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El búcaro de barro

La línea

La línea

     Siempre hay una línea que nos separa, por medio, de los otros. También desde que él y ella se conocieron  hubo una línea que los separaba. No tenía colores, ni era material,  era sin medidas y carecía de costuras, pero...era una línea. A cada uno aquella línea le parecía algo diferente. Él en principio la veía como un gran precipicio, que podría tragarlo irremisiblemente cuando intentara acercarse a ella más de la cuenta. Ella la veía como una valla natural que la protegía de cualquiera de los embates que le pudieran llegar del exterior y que controlaban, siempre avizor, sus fieles cocodrilos.

El cariño empezó a surgir a ambos lados de aquella línea. Él daba pequeños pasos que cargaba de ternura y, a medida que se iba acercando a lo que pensaba era el borde del precipicio, éste iba empequeñeciendo hasta casi disolverse. Él la contempló a ella ya muy cerca. Ella fue consciente y gustó de aquellos pasos enredados que le hacían sentir, paulatinamente, la proximidad de él. Sus fieros cocodrilos se amansaron ya que perdieron su razón de ser, se dieron cuenta de que no necesitaban protegerla de él, todo lo contrario, se volvieron juguetones y alentaron a que la línea se convirtiera en un espejismo de tan a gusto que ella se empezó a sentir. Un sentimiento que fue mutuo y la proximidad entre él y ella se convirtió en un goce compartido.

Pero la línea seguía allí. Ahora era trazada con tinta indeleble,en parte por las circunstancias que vivían  y en parte por las circunstancias que sentían. Lo que no estaba nada claro era donde quedaba situada, finalmente, esa línea. Ella lo tenía muy claro...o creía tenerlo, pero cuando los mimos de él hacían que la línea que pasaba por en medio de ellos, casi imperceptiblemente, se deslizara a los labios o a los pechos de ella, las agitaciones de sus curvas llegaban, en algún momento, a convertirla en invisible.

Y en esto andan, él, ella y la línea que unas veces se cruza, otra se diluye y alguna otra vez se enrosca en torno a sus cuerpos aproximándolos hasta un extremo que nunca imaginaron. Y así se han tenido que acostumbrar, él y ella a este "ménage a trois" en sus vidas, disfrutando del mismo y que sean las agujas del reloj, las que finalmente hagan con esa línea lo que le dé la puñetera gana.

En la exposición

En la exposición

      Siguiendo los consejos de Prometeo, estuve hace unos días en Madrid visitando dos de las exposiciones colgadas en la Fundación Mapfre de Madrid. La exposición muy interesante y digna de ver, me encantaron especialmente los Sorollas, sin embargo hubo cosas, no sé si porque uno no está acostumbrado a ciertas costumbres capitalinas, que me llamaron la atención.

En primer lugar la cola. Se ve que no era el único que había decidido ir a Madrid en esos días. Cuando me acerqué, bajo el paraguas a la sede de la exposición, vi que una larga cola daba la vuelta a la manzana. Y allí estuve más de media hora intentando evitar mojarme más de la cuenta y dudando de si valía la pena tanto tiempo perdido. Me consolaba ver en la acera de enfrente, otra cola, yo diría que más larga que ésta que iba a ver una exposición de pinturas en el BBBVA. Tras ese rato y goteando agua desde la cazadora hasta el suelo, entramos en el interior.

Nada más entrar había que colocar los paraguas en una especie de paraguero con cuadritos, en los que se introducían los paraguas. Yo preferí recoger el mio y disimularlo que dejarlo allí y entré a ver los cuadros de Degas. Pero nada más entrar a uno de los vigilantes no le gustó mi mochila y me dijo que había que salir a dejarla en una consigna exterior. No entiendo el por qué se puede pasar con un bolso pero no con una mochila ¿qué distingue una cosa de otra? Eso sólo lo pensé no iba a filosofar ahora sobre el tema, así que me llegué a la consigna a dejar la mochila. La introduje dentro, cerré la puerta de la taquilla y no había forma de sacar la llave. La cambié de taquilla y lo mismo, hasta que me di cuenta de que había que introducir un euro para que se pudiera sacar la dichosa llave.

