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El búcaro de barro

Día a día

Desde la terraza

Desde la terraza

           Acabo de llegar no hace mucho. Tras dos días encerrados en un hotel en un curso, he acabado agotado física y mentalmente. Curso aburrido donde los haya, en el que hubo momentos en que usaba el respaldo de la silla para que mi cuerpo no desapareciera en las fronteras del sueño, porque me daba la impresión de unas construcciones lingüisticas fuera de toda lógica y menos interesante que si se hubieran dedicado a explicarme la resolución de ecuaciones diferenciales.

           Algún momento tuvo de bueno y es ese rato que al amanecer tuve desde la terraza de la habitación en la que dormí. El mar silencioso, despertaba con colores tenues y me estimuló para resistir la sufrida jornada.

Una mirada irresistible

Una mirada irresistible

         Hace un par de días el acudir a una reunión en otra ciudad me obligó a levantarme a las cinco y media de la mañana. Doce horas más tarde tras una intensa jornada laboral volvía en el autobús de vuelta. El cansancio fue relajando mis músculos y aquel cimbreo, nada compasivo, del autobús me hizo caer en un dulce sopor.

         Cuando desperté acariciado por el sol de media tarde que entraba a través de la ventanilla, me senti a gusto con esa placidez que da el estar en duermevela. Estaba confuso no sabía ni dónde estaba, ni siquiera si estaba amaneciendo o anocheciendo. Pero en esta atenuación de los sentidos no me pasó desapercibida la insistencia de una mirada. Giré con esfuerzo el cuello y al otro lado del pasillo la ví. Sus redondos ojos negros, luminosos y vivarachos me miraban de una forma irresistible entre descarada y divertida. ¿Qué tiempo llevarían sobre mí aquellos ojos? Cuando la miré en vez de rehuir su mirada, insistió con la suya. Y por unos minutos nuestros ojos impávidos echaron un pulso en el aire.

           Entonces sus labios se abrieron en una sonrisa encantadora, mientras su mano acariciaba su cabello negro. Me fui espabilando y no perdía de vista aquel juego singular de mi vecina de asiento. De pronto con un movimiento súbito cogió su pie descalzo y se lo metió en la boca. Fue cuando dirigiéndome a su acompañante le pregunté su edad y me dijo: ¡seis meses!

Entre mujeres

Entre mujeres

          Vivo en este pueblo desde hace casi veinte años y no por ello me llego a acostumbrar a algunos tics ancestrales que percibo de vez en cuando. Cuando llegué me sorprendió un sentimiento machista ambiental muy imbuido en la sociedad y que, aunque mal visto y por la gente más joven superado, aparecen ciertos coletazos de vez en cuando. Sobre todo en algunos aspectos de la vida social donde queda muy claro lo que debe hacer cada sexo. Lo último ha sido referido a la reunión correspondiente en el colegio de mi hija.

          A la hora de comer me dice mi hija que al comentarle a la profesora que su madre no podría ir a la reunión y que por tanto iría su padre. La respuesta de la maestra fue que no hacía falta que su padre fuera a la reunión, que otro día fuera su madre y ya le contaría lo que se había hablado en la reunión. Como es lógico no le hice ningún caso a aquel comentario, a pesar de que mi hija quedaba algo preocupada de que no siguiera las instrucciones de la maestra, me parece importante asistir a este tipo de reuniones. Y allí acudí a la tal reunión, de veintiocho personas, veintiseis mujeres, otro padre y yo. La maestra para ratificar su experiencia docente en ese curso dijo que llevaba treinta años impartiéndolo e imagino que treinta años relacionándose casi exclusivamente con madres lo que no le hace sentirse cómoda cuando vamos los padres. Se notó mucho cuando usando lenguaje netamente sexista dijo: -Decid algo que estáis todas muy calladas.  O cuando se iban a elegir cargo: ¿Quién se presenta como delegada? ¿Y cómo subdelegada?

