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El búcaro de barro

Escribiendo

Despertar

Despertar

            Despertó un domingo más. Descansado tras horas de sueño, aún no había amanecido. Se notaba flotando en tan irreal atmósfera y se mantuvo en esa semivigilia en la que ansiaba, desesperadamente, mimosas caricias.

            Buscó como inexperto zahorí, esa agua, que no encontró para apaciguar la sequedad de su cuerpo. Intentó atenuarla con las gotas que brotaban de sus propios dedos, mientras su imaginación impulsada por alas surcaba el aire en busca de una fuente de agua clara.

            Las gotas de sus dedos y las estelas de su imaginación fueron, poco a poco, cubriendo su cuerpo de una pátina placentera que si bien no calmó de todo su afán, una vez que estalló le ayudó a seguir durmiendo…y soñando.

Una peligrosa terapia

Una peligrosa terapia

           Cosme tomó asiento en una de las cinco sillas que rodeaban a aquel terapeuta argentino. Después de él fueron sentándose sus tres compañeros, no conocía a nadie, era la primera vez que iba. El repiqueteo de unos tacones le indicó que la cuarta era del sexo femenino. Efectivamente, unas piernas bien esculpidas y sin fin trajeron frente a él a una mujer de curvas imposibles que, en seguida, calificó como la más hermosa que nunca había visto en su vida. Se sentó en la silla dejando caer sus abundantes rizos sobre su rostro dejando asomar el rojo brillante de unos labios humedecidos.

          Aquella era una experiencia a la que había accedido aconsejado por su sicólogo. Cada uno tenía un problema diferente, ninguno sabía nada del otro, y la terapia común consistía en escuchar unos datos comunes sobre la personalidad que les iban a impartir durante varias sesiones. El problema de Cosme era el de una timidez excesiva, castrante y dolorosa, que quería superar. Cuando aquella joven se sentó frente a él y anudó de manera imposible sus piernas sus mejillas enrojecieron con un color que pareció reflejar los labios de ella. ¿Por qué estaría ella allí? Cuando terminaron la sesión le intentó decir algo, pero su lengua se resistió a hacer el más leve de los movimientos mientras ella, con movimientos ondulantes, se alejaba por el pasillo. Al día siguiente consiguió sentarse a su lado, él observaba con disimulo cómo aquella mano de dedos finos y uñas alargadas tomaba apuntes sin cesar. Y empezó a sudar copiosamente cuando detectó algunas miradas de reojo, sin disimular por parte de ella. Ese juego de peculiar seducción siguió durante un par de semanas, pero lo más peculiar fue lo que ocurrió el día…. festividad de San Cosme, aquella mujer con la que no había cruzado una palabra le tendió un pequeño paquete en papel de regalo. ¡Era una bufanda en color amarillo fosforescente que a él le pareció la más hermosa del mundo! Un gracias, inaudible, se disolvió en su lengua intentando agradecerle el detalle.

          Si alguien pensara que ese gesto transformó aquella peculiar situación está equivocado, el único cambio notorio fue que, a partir de aquel día, Cosme acudía a las reuniones con aquella bufanda fosforita en torno a su cuello. La semana siguiente hubo otro cambio que deslumbró a nuestro protagonista, aquellos rizos caprichosos habían dado lugar a un pelo liso y sedoso que acariciaba los hombros de su compañera de asiento. Ella lo sorprendió cuando admiraba aquel cambio y sacando un caramelo del bolsillo dijo la primera palabra que él había escuchado de sus labios, mientras le tendía un caramelo: ¿quieres?

           Mudo por la emoción cogió aquel caramelo y pasó a saborearlo con delectación. Mientras Cosme la miraba, ella sin levantar la cabeza del papel no dejaba de escribir. En aquel momento una sacudida atrás de la misma hizo que el pelo haciendo una cabriola por el aire, volviera a su espalda. Entonces pudo ver lo que ella ¿escribía? ¡era un dibujo!

             En aquellos trazos simples pudo ver cómo una mujer de labios rojos y cabello liso daba un caramelo a alguien que con su bigote, sus cuatro pelos malcontados al que en aquel momento ella coloreaba la bufanda dibujada con un rotulador amarillo fosforescente ¡ya no dudó que se refería a él! Lo peor fue cuando al fijarse con más detalle observó que el caramelo tenía dibujada una calavera.  Mientras perdía la consciencia pudo atisbar, como si la viera entre niebla, una leve sonrisa en aquellos labios rojos. Nunca llegó a averiguar que la causa de que ella asistiera a aquella terapia era que tenía un instinto asesino compulsivo. 

