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El búcaro de barro

Pequeño testamento

Pequeño testamento

         Ayer me encontré con esta poesía de Miguel D'Ors que me impresionó,por eso quisiera compartirla, por esa sensación de "riqueza" interior y de capacidad de asombro que son esas cosas que se pueden legar a los hijos y que tiene mucho más valor que las riquezas materiales que la mayoría anhela:

Os dejo el río Almofrey, dormido entre zarzas con mirlos,
las hayas de Zuriza, el azul guaraní de las orquídeas,
los rinocerontes, que son como carros de combate,
los flamencos como claves de sol de la corriente,
las avispas, esos tigres condensados,
las fresas vagabundas, los farallones de Maine, el Annapurna,
las cataratas del Niágara con su pose de rubia platino,
los edelweiss prohibidos de Ordesa, las hormigas minuciosas,
la Vía Láctea y los ruyseñores cumplidos.

   Os dejo las autopistas
que exhalan el verano en la hora despoblada de la siesta,
el Cántico espiritual, los goles de Pelé,
la catedral de Chartres y los trigos ojivales,
los aleluya de oro de los Uffizi,
el Taj Mahal temblando en un estanque,
los autobuses que se bambolean en Sao Paulo y en Mombasa
con racimos de negros y animales felices.

   Todo para vosotros, hijos míos.
Suerte de haber tenido un padre rico.

Una colonia problemática (y 2)

Una colonia problemática (y 2)

              Después de lo contado hace unos días sobre el tema de la colonia, han surgido muchas dudas no sólo las aquí expresadas, sino de quienes también de modo particular me han preguntado como concluyó.           

              Pues bien, para  remediar la curiosidad suscitada explico, a continuación, el desenlace. Por un lado no quería desatar más polémica de la adecuada y por otro me seguía apeteciendo el cambiar de colonia, así que opté por una decisión salomónica: devolver aquella colonia por otra diferente. Iba de camino, cuando me tropecé con el profesor de mi hija, a quien hacía meses que no veía, el que usaba esa colonia tan denigrada que llevaba yo en la bolsa. Por un instante se me ocurrió ofrecérsela a buen precio, con lo que yo recuperaría algo de mi inversión; pero sólo de pensar en la cara que pondría si le hiciera ese ofrecimiento, pasé de largo.            

              Llegué a la perfumería y, sin explicarle las razones, le dije que quería cambiarla. En la misma estantería había otra diferente, pero de la misma marca y del mismo precio, céntimo incluido, no lo dudé y la cambié sobre la marcha.             

              Ya llevo varios días usándola, cambié de colonia y nadie ha comentado nada…me pregunto si no será causa de que tenemos un problema con los desagües y huele tan mal que cualquier olor aromático, del tipo que sea, se agradece fehacientemente.

Crímenes contados

Crímenes contados

       Una antología de relatos negros que hará pasar un rato agradable a los amantes del género. Trece autores son los que escriben sus historias en este volumen.Todos tienen ese común denominador de un crimen a resolver, con esa dificultad añadida de concentrar en pocas páginas una intriga que interese, cosa que no todos consiguen. La ventaja que le veo es que al no tener mucha extensión pueden aprovecharse para leer entera cada historia, sin tener que dejarla para el día siguiente. Por ese mismo motivo, el no ser demasiado largos, no nos "acompañan" durante un cierto tiempo en nuestra cotidianeidad, como hacen algunas novelas. Algunos de ellos, nada más leer el título del siguiente parecen difuminarse totalmente en el aire. La recopilación la ha realizado Fernando Martínez Laínez y como en toda antología encontramos relatos muy distintos en estilo y calidad.