           Creo que respiró cuando los dos nos mantuvimos expectantes y silenciosos y no presentamos unas candidaturas que de entrada daba por rechazadas. La reunión siguió y nos puso al día un poco de los objetivos del curso. Cuando terminamos desaparecimos  entremezclados entre el ruido de tacones por las escaleras. Yo contento de haber asistido a la reunión, mal que le pesara a alguna, en cuanto al otro representante del sexo masculino no sé si se fue contento, pero de lo que estoy seguro es de que no olvidará ese día, porque al salir del colegio la grúa se había llevado su coche. La portera del colegio se disculpaba de que no sabía que era su coche cuando una madre a la que le estorbaba había llamado a la grúa. Creo que la próxima vez mandará a su mujer a la reunión.

El primer año

El primer año

          Ayer quince de noviembre, día especialmente reconocido por los químicos al celebrarse la festividad de su patrón San Alberto Magno, hizo el primer aniversario de este blog. Llevo más tiempo en el universo bloggero pero por distintos motivos los vientos internaúticos me llevaron, como un barco busca puerto, a refugiarme en este rincón.             

           Los aniversarios suelen ser una ocasión para volver la vista atrás y reflexionar. El blog es como un cuaderno que se escribe y se mete en un cajón, antes escribía más rápido en el cuaderno, pero la práctica ha invertido la velocidad, aparte de que aquí hago mejor letra y, además, tiene la ventaja de que accedo fácilmente a él sin estar cerca del cajón desde cualquier parte del mundo con Internet. Además es una ventana a la que son muchos los que se asoman y pocos dicen algo. La mayoría gente a la que no conozco de nada y que, como yo, debe de gustarle el curiosear en la blogosfera y posar sus ojos en cuadernos ajenos. Cuando veo mis estádísticas me suelen sorprender, porque qué hace uno de Sri Lanka asomándose a este blog, o uno de Tailandia, más me preocupa cuando veo alguna entrada desde la Agencia Tributaria, será un inspector internaútico y que hace ahora su labor a través del ordenador. Mucho supongo que la mera curiosidad les hace asomarse como a un escaparate de paso, otros se detienen e insisten.

           Durante un año vamos evolucionando y las circunstancias, aparentemente cíclicas, van cambiando. Algunos de mis sentimientos mutan y con ellos las palabras cogen distintas veredas. Me reconozco en ideas machaconas y en otras, que al releer, me sorprende haberlas escritas. Confío en seguir escribiendo una temporada más, por internet nunca se sabe. Pero sí, es una parte de mí la que todos los días se derrama por estas líneas dispuesta a acoger a aquel que se acerque hasta aquí. Toma asiento...

En las interioridades

En las interioridades

           En uno de esos días que estuve en Madrid he tenido la gran oportunidad de visitar las interioridades de la Biblioteca Nacional. Situada junto a la plaza de Colón y por detrás de la fachada del museo Arqueológico, siempre me había ilusionado conocer este edificio.  

            Mi primer contacto con dicha Biblioteca fue a partir de una foto, que vi poco antes de entrar en la veintena, en la que aparecía una impresionante y grata sala de lectura donde el tamaño, la luz íntima y estructura que se veía, me  la hicieron parecer sumamente acogedora. Pocos años más tarde fui a conocerla y aproveché para hacerme socio, aún guardo ese carnet, de foto ya irreconocible, que renové cinco años más tarde. Al fin pude entrar y disfrutar del ambiente silencioso de aquella sala, cuya foto me atrajo, y más de una vez acudí por allí aprovechándola para estudiar las oposiciones que por entonces preparaba. 

               Me fui a vivir fuera de Madrid y unida a la caducidad del carnet, apareció la dificultad para entrar en la Biblioteca, ahora la entrada está restringida y sólo son admitidos determinados colectivos: investigadores, profesores… por lo que volver a aquel edificio lo tenía prácticamente vetado.

                Pero recientemente me surgió la posibilidad de hacer una visita, posibilidad que he aprovechado y disfrutado. Las medidas de seguridad son rigurosas lo que se agradece en un lugar en el que, para los amantes de los libros, hay almacenado un inmenso tesoro. La Biblioteca Nacional recibe ejemplares de todas las publicaciones: libros, películas, cds… que tienen depósito legal, unos setenta mil títulos anuales. Pudimos  entender el camino que seguían los libros que llegaban en camiones, las cajas se abren y se procede al reparto para su catalogación. Me llamó la atención el ambiente pesadamente silencioso con el que se trabajaba. Una vez catalogados se llevan al depósito. 

