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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Él y Ella.

La graduación

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Al fin,  había llegado el ansiado día, meditaba ella desde su oronda y tosca figura: el día en que él se iba a graduar. Había pasado los años y aún era capaz de recordar aquella época en que lo había transportado en su interior. Pero el tiempo había transcurrido y él había ido formándose  en todos los sentidos. Ella, ahora,  lo encontraba diferente, crecido y brillante.

Había oído que acudirían personas importantes a aquella graduación. De pronto, escuchó unos pasos que se acercaban y a través de la penumbra de aquel lugar pudo distinguir a tres hombres de bata blanca que se acercaban a él.

Reconoció al Director, con sus andares solemnes, que se acercó a él,  succionando parte de aquel precioso líquido dorado mediante una pipeta, a continuación lo introdujo en un aparato de análisis que sostenía el enólogo de la bodega,  quien dijo alborozado: 18 grados,  perfecto! Y con ello culminó  la esperada graduación de aquel vino blanco.


Una cita anual

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            Él notó una cierta inquietud al despertar y ese nerviosismo que le provocaba siempre su cita con Ella. Tras un frugal desayuno se dirigió a la casa de Ella. Al llegar a la puerta miró el reloj, las once, había  llegado puntualmente y le dolió que Ella no estuviera allí para comprobarlo. Tras unos minutos Ella apareció, como siempre, a un paso tan rápido que creaba ondas en el aire con la melena negra que caía sobre sus hombros. Ella abrió la puerta y pasaron al interior. El olor que flotaba en el aire le evocó otras citas anteriores.

            Ella le dijo que se quitara la camisa y los pantalones y que se tumbara. Él era  consciente de que Ella no se andaba con preámbulos y en el fondo le gustaba,. Cerró los ojos como si las sensaciones que sabía que iba a vivir le invitaran al relajamiento y se sintió observado por la mirada escrutadora de Ella, que imaginó transitando por sus ocultos rincones. No fue capaz de saber qué tiempo duró eso, perdió la noción del mismo. Despertó de aquella evanescente nube, cuando escuchó la cadenciosa voz de ella diciendo que se quitara los calzoncillos. Siempre, llegado este momento, se sentía azorado por su desnudez, pero sólo fue un instante, se estaba acostumbrando a que aquellos ojos azules de largas pestañas aterrizaran periódicamente sobre su piel.

            Seguía con los ojos cerrados, cuando sintió los dedos hábiles de ella recorriendo su sexo, primero, los entreabrió y observó cómo, ahora, toqueteaban sus testículos y fue cuando le escuchó esas palabras que rompieron el silencio de la habitación:

-Tienes unos testículos estupendos.

            Él no pudo menos de sonreír ante tan taxativa afirmación, no porque lo sintiera como un piropo, sino porque le gustaba el tono que ella empleaba. Ella siguió hurgándolos hasta que pareció despertar de un sueño y en aquella postura de calzoncillos caídos le conminó a que apoyara sus codos y le brindara sus nalgas. Él se sostuvo como pudo, lo que provocó una leve oscilación a su cuerpo, no quería imaginar la visión  escatológica de la que estaría ella disfrutando. Escuchó el rumor del gel, como siempre la delicadeza era una de las características de ella y no tardó mucho en sentir como lo penetraba hasta ese punto que él pensaba intocable. La sensación fue extraña, sorpresiva como otras veces, algo molesta y sobre todo peculiar por sentirla a Ella tan dentro de sí. Ella salió suavemente de aquella angosta cavidad, mientras él notó humedades por distintas partes de su cuerpo. Se secó con un papel que Ella le alargó y procedió a colocarselos, primero los calzoncillos y luego el pantalón, en su sitio.

-Todo estupendo- le dijo ella sonriente, repitiendo aquel vocablo que tanto le gustaba escucharle. Y esbozó aquella sonrisa que, a estas horas, él tanto agradecía tendiéndole una mano cálida para decirle adiós.

   Bajó las escaleras con las piernas algo descompensadas por aquella reciente inoculación de Ella y salió contento a la brisa de la mañana. Ya no tendría que volver a ver a su uróloga hasta el año que viene. ¡Uff!

 




Esa mirada

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       Estaban sentados a la mesa, uno frente al otro. Comían en silencio, mientras él reflexionaba. Nunca se le había olvidado la primera vez que la vio y cómo la acogió desnuda entre sus manos, sintiendo la suavidad de su piel y acariciándola con unas caricias que parecieron elevarla en el aire. Después de eso ¡cuántas cosas habían hecho juntos!: baños, paseos de la mano, viajes y días y noches compartidos. El tiempo pasó y los dos se habían hecho ahora más mayores. Ella se había convertido en una hermosa mujer. Mientras él la contemplaba, ella apenas lo miraba y cuando lo hacía era con una mirada teñida de una cierta agresividad. Una nube de cierta tristeza pasó ante los ojos de él y entonces pensó:

-¿Cuándo fue el puñetero momento en que mi hija se convirtió en adolescente?

 


La prinsesita

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          Él se sentía feliz, como nunca, pletórico y cargado de una euforia desorbitada.  Había conocido a la mujer de su vida, quizás no demasiado pronto en su vida, acababa de entrar en la cuarentena, pero tampoco demasiado tarde. Quería gritar al mundo su júbilo y le apetecía decírselo a ella en este instante, pero se había quedado sin batería en el móvil y no había forma de contactarla. No se lo pensó mucho, fue al garaje y cogió un bote de pintura blanca y una brocha. Sabía que al día siguiente, sábado, ella madrugaría para hacer ejercicio por el paseo marítimo, con la banda sonora de las olas rompiendo en la orilla. Caminó agazapado entre las sombras nocturnas que esbozaba la luna llena contra el suelo y se llegó hasta aquel paseo, cuyo cemento irradiaba frío a aquellas horas de la madrugada.

            Introdujo la brocha en el bote de pintura, empapándola, como se imaginaba que estaba empapado de amor su corazón y fue trazando líneas con las que formó letras  con las que expresó todo el cariño que encerraba por dentro hacia su querida prinsesita, como él, seseante, la llamaba. Terminó su obra de arte cuando las primeras luces del amanecer empezaban a sacarle brillo a aquellas letras blancas y echando una última mirada a su trabajo, se dirigió feliz a echarse un sueño reparador.

            Sería una hora más tarde cuando ella pasó por allí y al pasar por aquellas letras se detuvo contemplándolas y reconociendo que eran para ella. El corazón le quedó salpicado de gotas de colores y pasando delicadamente a sus alrededores, para no pisar aquellas letras, el resto del paseo lo hizo como volando sobre sus pies, ese día y el resto de los meses en que aquellas letras permanecieron a la vista.

            Lo que nunca pudieron imaginar, ni él ni ella, es que cada una de las mujeres que pasaba por aquel lugar, fuera cual fuera su edad, se sentía protagonistas de aquella historia y recordaron nostálgica el día en que alguien les dijo aquello, sintieron cerca a quien se lo decía cada mañana o soñaron con que alguien se lo dijera algún día: “TE QUIERO PRINSESITA”.

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Puro desliz-amiento

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               Ella terminó de perfilar sus uñas con aquella pintura de color rojo cereza y le echó una mirada picarona a él, que descansaba, cuan largo era, tendido a su lado en el sofá. Le gustaban sus estilizadas formas, que parecían desafiar sus más íntimos deseos, ese anhelo de sentirlo entre sus dedos.

