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El búcaro de barro

Día a día

Original cartel

Original cartel

      Colocado por el farmaceútico de mi barrio sustituyendo a la máquina exterior de preservativos, ante las acciones de un individuo de dudosa racionalidad.

Bus-eando

Bus-eando

          Todos estamos convencidos de la importancia de los ordenadores por lo que simplifican y facilitan el trabajo, aunque a veces gastan malas pasadas, como ocurrió esta mañana en el autobús en que tuve que viajar para acudir a una ciudad próxima a una reunión. El conductor ya iba diciendo que el día anterior lo habían avisado urgentemente para hacer ese trayecto del que no tenía ni idea. Lo que no dijo es que tampoco sabía usar la máquina expendedora de billetes.

           Así que llegamos a la primera parada, intenta sacar el primer billete a un joven que observa pacientemente las inútiles maniobras con la máquina. Finalmente, desesperado, le dice al joven y a las ocho personas que le siguen que pasen, que hoy viajan gratis. Y así en todas las paradas hasta llegar a destino, todos los que subían ponían cara de sorpresa que mudaba en una amplia sonrisa cuando veía que empezaban bien la mañana al ahorrarse unos cuantos euros. De los casi cuarenta que viajamos fui, entonces, de los únicos que pagó su billete.

         A la vuelta estaba expectante por si me tocaba aquel jacarandoso conductor, pero mi gozo en un pozo ya que el conductor que me tocó manejaba la máquina de billetes con la habilidad de un verdadero experto.

Prebendas

Prebendas

              Últimamente circunstancias personales me han hecho toparme con gente que tenía prebendas colgadas en el pecho como el que luce las medallas a los ojos de todos en los desfiles. Pertenecen a una determinada clase social que nunca consentirían explícitamente el sistema de castas como el que existe en otros países, pero que con sus actitudes y modos hacen lo posible por perpetuarlo en nuestra sociedad.

               Son esos que cuando se les pretende aplicar la misma vara o norma que al resto de los mortales suelen sacar aquella frase que era tan habitual en nuestro país en años pretéritos: ¡No sabe con quién está usted hablando! Y pobre de aquel que intente ponerle alguna limitación, recibirá una llamada de su superior recriminándole: Pero ¡cómo se le ha ocurrido! Sus cuentas corrientes son abultadas tanto las blancas como las negras. Su ideología es lo de menos, los hay en todo el abanico político no depende tanto de la postura política como de la que tome ante la vida. Gastan muy poco, por eso suelen tener tanto dinero. No pagan entradas, siempre van invitados a los mejores lugares por otros de la misma casta. Entre ellos se piropean, se homenajean y se distinguen. Les hacen multitud de regalos sobre todo de aquellos que ellos miran por debajo del hombro y que sin embargo esperan recoger algún favor o migaja. No suelen usar el transporte público, su vehículo, su teléfono, su vivienda, lo que no saben que, incluso, su prestigio suele ir a costa de la empresa o de los contribuyentes. Creen que el mundo va de maravillas gracias a ellos y están ignorantes de lo que les rodea gracias a toda una cohorte de pelotas que se encargan de que así lo parezca.  Qué difícil es para el que vive así considerarse uno más de los habitantes de este planeta y educar la sensibilidad hacia aquellas personas que ellos suponen en ese escalón artificial de más abajo.

          No saben que puede llegar un día en que un viento fuerte le arranque esas prebendas y como un Adán en el paraíso se sienta desnudo frente al mundo. Y si a pesar de todo mantiene a todas ellas colgadas en su pecho hasta su muerte, ya habrá alguno mientras empuje su ataúd , esboce una sonrisa, pensando en las prebendas que, ahora, le toca heredar.

Sueños nocturnos

Sueños nocturnos

          No suelo soñar habitualmente, pero hay sueños que, al despertar, parecen haberte embrujado para el resto del día. Hoy me ha ocurrido, lo noté porque mi despertador biológico se retrasó y al despertar noté que había estado profundamente dormido y sumergido en una fase onírica de la que sentí despertar. Nunca deja de sorprenderme el carácter azaroso de los sueños y la forma sinuosa en que logra introducirse en los recovecos más perdidos de nuestro subconsciente. La mayoría son leves pinceladas que como finos pinchazos de aguja horadan y desaparecen de manera fulminante, otros en cambio, como el de hoy, parecen invadirnos completamente, nos dominan, nos entregamos a él y cuando despertamos es como si una pátina invisible nos impregnara dejándonos desnudos a la vista de todo el mundo.        

