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El búcaro de barro

Elegir

Elegir

"En las cercanías había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie, velando el rebaño por turno. Se les presentó el ángel del Señor: la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se asustaron mucho. El ángel les dijo:

-Tranquilizaos, mirad que os traigo una buena noticia, una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, osha nacido un salvador: el Mesías, el Señor: Y os doy esta señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre."

          Aquel día no pudieron elegir el "hotel" donde alojarse, hoy creo que tendríamos demasiado claro cuál elegiríamos.

¡FELIZ NAVIDAD!

¡FELIZ NAVIDAD!

Tal día como hoy se multiplican los deseos de felicidad por todos los medios posibles: las clásicas felicitaciones navideñas, los instantáneos y cada vez más sofisticados correos electrónicos, los más íntimos mensajes de móvil y seguro que habrá algunos más románticos como un mensaje en una botella o una paloma mensajera que llega hasta la ventana. Yo quiero aprovechar para felicitar y desear unas MUY FELICES NAVIDADES desde este rinconcito acogedor del blog:

-A los que habitualmente entráis a leerme.

-A los que me comentan.

-A los que hoy entraron por primera vez.

-A los que algún día les he hecho sonreír.

-A los que se emocionaron alguna vez al leerme.

-Al que entró un día y nunca más volvió.

-A los que desde ayer decidieron no leerme más.

-Al que me lee y nunca quiso decir nada.

-Al que un día no estuvo de acuerdo con lo escrito y me lo dijo.

-Al que ha decidido no entrar más en este blog.

-Al que se ha quedado con ganas de volver mañana.

-A los que entraron por casualidad.

-Al que todavía no ha entrado y lea este post después de navidad.

-A los que entran sólo para ver la temperatura.

-A los que me animan a seguir escribiendo.

-A los que no volvieron nunca a entrar.

-En definitiva a TODOS: ¡QUÉ PASÉIS UNA DICHOSA NAVIDAD!

Una historia navideña

Una historia navideña

Hace mucho tiempo, en aquellos lejanos en que todavía existía el servicio militar, a Alberto lo destinaron a vestirse de caqui durante un año a las islas Canarias. Allí llevaba desde primeros de julio y, ahora, se estaban acercando las fechas navideñas. El tiempo seguía siendo bueno y caluroso, muy diferente de las gélidas temperaturas peninsulares, y el ánimo si bien había estado medianamente entero hasta ahora, ya se iba deteriorando. La proximidad de estas fechas le estaba influyendo y aunque feliz en las islas le pesaba aquella “soledad acompañada” del cuartel, sus compañeros no eran mala gente pero no había intimado con ninguno, por lo que la única relación que tenía con ellos era el tiempo que compartían tras los muros del acuartelamiento.

Pasaba mucho tiempo solo paseando por las calles del barrio de Vegueta o disfrutando de la playa de Las Canteras. Pero ahora aquella soledad se le hacía insoportable, echaba de menos a su familia a la que hacía casi seis meses que no veía,  a sus amigos y sobre todo pasar la navidad con los suyos y en su tierra. Aunque algo sí tenía muy claro, por muy especial que fuera la comida del cuartel no pasaría la noche allí dentro, compartiendo nostalgias y lamentos en medio de los vapores alcohólicos a los que estaban acostumbrados la mayoría de sus compañeros.

Esa tarde le llamó su amiga Paula, había llegado de Salamanca, donde estudiaba y se conocieron años antes, a pasar las vacaciones con su familia. Hacía tiempo que no se veían y le alegró mucho aquel reencuentro, especialmente cuando ella le dijo que por qué no pasaba la nochebuena y navidad con ella y su familia, que sus padres estarían encantados. El los conocía bien, aunque el deseo de una vida mejor le trajo a Las Palmas, habían nacido en la misma provincia andaluza de Alberto y enseguida sintonizó con aquella familia, compuesta por los padres de Paula, tres hermanos y su sobrina, por ello le llenó de alegría aquella invitación. No pasaría la noche golpeando su soledad contra las paredes.