            No lo dudó más y sus dedos a modos de  pies, caminaron sobre el cojín, degustando cada instante, hasta asirlo y sentir el calor que emitía. Lo prensó bien entre sus dedos, experimentando sus proporciones y saboreando esa sensación que siempre le resultaba  placentera, aunque le resultara bien conocida. El ánimo de ella se cargó de tal euforia, llevaba mucho tiempo pendiente de este momento, que casi le pareció que contagiaba a él de su peculiar excitación. Sin soltarlo, lo condujo resueltamente hacia aquella superficie. Él se dejó hacer sumisamente, al principio sus fluidos, se resistieron, pero al punto, manaron de aquella puntita dura. Ella se sonrió, al fin iba a escribir ese relato que desde hacía tanto tiempo bullía por su cabeza. Recolocó a él, su bolígrafo entre sus dedos y empezaron, él y ella, a romper la monotonía de aquella hoja en blanco  con el siguiente texto:

            “Ella terminó de perfilar sus uñas con aquel color rojo cereza y le echó una mirada picarona…”

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En la soledad de la playa

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        Hoy era un día perfecto de verano para aquella ansiada excursión a la playa. Había amanecido un sol radiante y aprovechando que su marido estaría todo el día fuera, ella preparó las cosas para disfrutar el día con él, junto al mar. Siempre conducía ella. Él se sentó a su lado, sin parar de lanzarle miradas cargadas de amor.

-Seguro que te gusta donde te voy a llevar es una cala solitaria de la que me hablaron el otro día.

         Él, por toda respuesta, sonrió.

         Detuvo el coche junto a la playa y ella extendió su mirada deslizándola por aquellas arenas desiertas. En pocos minutos ella se desvistió quedando adornada su piel, solamente por un sucinto y coloreado biquini que aderezaba sus curvas. Él revolcaba su cuerpo desnudo por la arena, sabedor de que ella no le quitaba su mirada de encima. Ella se sentía tan feliz que tuvo algo de remordimiento al recordar a su marido.

         En ese instante, él semejando los andares de un felino, se acercó a cuatro patas a ella, quien abrió los brazos para acoger, pegada a su piel, la desnudez de él. Entonces, ocurrió algo mágico que ella nunca olvidaría: él la miró a los ojos, sus labios húmedos de saliva se entreabrieron y por primera vez en su vida le dijo eso que ella llevaba tanto tiempo anhelando escuchar:

-¡Ma-má!

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Una compleja relación

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         Quizás si él hubiera preguntado a los de su alrededor le habrían advertido que no le convenía aquella relación con ella, pero por si acaso se abstuvo de preguntarlo. Desde que a ella la vio a ella se sintió prendado por su peculiar belleza, le encandiló aquel tono azabache de su piel, e incluso aquella mancha roja que en ella resaltaba con una especial donosura. La atracción se fue convirtiendo en irresistible, tanto, que concluyó que era algo netamente genético lo que le atraía tan sexualmente de ella.

            No le costaba darse cuenta de que a ella no le resultaba nada indiferente y que también se sentía fascinada por él. Se acercaron mutuamente y, sin decirse una sola palabra, los gestos lo decían todo, sus cuerpos se fusionaron tan igual o tan diferentemente de cómo se hacía desde los albores de la historia. Disfrutó de aquel momento como si fuera el último de su vida.

Cuando su cuerpo terminó de agitarse, sintió, casi inadvertidamente, como los quelíceros de ella se hincaron sobre su piel y fueron inoculando su veneno en el interior de su cuerpo. Su vista se le fue nublando y sus ocho patas se quedaron sin fuerzas, ahora fue cuando entendió por qué a aquella atractiva araña le llamaban la Viuda Negra.

           

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Su primera vez

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Tras una noche inquieta de evaporados sueños, despertó. Había llegado para ella aquel día tan importante de su primera vez. Se levantó con sus ojos aún entrecerrados y se dejó acariciar por el agua caliente. Mientras se secaba y blancos vahos se desprendían de su piel contempló, dubitativamente, su cuerpo desnudo, intentando adivinar la mirada con la que él la cubriría dentro de unas horas. Un cuerpo, que ya rozada la cuarentena, iba a dejar al descubierto, por primera vez, aquel tesoro que guardaba entre sus piernas. 

     Embadurnó su piel, friccionándola insistentemente  de pies a cabeza, con cremas untuosas de diversas consistencias. Apuró su depilado hasta extremos, para ella, hasta entonces inconcebible. Ensayó mil peinados hasta descubrir que lo que mejor le sentaba era peinado con algo de volumen y caída natural. Y maquilló su rostro dándole una viveza similar a la que conseguían arrancar los impresionistas a los, en sus orígenes, simples lienzos blancos.

         Abrió con delicadeza la caja de cartón donde tenía primorosamente doblado aquel juego de lencería de ribetes y encajes color vino tinto y un olor a tela nueva abrazó su nariz. Ajustó el sujetador y las bragas a su cuerpo gustando la delicadeza con que abrazaban sus curvas. Zapatos oscuros de tacón alto y un vestido de brillante color de fuego, que descendió sobre su cuerpo agitando el aire circundante, completaron su atuendo. Salió de su casa intentando retener la velocidad de sus pasos y que la impaciencia no le hiciera llegar antes a la cita que él le había dado.

Cuando llamó a su puerta él la esperaba... Intercambiaron unas breves palabras, teñida por el rubor, casi no lo miró a sus ojos. Todo sucedió bastante rápido, ella se tendió  y le brindó la oquedad entre sus piernas y él desarrolló lo prometido con la habilidad que le caracterizaba. No sintió ningún dolor...Ya se lo había avisado que una revisión ginecológica no era tan molesta como se decía. Ella se prometió a sí misma no tardar tanto en acudir a la segunda como había tardado en venir a ésta.


Una mirada nueva

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Los últimos chorros de agua caliente huyeron por el desagüe mientras ella estiraba la toalla y salía de la ducha. El contraste con el aire fresco erizó levemente el vello rubio de su piel, se restregó con insistencia de pies a cabeza. Secó sus cabellos que caían como tupidas cortinas sobre su rostro y atisbando a  su través vio reflejada su madura desnudez en el espejo. Su cuerpo había cambiado. Las entradas de sus cabellos tintadas de tonos níveos, le avisaban de que debía visitar a su peluquera. Sus pechos rutilantes, en otra época, se abatían en una caída no exenta de cierto sosiego. Sus caderas se habían abierto aforando sus nalgas y su barriga se había abultado como si protegiera a un pizpireto ombligo que intentaba asomarse. Todo el conjunto se sostenía con donosura sobre unas piernas que habían ganado apetitosa turgencia con los años y se levantaban sobre unos pies armoniosamente situados sobre la alfombrilla.

Se contemplaba lánguidamente cuando un pensamiento súbito hizo como si su cuerpo, sin violencia externa, hubiera sufrido la más hábil de las cirugías hermoseándose mágicamente ante su mirada. Se consideró feliz, como nunca, de aquella envoltura con que se presentaba ante el mundo y que había hecho madurar su cuerpo con aquellas formas y manera y es que, constataba, ¡no había nada mejor para sentirse bien que dejarse acariciar por la mirada tierna y, siempre nueva, que él siempre posaba mimosamente sobre ella!


Desesperación

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         Llevaban ya conviviendo, hoy hacía tres años,  y en ninguna de aquellas 1095 noches, que en su desesperación traducía a 94.608.000 segundos ya transcurridos, ella había hecho por acercarse a él para vestirlo de mimos o ataviar su cuerpo en besos. Su desesperación iba creciendo por momentos, pero qué podía esperar, como le decía un buen amigo de atildado bigote y orejas en soplillo, si ella había rechazado a tan buenos pretendientes para quedarse con él, por la única razón de que por las noches lo que hacía era “dormir y callar”.  Y además, añadió, todos sabían de ella, como en un secreto a voces, que era una ratita muy presumida.

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Reflejo

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Ella poco antes de aquel tan preparado encuentro con él, se sentía especialmente ridícula, a pesar de todo lo vivido en aquella existencia que ya lindaba los cuarenta.

 

Sus movimientos estudiadamente cavilosos, acercaron sus dedos al botón de los vaqueros, que se soltó en un ligero movimiento al que siguió el descenso de la cremallera y el deslizamiento de los pantalones, con rozamiento cero debido a la suavidad de sus piernas, hasta los pies. Fue liberando despacio, como si dudara, sus botones y su blusa, lanzada al aire, cayó al suelo con un movimiento que semejó a una medusa nadando. Curvó su cintura hasta que sus dedos agarraron sus bragas y las arrancó de su cuerpo como si éste estuviera deshilachándose, con lo que brindó su desnudez inferior a los ojos del aire.

