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El búcaro de barro

Escribiendo

Las musas

Las musas

         A la hora de ponerme a escribir nunca me ha asustado el enfrentarme al papel en blanco, normalmente porque antes, en la cabeza, con un lápiz invisible le he dado vueltas a las ideas. El papel me sirve para dar forma a ese batiburrillo de palabras que circulan por los huecos de mis neuronas y colocarlas de una manera lógica y agradable de expresar las ideas. A veces empiezo intentando plasmar sólo unas líneas pero finalmente acaban transformadas en varios folios.            

        Pero ¿qué es lo que inspira un escrito? ¿dónde están esas musas? Lo complicado y emocionante, a la vez, es que no se pueden controlar. Se esconden cuando las buscamos y surgen cuando menos lo esperamos. De un granito puede surgir la mayor de las obras maestras y tras un gran desarrollo podemos toparnos con una inmensa pared que impide cualquier avance.             

        Una foto, una palabra, una conversación, una lectura, un suceso, un pensamiento, son algunas de esas musas necesarias para realizar cualquier texto con cierta enjundia. Pero hay una musa que suele estar por encima de todas ellas es el de esa persona que, un día, nos trastoca positivamente las emociones dotándonos de una sensibilidad extrema capaz de escribir las mejores páginas de nuestra vida. El que es capaz de enhebrar esas páginas es sin duda un ser afortunado pero casi más que por lo que escribe por lo que durante ese tiempo ha sido capaz de sentir. ¡Ese sí que ha conocido a una verdadera musa!

Reencuentro efímero

Reencuentro efímero

     Hoy te encontré agazapada en lo más recóndito de mí. Intenté rodearte con mis brazos pero te volatilizaste entre ellos estallando en sonoras carcajadas.

    Sigo triste y aún más solo, si cabe, pero ahora, además, me retumban los oídos.

Como dos mariposas

Como dos mariposas

    Vuelan continuamente por el aire, cada una con su revoloteo, pero en ningún momento olvidan a la otra, ni se alejan de ella. Luego, en una postura muy repetitiva, se posa una sobre la otra y se acurrucan entre sí. Juntas cuando se elevan al cielo para orar, acompasadas cuando multiplican caricias, cruzadas para descansar, ocultas para protegerse del frío, entrechocándose con fuerza para mostrar su alegría o desnuda  y cálida para encontrarse con otra.

    Establecen largos discursos sin palabras, trasparentando el ánimo, la alegría, la timidez e, incluso, las torpezas. Unas veces cuidadas hasta la extenuación, vestidas en piel suave y coronadas de cimas primorosamente esculpidas. Otras desgajadas por el esfuerzo cotidiano, los extremos aparecen romos o astillados. Nos relatan las historias que languidecen tras ellas o los triunfos de las que fueron partícipes.

     Esta bien avenida pareja es capaz de arrancar los más grandes placeres o los más terribles dolores. En definitiva, son las que mueven el mundo. Las manos...¡qué poco haríamos sin ellas!

Unas soñadas vacaciones

Unas soñadas vacaciones

            Al fin lo consiguió, por primera vez en muchos años logró tomar unas soñadas vacaciones. Las preparó minuciosamente para que no le fallaran y se fue a un lujoso hotel de montaña. Desde la mañana a la noche tenía todo su tiempo organizado: desayuno, andar por la sierra, piscina, ducha, almuerzo, siesta, lectura, merienda, piscina, cena y mirar a las estrellas durante un buen rato antes de dormir. Pero transcurrido el primer día se percató de que aquellas vacaciones no serían tan relajadas si no era capaz de dejar de enturbiar su corazón con esos dimes y diretes que le rodeaban en su rutina diaria, esos amagos de cariño, esos ensayos de querencias y confusos sentimientos que le envolvían. Lo mejor era dejar que, también, su corazón reposara y cesara un poco en su aceleración ventricular. Y aquella segunda noche tras contemplar las estrellas, divisar tres cometas y un posible ovni, se fue a la cama con esa decisión: enlentecería un poco su corazón. Pero como nunca se sabe de qué somos capaces cuando decidimos algo, parece que, lo hizo demasiado.