Día eterno

Día eterno

           Hoy se me hace el día eterno. Miro al reloj otra vez. ¡Qué lento pasan los minutos! Y qué duro disimular cada vez que lo veo por el pasillo. Es lo mejor, dice él. Llega la tarde y con el declinar de la luz del día empiezo a ponerme nerviosa. La noche está cerca…            

           Estaré esperándolo en mi cama. Desnuda como siempre. Aguzaré mi oído cuando escuche sus pasos serenos por el pasillo. Y mi corazón pegará un salto cuando entre en mi habitación. Me echaré a un lado en la cama para hacerle hueco y estaré deseando sentir el calor de su cuerpo en íntimo contacto con el mío. Desearé que me rodee con sus brazos, saborear esas sensaciones que, sus dedos traviesos, afilan con esa destreza que les caracteriza y sentir cómo reviven mis pechos al envolverlos en sus caricias. Jugaré con el vello de su piel mientras nos comunicamos en silencio con los ojos en la penumbra que impone la oscuridad. Y disfrutaré dejándole que se pase toda la noche escribiendo, de arriba abajo, sobre mi cuerpo palabras de amor…            

          Sólo espero que cuando se marche, no le pase como ayer, que al coger sus gafas de mi mesilla de noche, tiró con estrépito mi bastón al suelo y casi despierta a la cuidadora que está de turno de noche en el asilo.

Sin aplausos

Sin aplausos

             Llevo toda la vida sin que me hayan aplaudido nunca. Tengo ya…, les parecerá imposible, pero en este momento no estoy ni siquiera seguro de tener edad alguna. No pido grandes aplausos como los que reciben los artistas tras su actuación o los políticos tras sus fuleros mítines. No es eso, sólo me gustaría haber recibido alguna vez la caricia en mis oídos de ese sonido, que producen las palmas entrechocándose, como reconocimiento ajeno a alguna de las cosas que he hecho en mi vida. Porque supongo que alguna actividad, merecedora de un aplauso, habré realizado.

 

            También puede ser que haya vivido tiempos parcos en aplausos. Hoy desde que nace un niño, los aplausos le acompañan: en sus cumpleaños (antes no los celebrábamos), en su función navideña de la guardería (nunca fui a una guardería), en sus distintos actos de graduación (Secundaria, Bachillerato, Universitaria, Master… yo no tuve nada de eso me dieron el aprobado y para mi casa). Hemos pasado de un extremo al otro. A mí nadie me aplaudió, ahora parece que cualquier cosa que se hace hay que aplaudirla, como si fuera necesario ese empujón ajeno o actuara como cebo para que se haga merecedor del siguiente escalón del aplausómetro. Pero yo debí llegar tarde a todo eso, porque a pesar de mis distintos méritos, nadie me aplaudió absolutamente por nada.

            Sin embargo, hay gente de mi edad e, incluso cercana a mí, cuyo espíritu ha florecido por multitud de aplausos. Recuerdo el caso de Pepe que vestido como un figurín fue pregonero de la Semana Santa, y aquel auditorio agradecido estalló en una sonora ovación ante sus fáciles rimas y rebuscados ripios. O el de Valentín que no sabe ni hablar, pero su voz confundida entre las de su chirigota hizo poner en pie a todo el público carnavalero. O, incluso, el de Arístides cuyo único mérito fue el de “vocear” un discurso de tres líneas al acabar una manifestación contra la subida de impuestos, no sólo hubo aplausos y vivas, sino que poco más y si no pesara 150 Kg lo hubieran cogido en hombro como a los toreros.

            Pero a mi nadie se le ha ocurrido nunca aplaudirme…¿Qué oigo? Me parece estar escuchando aplausos,…¡son para mí! Al fin, lo conseguí. ¿Quién me lo iba a decir después de lo mucho que  siempre me he quejado de no recibirlos?

           Parece que es mucha gente la que aplaude. No acabo de distinguir bien el sonido a través del grosor de la madera. Pero ¿a ninguno de estos imbéciles, que aplauden, no se les ocurre pensar que no estoy muerto sino que sólo he sufrido una catalepsia?