Y aquella Nochebuena, aún acordándose mucho de su familia, Alberto se sintió uno más compartiendo la mesa y la alegría de aquella familia. Y no se sintió solo y sobre todo se sintió muy feliz, porque había experimentado en sus propias carnes  lo que es la acogida y el sentido más profundo de la Navidad.   Con ellos celebró también el almuerzo del día siguiente y el fin de Año.

A los pocos días, paseando sólo por la calle el día de Reyes mientras la gente compraba compulsivamente para regalar, pensaba que nadie le había regalado nada, sin embargo enseguida cambió de opinión al darse cuenta del regalo tan maravilloso que había tenido al sentir como nunca lo que era la hospitalidad.

Sin duda, aquella Navidad marcó decisivamente a Alberto y, a pesar del tiempo transcurrido,  todos los años cuando llegan estas fechas no deja de acordarse de aquellos amigos que viven tan lejos pero a los que lleva bien cerca en su corazón y que fueron capaces de hacerles descubrir de una manera muy especial el misterio de la Navidad.

(Menos el nombre, cualquier parecido con la realidad es total  coincidencia).

Compras y compras

Compras y compras

       Aprovecho este acertado dibujo de MEL, que me recuerda a los naúfragos del genial dibujante del TBO, Coll, para ilustrar este post. El tiempo de Navidad se ha convertido en una época casi compulsiva de compra, que cada vez se va adelantando más. Riadas de gente en centros comerciales a la compra de ese objeto, que muchas veces en medio de tanta variedad, se compra sin mayores ganas e, incluso, con cierta repulsión como arrastrado de una pasión consumista a la que uno se ve imposibilitado de sustraerse.

       Me parecen bien los detalles con las personas que queremos, pero dudo que este sea el mejor sistema, en que lo que hacemos es engordar, en estas fechas, la caja de los comercios. Creo que sería mejor cuidar estos detalles durante el año y que si queremos regalar algo aprovechar cualquier otra fecha, en que la sorpresa dé incluso mayor valor al regalo. No creo que esta idea mía sirva de nada, pero al menos es una gota en medio de ese océano donde anda perdido, obsesionado y agobiado ese pobre naúfrago.

Días de ajetreo

Días de ajetreo

            Estos días previos a las fechas navideñas suelen ser especialmente complicados y agotadores. Finales de curso, reuniones, cierres de ejercicios, comidas de confraternización laboral, preparación de comidas familiares, compras de regalos, horarios anárquicos de entrada y salida de colegios, desempolvado del traje de pastora (no para mí, claro)... Como se puede ver una total ruptura de la rutina que en ocasiones viene bien, pero que al final del día hacen casi imposible sujetar los párpados. Hoy no he ido a trabajar, pero mis pies lo han notado, he tenido que darme varios paseos para recoger notas de las niñas y a ellas mismas. Esta tarde he ido con la pequeña a ver "Chicken Little", no es que sea una película de las que van a hacer época, pero aprovecho para gustar la presencia al lado de mi hija, de esos años de infancia compartida que poco a poco se van marchando.

             Por último pero no por eso es lo menos importante quiero hacer un brindis, lleno de alegría,  por alguien muy especial, que sumida desde hace meses en una especie de conflicto interno de compleja solución, ayer como un anticipo de esos milagros que sólo pasan en Navidad, recibió una sacudida muy especial que hizo que su vida cobrara una luz nueva y recuperara un sentido que no acababa de encontrar.

