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El búcaro de barro

A una vieja amiga

A una vieja amiga

     Hoy sin saber muy bien por qué me acordé de ti. Recuerdo cuando nos conocimos hace ya 26 años, en una ciudad extraña para los dos, tú a 250 km de tu casa y yo a algo más de 900 Km. El azar y similares circunstancias nos llevaron a coincidir y de vez en cuando nos saludábamos en actos y reuniones.  Nos fuimos conociendo, muchas veces compartimos charlas y profundidades y el curso transcurrió a la vez que nuestra amistad se fue afianzando, siempre rodeados de mucha gente a nuestro alrededor.

     Pero un día, decidimos que aquella charla fuera  a solas entre nosotros. Hoy mirado en la lejanía suena casi ridículo, pero aquella escapada en una época en que las emociones, sin ser negadas, podían someterse a sospecha fue toda una aventura. Gastamos el suelo con nuestros pasos paralelos en aquel parque junto al río, que recorrimos a todo lo largo en varias ocasiones. Nuestros pasos se acompañaban de las palabras, palabras que nos liberaban al poder compartir nuestras frustraciones y esos límites, que no entendíamos, a esas ilusiones tan análogas que, entonces, los dos guardábamos dentro. Nunca contamos a nadie aquel oasis de tres horas en medio de aquel año duro. El paseo aquel sonó a despedida, porque aunque luego nos vimos alguna que otra vez sabíamos que nunca podríamos comunicarnos como entonces y que sólo faltaban unas semanas para que nos separáramos para siempre, como así fue.

     Transcurridos los años, las circunstancias se ocuparon de trazarnos con más o menos dolor la vida a cada uno y nos separó para siempre más de mil kilómetros. En ese diseño, que impone el tiempo, se hundieron muchas de aquellas ilusiones, aunque otras, más protegidas o escondidas sigan siempre vivas. No perdimos el contacto porque yo procuraba de vez en cuando llamarte para ver cómo transcurría tu vida. Cambiabas tu idioma habitual para que yo te entendiera, aunque no siempre fuera así. Una vida que, sobre todo la última vez que hablamos, la noté pesarosa y cerrada entre ti misma y un trabajo que te ocupaba todo lo demás. Me sentí mal al colgar el teléfono y me puse a escribirte, a animarte a que salieras de ese círculo cerrado en que has convertido tu existencia. Pero no sé, ni siquiera, si te llegaron mis palabras porque nunca me contestaste a aquella carta. Hoy  me acordé de ti y te he escrito aunque sé que nunca lo leerás, siempre te negaste a tener un móvil o acceder a internet y…sigues ahí recluida entre ti y tu trabajo.

Un trayecto en metro

Un trayecto en metro

“Un día más las puertas del vagón de metro se deslizaron a mi espalda y me senté en un asiento libre, dispuesta, como habitualmente, a sumergirme  en mis ensoñaciones.  Aquel largo trayecto desde Rivas Vaciamadrid, en que yo me subía, hasta el Barrio del Pilar, que realizaba cotidianamente desde hacía un mes, se había convertido en una prolongación de mi rato de sueño nocturno, que súbitamente interrumpía el despertador a las siete de la mañana.

Yo, a imitación de la gente que me rodeaba en ese viaje, venía acompañada de un libro.  Aunque se ve que la atención a esas horas la debía tener limitada ya que durante todo aquel mes sólo había leído cinco páginas del libro y, de ellas, una correspondía a los agradecimientos del autor y otra al índice.  En aquellos trayectos, mis ojos se dedicaban a mirar sin ver, mis oídos a oír sin escuchar y mi mente a vagar por el mundo de la fantasía.  Hacía, precisamente, un mes que le había dado un vuelco a mi vida.  Una bronca con mi padre y la hartura frente a sus continuas reprimendas me condujo a dejar plantados mis estudios de Derecho en el tercer curso. Había encontrado un trabajo en una floristería, un contrato basura donde trabajaba muchas horas, cotizaba poco y ganaba menos; pero al menos me sentía “algo” independiente. El bucolismo inicial de trabajar todo el día rodeada de lindas flores, se convirtió en una faena a cuya dureza no estaba acostumbrada.  Notaba que, las en otro tiempo suaves manos, se estaban convirtiendo en ásperas y callosas.  Mis uñas en otro tiempo muy cuidadas, hoy aparecían recortadas al límite como consecuencia de las frecuentes roturas que se me producían.  Pero en este rato me evadía, me gustaba soñar que mi vida cambiaría y que me toparía con mi príncipe azul, todo forrado de dinero, que me “rescataría” de la rutina y con el que comería perdices el resto de mi vida.