         Pero no es así, nadie se da cuenta, sólo nosotros somos conscientes de que una enorme fuerza interna se ha apoderado de nosotros por unas horas sin que podamos hacer nada a cambio. En él he me ha acompañado esa persona que ya hace años murió y que, sin embargo, sigue a mi lado aunque la vida se empeñara traidoramente en lanzarla más allá de las estrellas. También esa otra mujer que la memoria pugnó por olvidar y que aparece hermosa, mimosa, burlona, sonriente y desafiando mis esfuerzos. Y me veo paseando por rincones lejanos donde sin haber un jardín me invade el aroma de las flores,  abrazado por el pasado y perdido en un futuro que, paradójicamente, en cuanto despierto ya ha transcurrido. Lo que más me impresiona es que una vez despierto aún puedo sentir las brasas de unas sensaciones ardientes que yo, ingenuo de mí, pensé que se habían apagado para siempre. No es por eso extraño que esté deseando reencontrarme, esta noche, con la almohada para que cese sobre mí la influencia de ese hechizo.

¡Bienvenido septiembre!

¡Bienvenido septiembre!

          Paradójicamente al carácter nostálgico que podría suponer el dibujo colgado en el post de ayer, debo reconocer que la entrada del mes de septiembre no me disgusta. Supongo que la ruptura debe ser mayor para el que se aleja, por ejemplo, de la costa y sabe que ocurrirán muchas cosas hasta que pueda ver el mar, pero cuando el mar nos acompaña en la vida cotidiana no hay tanta diferencia entre lo que es vacacionar o trabajar.

          Me hace rememorar a aquellos años infantiles de veranos interminables en que yo estaba deseando ya el comienzo del curso. Se revolucionaban los armarios y aparecían esos pantalones largos, que ahora quedaban por encima de los tobillos, los zapatos gorila que abrazaban el pie con estudiada eficacia y sobre todo ese aroma a goma de borrar, lápices de madera y libros nuevos que auguraban el comienzo escolar. Eran tiempos de reencuentros con aquellos compañeros de colegio tras tres meses, algunos tan crecidos que casi nos costaba reconocerlos. Ahora aunque no me influye la escuela tan directamente, que duda cabe que su influencia sigue en mi vida.

          Aparte de eso hay muchas cosas que parece que el mes de agosto actúa sobre ellas de forma paralizante. Desde la televisión que languidece en los rincones domésticos como pidiendo  perdón por tener que poner cualquier cosa por mantenerse enchufada, hasta lo que es el encargo de un libro o un mueble, en el que el interlocutor como algo sabido y soportado dice eso de: ya sabe que en agosto todo está cerrado. La Administración que cuelga un cartel invisible de “todo cerrado” y los periódicos que adelgazan de tamaño sustituyendo artículos y temas culturales por fotos de prensa rosa o de cuerpos soleados y es que claro…como estamos en verano…Buena época incluso para aquellos de manifiesta torpeza laboral y que en esta época refugiados en las calores parecen disimular su incompetencia.Ya sé que habrá muchos que no estén de acuerdo conmigo, pero tras unos días necesarios para romper la rutina que la vida nos impone, prefiero mucho más la llegada de septiembre y la vuelta al engranaje habitual. Por eso para mí el otoño es la etapa que más disfruto del año. Lo que es necesario, siempre, es desarrollar la capacidad de disfrutar de esos pequeños momentos que la vida nos presenta en el día a día y que pasan de largo por delante nuestra sin que seamos capaces de atraparlos. ¡Esos serían ratos de verdaderas vacaciones!

Adiós agosto...

Adiós agosto...

    Aprovechando esta especie de travesía que supone el arrancar la última hoja del mes de agosto y tras este descanso bloguero vuelvo con las fuerzas renovadas a este pequeño rincón de internet, con este dibujillo alusivo, a compartir con quien se anime mi gusto por la palabra.

Próxima reapertura

  Para el próximo 31 de agosto tengo previsto el regreso por estos lares.

Abriendo un paréntesis...

Abriendo un paréntesis...