 

Entre sus brazos

Entre sus brazos

            Entre los brazos de su madre acogido con cariño permanecía el niño. Ella lo estrujaba contra su pecho meciendo con levedad aquel tesoro, mientras sus ojos hinchados de ternura contemplaban arrobada aquella criatura indefensa. El tiempo parecía haberse detenido. El pequeño no dejaba de mirar a su madre…y sonreía con esa sonrisa luminosa de inocencia que sólo saben dibujar los niños. Sus manos diminutas semejaban dibujar en el aire pompas de jabón que aquellos labios maternales acariciaban en el aire con sus besos. Se sentía a gusto, protegido y seguro como nunca más lo estaría cuando se desprendiera de aquellos brazos y empezara a andar hacia ese destino incierto que la vida le tenía preparado.

             Pero muchos años después, cuando ya la madre sólo formara parte de la memoria, aquel niño, hoy canoso y arrugado, al cerrar los ojos aún podrá sentir la sensación imborrable de aquel, amoroso y cálido, abrazo en torno suyo.

El día después

El día después

     Ya pasaron los Reyes y con ellos se fueron los regalos cariñosos acompañados de las compras compulsivas y de los absurdos artilugios que llegan a las casas y no se sabe donde colocarlos, aunque el impulso primigenio sea el de tirarlos directamente a la basura para reciclarlos. Entre los muchos desperdicios de estos días está el de los kilómetros de papel de regalo que suelen tener una efímera vida.

      Nunca le había dado importancia al papel de regalo, pero este año, cuando entré en la librería desde rincón donde descansaban los papeles de regalo, lo ví. Era el papel más bonito que nunca había visto. Un matiz brillante, sobre el que destacaba unos tonos rojos y verdes, cubrían toda su superficie y en medio de unos veinte papeles diferentes sobresalía como un príncipe encantado de cuentos. Me llevé a modo de cetros reales una buena provisión de rollos de este papel hasta mi casa. Durante el tiempo en que estuvieron en lo alto del armario, parecían saludarme con un guiño cómplice cada vez que entraba en la habitación.

       Al fin llegó la víspera de Reyes. Este año aquel trabajo entre tedioso y angustioso de envolver regalos y despegar el papel adhesivo se convirtió en ameno. El tacto de aquel papel despertaban en mí viejas sensaciones olvidadas y su colorido singular atrapaban mi mirada durante aquellas gozosas horas. Las cajas empezaron a perder su aspecto exterior uniformándose todas de aquella envoltura. Ni una arruga y dobleces perfectos. Cuando deposité aquella valiosa carga bajo el árbol de Navidad vi que eran los paquetes más hermosos y que destacaban respecto a todos los demás. Una sensación extraña me invadió, hubiera querido que aquellos paquetes nunca se abrieran, que permanecieran siempre cerrados como si el verdadero tesoro estuviera fuera y no dentro.

        Pero aquello sólo duró un instante.  En el momento en que las distintas manos los asieron, no miraron ni el color, ni la forma, ni siquiera aquel brillo que me había onubilado y en décimas de segundo aquel papel era rasgado, a la par que mi corazón, y pasaba a acumularse junto a otros en un montón informe. Ni siquiera presté mucha atención a mis regalos, pendiente de cómo aquel papel desaparecía de mi vista camino del contenedor azul. Aún por la noche sentía aquella nostalgia dolorosa de aquel brillante envoltorio, pero al abrir el cajón de mi mesa de noche salió, como una sonrisa, de su interior un trozo reluciente que se había quedado sin usar. Lo tomé entre mis manos con el mismo cuidado que se trataría al último especímen de una especie a extinguir y tomando un libro de poemas que me acompaña, desde hace años, junto a la mesilla de noche me puse a forrarlo, con delicadeza, con ese papel. El libro quedó mucho más poético y ahora, no sólo sus poemas me riegan por dentro, sino que su exterior brillante, aparte de dejarse acariciar por mis dedos, hace que paladee, de manera única, mi mirada.

 

 

El día de la independencia

El día de la independencia

             Arístides Oiratilos fue hijo único y eso le convirtió en un niño solitario e independiente. Sus diversiones transcurrían en la más estricta soledad ya fuera devorando libros como un león hambriento o interminables partidas de ajedrez contra él mismo, que irremisiblemente quedaban en tablas. Cuando creció siguiendo la estela familiar montó una empresa, le sonaba bien eso de ser autónomo y en ella pasaba horas, semanas y días. Pero como a todos también a Arístides le llegó esa flaqueza, luego se dio cuenta que era eso, del amor y fue cuando, un día que fue a encargarle un trabajo, conoció a Rosaura. Sus ojos acaramelados, sus andares pausados, su hablar meloso, sus curvas ondulantes, sus pechos consistentes, sus manos perfectas…nunca supo qué de todo aquello contribuyó a quebrar su instinto de lobo ermitaño y le hizo caer en sus redes.            