              El depósito es algo increíble, doce pisos con estanterías llenas de libros ordenadas en unos pasillos en los que tuve que agachar la cabeza para evitar golpearme. Libros modernos y otros viejísimos pude admirar en aquellas baldas. Me recordó a aquella escena del almacén de libros en “la sombra del viento” y saboreé ese momento único. Pasillos, escaleras, ascensores…A continuación visitamos las partes más nobles del edificio. Distintas salas de lecturas, y volví, tras muchos años, a aquella sala que bien conocía, vigilada por cuatro grandes relojes en cada esquina,  también pude visitar otras salas más modernas. Como si de un complejo laberinto se tratara a veces parecía, debido a su similar estructura, que volvíamos a atravesar la misma sala pero, fijándome, me daba cuenta de que eran diferentes. Por todos lados, silencio, gente de edades variadas trabajando sobre las mesas, algunos con sus portátiles, otros copiando en viejos cuadernos con letra cuidada y los trabajadores yendo de un lado a otro con unos movimientos, tan rápidos como suaves, que parecían hacerlos caminar unos centímetros sobre el valioso suelo italiano de madera. Hubo algún momento que contagiado por el ritmo sincopado en que parecía envolverse el tiempo en aquel lugar me hubiera apetecido sentarme en una mesa y sumergirme entre las páginas de algunos de aquellos libros. 

                Salí de allí empapado por la proximidad gozosa de tanto libro, como si hubiera estando circulando por un hermoso sueño. Al atravesar la puerta de la señorial e iluminada fachada, el aire fresco y el escándalo del tráfico que, a esas horas, circulaba por el Paseo de Recoletos, contribuyeron a despertarme.

¡Tres días!

¡Tres días!

          En el jolgorio del supermercado divisé sus ojos, habitualmente tristes y profundamente oscuros, reflejo del color de su piel, y vi que, desde lejos, intentó llamarme la atención. Conocía su historia, una historia trágica que le ha cargado de arrugas las entrañas, cuando hace poco que traspasó la cuarentena. A su marido le detectaron una enfermedad que le produjo una incapacidad, quedándole una pensión de poco más de cuatrocientos euros mensuales para sacar una familia a adelante de tres hijos, la pequeña de poco más de un año. Me pasé varios meses sin verla, hasta que un día vino a verme y me contó que él, desesperado y queriendo ganar un dinero que no tenía, había sido detenido por la policía y estaba en prisión.

           De vez en cuando la veía y me contaba de él. Que lo habían mandado a otra prisión más lejana y sólo podía ir a verlo ella un día en semana y eso si la llevaban en coche porque no tenía dinero para el transporte. Hace unos días me comentó que llevaba ya más de veinte meses en prisión y aún no le habían dado ningún permiso, estaba desesperada. Uno de sus hijos adolescentes llevaba más de un año sin ver a su padre, sólo había ido una vez, pero no quería ir más porque se le hacía muy difícil, el ver a su padre entre aquellos muros.

           Pero hoy era diferente, aquellos ojos negros, había perdido su languidez y hoy chiporroteaban con una luz brillante. ¿Sabes?, me dijo, le han dado tres días de permiso para la semana que viene. Entendí el porqué de su alegría y de sus andares regocijantes mientras se alejaba con su hija pequeña de la mano. Me di cuenta que hay vidas que rezuman tragedias, pero hasta en ellas hay rincones para la alegría y la esperanza. Y estoy seguro de que esos tres días serán vividos, por ellos, como si fueran los últimos de su vida.

Sólo siete minutos...

Sólo siete minutos...

             Tras cinco horas de tren, la proximidad de mi estación de destino hizo que me preparara y me dirigiera hacia la plataforma del vagón. También mi compañero de asiento, con el que sólo había cruzado durante todo el viaje unos educados buenos días, hizo lo propio. Aquel estrecho espacio nos impulsó a hablar y a preocupamos por las razones de nuestros respectivos viajes y, entonces, me enteré que vivía en Madrid, era profesor universitario y poeta, que venía a un congreso literario, que conocía a muchos escritores y que teníamos algunos amigos comunes….