Una colonia problemática

Una colonia problemática

        Hay momentos en que a uno, no sabe por qué, le apetece cambiar algo en su vida. Unas veces son cosas más superficiales y otras esencialmente profundas, ayer me pasó con una de las primeras. Había terminado una semana laboralmente compleja y como tenía que hacer algunos encargos se me ocurrió comprar una colonia nueva y cambiar de la que llevaba varios años flotando a mi alrededor. Llegué a la perfumería y estuve viendo algunas muy diferentes, me detuve en una, me habían hablado de ella y salpiqué un poco sobre mi muñeca para aspirar su olor. Me impactó aquel olor, ¡algo así estaba buscando!

        Sin querer detenerme mucho en el precio, parece imposible que un bote tan pequeño resulte tan caro, me fui ufano con mi compra a mi casa. Al principio no pasó nada porque no me encontré con nadie. Al rato apareció mi hija: ¡Uf como huele aquí! Parece que ha venido mi profesor de matemáticas. Huele a él. 

        Al rato apareció la otra: ¿huele a insecticida?

        Pero lo peor fue mi mujer: ¡qué olor más chocante! ¡trastorna! ¿qué te has puesto? ¡Haz el favor de no ponértela más! Frases que se repetieron hasta horas despuésd de llegar cuando entraba en el cuarto donde yo estaba. Y eso que solo habían sido unas gotas de muestra...

        Cada vez que entro en el cuarto de baño veo el bote de colonia envuelto en su papel de celofán. Parece que no ha sido muy productiva mi decisión de un cambio superficial ¿y si el cambio hubiera sido algo más esencial? No sé que hacer...¿usar esa colonia, pese a quien pese, haciendo oídos sordos a sus comentarios y sintiéndome a gusto conmigo mismo? ¿o colgarla en la página de ebay y subastarla al mejor postor? Al menos de esta segunda manera recuperaría algo de la inversión que he hecho...

Destruyendo lo negativo

Destruyendo lo negativo

     El título está pronunciado en andaluz, donde en el uso habitual nos "comemos" las eses. En realidad lo que he hecho esta mañana ha sido destruir los negativos. Sí, ya hoy en la era de las cámaras digitales resulta extraño hablar de los negativos de las fotografías, aquellas texturas plásticas que mirábamos al trasluz cuando de algún carrete no nos sacaban alguna foto para mirar si valía la pena el gasto de sacarla en la tienda de fotografía. Tenía una caja llena hasta arriba de estos negativos que había guardado, algunos desde hace más de treinta años, por si tenía que sacar una copia. Hoy resulta más sencillo y económico escanear una foto, así que he dedicado un buen rato en este día festivo a ir destruyéndolo.

     A la vez, he visto mucha de aquellas fotos, sin duda alguna de mucho menos calidad que las actuales y mucho más escogidas. Cada vez que se le daba al disparador había que estar muy seguro de que aquel era el encuadre que queríamos guardar para la posteridad, no estaba la economía para dilapidar fotos.

     Por eso, cada una de aquellas instantáneas son mucho más que una serie de manchas blancas, grises y negras que representan unas determinadas formas. Detrás de ella hay parte de la vida que dejamos en aquel lugar y en aquella época. Por ejemplo, en esta foto de la Salamanca nevada de 1978, puedo descubrir la mezcla de asombro y admiración de ese joven que por primera vez veía la nieve y además en este lugar tan único, adornando los edificios que parecían descender hasta el Tormes, presididos por la señorial silueta de la Catedral. Aún soy capaz de captar el aire frío de aquella jornada mientras la melodía del agua fluía, acariciando el ambiente con sonidos de eternidad.

La prima Vera

La prima Vera

           Aún resuenan en mí, tus ahora lejanas palabras. Cuando escribías, aquellas líneas cobraban vida y asperjaban sobre mi espíritu esas gotas vivarachas como las del rocío que reciben las flores al amanecer. Tu ansia de vida se reflejaba en cada recoveco del texto  y tu indisimulada pasión se transmitía al que tenía la fortuna azarosa o rebuscada de encontrarse con tus letras. El que caía en tus redes difícilmente se libraba y la adicción a aquellos surcos ardientes no dejaba que se pudieran olvidar con facilidad.             