 

Ahora venía lo más difícil, tanta duda en ella iba convirtiendo aquel instante en en el más insulso que recordaba, así que sus brazos se retorcieron hacia atrás hasta que sus dedos acertaron a soltar el cierre de su nuevo sujetador. Sus pechos, ahora liberados, quisieron parecerle especialmente pesados. Su nerviosismo aumentaba, al saber que iba a entrar en el otro cuarto a encontrarse con él e su piel se iluminó, luciendo como consecuencia de las gotitas de sudor que perlaban todo su cuerpo.

 

No quiso retrasar ese momento de enfrentarse a él y entrecerró los ojos, lo suficiente sólo para intuir el camino hacia dónde él la aguardaba. Las plantas de los pies en su contacto con la frialdad del mármol le transmitía escalofríos. Atravesó la puerta sintiéndose cómoda en la tibia penumbra que envolvía la habitación, aunque percibió la estática presencia de él. Se colocó frente a aquel bulto oscuro al que ya podía tocar si alargaba la mano.  Tragó saliva y no lo pensó más…

 

Como un resorte su mano de dirigió al interruptor de la luz y la habitación quedó iluminada, abrió los ojos y pudo ver su imagen desnuda…reflejada en él…aquel espejo, el primero al que se asomaba tras aquella operación de aumento de pechos. Sus ojos se iluminaron al verse…¡no había quedado nada mal!


Su acogedora presencia

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         Al fin había llegado ese día soñado por él en que el deseo, perpetuamente anclado en su memoria, de encontrarse con ella, se iba a hacer realidad. Miraba impaciente las agujas del reloj, que a él le parecían, que se movían con lentitud de caracol y sentado frente a la ventana se impacientaba ante el brillo de un sol que no declinaba. Pasaron aquellas largas horas y con la noche llegó su alegría, ¡por fin se iba a encontrar con ella!

 

            Con paso lento, como saboreándolo, se dirigió por el pasillo hasta la puerta del dormitorio, abrió quedo la puerta, como si acaso temiera despertarla y la contempló hermosa sobre la cama. Dejó deslizar su pijama entre las piernas y acercó sus desnudeces hacia donde estaba ella. Se tumbó a su lado y muy despacio con la levedad de sus dedos se solazó en el tacto suave de su superficie. No dilató más la espera y tomándola en sus manos, con delicadeza, la colocó sobre su cuerpo, sintiendo su acogedora presencia. Se movió justo lo suficiente hasta que sus mutuas formas encajaron y así, ella sobre él, pasaron toda la noche.

 

            El amanecer lo pilló bañado en sudor y en un gesto brusco de sus piernas arrojó a ella, al suelo, fuera de la cama. Estaba claro que por mucho que estuviera en otoño y le apeteciera hacía todavía mucho calor para taparse con la manta.


Sólo unos centímetros

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      Cuando Vicente y Lidia, se conocieron en el Chat nunca pensaron que aquella relación pudiera llegar tan lejos. Y aquellas palabras intercambiadas, al principio breves, escritas a la luz de dos flexos, era una de las asombrosas coincidencias que detectaron entre ellos, se transformaron en sesudos diálogos en los que compartían confidencias en la intimidad de la noche. Casualmente, también, vivían en el mismo pueblo y, aunque no era demasiado grande, el capricho del azar nunca había querido que se conocieran personalmente. Vicente nervudo e impetuoso, tras varios meses de conversaciones, le propuso que podrían conocerse. Lidia grácil y menuda, le respondió que no se atrevía a encontrarse frente a frente con él, a pesar de que con el tiempo imaginaba sus ojos cada vez más luminosos.

 

            Y aquella cháchara impenitente siguió mientras iban cayendo sucesivamente las hojas del calendario, como si el otoño hubiera llegado a la vida. Eso debió pensar Lidia que temerosa de que llegara el invierno y sintiendo en su corazón, cada vez más, la primavera y  con sus defensas socavadas decidió, deseó, necesitó… conocer a Vicente.

 

            Vicente tenía un negocio en el que echaba muchas horas y allí quedaron citados una noche, a una hora en que la luna llena ya había conquistado el cielo. Con la puerta ya cerrada sus miradas se anudaron en aquel local y se sentaron frente a una mesa en la que Vicente llenó dos copas de Rioja. Y mientras sus ojos se dedicaban expectantes a ponerle imagen a todas esas palabras que conocían del otro, su conversación viva fue virando hacia un tono almibarado, en el que los dos se sintieron muy a gusto.

 

            Llegó un momento, que tras echar Lidia un sorbo de aquel brebaje rojizo, sus ojos chispearon con especial intensidad y fue cuando Vicente aprovechó la oportunidad esperada. Quería, le dijo con cierto pudor, que ella tomara posesión de esos “centímetros de carne” de él que Vicente había salvaguardado con cariño hasta aquella ocasión. Lo habían tecleado muchas veces en sus ordenadores, y le habían dado ese nombre eufemístico, pero hasta ahora no se había atrevido a proponérselo tan directamente.

 

            Una nube de pena ensombreció los ojos de Lidia, quien sin decir palabra se levantó y salió dando un portazo. ¿Cómo se había atrevido Vicente, por muy carnicero que fuera, el ofrecerle aquel filete de secreto ibérico, “unos centímetros de carne” ellos le llamaban, diciendo que lo había guardado para ella cuando sabía perfectamente que era una vegetariana convencida?

 

            Vicente la vio alejarse cabizbaja y por primera vez en su vida odió su profesión, miró a la luna y, extrañamente, se dio cuenta que ahora estaba en cuarto menguante.


Cita a ¿ciegas?

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     Él salió de su casa con paso vacilante, iba a encontrarse con ella. Mientras caminaba era consciente de que su visión del mundo había cambiado, aunque él se resistía a reconocerlo. Llevaba días esperando aquella cita y cuando estuvo delante de ella descubrió que sus piernas le temblaban. Lo condujo, con suma delicadeza,  hasta una silla y se sentó frente a él. Las delicadas manos de ellas, tan frías como suaves, con unas uñas delicadamete recortadas, levantaron su rostro indicándole que le mirara fijamente a sus ojos.

      Sus miradas se encontraron, él admiró aquellas negras pestañas que servían de antesala a unos ojos luminosos que resaltaban en un rostro mimosamente ornado por una leve capa de maquillaje. Ahora miraba sus labios y estaba inquieto  pendientes de aquellas palabras que sabían que podían cambiar el resto de su vida. Al fin, aquel silencio se quebró con la voz dulzona de ella:

-Sí, efectivamente necesitas gafas, pero has tenido suerte, porque este mes tenemos rebajas porque estamos de aniversario- le dijo la dependienta de  la óptica a la que había acudido.


La línea

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     Siempre hay una línea que nos separa, por medio, de los otros. También desde que él y ella se conocieron  hubo una línea que los separaba. No tenía colores, ni era material,  era sin medidas y carecía de costuras, pero...era una línea. A cada uno aquella línea le parecía algo diferente. Él en principio la veía como un gran precipicio, que podría tragarlo irremisiblemente cuando intentara acercarse a ella más de la cuenta. Ella la veía como una valla natural que la protegía de cualquiera de los embates que le pudieran llegar del exterior y que controlaban, siempre avizor, sus fieles cocodrilos.

El cariño empezó a surgir a ambos lados de aquella línea. Él daba pequeños pasos que cargaba de ternura y, a medida que se iba acercando a lo que pensaba era el borde del precipicio, éste iba empequeñeciendo hasta casi disolverse. Él la contempló a ella ya muy cerca. Ella fue consciente y gustó de aquellos pasos enredados que le hacían sentir, paulatinamente, la proximidad de él. Sus fieros cocodrilos se amansaron ya que perdieron su razón de ser, se dieron cuenta de que no necesitaban protegerla de él, todo lo contrario, se volvieron juguetones y alentaron a que la línea se convirtiera en un espejismo de tan a gusto que ella se empezó a sentir. Un sentimiento que fue mutuo y la proximidad entre él y ella se convirtió en un goce compartido.