             Sólo fueron siete minutos de atractiva y animada charla. pero cuando al estrecharnos las manos nos despedimos en aquel andén, me alejé viendo como se perdía en la distancia. Y entonces pensé que cuántas veces nos encontramos, en nuestra vida, con personas interesantes pero ésta, egoísta, con sus tretas, sólo nos concede dedicarles, como ahora, siete minutos.

Un aniversario

Un aniversario

      Suelo tener buena memoria para las fechas y  he recordado que, tal día como hoy, llevo en mi puesto de trabajo once años. En la Administración llevo unos cuantos años más, pero tras pasar por otras dos ciudades y tres puestos diferentes he recalado donde ahora trabajo. Me siento muy bien donde estoy y con un gremio que, si bien eran totalmente desconocido para mí, hoy conozco bien y me siento muy a gusto trabajando con ellos.

       Sé que donde trabajo es una oficina atípica. Sólo somos tres y además el colectivo no es muy grande, ello me permite un conocimiento, una familiaridad y, en ocasiones, una amistad que potencia y estimula el trabajo. No sólo me conozco a los que suelen venir, sino que no es extraño que conozca a sus familiares y allegados. Así, respetando escrupulosamente el procedimiento administrativo, normalmente es sencillo de simplificar porque en vez de tener que mandar un escrito para que en diez días nos traiga la documentación que falta, una simple llamada telefónica al interesado o a alguno de sus familiares hace que pocas horas después tenga a mano ese documento.  No siempre, durante estos once años, mi trabajo ha sido un camino de rosas, pero casi más problemas he tenido por los de dentro de la oficina, alguno de carácter irascible y que estuvo a punto de pegarse con uno de los clientes, que por los de fuera. Y en ocasiones, ha sido bastante duro pues ha habido épocas en que todo el edificio era el único trabajador lo que suponía, algunas mañanas en total soledad.

         En fin, que ahora no me quejo y procuraré todavía seguir unos años en él. Intentando aconsejar al que se me acerca a cualquier gestión administrativa, teniendo en cuenta que estoy ahí para ayudar y, sobre todo, para traducir a los sufridos administrados ese lenguaje tan complejo y barroco de la burocracia administrativa.

Progres-ando

Progres-ando

               Entre las servidumbres que van imponiendo los años está la pérdida o dificultades en la visión. Hace cuatro años por primera vez tuve que empezar a usar gafas cuando me di cuenta que las letras pequeñas, sin motivo aparente, se desdibujaban y entrecruzaban unas líneas con otras. El colocarme las gafas del cerca hizo que mi mundo más próximo cobrara claridad y nitidez, pero que más allá de los setenta centímetros a mi alrededor todo se desdibujara y se perdiera en la turbidez, con lo que mi vida cotidiana se convirtió en una continua opción entre el ver lo próximo o lo lejano.            

               Esto me originaba algunas dificultades. Si conducía no veía el gps  y si me daba por mirarlo tenía que frenar en el arcén. Cuando caminaba por la calle y sonaba el móvil, tenía que detenerme buscar las gafas y colocármelas, maniobras  suficientes para que el que llamaba se aburriera. Si acudía a algún curso o charla, mientras tomaba apuntes con las gafas no era capaz de captar los rasgos de la persona que emitía la voz, lo que obligaba a un continuo quita y pon de las gafas. Y no hablemos de la comida, si quieres ver las caras de los que te rodean te expones a comer cualquier cosa, todo está turbio, de lo que flota en el plato. O veía la televisión o leía el periódico, no se podían simultanear ambas actividades.            

                Al fin alguien me dio, hace varias semanas, la solución a todo esto: unas gafas con lentes progresivas. Y esa ha sido la solución para aunar el mundo próximo y el lejano y con las progresivas voy progres-ando, por ahora estoy encantado con dicho remedio. Le pregunté al óptico, pero me lo negó, si había un tipo de cristales más sofisticados que aparte de ver a la gente me ayudara a identificar con nitidez sus intenciones, pero para eso no hay nada y habrá que seguir como hasta ahora echando mano y educando a la intuición. Al menos, eso me consuela, esa es una de las cosas que, bien dirigida, crece con los años en vez de mermar.