     Estamos en época de vacaciones y, aunque disfruto con esto de escribir, me doy cuenta que necesito descansar del blog por unos días. Aunque no ando vacacionando suficientemente, porque estoy trabajando, creo que me vendrá bien el alejarme un poco de aquí y cambiar de actividad ya que me percibo cierto agotamiento de neuronas más síquico que físico. Así que procederá a abrir un pequeño paréntesis en mi andadura casi cotidiana por la blogosfera y aprovecharé para dedicar más tiempo a la lectura, tengo varios libros aún pendientes, a dibujar y fomentar mi creatividad por otro lado, a ordenar esos papeles que se acumulan sin orden en un montón a lo largo de todo el año...y a preparar la próxima llegada de las Perseidas y limpiar un poco el cielo de obstáculos e incomodidades para que éstas se sientan a gusto en su peregrinar anual. ¡Sed felices! Hasta la vuelta...Chulo

Un viaje en bus

Un viaje en bus

       Uno de los días que estuve en Almagro tuve la "genial" idea de montar en el autobús para ir de visita a Ciudad Real, que se encuentra a 23 km. Hacía muchísimo calor. Lo primero fue encontrar la estación de autobuses. Esta consiste en un pequeño edificio en el que hay un bar en torno al cual para el autobús, ni marquesina ni nada que se le parezca. Me di cuenta que todo el mundo pedía turno y tras ponerme en la cola hice lo propio. Luego me explicaron que es que el autobús solía llegar ya lleno y no era extraño que algunos tuvieran que quedar en tierra, hasta que avisado otro autobús llegaba de Ciudad Real. Finalmente todos entramos aunque a los últimos de la cola les tocó ir de pie. Ya me imaginaba las cestas con las gallinas, pero no, lo único que me tocó delante fue una veinteañera que estuvo todo el rato hablando con una amiga superpija que se jactaba de que en Ibiza, como era azafata, entraba en todas las discotecas porque conocía a todos los relaciones públicas que, encima, le invitaban.

       Llegué a Ciudad Real, allí estuve veintidós años antes, viviendo durante nueve meses en el que fue mi inicio como docente, una profesión que me encantaba, pero de la que las circunstancias de la vida me apartaron a empellones. La ciudad está muy cambiada, me costó reconocer muchos de sus antiguos rincones, el paso del AVE y la cercanía a Madrid la han transformado. Aunque, entonces, tuve a ciento veinte alumnos no me encontré a ninguno por la calle. Eso era lo que me esperaba porque me hubiera resultado difícil reconocer a aquellos simpáticos niños de diez años en los actuales y sesudos padres de familia en que se han convertido. Visité el colegio por el que anduve y me di cuenta que los muros a pesar de que envejezcan lo hace menos que las personas con las que allí me encontré. Me senté en una plaza a recuperar fuerzas y en la mesa de al lado reconocí a un conductor de autobuses de mi pueblo con el que me puse a hablar. Tomé una cerveza con tapa y ya me iba a quejar del tamaño ridículo de la misma cuando me advirtieron que estaba incluída en el precio de la bebida.

       Como seguía haciendo mucho calor y ya había recorrido lo principal me volví hacia la estación de autobuses para hacer el viaje de vuelta. El autobús de nuevo saturado de pasajeros. Detrás mía la veinteañera de la ida que volvía de compras y que se puso a hablar con otra, no era la superpija, que estaba al otro lado del pasillo:

-Te has enterado de que X, tienes novio?

-Ya es mayorcita, tiene al menos veinticuatro años, aunque el novio es mucho mayor.

-Tú crees? No me lo parece tanto.

-Que sí, que tiene unos cuanto años más seguro, se le nota en la pinta que tiene.

    En esto uno que está a mi lado interrumpe la conversación, soprendiéndonos a todos: ¡Veintiocho! ¡Veintiocho años tiene!. Y ante la sorpresa de las dos interlocutoras, añadió: que sí, que es muy amigo mío y cuando baje os puedo enseñar hasta una foto que tenemos juntos. Las dos chicas pusieron cara de no saber donde meterse y yo no pude aguantar la risa. Si no fuera por estas distracciones que agobio de viaje. El autobús tenía el aire acondicionado puesto pero eso no impedía que las gotas de sudor chorrearan bajando mi cuello.

 

Escribiendo que es gerundio

Escribiendo que es gerundio

       Hace unos cuatro años la lectura de algún que otro libro despertaron en mi interior el gusanillo de la escritura. Y así, con mayor o menor torpeza, me puse a ello con tesón. En este tiempo he leído mucho al respecto, hice un estupendo taller literario y sobre todo no he parado de escribir, a veces con ganas, otras con despiste, unas experimentando, otras intentando copiar estilos...pero siempre escribir y escribir, sea en papel o en el pc, disfrutando.