                 A la mañana siguiente la limpiadora del hotel lo encontró tendido en la cama con el corazón totalmente paralizado. Pero lo peor no fue eso, sino que había pagado por adelantado quince días de estancia.

La florista

La florista

      No le resultó extraño a la florista aquel individuo, envuelto en un aire misántropo, la primera vez que fue a encargarle un ramo de flores para entregarlo al día siguiente. Le dijo que preparara uno a su gusto, el más bonito que se le ocurriera, que quería enviarlo. En una tarjeta a la vista de ella escribió unas hermosas palabras de amor, antes de pagarle. El repartidor cuando fue a llevarlo se dio cuenta que la casa no existía y lo trajo de vuelta a la floristería donde permaneció adornándola hasta que se marchitó. Al mes siguiente volvió por allí, ella ahora se fijó en él tenía una cara amable y no supo por qué no se atrevió a decirle que aquel ramo no había podido entregarse. Repitió el mismo ritual y ella eligió un hermoso ramo. De nuevo el repartidor tuvo que volver con él porque ahora, una dirección distinta, tampoco existía. Y así un mes y otro como una rutina elaborada, cada encargo terminaba indefectiblemente presidiendo, a modo de reclamo , el mostrador de la floristería.

       Durante poco más de tres años, la entrada de aquel hombre en la floristería se hizo habitual. Ahora era como un cliente habitual de esos que no tienen que decir lo que quieren y las sonrisas de él y la florista presidían el local durante aquel rato. Pero aquel día aquel hombre solitario al doblar la esquina, perdido en sus ensoñaciones, no advirtió un camión que se le echó encima y detuvo su corazón para siempre.

       Al día siguiente, como todos los meses, se iba a proceder al reparto de aquel ramo póstumo, pero el repartidor no acudió a trabajar, la impresión que le causó el ver un atropello mientras hacía un stop con la moto, le hizo desmayarse y darse un golpe en la cabeza. Esta vez fue la florista tras un día de mucho trabajo, era el dos de noviembre, la que tuvo que llevar el ramo a la dirección indicada en la tarjeta. Como era de suponer no existía y con la duda de si volver a la floristería pasó por delante de la puerta del cementerio donde se vio arrastrada hacia dentro por una muchedumbre armada toda ella con ramos en las manos. Paseó de manera distraída por entre las tumbas, todas estaban cargadas de flores, había una muy reciente, era de alguien que había muerto el día anterior, aún no había fraguado el cemento de la lápida.  De pronto sintió una gran pena ante aquella tumba desnuda y dejó aquel precioso ramo a sus pies. Poco podía imaginar la florista que aquella tumba era de aquel hombre que se lo había encargado y como los muertos nunca hablan, de lo que tampoco pudo enterarse es que aquellos encargos no eran más que una excusa que tenía aquel hombre, secretamente enamorado de ella, de verla todos los meses y mandarle un ramo de flores, sin duda, el preferido de ella.

Buena vista

Buena vista

        En aquella tribu comanche había dos miembros sumamente respetados debido a su capacidad visual. Nube Blanca era capaz de distinguir un lince a cinco kilómetros y Topo Alado que era ciego pero cuando miraba hacia dentro de sí veía cosas imposibles de otear para cualquier otro. De Nube Blanca se decía que dicha habilidad le había salvado varias veces la vida. De Topo Alado que su capacidad de mirarse interiormente sólo se la había salvado una vez, pero ésta había sido para siempre.

Je perdu le do...

     Así empezaba una conocida canción francesa en aquellos tiempos que en el sistema educativo aprendíamos poesías y canciones en francés, a veces incluso antes de saber lo que significaban. Yo no acababa de entender en esta canción como se puede perder el DO de un clarinete. ¿A dónde habría ido a parar? Recordaba esto cuando el otro día leía en un artículo de Andrés Trapiello que se le había perdido una palabra. Una palabra que encontró en un libro de Unamuno, intentó luego recordarla pero yació perdida hasta que años después reapareció de nuevo.