Realidad nacional

Realidad nacional

         No me gusta escribir de política, pero sin que sirva de precedente, lo voy a hacer esta vez. Esta mañana mientras viajaba en un autobús azotado por la lluvia, escuché por la radio la noticia de que la comisión que está elaborando el Estatuto de Andalucía había llegado al acuerdo de definir a Andalucía como "realidad nacional". Como vemos esa fiebre que ha provocado el estatuto catalán se contagia como la peste negra por las distintas comunidades, y claro, unos políticos no quieren ser menos que otros y de que pase la ocasión de que se hable de ellos. Señores que parecen moverse en otro planeta al que nos movemos los comunes mortales, pero con el grave peligro de que sus decisiones nos influyen, ahora se meten a jugar con las palabras y han sacado esa originalísima expresión, se ve que no estaban muy inspirados, acudiendo a un manifiesto de tintes separatistas que data de 1919. No sé muy bien que significa. ¿Realidad será por oposición a virtual? ¿Nacional? No será una redundancia cuando todos formamos ya parte de una nación.

         Nunca me ha importado pagar impuestos, pero agradecería que no se gastara mi dinero en estas reuniones que dedican a una actividad tan sesuda como ésta de redefinir con palabras extrañas, que nadie va a entender, la esencia de los habitantes de Andalucía. Algo de tiempo me ahorraré, porque en cuanto empiece a leer el nuevo Estatuto y vea en el preámbulo esto de "realidad nacional", lo cerraré y ya no seguiré leyendo. Creo que mi tierra y su gente son algo mucho más rico que ese sesgo constreñido y ombligista que se le pretende dar con estos experimentos.

Arañando la tierra

Arañando la tierra

            Cuando la vida nos conduce a vivir por distintos territorios, donde los amaneceres son diferentes, la gente sonríe por otros motivos y se despiertan a horas diferentes, los campos tienen distinto color, el agua otro sabor y el aire sopla con desiguales matices,… al marchar uno se lleva a sus espaldas un bagaje de personas, rincones y experiencias que hacen que irremisiblemente se vayan comparando unos lugares a otros. 

            Y así hay lugares que quedan en el recuerdo oscurecidos tras unos tenebrosos visillos y a los que se preferiría olvidar. Otros en vez de pasar por ellos pasan por nosotros flemáticos, envueltos en una asepsia que los convierte en invisibles. Otros, al fin, nos deslumbran y el día que los percibimos parece que, como israelitas tras el desierto, hubiéramos llegado a la tierra prometida. Y como si nuestro corazón tuviera un arado, araña esa tierra, removiéndola, y sacando de ella lo mejor que tiene en una experiencia que nos lanza, incluso, hasta el final de nuestra existencia llevándonos a pensar que nos alegraría, en ese día postrero, descansar en su interior.

             Pero el dinamismo de nuestra existencia nos aleja de esa tierra y, desde entonces, aunque la veamos desde la distancia, la memoria se encarga de mimarla a partir de nuestros mejores recuerdos sobre ella. Y enterrados en ella se dejan trozos del propio corazón, con la secreta esperanza y la firme promesa de, algún día, volver a recogerlos.

La inutilidad

La inutilidad

         Durante la ceremonia de entrega de los premios Príncipes de Asturias, el novelista norteamericano Paul Auster indicó que el valor del arte en cualquiera de sus expresiones diversas reside en su "inutilidad".

         "El arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista, pero ¿qué tiene de malo la inutilidad?¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo?", afiirmó Auster durante su discurso.

           Me parece original ese valor que le da el escritor a la inutilidad y esa proyección de esa palabra a un aspecto tan lejano del, habitual, peyorativo. Cierto es que el arte en sí no tiene un valor inmediato, sino que éste surge de despertar, en las personas a las que llega, su sensibilidad y una serie de emociones que es la que le van a dar su peculiar riqueza. Una hermosa inutilidad pero que enriquece al que desarrolla una obra de arte y al que la disfruta. Valor intrínseco que va perdiendo cuando el arte se mercantiliza y pierde esa inicial simpleza para convertirse en una mercadería que funciona a base de dinero.

