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El búcaro de barro

Día a día

La hora perdida

La hora perdida

        Esta noche tendremos el cambio de hora, a las dos habrá que avanzar los relojes a las tres. Pero ¿a dónde va esa hora perdida? La mayoría dicen: "una hora de sueño menos", pero según la vida de cada uno puede ser diferente. Para otros puede ser una hora menos de juerga, una hora menos para hacer el amor, una hora menos para soñar, una hora menos  para esperar el amanecer en la cama de un hospital, una hora menos de guardia...

        Es una hora que se pierde, que no viviremos y que es difícil de aprehender. Incluso si la muerte se despista con el cambio de hora y tiene decidido que uno muera a las dos y veinte, le va a suponer a este individuo un alargamiento de la vida hasta que aquella se decida de nuevo a ponerle fecha y hora. Sólo hay algunos que no perderán esta hora y son los que esta noche vayan en un vuelo de la Península  a Canarias.

El gran silencio

El gran silencio

         En un momento en que las películas pugnan por tener el mayor número de efectos especiales, es un verdadero deleite el ir a ver esta película. Digo bien lo de ir a ver, porque carece de música y a lo largo de los 164 minutos que dura solo hay tres o cuatro momentos puntuales en que se habla. La película nos retrata la vida cotidiana de los cartujos de la "Grande Chartreuse" en los Alpes franceses. Un paisaje único entre montañas y que, no sé por qué me vino a la mente que es parecido al que dibujó en palabras Tomas Mann en "La montaña mágica".

          Al principio estaba un tanto nervioso, pues la costumbre me pedía que "ocurriera" algo, hasta que mis sentidos se relajaron y se adaptaron a que no pasara nada, a que fueran transcurriendo las estaciones, los toques de campana, el trabajo callado y la oración ante la vela roja del Sagrario. Su director Phillip Groening pidió permiso para rodar en 1984, y le dijeron que le llamarían cosa que hicieron dieciséis años más tardes. Estuvo seis meses viviendo con ellos y filmando con su cámara. La película es el resultado de ello.

           La vida cotidiana de los monjes asoma ante nuestra mirada. Usa primerísimos planos y un zoom que difumina muchas veces los fondos. El paisaje va cambiando con las estaciones del año y la luz que tiñe los rincones del monasterio tambien. Desde la butaca se dedica uno a contemplar aquello como un observador, sabiendo que el final puede estar en cualquier momento ya que no hay una secuencia  lógica de escenas ni un previsible desenlace.

Entre poemas

               Mi afición a los libros data de mis años infantiles cuando me introduje en ellos a través de la multitud de tebeos que había en mi casa. La lectura siempre la he entendido como una relación personal entre el libro y yo, donde situados en un rincón en una dualidad caprichosa compartimos nuestro tiempo. Esa inmersión me permite vivir grandes aventuras o experimentar las más sentidas emociones que se desatan simplemente por la captación de las palabras.   

                 Al entender esta actividad de una forma tan íntima, nunca me ha gustado que me lean los libros en voz alta. Me parece como si esa voz ajena, actuara como elemento distorsionador de esa cercanía. Aunque esto, tiene para mí una excepción: la lectura de poemas. En el taller literario en el que participo desde principios de curso tuvimos ayer el final de la primera parte, la dedicada a la poesía. Y tuvo la buena idea José Mateos, el ponente, de invitar a su amigo Pedro Sevilla, poeta  natural de Arcos de la Frontera, a hacer una lectura de poemas. 

              Las palabras de Pedro envueltas en sentimientos en los que se trasparentaba el niño que fue, el amor a su madre o los poetas de los que aprendió, sonaron al atardecer, en el silencio de la biblioteca. No un silencio apagado, sino el silencio vivo y emocionado que brota de la presencia atenta de un grupo de amante de las letras que escuchan con atención aquellas palabras cargadas de luminosidad. Una sesión inolvidable como colofón al acercamiento que hemos hecho a la poesía y que sirve de prólogo para comenzar con la narrativa

Pepe

Pepe

        Lo conocí hace varios meses cuando llegó por primera vez a mi oficina. Lo vi acercarse con movimiento oscilantes, mientras un olor a vino impregnaba el ambiente. Su rostro hundido en arrugas y su barba cerrada de varios días. Venía acompañado de su hija de unos trece años. Con ánimo irascible y aspecto despectivo la lengua se le trastabillaba. Intentó hacerme comprender, con enorme dificultad, lo que quería. Su hija a su lado miraba y callaba, comprendí que la madre la había mandado de sobria compañía. Estuvo unos minutos en que se enfadó varias veces y cuando marchaba estuvo a punto de dar un traspiés por la escalera que fue hábilmente frustrado por una agarrada de su hija. No fueron unos instantes demasiado agradables.            