Ver más allá

Ver más allá

             Un día, como por casualidad, Fidel descubrió que al cerrar los ojos frente a alguien era capaz de entrar  y ver en el interior de esa persona. En un principio se sintió entusiasmado con esta nueva cualidad. Y, entonces, cuando estaba con alguien era capaz de saber lo que había detrás de sus gestos, de sus miradas, de sus lágrimas, de sus enfados, de sus halagos, de sus sonrisas, de sus palabras …pero descubrió tantas máscaras e hipocresía que no pudo resistirlo. Y aquella aparente virtud se convirtió en un problema. Después de eso Fidel, por temor, no ha vuelto a cerrar los ojos y lleva despierto varios meses.

Cuestión de oído

Cuestión de oído

     Él no era diferente a sus compañeros, pero tenía esa especial soberbia de los que se creen mejor que el resto. Sentía que su estilizada figura destacaba sobre los demás. Cuando Él veía a Ella no dejaba de mirarla con deseo. Su piel blanca y levemente sonrosada, sus ondulaciones y curvas no le daban sosiego a su espíritu. Soñaba con aquel deseado momento en que se encontraría con Ella.

     Al fin, un día, atraído por una fuerza irresistible se notó acercándose a ella. Ella permaneció quieta, esperándole, mientras le mostraba la más hermosa de sus oquedades. Él se aproximó, primero con suavidad, y fue acariciando aquella sedosa piel. Él se notaba duro. Poco a poco y con un movimiento no exento de cierta ternura aquella hermosa puntita suya se introdujo en Ella, apreciando su humedad. Ella pareció temblar levemente al sentir aquel contacto. Él notó que ella disfrutaba, lo que le llevó a activar sus movimientos de entrada y salida. Esa aceleración creció, incluso, sin lógica. Hasta que en un determinado momento él se detuvo súbitamente y quedó quieto en su interior.

     Allí permaneció hasta que el otorrino de guardia sacó aquel bastoncito que se resistía a salir del interior de aquella oreja.

Imagen desaparecida

Imagen desaparecida

Hoy al levantarme me di un pequeño susto, adormilado me asomé al espejo del pasillo y mi imagen había desaparecido. Enseguida me vino a la memoria aquellas películas de terror donde los fantasmas nunca se reflejaban en el espejo. ¿Me habría transformado en fantasma en el transcurrir de la noche? Cuando cayeron las legañas y pude abrir del todo los ojos, me di cuenta que lo que había desaparecido, en realidad, era el espejo que lo estaban limpiando.

Llegados a cierta edad, estamos tan acostumbrado a que las situaciones y las cosas sean tan invariables que cuando algo cambia, aunque sea levemente, parece que nuestro universo se trastoca y nos resulta más sencillo el pensar que no tenemos imagen que un simple espejo haya cambiado de lugar. ¿No es eso un freno a nuestra maduración y evolución cotidiana?

Concursos

Concursos

    Ya hace varios años en que un día, sin saber cómo ni cuándo, me quedé prendado del valor de las palabras. Llevaba años usándolas pero no había sido consciente la variedad de ideas que se podía expresar combinándolas de una manera adecuada. Desde que descubrí esto he intentado perfeccionar la técnica de unir palabras fijándome más en lo que leo y leyendo algunos libros sobre literatura creativa. La editorial Fuentetaja aparte de organizar talleres literarios edita muchos libros relacionados con el particular.

Hoy ha llegado a mi manos este libro "Guía de Premios y Concursos Literarios en España 2006-2007". Este libro acaba de ser editado, tiene una periodicidad bianual y en él aparecen más de 1600 concursos literarios de los que se convocan en España, con sus correspondientes fechas y plazos. Los aficionados a la escritura y que se animen a concursar en cualquier concurso tienen aquí un amplio abanico de posibilidades. Hay completos índices por géneros, por convocantes, por temas, por dotaciión... lo que permite planificar con tiempo para cuando uno quiera concursar con la "obra de su vida". Probablemente no es fácil el ganar ningún concurso pero estoy seguro de que, muchas veces, el hecho de decidir presentarse es positivo, porque motiva al que escribe a perfeccionarse, a corregir y matizar lo escrito y, en ocasiones, es bueno para hacer despertar la musa que todos llevamos dentro.