En estas ensoñaciones andaba cuando en la estación de Valdebernardo se detuvo el metro y, entre los que entraron, no me pasó desapercibido un chico algo mayor que yo, que se sentó precisamente en el asiento situado frente a mí.  En su rostro ovalado y acabado en una barbilla firme, destacaban dos grandes ojos color miel.  Su piel era de un desusado color moreno y los rasgos de su cara casi perfectos invitaban a su contemplación.  Sus labios eran gruesos y carnosos y entrecerrados mostraban una preciosa dentadura.  Su pelo negro y abundante caía sobre la parte superior de sus orejas y brillaba a la luz del fluorescente del vagón.  Iba elegantemente vestido con una chaqueta azul y una camisa amarilla clara, sin corbata, y dos botones abiertos que dejaban al descubierto una mata de pelo negro del pecho. Unos pantalones grises con unas rayas perfectas caían sobre unos zapatos negros y relucientemente lustrados.

No sé la causa, pero aquella figura situada frente a mí, empezó a despertar mi atención dormida y noté que mi libido empezaba a despuntar.  Contaba con una ventaja, los asientos del metro, situados unos frente a otros, son un punto de observación privilegiado para mirar con descaro, y eso es lo que estaba dispuesta a hacer.  Mirándolo fijamente me di cuenta que había despertado mis instintos.  Aquella mata de pelo asomada a través de su camisa había, sin duda, contribuido esencialmente a ello.  Siempre me habían gustado los hombres velludos y aquel detalle me hacía imaginar un pecho tan bien formado como cubierto de pelos como el de un oso.  Empecé a fantasear que a la salida del metro me abordaría para decirme que también yo le excitaba mucho y que por qué no íbamos a un hotel cercano para dar rienda suelta a nuestros deseos.  Me imaginaba descubriendo poco a poco su cuerpo, desabotonándole la camisa muy lentamente e ir asomando su pecho que me vuelve loca.  Me perdería en su pecho con mis uñas, jugando con sus pelos y arañando sus tetillas.  Perdería mi lengua por su piel y luego mordisquearía sus oscuros pezoncillos.  Dejaría que sus brazos me abrazaran, sintiendo su cuerpo adherido al mío y notando la paulatina hinchazón de su miembro en erección.  Incapaz de soportar esa presión contra mi ombligo, me agacharía y le bajaría la cremallera del pantalón, se los deslizaría por las piernas; acariciándola en la bajada con la tela y en la subida con las yemas de mis dedos.  Luego la misma doble caricia, pero ahora con los calzoncillos hacia abajo y los dedos hacia arriba a la búsqueda y disfrute de su pene. Y allí estará al descubierto, brillante y con una gran erección frente a mis ojos.  Lo acaricio despacio con la punta de mi índice, queriendo retrasar al máximo su irrupción en mi boca.  Noto, dirigiendo mis ojos hacia su cara, que esa espera acrecienta su nerviosismo y mi morbo.  Seguidamente, incapaz de resistir, yo tampoco, un momento más, lo introduzco en mi boca, muy despacio.  Abrazo toda su superficie con mis labios, destacando los restos de mi carmín rojo sobre el tono lila brillante de su prepucio, para a continuación pasar mi lengua sobre su punta.  Agarro con mis manos su culo duro y con ellas le impelo un movimiento, que hace que todo su cuerpo se sacuda en imperceptibles vibraciones.  Imagino que nuestro encuentro será breve y único, por ello me gustaría aprehenderlo y que no se me escapara; estoy deseando que se corra en mi boca.  Y como adivinando mi pensamiento, su cuerpo pega dos fuertes sacudidas y un chorro de líquido cálido  pasa a su garganta mientras otra parte tras pasearse entre sus dientes se deslizan en canales por las comisuras de los labios, resbalando por su pecho y humedeciéndome mis pezones erectos.

El metro se detuvo de nuevo, esta vez en Sáinz de Baranda, y a través del espacio que dejaba mis pestañas abrazadas con mis ojos entreabiertos, deslicé de nuevo mi mirada al objeto de mi fantasía sexual.  También  él tenía los ojos entornados, quería pensar que estaba devolviéndome su mirada.  Aprovechando el incógnito de mis párpados casi cerrados centré mi vista en la cremallera de su pantalón.  El paquete se le notaba hermosote, pero no tanto como para que me hubiera estado acompañado en mis recientes fantasías.

De pronto, algo hizo que mis pestañas dejaran de abrazarse y mis ojos se abrieran de par en par. Su pene estaba aumentando de tamaño. ¿Sería verdad eso de la telepatía? Aquello estaba tomando un tamaño preocupante.  Miré a mi alrededor, a ver si alguien estaba siendo consciente de aquel re-nacimiento, pero todo el mundo iba enfrascados en sus libros.  Yo seguía mirando, el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, pero ahora “aquello” iba realizando unos movimientos cada vez más complejos: bajaba y subía, se estiraba hacia arriba, se curvaba hacia un lado para rápidamente volverse hacia el otro lado,… Empecé a mezclar la situación con mis fantasías y me imaginaba un miembro con esa capacidad de movimientos lo que podría hacer dentro de mí. Me lo imaginaba estirándose y curvándose a voluntad, para llevarme a cimas del placer jamás imaginadas.