     Y hablando de pérdidas he estado varias semanas preocupado por que me desapareció un relato que estaba escribiendo y del que llevaba ya escrito once folios. La pérdida de un relato es algo que me duele. Las palabras están dentro de nuestra cabeza en alegre mezcolanza y es todo un trabajo artesano el ir recuperándolas, separarlas y darles un lugar en las frases. Sentía que las horas que había dedicado a ello, el trabajo de documentación que había realizado y la mayor o menor calidad del texto se habían desintegrado en la nada. Rebusqué en el pc, registré una copia de seguridad que tengo...y nada...totalmente desaparecido. Además es que parece que actualmente como un texto no esté en un disco duro en la práctica no existe. Al fin, se me ocurrió una idea, estuve registrando en viejos papeles y ahí apareció el relato. Me dio mucha alegría encontrarme con él. Ahora tendré que teclearlo entero, pero no importa, las ideas, el genio de aquellos momentos está en sus frases.

     Para escribir bien estoy convencido que se necesita, aparte de las cualidades personales, el esfuerzo de muchas horas. Muchas de las frases geniales que podemos plasmar sobre el papel en blanco figuran en una caja fuerte que tenemos interiormente, lo que ocurre es que la mayoría de las veces hemos perdido la combinación y sólo es posible abrirla con mucha paciencia y tesón.

El círculo rojo

El círculo rojo

       Hoy ha sido un día muy especial. De esos que, a partir de ahora y durante todo el resto de mi vida, señalaré con un círculo rojo en el calendario. Era media tarde, de esas tardes de verano donde el calor parece paralizar hasta los sonidos de la naturaleza, cuando el sonido estridente del teléfono rompió mis ensoñaciones. Era Toñi, su voz cálida y aterciopelada lamió mis oídos sin ningún rubor. Estaba en casa y, de pronto, no sé por qué, se me ocurrió llamarte por teléfono, me dijo como si estuviera excusándose.

       Era de por sí sorprendente aquella llamada teniendo en cuenta que durante los últimos veinte años, siempre que habíamos hablado, era yo el que efectuó la llamada. Sólo por aquella inaudita iniciativa valía la pena saborear cada minuto de aquella llamada que se extendió durante, casi, media hora. Nos despedimos, yo triste al escuchar el click del teléfono, ella diciendo un "ya te llamaré" que bien sabía que nunca cumpliría. Pero a la vez yo estaba con esa euforia de haber conseguido algo que nunca imaginé.

       Aún con aquella alegría reflejada en mi rostro salí a la calle, en busca del vidente de mi barrio para entregarle, el otro cincuenta por ciento, los dos mil euros que le debia por sus hechizos para que ella me llamara ese día. Ya sé que puede parecer un poco caro, pero doy bien empleado ese dinero porque a partir de ahora tendré en mi almanaque siempre señalado ese día con un círculo rojo  como el día que, al fin, Toñi me llamó por teléfono.

Blanco, negro

Blanco, negro

              Blanco, negro, que aburrida la vida que tengo. ¡Siempre lo mismo! Del negro al blanco y del blanco al negro, que rutinaria esta vida de peón. ¡Estoy harto de ella! Las demás piezas me intentan consolar que no es tan malo. Claro, como ellas se mueven por donde quieren y a su antojo, no saben cómo es esto. ¡Quién pudiera cambiar de vida!

               Y como hay veces que los sueños ansiosos, sin saber cómo, se convierten en realidad, nuestro quejumbroso amigo encontró ese camino inexistente que lo cambió de tablero. Cuando llegó allí creyó explotar de felicidad. Allí estaban el rojo, el amarillo y el verde. Y mirando a lo lejos pudo distinguir en aquel parchís hasta el azul, aquel color que tanto le gustaba. Todo cambiaría a partir de ahora. Pero lo que no sabía nuestro efímero protagonista era que, nada más llegar al tablero, una ficha se puso en el lugar que él ocupaba y se lo comió. Aún tuvo un instante, mientras lo sacaban del tablero, de echar de menos al blanco y al negro.

La desconfianza vencida

La desconfianza vencida

        Siempre había sido un positivista y había desconfiado de todo aquello que no era experimental: de pitonisas, chalanes, nigromantes, chamanes, hechiceros, curanderos, brujos, jugadores,... Nunca había echado una moneda al pozo de los deseos o había cerrado los ojos al soplar unas velas de cumpleaños.