           Por similitud ampliaría el valor de la inutilidad a otros conceptos de la vida y abogaría por recuperar esas cosas inútiles que hacen la vida, no sé si más fácil, pero estoy seguro que mucho mejor. Me refiero a:

- respirar el aroma de una flor

-esbozar una sonrisa cuando saludamos a alguien

-escuchar el trino de los pájaros

-contemplar las olas rompiendo contra las rocas

-paladear un café

-acariciar el lomo de un libro

-sentarnos frente a una puesta de sol

-pasear por el interior de una catedral silenciosa

-hacer pajaritas de papel

-....

       Seguro que hay muchas más.¡Qué de cosas! Tan "inútiles" como maravillosas. Seguro que se os ocurren muchas más. Tenemos que estar atentos a ella, para que no se nos escapen y pasen de largo, porque son las que ayudan a conseguir que un día sea distinto al otro y se pueda transformar en inolvidable.

Otoñeando por Madrid

Otoñeando por Madrid

      Estoy de vuelta tras un viaje, en transporte público, de algo más de 600 km en tan sólo cinco horas, muy lejos de aquellos viajes que hacía no hace mucho tiempo y en los que tardaba más de doce horas. Decididamente el transporte público está mejorando.

      He estado durante toda esta semana otoñeando por Madrid, lo que ha supuesto un verdadero goce para los sentidos. El motivo ha sido un curso sobre inteligencia emocional. Interesante. Al que hemos acudido una veintena de personas de distintos y bien distantes lugares de España. Dos ponentes de lujo que nos han intentado dar pistas sobre como dotar a la inteligencia de emociones. Labor ardua pero apasionante.

      He recorrido muchos kilómetros por las calles y pisado las hojas secas sobre la tierra. Me he mojado con la lluvia bienvenida y hecho fotos para no olvidar. He comido y cenado cada día con alguien diferente, eso me ha permitido hablar algo, escuchar mucho y reencontrar matices ricos y variados de viej@s amig@s que habitualmente viven lejos y en circunstancias muy diferentes a las mías. En este tipo de viaje estoy especialmente atento para, aparte de aprovecharlos, captar en cada momento esas pequeñas luces que sólo se puede captar una sensibilidad especialmente preparada.

Hacia el centro

     Tengo poco tiempo para actualizar esto, pero no quería dejar de poner un pequeño saludo, por si alguien entra. Vientos laborales me llevan esta semana hacia el centro de la península, donde espero trabajar por las mañanas y disfrutar de esas tardes otoñales que brinda Madrid a los que por allí pululamos. ¡Hasta la vuelta!

Muertos afectivos

Muertos afectivos

             Todos conocemos a algunos de ellos, son gente de nuestro alrededor, próximos y conocidos. De ojos opacos, corazón acorazado, emocionalmente planos, de gestos controlados y sonrisa incapaz de superar determinada curvatura. Muchos son afables e incluso simpáticos, pero están afectivamente muertos.

             Al saludar lo hacen tendiendo una mano floja y fría, por la que parece no circular la sangre hace mucho tiempo y si las circunstancias le obligan a dar un par de besos, sus labios perdidos en el aire se acercan pero rehúyen el contacto con la mejilla, emitiendo un leve chasquido en aire similar al de las articulaciones.  Sólo hablan de cosas que no les implican como el tiempo o los deportes y si tienen que preguntar cómo estás se horrorizan de que la contestación sea algo diferente a "bien". Vigilan que nadie se introduzca en su interior y para ello se recubren, con estudiado esfuerzo, de una piel resbaladiza contra la que se destroza cualquier intento ajeno de cercanía.

              Seres que se resisten a cambiar con los años, ¿para qué? si ellos se encuentran bien. El único cambio que un día más o menos lejano se avienen a realizar es el cambiar la a por la e y convertirse en efectivamente muertos.

            

De regreso

De regreso

     Tras once horas de viaje, durante toda la noche, acabo de llegar a mi casa de este viaje de reencuentro con el pasado, para ello he ido hasta Salamanca donde nos hemos reunidos en una grata jornada los compañeros que compartimos varios años de facultad y amistad. Aunque todos confesamos que tuvimos las dudas normales de si valía la pena ir, por eso y de qué se puede hablar después de tantos años, el balance ha sido altamente positivo.