           ¿Qué te ha pasado? Hoy hablé contigo, Vera, sorprendido al leer tu último escrito. ¿Último significa definitivo? Se notaba el esfuerzo sobrehumano que habías desarrollado para trazar unas ideas asépticas, desinfladas y al borde de la desintegración. Y fue, cuando me comentaste, que este tiempo y las circunstancias que ahora te rodean habían convertido tu vida cotidiana en una línea semejante a la de un encefalograma plano. Que tus dedos parecen haberse quedado anquilosados y carecen del riego sanguíneo necesario que los transforme en vivarachos sobre el teclado. Que estos días precursores del estío acorchan tu ánimo griseando tus días. Tu ansia por las letras se ha convertido en un recóndito recuerdo que te duele y no asimilas. Y lo peor es, no que no sepas que escribir sino, que aquella ansia de transmitir tus vivencias se haya difuminado hasta el punto de pensar que careces de ellas,            

             Por eso querida prima, espero que una vez superada esta época de astenia recuperes con el verano esa vida floreciente que no logras del todo ocultar y que este tiempo de pre-estío te ha negado.

Veintitrés de abril

Veintitrés de abril

             Mi primer recuerdo de la palabra comunero data de un libro de historia de mi época infantil y en aquel entonces no entendía demasiado bien a que se refería e incluso, por similitud lingüística, llegué a pensar si tendría alguna relación con comunista. Luego ya leí distintas cosas sobre el tema con lo que entendí, algo más, aquella contienda que enfrentó a aquellos miembros de la nobleza con un monarca y una corte llegada del extranjero y con el que tenían grandes discrepancias. Me gustó sobre este tema la lectura de la novela histórica “La comunera”. Ayer se celebró el día de la comunidad castellano-leonesa al conmemorarse la derrota el 23 de septiembre de 1521 del ejército comunero en Villalar y la ejecución de sus tres principales líderes: Padilla, Bravo y Maldonado.            

        Pero lo que no sabía es la reseña que leí hace unos días y escribió en 1878 Pedro Antonio de Alarcón tras un viaje que hizo a Salamanca sobre aquellos acontecimientos y que me parece interesante por ser habitualmente desconocida:   

     “Francisco Maldonado, el célebre comunero, el compañero de Bravo y de Padilla, el degollado del gran cuadro de Gisbert, no pertenecía a la rama principal de la familia mencionada, de la cual era jefe, aunque tampoco dueño de la Casa de las Conchas, un D. Pedro Maldonado y Pimentel, también afecto a la causa de las Comunidades, del cual me parece oportuno decir aquí algunas cosas, de todos sabidas, por si hay alguien que las tenga olvidadas, cosa que a mí me acontecía no hace muchas horas...Notorio es que Salamanca acudió en auxilio de Segovia contra el alcalde Ronquillo, como casi todas las ciudades castellanas. Principió en Salamanca la cosa por un gran motín (¡indudablemente estalló en el Corrillo de la Hierba!), durante el cual quemó el pueblo una casa del mayordomo del terrible Fonseca, arzobispo de Santiago, derribó otras muchas, y arrancó las varas a las autoridades. En tal coyuntura, el poderoso D. Pedro Maldonado y Pimentel, creyendo que los victoriosos amotinados no podían hacer nada bueno en Salamanca, y sí se lucirían muchísimo yendo en auxilio de los Comuneros, formó con ellos una crecida hueste, y los llevó a luchar contra los imperiales. Los salmantinos lidiaron en diferentes jornadas con varia fortuna, que se les declaró al fin totalmente, adversa en los campos de Villalar. Al lado de Maldonado Pimentel, o mejor dicho, en las filas de su gente, peleó allí como bueno otro Maldonado, algo pariente suyo y también hijo de Salamanca, y ambos cayeron prisioneros después de su derrota. -Fueron entonces condenados a muerte los principales cabecillas o jefes de Comuneros; pero como el D. Pedro Maldonado Pimentel tuviese parentesco con el famoso Conde de Benavente, consiguióse que el otro Maldonado, conocido por el de la calle de los Moros, muriese en lugar suyo con Bravo y con Padilla, cual si este bárbaro ardid pudiera deslumbrar a la opinión pública... ni aun en tiempos en que no había periódicos. Y al cabo sucedió que los imperiales, después de guardar encerrado algunos meses al Maldonado Pimentel, diéronse cuenta de que nadie había sido engañado con la sustitución referida, y tuvieron que degollarlo también, me parece que en Simancas, un año después que a su homónimo. -Por manera que el insigne D. Pedro trocó por un año de vida los siglos de popularidad que ha disfrutado y disfrutará todavía muchísimo tiempo la memoria del pobre D. Francisco, y el alto honor de figurar en el mencionado cuadro de Gisbert.”

