo mucho que  siempre me he quejado de no recibirlos?

           Parece que es mucha gente la que aplaude. No acabo de distinguir bien el sonido a través del grosor de la madera. Pero ¿a ninguno de estos imbéciles, que aplauden, no se les ocurre pensar que no estoy muerto sino que sólo he sufrido una catalepsia?

 

Manual de literatura para caníbales

Manual de literatura para caníbales

               El autor desarrolla un ejercicio de metaliteratura, en el que usando como protagonista a los distintos miembros de la saga familiar de los Belinchón hace un acercamiento a personajes y movimientos literarios desde el Romanticismo en que aparece como contemporáneo el primero de los Belinchón hasta el futuro año del 2012.

               Estamos ante una novela ciertamente original. En sus páginas toman cuerpo como personajes de ficción distintos escritores: Espronceda, Galdós, García Márquez,… y descubrimos algunas de sus interioridades y de los movimientos literarios de los que formaron parte.   Esta originalidad que, en ocasiones, me ha hecho  pasar un buen rato, en otras me ha desconcertado llegando a aburrirme. Las críticas que había leído lo ponían bien, pero a mí me ha decepcionado.

Plegaria del árbol

Plegaria del árbol

        Hoy he rebuscado en el cajón de los recuerdos y he sacado esta foto. Es en Salamanca un lejano día de 1978, estaba explorando la ciudad, en la que iba a vivir los próximos años, y descubriendo sus rincones. De pronto, encontré una calle larga que bajaba en cuesta hacia el río. Me llamó la atención, porque de todos los lugares del mundo que he estado esa calle es la que tenía más rótulos con su nombre "Camino de las Aguas", había más de treinta diseminados por la calle ¿aún habrá tantos?

        Al final de la calle, se llegaba a un parque salvaje y hermoso que atravesaba el Tormes: la Aldehuela.  A la entrada de la Aldehuela estaba esta plegaria que me gustaba leer antes de meterme por aquellos bucólicos recovecos. Había hasta una pequeña playa junto al río y lo que más me sorprendió un verdadero bosque, casi encantado, que cuando te introducías en él podías hacerte la ilusión de haberte perdido en medio de aquellas decenas de gigantescos árboles y desde su espesura se dejaba de ver la luz del sol.  Era la primera vez que veía tantos árboles juntos en mi vida. No tengo que decir que aquel se convirtió en uno de mis rincones preferidos de aquellos años donde respirar aire puro y sentirte uno con la naturaleza era tan fácil como recorrer aquella cuesta y leerse los treinta rótulos de la calle.

        Hace muchos años que no voy allí, pero la última vez que fui me entristecí, porque aunque el parque seguía, alguno quizás para evitar la muerte de los árboles por el calentamiento global, se había adelantado y había hecho desaparecer aquel bosque encantado e irrepetible.

Casarse es...

Casarse es...

     "Casarse es como irse a vivir a las afueras, decía a menudo: se acaba por no ver a los amigos, se aparta uno de los bares conocidos, ya no se sale por la noche, pero no deja de repetirse uno en voz alta las ventajas, como si se esforzara por convencerse. Al final, el que vive en las afueras o casado acaba diciendo: es lo mejor para los niños. Cuando por fin admite que se ha equivocado y pretende volver al centro, se da cuenta de que ya no se lo puede permitir: el precio del metro cuadrado es demasiado caro."

"Manual de literatura para caníbales" (Rafael Reig)

Caminaba

Caminaba

Caminaba despacio

marcando bien la huella

para que aquellos pasos

ella los persiguiera.

No pensó que tras él

subía la marea

borrando todo rastro

olvidado en la arena.