Entonces hizo un movimiento brusco se recolocó en su asiento y echó una mano al bolsillo, pensé que sería para “ayudarse” o tal vez para dirigirse con más certeza. Saqué mis gafas, que aunque de poca miopía, no quería perderme un detalle. Acabamos de arrancar de la estación de Plaza de Castilla. Si hasta ahora había ido de sorpresa en sorpresa, lo que venía a continuación prometía.  Sacó de su bolsillo una bolsa de plástico de la que sacó algo pequeño y marrón. Se abrió, con cierto disimulo, la cremallera y  allí colocó aquella cosa marrón, que identifiqué con un cacahuete. El paquete dio un nuevo giro y por la cremallera asomaron los bigotes de un hamster.  Sacó el hamster de su oquedad y lo puso en la mano, mientras éste comía el cacahuete con sus patas delanteras.   Cuando vi aquello no pude evitar que mi cara enrojeciera como un pimiento y que todas mis fantasías quedaran hechas añicos en aquel momento. Miré a mi alrededor, pero nadie se había fijado en nada, todos seguían leyendo.

Llegamos a la parada del Barrio del Pilar y chico y hamster descendieron del metro.  Yo no me bajé, quedé como paralizada por la experiencia y seguí dando vueltas en aquel vagón hasta que llegué de nuevo a mi estación de partida.  Regresé a mi casa y saqué del armario los libros de Derecho, para intentar recuperar el tiempo perdido.”

Todo esto estaba pensando Obdulia Ortega el día en que recibió su nombramiento como juez,  la más joven de su promoción, y como aquel hamster le había ayudado a retomar su camino tras el mes más confuso de su existencia.

¿Será la causa de nuestro agotamiento?

Copio un mini artículo curioso que he leído en la revista Mujer-hoy:

"Un reciente estudio británico, publicado en la revista médica "Neurolmage", afirma que la voz de la mujer cansa al cerebro del hombre. Las emisiones sonoras femeninas requieren toda el área auditiva del cerebro, mientras que las masculinas sólo actuan sobre el subtálamo. Esa diferencia de recepción explica las dificultades que ellos tienen para mantener una larga conversación con una mujer. Y es que los hombres se distraen por el cansancio que les produce escuchar una voz más suave y qie es, en ciertos niveles, incomprensible".

Sea o no causa de nuestro agotamiento esta peregrina idea, creo que el dinero que han empleado los médicos para este estudio lo podrian haber invertido en algo más práctico ¿o no?

 

Estampa otoñal

Estampa otoñal

Hoy ha amanecido el día frío. Mi cuerpo guarda aún algunas calorías de la caricia de las mantas, pero que empieza a perder a contactar con la gélida temperatura que hace. Me lavo la cara y los ojos casi cosidos les cuesta despegarse con el contacto del agua helada.  Oscuro, cada día que pasa la mayor falta de luz va originando un menor deseo de salir a la calle. ¡Uy! Me quejaba yo del frío, esto es mucho peor. Veo la temperatura en un termómetro cinco grados, que se rebajan con esa sensación térmica que produce el exceso de humedad que tenemos por estas latitudes.

La calle está solitaria, me cruzo con solitarios paseantes, casi espectros encogidos de manos desaparecidas en los bolsillos. Un grupo de albañiles esperan su entrada en un edificio en construcción, las voces estentóreas rompen el silencio ambiental, mientras uno de ellos con ropas sucias, antes de trabajar, agota un cigarrillo con unos ojos que pretenden extender el sueño nocturno. Mis pasos siguen recorriendo calles que cada vez están más iluminadas. Llego frente a una gran iglesia de piedra amarilla cuando el sol empieza a arrancarle brillos. Miro a la torre, allí sigue la cigüeña, encogida, silenciosa como queriendo pasar de incógnito para que no la echen más al sur y tenga que abandonar su acogedor nido. Por la carretera bajan muchos coches, a esa hora dudosa en que unos traen faros encendidos y los otros apagados, todos con gente que va a empezar su jornada con más o menos ganas. Llego a la cancela de mi trabajo, tengo que sacar la mano del bolsillo para abrir el candado. En el suelo está el periódico tirado con una goma alrededor, esto de lanzar periódicos al aire sólo lo he visto en las películas norteamericanas. Entro en la oficina, enciendo luces pongo la calefacción, enciendo ordenadores y fotocopiadora y me organizo el trabajo que tengo pendiente.  Quito la hoja del calendario: ¡otro mes más! A las ocho y media, antes de abrir al público aprovecho para ir a desayunar. No me gusta que cuando alguien pregunta por mí le digan que estoy desayunando, y así lo evito.