       ¿A qué viene esta mirada hacia atrás a mi afán de escribir? A que ayer por la noche recibí un correo electrónico que me llenó de satisfacción, en un concurso literario al que se han presentado 179 relatos, tras el primer premio han dado dos menciones de honor, una de ellas a uno de mis relatos. Económicamente no me supone un céntimo de euro, pero eso es lo de menos, prefiero saber que un jurado objetivo ha constatado que uno de mis relatos pueda tener una cierta calidad literaria. Sí, ya sé que esto es mirarme un poco el ombligo, pero que mejor que compartir con vosotr@s, los que asomáis la cabeza de vez en cuando a este vuestro rincón, mi primera alegría literaria. En definitiva siempre he entendido que mi blog es el lugar donde ejercito mi gimnasia cotidiana de retozar con las palabras y l@s que me leéis sois mis primeros lectores.  Gracias a vosotr@s por leerme y a much@s de los que con vuestros consejos o comentarios me estimuláis a que el teclado no le salgan telarañas. Esto es como un pequeño empujón para seguir escribiendo que es gerundio.

Empapado de teatro

Empapado de teatro

       Empecé mi viaje en el tren, y en uno de sus pasillos me encontré a un viejo amigo de los tiempos de Facultad. Parecía que era un encuentro providencial, porque hacía dos años que no nos veíamos y dentro de unos días se marchará durante varios años a trabajar a Chile, así que aquel bamboleo del vagón nos sirvió de charla y abrazo de despedida. Cuando llegamos a Almagro la primera imagen es la de una ciudad sosegada y tranquila. Las calles solitarias de chinos empedradas raramente vislumbran la presencia de vehículos de motor, abundando para desplazarse, soprendentemente, las bicicletas. Es de esos lugares de los que se siente nostalgia, una vez conocido, cuando uno tiene ganas de apartarse del mundanal ruido y refugiarse en el silencio ambiental.  Muchas iglesias y palacios jalonan sus calles embelleciendo la vista y el devenir por sus calles. El resto del año es un pueblo solitario pero en esta época bulle. En estos días del festival del teatro clásico todo parece girar en torno a este arte, no en vano es en esta ciudad donde se encuentra el Museo Nacional del Teatro.

      Toda la ciudad gira en torno a su plaza Mayor una plaza alargada y bien cuidada con una original estructura que recuerda, según decía uno que había viajado más que yo, a Bruselas. Siempre que salía era paso obligado y pude ver lo diferente que es esa plaza por la mañana cuando las sombras de las columnas se alargan con los rayos solares primigenios, a la tarde donde el calor silencia y vacía todos sus rincones. Al atardecer aquella cobra una vida inusual, todas las terrazas se llenan, muchos visitantes y mucha gente del mundo de la farándula, no era raro encontrarse por allí, a actores conocidos de series televisivas, al diseñador Elio Berhanyer que había ido a inaugurar una exposición de joyas o...a un vecino de mi pueblo.

       Las comidas allí son consistentes: migas de pastor, duelos y quebrantos, las famosas berenjenas de Almagro, un queso exquisito y chorizos y morcillas variadas. Una dieta que alimenta pero que si fuera habitual, producirá algo más que alimento. Aquí pongo mi "pero" y es referente al pan. En todos los lugares en los que he estado ponían rebanadas de pan de pueblo y he echado mucho de menos al pan blanco normal que es uno de los manjares que más aprecio.

       En cuanto a museos nombraré a dos de ellos. Por un lado el ya citado Museo Nacional del Teatro, que cuando me di cuenta estaba visitándolo el día siete del mes siete a las siete de la tarde, un museo relativamente interesante para visitar. Al entrar encontramos una frase de Shakespeare:

"Todo el mundo es teatro, y todos los hombres y mujeres no son sino actores. Tienen sus entradas y salidas de escena, y cada uno de ellos interpreta diversos papeles en la vida".