Pero la línea seguía allí. Ahora era trazada con tinta indeleble,en parte por las circunstancias que vivían  y en parte por las circunstancias que sentían. Lo que no estaba nada claro era donde quedaba situada, finalmente, esa línea. Ella lo tenía muy claro...o creía tenerlo, pero cuando los mimos de él hacían que la línea que pasaba por en medio de ellos, casi imperceptiblemente, se deslizara a los labios o a los pechos de ella, las agitaciones de sus curvas llegaban, en algún momento, a convertirla en invisible.

Y en esto andan, él, ella y la línea que unas veces se cruza, otra se diluye y alguna otra vez se enrosca en torno a sus cuerpos aproximándolos hasta un extremo que nunca imaginaron. Y así se han tenido que acostumbrar, él y ella a este "ménage a trois" en sus vidas, disfrutando del mismo y que sean las agujas del reloj, las que finalmente hagan con esa línea lo que le dé la puñetera gana.


Desprendiéndose de la silicona

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           Se había  dilatado en el tiempo la preparación de aquel ansiado momento. El notaba cómo sus formas iban adquiriendo firmeza ceñidas por el revestimiento de la silicona que lo envolvía.

            Ella lo admiraba deseosa, sin atreverse a tocarlo…todavía. Su mirada disfrutaba con aquel cambio que lo hacía tan ardiente. Un silencio de cristal invadía el aire.

            Al fin, la impaciencia de Ella contagió a sus dedos, inquietos y levemente torpes, que se acercaron a Él, quien se mantenía imperturbablemente estático. Con sumo cuidado y con todo un dechado de habilidad, lo desprendió de aquella vestimenta de silicona, dejando toda su piel al descubierto y a merced de su mirada golosa. El calor que irradiaba llegó hasta Ella, quien ya no pudo aguantar más y lamiendo, con la punta de la lengua, las comisuras de sus labios acercó su boca hasta Él.

            Hincó sus dientes y le arrancó un trozo, su lengua ardió por un instante pero, a pesar de eso, pudo saborear el sabor exquisito de aquel bizcocho, que acababa de hornear en el recién estrenado molde de silicona.

 


Atracción fatal

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       Caminaba Él, sumergido en sus  cavilaciones, en esas horas previas al anochecer en que se empieza a grisear todo, cuando ¡la vio! Agrandó inconscientemente las pupilas intentando atrapar el máximo de luz, mientras sus ojos se fijaban en aquella figura, de soñada belleza que se encontraba frente a Él. Su piel brillante lanzaba destellos y las sinuosas curvas de sus formas le imantaron sus más profundas inclinaciones.

 

            Se acercó despacio a Ella, como si temiera romper el delicado encanto de aquel mágico momento en que se habían encontrado. Ella, silenciosa, permaneció inmóvil, mientras aquellos dedos ávidos recorrieron, primero, lentamente y después de manera presurosa su epidermis tan brillante. Él se reconocía inteligente y en aquel primer encuentro sintió que era capaz de captar, incluso, su interior. Lo tenía ya claro, era Ella a quien buscaba para compartir el resto de su vida.

 

            Despojándose de su ropa quedó desnudo frente a Ella, no quería que nada estorbara el contacto entre sus pieles y acercó su cuerpo a la cavidad más deseada de Ella. Se fue introduciendo, primero con cierta dificultad, hasta que sus pieles en contacto parecieron fluir entre sí. Cuando descubrió con alborozo que estaba dentro de Ella, se sintió lleno de alegría. ¡Era lo que siempre deseó!

 

            Lo que no pudo imaginar Él, aquel genio solitario, que hacía tiempo que había agotado su capacidad de conceder deseos, en busca de una bot-Ella donde refugiarse, es que una mano desconocida aprovecharía aquel instante para poner en aqu-ella cavidad un tapón de corcho, con lo que se hizo consciente de que aquel íntimo contacto entre ellos se extendería, probablemente, durante varios siglos.


Comunicándose

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             El y Ella vivían en la distancia y se conocían desde hacía años. El siempre tuvo necesidad de comunicarse con Ella.  A Ella le gustaban estas comunicaciones, aunque nunca sentía necesidad de comunicarse con El.  Así que, durante todo este tiempo, las comunicaciones de El (por carta, teléfono, mensaje en una botella e incluso a través de una paloma mensajera), nunca tuvieron respuesta de Ella y siempre le quedaba, a El ,la duda, que no le hacía sentirse bien, de si Ella la habría recibido.  Ella tampoco se sentía bien de que le llegaran tantas comunicaciones de El y no se sintiera capaz de responder. 

            Transcurrieron los años en esta situación, hasta que un día Ella, enemiga de tecnologías pero a la que habían regalado un móvil, le dio a El su número. El vio ahí colmada su necesidad de comunicarse con Ella.  El empezó a ser feliz, cuando le apetecía le mandaba un mensaje y además  éste le avisaba que el mensaje había sido recibido.  Ella recibía los mensajes pero seguía sin ser feliz, cuando sonaba su móvil, sabía que sólo podía ser de El, pero nunca aprendió a contestarlos y esto le dolía. 

             Un día visitando Ella la torre de una iglesia, sin que se diera cuenta, el móvil se deslizó por el bolso entreabierto cayendo sobre el nido de una cigüeña que estaba más abajo. Como Ella lo usaba poco no se dio cuenta que lo había perdido hasta al cabo de un mes.  Y desde entonces, todos son felices:  El porque manda los mensajes y el móvil le avisa que ha llegado, Ella porque no le llegan mensajes y eso no le recuerda que tiene que contestarlos, y la cigüeña porque cada vez que suena el pitido del móvil en su nido se incorpora y aletea las alas de una manera tan armoniosa que es la admiración de todos los que la contemplan.  Incluso El pudo contemplar, aquel espectáculo, un día que paseando bajo la torre se le ocurrió mandar un mensaje a Ella.


Una tentación irrefrenable

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           Ella estaba especialmente nerviosa, hoy iba a coincidir de nuevo con Él, pero ese encuentro sería distinto a todos los tenidos hasta ahora. Cuando se acercó a la habitación aquel aroma tan peculiar, que Ella sabía que sólo podía provenir de su cuerpo, le reveló que Él estaba allí. Efectivamente, lo pudo ver tendido cuan largo era, como si estuviera esperando su llegada. Ella se acercó despacio, paladeando cada instante que los separaba. Su olor, ahora cercano, la excitó profundamente y no pudo reprimir el gesto espontáneo de acercar sus dedos y acariciar, resbalando con delicadeza, su piel suave. Al apartarlos su humedad quedó adherida a las yemas que en un gesto casi pícaro fueron desapareciendo, una a una, en el interior de aquella boca coronada de un radiante carmín rojo. Fue, entonces, cuando  acercó su cara hasta casi rozarlo y con gesto mimoso lo lamió muy muy despacio. Aquella íntima proximidad la provocó y se sintió junto a Él aislada del resto del mundo.

            No pudo resistir más…asiéndolo con ambas manos abrió su boca cuanto le permitía sus maxilares y clavándole los dientes, no exenta de remordimientos, le arrancó un trozo de carne.

            Le daba pena y había intentado reprimirse, porque no podía dejar de pensar que había criado a aquel pollo, pero ¡tenía tan buena pinta en aquel guiso al ajillo!


No detengas tus caricias...

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-No detengas tus caricias, por lo que más quieras. Sigue, sigue...asíiiii – le dijo ella con voz suave.

     Pero tras ocho horas de caricias repetitivas e ininterrumpidas hasta Él se cansó de darlas y se detuvo. Fue, entonces, cuando aquella leona escapada del circo, no sintiendo ya la mano de Él sobre su lomo, devoró a aquella pareja que se había encontrado paseando por el parque.