La delgada línea de la realidad

La delgada línea de la realidad

            Ella y El se conocieron por esos caminos azarosos que traza Internet y ni siquiera los millones de metros cúbicos de océano que los separaban pudieron impedirlo. Mas bien al contrario, durante dos años aquella relación se fue estrechando y fue, entonces,  cuando decidieron conocerse para lo que Él, abandonando su posición virtual, dio el salto a la realidad y se conocieron personalmente. Aquello no hizo más que avivar la pasión, por lo que a la madre de ella no le extrañó demasiado, cuando su hija, una guapa y brillante estudiante de Ingeniería, decidió con veintiún años dejar sus estudios para ir a la tierra de El, donde se casaron.

           De aquellos meses en los que estuvieron casados poco se sabe, salvo que en un momento determinado Ella no debía estar demasiado bien, pues estuvo acudiendo a la consulta de una sicóloga. Lo que sí se sabe es que un día Ella desapareció de su hogar. El, en principio, denunció aquella desaparición, pero a los pocos días retiró la denuncia alegando que la había visto en una localidad cercana y que Ella lo había abandonado por otro. Su madre desde aquel país lejano, ahogada en pena, no terminaba de creerlo. Los meses pasaron y aunque su madre nunca se olvidó de Ella.

           El pareció olvidarla, hasta que un día……en un terreno próximo a una población cercana alguien encontró una vieja maleta semienterrada y avisó a la policía. Procediendo a su apertura se encontró en su interior un cadáver que no se tardó en identificar como el de Ella. Los acontecimientos entonces se precipitaron y El fue arrestado como sospechoso. Todo lo señalaba pero nunca se averiguaron las respuestas a los múltiples interrogantes que surgían, porque al día siguiente El se ahorcó en la celda en la que estaba.

           Este post que podría ser un relato ficticio es, desgraciadamente, coincidente en todos sus aspectos con una historia real Cada vez me convenzo más que la línea que separa a la realidad de la ficción es cada vez es más fina.

De libros e historia

De libros e historia

           La televisión pública andaluza no destaca por su calidad, sin embargo hay un programa que es la excepción a ello. Me refiero a El público lee, un interesante programa sobre literatura de una hora de duración que presenta Jesús Vigorra. Cada día está dedicado a un libro para eso acude el autor y tres lectores y entre todos se comenta de manera amena e interesante, profundizando en esa obra y en su autor. Siempre hay un rato para recomendación de otros libros. Siendo el mismo programa y presentador, influye mucho el autor de cada semana para que no me acabe aburriéndome o no aparte los ojos, como si estuviera hipnotizado, de la pantalla.

          La semana pasada acudió Antonio Gala. Es un escritor del que no me gusta mucho lo que he leído de sus novelas, pero sí recuerdo con verdadero deleite aquellos artículos en el País en los años 80 que se agrupaban con el genérico nombre de "Charlas a Troylo" y "Cuadernos de la Dama de Otoño" más tarde. El programa con su presencia resultó muy interesante, presentaba su último libro "El pedestal de las estatuas", donde nos narra la historia de Antonio Pérez el que fue secretario de Felipe II y, al parecer, entra un poco en aquella intrahistoria o historia menos conocida de aquel mundillo y sus intrigas palaciegas. Con sus opiniones se puede estar o no de acuerdo, pero no puedo negar la gran agudeza intelectual de este escritor que es capaz de sacar a la luz ideas originales e interesantes. Tras este programa me quedé, desde luego, con ganas de leer ese libro.