        En otra ocasión fue la mujer la que vino a solucionar un papeleo que tenía que arreglarlo él, le insistí que viniera Pepe. Entonces fue cuando ella me contó que hacía un par de años se le había muerto un hijo en el ejército y que él cuando venía de trabajar lo habitual era que se fuera al bar a beber y llegara borracho. No lo había superado y era su manera de olvidar y de expulsar su frustración. Ahora comprendí la rabia que aquellos ojos transparentaban, era contra ese comportamiento inexplicable que, en ocasiones, tiene la vida. Me di cuenta que empezaba a entenderlo con otros ojos.            

         A los pocos días vino, me saludó amigablemente estrechándome su mano, hoy venía sobrio e, incluso, simpático. Yo creo que algo tuvo que ver, lo que le dije a su mujer que le transmitiera: que antes de entrar por la puerta le íbamos a hacer soplar por un alcoholímetro. Desde entonces, cada vez que viene, da gusto hablar con él.

Una molestia internaútica

Una molestia internaútica

            Al igual que hace unos días me alegraba de las ventajas de Internet para encontrar un libro, esta vez voy a quejarme de alguno de los perjuicios que causa y he sufrido.

           Hace unos días recibí una llamada a mi teléfono móvil de alguien a quien no conocía, diciéndome que había visto por Internet que yo vendía un Audi. Le comenté que coincidíamos en algo: a los dos nos gustaría tener un Audi. Pero también discrepábamos en otra cosa: yo no me puedo plantear el comprarlo.Supuse que había intercambiado los números al llamarme y de ahí había surgido el error, Pero cuando recibí tres llamadas más con el mismo asunto ya  me di cuenta que alguien se había equivocado y había puesto mi número de móvil para contactar en la venta de su coche. Como aquello tenía trazas de prolongarse, en la cuarta llamada, le pregunté en que página había visto eso. Cuando me dijo la dirección entré en la página, pero ¡ingenuo de mí! Aquello era como buscar una aguja en un pajar. No podía imaginar que hubiera cientos de personas intentando vender un Audi. Tras esta infructuosa búsqueda tuve que esperar las llamadas de dos interesados más para localizar la ciudad y el precio en que lo vendían, dos datos imprescindibles para la búsqueda que tenía que hacer.

          Volví a entrar en esa web y tras recorrer, con la ayuda de esos datos, pormenorizadamente veinticinco páginas con veinte anuncios de Audi por páginas, finalmente localicé el que buscaba y allí aparecía flamante mi número de móvil. Ya con esos datos llamé al administrador de la página para que diera de baja el dato. Por el que lo siento es por el que vendía ese Audi 8, a quien nadie habrá llamado, pero le está bien empleado por el despiste que tiene encima.

Ya lo tengo...

Ya lo tengo...

... en mis manos. Tras dos meses de búsqueda, imposible de localizarlo en mi librería habitual y en otras cuatro librerías, y agotado en la editorial, recurrí a un post de este blog a ver si alguien me podía conseguir este libro en algún rincón del planeta. Pues al fin lo tengo, me lo encontraron en una recóndita librería a seiscientos kilómetros de aquí. Todo gracias a la magia de internet, de los Reyes Magos,...pero sobre todo de la Amistad.

Se busca...

Se busca...

               Es difícil indicar cuáles son las razones que me conducen a la lectura de un libro porque son variadas. Unas veces es cuando llega en forma de regalo, otra cuando me grita que se quiere venir conmigo desde lo alto de la estantería de una librería, en otra ocasión una crítica desde una revista me atrae el interés y últimamente, cada vez más, por el boca a boca de algún lector del que me fío o de los consejos que me dan por internet. De todo ello la conclusión que saco es que hay libros que me atraen, que me obsesionan hasta que los acabo, pero que  los que en verdad me dejan huellas son aquellos que no son conocidos, ni aparecen en las listas de los más vendidos y que, casi por azar, llegaron a mis manos.