             Tras un corto noviazgo Rosaura lo empujó, así se sintió, al altar y tras un viaje de novios a un islote solitario, que eligió Arístides, iniciaron su vida de casados. Rosaura resultó ser una mujer trabajadora, hacendosa y…mimosa. Desde que levantaba hasta que se acostaba estaba pendiente de Arístides. Tras afeitarse por la mañana se encontraba su ropa perfectamente planchada sobre la silla y el desayuno en su punto en la cocina. Durante la mañana la voz almibarada de Rosaura sonaba en el oído de Arístides cuando el teléfono del trabajo sonaba varias veces, para preguntarle cómo estaba, qué quería comer o si necesitaba que le comprara algo de la calle. El almuerzo lo esperaba puntualmente sobre la mesa y cuando se iba a tumbar en el sofá se encontraba el cojín arrellanado por las manos de Rosaura, quien se apresuraba a colocarle una manta sobre las piernas en cuanto se sentaba. La tarde transcurría de forma análoga a la mañana tras la cena, ella se sentaba junto él, le preguntaba por el canal que quería ver y, a continuación, le daba un masaje en la espalda para relajar tensiones, en lo que era experta. Cuando él vencido por el cansancio se iba a la cama se encontraba allí con una bolsa de agua caliente preparada con cariño por su mujer.  

           Todo esto que a muchos hombres haría feliz empezó, poco a poco, a causar un cierto hartazgo en Arístides. Y como muchos empezó a mirar hacia atrás con nostalgia de lo que había dejado: la independencia. Anhelaba sentirse libre, el poder equivocarse sólo, estirar los brazos sin el peligro de darle a su mujer en la cara. Se sentía sumamente agobiado y quería huir de aquella reclusión, aunque la jaula fuera de oro, en que se sentía sumido. Fue, entonces, cuando se le ocurrió la idea de ir de vacaciones a esquiar a Sierra Nevada. Serían unos días donde él, experto esquiador, podría dedicarse durante horas a deslizarse, libre como un pájaro, mientras ella quedaría en el hotel. 

             Arístides supo que aquel día sería diferente, cuando sintió el aire fresco de la sierra. Se ajustó los esquíes y subió al telesilla. A su alrededor se agolpaban otros muchos esquiadores pero él se sentía liberado lejos del cuidado protector de su mujer. Empezó a deslizarse primero despacio y luego, a medida que recuperaba la habilidad de antaño, a mayor velocidad. Se sentía libre. Hoy iba a ser el día de la independencia. ¡Volaba! Sorpresivamente tras dar una curva apareció una piedra y no supo como si todo era blanco, en un instante, se transformó todo en negro.  

              Todo esto pensaba Arístides en el primer aniversario de aquel suceso. Rosaura se inclinó amorosamente y con un pañuelo le limpió la saliva de las comisuras de los labios, mientras Arístides intentaba esbozar una sonrisa. A continuación aquellas manos perfectas siguieron empujando la silla de ruedas en la que se desplazaba su marido.              

A una isla desierta

A una isla desierta

            Desde que hace unos  años descubrí el inmenso potencial que encierran las palabras, las guardo como si de un preciado tesoro se trataran. Por eso no dudaría si me hicieran esa pregunta tópica de ¿qué te llevarías a una isla desierta? 

            Lo tengo claro, me llevaría mi pendrive, con la memoria saturada de líneas y frases. Pero reflexionando un poco más: una vez que llegue a allí ¿en dónde lo conecto?¿tendrán los cocoteros un puerto USB libre?

  

¿Dónde cuelgo las bolas?

¿Dónde cuelgo las bolas?

            Una vez más la incisiva viñeta de mi paisano MEL me sirve de cabecera a este post, pues me he visto reflejado en esa actitud, entre sorpresiva y escéptica del naúfrago.

            Miro a mi alrededor y, en muchas ocasiones, me siento así aislado en medio de la sociedad, la soledad, inmensa y a ésta todo lo que se le ocurre, porque son las fechas típicas para ello, el suministrarme una caja de cartón con adornos navideños.

            Necesitamos una sociedad más solidaria, capaz de preocuparse por el más próximo y no bolas de navidad. En los trabajos, menos explotación, más compañerismo y camaradería y no guirnaldas en las ventanas. En las familias, un ambiente sano, un verdadero interés y apoyo por los demás, superando envidias y tendiendo puentes en esos muchos abismos que crea el dinero. En todos, ese cuidado por el detalle que intenta destacar aquello que agrada a los demás: unas palabras, una sonrisa, un simple sms,...y no el lanzarnos desaforadamente a la calle a la compra compulsiva de unos regalos, en la mayoría inútiles, que sucumbirán aburridos en un rincón.