Deambulando

Deambulando

Hoy he tenido el día libre y he ido a Cádiz a deambular por allí. He paseado disfrutando de la luz (esta foto es de esta mañana). He almorzado con compañeros. He tomado cafés. Me he reencontrado con gente a la que hacía tiempo que no veía. He hablado y, sobre todo, escuchado. He recorrido las calles, contemplando a sus gentes. He pensado poco y sobre todo he saboreado el día y lo he disfrutado.

Un extraño fax

Un extraño fax

     Estoy acostumbrado todas las mañanas a retirar fax de propagandas de esos que me ofrecen un teléfono manos libres o una practiquísima máquina para beber agua. Pero hace unas semanas en medio de ellos apareció un extraño fax. Reconocí una partida de bautismo firmada por el párroco y enviada desde un remoto lugar de Argentina, que no sé por qué imaginé que estaría situado en plena Pampa. No traía remite y al mirar desde donde me había sido enviado únicamente ponía “cyber-telecabina”. No conocía, ni tenía ni idea quien era esa niña de diez años a nombre de quien venía esa partida de bautismo así que imaginé que desde algún locutorio público la habían mandado y por error habían trastocado el número y llegó a mi oficina.

    Me dio cierta pena pensar que en otro fax alguien estaría esperando aquel documento y que no le llegaría, pero supuse que quien lo mandara una vez que se diera cuenta de su error lo mandaría al fax adecuado. Pero me equivoqué, a la semana siguiente volví a recibirlo y abajo aparecía una nota entre urgencia y lamento: “Por favor entréguenlo a Florencia”. ¿Y quién era Florencia? La cosa se complicaba, insistían en el envío y yo ahora con un fax doble encima de la mesa. Entonces fue cuando, aunque no tuviera nada que ver con todo aquello, me puse a hacer indagaciones. Lo primero que averigüé fue el nombre de la madre y me enteré que tenía un negocio. Busqué ese negocio pero no hubo forma de encontrarlo porque la dirección que me dieron estaba equivocada. Al fin logré su móvil los dos primeros días que llamé no lo cogía nadie y pensé que como todo en aquella historia estaba equivocado, pero al fin el tercer día que llamé sin ninguna esperanza, me contestó ella y me dijo que efectivamente estaba esperando un fax que su hermano aseguraba haber mandado a pesar de que ellos decían no haberlo recibido.  

     Quedaron en pasarse por mi oficina ese mismo día, lo cual también fue tan complicado como encontrar un edificio sin número en una avenida de varios kilómetros pero, tras llamarme y reorientarles, pocos minutos antes de que cerrara la oficina lograron llegar. Ella una guapa y morena argentina de labios recortados, su marido alto y fuerte hablaba con acento cadencioso. Ambos se alegraban de tener el fax y, al despedirse, tras estrecharme la mano me agradecieron aquel esfuerzo que me había tomado, ya que aquel fax era necesario para que la pequeña Fiorella pudiera hacer su primera Comunión.

La pensión

    No, no me voy a referir a esos emolumentos que reciben los ancianos a final de mes y que, en la mayoría de los casos, les obliga a convertirse en verdaderos equilibristas de la economía sino al otro tipo de pensiones. A esas pensiones que tan bien han retratados nuestros novelistas de fines del siglo XIX y principios del XX, así como esas películas con sabor a sepia que nos las visualizaban.

     En estas pensiones, comandadas habitualmente por una señora viuda venida a menos, se reunía en torno a la mesa un variado colectivo: oficinistas, jubilados, mujeres de dudoso oficio, nobles con más apellidos que patrimonio, artistas de medio pelo e incluso familias. Solía existir, además, la hija de la patrona que ayudaba a su madre y andaba a la caza y captura de algún pretendiente con posibles. Siempre me pareció un ambiente asfixiante el de estos lugares, donde cada uno se obligaba a exponer sus miserias íntimas ante el resto de los huéspedes, careciendo de ese punto de intimidad tan deseable en la vida cotidiana y sobre todo cuando esa estancia no era algo provisional sino tendente al infinito.