La foto

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         Aprovechando la tranquilidad que le brindaba aquella hora en que se encontraba solo en casa, abrió el correo electrónico con nerviosismo. Al fin llegaba esa foto tan largamente esperada. Cuando la abrió el rostro de ella tan conocido por él apareció ante sus ojos. Mientras aquella imagen le deslumbraba su corazón pareció acelerarse por unos instantes. Ahora podría contemplarla y acariciarla con su mirada cuantas veces quisiera sin tener que forzar la memoria y dejando reposar los recuerdos, cada vez más deteriorados y engañosos por el paso del tiempo. Se había hecho la foto junto al río con un hermoso pasaje otoñal de tonos ocres donde destacaba su figura de formas gráciles y armoniosas. A su espalda la ciudad, engalanada con el brillo dorado del sol del atardecer, parecía querer escalar las alturas hacia el cielo.  Su pelo negro caía graciosamente sobre sus hombros mientras su mirada de ojos pardos parecía hablarle desde el otro lado de la imagen. Aumentó el zoom de la foto y aquellas pupilas brillantes parecieron hipnotizarlo sacándolo de la realidad.

 

            De pronto, no supo cómo, se vio al otro lado de la fotografía. Ahora estaba junto a ella, el olor a humedad del ambiente se le mezclaba con el que ella emanaba de la base de su cuello. Sus sonrisas se abrazaron en el aire, mientras el fluir del agua ponía banda sonora a aquellos mágicos instantes. Pasearon muy juntos, por aquel paisaje evocador mientras sus zapatos de dos en dos, arrancaban crujidos al unísono de la inimitable alfombra de hojas secas. El brazo de él rodeó la cintura de ella, a la vez que sus dedos, ávidos de sensaciones, con elegante suavidad y de una manera casi imperceptible moldeaban sus caderas. Y él supo que si la palabra felicidad existía, este instante la estaba escribiendo.

 

            De pronto se hizo la oscuridad y absolutamente todo se volvió negro. Al día siguiente la secretaria del Juzgado no salía de su asombro, era la primera vez que alguien denunciaba a la compañía eléctrica debido a que un corte de luz había estropeado su ordenador y, sobre todo, eso lo subrayó en la denuncia: le había destruido un maravilloso sueño


A cada lado de los visillos

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          Él paseaba, recién atardecido, despacio, por la calle, con las manos en los bolsillos. Una vez más pasaba junto a aquella ventana en la que su vista quedaba atrapada por la imagen de los visillos iluminados. Imaginaba al otro lado un lugar acogedor. Una luminosidad que haría estallar de alegría a los muebles que encerraba y a las personas que allí habitaban. Echaba de menos el no formar parte de aquel pequeño universo, protegido su corazón desnudo por aquel refugio seguro.
          Ella se acercó, otra vez, a los visillos que cubrían la ventana y mirando, a través de ellos, se sentía agobiada y limitada por los límites de aquella habitación. Soñaba con esa imagen nebulosa que le devolvía la calle, con ese petirrojo que iba y venía al marco de la ventana y con las prímulas que crecían alegres en el exterior. Deseaba salir al mundo, derribar aquellos muros y caminar, sin límites, hacia donde le condujeran sus pasos.
           No lo pensó más…
           Él se acercó a la ventana y se aupó para atravesar aquellos visillos y penetrar en la seguridad que se adivinaba tras ellos. Ella, al mismo tiempo, descorrió aquella tela para salir hacia la gozosa incertidumbre. Y en el marco de la ventana se encontraron al mismo tiempo, uno con los pies hacia dentro y la otra con los pies hacia fuera. Se miraron a los ojos y fue cuando, al descubrir el interior del otro, se dieron cuenta que probablemente el ir al otro lado no colmaría sus anhelos. Se quedaron allí sentados, uno junto al otro, mientras los visillos, aleteados por el viento, acariciaba sus rostros.

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Palabras de diseño

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           Cuando se conocieron Ella se enamoró, sobre todo, de las palabras que le dirigía El. Éstas eran dulces y atractivas, rotundas y mágicas, resueltas y almibaradas... Ella cayó bajo el hechizo de aquellas ristras de letras que le abrazaban sin que pudiera oponer resistencia. Con el tiempo sintió una extraña sensación, su naturaleza pudibunda acabó anulada y se desprendió, en el día a día, de todos sus ropajes recuperando su desnudez primigenia. Y cual si de vestidos se trataran Ella tomaba aquellas palabras y las usaba como vestimenta. Dejó de comprarse ropa e, incluso, en vez de joyas y abalorios usaba los monosílabos y exclamaciones que él prorrumpía. La desnudez de su cuerpo, así ornada, era la envidia de todas sus amigas.

           Un día El sufrió una fuerte afección de garganta que lo volvió afónico durante una temporada. Y las palabras desaparecieron de aquel acogedor universo. Y caminando Ella por la calle, totalmente desnuda, se encontró sorprendida y detenida por la policía.

           Pero lo peor fue cuando El acudió al juzgado e intentó justificar ante el juez aquella extraña historia sin poder articular palabra alguna.


Giro del cuello

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            Ella se despertó con un fuerte dolor de cuello. Siempre dormía sobre su lado izquierdo, mostrándole a El, aunque ya no prestara demasiada atención a Ella, lo mejor de su anatomía trasera. Durante el día engañó el dolor con cremas y antiinflamatorios, pero lo peor fue al acostarse. El único alivio que sentía era cuando se giraba hacia el lado derecho de cara a El, pero inconscientemente Ella, ya que El se quejó siempre que su aliento sobre su cara le molestaba, al despertar dolorida, se encontraba repetitivamente girada, como lo había hecho en los últimos veinte años, hacia su lado izquierdo.

            El dolor se le convirtió en crónico y ya temía que, debido a que había superado la cuarentena, se le transformara en perenne, como el deterioro paulatino de su relación con El, lo  que un día la condujo a compartir colchón ajeno con un El diferente. Aquella noche ahogada en recuperados efluvios pasionales, antes inimaginables, Ella se olvidó del dolor de su cuello para centrarse en otras cosas más placenteras a la par que efímeras. El ejercicio desembocó en una gustosa extenuación y tras horas de reposado sueño en compañía del otro El, se encontró que, por primera vez en muchos años, había dormido girada a la izquierda. y no pudo reprimir una sonrisa al abrir sus ojos y disfrutar de aquel rostro, que la miraba deseoso y sonriente, tan cercano al suyo

             Al día siguiente Ella se sintió doblemente feliz: por el dolor ausente y las sacudidas de placer que le provocaban los inmediatos recuerdos, pero cuando volvió a su cama habitual, y con ello su giro hacia el lado izquierdo, se recuperaron los dolores de cuello. Pero, ahora, algo le animaba: sabía que su dolor no sería perpetuo, sólo duraría las dos semanas que le quedaban para que se reencontrara con el otro El y volviera a dormir girada a hacia la derecha. 


La caja de las mariposas

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             Quedaron sorprendidos al encontrarse, tras girar Ella la esquina. Llevaban varios meses sin verse, y aunque nunca perdieron el contacto, aquellas breves llamadas nunca colmaban las dudas, los silencios y lo que nunca se dijeron desde que en un día, ya lejano, los envolvió un mutuo adiós.

            Ahora situados uno frente al otro, en aquel rincón de la calle, se sentían cómodos, aislados del resto del mundo y cubiertos de ese silencio en que sólo se percibe el sonoro latido de los corazones. Se miraron sin verse, en seguida lo apreciaron: las viejas vivencias haría que peligraran si sus miradas se abrazaban. Hablaron durante varias horas del ayer y del hoy, de esos por qués sin respuesta que la vida les planteaba en un  juego sin reglas. Recordaron aquellos días de arco iris, cuando se sonrieron tras las nubes y se protegieron del sol a la sombra de naranjos azaharinos. El vació de su maleta ropa que nunca había aireado, pero no se atrevió a juzgar si la vida había sido justa. Ella salpicaba el suelo con sus lágrimas. Los dos miraban a ese reloj inexistente que no detenía su camino. Y cuando, sin más remedio, tuvieron que decirse adiós el cielo se cubrió de nubes negras que estallaron en tormenta.    