        Me puse a ver los cuadros. Me gustó Degas, en especial el ver al natural aquellos cuadros, de damas en sus arreglos cotidianos, que hacía muchos años había conocido en libros. ¿Por qué en una exposición la gente no habla? El que lo hace, articula palabras entre murmullos, como si en un extraño respeto cohibiera la presencia en aquel lugar. Se acerca un vigilante a la señora que está a mi lado y le dice que su paraguas plegable no puede llevarlo colgado en la muñeca, sino que tiene que hacerlo desaparecer dentro del bolso. 

Busco el ascensor y subimos a la primera planta. Un lío, se abren dos puertas en el ascensor, acierto por la que tengo que salir y veo la exposición de 1900. Me encantan estos cuadros, sobre todo la luz que emana de ellos y esos retratos sosegados que hace de la realidad. La gente sigue sin hablar y en medio de este silencio catedralicio suena mi móvil...Todavía no he podido contestar cuando tengo una vigilante a mi lado, interrumpiendo la conversación antes de empezar, para decirme que allí no se puede hablar con el móvil, sino que tengo que irme junto al ascensor. Intento decirle que no es que yo estuviera llamando a nadie, pero mejor me callo y cuelgo en segundos.

         Me voy de la exposición, ha dejado de llover, contento pero con la convicción de que en estas exposiciones, antes de entrar, deberían dar un manual con todas esas cosas que, aunque se hagan en la vida diaria, no están permitidas en tan peculiares recintos.

Insistencia canina

Insistencia canina

 

         No debía haber tratado a Damián de esa manera. Cuando la llamó para decirle que no podrían quedar esa tarde para salir, porque estaba a punto de realizar un gran descubrimiento, ella no aguantó más. Cierto que aquella insistente dejadez por su persona era fruto exclusivamente de su trabajo de investigación, pero estaba hastiada de toda la paciencia y comprensión que había desarrollado durante estos dos años que llevaba saliendo con él. ¡Y se lo había dejado bien clarito!

            Se despertó por la mañana con la sensación de haber dormido bien poco, abrumada por un duermevela en el que se habían mezclado, sus inquietudes, sus malos ratos y la cara dulce de Damián. Salió a la calle con gafas oscuras, más que por el sol por ocultar sus ojeras y a la puerta se encontró un perro de manchas marrones que agitó alegremente el rabo al verla. Le encantaban los animales y no pudo reprimir el acariciarle el lomo a aquel can que la miraba de ojos lánguidos. Se dirigió al Centro de Salud a por una receta, sin darse cuenta que era seguida por el can. “Señora, su perro no puede entrar”. “No, es mío”, repuso ella y el celador impidió el paso del animal. No tuvo que esperar mucho y con la receta de un antiinflamatorio entró en la farmacia cercana. “¡Qué perro tan gracioso!”, le oyó decir a la farmaceútica, una cuarentona de  pelo negro brillante y amplia sonrisa. Otra vez le había estado siguiendo. Al salir, intentó espantarlo con un grito y gestos, pero no lo consiguió.

            Tenía que llamar a Damián. ¡De eso nada! Tenía que ser él quien le llamara que era el culpable de todos aquellos desmanes de los que ella se lamentaba. Se dedicó a comprar ropa en varias tiendas y siempre que salía de alguna aquella mirada lánguida le aguardaba. En una de las mismas, incluso, se sobresaltó cuando vio aquellos ojos contemplando curiosamente su cuerpo desnudo, mientras ella se probaba un conjunto de lencería color champagne. ¡Se había colado por debajo de la puerta del probador! Empezaba a estar harta de aquella machacona presencia de cuatro patas que se había convertido en algo más insistente que su propia sombra. Al salir le tiró un zapato, recién comprado e intentó darle una patada que aquel perro evitó con habilidad.