                Uno de esos títulos que me llegaron por caminos extraños ha sido "La modificación" de Michel Butor. Lo he intentado buscarlo en mi librería habitual, pero al parecer está agotado hasta en la editorial. Me he quedado con la frustración de querer sumergirme en sus páginas y la imposibilidad de poder hacerlo.

                Por eso he puesto el "se busca" en este post, ya que la única posiblilidad sería la de encontrar algún ejemplar arrumbado en cualquier librería cercana a cualquiera que un día entrara por aquí.  Si alguien lo encuentra agradecería que me avisara...

El sacramento de la vela de Navidad

El sacramento de la vela de Navidad

           "Era víspera de Navidad; la primera Navidad fuera de la patria…

           …La misa de media noche fue muy hermosa cantada por los aldeanos, vestidos con pantalones de cuero hasta la rodilla, con gruesas medias y aún más gruesos zapatones. Tocaron sus instrumentos, con melodías típicas de Baviera. Parecían y bien podrían haber sido, los pastores de Belén. Cuando todo acabó se hizo un gran silencio. Por los valles se distinguían lucecitas caminando: eran ellos que regresaban presurosos glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído.

            Hacia la 1,30 de la madrugada, suena la campanilla del convento. A la puerta está una viejecita. Aferra un farol encendido. Va toda envuelta en un grueso manto color ceniza. Traía un paquetito. Dijo: “Es para el Paterle (padrecito) extranjero que estaba en la misa del gallo”. Me llamaron. Me entregó el paquete todo adornado, con breves palabras: “Usted, señor, está lejos de su patria, distante de los suyos. Esto es un regalo para usted. También para usted hoy es Navidad”. Me apretó fuertemente la mano y se alejó en la noche bendecida por la nieve.

              En la habitación, solo, mientras recordaba imágenes de la Navidad en casa, muy parecida a ésta aunque sin nieve, deshice con reverencia el paquete. Era una gruesa vela color rojo oscuro, toda trabajada y con un fuerte soporte de metal. Una noche iluminó la noche de la soledad. Las sombras se proyectaban largas y trémulas en la pared. Ya no me sentí solo. Fuera de la patria había acontecido el milagro de toda Navidad: la fiesta de fraternidad de todos los hombres. Alguien había entendido el mensaje del niño: hizo del extraño un prójimo y del extranjero un hermano.

             Hoy todavía después de algunos años, la vela vigila durante la Navidad sobre el estante de los libros. Todos los años, en la noche santa, se enciende. Y se encenderá siempre. Al encenderse recordará una noche feliz, entre la nieve, en la soledad. Recordará el gesto de dar que es algo más que un brazo extendido. Traerá a la memoria el regalar que es más que dar. Hará presente la Navidad con todo lo que significa de humano y de divino. Esta vela de Navidad es más que una vela cualquiera por muy artística que sea. Es un sacramento navideño. "

(Los sacramentos de la vida - LEONARDO BOFF)

            Cada vez que leo este texto resuena en mi interior despertando mis emociones, tal vez porque yo tuve la experiencia de ser acogido en un día de Navidad y conté con una serie de personas que no me hicieron sentirme extranjero en tierra extraña, sino uno más de ellos. Desde aquí, en este día, mis mejores deseos de felicidad para todos los que entráis por aquí de vez en cuando. Se las deseo, especialmente, a aquellos que se sienten envueltos en la soledad y, también, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que tanto abundan en el mundo y de los que tan poca propaganda se hacen.

Transformación

         El otro día estuve en una audición musical en el Conservatorio con motivo del final del primer trimestre. Los músicos eran niños esforzados que tocaban con más afición que calidad, algo que poco importaba a padres y abuelos que lagrimosos y emocionados aplaudían tras las correspondientes actuaciones. Cuando le tocó el turno a una joven de aspecto desgarbado y hablar ordinario y ceceante, una de tipo "cani" como dicen ahora los adolescentes, acercó la flauta travesera a su boca y cual si un coro de los ángeles allá estuviera, dejó escapar una agradable melodía que enmudeció de sorpresa al auditorio. Y es que, pensaba el aspecto externo de una persona y la creatividad que emite, en cualquiera de sus formas, no tienen nada que ver.