 

            Sus espaldas se enfrentaron, alejándose con pereza y, mientras, fueron abriendo los regalos que habían intercambiado. El descubrió la secreta esperanza de que aquella, ahora, recordada presencia de la esquina volviera a convertirse en real. Ella deshizo el lazo brillante de una caja que él le entregó  de contenido muy especial, en ella introdujo aquel deseo anhelante de besos extraviados que nunca pudo dar y cada vez que lo sentía se transformaba en una mariposa de colores luminosos que había guardado con delicadeza en aquella caja. Ahora Ella, cada vez que estuviera triste, sólo  tendría que depositar una de aquellas mariposas en sus labios para que ésta, aleteando, le procurara un aire nuevo con aroma a “nomeolvida”.


Llegó el día

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            El estaba eufórico y no podía disimular su nerviosismo. Llevaba tanto tiempo esperando este momento… En cuanto entró en la habitación la vio, con su blanca piel tendida cuan larga era y con esas formas tan características que a El le descomponían. La imagen, que se le brindaba de Ella, era tan sensual como El había imaginado. Se acercó poco a poco. Ella impávida parecía estar expectante. El tenía una extraña sensación, se sentía saturado por dentro y estaba deseoso de vaciarse sobre Ella.            

            Con movimientos aristocráticos, se acercó hasta Ella y dejó al descubierto esa punta, enhiesta y brillante, de la que se sentía tan orgulloso y fue, cuando al contactar con Ella, empezó a vaciarse lentamente mientras se deslizaba sobre su superficie. Ella tembló levemente cuando sintió su acercamiento y empezó a perder su límpida blancura.            

            Ya había llegado el día en que comenzaba el taller literario y el bolígrafo, El, siguió deslizándose durante horas sobre aquella hoja blanca, Ella, engalanándola exquisitamente con sus palabras, como nunca imaginaron ni El ni Ella.


En una tarde de calor

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           Hacía mucho calor, incluso demasiado para ser en verano y es que las cinco de la tarde era muy mala hora, pensó Ella, pero así son las cosas y hay que aguantarse, repensó resignada. Y allí estaba esperándolo ¿siempre tenía que ser así? Esperando Ella a que se le ocurriera aparecer por allí. No era su primera vez, pero se sentía excitada como si lo fuera. Notaba su piel húmeda por el sudor y la excitación, su mirada expectante y su imagen estática en aquella espera. Al fin el cruzó la puerta. Ella lo conocía de sobra, pero ahora al verlo aparecer no pudo dejar de sentir que todo su cuerpo apreciara una sacudida. Cuando advirtió aquellos ojos negros brillando al sol y su gran cuerpo desplazándose con aquella agilidad experimentó un ardor irreprimible. El pareció hacerse el despistado mirando a su alrededor, pero cuando vio como lo miraba no pudo reprimir ese instinto que lo atraía irremisiblemente hacia Ella. Cuando estuvieron cerca, se miraron a los ojos, sólo fue unos segundos.

           Ella, entonces alzó con estilo lo que llevaba agarrado entre sus manos. El, sorprendido, pasó de largo… Al mismo tiempo cientos de garganta estallaron en un OLEEEEEEEE,  aplaudiendo el gesto de esta joven matadora de toros.


Un cálido fluido

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      El llevaba mucho tiempo allí, no sabía cuánto ni tal vez le importaba mucho. Quieto, hierático con esa frialdad que da la monotonía.  Fue, entonces, en medio de aquella monocorde existencia cuando apareció Ella. Ella era de formas redondeadas pero elegantes, de piel suave y sedosa, dispuesta a recibir siempre que fuera preciso y a transmitir siempre que fuera necesario.

       Cuando Ella se le acercó, El siempre tan brillante, parecía mirar hacia otro lado. Pero no pudo mantener mucho y tiempo esa sensación. El no se movía, ni siquiera emitía una leve vibración cuando, al fin, en medio de aquella soledad sus bocas se encontraron. Fue sólo un instante, lo que dura la explosión de un cohete, luego Ella se separó un poco pero permaneciendo muy próxima a El.

       El pareció ya no poder resistirse y como si la vida surgiera de lo más profundo de sí abandonó su quietud. Su cuerpo vibró y de su interior un ardor, ya casi olvidado, invadió su cuerpo de dentro a fuera.  Y en un determinado momento de su interior surgió un fluido cálido, ardiente que se derramó primero gota a gota y luego en cataratas sobre la boca de Ella. Ahora fue Ella la que, al recibir su preciada dádiva, se sintió crecer mostrándose ardiente y plena.

       Ya no hacía falta que Ella, la bolsa de agua caliente,  siguiera allí junto a El. Cumplido su objetivo se dio la vuelta y se fue alejando de El, el grifo, para con su contenido calentar los pies de otra Ella que carecía de un El.


Una fusión literaria

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Ella caminaba, elegante, engalanada de hermosas y rimbombante frases. Transitaba por líneas, oscilantes como S, dejando sonoras sílabas a su paso. El la miró con los ojos como dos O mayúsculas sobre todo cuando Ella con mirada pícara se despojó de los paréntesis que la cubrían, revelando ante Él todas sus letras.  Con suma donosura fue desprendiéndose primero de sus consonantes y luego, una a una de todas sus vocales. El se maravillaba viendo caer letra tras letra. Se arrancó un asterisco que le sujetaba el pelo agitando al aire su melena leonina, lo que le hizo volar a El algunos puntos de sus ies. Finalmente, para goce de los sentidos de El, exhibicionista ella, quedó sólo con una escueta diéresis prendida en su cuerpo lo que acentuaba su sensualidad.

 

El le planteó una interrogación que una sonrisa de Ella sirvió para cerrarla. Se aproximó a Ella y le arrancó con suma delicadeza aquella diéresis. La V deseosa  de Ella afloró ante El, a quién sumamente excitado su J se le transformó en L.  La V y su L colisionaron ahora, sin vocales intermedias,  y las comas que le separaban desaparecieron abducidas por la fogosidad. Y de aquel encuentro sobre un lecho de papel en blanco surgió una hermosa historia escrita a dos manos, a dos pies,…todo a 2. Un relato de pasión que se elaboró con renovadas frases.  Cuando exhaustos de goce llegaron al límite un punto y final se lo indicó. Entonces, El y Ella con la última letra que les había quedado tras aquella orgía literaria escribieron al unísono: ZZZZZZZZZ.


La gran paliza

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-Dale más fuerte-le gritaban a Él.

-Así. ¡Venga con ganas! ¡Qué se note que eres un hombre!- le animaba alborozado otro vecino.       

            Él, animado por aquel grupo coral, armado de un palo le golpeaba a ella sin miramientos. Una y otra vez, como con rabia contenida. Ahora por delante, ahora por detrás y cada golpe sonaba sobre ella como un apagado tamtam. Con la cabeza gacha y las manos crispadas sobre el palo en alto descargaba toda la furia que encerraba.      

             Entonces la voz de Ella sonó desde dentro de la casa:

-Venga pasmarote ¿o te vas a pasar toda la tarde para sacudir una alfombra? Vente ya para dentro que tienes muchas cosas que hacer aquí.  

             El se detuvo de manera súbita, soltó el palo, y recogió la alfombra, que había estado sacudiendo, para ponerla sobre el hombro. Al girarse se le pudo ver que del ojo, que no tenía hinchado por el moratón, brotó una lágrima que lentamente resbaló por su mejilla. Sus pasos arrastrados le condujeron a la casa con la misma mansedumbre que un cordero es llevado al matadero.