Tras pensar si tendrá razón el dramaturgo seguimos el paseo en el que podemos ver guiones mecanografiados, caricaturas, retratos, trajes de época usados por famosos actores. Distintos cuadros en el que destacaría uno de Madrazo en el que pinta a María Guerrero haciendo de doña Inés y cuidadas maquetas de obras teatrales, la que más me gustó fue una del Teatro Real en la que representaba la obra de "Los pescadores de perlas".  Algo que me pareció excesivo: la seguridad. Me parece necesaria la seguridad en los museos, pero hay formas más disimuladas de ponerla. En algunos momentos parecía que estaba visitando las joyas de la corona de Inglaterra. Entrabas en una sala y el vigilante te miraba de arriba abajo, y sentía esa mirada agarrada sobre mí durante todo el tiempo. Cuando me libraba de ella era porque ya me había atrapado la mirada del vigilante de la siguiente sala. Lo dicho: excesivo. También visité el Museo de encajes, dedicado a esa labor tan característica de este sitio como es el encaje de bolillos. Será porque carezco de la sensibilidad adecuada pero no me gustó, eso sí acaba uno enterándose de todas las intimidades del tal encaje de bolillos.

      Los espectáculos teatrales dominan todo el entorno. No es raro encontrar a los actores ensayando en distintos edificios o patios las distintas obras de teatro. A pesar de las dificultades que suele haber encontré entradas para dos obras. Las dos en lugares en escenarios bien acondicionados y empezando poco antes de las once de la noche. Todo perfectamente organizado incluida la adquisición de agua en aquellas calurosas noches techadas por estrellas. La primera obra fue "Don Gil de las Calzas Verdes" una comedia de enredos que me hizo pasar un buen rato. La otra fue la "Tragedia de Don Duardos" más bien la tragedia era de los sufridos espectadores, a pesar de ello todos aplaudimos, pero yo todavía días después de haberla visto me pregunto por cuál era el argumento. Tampoco hay que olvidar los espectáculos teatrales, como el de la foto, que se realizaban en la calle para disfrute de todos. Siempre es bueno hacer algo distinto en vacaciones y en estas impregnadas de teatro lo he conseguido.

A la Mancha

A la Mancha

      En estos días que muchísima gente se viene hacia las costas, yo voy a hacer el recorrido inverso y me voy a La Mancha. Ya sé que no está tan de moda como el pasado año con tanto Quijote por todos lados pero, sin embargo, creo que sigue teniendo como todas nuestras regiones muchos encantos de los que disfrutar. Concretamente voy a recorrer Ciudad Real y la ciudad de Almagro, antigua capital de la orden de Calatrava, y aprovechar el festival de teatro clásico para asistir a un par de obras de teatro. Alimentaré el espíritu con esos textos bien trazados del siglo de Oro mientras que en aquellos escenarios privilegiados, teniendo de techo las estrellas, me dejaré acariciar por el aire de la brisa nocturna y el de las aspas de los molinos. ¡Hasta la vuelta!

¡Vacaciones!

        Ya estoy de vacaciones. No son muchos días, porque por motivos laborales no tengo más remedio que ir salpicándolas en distintos períodos. La ventaja de vivir en una zona costera hace que no sea necesario el huir de aquí a la búsqueda, por ejemplo, de playas maravillosas de las que tengo muchas cerca, aunque sí haré alguna escapada para ver otras calles, otros rostros y descubrir mundos diferentes. Parte de estos días estarán dedicados a disfrutar del día con más intensidad, a descansar, a leer y escribir más, a captar con más intensidad el lenguaje y los sonidos de la naturaleza. Sé que no hay que crearse grandes perspectivas que luego se frustren sino mimar cada rato con el que cuente. Porque tampoco tengo que olvidar que hay muchas cosas que durante el año se van arrumbando y que en estos días parecen gritar pidiéndome un tiempo y soluciones.

Una pregunta sudando

Una pregunta sudando

            Estos dias de finales del mes de junio, ya terminado el ciclo de la primavera y deshechada esa preocupación por el lucimiento estilizado de los bikinis, el gimnasio ha quedado casi desierto. Yo, testarudo, sigo insistiendo en asistir regularmente y no es que físicamente note grandes progresos pero me consuela el pensar, o tal vez el sugestionarme, de que al menos me repercuta positivamente en salud.

             Con ese sosiego existente en el interior del gimnasio se puede elegir cualquiera de las actividades sin tener que pedir turno no temor a concetración humana. Desde hace unos días estoy yendo a Pilates. Respiración, coordinación y elasticidad que no siempre consigo aunar. Hoy estaba concentrado en la cierta dificultad de un ejercicio cuando oigo a la joven monitora que dice:

-Usted caballero ¿cómo se llama?