              Pero para todo esto no es necesario que sea navidad, tenemos mucho tiempo para desarrollarlo, concretamente trescientos sesenta y cinco días cada año. Por eso, por mí, se pueden quedar con esas bolas y guirnaldas; o mejor, las lanzaré al mar. Las guirnaldas irán a ponerle ese tono de color que necesita la oscuridad abisal y en cuanto a las bolas se irán dispersando sobre las olas hasta que se conviertan en juego de sirenas. Creo que quedaré con la caja de cartón que, desde su aparente inutilidad, la considero más necesaria que todo su contenido.

Tras un despertar

Tras un despertar

          Blanca, hija única, nació en una familia de posibles, en la que nunca le faltó nada material, pero en la que no abundó lo que en realidad ella más necesitaba. Su infancia se perdió entre las líneas cuadriculadas que trazaba con escuadra y cartabón  su padre, Don Fernán, quien se jactaba frecuentemente, en público de “luenga ascendencia hidalga”. Sin percatarse de ello, la niña se transformó en adolescencia. no era tonta y sabía que la rebeldía habitual de su edad se hubiera estrellado contra el muro de granito, cada vez más reforzado de Don Fernán. ¡Tienes de todo, te podrás quejar! le inquiría cuando el menor atisbo de descontento asomaba a sus labios.  

           Transformada en grácil doncella, incapaz de alzar el cuello por encima del estrecho pasillo existente  entre aquellos muros, fue por aquel camino por donde se topó con Ángel. Colocado allí por don Fernán ya que adivinó en aquel joven su sorprendente fotocopia y pensó que era el adecuado para su hija. El noviazgo duró poco y, ya casados, no tardó Blanca en darse cuenta que su marido de Ángel sólo tenía el nombre. En su ingenuidad no dudó demasiado, huyendo de las garras que le atenazaban sobre su cabeza pero cayó en  otras garras peores que ahora la rodeaban  en torno suyo. Y los años la fueron colgando de arrugas que no disimulaban sus trajes de diseño, hasta la forma de vestir se la imponía aquel par de rapaces, y mucho menos aquellas otras que iban por dentro y que iban transformando en opaco el antiguo brillo de sus ojos. Nunca tuvo hijos, ella lo entendió como normal ya  que siempre había escuchado que eran fruto del amor de una pareja, algo inexistente en su vida.  

             Pero un día, recién estrenada la cuarentena el peso de aquellas arrugas se hizo tan insoportable que por primera vez en su vida soñó. No recordaba qué había soñado, aunque sí supo que desde ese momento había cambiado y le pareció que el aire que entraba a través de su nariz era un aire renovado. Empujó a un lado del armario aquellos lujosos vestidos y sacó del fondo los únicos pantalones vaqueros de que disponía  y una camiseta blanca. Se embutió en unas chanclas de goma y con paso firme se dirigió a la empresa que, según su padre y su marido, le daba de comer. El silencio habitual de los trabajadores se esfumó en un murmullo cuando le vieron atravesar de esta guisa por delante de ellos y dirigirse al despacho de Dirección, en el que estaban reunidos su Angel y D. Fernán. No dijo absolutamente nada pero ni ellos se hubieran atrevido a hablar ante aquella mirada y aquel rostro transfigurado y resolutivo. Con gestos pausados  pero imparables, comenzando por la camiseta, se fue despojando de toda su ropa hasta quedar totalmente desnuda. Luego escupió al suelo y mostrando un culo bien formado a aquellas dobles parejas de ojos que la miraban atónitos, salió del despacho dirigiéndose de esta manera a la puerta de la calle. 

            Cuando salió la brisa de la mañana cubrió pudorosamente aquella piel de igual color que su nombre y ya no pudo escuchar un aplauso cerrado que los trabajadores de la empresa le dirigieron. Pero no importaba, sus pies descalzos semejaban tener alas y la dirigieron con pasos seguro hacia aquel lugar del que sabía que nunca regresaría.

¡Ya llegó!

¡Ya llegó!