Una impaciente duermevela

          La oscuridad fue devorando las últimas luces del día cuando Él silencioso entró en la habitación. La descubrió en aquel lugar, como imaginaba, estática y tumbada cuan larga era. Con un paso, a la vez, osado y vacilante se acercó a Ella. Sintió cómo un deseo creciente de poseerla le iba embargando. Se aproximó a Ella disfrutando de su contemplación. La blancura de la piel de Ella actuaba como señuelo en aquella creciente penumbra. Las manos de Él rodearon a Ella, que seguía silenciosa, y, entonces, por primera vez sintió el contacto de su piel lisa y sin arrugas, levemente fría, pero Él sabía como calentarla. Mientras pensaba en ello se sintió tremendamente excitado, tanto que no prestó oídos a aquellos pasos que rápidamente se acercaban por atrás. La puerta se abrió súbitamente y Él, sorprendido, quedó paralizado, inundándose de luz la sacristía.

          -Te he dicho muchas veces que dejes la vela quieta, cuando seas mayor te dejaré encenderla-le espetó el irascible sacristán a aquel impaciente monaguillo.


Paseo vespertino

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     El salió a la calle bastante saturado por el ambiente del día. Caminó sin rumbo fijo, simplemente hacia ese destino incierto al que le conducían sus pies. Y en este disperso camino al ritmo sincrónico de las suelas de sus zapatos, al doblar una esquina, fue cuando se topó con Ella.

     En un principio su presencia, casi olvidada, le sorprendió ya que, aunque la reconoció con prontitud, su imagen se le había desdibujado en la memoria. No tuvo tiempo de decidir si le gustó encontrarla, porque en seguida se colocó a su lado y, la verdad es que, tampoco El se esforzó mucho por desembarazarse de Ella. Caminaron uno junto al otro y fueron construyendo palabras en el aire que iban transformándose en un diálogo. El se sorprendió, una vez más, de lo bien que lo conocía. Ella empezó a cuestionarle muchas cosas, a desempolvarle recuerdos, incluso, en ocasiones, a incidirle dónde más le dolía. Pasearon entre el bullicio de los comercios, atentos a lo suyo, aislados de los demás como en una hermética burbuja. En algún momento El detuvo sus pasos, pero ya se encargó Ella de darle motivos para seguir andando. Al fin se pararon en un bar y pidió una cerveza. Ella le dijo a El que nunca tomaba alcohol. No sé por qué, penso El, pues nunca le había visto conducir. En algún momento a El le pareció sentir su caricia fría y despierta helándole los sentimientos, pero debía ser, más bien, consecuencia de la cerveza helada que fluía por su garganta. Cuando se levantaron la noche había apagado ya los colores pero, paradójicamente, Ella brillaba cada vez más en la creciente oscuridad. Siguieron caminando hacia la casa de El mientras las luces de la calle creaban sombras juguetonas sobre la acera. El la notaba íntimamente cercana, parecía que se le había adheridol con la misma fuerza que el percebe a una roca. Ya llegando a casa aquella presencia de Ella le estaba produciendo hartazgo. Con mano temblorosa  El abrió con la llave y cerró de golpe quedándose Ella en la escalera. Sintió que Ella le seguía llamando pero no cedió a sus ruegos.

   Al rato El fue consciente de que Ella, la soledad, ya se había marchado pero se hizo una pregunta que no deja de inquietarle: ¿cuándo volverá de nuevo?


Caricias matinales

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                Un rayo de luz travieso que surcó las rendijas de las persianas le dio a Ella en los ojos e hizo que se despertara. Giró sobre la cama su cuerpo desnudo huyendo del puntual resplandor. Había descansado bien y notaba la próxima llegada de la primavera en un ansia interior que se reflejaba en su piel erizada. Estiró su brazo derecho y le alegró notar que El estaba cerca. Al notar el contacto de su piel, sus dedos coronados en uñas cortamente afiladas con una cuidada manicura, parecieron adquirir alas sobre El. Lo fueron recorriendo, arriba y abajo, jugando en aquellos recovecos que formaba su piel y notando como, poco a poco, se iba estirando. Le gustaba sentir como crecía entre sus manos y como aquel cuerpo tan próximo a Ella respondía a aquellas caricias matinales. Siguió un buen rato con ese particular juego, mientras la mano izquierda se ocupaba en dibujarse su propio cuerpo. Le gustaba, también, sentir esa euforia primaveral  con que su recortado vello púbico o sus sobresalientes pezones saludaban a sus caricias.

               Aquel rayo primigenio se derramó ahora por la habitación iluminándola con el resplandor naciente de una mañana viva. Su mano izquierda rodeaba suavemente una  peca en su barriga de la que se encontraba muy orgullosa, mientras su mano derecha ocupada en aquel cuerpo, llegó a ese lugar que, siempre, a ella le gustaba especialmente palpar. Su mano hurgaba, gustaba, sentía….hasta que se dio cuenta de algo…El tenía el pelo demasiado largo y de esta tarde no pasaba que lo llevara a ese peluquero canino que tan primorosamente dejaba a los caniches como el suyo.


El Futuro Imperfecto

         El nació el día en que se cumplieron, con exactitud milimétrica, los nueve meses de embarazo. Desde pequeño se comportó como un niño modélico en todos los sentidos y con los años fue creciendo su fama de responsable. Sus notas fueron siempre excelentes y aquel brillante currículo le abrió las puertas de un buen trabajo.

        Pero un día El se encontró con Ella y aquel sólido edificio de su responsabilidad, que tanta seguridad le había dado siempre, comenzó a tambalearse. Al principio los temblores eran casi imperceptibles pero más adelante se convirtieron en fuertes sacudidas que amenazaban con desmoronar su edificio interior. El comenzó a asustarse. Ella desde su privilegiada atalaya no dejaba de observarle entre pícara y divertida. Al fin, no pudo más y El decidió enfrentarse con Ella, la vida real, y preguntarle que por qué había irrumpido en su existencia de esa manera y no le permitía seguir “tan normal” como siempre y seguir siendo tan responsable y consecuente. Ella le habló despacio, no quería asustarlo demasiado y le aclaró que no todo era tan simple como El siempre había pensado y que no podía ser tan “perfecto”, que precisamente era un signo de madurez que, ahora, se hubiera dado cuenta de ello

       Salió de aquella charla tan mudo como reflexivo pero empezó a atisbar, aunque reconocerlo le doliera, que Ella tenía razón y que debía aceptarse con todas y cada una de sus múltiples imperfecciones. Larvadas, ocultas, pero que aunque siempre se negó a reconocerlas, habían estado ahí.

     Fue, entonces, cuando se dio cuenta que lo único que debía hacer, a partir de ahora, con su vida, era transformar el tiempo del verbo y pasar del pretérito perfecto al futuro imperfecto.

 


Una sonrisa marcada

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                El siempre estuvo enamorado de Ella desde que de pequeños compartían sus juegos con otros niños. Su crecimiento lo único que hizo es aumentar su interés por Ella y el aparente desinterés que Ella tenía por Él. Él sólo esperaba un momento, que nunca llegó, para ser el más feliz del mundo. Pero un día en ese cruce diario, que les imponía la vecindad al ir a sus trabajos, El creyó captar una sonrisa en los labios de Ella. Fue un momento mágico, en el que sintió que todo a su alrededor se iluminaba de mil colores, le temblaron las vacuolas de cada una de sus células y una alegría inusitada le inundó todo su ánimo de tal forma que le pareció flotar. Aquella sonrisa de Ella se le quedó impregnada en su espíritu como si se la hubieran marcado con un hierro candente, imposible de eliminar.  Aquel instante prendió en El y  se le hizo inolvidable. Aquella sonrisa se convirtió en lo único que dio sentido al resto de su vida.