           ¿Cuántas veces habremos leído un libro pleno de sensibilidad, de esos que nos llegan bien dentro y cuando hemos leído una entrevista al autor nos hemos quedado francamente decepcionados? O hemos visto un cuadro de gran belleza y el pintor resulta ser un tipo hosco y desaliñado. Y es que la creatividad es algo que está más allá de toda cuadrícula, no se puede encerrar entre muros, es libre y vuela por todo el universo, esperando ese ser cualquiera capaz de atraparla y sobre todo expresarla a los demás.

La circunferencia redonda

La circunferencia redonda

        Sí ya sé que es algo reiterativo el título de este post, pero se me ha ocurrido al sufrir las circunstancias, que empujadas por algunas personas determinadas hoy se han esforzado en convencerme de que las circunferencias tienen vértices. Inicialmente me ha supuesto un cierto trastorno, pero no me ha durado mucho, aunque todavía noto un cierto temblor cuando lo recuerdo. Pero yo sé algo que ellos desconocen y de lo que no pueden hacerme dudar: que el cociente entre su longitud y su diámetro será siempre, mal que les pese el número p.

Visitantes de ida y vuelta

Tengo la gran ventaja de estar en un trabajo donde al ochenta por ciento de los papeles que manejo les pongo el rostro del interesado. Sé que tras las palabras, la mayoría de entendimiento ininteligible, que se desparraman por esa celulosa transformada hay toda una historia que suelo conocer y tras esas frases redichas no me resulta complicado ver los ojos.

Algunos de estos interesados son visitantes habituales de mi oficina pero hay otro grupo que llamaría de "ida y vuelta". Son seres inhabituakes que un día, en el que los conozco, aparecen por la puerta con la espalda invisiblemente doblada por la espalda de un problema, algunos de especial complejidad y de difícil solución que hay que desenmarañar. Yes, a partir de entonces, cuando esa visita se convierte en algo de costumbre y durante semanas, o incluso meses, nos convertimos en algo más que contertulios y, aprendemos a conocernos, hasta que llega ese momento en que un simple  escrito pone final, en general feliz, a tan elaborado proceso.

Y, después de eso, ya desaparece y es sustituido por otros y por otros problemas, pero hay veces que al cabo de unos años, vuelve aquel rostro, que se hizo familiar, a aparecer. El otro día reconocí a una mujer que vino por otra cosa, y le dije: ¿tú eres la mujer de Pepe? Si, me contestó. Y, aunque hacía diez años que no la veía y estos se habían incrustado en su rostro, recordaba las muchas veces que tuvimos que hablar por el caso de su marido. A él nunca más volví a verlo. Hoy está trabajando en el campo. También el otro día volvió por allí una joven, quien hace varios años fue visitante asidua, con un gran problema familiar su madre había muerto hace años y ahora era su padre el que había fallecido. Ella estaba recién casada y los hermanos aún eran pequeños. El otro día me estuvo contando que su hermano pequeño, ya todo un hombre, estaba ya trabajando y con un sueldo medianamente bueno. Y recordábamos aquella época en que lo pasaron tan mal y que hoy, eso fue lo que más me animó, la podía recordar con una gran sonrisa en la boca.

¡Gracias!

¡Gracias!

        Hay momentos en que la necesidad de decir algo supera la certeza de que alguien lo escuche y hoy es uno de ellos:

        “Gracias por demostrarme que eres mucho más que un hermoso sueño, que despierta con la aurora”. 

El agujero

El  agujero

         El primer piso en el que viví, en este pueblo, era un tercero en que la única vista a la calle era una minúscula terraza lavadero donde, además, a lo lejos, en un hueco entre edificios se veía un trozo minúsculo del mar. Me gustaba asomarme a aquel rincón en que mi mirada fluía por aquella estrecha hendidura y era capaz de navegar muchas millas sobre las olas.