        Pero un día mientras paseaba por la orilla del mar, esculcando entre la arena para hallar algún bivalvo al que clasificar en el laboratorio, descubrió algo cuyo brillo nacarado sobresalía de aquel manto de sílice. Excavando a su alrededor descubrió una hermosa caracola que lanzaba destellos de arco iris. La acarició entre sus manos y no pudo evitar esbozar un rictus sonriente al recordar aquello de que si uno se ponía una caracola en el oído se escuchaba el sonido del mar. No supo cómo se la acercó a su oreja derecha y se sorprendió al escuchar el ruido de un oleaje que rompía contra la orilla. Aquello fue como si rasgara un velo que le cubría y aquella desconfianza flaqueada en su punto más débil dio paso, desde entonces, a una credulidad ingenua. Cómo sería que se pasó toda la noche del doce de agosto, sin dormir, mirando al cielo pidiendo deseos a todas las perseidas que cruzaban sobre su cabeza.

         Lo que nunca se dio cuenta fue que, si aquel día que paseaba por la orilla, antes de coger la caracola hubiera prestado oídos al mar hubiera escuchado el mismo sonido exactamente que cuando se la acercó al oído.

Chirridos

Chirridos

               Cri-cri-cri. Marta abrió los ojos, en la oscuridad de su cuarto y prestó oído a aquel ruido que le había despertado. Era un chirrido constante que se detenía y se repetía insistente rompiendo el tenue silencio nocturno. Se dio la vuelta intentando dormir, pero la oreja se le escapaba en pos de aquel ruido machacón hasta que la desveló totalmente. Tres horas más tardes, nerviosa, sus ojos seguían abiertos mirando a la nada. A lo largo de aquel día sus ojeras fueron dilatándose hasta rozar el suelo. La noche siguiente aquel cri-cri volvió a despertarla y como si estuviera atrapada en el tiempo, volvió a desvelarse. Desesperada se levantó intentando averiguar el origen del sonido y saliendo y subiendo escaleras descubrió que provenían de dos pisos más abajo al suyo, lo confirmó cuando al acercar la oreja a la puerta, pudo escuchar perfectamente como esos chirridos se acompañaban  de unos característicos gemidos y jadeos. Allí se había mudado una pareja de edad parecida a la suya. Alguna vez los había visto en el ascensor y, por cierto, él no le había pasado inadvertido por su rostro moreno y atractivo, siempre coronado por una encantadora sonrisa, y sus formas perfectamente construidas. 

             A la tercera noche se acostó con un ojo abierto pero a mitad de la noche ya se le abrió el otro por los dichosos chirridos. A la mañana siguiente ya no podía más de cansancio, y decidió comentárselo a los vecinos. Sólo estaba la mujer, pero tras escucharla le dijo que en su casa hacía lo que le daba la gana y que si le molestaba que se pusiera tapones. Su poco ánimo decayó y comentando el tema con otros vecinos resultaba que nadie escuchaba aquello y dormían a pierna suelta durante toda la noche. Ya no sabía que hacer y tras quince días así su desesperación alcanzó cotas inimaginables. Su cansancio mermaba su paciencia y hacía sucumbir su fortaleza.            

          Al fin, días después, tuvo una idea desesperada. Se levantó en plena madrugada y se dio un baño relajante, la verdad es que eso de tener los oídos bajo el agua y no escuchar el imparable ruido, le sosegaba. Se peinó con cariño, se puso el mejor de sus maquillajes, que disimulaba sus ojeras y resaltaba sus ojos y rebuscó en su armario una lencería guerrera y un vestido escueto. Se pintó uñas y labios de un rojo carmesí y, tras ponerse unas gotas de perfume en su hondo escote, entró en el ascensor cuando escuchó cerrar la puerta por el vecino que se iba al trabajo. Cuando el entró en el ascensor se le quedó mirando como el que ve a la mujer de sus fantasías, especialmente  cuando Marta se le acercó al cuello se lo succionó y no haciendo caso a su cara de sorpresa le tiñó de carmesí todos sus labios. Cuando él quiso reaccionar el movimiento oscilante de ella sobre sus empinados tacones la hizo desaparecer tras la puerta abierta del ascensor en la planta baja.           