    Mi única experiencia con una de esas pensiones fue en Ceuta, que fue mi primer destino tras aprobar oposiciones. No me alojaba en la pensión, aunque si nos reuníamos cinco compañeros a almorzar en una de ellas. La patrona era una anciana de gran simpatía y oronda figura que se encargaba de distraernos el hambre con algún guiso casero. La comida sin ser del otro mundo nos quitaba el hambre y nos nutría, de hecho hoy uno de aquellos comensales ha llegado a ser el alcalde de su pueblo. En la comida nos solía acompañar alguno de los que allí se alojaban. Gente desbaratada de mente que, poco antes habían tenido que cerrar su cama para que se pusiera la mesa, y que nos contaban historias inverosímiles, de aventuras en Marruecos cual Lawrence de Arabia de pacotilla. Nosotros escuchábamos aquellos relatos mientras comíamos con la mirada distraída hacia la ventana desde la que se veía el Estrecho de Gibraltar y veíamos alejarse el ansiado barco que, el viernes tomaríamos, y que atravesaba a Algeciras. Aquella comida, habitualmente, era regada por un vaso de vino, hasta que un día uno de nosotros, observó como en la cocina tras recoger la mesa, la criada de la pensión, una marroquí que hacía de cocinera, rellenaba de nuevo la botella  de vino con lo que había sobrado en los vasos. Desde entonces, ¡sólo agua!

Besos escarchados

Besos escarchados

Hacía mucho frío por la mañana tanto que cuando, al salir a la calle, y frunció los labios un beso escarchado le salió de ellos. Probó y según la forma del frunce le salieron besos de bonitas y caprichosas, con ese brillo peculiar que da la escarcha a los besos. Con suma delicadeza, casi mimándolos, fue guardándolos en la bolsa que llevaba. Los tendría a buen recaudo hasta que encontrara el momento y la persona a quién dárselo.

Pero fue una época en que a su ánimo turbulento y desosegado no le apeteció besar demasiado y casi los olvidó. Pero aquel día se sentía bien, el trinar de los pájaros lo había despertado y se dio cuenta que una pequeña yema asomaba en la planta que tenía junto a su ventana. Se sentía con el ánimo alto y, no supo por qué, al llegar a su trabajo y encontrarse con su compañera le apeteció regalarle alguno de aquellos besos escarchados, pero al meter la mano lo único que encontró fue la humedad que había derretido aquellos besos con la llegada de la primavera.

Entonces fue cuando se dio cuenta que, tanto en los besos escarchados como las flores, hay que aprovechar el momento para darlos, ya que no se pueden guardar para mejor ocasión sin que se derritan o se marchiten

El frontón

El frontón

El otro día al volver a mi antiguo colegio, tras muchos años sin ir, descubrí con pena que había desaparecido el frontón. En aquellos años 70 los numerosos profesores vascos que allí había trajeron de aquellas lejanas tierras algunas de sus costumbres como el mus y  la pelota vasca o frontón, como nosotros lo llamábamos. Incluso se llegó a construir dos campos reglamentarios con una gran pared donde se disputaban campeonatos y que usábamos habitualmente para jugar en los recreos.

 

Yo solía ser de los alumnos tempraneros por la mañana y distraíamos la espera jugando al frontón. A veces, con mucho frío y humedad y sin, casi, atisbar la pelota con esa luz tupida del amanecer. Lanzábamos contra la pared aquella pelota tan fuerte que nos lastimaba la mano y corríamos a recuperarla tras el golpe del contrario por lo que a los pocos minutos el frío lo sustituíamos por el sudor y los pulmones llenos de aire helado nos hacían respirar con dificultad. Era un juego vivo que jugábamos por equipos y que nos servía para curtir la mano y el sonido estruendoso de la pelota contra la pared acompañado del oleaje que nos llegaba por la cercanía de la playa, nos hacía entrar despiertos y animosos en clase. El frontón fue derribado, hoy los alumnos corretean menos por el patio y tienden más a escuchar los mp3 o a jugar con la game boy que, si puede encallecer algo, son los  pulgares.