            Y, entonces, hice la pregunta más tonta que he hecho en las últimas semanas:

-¿Te refieres a mí?

             Sobre todo teniendo en cuenta que mis seis colegas de ejercicios eran todas mujeres, alguna de las cuales no pudo resistir el esbozar una leve sonrisa.

¿Elogio? de la diferencia

               Sé que, en plena efervescencia del Mundial de fútbol y con tan sonadas victorias de nuestra selección, no es políticamente correcto lo que voy a decir pero aún así quiero plasmar por escrito lo que pienso: nunca me ha gustado lo más mínimo el fútbol. Cuando en aquellas tardes eternas de los domingos veía a mi padre y hermanos pendientes del Carrusel Deportivo, de aquellos gritos radiofónicos de goooooool, goooooool,  o de aquel partido que retransmitían en blanco y negro todos los domingos pensaba que si me gustara tendría anulado ese aburrimiento vespertino. Pero me resultaba imposible. No era capaz de distraerme más de cinco minutos viendo ese balón que se disputaban aquellos veintidós señores, me parecía un extraño mérito eso de colarlo por aquella red. Y nunca entendí que esos señores tengan mucho más reconocimiento social que muchísima gente que se parte el pecho en muchísimos aspectos, para mí, mucho más meritorios, Lógicamente los lunes era el día en que permanecía más silencioso porque no podía participar en aquellas conversaciones balompédicas en que, como si se tratara de un problema filosófico, se discutía si una pitada del árbitro fue oportuna o no.            

              Con los años no he variado un ápice en mi interés por dicho deporte y cada vez me parece más exagerada esas pasiones que levanta como si en ese triunfo nos estuviéramos jugando la honra o la supervivencia. Y si me fijo en ciertas actitudes extremas de algunos aficionados me suena a ciertos comportamientos ancestrales que se pierden en la noche de los tiempos. No me entero de los resultados de los partidos hasta que han pasado unas horas o hasta que las noticias se empeñan en ponerlo en portada. Me da igual como quede el resultado de los partidos ya que el hecho de ganarlo o perderlo no me va a afectar en nada. Creo que hay cosas que afectan mucho más a la  buena marcha de nuestro país como una gran carencia de la educación y el deterioro de las normas de convivencia o bajando a terrenos más materialistas, y sin embargo también influyentes, la subida del euribor que sí que nos afecta a millones de españoles. 

                Aprovecharé la emisión de los próximos partidos para pasear o salir a la compra ya que son, sin duda, las horas más tranquilas en que las calles quedan desiertas. Sí ya sé que soy un poco rarito en este sentido pero es que  ¡hay cosas que no se eligen!

Sentado en el quicio de la puerta

              ¡Qué jartura de vida! Me paso el día trabajando, limpiando de casa en casa, o mejor dicho recogiendo la mierda a las señoras. Señoras se dicen ellas aunque sean más torponas que una, lo único es que han tenido más suerte en la via y no les ha tocao un cabrón como el que me tocó a mí. En realiá era lo único que hacía tocarme, aparte de emborracharse, hasta que lo mandé a tomar por culo y anda ahora dándole la tabarra a su madre que, antes, tanto defendía lo güeno que era su hijo. El juez, mu chulo él, que me pague todos los meses 650 €, pero ¿de donde va a sacarlo ese infelí? Y menos má que me han dao la beca pa que puea comé en er comedó. Cuando a las seis de la tarde recojo al niño para llegar a casa ya no me puedo casi tener en pie, la peste a lejía tumba a las moscas y tengo tós los güesos doloríos. Despué pendiente de la tarea, aunque al angelito no hay que desirle ná, en cuanto se toma er boyicao de la merienda se pone a hacerla y dándome mieo de que me pregunte cualquier cosa, pos ya sabe el mu joío con sólo doce años más que yo y que los ratones coloraos. Cuando termino de recoger la cena intento leé un rato las revistas viejas que me da mi vecina, pero no paso de la tercera foto. Y al día siguiente yastá el puñetero despertadó pitando a las 6 de la mañana. Levantá al niño, darle al desayuno y acompañarle a la puerta del cole. Este es el peó momento der día. Tener que dejarlo sólo en la puerta del colegio, porque entro a trabajá poco despué de los ocho ¿y que pueo hacé? Le doy un beso de despedía sin mirarle a los ojos y cuando me alejo, sin mirar atrás, pueo sentí su mirá que se me clava en la espalda como do puñalá. ¡Qué jartura de vida! 