         A través de la ventana vio acercarse esa tarde a su vecino con gesto nervioso. De nuevo se hizo la encontradiza, en la escalera, esta vez fue él quien acercó los labios y ella quien los atrapó al vuelo y lo invitó a entrar, un momento le dijo, en su casa.  Desde aquella noche Marta durmió de maravillas, su vecino llegaba todos los días a su casa demasiado agotado. Y algo tenía Marta, además, a su favor: su cama no chirriaba.

Un corazón delicado

Un corazón delicado

    Tras ver un documental en televisión sobre el corazón se sumió en una profunda angustia al pensar que una máquina tan perfecta podía detenerse por un simple fallo en todo aquel engranaje. Aún fue peor cuando, un día, notó que el suyo podía, además, detenerse por una simple mirada.     

     Aquella nueva camarera, joven y hermosa, no comprendía por qué, ese hombre tan educado cuando ella se le acercaba para tomarle nota de la consumición, mantenía siempre los ojos cerrados.

¡Al fin amigos!

¡Al fin amigos!

            Carlos y Eugenia se conocieron un determinado día por azar, como se encuentra la gente por Internet. Desde aquella primera charla se sintieron cercanos, con una proximidad que el tiempo fue estrechando. Aquella relación se convirtió en algo más intenso a lo que los dos se resistían a ponerle nombre y un día aquello pidió más. Eugenia prudente temía poner en peligro su matrimonio, que aunque con vértices agudos era el único que tenía. No dejaba de reconocer que la personalidad sensible de Carlos, en las antípodas de esa peculiar tosquedad de Agustín su marido, le atraía irremisiblemente. 

             Carlos insistía en conocerla pero ella se resistía hasta encontrar un nexo común con la que pudiera presentarlo, de manera normal, como un viejo amigo. Al fin un día lo encontró y descubrió que una vieja amiga de ella conocía a Carlos desde la infancia. Y a través de ella, eso le dijo a Agustín, los invitó a una barbacoa en el jardín de su casa. Fue un momento inolvidable para Eugenia y las chispas de sus ojos compitieron por unos instantes con las de las brasas de la barbacoa, especialmente en el momento en que al sentir su beso en la mejilla un escalofrío afiló todo su cuerpo. Cambiaron algunas torpes palabras imbuidos del nerviosismo del momento que interrumpió Agustín al acercarse. Agustín le dio una mano franca  a Carlos y se ofreció a enseñarle la casa. 

             Y mientras Eugenia no cejaba en darles vueltas a la carne observó la animada charla salpicada de risas de Carlos y Agustín. Poca oportunidad tuvo con aquel ajetreo de reencontrarse con Carlos, salvo cuando de nuevo labios y mejillas se despidieron. Su marido viendo cómo se alejaba su nuevo amigo le comentó: ¡qué gran hombre es ese Carlos!

             Ella percibió algo extraño cuando, desde entonces, Carlos parecía evadirle,  por la red. No contestaba a sus correos, antes habituales, más que al cabo de varios días y de manera elusiva. Aquello se fue enfriando y maldijo aquella barbacoa mientras intentaba olvidarlo, con sumo esfuerzo, de su memoria. El tiempo pasó y aquellos vértices de su matrimonio se agudizaron hasta hacerlo insoportable.

            Un día Agustín con dos maletas abandonó la casa y a ella le pareció que el olor a barbacoa se marchó con él. Aceptó el divorcio exprés cuando él se lo solicitó, pero a lo que no estaba dispuesta, por mucho que insistieran los dos y le hubieran mandado una coqueta invitación, era a asistir a la próxima boda de Carlos y Agustín. 

Renata

Renata

        Renata era una joven alegre y dicharachera, a quien un accidente de tráfico, cuando estaba saliendo de la adolescencia la convirtió en huérfana de padres y de esperanzas. Se tuvo que ir a vivir con una tía que no comprendía ese vicio de su sobrina por la lectura y que pensaba que le sentaría mal y como remedio y para que no se perdiera en medio de tantas letras, habló con una amiga para colocarla en su cafetería.