            De pronto su corazón se acongojó, necesitaba ver los ojos dulces de Damián. Se dirigió a su casa, a ver si lo encontraba. Subió al primer piso y con una llave que llevaba en su bolso, abrió la puerta. A pesar de cerrarla con rapidez no pudo impedir que el perro entrara tras ella. No aguantó más, lo cogió entre sus manos, él se dejó hacer, abrió la ventana y lo arrojó a la calle. Cayó en el interior de un camión de matrícula griega que pasaba por la calle y que se alejó rápidamente. Ella se alegró de haberse librado de aquella incómoda presencia.

            En el interior del piso había un extraño silencio, abrió la puerta y entró en el laboratorio donde Damián hacía sus experimentos. Un matraz Erlenmeyer semilleno de un líquido verde esmeralda descansaba sobre un cuaderno medio abierto emborronado de fórmulas escritas con la letra de Damián. Súbitamente el título de la página atrajo su mirada.: “Fórmula para transformarse en perro”.

-¡Noooooooooooo! ¡Damián!-gritó, compungida y llorosa, mientras corría hacia la ventana.

 

Entrada al colegio

Entrada al colegio

 

       La mañana, armada de un pincel de frío seco, dibuja bajo un cielo límpidamente azul, el ambiente de brillantes colores. Rojo escarlata y verde esmeralda se suceden en las alturas dando órdenes de detención y aceleres a la fila de vehículos que se entrecruzan, milagrosamente, sin chocarse. La temperatura acelera los pasos agitados de madres y niños enbufandados que con ojos sólo medio abiertos se dirigen al colegio. Gestos de adioses, que expresan figuras de pelos revueltos surgen de las mangas de batas desgastadas que asoman a las ventanas.

       Los árboles exhiben ostentosamente sus ramas desnudas mientras a sus pies revolotean hojas secas de podrida belleza que crepitan y crujen al ser pisadas. Un viejo edificio de piedra vieja coronado por una torre parece engullir aquella hilera revoltosa que serpenteando por la plaza desaparece en el interior en una atenuada algarabía. En lo alto de la torre la mirada abstraída de las cigüeñas acompaña los pasos, ahora relajados, de esas madres que se refugian al calor seguro del café y la cómplice compañía.

        En un banco un anciano con la boina calada sobre una frente en láminas, observa como mudo espectador a aquella plaza, ahora, muda y silenciosa.  Los tacones acelerados sobre el suelo indican la proximidad de una joven que llega tarde al trabajo. Su abrigo modela unas líneas que revitalizan, por un instante, aquel lugar. El anciano, al mirarla, se sorprende exclamando a sí mismo:

-¡Ay, quién tuviera cincuenta años menos!

 

Entre líneas

Entre líneas

 

  •       Muchas veces, cuando has asomado la naricilla por este rincón, has intentado leer entre líneas descubrir cuanto habría de ti o no en lo que yo escribía. Yo sonreía cuando lo que era pura ficción lo convertías en algo que yo te habría dirigido tan afilado como una saeta.  Hoy no tendrás que leer entre líneas, quiero dirigírtelas a ti en este día de tu cumpleaños. No puedo contactar contigo. No sé por donde andas, si siquiera si andas o estás sentada, si estas trabajando o te fuiste de vacaciones. Tan lejos...y tan cerca a la vez. No tengo forma de felicitarte, pero como sé que tarde o temprano tu nariz volverá a asomar por aquí, quiero desearte esas felicidades, que te deseo de corazón esperando que la vida siga comportándose contigo, al menos, como hasta ahora. No todos los días se cumple una nueva docena de años...
¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!

 

Aquel perrillo...

Aquel perrillo...