Día de primavera

Día de primavera

         Todos los días antes de salir a la calle, a esas horas en que el amanecer se despereza, miro a través de la ventana para captar los síntomas de esta esquizofrenia meteorológica que llevamos padeciendo durante las últimas semanas. Hoy no ha sido necesaria esa mirada al cielo, pues antes de abrir la ventana el gorjeo alegre de los pájaros me avisó de que hoy sería un día plenamente primaveral.            

          No me es fácil, en general, recordar donde me hallaba, en tal día, muchos años antes, pero hoy sí hay un acontecimiento que me hace recordar que hace exactamente veinticinco años me encontraba, a varios cientos de kilómetros de aquí, en la boda de una amiga. Era la primera boda de alguien de mi generación a la que asistía y por eso de ser la primera la miraba como más expectante y admirativo, después acudí a todas las demás, salvo las de los más recalcitrantes que se empeñaron en continuar como “singles”.            

          La noticia, en estos tiempos que corren, es que tras pasar todo este tiempo, hoy veinticinco años después, la ilusión entre ellos sigue viva. Han transcurrido por medio, muchos veranos, otoños e incluso, sin duda, jornadas de muy duro invierno, pero lo importante es que aún sigue habiendo días que cómo el que hoy pregonan los pájaros que, para ellos, continúan siendo de primavera.

Andar por andar

Andar por andar

(dibujo por elbucaro)   

" A andar por andar, a caminar sin prisas trenzando la mirada con el paso, aprendí en Salamanca.

Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado.

    Es la famosa leyenda grabada en una placa sobre la fachada trasera de la Universidad, justo enfrente de la Catedral Nueva y del Palacio de Anaya, donde yo estudié Letras. Letras en libros y letras en bronces por la calle, leídas al pasar, grabadas en la memoria como oraciones. Podría parecer que no estaba sacando nada en limpio al aprender y recitar, como quien no quiere la cosa, aquellos loores de mi ciudad. Pero las palabras cervantinas se inyectaron en la cadencia de mi paso para siempre. Y el hechizo revive al recordarlas."

(Rutas de Salamanca en mi recuerdo- Carmen Martín Gaite)

Meme literario

Meme literario

         Acepto la invitación que me hace Gatito Viejo en su blog para participar en esta meme literaria que circula por internet. Me parece interesante esto de que el azar acerque las líneas y, además, y a un libro, hasta ahora tal vez desconocido, al que lea este post. Consiste en abrir un libro por la página 139 y transcribir un párrafo. Tomo un libro de Angel Zapata atractivo y práctico para el que se anime a sumergirse por los fondos de la escritura:

"Hasta hace algunos años (puede que cinco o seis), os confieso que solía ponerme muy serio en el momento de escribir. Tal como yo lo percibía entonces, el hecho de escribir estaba en las antípodas de esa actitud espontánea y enteramente natural que recomienda Natalie Goldberg para la práctica de la escritura".  (La práctica del relato- Manual de estilo para narradores - Angel Zapata- Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja-pág. 139).

Escucharte en el silencio...

Escucharte en el silencio...

        ...en palabras mudas rebosantes de vida es, una tarea que creía imposible y en la que el tiempo me está instruyendo, como a prestarle oídos a la sinfonía de la vida. Resuena en mí el tictac de un corazón exageradamente vivo, sin manecillas, y tus buenos deseos van copando los últimos intersticios de mi cuerpo. Tu presencia ausente me acompaña, desde la aurora hasta el atardecer, engalanando mi día con adornos de colores siempre nuevos y modelando, sin intencionalidad, mis deseos en figuras deseosas de caricias mimosas. Tu mirada profunda cubre mi desnudez de una pátina invisible que me hace perder el miedo al universo circundante.    