         Los años han pasado. Ya no vivo allí y cuando paso por delante me entristece ver que aquella terraza desapareció de la vista de la calle, las casas de alrededor en un crecimiento imparable, acumularon ladrillos y la vista al infinito se trocó en un reducido hueco interior donde a duras penas entra la luz.

         ¿Por qué será que, en general, los años con su "progreso" y crecimiento van taponando los agujeros por los que circulan los sueños? Algo similar nos ocurre a los seres humanos que tenemos que estar atentos para que esos agujeros (una sonrisa, un libro, un atardecer, un vaso de agua fresca, un encuentro,...) por los que nos entra la luz y nos hacen volar hacia esos momentos únicos, no se nos atoren con esas buenas excusas de la maduración y del realismo. Sólo de nosotros depende el mantener esos agujeros, abiertos al infinito, siempre lozanos y en perfectas condiciones.

 

Medineando

Medineando

         Aprovechando estos días de ocio he hecho una visita a Medina Sidonia. Situada en el centro de la provincia de Cádiz en la denominada Ruta del Toro, su privilegiado enclave, se puede subir hasta las ruinas del castillo a 300 metros de altitud, permite divisar una gran riqueza paisajística donde el verde de la campiña se mezcla con un azul del mar que parece haberse pintado allí de una manera imposible.

         Es una ciudad impregnada de historia. La colonia romana de Asido Caesarina se ubicó sobre un asentamiento fenicio. Con el nombre visigodo de Medina destacó como cabecera de la provincia. Fue conquistada en el 712 por los musulmanes y reconquistada en 1264 por Alfonso X el Sabio pasando a formar frontera con el reino nazarí de Granada. Todas estas culturas han dejado vestigios monumentales que salpican un entramado urbano cuidado y caracterizado por casas bajas y blancas típicas la arquitectura de la zona.

          Mal lugar esta ciudad para los que deciden hacer dieta, destacan sus suculentos guisos y, sobre todo, una repostería cuya fama atraviesa fronteras y que es uno de sus mayores atractivos turísticos. Una interesante iniciativa del Ayuntamiento ha sido del 1 al 10 de diciembre organizar la 2ª jornadas de puertas abiertas. Distintos monumentos abiertos y señalados donde se ocupaban de dar planos e información al visitante, exposiciones, mercadillos,...etc, que hacían sumamente agradable el paseo a los que habíamos sustituido los centros comerciales por el callejeo de dicha población. Dignos de ver los patios incluidos en la visita (ver foto), de casas particulares. Patios cuidados, andaluces, donde los geranios pugnan al subir los escalones y que los vecinos enseñan con mimo y orgullo. Siempre se aprende algo nuevo cuando se alimenta al espíritu con saber, visión y aromas...¡cómo olía la pastelería!

           Sin embargo, no a todo el mundo le gusta aprovechar estas ventajas. Una pareja entraba en una hermosa iglesia mudéjar cargada con bolsas de compra. Se le acerca el que informa sobre el monumento para darle un folleto artístico, la mujer lo rechaza diciéndole:

-¡No gracias! Sólo hemos venido al pueblo a comprar manteca y al ver la puerta abierta nos hemos asomado por simple curiosidad.

Ocurrencia

Ocurrencia

           Ocurrido en un taller literario al que asisto semanalmente. Una compañera rozando la treintena lee un texto que ha escrito: "las paredes esconchadas...".

-No se dice esconchadas, sino desconchadas-aclara el profesor del taller.

-Mira que se lo dije a mi madre, que fue la que me dijo que se ponía así-se justifica ella.

-¿Y por qué no miraste en un diccionario en vez de preguntarle a tu madre? ¿No tienes un diccionario en casa?

-Sí, pero de inglés.

         Reflexiono: seguramente es más acogedor tener en casa a una madre que a un diccionario, aunque eso suponga en un caso como éste escribir "esconchar". Aunque, es una palabra que tiene un sonido hasta agradable...

 

Atravesando la puerta

Atravesando la puerta

     Hoy al atravesar la puerta de la Cartuja de Jerez un universo de sosiego silencioso, provocado por la sinfonía de trinos y viento fresco, me invadió y me vinieron a la mente las palabras de Fray Luis de León en su "Oda a la vida retirada":

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes del estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
Roto caso el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestüoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendo,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atendido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no tema airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando,
con sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado.