      Lo más original fue cuando nos vimos y los saludos tenían que ir acompañados del propio nombre para, en algún que otro caso, ser identificado. Pero es que aquel joven delgado de la melena hoy era un señor algo más grueso y totalmente calvo. Y aquella chica, que entonces estaba gordita, morena y con gafas; hoy carecía de ellas, pelirroja y de figura mucho más estilizada. Eso duró poco tiempo porque, en seguida, fuimos capaces de identificar más allá de su aspecto físico a cada uno y recrearnos en aquella imagen, levemente modificada, con quien pasamos muchas horas de laboratorios y diversión. Para ello fueron fundamentales unas fotos que algunos guardábamos como oro en paño y que sirvieron para decir: ah, tú eras este? Para la próxima vez no habrá problemas de fotos, porque las ocho cámaras digitales que habían lanzaron fotos a diestro y siniestro.

       Los años nos cambiaron a todos. Estuvimos quince. Y los entonces jóvenes solteros, hoy la mayoría casados enseñan con orgullo las fotos de sus hijos, algunos ya universitarios y que están recorriendo, en el ciclo imparable de la vida, las aulas que recorrieron sus entonces "menos carrozones" padres. Un gran porcentaje están en la enseñanza secundaria y lo que siempre se suele decir en una reunión de estas: nosotros éramos distintos a nuestros alumnos!¡No sé en qué piensan la mayoría!

       Almorzamos juntos, paseamos luego por aquellos rincones a los que entonces acudíamos y tras toda una tarde de convivencia y atrapando recuerdos, nos fuimos a cenar. La cena en un hotel estupendo estuvimos en la misma mesa y tras los postres baile hasta la madrugada. Cuando salimos Salamanca seguía viva, las calles llenas de gente, especialmente estudiantes que no piensan en que un día puedan estar recordando lo que ahora son.

        La mayoría viven en provincias cercanas pero otros atravesamos España de parte a parte, en un viaje largo, para una estancia intensa en que compartimos todo un día, desde por la mañana hasta horas de la madrugada, en que, con un hasta  pronto, nos hemos prometido vernos antes de las bodas de oro y seguir en contacto. Para ello tenemos ahora algo que entonces era impensable: internet.

El túnel del tiempo

         En los próximos días voy a desaparecer sumergiéndome en el túnel del tiempo, para ello recorreré una distancia de mil cuatrocientos kilómetros, para llegar a un lugar diferente donde reencontrarme con parte de un pasado que allí quedó. A la vuelta contaré sobre esta experiencia a otro tiempo y lugar.

SMS

SMS

           Aún, transcurrido tanto tiempo, guardo un grato recuerdo de aquellos años en que compartimos muchas de nuestras cotidianeidades. Las azarosas circunstancias nos separaron en la distancia, las mismas que hoy nos presentan la oportunidad, aunque sea breve,  de reencontrarnos. En cuanto lo supe te envié un sms en que en tan pocas letras te mostraba mi alegría concentrada y las ansias de ese volver a vernos. Como te conozco supuse que nunca me contestarías. 

Pero estaba equivocado, como si el proceso de elaboración hubiera sido muy reflexionado y exhaustivo, treinta y seis horas más tarde, me llegó el tuyo contestándome. Me sorprendió tu trabajada vehemencia, tu concisión casi absoluta, tu capacidad plurilingüística y cómo en tan pocas letras eras capaz de comunicar tanto. Escribiste todo de una vez, sin espacios ni tildes. Fuiste capaz de que no se notara la carencia de los signos de puntuación y no por eso perdiste expresividad en tu mensaje. Pero cuando quise enmarcar aquel texto, cual si de una frase lapidaria se tratara, alguien me quitó de la cabeza eso de poner en un marco de diseño tu profunda respuesta. Una vez más tomé el teléfono en mis manos y leí lo que decía tu mensaje:

                            "OK"