       Y yo sueño…con ese momento en que tu presencia cercana destroce, al fin, todas mis fantasías y anhelos porque ya no será necesario el  mantenerlos.

El cuento número trece

El cuento número trece

        Este libro es la ópera prima de la escritora inglesa Diane Setterfield. El argumento gira en torno a su protagonista, Margaret Lea, que hace, a la vez de narradora.  Margaret vive en el  hogar paterno, trabajando en la librería de libros antiguos de la que es propietario su padre. Un día recibe una extraña carta por la que la famosa y anciana escritora Vida Winter, cuya vida siempre ha sido desconocida por sus lectores, le solicita que vaya a verla a su apartada casa donde quiere que ella escriba su biografía que por primera vez va a revelar.  Al principio duda pero luego accede a quedarse en aquella casa, donde va a vivir durante meses, y a dejarse atrapar por la narración, cada vez más intrigante, que le hace Vida Winter.

         Da gusto leerlo por lo bien escrito que está. Una novela que rebosa metaliteratura, por un lado tenemos la antigua narración de la anciana y por otro la narración que nos va haciendo Margaret, de como se siente y de lo que escribe. Una historia que si en principio parece que podría ser como la de cualquier familia, nos va atrapando entre sus palabras y nos anima a no dejar la lectura. La escritora no quiere al final dejar cabos sueltos y los deja bien atados en sus últimos capítulos.

Amanecer marino

Amanecer marino

           Cuando durante años estamos acostumbrados a ver las cosas de una determinada manera tenemos tendencia a imaginar que esa es la normal o la única y fue Einstein el que muy hábilmente al plantear su teoría de la relatividad indicó que la observación de los fenómenos depende del sistema de referencia que use el observador. Eso del sistema de referencia es un hecho físico pero de gran aplicación en la vida cotidiana.            

          Casi siempre he vivido junto al mar y por ello he disfrutado, aún me siguen asombrando, de multitud de puestas de sol tras el horizonte y he disfrutado de esos colores tenues y a la vez vivos con los que parece explotar la naturaleza a esas horas. A pesar de que madrugo y el amanecer me suele sorprender por la calle, sin embargo, no habré visto más de cuatro o cinco amaneceres en que el sol brotaba del mar. Me sorprendió que era algo que también ocurría la primera vez que, asombrado, pude contemplarlo.            

           Por eso esta foto es histórica, está realizada en el extremo sur de la Península frente a la costa africana, data de 1984. Yo acababa de terminar el servicio militar, aún me ponía espontáneamente firme cuando veía una bandera. Y tuve la oportunidad de pasarme unos días de “desintoxicación” de aquel ambiente, antes de volver a mi vida habitual. Fueron unos días sosegados, de esos en los que el reloj se puede guardar en un cajón, los que me alojé en una casa cuya pared delantera estaba inmersa en la arena de la playa. Aquella mañana quise madrugar y salí a la playa con la cámara para atrapar aquel momento mágico en que el sol se desperezaba, coincidió con el momento en que los pescadores arrastraban las redes hacia la orilla. Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras también diría yo que puede evocar recuerdos, como en este caso, que pueden desarrollarse en trescientas veintisiete palabras.

