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El búcaro de barro

Día a día

Compras y compras

Compras y compras

       Aprovecho este acertado dibujo de MEL, que me recuerda a los naúfragos del genial dibujante del TBO, Coll, para ilustrar este post. El tiempo de Navidad se ha convertido en una época casi compulsiva de compra, que cada vez se va adelantando más. Riadas de gente en centros comerciales a la compra de ese objeto, que muchas veces en medio de tanta variedad, se compra sin mayores ganas e, incluso, con cierta repulsión como arrastrado de una pasión consumista a la que uno se ve imposibilitado de sustraerse.

       Me parecen bien los detalles con las personas que queremos, pero dudo que este sea el mejor sistema, en que lo que hacemos es engordar, en estas fechas, la caja de los comercios. Creo que sería mejor cuidar estos detalles durante el año y que si queremos regalar algo aprovechar cualquier otra fecha, en que la sorpresa dé incluso mayor valor al regalo. No creo que esta idea mía sirva de nada, pero al menos es una gota en medio de ese océano donde anda perdido, obsesionado y agobiado ese pobre naúfrago.

Días de ajetreo

Días de ajetreo

            Estos días previos a las fechas navideñas suelen ser especialmente complicados y agotadores. Finales de curso, reuniones, cierres de ejercicios, comidas de confraternización laboral, preparación de comidas familiares, compras de regalos, horarios anárquicos de entrada y salida de colegios, desempolvado del traje de pastora (no para mí, claro)... Como se puede ver una total ruptura de la rutina que en ocasiones viene bien, pero que al final del día hacen casi imposible sujetar los párpados. Hoy no he ido a trabajar, pero mis pies lo han notado, he tenido que darme varios paseos para recoger notas de las niñas y a ellas mismas. Esta tarde he ido con la pequeña a ver "Chicken Little", no es que sea una película de las que van a hacer época, pero aprovecho para gustar la presencia al lado de mi hija, de esos años de infancia compartida que poco a poco se van marchando.

             Por último pero no por eso es lo menos importante quiero hacer un brindis, lleno de alegría,  por alguien muy especial, que sumida desde hace meses en una especie de conflicto interno de compleja solución, ayer como un anticipo de esos milagros que sólo pasan en Navidad, recibió una sacudida muy especial que hizo que su vida cobrara una luz nueva y recuperara un sentido que no acababa de encontrar.

Imagen desaparecida

Imagen desaparecida

Hoy al levantarme me di un pequeño susto, adormilado me asomé al espejo del pasillo y mi imagen había desaparecido. Enseguida me vino a la memoria aquellas películas de terror donde los fantasmas nunca se reflejaban en el espejo. ¿Me habría transformado en fantasma en el transcurrir de la noche? Cuando cayeron las legañas y pude abrir del todo los ojos, me di cuenta que lo que había desaparecido, en realidad, era el espejo que lo estaban limpiando.

Llegados a cierta edad, estamos tan acostumbrado a que las situaciones y las cosas sean tan invariables que cuando algo cambia, aunque sea levemente, parece que nuestro universo se trastoca y nos resulta más sencillo el pensar que no tenemos imagen que un simple espejo haya cambiado de lugar. ¿No es eso un freno a nuestra maduración y evolución cotidiana?

Deambulando

Deambulando Hoy he tenido el día libre y he ido a Cádiz a deambular por allí. He paseado disfrutando de la luz (esta foto es de esta mañana). He almorzado con compañeros. He tomado cafés. Me he reencontrado con gente a la que hacía tiempo que no veía. He hablado y, sobre todo, escuchado. He recorrido las calles, contemplando a sus gentes. He pensado poco y sobre todo he saboreado el día y lo he disfrutado.

Un extraño fax

Un extraño fax

     Estoy acostumbrado todas las mañanas a retirar fax de propagandas de esos que me ofrecen un teléfono manos libres o una practiquísima máquina para beber agua. Pero hace unas semanas en medio de ellos apareció un extraño fax. Reconocí una partida de bautismo firmada por el párroco y enviada desde un remoto lugar de Argentina, que no sé por qué imaginé que estaría situado en plena Pampa. No traía remite y al mirar desde donde me había sido enviado únicamente ponía “cyber-telecabina”. No conocía, ni tenía ni idea quien era esa niña de diez años a nombre de quien venía esa partida de bautismo así que imaginé que desde algún locutorio público la habían mandado y por error habían trastocado el número y llegó a mi oficina.

    Me dio cierta pena pensar que en otro fax alguien estaría esperando aquel documento y que no le llegaría, pero supuse que quien lo mandara una vez que se diera cuenta de su error lo mandaría al fax adecuado. Pero me equivoqué, a la semana siguiente volví a recibirlo y abajo aparecía una nota entre urgencia y lamento: “Por favor entréguenlo a Florencia”. ¿Y quién era Florencia? La cosa se complicaba, insistían en el envío y yo ahora con un fax doble encima de la mesa. Entonces fue cuando, aunque no tuviera nada que ver con todo aquello, me puse a hacer indagaciones. Lo primero que averigüé fue el nombre de la madre y me enteré que tenía un negocio. Busqué ese negocio pero no hubo forma de encontrarlo porque la dirección que me dieron estaba equivocada. Al fin logré su móvil los dos primeros días que llamé no lo cogía nadie y pensé que como todo en aquella historia estaba equivocado, pero al fin el tercer día que llamé sin ninguna esperanza, me contestó ella y me dijo que efectivamente estaba esperando un fax que su hermano aseguraba haber mandado a pesar de que ellos decían no haberlo recibido.  