Una seductora pareja

Una seductora pareja

         Hay veces que la vida nos aleja de alguien y al cabo de los años como si girara sobre sí mismo nos lo volvemos a encontrar. Eso me ha ocurrido con Ignacio a quien conocí en otra ciudad, a sesenta kilómetros de aquí, hace ya casi cuarenta años y establecimos la confianza típica de quien presta su cabeza para que  modelen sus formas a fuerza de tijeras y maquinillas. Los años pasaron y las circunstancias me hicieron recorrer muchas ciudades hasta que me establecí aquí y me volví a reencontrar con él que vive, ahora, a cinco minutos de mi casa.

         De vez en cuando nos sonreíamos y saludábamos al encontrarnos. Nuestros recuerdos detenían nuestros pasos y avivaban nuestros diálogos. Hacía tiempo que no lo veía, pero un día me encontré por la calle a su mujer y me dijo que ya no podía salir de casa, que aquellos dieciséis escalones que le separaban de la calle eran demasiados para una pierna enferma que, debido a su edad, ningún médico se atreve ya a operar. Le dije que iría a visitarles.

         Y eso hice hoy, tras unos encargos matinales ineludibles, aprovechando que no trabajaba fui a visitarle. Pude ver la alegría en sus ojos y en la fuerza de la mano que me estrechaba y allí me senté frente a él en aquella terraza que le vale de atalaya.  Al poco de sentarme noté que me iba a sentir muy a gusto con la conversación viva de aquella pareja. A él sólo le falta un año para llegar a los noventa y ella no le va muy a la zaga.

         Hablamos de recuerdos de entonces, para mí infantiles, y de personas que ya sólo viven en el rincón de algunas memorias. De esta terraza por la que ve transcurrir la vida, distrayéndose con los paseantes, las nuevas construcciones o los automóviles que en una rueda sin fin aparcan y dejan los aparcamientos. De sus veintinueve sobrinos de los cuales sólo una se preocupa por ellos y les visita. De la sopa con un trozo de jamón que comen todas las noches. De los buenos que son los vecinos. De lo estupendo que es disponer de un aparatito con un botón rojo que han pulsado un par de veces para que llegaran los médicos en pocos minutos. De que antes cobraba un real por cada pelado. De que le han dicho muchas veces que por qué no venden el piso y se van a un asilo, pero ellos son felices allí, en aquel piso sencillo, teniéndose los dos. Y cuando me voy, su mujer agradecida por aquella visita me da una bolsa con pimientos y judías verdes, recién traídas del campo. No puedo decirles que no, pero la próxima vez seré yo quien les traiga algún detalle.

          Salgo bajando estos escalones eternos para Ignacio, y le doy un último saludo a la terraza. No lo veo pero sé que me está saludando. Me voy feliz de este rato y sé que no tardaré en volver, ya no sólo por ellos sino también por mí.

Hollando la arena

Hollando la arena

     Un despertar temprano me lanzó a la calle a esas horas que en los días festivos aparecen solitarias. Acompañado por el sonido de mis pasos me llegué al paseo marítimo y anduve, a buen paso, a todo lo largo dejándome emborrachar de aquel silencio, sólo quebrado por las olas que, llegando por turnos, tapaban pudorosamente la arena desnuda.

     Mis pies hollaban la arena creando un camino de no retorno a mis espaldas y los distintos grises y platas se mezclaban, juguetones, ante mis ojos. Sólo un anciano de gesto cansino, con una gorra embutida hasta las cejas, caminaba por delante de mí, y tras breves instantes de andares se fue alejando a mis espaldas. La arena con ondas peinadas por el viento siguió abrazando la suela de mis zapatos. Frente a mí a modo de una escuela infantil varias decenas de gaviotas estaban plantadas, colocadas como si siguieran unas doctas explicaciones, pero cuando me acerqué debió tocar la hora del recreo pues todas alzaron un vuelo hacia las nubes, para trasladar su aula marina al lugar por donde había pasado hace un rato.