 

Aún hoy puedo recordar el dolor del golpeteo de aquella pelota sobre la palma de la mano, pero la experiencia me ha enseñado que hay dolores que duelen más en las manos, y es el de aquellas ocasiones en que debieron acariciar y, por lo que fuera, no lo hicieron.

Trabajando a dúo

Trabajando a dúo

(Dibujo de Sandra Pérez) 

 

      Ellas se acercaron a El, que se mantuvo estático pero, sin duda, esperándolas. Sus casi imperceptibles y acompasados movimientos cortaron el aire y se colocaron junto a El, separados con ese espacio tan mínimo que incluso cuesta pasar el aire a su través. Cada una de Ellas se acercó a El, rodeándolo, para que no se arrepintiera y escapara a última hora. Y Ellas, las dos, empezaron a hacerle aquello que El estaba apeteciendo. Con la suavidad de sus pieles como armas empezaron a darle masaje. El, dejando hacer, sintió como su epidermis vibraba lentamente. Ella, la situada a su derecha, era de activa casi brusca. Ella, la situada a su izquierda, lo trataba con más delicadeza, su aparente torpeza de movimientos le hacía ser más envolventemente sensual.

Cuando terminaron de masajearle, comenzaron a blanquearlo con espuma, y ese tacto untuoso le hicieron a El, si cabe, más deseable el contacto con Ellas. Y en esta burbujeante sinfonía permanecieron Ellas y El, sin detenerse, hasta que percibieron que El, como un vencido, se relajaba. Ella dirigieron el chorro del agua hacia El, sustituyendo en su piel el color blanco por un reluciente brillo húmedo.

Llegados a este punto, una de Ellas descansó mientras la otra se acercó a El con ese aparato negro brillante que tanto le calentaba. No había contactado con El y ya comenzó El a sentirse caliente, tanto que la humedad se le evaporó.

Ellas, las manos, concluyendo su faena, acercando el peine a El, cuero cabelludo y culminaron el lavado de cabeza.

Lo bello y lo triste

Lo bello y lo triste

Siempre he dado una cierta importancia al azar en mi vida. Ya que en función de circunstancias, más o menos, azarosas nuestra vida ha llegado al punto en el que está. Algo así nos pasa con esas personas que un día conocimos por azar y luego nos cambiaron la vida o esos libros de los que nos enteramos por casualidad y nos emocionaron. Algo así me ha pasado con este libro que acabo de leer en poco más de tres días. Sé donde escuché hablar de él por primera vez, fue en una revista donde en una entrevista a una diputada, que no me cae mal, le preguntaban que qué libro aconsejaba, ella habló de éste. No sé cómo lo dijo que me cautivó el consejo y decidí buscarlo. Lo encargué en mi librería habitual que suelen tardar en traérmelo de cuatro a siete días, pero al cabo de dos semanas no sabía nada de él. Me dijeron que les habían dicho que estaba descatalogado y que no disponían de ninguno. Coincidió al poco tiempo que fui a Madrid, aproveché para preguntar en dos grandes librerías, en una simplemente no lo tenían y en la otra estaban esperándolo. Desistí del empeño de conseguirlo, pero a las pocas semanas al volver a la librería me dijeron que se lo habían mandado.  Como tenía otros entre mano lo dejé en la repisa hasta que el otro día empecé a leerlo y me engatusó con sus líneas.