     Quedaron en pasarse por mi oficina ese mismo día, lo cual también fue tan complicado como encontrar un edificio sin número en una avenida de varios kilómetros pero, tras llamarme y reorientarles, pocos minutos antes de que cerrara la oficina lograron llegar. Ella una guapa y morena argentina de labios recortados, su marido alto y fuerte hablaba con acento cadencioso. Ambos se alegraban de tener el fax y, al despedirse, tras estrecharme la mano me agradecieron aquel esfuerzo que me había tomado, ya que aquel fax era necesario para que la pequeña Fiorella pudiera hacer su primera Comunión.

Ser una mariposa

Ser una mariposa

Hoy he creido ser una mariposa. Desde hacía mucho tiempo la inicial inmersión en un libro no me hacía despertar tantas y tan vivas sensaciones. Me entraron ganas de dibujar y he estado varias horas con el boligrafo negro creando sombras y trazando líneas. Me he sentido volar hasta cerca de las nubes y el aleteo ha acariciado el aire de mi alrededor. Y aunque en algún momento el viento intentó arrastrarme conseguí mantener mi posición viva y majestuosa.

Sé que la vida de la mariposa es efímera, pero no me importa, aprovecharé para disfrutar y volar de blog en blog.

Estampa otoñal

Estampa otoñal

Hoy ha amanecido el día frío. Mi cuerpo guarda aún algunas calorías de la caricia de las mantas, pero que empieza a perder a contactar con la gélida temperatura que hace. Me lavo la cara y los ojos casi cosidos les cuesta despegarse con el contacto del agua helada.  Oscuro, cada día que pasa la mayor falta de luz va originando un menor deseo de salir a la calle. ¡Uy! Me quejaba yo del frío, esto es mucho peor. Veo la temperatura en un termómetro cinco grados, que se rebajan con esa sensación térmica que produce el exceso de humedad que tenemos por estas latitudes.

La calle está solitaria, me cruzo con solitarios paseantes, casi espectros encogidos de manos desaparecidas en los bolsillos. Un grupo de albañiles esperan su entrada en un edificio en construcción, las voces estentóreas rompen el silencio ambiental, mientras uno de ellos con ropas sucias, antes de trabajar, agota un cigarrillo con unos ojos que pretenden extender el sueño nocturno. Mis pasos siguen recorriendo calles que cada vez están más iluminadas. Llego frente a una gran iglesia de piedra amarilla cuando el sol empieza a arrancarle brillos. Miro a la torre, allí sigue la cigüeña, encogida, silenciosa como queriendo pasar de incógnito para que no la echen más al sur y tenga que abandonar su acogedor nido. Por la carretera bajan muchos coches, a esa hora dudosa en que unos traen faros encendidos y los otros apagados, todos con gente que va a empezar su jornada con más o menos ganas. Llego a la cancela de mi trabajo, tengo que sacar la mano del bolsillo para abrir el candado. En el suelo está el periódico tirado con una goma alrededor, esto de lanzar periódicos al aire sólo lo he visto en las películas norteamericanas. Entro en la oficina, enciendo luces pongo la calefacción, enciendo ordenadores y fotocopiadora y me organizo el trabajo que tengo pendiente.  Quito la hoja del calendario: ¡otro mes más! A las ocho y media, antes de abrir al público aprovecho para ir a desayunar. No me gusta que cuando alguien pregunta por mí le digan que estoy desayunando, y así lo evito.

El bar acaba de abrir. Sólo hay un joven con casco al lado que fuma, mientras toma café. Que aproveche que le queda poco para fumar allí. Comprendo que apetezca fumar pero a mí no me gustan las tostadas con humo sino con mantequilla. Una parroquiana lee el periódico, como no han llegado sus amigas le da charla al dueño del bar. Comenta que a su hija, buena estudiante le dolía la cabeza, y era porque le faltaban gafas. Concluye, peregrinamente, que todos los buenos estudiantes tienen que ponerse gafas. Me asombra su lógica aplastante. Una vez repuesto con el desayuno vuelvo a la oficina lo justo para trabajar. Por el camino me saluda el de la tienda de pinturas que acaba de abrir y una anciana con su sobrino síndrome de Down que todos los días a esa hora espera el autobús para la escuela. Los coches se van vaciando de niños que van al colegio de enfrente. La luz es preciosa. Subo de nuevo la cuesta a la oficina y abro la puerta para el público: son las nueve de la mañana.

El búcaro S.L.

El búcaro S.L.