      Un cuarentón sudoroso, con auriculares colgados de las orejas y trote rápido se cruza conmigo. Nubes orondas que parecen crecer de la nada van cubriendo el azul del cielo. Tras unos altos edificios un rayo de sol empieza a asomar y los tonos platas fallecen ante la viveza de esta luz para inundar todo de colores. Pero aquellos seres algodonosos del cielo han procreado multiplicándose en progresión geométrica consigo mismo hasta que devoran al sol. Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer...ahora el agua lo empapa todo.

Cambio de temporada

Cambio de temporada

               Una de las grandes ventajas de los seres vivos es el reaccionar ante las sensaciones. Se me ocurría esto hace unos días cuando fui consciente de que los pies se me habían quedado helados y entonces decidí que iba siendo hora, a estas alturas del otoño, de abandonar las chanclas y los pantalones cortos de casa. Eso me supuso el realizar un relativo cambio de temporada en mi armario Y digo relativo porque no puedo sacar todos los jerseis de lana cuando estas líneas las estoy escribiendo todavía en mangas cortas.            

               Pero el cambio de temporada no es un algo aséptico donde unas vestimentas sustituyen a otra, sino que a la vez que se van guardando algunas prendas van desapareciendo de la superficie muchas evocaciones inherentes a ellas. Cuando una camisa desaparece en el fondo, con ella se va aquel paseo acariciado por la brisa nocturna a la luz de la luna; y con aquellos zapatos, su cimbreo en el aire mientras mis pies se dejaban acariciar por la espuma de las olas al romper en la orilla; y con el bañador rojo aquel cálido reencuentro por la playa tras tanto tiempo; y con aquellos pantalones el sabor de un batido fresco de fresa cuyas manchas salpicadas costó arrancar. Ropas que recuerdan al viento de levante,  a piel tostada, a olor salino, a despertador en  paro, a ciudades nuevas, a perseidas que cruzan el cielo nocturno…en definitiva, a emociones que estuvieron ahí. Estoy seguro que algunas volverán cuando, en primavera, las vuelva a sacar del armario, pero otras sé que, sepultadas entre las baldas y cajones quedarán allí para siempre y, como algunos recuerdos, nunca volverán…

Presentación literaria

Presentación literaria

              El hermoso edificio, con aromas del siglo XIX. que alberga la sede del Casino Gaditano en pleno centro de Cádiz sirvió de presentación a “El librero de la Atlántida, la última novela de Manuel Pimentel. Aquel ambiente recoleto, con poco más de cincuenta asistentes y luces tenues, invitaba a una cierta intimidad. Dos presentadores, el secretario del Casino y el presidente del Ateneo, se encargaron de glosar la figura y obra del escritor: un ingeniero con un gran amor por la literatura y que entre otras cosas es ministro dimisionario. 

              El autor comenzó diciendo que esta novela era muy entrañable para él, es una ficción pero con una cierta verosimilitud. Nace de la combinación de dos elementos. Por un lado de la conciencia de que el clima va cambiando y de esa inquietud que tiene la humanidad de que “algo va a pasar”. Por otro lado el hecho de que la sociedad se va a complicar, hasta ahora los avances tecnológicos suponían mayor confort, pero nos vamos haciendo conscientes de que estos ahora, además. provocan un impacto medioambiental. Esa es una duda que tendrá en un futuro la humanidad, si el progreso no supone un problema. Con esa duda surge el mito de la Atlántida. Las referencias a la Atlántida aparecen en Platón, también egipcios y griegos hablan de aquellos atlantes. Cualquier otro país  que tuviera referencias de una civilización así, habría explotado eso, pero aquí solo hablan de ellas los artistas y los locos. El escritor cree posible que en el valle del Guadalquivir se desarrollara una civilización muy antigua, aproximadamente hace doce mil años, lo cual parece lógico porque éstas se situaban en torno a ríos templados y, además, contando con la riqueza de cobre que hay en las proximidades. No está de acuerdo con esa ajeneidad con que se ha marcado nuestra historia, de que llegaron fenicios, romanos…pero ya habría aquí previamente una civilización que tendría su eje en la desembocadura del Guadalquivir. 

              El protagonista de la novela, el librero, es un tímido gaditano que lo pasa especialmente mal al carecer de esa gimnasia mental y gracejo tan característico de la zona. Quiere con esta novela evocar y divertir a la vez e introducir el tema: ¿debemos limitar el desarrollo o no?