                Adiós mamá…No entiendo porque se tiene que ir tan temprano a trabajar. Y me tengo que quedar aquí sentado junto a la puerta del colegio. Las madres de mis amigos no trabajan, por qué tengo que ser yo el más raro de todos. Si, además, papá cuando lo veo me dice que el da el dinero de sobra a mamá para mantenernos. Se podía quedar mamá en casa y traerme más tarde como a todo el mundo y luego irse con las otras madres a tomar el cafelito. Todas me dicen ¿y tu madre que hace tiempo que no la vemos? Al menos hoy no llueve, que cuando pasa eso no me puedo sentar y tengo que esperar todo el tiempo de pie pegado a la puerta para no mojarme mucho. Uy, ya parece que va a amanecer y se empieza a ver un poco más. Me voy a poner a estudiar Sociales que hoy hay examen. Ya pasa, por aquí delante, como todos los días el tipo ese alto de la cartera. ¡Uff, qué sueño! 

               El tipo alto de la cartera soy yo..y él me ve a mí pero yo también lo veo todos los días sentado ante la puerta cerrada de su colegio.

Ejercicio físico-síquico

Ejercicio físico-síquico

         Este mes de junio no estoy acudiendo demasiado al gimnasio, sin embargo he aprovechado algunos de los días en que el calor no ha sido sofocante, para pasear por la playa. Quizás no haya hecho tanto ejercicio físico como en el gimnasio, pero sin duda si que he realizado mucho de ejercicio síquico.  Sin  duda el mejor mes para disfrutar la playa es el mes de junio. La naturaleza,  ya despierta, nos anuncia el verano con su luz. Cuando puedo ir es a última hora de la tarde en que el sol aún brillando fuerte comienza a declinar. Hago el paseo a buen paso, me pongo el mp3 para ir escuchando música pero que no me impide oír el arrullo de las olas que van rompiendo a pocos centímetros de por donde camino. Mis  pies desnudos se deslizan por la arena dejando atrás un reguero de huellas sobre las que nunca podré volver. La brisa fresca y ligeramente húmeda del viento Sur ciñe todo mi paseo. Agradezco las gafas de sol para que no me hiera el brillo dorado que dinámicamente agita la superficie del agua y que, a la vez, me permite ver ese mundo vivo que bulle a mi alrededor. La playa está casi desierta, algo impensable el mes que viene a esta hora, pero eso no me impide a ver a algunas personas por allí.  

          En el camino me cruzo con otros paseantes unos con auriculares, otros con sombreros y, al fin, otros con las dos cosas, pero todos buscando mejorar su salud cardiovascular. Una abuela oronda y regocijada, al mismo tiempo, sujeta a su nieto que con sus primeros chapoteos la refresca de salpicaduras. Una joven madre toma el sol, sentada con la cabeza descolgada hacia atrás mientras sus hijos, laboriosos, construyen un castillo de arena de formas caprichosas.  Me sorprende ver a una señora mayor leyendo un libro del teólogo brasileño Leonardo Boff.  Una joven, de esas que dibujan un cuerpo que parece que no cambiará nunca, oculta tras unas gafas negras, lee un grueso libro. Su amiga al lado aprovecha esa peculiar intimidad para buscar pelos desperdigados por las piernas y castigarlos con las pinzas. Unos muchachos pescan junto a la orilla sus cañas se alzan enhiestas, mientras ellos, con esa paciencia que sólo da la pesca, permanecen con sus miradas fijas en el extremo de la caña. Tres señoras, en torno a una sombrilla, charlan animadamente mientras comen pipas y lanzan las cáscaras a la arena guarreando la playa, esperando que mañana la limpien porque como seguramente dirán cuando llegan: ¡hay que ver lo sucia que está la playa! Me cruzo con un grupo grande de disminuidos síquicos que toman el sol y se bañan, me llama la atención el cariño que ponen sus cuidadores que no dejan de estar pendiente de ellos. Una joven amazona chapotea con su caballo por la orilla, en una estampa única su imagen se cruza con varios barcos de pesca que salen a iniciar su jornada pesquera. 