Es un libro ciertamente hermoso y escrito de una forma que no estoy acostumbrado a leer. El argumento gira en torno a una antigua historia de amor entre Oki un hombre casado Otoko una joven de dieciséis años. Al cabo de los años se vuelven a reencontrar y en torno a ese breve reencuentro se vertebra una historia cargada de poesía, de pasiones y de erotismo en la que ahora intervienen de manera decisiva nuevos personajes.

Por medio de las palabras nos mecemos en la placidez del paisaje japonés :

“Desde la galería del estudio sólo se veía el jardín interior del templo, la residencia principal interrumpía la vista. Era un jardín oblongo, no muy artístico, pero la luna bañaba la mitad de su superficie, de modo que hasta las piedras exhibían colores variados por efectos de las luces y sombras. Una azalea blanca parecía flotar en la oscuridad. El arce rojo que se levantaba cerca de la galería aún tenía hojas tiernas, pero la noche los oscurecía. En la primavera, la gente solía tomar por pimpollos las yemas rojo-brillante de aquel árbol y preguntaban de qué flor se trataban”.

Otras veces nos envuelve en el erotismo:

“Tocó con los labios las mejillas ardientes de Keiko. Ella lanzó un gritito cuando su silla se tumbó y la arrastró en la caída. Ahora, los labios de Oki estaban sobre los de ella.

Fue un beso muy largo”.

El autor hace continuas retroalimentaciones e incluye escenas antiguas pero de una manera nada forzada y que aderezan convenientemente la narración y nos conduce de forma amena por este laberinto de pasiones que desde el principio huele a tragedia. A veces la vista se pierde en el paisaje y otra se encierra en una escena, un tanto asfixiante casi de teatro, en que dos personajes dialogan y dejan al desnudo gran parte de lo que encierran dentro.

Un libro que se disfruta y que abre boca para, en cuanto pueda, leer algún otro de Yasunari Kawabata.

 

Ojos tristes

Ojos tristes

             Aquel hombre caminaba por la vida como siempre, a veces  con una sonrisa, otras con las espaldas hundidas en pesadumbre y, alguna que otra, con la cabeza alzada por alguna feliz circunstancia. No era consciente, hasta que alguien un día se lo dijo, de que tenía los ojos tristes.
Y  entonces fue cuando empezó a preocuparse, porque no quería que su rostro, concretamente sus ojos, fueran un reflejo anímico de su corazón. Se miró al espejo, pero no vio nada extraordinario en ellos, tal vez porque se había acostumbrado a verlos así, tal vez porque cuando unos ojos están velados por el matiz de la tristeza se convierten en incapaces de reconocerlo. Buscó desesperado en google, pero no encontraba ninguna solución al tal mal. Pidió consejo a un oftalmólogo amigo, que tras disimular el gesto de extrañeza ante el mal de su amigo, ya que también estaba contagiado de la enfermedad de los ojos tristes, le recetó un colirio, que encima de genérico no lo pasaba la seguridad social. Le costó el dinero, pero aquello no le sirvió de nada.  Cada mañana se asomaba presuroso  y preocupado al espejo pero no veía nada diferente en ellos, sólo tras mucho fijarse era capaz de detectar, o eso le parecía a él, las minúsculas honduras en las que profundizaban sus arrugas. Oró a Santa Lucía patrona de los ciegos pero nada cambió. Se consideró víctima de una enfermedad incurable y de la que nadie hablaba. Y en alguna ocasión en que el abatimiento se convirtió en febril e irracional llegó a desear no haber tenido la capacidad de ver. Todo aquello le afectó a la mente y nadie podía entender que unos “simples”, serán para ellos que no los tiene pensaba él, ojos tristes dieran lugar a todo aquel abandono y deterioro humano.