        Se levantó con un fuerte dolor de cabeza. No recordaba nada de lo ocurrido la noche anterior. El estómago lo notaba pesado. Salió con paso vacilante de su dormitorio mientras su zapatilla hacía crujir una bola de color verde que se atrevió a  cruzarse en su camino. Los desperdicios de comida sobre la mesa de la cocina arañaban el aire con su mezcla nefanda de olores. Dos botellas de champagne vacía se besaban apoyándose mutuamente por sus golletes para no caer. Junto a ellas mi cartera abierta había sustituido los billetes por justificantes de compras. Papeles rasgados de regalo se amontonaban en el suelo con una forma caprichosa. Su cabeza parecía girar a la par que la habitación. Miró el calendario: 3 de Diciembre, una idea gris empezaba a tomar forma en su cabeza, en aquel momento un retortijón lo condujo urgentemente al retrete. En el lavabo un gorro de Papá Noel. Cuando sentado en la taza a través de la ventana le llegaron los sones de un villancico, no lo dudó: ¡cada vez se adelantaba más todo ese marketing navideño, que impulsaban los comercios!

El día en que te descubrí

El día en que te descubrí

          Parecía una tarde como cualquier otra, pero no tardé en darme cuenta que iba a ser distinta. Te vi a mi lado, sin prestarte gran interés. Te conocía desde hace mucho tiempo, quizás demasiado, desde mi infancia, pero nunca me habías llamado especialmente la atención. Siempre me pareciste, a pesar de verte con muy variadas vestimentas, muy simple, igual a cualquier otra, incluso te confesaré que me atraías menos de lo habitual. ¿A qué se debía? No sé ¿tal vez que no te había conocido en profundidad?¿o que no había tenido ese acercamiento necesario del que nace el cariño?

          Pero ayer fue diferente, también el ambiente parecía ayudar a ello, tenía las emociones más latentes, casi a flor de piel. Entonces fue cuando te presentaron a mí, como si fueras una desconocida. Te vi, como siempre, pero esta vez destellabas pequeños brillos. Y al recorrerte tu visión acarició mis ojos de una forma que nunca lo habías hecho. Te tomé entre mis manos y me entraron unas ganas locas de saborearte. No me reprimí y me perdí entre tus rincones, te gocé y disfruté como nunca pensé que lo haría contigo. Creo que no olvidaré aquel rato y que, a partir de ahora, desde que te he descubierto, querida poesía, serás diferente y única para mí.

Mientras escribía

Mientras escribía

               Mientras escribía estas líneas,a través de mi ventana abierta llegaste volando, como si fueras una mariposa, , tu sonrisa iluminada y con ella. tu olor, tus inquietudes, tus razonamientos, tus ilusiones, tus miedos y aquella, por mí, tan anhelada presencia y, desde ese momento, mis ideas se confundieron, mis palabras se mezclaron y mis letras se volvieron locas: kskfjdfm asefsdfjsdfj  gfdsf fsfjjfjfjfpe hfhahf  hhh  ffuifuir39io …

Su último brillo

Su último brillo

        La tarde nublada besaba humedades cuando tu presencia solitaria, pendente de una rama, engalanada con tus tonos aún amarillos rompiendo la monotonía parda del ambiente, atrajo mi atención. Te agitabas con suavidad en el aire, o tal vez eras tú, resolutiva, la que con tu movimiento de abanico lo producías. Tu superficie suave comenzaba a pudrirse y ondularse en ese camino inexorable que provoca el tiempo. Pero ello no parecía amilanarte y seguías luciendo provocativa, como esa vieja artista de cabaret que intenta atrapar su perdida belleza con sus pinturas y coloretes.

         Tú me has alegrado la vista en este leve instante y sé que seguirás orgullosa hasta que tu amarillo desaparezca totalmente, entonces tus dedos se soltarán de la rama a la que permanecen asidos e iniciara ese viaje por el aire, libre al fin, en ese vuelo postrero que te postrará tenuemente sobre la tierra para que empieces, de nuevo, a formar parte de ella.

Sé que no estuviste...

Sé que no estuviste...

             Sé que no estuviste en aquel paseo mío por el parque. Mis zapatos ahogándose en un suelo fangoso echaron de menos la ausencia voluntaria de los tuyos. Rechazaste acompañarme, temiendo que algunos de tus fantasmas interiores estuvieran ocultos, agazapados entre los árboles y les dieran por salir a tu encuentro. Preferiste ocupar ese rato en alimentar tu cuerpo y entretener tu espíritu en algo que no tuvieras el riesgo de sentir sacudidas como las de una alfombra a la que se le sacude.