Aires de otoño

Aires de otoño

     Al salir a la calle vi el cielo acostumbradamente azul con caprichosos dibujos de algodón blanco que griseando dieron lugar a ráfagas de gotas de lluvia que agradaban y sorprendían, sobre todo, por el tiempo que hacía que no la veía. El olor a naturaleza húmeda empapó el ambiente y la tierra, grumosa de sed, abría alegre sus entrañas para dejarse acariciar por lo que sería para ella agua de vida. La habitual sensación sudorosa de los últimos meses sobre mi cuerpo, dejaba paso a un abrazo frío y revitalizante que abrazaba mi piel. Las ramas de las árboles inician su decadencia y los más osados se van desnudando, como en un sensual streep-tease, de sus hojas pardas dejando al descubierto los secretos de su tronco. El aire juguetón mece, en bailes sin fin, esas hojas que alfombran la calle y crujen bajo el sonido de botas con olores a nuevo o naftalina. Y las pieles vergonzosas se ocultan bajo varias capas de telas y pierden su color, intentando en su blancura semejarse a esa nieve que se anuncia.

     El otoño ha llegado y para recibirlo voy a mi armario y busco la mejor de mis sonrisas para indicarle que estoy feliz de que haya llegado.

 

 

Vacaciones en el mar

Vacaciones en el mar

      No me voy a referir a aquel crucero en el que hace ya muchos años atravesábamos los mares a través de la televisión, sino a un grupo de gente, de no ser que recóndito lugar de secano, que debe gustarle eso de vacacionar junto al mar y se han pasado el verano en una casa de planta baja en mi misma calle.

      He dicho lo de un grupo pero debería decir, mas bien, muchedumbre  porque han sido incontables, a lo largo del verano puede que hayan pasado un total  de unas ochenta personas por tan menguado hogar. Ese centro de la casa que en muchos sitios es la televisión aquí se sustituyó por una piscina hinchable que les ocupaba todo el patio. Piscina que es como si estuviera en mitad de la calle pues su vista se disimulaba levemente por unos paneles a baja altura. Siempre había gente en la piscina, yo diría que entraban por riguroso turno, y sus chapoteos y salpicones retumbaban en toda la calle. Desde tempranas horas de la mañana hasta altas horas de la noche el plof-plof animaba nuestra vida diaria. Nunca se podía ver la superficie libre porque del agua siempre asomaba cabezas de variadas edades y pelajes. Un día, incluso, vino un camión cisterna que atravesado en la calle se dedicó a llenar la piscina, no me extrañó que con tantas salpicaduras se les hubiera vaciado.

      El segundo punto en torno al cual se situaban aquel variado conjunto de personajes era una mesa grande situada no lejos de la piscina y cubierta con un techo que les protegía de las inclemencias del tiempo. Era una mesa multiuso en torno a la cual se reunían como lo hacen los sioux en torno al fuego. Allí comían odorantes y grasientos guisos cuyos aromas  atravesaban ventanas vecinas para confundir a las comidas de otras cocinas. Entre plato y plato aderezaban sonoras carcajadas que formaban olas en el agua de la piscina en largas sobremesas de postres, café y pasteles que se prolongaban, sin solución de continuidad en una merienda.Cuando la mesa quedaba libre de migas de todo tipo, venía el momento del gran vicio de aquel grupo de veraneantes apretujados: el bingo. Los gritos, no precisamente de los niños de San Idelfonso, avisaban a toda la calle del número que salía y tras esto el mayor o menor jolgorio nos avisaba de quien era el afortunad@ y así durante horas sin fin, en que entre bola y bola sólo se oían gritos y ploffs.

      El tercer punto estaba situado en el interior de la casa, ahí si había una gran televisión delante de un sofá, también permanentemente ocupado, que estaba encendido las veinticuatro horas. El volumen estaba suficientemente fuerte para que todos pudieran seguir el programa del tomate: los del bingo, los de la piscina, los niños que gritaban y se movían a toda velocidad entre los tres puntos y todos los vecinos de la calle.

       Hoy he pasado por allí delante y me ha resultado extraño contemplar la soledad y el silencio de esa casa, tras los dos meses y medio que ha estado adornada de gente, olores, gritos y ruidos. Curiosa forma de veranear, es más estoy seguro de que, a pesar, de estar tan cerca del mar ni siquiera se acercaron a verlo. ¿Para qué, si tenían todo lo necesario para ser feliz en aquel escueto recinto?