Y en estas andaba él más encorvado y cabizbajo que de costumbre, que hasta la nariz parecía rozarle el suelo al caminar, cuando la vio sentada en un banco del parque. Era una mujer de aspecto algo desaliñado pero tras aquel aspecto astroso denotaba una singular belleza. Al sentarse en el banco, la miró para saludarla y, entonces, vio algo que le dejó boquiabierto, aquella mujer tenía unos ojos preciosos abanicados por larguísimas pestañas, pero… muy tristes. Y al decírselo a ella, le dijo que sí que ya le habían dicho lo de la tristeza de sus ojos, algo que le preocupaba y que le resultaba insuperable. Los suyos sí que se ven francamente tristes, le añadió. Algo saltó en su interior al encontrar un alma gemela en tal problema y arropados por aquella solidaridad mutua dieron rienda suelta a compartir sus contrariedades y anhelos. Las horas pasaron sin que ninguno mirara su reloj y hasta un jilguero enmudeció al despedirse el sol. Pero no había oscurecido lo suficiente como para que él no percibiera algo, los ojos tristes de ella se estaban modificando, ni siquiera eran ya ojos normales porque, ahora, un punto brillante resaltaba de su centro.   A ella tampoco le pasó inadvertida que aquel hombre de ojos mustios había embellecido como si estos hubieran sido regados por una misteriosa agua.

Y se levantaron del banco, se dieron la mano empezando a caminar juntos y al mirarse a los ojos, ahora los cuatro alzados gozosamente hacia las correspondientes cejas, fueron conscientes que, aunque allí estuviera anocheciendo, en otra parte de la tierra, en aquel momento, un nuevo día empezaba a amanecer.

 

Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata

Hoy quiero postear con un dibujo que ha pasado a formar parte, con el número 26 de la "galería de caricayturas" de elbúcaro. Es la evolución en tres momentos del dibujo que he realizado, en bolígrafo negro, del novelista japonés Yasunari Kawabata. Nació en Osaka en 1899. Sus novelas, hasta ahora que estoy leyendo una de ellas, no las conocía, están escritas con depurado estilo, siendo todas ellas intimistas y poéticas.Entre otras puedo citar: País de nieve , Un millar de grullas , Kioto . En 1968 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura. Se suicidó a los setenta y dos años y de él se dice que, a pesar de haber escrito en su vida más de doce mil páginas de obra literaria, no dejó ni una nota que ayudara a explicar su decisión.

A una letra

A una letra

Cuando escribes, tu letra se parece a tu calma

al colgar la ternura de la mórbida erre

y al achicar los nombres hasta el mismo tamaño

de la voz de retoño con que pides, preguntas.

 

Es tu letra un riachuelo, peregrino de mares,

un manantial que brota sin pedirte permiso

de un oculto venero con verdades antiguas.

Son amigas del orden tus graves consonantes

 

y la vocal te nace con olor a violeta.

Se desparrama un mundo en tus eses finales

y todo se hace limpio cuando escribes un punto.

Déjame que acurruque mi dolor en tu letra

 

y que, subido al cuenco de la uve graciosa,

escurdriñe el misterio de esas olas marinas

con que las emes caen rendidas en la arena.

¡Qué mimado misterio ocultan tus palabras,

esas flores azules de tu tinta secreta!

(Pedro Miguel Lamet)

He traído esta poesía para reivindicar el valor de la palabra escrita a mano, siempre tan diferente, tan viva, tan variada y tan delatora de la mano que la escribe.

Ser una mariposa

Ser una mariposa

Hoy he creido ser una mariposa. Desde hacía mucho tiempo la inicial inmersión en un libro no me hacía despertar tantas y tan vivas sensaciones. Me entraron ganas de dibujar y he estado varias horas con el boligrafo negro creando sombras y trazando líneas. Me he sentido volar hasta cerca de las nubes y el aleteo ha acariciado el aire de mi alrededor. Y aunque en algún momento el viento intentó arrastrarme conseguí mantener mi posición viva y majestuosa.

Sé que la vida de la mariposa es efímera, pero no me importa, aprovecharé para disfrutar y volar de blog en blog.