Una tentación irrefrenable

Una tentación irrefrenable

           Ella estaba especialmente nerviosa, hoy iba a coincidir de nuevo con Él, pero ese encuentro sería distinto a todos los tenidos hasta ahora. Cuando se acercó a la habitación aquel aroma tan peculiar, que Ella sabía que sólo podía provenir de su cuerpo, le reveló que Él estaba allí. Efectivamente, lo pudo ver tendido cuan largo era, como si estuviera esperando su llegada. Ella se acercó despacio, paladeando cada instante que los separaba. Su olor, ahora cercano, la excitó profundamente y no pudo reprimir el gesto espontáneo de acercar sus dedos y acariciar, resbalando con delicadeza, su piel suave. Al apartarlos su humedad quedó adherida a las yemas que en un gesto casi pícaro fueron desapareciendo, una a una, en el interior de aquella boca coronada de un radiante carmín rojo. Fue, entonces, cuando  acercó su cara hasta casi rozarlo y con gesto mimoso lo lamió muy muy despacio. Aquella íntima proximidad la provocó y se sintió junto a Él aislada del resto del mundo.

            No pudo resistir más…asiéndolo con ambas manos abrió su boca cuanto le permitía sus maxilares y clavándole los dientes, no exenta de remordimientos, le arrancó un trozo de carne.

            Le daba pena y había intentado reprimirse, porque no podía dejar de pensar que había criado a aquel pollo, pero ¡tenía tan buena pinta en aquel guiso al ajillo!

Tardes de domingo

Tardes de domingo

            Recuerdo haber leído a mediados de los años setenta un libro de Michel Quoist de título “Oraciones para rezar por la calle”, había una referida a la oración de un sacerdote en esa soledad, muchas veces, agobiante del domingo por la tarde. Los años han pasado y esas horas vespertinas del domingo siguen teniendo, para mucha gente, esa pátina grisácea que evoca a la melancolía. Es como si a esas horas el fin de semana hubiera dado todo de sí y parte de las ilusiones del viernes se hubieran estrellado haciéndose añicos contra el muro de la realidad.Algunos no tienen problema rehuyen esas horas procurando que el domingo se alargue de manera irracional, son los que sumergidos en juergas y holganza no se plantean la semana hasta bien entrada la noche cuando están inoculados en los atascos de entrada a la ciudad o están, incluso, los que extienden su solaz hasta la madrugada del lunes, apoyándose en su cara dura en que ya tendrán para descansar el día siguiente.

           La cercana presencia del lunes empieza a pender sobre nuestras cabezas, anunciándonos y amenazándonos con las sombras de sus ajetreos, sus prisas y sus preocupaciones. Unas sombras que en la distancia parecen más peligrosas de lo que en realidad lo son cuando nos topamos de frente con ellas.

           Están, al fin, l@s que no tienen tiempo para preocuparse porque entre duchar a los niños, prepararle las ropas, preparar la comida del día siguiente y organizar la semana, no disponen  de ese lujo de entristecerse durante esas horas. Y más tarde están tan cansad@s que el sueño les invade antes de que se lo puedan plantear.

La hora perdida

La hora perdida

        Esta noche tendremos el cambio de hora, a las dos habrá que avanzar los relojes a las tres. Pero ¿a dónde va esa hora perdida? La mayoría dicen: "una hora de sueño menos", pero según la vida de cada uno puede ser diferente. Para otros puede ser una hora menos de juerga, una hora menos para hacer el amor, una hora menos para soñar, una hora menos  para esperar el amanecer en la cama de un hospital, una hora menos de guardia...

        Es una hora que se pierde, que no viviremos y que es difícil de aprehender. Incluso si la muerte se despista con el cambio de hora y tiene decidido que uno muera a las dos y veinte, le va a suponer a este individuo un alargamiento de la vida hasta que aquella se decida de nuevo a ponerle fecha y hora. Sólo hay algunos que no perderán esta hora y son los que esta noche vayan en un vuelo de la Península  a Canarias.

¡Cero patatero!

¡Cero patatero!

             He intentado localizar esa norma que ahora han sacado de la chistera por la que no se permite poner un cero en los exámenes, sino un uno como nota mínima. Me parece un despropósito, contra la misma esencia de las matemáticas, poco meditado y que puede crear más perjuicios que ventajas. Se pretende que a un alumno, aunque deje el examen en blanco,  no se le pueda colocar esa cifra, cerrada sobre sí misma, tan original como resulta el cero. Se me ocurren algunos problemas de entrada.