           Cuando termino el paseo, el agua ya parece tragarse al sol y antes de salir de la playa, apetezco sentarme en la arena, frente al mar. Y mientras escucho el Canon de Pachebel, miro los mil matices de colores del cielo y el mar, saboreo el estar allí y me doy cuenta que soy un privilegiado teniendo esto tan cerca y accesible, lo que supone un verdadero ejercicio síquico de relajación y de alimento del espíritu. Vuelvo a agradecer el tener las gafas oscuras puestas, pero esta vez para ocultar de las miradas ajenas, en ese momento, el brillo que me ilumina los ojos.

De aljibes y otra noticia

De aljibes y otra noticia

                           Guillermo con los doctores que le atendieron    

 

           Muchas de las casas del casco antiguo de la ciudad de Cádiz tienen un aljibe, construido de los siglos XVII al XIX, y que servía para extraer el agua tan necesaria en aquella época que era menos accesible que ahora. Algunas de estas casas, todas dotadas de patio, tienen su pozo que indica la situación del aljibe, pero en otras, siendo su utilización anacrónica ha sido tapada con una simple losa que lo oculta e incluso hace olvidar su existencia. Tengo recuerdos infantiles del patio de casa, aquellos días en que cortaban el agua, se levantaba la losa que cubría el aljibe y se introducía en su interior una cuerda con un cubo de aluminio, de allí se extraía el agua que hacía entonces el correspondiente avío. He recordado esto al leer la noticia de la muerte hace unos días de una señora que estando tan tranquila limpiando el suelo se le hundió la losa, cayó al aljibe, falleciendo de esta manera tan inaudita. No es la primera vez que alguien cae en uno, hace tres años a una madre y su hijo mientras veía la televisión se les hundió el suelo y fueron a parar a otro. Afortunadamente en este caso no hubo desgracias personales.

     Y siguiendo con las noticias periodísticas, he leído también la extracción de una muela cariada y de quiste en el maxilar a Guillermo, una noticia que no hubiera salido en los periódicos si no llega a ser porque Guillermo es un chimpancé del zoo de Jerez. Y ahí sale el gorila tumbado en el sillón del dentista mientras un equipo de profesionales, encabezadopor un afamado odontólogo, se dedicaba a solucionar ese problema que lo había vuelto un tanto irascible. Muchos quisieran tener la mitad de los cuidados y atención de este simio. Lógicamente a Guillermo le pusieron anestesia total, que si no...

¡Qué coño!

       Esta expresión no es un grito de guerra y  ni siquiera una exclamación admirativa a la vista de "algo" asombroso, sino el simple recuerdo de dos palabras que escuché hace muchos años en una película. Si mal no recuerdo el título era Risky Bussines y era una de aquella época, hace más de veinte años, en que Tom Cruise no podía ni imaginarse sus misiones imposibles. En un momento de la película alguien le dice al protagonista: 

-Hay momentos en la vida que hay que decir ¡qué coño!    

      Me pareció una frase muy acertada y que encierra dentro de su aparente zafiedad un gran simbolismo, la de la persona que ha sobrepasado un cierto límite ya sea por desesperación o hartazgo, que se detiene y ha decidido saltar por encima de ese muro que le separa de otra situación diferente, en definitiva, de lo desconocido. Lo que ocurre es que no siempre es fácil tomar la decisión de saltar por encima, pero hay momentos en que la propìa salud mental empuja a ello y en esos casos se dice : ¡Qué coño! Se salta desde arriba del muro y se espera al menos que el aterrizaje, a esas circunstancias nuevas, sea lo menos doloroso posible.

Domingo por la mañana

Domingo por la mañana

      Siempre me han gustado los domingos por la mañana, no me refiero a esa hora en que el mediodía invita al aperitivo, sino a esas primeras horas de la mañana, un momento privilegiado de la semana en que es posible escuchar hasta los sonidos del silencio. Esta mañana comentaba eso a mi hija pequeña cuando salimos a la calle a la búsqueda y captura de unos churros calientes. En una esquina solitaria donde hasta la ausencia del tráfico se hacía patente nos detuvimos y le dije: mira escucha cantar a los pájaros. Y hasta cinco trinos diferentes nos salpicaron los oídos. Aunque como muy bien me dijo ella: los pájaros cantan todo el día. Sí, eso es cierto lo que pasa que no siempre tenemos el silencio y la tranquilidad necesaria para poder disfrutarlos.

      Tras ese paseo matinal parece que los churros están hasta más ricos. ¿Te apetece alguno?