El bar acaba de abrir. Sólo hay un joven con casco al lado que fuma, mientras toma café. Que aproveche que le queda poco para fumar allí. Comprendo que apetezca fumar pero a mí no me gustan las tostadas con humo sino con mantequilla. Una parroquiana lee el periódico, como no han llegado sus amigas le da charla al dueño del bar. Comenta que a su hija, buena estudiante le dolía la cabeza, y era porque le faltaban gafas. Concluye, peregrinamente, que todos los buenos estudiantes tienen que ponerse gafas. Me asombra su lógica aplastante. Una vez repuesto con el desayuno vuelvo a la oficina lo justo para trabajar. Por el camino me saluda el de la tienda de pinturas que acaba de abrir y una anciana con su sobrino síndrome de Down que todos los días a esa hora espera el autobús para la escuela. Los coches se van vaciando de niños que van al colegio de enfrente. La luz es preciosa. Subo de nuevo la cuesta a la oficina y abro la puerta para el público: son las nueve de la mañana.

Despedida de soltero

Despedida de soltero

El estaba con el ceño fruncido mientras estaba tumbado a la sombra del manzano. Algo relacionado con Ella le preocupaba. Hasta ahora su vida había transcurrido apaciblemente en aquel lugar. Siempre se había levantado a la hora que quería y se había acostado cuando le había venido en gana. Nunca fue problema para El lavado de ropa ni cualquier otra labor doméstica. Aquella era su última noche de soltero y decidió resarcirse de ello. Se fue y el amanecer lo encontró en la calle. 

Cuando volvió junto al manzano aún seguía preguntándose cómo sería Ella. Se echó a dormir hasta que, el ruido de unos pasos sobre las hojas de parra seca, le despertaron. El sintió una pequeña molestia en la costilla, pero que le desapareció ante la sorpresa al ver la “extraña” figura de Ella. Ella le tendió su mano más pequeña que la de El y entonces fue cuando Adán se dio cuenta que su vida iba a cambiar más de lo que había imaginado. A El, tras pensar esto, le entró hambre…cualquier día le tiraba un bocado al fruto brillante y de aspecto suculento de aquel árbol.

El búcaro S.L.

El búcaro S.L.

       En mis años de experiencia laboral siempre he compartido mi jornada de trabajo con un número más o menos grande de compañer@s. A veces he compartido edificio con unos doscientos. Ya se sabe que en cuanto hay más de tres, como dice el refrán pueden "ser multitud”, y  tienden a formarse grupúsculos de distinta tendencia o a diluir la propia responsabilidad entre la del resto.Por distintas circunstancias últimamente me paso distintas épocas en que estoy toda la mañana trabajando sólo en mi oficina. Ello supone desde abrir o cerrar la puerta y encender luces y ordenadores hasta cambiar el toner o papel a la fotocopiadora, atender al público, hacer la correspondencia, resolver los expedientes que entran, atender al teléfono y  archivar la documentación. A pesar de que hay momentos especialmente estresantes, procuro darle vueltas a la cabeza para innovar o modificar aspectos de mi trabajo que lo puedan hacer más eficaz.

       Lógicamente hay ratos en que se echa de menos el charlar, quejarse o simplemente ver a alguien más. Al menos, no estoy en una burbuja aislada ya que tengo comunicación con el exterior por mail, sms y teléfono. Pero,  como en todo lo que hago, procuro ver el lado positivo de la situación. Al no tener jefe, yo me organizo y me responsabilizo de mi trabajo. No estoy sometido a geniales ideas, más que a las mías y no tengo que reír las gracias a unos posibles malos chistes. Al no tener subordinados no tengo que estar pendiente de si se escaquea o realiza su trabajo. No tengo que supervisar nada para evitar meteduras de pata que ya me aseguro, mientras trabajo, de hacer las cosas directamente bien. Sólo hay, lo que a veces es, un pequeño problema: hay momentos en que encuentro verdaderas dificultades para poder "escaparme" hacia los servicios.

Incompetencia manifiesta

Incompetencia manifiesta

Tengo paciencia con los errores ajenos porque pienso que todos tenemos derecho a equivocarnos, pero me sacan de quicio cuando veo que  son fruto de una incompetencia manifiesta. La semana pasada recibí una carta con acuse de recibo, lo que me sorprendió, del administrador de la comunidad del garaje. Sorpresa que se tornó en indignación cuando leí el contenido de dicha misiva. En ella se me requería el pago de cinco meses de comunidad, que debía según dicho administrador, o de lo contrario se daría curso a un proceso judicial.