                Fue capaz de elaborar aquella sonrisa, de medir los labios, su tono rosáceo, su piel jugosa y su suave textura. Era capaz de distinguir la abertura de aquella sonrisa, las arrugas marcadas en las comisuras de los labios. Los dientes que cual perlas blancas que asomaban a su través, los colmillos un poco más largos que el resto, los de abajo algo atropellados. La guardaba como el que guarda un tesoro de infinito valor. Una cuantía que le animaba en sus noches de soledad, en sus épocas de desánimo, en sus tragedias cotidianas. Siempre seguía hacia delante recuperando la sonrisa de Ella. Y los años pasaron y Él envejeció y aquella sonrisa pareció darle aires de ilusión y juventud, porque Ella envejeció también y de peor forma hasta que falleció. Enterado del óbito El acudió a verla en su póstuma postura. Le costó trabajo subir pero la sonrisa le dio empuje y entonces fue cuando vio a Ella, como dormida. Parecía sonreírle pero vio algo que le llamó la atención, aquella sonrisa no era la que él recordaba. El color de sus labios era diferente, los dientes amarillentos se amontonaban en las encías y los colmillos eran más cortos que los otros dientes. Aquel descubrimiento le supuso una tragedia. Había basado todas sus ilusiones y, en definitiva, su vida, en una sonrisa equivocada. Fue como si de pronto nada tuviera sentido y hubiera perdido su razón de ser. Notó su cuerpo muy pesado y el corazón con una aceleración desconocida, como acostumbraba quiso imaginarse la sonrisa, pero le resultó imposible figurarla, había desaparecido de su mente. Su cuerpo empezó a agitarse, a temblar con unos movimientos imparables, hasta que un fuerte suspiro detuvo su corazón.
 

                 En toda su vida, ni cuando se sentía iluminado por la sonrisa, pudo imaginar que moriría a los pies de Ella. Seguramente si alguna vez se le hubiera ocurrido, la sonrisa la habría esbozado Él.


Una desgarradora caricia

       Triste, acabado, desprovisto de emociones se encontraba Él, cuando se encontró con Ella. Expectante contempló su piel rubia y acercando su mano la acarició como queriendo hablarle. No era tan suave como había imaginado, pero no le importaba estaba deseando unirse a Ella, lo llevaba pensando mucho tiempo. Estaba deseando probar con Ella una postura que había visto en un libro. Se subió a la cama y atrajo hacia sí a Ella. Ella le rodeó en torno a su cuello. El nunca había sentido una caricia como aquella. Al sentirla, no quiso pensarlo mucho y se lanzó de la cama hacia el suelo junto con Ella. Pero no contaba con la escasa resistencia de Ella que se rompió. Y fue a caer en el suelo mientras miraba sorprendido entre sus manos el cabo roto de la cuerda que se había colocado en torno a su cuello decididamente tendría que posponer, aunque no creía que volviera a repetirlo, su intento de suicidio.

Cuestión de oído

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     Él no era diferente a sus compañeros, pero tenía esa especial soberbia de los que se creen mejor que el resto. Sentía que su estilizada figura destacaba sobre los demás. Cuando Él veía a Ella no dejaba de mirarla con deseo. Su piel blanca y levemente sonrosada, sus ondulaciones y curvas no le daban sosiego a su espíritu. Soñaba con aquel deseado momento en que se encontraría con Ella.

     Al fin, un día, atraído por una fuerza irresistible se notó acercándose a ella. Ella permaneció quieta, esperándole, mientras le mostraba la más hermosa de sus oquedades. Él se aproximó, primero con suavidad, y fue acariciando aquella sedosa piel. Él se notaba duro. Poco a poco y con un movimiento no exento de cierta ternura aquella hermosa puntita suya se introdujo en Ella, apreciando su humedad. Ella pareció temblar levemente al sentir aquel contacto. Él notó que ella disfrutaba, lo que le llevó a activar sus movimientos de entrada y salida. Esa aceleración creció, incluso, sin lógica. Hasta que en un determinado momento él se detuvo súbitamente y quedó quieto en su interior.

     Allí permaneció hasta que el otorrino de guardia sacó aquel bastoncito que se resistía a salir del interior de aquella oreja.


Trabajando a dúo

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(Dibujo de Sandra Pérez) 

 

      Ellas se acercaron a El, que se mantuvo estático pero, sin duda, esperándolas. Sus casi imperceptibles y acompasados movimientos cortaron el aire y se colocaron junto a El, separados con ese espacio tan mínimo que incluso cuesta pasar el aire a su través. Cada una de Ellas se acercó a El, rodeándolo, para que no se arrepintiera y escapara a última hora. Y Ellas, las dos, empezaron a hacerle aquello que El estaba apeteciendo. Con la suavidad de sus pieles como armas empezaron a darle masaje. El, dejando hacer, sintió como su epidermis vibraba lentamente. Ella, la situada a su derecha, era de activa casi brusca. Ella, la situada a su izquierda, lo trataba con más delicadeza, su aparente torpeza de movimientos le hacía ser más envolventemente sensual.

Cuando terminaron de masajearle, comenzaron a blanquearlo con espuma, y ese tacto untuoso le hicieron a El, si cabe, más deseable el contacto con Ellas. Y en esta burbujeante sinfonía permanecieron Ellas y El, sin detenerse, hasta que percibieron que El, como un vencido, se relajaba. Ella dirigieron el chorro del agua hacia El, sustituyendo en su piel el color blanco por un reluciente brillo húmedo.

Llegados a este punto, una de Ellas descansó mientras la otra se acercó a El con ese aparato negro brillante que tanto le calentaba. No había contactado con El y ya comenzó El a sentirse caliente, tanto que la humedad se le evaporó.

Ellas, las manos, concluyendo su faena, acercando el peine a El, cuero cabelludo y culminaron el lavado de cabeza.


Despedida de soltero

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El estaba con el ceño fruncido mientras estaba tumbado a la sombra del manzano. Algo relacionado con Ella le preocupaba. Hasta ahora su vida había transcurrido apaciblemente en aquel lugar. Siempre se había levantado a la hora que quería y se había acostado cuando le había venido en gana. Nunca fue problema para El lavado de ropa ni cualquier otra labor doméstica. Aquella era su última noche de soltero y decidió resarcirse de ello. Se fue y el amanecer lo encontró en la calle. 

Cuando volvió junto al manzano aún seguía preguntándose cómo sería Ella. Se echó a dormir hasta que, el ruido de unos pasos sobre las hojas de parra seca, le despertaron. El sintió una pequeña molestia en la costilla, pero que le desapareció ante la sorpresa al ver la “extraña” figura de Ella. Ella le tendió su mano más pequeña que la de El y entonces fue cuando Adán se dio cuenta que su vida iba a cambiar más de lo que había imaginado. A El, tras pensar esto, le entró hambre…cualquier día le tiraba un bocado al fruto brillante y de aspecto suculento de aquel árbol.


EL ESTALLIDO

El permaneció quieto e impávido cuando Ella lo vio.  El estaba acostumbrado a guardárselo todo, a encerrarse en sí mismo y ni percibiendo la proximidad, para muchos inquietante de Ella, su actitud cambió. Ella lo observó curiosa, pestañeando de una forma sensual, que a nadie podría pasar inadvertida.  Sus labios envueltos en un brillo levemente rosado, esbozaron una sonrisa picarona.  Todo su cuerpo empezó a contonearse  de forma sinuosa hasta llegar a donde El estaba.

El, si se percató de algo, lo disimuló muy bien permaneciendo absolutamente estático, incluso cuando los largos y afilados dedos de Ella, coronados por uñas rojas y cuidadas, abrazaron su piel oscura y brillante.  Ella lo asió con esa firmeza propia de quien no quiere dejarlo escapar e inició un agitado movimiento de vaivén, sin marcha atrás.  Entonces fue cuando El no pudo aguantar más y explotó. El tapón de El, champagne, rebotó contra el techo y la catarata espumosa que brotó salpicó completamente el vestido de Ella.

Ella con esa alegría que da cuando se va por la segunda botella, lo acercó  sus labios y el resto del champagne se deslizó lentamente acariciando su garganta. Mientras, su vestido mojado iba pegándose a su cuerpo y destacando lo más dulce y elaborado de sus modeladas formas.

 

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