        Era una cafetería antigua con olor  a madera vieja y a polvo agarrotado en el que Renata pasaba las horas, los días y las semanas. En ella sentía que su cuerpo crecía y que su espíritu iba empequeñeciendo, por eso su semblante, para un observador atento, se iba oscureciendo y sus ojos, en otro tiempo vivarachos, iban abriéndose con esas formas que da la tristeza. Su pelo brillante y hermoso lo recogía en una cola con una simple goma sin otro aderezo. Y caminaba de un lado a otro con una bandeja en la que llevaba tazas, unas veces llenas y otras vacías, mientras su mente circulaba por otros lugares. Aprovechaba el poco tiempo libre para hojear el periódico en la barra o para emborracharse con las páginas de un libro que escondía tras la cafetera. A veces sólo eran tres líneas, pero le iluminaban el espíritu, le hacía reencontrarse con esa otra parte de ella que adivinaba dormida bajo su imagen. Pero donde más disfrutaba era cuando pasaba por delante de la puerta y asomaba su cabeza a través de ella oteando al mar.

        Y no se sabe cómo las esperanzas, a veces, crecen y anidan. Y Renata empezó a notar alas que la desplazaban por aquel constreñido lugar. Y sus lecturas tomaron formas de hadas y de amapolas, sus ojos empequeñecieron cuando la luz de la alegría los hizo brillar. Y un día, el último que se asomó a la puerta, se quitó la goma que sujetaba su pelo y dejó que el viento acariciara su melena. Y nadie en aquel maloliente café volvió a verla, aunque un cliente dijo que le pareció verla alejarse sobre las olas del mar y dice...¡qué sonreía!

Una forma de soledad

Una forma de soledad

    Siempre he pensado que una de las mayores formas de la soledad es la del que viaja sin que tenga a nadie que se preocupe por donde estará. Se sube, por ejemplo, al tren y nadie va a despedirle, sin problemas de que el móvil suene durante el viaje. Y al llegar al destino en medio del bullicio de reencuentros de besos y abrazos él se siente solo, mientras sin atreverse mucho a levantar la cabeza se dirige hacia la salida. No tendrá que llamar a nadie para decirle que ha llegado porque a nadie cree que le importe. Y siempre teme que al llegar al hotel donde se aloje sea su última noche y a la mañana siguiente cuando lo encuentren sobre la cama, el recepcionista no sepa a quien llamar, porque nadie sabía que él estaba allí.

    Esto me lo ratificaba hace algunos días un amigo, que durante muchos años viajó con esta sensación. Ahora se alegra cada vez que llega a su destino de poder llamar a su mujer y a su hijo para decirles que tuvo buen viaje.

Metamorfoseándose

Metamorfoseándose

            No supo aquel humilde fontanero cómo se vio atrapado en aquella imagen. Todo empezó con una palmada en la espalda con la que un amigo le animó a presentarse a las elecciones municipales para completar las listas. Una mayoría absoluta lo convirtió en concejal y parlanchín y batallador pasó a diputado provincial. No fue consciente de la metamorfosis que iba sufriendo.            

             Su juego de herramientas quedó arrumbado en el garaje. Aquel traje que tenía para las bodas fue relegado por nuevos trajes de verano e invierno, de fiesta o de luto. Empezó a vestir de acuerdo con su imagen pública consciente de que, ahora, la gente se fijaba en él. Sus honorarios políticos engrosaban su libreta de ahorros cuando decidió cambiar su ford fiesta por un BMW con la excusa de que ahora tenía que ir mucho a la capital y no podía ir con cualquier coche. Aquel fontanero empezó a copiar lenguajes políticamente ininteligibles y nada comprometido lo que le hizo ascender en el partido, pasando a formar parte del comité provincial. Tuvo que ampliar el armario para poder meter tantos trajes y es que ahora salía mucho en las fotos de los periódicos y no era bueno para su imagen el repetir vestuario. Se compró un piso en la capital ya que se pasaba en ella toda la semana con tantas reuniones. A una de estas acudió el ministro y con él acabó tomando copas en la noche y con una creciente amistad. Tanta que una semana después le llamó para ofrecerle una Dirección General del ministerio en Madrid a la que él accedió encantado. Se trasladó a Madrid donde disfrutaba de sus contactos y relación con tanta gente importante. Dejó de ir al Corte Inglés, ahora sólo vestía de marca, para no enturbiar su imagen e iban a tomarle medidas al Ministerio. Salía tarde del mismo pero encontró un rato para recibir clases de golf y padel, convencido que en estos lugares se pergeñaban los grandes negocios.        