 

Al llegar a mi casa busqué los justificantes de pago, y no sólo tenía pagados los meses que se me solicitaban sino además el mes siguiente, pues suelo pagar varios meses a la vez con adelanto. Esa misma tarde estaba en correos con una carta de respuesta adjuntando copias de los justificantes. En ella le indicaba que otro día antes de hacerme perder el tiempo y el dinero, el franqueo de la carta no me lo va a pagar él, comprobara bien los datos y sobre todo, que si le mandé, en su momento, una transferencia con todos los datos, ¿dónde ha contabilizado ese dinero que debe sobrarle?

Este administrador lleva sólo cinco meses, con el otro durante años nunca tuve ningún problema, tal como ha empezado me parece que va a durar poco o quizás hay que decirle como dice la letra de esa canción: “Manolete, manolete, si no sabes torear para que te metes”.

 

Día de tablas

Día de tablas

Ayer domingo fue un día presidido por las tablas. No, no me refiero precisamente a la tabla redonda del rey Arturo. Mi hija la pequeña recitando la tabla de multiplicar, y mis oídos alternaban aquellas parejas numerales, enlazadas por el signo x, con los elementos químicos; que por otro lado, mi hija la mayor,  enumeraba agrupados en las columnas correspondiendo, esta vez, a la tabla periódica de los elementos. Y, a todo esto, los mayores alternábamos nuestro tiempo con la tabla de la plancha…

Una historia muy "pelicular"

Una historia muy "pelicular"

Su vida era átona y monótona, pensaba Abel, aunque con otras palabras más vulgares y menos literarias, mientras encerraba a las ovejas en el redil. Atrapado con diecinueve años en aquella granja perdida, sólo cercana a un minúsculo pueblo. Todo el día allí trabajando y encima tenía que estar agradecido, como le recordaba repetidamente su tío, aquel primo irascible de su padre que lo había acogido al quedar huérfano a los catorce años. Un hombre más rácano que el Dómine Cabra, nunca había comprado un televisor, no lo quería ni regalado, aduciendo que gastaban mucha electricidad.

            Y así entre brotes, hierbas y animales transcurría la existencia plana de Abel. Una noche de calor agosteño en que pusieron una película de Superman, la primera vez que veía el cine, en la plaza del pueblo, quedó embrujado por la envolvente magia de la  película. La conjunción de aquellas imágenes en pantalla grande, con la música y las palabras, le encendieron mil emociones nunca vividas y alimentaron sus sueños con manjares exquisitos.

            Al día siguiente la sencilla cotidianeidad de la granja le pareció como si estuviera iluminada por grandes focos. Tras una noche de sueño inquieto aquellas sensaciones le habían impregnado, de tal manera, que el cine había empezado a formar parte de su vida. Su cabeza estuvo en continuo movimiento todo el día y aquella tarde, al terminar su trabajo, se dirigió hacia el pajar con una gran toalla roja. Se la ató a modo de capa y se lanzó en vuelo hacia el cielo. La previsible caída sobre el pajar, sufrió un leve desvío, no calculado y se golpeó el pie, lo que le supuso dos semanas de cojera. Pero eso no le amilanó y lo entendió como riesgo de la vida aventurera que había decidido emprender.  Desde entonces las películas se convirtieron en algo más que un vicio y los domingos por la tarde recorría los 7 km que le separaban de otro pueblo donde proyectaban semanalmente. Su vida granjera, ahora, se le había iluminado como un arco iris y aquellas películas afilaban sus ilusiones y sueños más recónditos.

            “Memorias de África” le impactó profundamente. Buscó un viejo cuaderno escolar, del que en su breve escolarización sólo había usado un par de hojas, y se dedicó a hacer un pormenorizado estudio sobre la vida y existencia de los cerdos. Anotaba sus movimientos cuando él les daba de comer, la forma en que movían sus orondas cabezas e intentaba captar en aquellos gestos expresiones inteligentes. Dedicó un capítulo al estudio de sus excrementos, dibujándolos y coloreando los distintos matices de marrones con sus lápices Alpino, relacionaba los colores con el tipo de comida que les suministraba. Y desarrolló una prolija teoría sobre el cortejo nupcial y modo de apareamiento. Aquel brillante estudio que podría haber desembocado en tesis, se suspendió fulminantemente cuando un día dándoles de comer se le cayó el cuaderno al suelo siendo empapado por el objeto de su estudio y adquiriendo un olor que le obligó desde entonces a alejarse  de él.