             Sé que no estuviste, pero mientras mi cámara iluminaba con su flash los rincones sombríos por la oscuridad otoñal, atrapando los instantes acompasados por los crujidos espontáneos de las hojas secas, me pareció verte. Fue sólo un momento, pero te reconocí, tal como luego te vi: solitaria, intentando iluminar tu cara con la luz de una sonrisa mientras afanosa buscabas algo a la sombra de un abedul. Cuando luego nos vimos y, sin palabras, te pregunté qué es lo que estabas buscando me respondiste sólo: ¡A MÍ!

No me vuelvo a enamorar

     May se miró en el espejo mientras cubría su cuerpo desnudo con la camiseta que acababa de comprarse. Una camiseta blanca rotulada con letras negras: NO ME VUELVO A ENAMORAR.  Le gustó el reflejo de sus muslos morenos contrastando con la blancura de la camiseta.

 

            Al sentir el tacto del algodón sobre su piel mil recientes emociones despertaron en su interior. Nunca pensó que mediada la cuarentena podría revivir sentimientos adolescentes que aquel encuentro meramente azaroso con Raúl iba a devenir en un enganche tal por su persona. Raúl fue capaz de descorcharle su corazón del que surgió en cataratas emociones hibernadas que pensaba ya muertas. Y juntos volaron sobre las nubes y, en la noche, se columpiaron en las estrellas. May se sintió la mujer más feliz del mundo y, en el fondo, culpable de volver a vivir lo que algunos llaman amor. Cada minuto de su existencia era pura vida y, sobre todo, cuando se encontraba con él se veía en un mundo engalanado por brotes de felicidad. Se sentía pletórica al sentirse de nuevo deseada, admirada,…pero sobre todo querida. Era como si Raúl, a modo de un hábil escultor, la hubiera cogido entre sus brazos y hubiera conseguido moldear lo mejor de sí misma, esa parte de ella que no parecía, ni siquiera, pertenecer a este mundo.

 

            No supo que el tiempo que duró, le pareció sólo un instante, hasta que fue consciente de que por aquellos poros abiertos comenzaba a entrar un aire gélido, de que aquella piel que había dejado al descubierto era lastimada hasta por la brisa. De aquellos encuentros cotidianamente anhelados, empezaron a brotar amagos de celos, frustraciones ocultas y querencias mal entendidas que terminaban en tristes adioses que le amargaban el dulzor de los comienzos. Aquel gozo inenarrable se tornó en dolor y decidió que era la hora, si alguna vez es buena hora para despedirse, de decir adiós.

 

            Sus ojos se rasgaron en lágrimas y giró la cabeza, y con ella todo su cuerpo, a lo que había estado viviendo. Raúl, muy a su pesar, se convirtió en personaje histórico y fue, entonces, cuando decidió comprar esa camiseta que ahora acariciaba sus hombros. Había vivido con intensidad, algo suyo había muerto pero debía seguir viviendo. Salió a la terraza,  y aspiró el olor a humedad. Unas gotas de lluvia cayeron sobre su rostro y abriendo los brazos dejó que su camiseta se empapara y vio como sorprendentemente el agua caída emborronó el NO que acabó borrándose.  Un hombre alto pasó por debajo y, por un instante, sus miradas se cruzaron. Ella tembló y mientras veía como desaparecía aquel hombre en la oscuridad de la noche, se quitó la camiseta del NO emborronado y la lanzó a la calle. Dejó que su cuerpo desnudo se envolviera en las gotas de la lluvia que lamieron toda su piel. Ella se sintió bien y esbozó una amplia sonrisa.

Su primera vez

          La mano rasgó el aire y se detuvo, resonando como un látigo, al impactar con el rostro de Hortensia. Sus ojos agotados ya de lágrimas sólo eran capaces de mirar, con una mezcla de perplejidad y dolor, a Agustín, mientras su cara sentía una primigenia hinchazón. Años de sufrimiento callado, en los que había sido incapaz de arrancarse de su lado por una adherencia sicológica incontrolable. Sufría desde hace tanto tiempo,…pero es que, no sabía por qué, lo quería… 

¡RIIIIIIIIIIINNNNNNNNGGGGGGG!

 -Venga Hortensia, despierta que vas a llegar tarde a tu primer día de instituto.

-¡Qué sueño! Y uf, ¡qué pesadilla!

-¿Qué has soñado?

-No sé muy bien mamá, sólo sé que lo he pasado fatal en el sueño y todavía tengo el corazón agitado. Venga desayuno rápido, que no quiero llegar tarde en el primer día de clase……

........

-¿Qué tal te ha ido en tu estreno?

-Muy bien mamá, aunque tendré que estudiar mucho este primer año las asignaturas parecen difíciles.