        En un cóctel con unos empresarios conoció y se lió con una azafata, joven, rubia y neumática y pensó que, sin duda, con mucha mejor imagen que su mujer, a la que dejó creyendo que era lo mejor para esa carrera meteórica que había iniciado. Se compró una casa en Las Rozas a la que puntualmente acudía el chofer a recogerlo. Disfrutaba cuando se miraba al espejo y observaba ahora a un hombre de mundo con imagen impecable, los trasplantes de pelo ni se le notaban, muy lejos de aquel fontanero pueblerino. Le gustaba sentirse importante y se veía como en un sueño de hadas. Pero pocos meses después aquel Ministro cayó en desgracia y cesado, y tras él como cuando se desmorona una bandeja de naipes fueron cayendo altos cargos, todos avispados encontraron acomodos variados, pero nuestro fontanero se encontró fulminantemente cesado con lo que su elaborada imagen quedó inmóvil para siempre en las escaleras de aquel ministerio a medida que las bajaba.            

         La rubia viendo el panorama se fue con otro alto cargo, más bajito y calvo que él, pero con más futuro. De las Rozas se tuvo que marchar en cuanto dejó de pagar la hipoteca. El BMW le fue embargado. En el club de Padel ya nadie le reconocía. Cuando volvió al pueblo ya le habían olvidado, no así su mujer que generosamente le puso en la puerta una maleta con sus antiguas prendas de vestir, porque hasta sus herramientas las había cogido su antiguo aprendiz hoy fontanero renombrado. Con aquella maleta a cuestas y arrastrando por el suelo penosamente su autoestima volvió a Madrid. Hoy trabaja junto al ministerio, aprovecha la sombra de aquella imagen suya paralizada en las escaleras, y con la gorra que usaba en los campeonatos de golf implora la caridad de los paseantes para que allí le depositen algunos céntimos.

La misiva póstuma

            Damián conoció a Marina por Internet unos tres años antes, aquel contacto previo internaútico se convirtió en una intensa relación que, aun pasando por distintas etapas y variada gama de colores, nunca dejó de ser intensa. Marina era muy especial usaba un seductor lenguaje que le atrapó desde el principio y su ternura le abrazaba como los brazos de un pulpo desde que se conocieron. Ella estaba casada con su antítesis un hombre burdo e incapaz de captar la sensibilidad más allá de su cuenta corriente, la que se dedicaba a engrosar con jornadas maratonianas de trabajo. Aquella amistad, a pesar de los quinientos kilómetros que le separaban se mantuvo y evolucionó en modos de comunicación, primero por el Chat, luego por los correos electrónicos y finalmente por las cartas. Marina disfrutaba escribiendo con su pluma de plata, cartas a Damián, donde su letra preciosista le transmitía primero curiosidad, luego cariño, al fin pasión y últimamente…temor. Sí, ella le decía que estaba preocupada por la actitud de su marido, lo notaba y lo sentía, ya lo había ella experimentado, que se estaba transformando en un hombre violento.            

            Imagínese la sorpresa de Damián cuando escuchó la noticia en la televisión de que Marina había sido asesinada de un disparo de revólver. Parecía que había sido un robo en la casa y la policía estaba investigando. Damián quedó alicaído y cabizbajo sin saber muy bien como reaccionar. Salió a la calle a despejarse un poco cuando mirando distraídamente en el buzón encontró una carta cuya letra reconoció al instante: ¡era de Marina! Rasgó el sobre con nerviosismo y, esta vez, la letra temblorosa reflejaba su miedo. Finalizaba diciendo que estaba aterrorizada pues el día anterior había visto cómo, su marido, cargaba una bala en un revólver y lo guardaba en un cajón.  Impelido por una fuerza misteriosa y la carta aún en su mano se dirigió en el coche a recorrer los kilómetros que le separaba de la ciudad donde había tenido lugar tan luctuoso suceso. En aquellas horas de conducción sus lágrimas se mezclaron con su rabia y concluyó que una buena venganza sería, mediante aquella carta, chantajear a aquel energúmeno y quitarle parte del lastre de sus podridas riquezas.            