En estas cuitas siguió durante varias semanas hasta que vio una película que le impactó. Esa noche no pegó ojo, bajó a la cocina y sacó un largo cuchillo al que estuvo dándole brillo con esmero. Vestido de negro para confundirse con las sombras de la noche, miró hacia el cielo, le gustaba la luna llena, y esbozó una sonrisa mientras sujetaba el cuchillo fuertemente con su mano derecha. Se dirigió al redil donde los corderos sorprendidos en el silencio empezaron a emitir sonidos guturales. Se acercó al primero y lo degolló, así con todos hasta que terminó con el último. Vestido, ahora, de negro y sangre se sintió satisfecho por haber llevado a cabo “El silencio de los corderos”.  En aquel momento su tío que había escuchado aquel alboroto se dirigió hacia allí armado de una estaca gorda con la cara roja por la ira.

Abel empezó a correr, y no paró de hacerlo, mientras en su cabeza sonaban los sones de “Carros de fuego” que había visto el fin de semana anterior…

Don Quijote leyendo

Don Quijote leyendo

Tomo hoy prestado este dibujo de mi paisano MEL, un joven y excelente dibujante que, entre otros sitios publica en el DIARIO DE CADIZ, pero que también tiene su  blog donde cuelga su chiste diario y que os aconsejo visitar.

Me ha gustado especialmente éste que traigo aquí. Creo que todos los que escribimos debemos hacer una apuesta muy fuerte por la lectura y en un año tan quijotesco como éste me ha hecho gracia ver a Don Quijote participar de esa fiebre Potter-maníaca, al día siguiente de haberse estrenado otra película más de la saga.

No y no

No y no

Te he dicho que no. No insistas ni te pongas pesado, no sé como decírtelo. No me convences con tus argumentos. Por mucho que me lo digas no pienso hacerte caso. Eres insistente, pero yo soy más testarudo. ¡Ya verás como sí! No tienes nada que hacer.

(conversación ficticia entre un fumador y el cigarro que se ha llevado,  por si le daba un momento de desesperación como el que está teniendo, a su oficina el dos de enero del 2006, primer día laboral que entra en vigor la ley antitabaco).

Don Clemente

     Tal día como ayer hubiera cumplido un siglo don Clemente, como yo lo llamaba. Lo conocí cuando yo tenía trece años y le quedaban pocos años para jubilarse. Era religioso y fue mi profesor de historia de cuarto de bachillerato. De trato agradable y voz peculiar aquel vitoriano no muy alto pero fuerte, me sumergió en un conocimiento de la historia moderna de nuestro país y en algunos de los cuadros de nuestros grandes pintores, que no he olvidado desde entonces.

     A partir de aquel año surgió una amistad entre nosotros que se alargó el resto de mis años de colegio e incluso años después. Cuando se jubiló echaba una mano en Secretaría y por allí solía yo visitarlo, de vez en cuando, para charlar con él. Me gustaba escuchar las historias que me contaba de épocas que yo no había conocido, como la guerra o su etapa docente en otros lugares de España o cuando me hablaba de las fiestas de la virgen Blanca en su Vitoria natal, una ciudad que a mí me parecía lejanísima, a las que todos los años acudía durante las vacaciones.  Me resultaba curioso que cada vez que salía nombrado un gabinete ministerial siempre había dos o tres ministros a los que había tenido como alumnos. Esa relación amistosa se mantuvo con los años incluso cuando yo ya me fui a estudiar fuera. Teníamos una relación similar a la de un abuelo con su nieto: cómplice y de confianza. 
     Su salud empeoró y lo trasladaron a un colegio en Madrid. La última vez que lo vi dimos un paseo por el Retiro, nos acompañaba la señora que lo cuidaba. Disfruté de aquel último paseo con él, pero me sentía con el corazón apesadumbrado al ver como la cabeza le fallaba, aunque aún era capaz de tener ráfagas de recuerdos vividos.  A los pocos meses falleció. Hoy, que hubiera cumplido el centenario, quiero tener este recuerdo bloguero hacia aquella grata amistad que tuvimos.

La pipa del capitán

La pipa del capitán

             Cuando estudiaba en la facultad de Químicas, había un catedrático que, a pesar de impartir una asignatura farragosa en la que la pizarra se llenaba de largas y complejas fórmulas matemáticas, lograba hacernos amenas las clases haciendo estudiados descansos en el que introducía cosas curiosas y no menos necesarias. Algo en lo que solía insistir era en lo que él llamaba “la pipa del capitán”.