-¿Has conocido a alguien?

-Sí, a un chico que se sentó a mi lado, parece un poco brutote pero es tan atractivo y encantador…se llama Agus…

Ventoleras

Ventoleras

            Por el lugar en que vivo estoy acostumbrado a los distintos vientos, esas corrientes de aires que se forman debido a las diferencias de temperatura entre las distintas capas atmosféricas.  El rey de ellos es el Levante que impregna el ambiente e influye de manera ineludible en la vida y en las gentes y costumbres de la zona.

            Pero hay algo que produce aire, también, de manera mucho más sutil pero cuya influencia es decisiva en el que lo capta. Es un aire localizado, focalizado hacia una sola persona y que, generalmente, pasa imperceptible para el resto de la gente. Pocas ventoleras de estas suelen aparecer a lo largo de la vida pero hay que estar atento para ser conscientes de ella antes de que pasen de largo. Cuando suceden no se olvidan y su recuerdo nos acompaña el resto de la existencia. Son ventoleras de locura, de aires frescos y de renovación, capaces de alzarte a lo más alto hasta tocar las nubes con las yemas de los dedos. No se suelen elegir y llegan en momentos inesperados, esas son las más intensas, o cuando las circunstancias empujan ineludiblemente a ello.

             Ese aire tan especial es el producido por unas pestañas al agitarse que muestran, cuando se abren, la luminosidad de unos ojos brillantes que nos miran acariciándonos de esa manera tan única en la que nunca podrían hacerlo unos labios o unos dedos. Todo el que lo ha sentido alguna vez sabe a qué me refiero.

Me duele tu ausencia

Me duele tu ausencia

Me duele tu ausencia

que dejó al descubierto

mil heridas impregnadas

en viejos recuerdos. 

Te busco de noche,

sin hallarte,y en la insomne oscuridad

las sombras me acompañan

en tenebroso conciliábulo. 

Un silencio amargo

atrona mis oídos.

y la carencia de tus besos

agrieta mis labios. 

Mi corazón abierto

languidece por las caricias perdidas

y mis dedos, agarrotados

al no sentir tu piel,arañan el aire

para atrapar tu tenue imagen

que ante mí se dibuja

y que nunca pareció existir. 

Sólo espero

que la luz del amanecer

derrame su engaño,

apaciguando mi dolor,

y me convenza de que todo fue un sueño.

Ojos tristes (y 2)

Ojos tristes (y 2)

           Hay veces que las musas caprichosas y juguetonas, sin saber muy bien por qué, vuelven a temas anteriores y, en esta ocasión, incide sobre la segunda parte de un post escrito en diciembre:

            Y desde aquel momento aquel hombre y esa  mujer, que se habían conocido enfrentando sus lánguidos iris, iniciaron parejos el camino en aquella noche oscura con destino a un mutuo amanecer. La noche se cargó de ilusiones y aquellos cuatro ojos chisporrotearon como luciérnagas danzarinas de siete velos. Aquella acogedora intimidad se llenó de confidencias, de guiños cómplices que las pestañas creaban con movimientos alegres y de sonrisas que rasgaban el silencio al mudar en carcajadas. 

           La madrugada extendió su manto sobre nuestra, ahora, luminosa pareja. Y los minutos entrelazados, sin límites determinados, fueron fundiéndose en eternidad. No comieron y nada bebieron porque sus miradas, caricias y besos bastaban para saciar la mayor de sus necesidades. Lo único capaz de apuñalar a la soledad, el amor, los invadía.

 

            Pero a pesar de ese mutuo gozo, las agujas del reloj, cada una a su peculiar velocidad, siguieron sus giros invisibles en el espacio y la negrura del cielo a espaldas de él empezó a ser devorada por los primeros rayos del amanecer. El  no fue consciente de ello hasta que notó que la suave mano que sostenía entre las suyas se iba reblandeciendo como quien pierde atención. Y mirando los ojos de la mujer vio que, ahora, no lo miraban, se lanzaban más allá de él al creciente sol que empezaba a caldear su espalda.

 

            Compréndeme, le dijo ella. Un sí, contrito con la cabeza, fue lo único que fue capaz de responderle. Y mientras ella se alejaba en dirección al sol, el hombre se alejó bajo la sombra alargada, pintada en negro sobre el suelo, que aquél creaba al incidir sobre las turgencias de ella. Y se dio cuenta de lo efímero que son los ojos alegres, cuando notó que sus ojos volvían a estar tristes, y esta vez, más tristes que nunca.