       En mis años de experiencia laboral siempre he compartido mi jornada de trabajo con un número más o menos grande de compañer@s. A veces he compartido edificio con unos doscientos. Ya se sabe que en cuanto hay más de tres, como dice el refrán pueden "ser multitud”, y  tienden a formarse grupúsculos de distinta tendencia o a diluir la propia responsabilidad entre la del resto.Por distintas circunstancias últimamente me paso distintas épocas en que estoy toda la mañana trabajando sólo en mi oficina. Ello supone desde abrir o cerrar la puerta y encender luces y ordenadores hasta cambiar el toner o papel a la fotocopiadora, atender al público, hacer la correspondencia, resolver los expedientes que entran, atender al teléfono y  archivar la documentación. A pesar de que hay momentos especialmente estresantes, procuro darle vueltas a la cabeza para innovar o modificar aspectos de mi trabajo que lo puedan hacer más eficaz.

       Lógicamente hay ratos en que se echa de menos el charlar, quejarse o simplemente ver a alguien más. Al menos, no estoy en una burbuja aislada ya que tengo comunicación con el exterior por mail, sms y teléfono. Pero,  como en todo lo que hago, procuro ver el lado positivo de la situación. Al no tener jefe, yo me organizo y me responsabilizo de mi trabajo. No estoy sometido a geniales ideas, más que a las mías y no tengo que reír las gracias a unos posibles malos chistes. Al no tener subordinados no tengo que estar pendiente de si se escaquea o realiza su trabajo. No tengo que supervisar nada para evitar meteduras de pata que ya me aseguro, mientras trabajo, de hacer las cosas directamente bien. Sólo hay, lo que a veces es, un pequeño problema: hay momentos en que encuentro verdaderas dificultades para poder "escaparme" hacia los servicios.

Incompetencia manifiesta

Incompetencia manifiesta

Tengo paciencia con los errores ajenos porque pienso que todos tenemos derecho a equivocarnos, pero me sacan de quicio cuando veo que  son fruto de una incompetencia manifiesta. La semana pasada recibí una carta con acuse de recibo, lo que me sorprendió, del administrador de la comunidad del garaje. Sorpresa que se tornó en indignación cuando leí el contenido de dicha misiva. En ella se me requería el pago de cinco meses de comunidad, que debía según dicho administrador, o de lo contrario se daría curso a un proceso judicial.

 

Al llegar a mi casa busqué los justificantes de pago, y no sólo tenía pagados los meses que se me solicitaban sino además el mes siguiente, pues suelo pagar varios meses a la vez con adelanto. Esa misma tarde estaba en correos con una carta de respuesta adjuntando copias de los justificantes. En ella le indicaba que otro día antes de hacerme perder el tiempo y el dinero, el franqueo de la carta no me lo va a pagar él, comprobara bien los datos y sobre todo, que si le mandé, en su momento, una transferencia con todos los datos, ¿dónde ha contabilizado ese dinero que debe sobrarle?

Este administrador lleva sólo cinco meses, con el otro durante años nunca tuve ningún problema, tal como ha empezado me parece que va a durar poco o quizás hay que decirle como dice la letra de esa canción: “Manolete, manolete, si no sabes torear para que te metes”.

 

Día de tablas

Día de tablas

Ayer domingo fue un día presidido por las tablas. No, no me refiero precisamente a la tabla redonda del rey Arturo. Mi hija la pequeña recitando la tabla de multiplicar, y mis oídos alternaban aquellas parejas numerales, enlazadas por el signo x, con los elementos químicos; que por otro lado, mi hija la mayor,  enumeraba agrupados en las columnas correspondiendo, esta vez, a la tabla periódica de los elementos. Y, a todo esto, los mayores alternábamos nuestro tiempo con la tabla de la plancha…

Supervivientes

Supervivientes

             No, me refiero a ese grupo de personas que sobrevive ante una tragedia puntual sino a los que cotidianamente siguen hacia delante, a pesar de las zancadillas a los que la vida les somete. Por razones laborales me encuentro, habitualmente, con muchos de ellos. Un hombre de poco más de cuarenta años que con cuatrocientos euros debe sacar adelante a una casa de tres hijos. Parejas de ancianos que con muchos achaques y poco dinero, intentan con una exigua pensión echar una mano en casa de los hijos. Una joven que convive con su padre y que, tras morir él, se queda sin nada absolutamente.

            Casos de estos me sorprenden todos los días y te das cuenta cómo en medio de ese universo hay una verdadera casta de supervivientes. No sé cómo, pero se las avían para salir adelante, buscan y rebuscan en el supermercado de la vida y logran encontrar esos productos que los demás ni sospecharíamos que existen y, sobre todo, no pierden la sonrisa. Lo que más me gusta es, como cuando esta mañana, una viuda con un hijo adolescente comparte su alegría conmigo y me cuenta emocionada con lágrimas en los ojos cómo había conseguido, al fin, irse a vivir a un piso. Habían vivido, hasta entonces, en una habitación de una casa de vecinos y por primera vez en su vida, iban a tener su hijo un cuarto y ella otro. Cuando conozco estas historias, pienso:  ¿podemos quejarnos nosotros?