            Si se es profesor de matemáticas y se ponen diez problemas en un examen, si hay un alumno que no resuelve ninguno ¿en base a qué se le puede poner la misma nota al que ha resuelto un problema que al que no resuelve ninguno? En el fondo lo que se está haciendo es regalarle un punto al que no sabe absolutamente nada, que es el que menos se lo merece. Porque al que saca un nueve si se le sube al 10 se le ha regalado el 10% de la nota que se merece. Si al que saca un uno se le sube al dos el regalo es del 100%, el doble, de la nota que se merece. Pero si de un cero se sube a un uno es el infinito % de lo que se merece. ¿Con que razón le aumentamos ese punto a ese y no al resto? Los de cuatro que se han esforzado mucho más dirían, con toda lógica, que ellos quieren también ese punto que los separa de los límites del aprobado. Con ese punto de “regalo” hay quien propone que la solución sería poner sólo nueve preguntas, así los de cuatro ya estaría automáticamente aprobados y la ignorancia social creada por los últimos planes de estudio se iría extendiendo a marchas forzadas. ¡Qué razón tenía un profesor que tenía de matemáticas que decía que cada cambio a nuevo plan de estudios era inversamente proporcional a lo que aprendían los alumnos afectados!Estamos creando un punto de la nada y eso es muy delicado.

           ¿Quién dice que eso no puede crear un peligroso precedente? Imagínese el resultado de un partido de fútbol que, con la excusa de que no cunda el desánimo de los jugadores y sus aficionados, todos los resultados se transformen en uno, para evitar la vergüenza inherente a no haber metido ningún gol en la portería ajena. Dirían que por el solo hecho de jugar ya se merece el uno en el marcador. Sólo se piensa en el alumno, pero ¿y en los profesores? Es un gremio cada vez más maltratado síquicamente, nadie ha pensado que es negarles esa insignificante, pero necesaria terapia, de imprimir un rotundo cero en los exámenes de esos alumnos díscolos, vagos redomados y flojos recalcitrantes.

          Yo al que sí  le pondría un cero patatero es al que se le ha ocurrido esa genial idea que va a poner a temblar los cimientos de la propia matemáticas.

Hace veinticinco años...

Hace veinticinco años...

            Las efemérides ayudan a la memoria a recordar hechos que con el tiempo aparecerían desdibujados. El otro día cuando leía que ahora se celebran los veinticinco años de la concesión del premio nobel a Gabriel García Márquez algunos recuerdos vinieron a mi mente.

            Aquel año vivía yo en Ciudad Real, aún no se hablaba del AVE, y más que una capital de provincias me parecía un pueblo grande de poco más de cuarenta y cinco mil habitantes. ¡Qué diferente a la ciudad a la que volví de excursión el pasado verano! Allí fue donde tuve mi primer contacto con la vida laboral, dando clases, y a la vez estudiaba una asignatura que me había quedado para terminar la carrera. No tenía mucho tiempo y, entonces, los únicos libros que leía eran los de preparar las clases y los de Química Orgánica. La literatura era una gran desconocida para mí. No veía demasiada televisión aparte de ver los sábados, después de comer, las apasionantes aventuras de D’Artacán y los mosqueperros. Lo que sí hacía alguna noche era subir con un amigo mío, profesor de Literatura y aficionado a la astronomía, a la azotea y con un planetario de bolsillo y su docta guía, en aquellas noches aprendí a cazar osas mayores y menores, así como dragones por el cielo.  Recuerdo que en una de aquellas noches de observación astronómica le pregunté, como experto en literatura, que le parecía García Márquez como escritor. Me dijo que no valía mucho que sólo había escrito una obra buena: “Cien años de soledad”. ¡Tres días más tarde le dieron el premio Nobel de literatura! Desde entonces le dije que no me volvía a fiar de sus conocimientos literarios ya que discrepaban tanto de los de la academia sueca.