             Esto venía a cuento a la hora de plantear los resultados a un problema o a una práctica experimental y se refería a que al procurar ser exactos en las respuestas no había que excederse. Y ponía el ejemplo de un barco, a la hora de decir el peso que tiene en toneladas, es independiente de que en él esté o no, a bordo, la pipa del capitán del barco. Sería absurdo decir que el barco pesa 700 toneladas, pero que cuando está la pipa pesa 50 g más, ya que esos gramos son totalmente despreciables frente al resto. O algo similar a si nos preguntaran la distancia entre Cádiz y Madrid dijéramos que son 625 Km 12 m y 4 cm. Hay que contar siempre con los medios de medida que tenemos que está dotados inherentemente de un error experimental y un exceso de precisión será erróneo. Quería imbuirnos que a veces el deseo de hacer las cosas tan precisas hace que se raye no solo en el error sino además en el ridículo.

           Este guiño científico es plenamente aplicable a la vida cotidiana, cuando nos topamos con esas personas que pretenden imponer su “perfección” a diestro y siniestro, sin contar con ese “error experimental” que llevamos inherentes cada uno por el hecho de ser humanos. Es conveniente una cierta exigencia en hacer las cosas lo mejor posible, de todos son conocidos casos en que parecen que su vida es un puro error experimental, pero no se debe pretender el hacer que todo lo que nos rodee circunstancias y personas sean de una perfección absoluta, ya que ello conduciría a una segura frustración para el que lo pretende y para los que tienen la desgracia de estar cerca de él.

El huevo perdido

El huevo perdido

Desarrollo aquí unas reflexiones que leí el otro día en una de las cartas al director de una revista  y en la que me vi reflejado. Hacía referencia el autor a lo que llamaba la generación del huevo perdido. Sería esa generación de los que hemos superado ya la cuarentena y que vivimos nuestra adolescencia en una dictadura que daba los últimos coletazos. Eran los tiempos de los tecnócratas en el gobierno en que las variantes macroeconómicas iban despuntando, sin embargo no se notaban demasiado en la economía doméstica. Como detalle recuerdo como estiraban mis piernas y la necesaria espera de uno o dos meses hasta que la nómina de mi padre permitía que pudiera comprar unos nuevos pantalones a plazos. Los jóvenes de aquella generación teníamos muy  clara una cultura del esfuerzo, porque ni nuestra familia ni la sociedad nos iba regalar nada, que era necesaria si, en un día no muy lejano, nos queríamos independizar, uno de nuestros objetivos. Sin llevarnos mal con nuestros padres, teníamos muy claro unos límites muy marcados, que nos hacía revolvernos contra ellos muchas veces sólo mentalmente, y que los muy osados se atrevían a traspasar. Cuando se atisbaba la cercanía a ese límite venía aquella frase que nuestros progenitores usaban a modo de punto final de cualquier discusión: “Cuando seas padre comerás huevo”.

Hoy los años han pasado y si en algo nos parecemos a aquellos jóvenes es el color de ojos que es de las pocas cosas que no cambiaron demasiado. Ahora somos nosotros  a los que nos ha tocado lidiar con adolescentes en casa, pero que no tienen nada que ver con los que nosotros conocíamos. Estos conocen todos sus derechos que superan con creces a la Declaración de Derechos Humanos, al paso que vamos no me extrañaría que la ONU se reuniera en cualquier momento para proclamar la “Declaración Universal de Derechos de los Adolescentes”. Éstos, social y domésticamente, van alcanzando nuevas prebendas y aunque la mili les resulte como algo histórico de lo que alguna vez hablan sus padres, avanzan con la fuerza de un panzer consiguiendo objetivos. En muchos casos desconocen la palabra esfuerzo, porque todo se les da hecho. Piensan que la vida es una vacación continua que circunstancialmente se interrumpe por algunos períodos escolares. Y en cuanto a aquella soñada independencia que teníamos, ni se la plantean, Sería absurdo, para vivir peor se queda uno con sus padres.

Y mientras, aquellos padres hacemos lo que podemos, defendernos en una trinchera de esos embates para los que no estábamos preparados. Firmando continuos tratados de paz e intentando no perder la batalla. Y si antes nos limitaban nuestros padres ahora, en muchos aspectos, lo consiguen nuestros hijos. Y entonces concluyo que aquel huevo, que nos anunciaban nuestros padres que comeríamos cuando fuéramos adultos y nosotros deseábamos con ansia, en algún momento de nuestro crecimiento se ha perdido.

Supervivientes

Supervivientes

             No, me refiero a ese grupo de personas que sobrevive ante una tragedia puntual sino a los que cotidianamente siguen hacia delante, a pesar de las zancadillas a los que la vida les somete. Por razones laborales me encuentro, habitualmente, con muchos de ellos. Un hombre de poco más de cuarenta años que con cuatrocientos euros debe sacar adelante a una casa de tres hijos. Parejas de ancianos que con muchos achaques y poco dinero, intentan con una exigua pensión echar una mano en casa de los hijos. Una joven que convive con su padre y que, tras morir él, se queda sin nada absolutamente.