               Llegó  al cementerio cuando el enterrador, cigarro en boca, daba las últimas paletadas de cemento al nicho tras el que había desaparecido el ataúd. Allí estaba el que supuso su marido, un individuo con aspecto taciturno y estudiada tristeza. Cuando lo vio salir solo, Damián se le acercó y le dijo que tenía que hablar con él de algo muy  importante. Agitó el sobre en su mano que el otro, ahora lívido, había reconocido, en seguida. El viudo le dijo que subiera a su coche y fueron a un apartado lugar, en mitad del campo, bajo un pino. Damián con esa fortaleza que le había dado la pena, le explicó todo como tenía esa carta en la que le ella le decía lo del revólver y la bala y que si quería que quedara callado debería darle 600.000 €.  A pesar de su ingenuidad, aún tuvo un instante infinitésimo pero suficiente en el que se dio cuenta de que Marina se había equivocado al contar y que, al menos, aquel revólver tenía dos balas.

La primera vez

La primera vez

      La primera vez que ví ese rostro quede impresionado. Me resultó extraño. No pude olvidar la profundidad y el magnetismo de aquella mirada, que  desde entonces parecía acompañarme al girar cada esquina del poblado.  Aquella imagen me perseguía hasta en sueños. ¡Sólo a aquel misionero se le pudo ocurrir enseñarme ese instrumento al que él llamaba espejo!

Escuchando el silencio

Escuchando el silencio

                 Para escribir se necesita inspiración, pero el problema es ¿de dónde obtener ésta? Hay algunos que viven tantas aventuras que con solo narrarlas tendrían para escribir muchos libros, pero el 95% de los mortales tenemos una vida más bien anodina y monótona, por lo que la inspiración más allá de las circunstancias externas hay que extraerlas del interior de uno. Profundizar en uno mismo no es tarea fácil para ello ayuda esos momentos en que nos detenemos en la vorágine cotidiana y aprovechamos ese rato de sosiego para escucharnos a nosotros mismos. Hay sitios y momentos que invitan a ello, pero hay que descubrirlos.

                 Por una determinada circunstancia, todas las semanas debo realizar un par de horas de espera y he encontrado un lugar de esos en que se disfruta simplemente “estando”. Es un antiguo palacio cuyos jardines han sido adaptados como cafetería. Situado en pleno centro urbano aquel oasis de tranquilidad está aislado del bullicio y el ruido del tráfico que soportan las calles del entorno. El silencio es tan grande que es posible escuchar el balanceo de las ramas con la brisa y los distintos trinos de las aves que copan sus árboles e incluso aguzando el oído es posible escuchar a alguna de las mariposas que adornan el aire. Aquel patio floreado es un auténtico goce para los sentidos, de esos lugares que invitan a encontrarse con uno mismo y a desperezar la musa. Yo suelo aprovechar ese rato, en plena digestión , para tomar un café mientras dejo que mi bolígrafo se deslice por la hoja en blanco reconstruyendo un relato que tenía arrumbado desde hace años en la oscuridad de mi mente y de un cajón. No sé si llegaré a terminarlo pero sí es verdad que disfruto ese rato.

Nuestra gran novela

     Todos los que estamos por aquí somos de una u otra forma aficionados a la lectura y una gran mayoría, también, a la escritura. Y los que escribimos lo hacemos porque nos apetece y lo necesitamos, pero probablemente nos agradaría que nos leyera mucha gente. Imaginaros sólo que nos leyera la milésima parte de quien haya leído a Dan Brown. Para cuando estemos aburridos os presento esta web en la que da ideas de títulos y temas para escribir una novela a lo Dan Brown, otra cosa diferente es que una vez elaborada la lea alguien...