            Casos de estos me sorprenden todos los días y te das cuenta cómo en medio de ese universo hay una verdadera casta de supervivientes. No sé cómo, pero se las avían para salir adelante, buscan y rebuscan en el supermercado de la vida y logran encontrar esos productos que los demás ni sospecharíamos que existen y, sobre todo, no pierden la sonrisa. Lo que más me gusta es, como cuando esta mañana, una viuda con un hijo adolescente comparte su alegría conmigo y me cuenta emocionada con lágrimas en los ojos cómo había conseguido, al fin, irse a vivir a un piso. Habían vivido, hasta entonces, en una habitación de una casa de vecinos y por primera vez en su vida, iban a tener su hijo un cuarto y ella otro. Cuando conozco estas historias, pienso:  ¿podemos quejarnos nosotros?

Eso llamado informática

Eso llamado informática

 

Hace poco más de quince días, tras años pensándolo y, tras superar el inicial miedo al cambio decidí contratar la línea ADSL. A los pocos días me mandaron el kit. Y por mucho que lo intenté de los dos ordenadores que tenía en casa, en uno no hubo problemas, pero en el otro no hubo forma. Llamadas al operador de ADSL y la solución que me temía: hay que formatear el ordenador, pues el sistema operativo que tiene, el milenium, da problemas con la línea. Menos mal que mi hermano es experto en esas cuitas y hoy en poco más de cinco horas estaba formateado, los programas instalados y todo funcionando en perfecto estado.

Y es que hoy, nos guste o no, estamos dependiendo de la informática hasta el punto de que si no estamos puesto en ella, nos podemos considerar casi analfabetos.  Y nos resulta tan necesario el ordenador que, cuando no lo tenemos, nos parece que algo de nosotros nos falta.

La infidelidad irremediable

Si, al final,

ha de comer la tierra tus delicados huesos,

y ha de dormir tu boca como una orquídea tierna

debajo de raíces y lianas, qué importa

que estés tan descubierto y accesible,

que encauces tu saliva en otros surcos

que te des a pedazos cada noche

como Profana, y Cruel, y Santa Forma.

 

Sí, al final,

a de ser a despecho de tu carne radiante

y de todo el deseo con que te he coronado

espléndido despojo que posea la muerte.

 (Josefa Parra Ramos)

 

Inauguración

Aunque ya llevo varios días haciendo pruebas, al fin hoy me he decidido a inaugurar oficialmente este blog y a pasarme aquí. Ya llevo en este mundo de los blogs casi dos años. Empecé en blogia y siempre me gustó algunas de sus características que luego no encontré en el otro servidor. Pero por razones que no vienen al caso tuve que cerrar el blog y abrir uno nuevo. Intenté abrir uno nuevo en blogia pero ha estado en reforma durante meses y no permitía las altas. Nunca estuve contento del todo con el que abrí, aparte de que había cosas que no me acababan de gustar, me agobiaba mucho eso de: le quedan nada más que nosecuantos bytes para agotar el blog.

Al fin me llegaron noticias de que blogia había abierto y además, ahora renovado, con blogia2. Así que me he trasladado aquí a seguir con esa pasión que tengo por la escritura. Si alguien me quiere acompañar en esta etapa que ahora inicio: bienvenid@ sea!

Necesitas...

...un minuto para fijarte en alguien,
una hora para que te guste,
un día para quererlo,
pero se necesita de toda una vida
para que lo puedas olvidar.

OLOR A PRIMAVERA

Se levantó la mañana
con olor a primavera
pan recién horneado
y a pastel de la abuela.

Entre papeles
sonidos a espera
y alzando vista al reloj
miradas inquietas.

Al fin sale
y marcha sobre ruedas
aparca de los primeros
empezando la hilera.

Y mientras camina
sus pasos suenan
y la gran pregunta se hace:
¿y si no llega?

Minutos que pasan
la espera se hace eterna
hasta que cómplices miradas
en el aire se estrellan.
Acercándose
una sonrisa abierta
atrae su vista
y la reconoce a ella.

Sus pies antes lejanos
en la galería se acercan
y pronto, parados,
bajo la silla se enfrentan.

Él observa bien
sus ojos y sus pecas
sus manos gesticulantes
y  su sonrisa abierta

No le deja hablar
sus palabras le recuerdan
que es lo primero
que escucha de ella.

Rizos castaños
sin viento ondean
mientras el humo del café
los rodea.

Algunos secretos
se revelan,
otros muchos
sólo se entreveran.

Mira con disimulo
su reloj de pulsera
pero el tiempo
no para ¡vuela!

Se despiden
y salen fuera

dichosos por esta oportunidad
y hasta otra nueva

En la calle
el aire le renueva
estamos en pleno otoño,
pero el aire le huele a primavera.