...en cuanto sus patas se posaron en la arena de la playa, abandonó la proximidad acogedora de las turgentes piernas de su dueña para empezar a corretear de un lado para otro sin rumbo fijo. Parecía que el contacto con la arena lo había convertido en hiperactivo, se lanzaba velozmente en línea recta y, de repente, daba un giro para volver.  La marea estaba baja y aquel cuadrúpedo se introducía en el agua, provocando diminutas olas a su paso y pareciendo, desde lejos, que aquellos movimientos lo hacían flotar sobre las aguas. Entonces fue cuando vio, quieta y, a sus ojos, terriblemente provocativa, a una gaviota que estáticamente posada en la arena empinaba su pico hacia el sol.  Cual si se tratara de una apetitosa presa se dirigió a ella a toda velocidad. Ésta alzó las alas y primero lentamente y después planeando inició  su vuelo mientras que el perrillo, por un instante, pareció ser arrastrado en su estela.  Aquel juego se repitió insistentemente, la gaviota se posaba más allá y, en cuanto tomaba tierra, ya estaba el perrillo intentando atraparla, lo que nunca podía. En el último intento la pata delantera se le dobló y cayó de morros sobre la arena. Pareció lastimarse pues acudió cojeando levemente, ahora despacio, hasta acariciar con su cuerpo los tobillos de gráciles andares de su ama. Ésta se agachó y le acarició el lomo como si estuviera reconviniéndole aquellas locas persecuciones. El perrillo la miró a los ojos y estoy seguro de que si pudiera hablar le hubiera dicho:

-Ha valido la pena. ¿Tú sabes lo que es, aunque sólo durara un instante, ese momento en que yo lograba alzar el vuelo tras la gaviota? ¡Era una sensación única!

     Los dos siguieron andando por la playa con pasos sincrónicos, pero el perrillo de vez en cuando miraba deseoso a la gaviota que como una mancha blanca sobre la arena, cada vez parecía más diminuta.

Esos instantes...

Esos instantes...

       Llevo unos días de mucho trabajo y cuando llega la noche noto como el cansancio se aúpa de una manera especial sobre mis hombros, por eso se agradecen esos instantes especiales, como esta noche en que he podido contemplar la luna llena tintineando en el cielo, mientras me embriagaba el perfume exótico de la flor del azahar, que florece por segunda vez en noviembre.

Laborando

Laborando

       Llevo varios días en los que laboralmente no paro un instante, pero hoy, además para ser viernes, ha sido agotador. Tenía trabajo atrasado y acumulado de la semana sobre la mesa, pero al terminar la mañana todo sigue igual debido a que no he parado de atender a la gente. En primer lugar un hombre joven que estaba de permiso carcelario y aprovechó para venir a verrme para hacer una consulta.  Luego una joven madre soltera que venía a que la informara de que tiempo necesita para cobrar una ayuda, trabajando como está en un hotel, feliz ella de trabajar, pero con un empresario aprovechado, que total para un par de meses que iba a trabajar tampoco le iba a dar de alta en la Seguridad Social.  Después un hombre cargado de años y fatigas que me inquiría la forma de conseguir un alta médica, lleva casi dos años de baja y teme que pueda perder el trabajo, tuve que convencerle de que cuando uno está enfermo no se puede decidir por sí mismo el que está curado, sino que para eso está el médico. Tras cuatro llamadas de teléfono le logro aclarar a dónde debe dirigirse para comentar su tema con la inspección médica.

Ya terminando la mañana, y tras varias respiraciones profundas, me apareció Emilio. Éste es un hombre encorvado por el peso de las arrugas, manos rugosas de trabajador y manifiesta afición al vino. Visitante asiduo en las últimas semanas se ha visto inmerso en una burocracia que él no entiende muy bien y que hace que le hayan pagado poco más de mil euros indebidamente, deuda que quedará compensada en su totalidad con un pago que debe recibir. El problema es que lo que ha llegado a su casa es una carta con la deuda y nada de la compensación, lo que hizo que apareciera con aroma alcohólico y ojos llorosos. Y el lamento no era tanto por el dinero que en esa carta le comunicaba que debía, sino porque la mujer lo había puesto como los trapos diciéndole que todo aquello era culpa suya y era él el culpable de haber traído aquella ruina asu casa. "Esto me va a costar un divorcio", me decía. Lo consolé como pude y le dije que se viniera el lunes, pero con su mujer y que ya trataría de explicarle a ella, para que no le echara aquellas culpas indebidas. 

Cerré la puerta y me senté en un sillón, intentando que mi corazón se desacelerara y tomara su ritmo normal. Saboreé durante diez minutos el hecho de no hacer nada, mirar al techo y disfrutar del silencio. Pensaba en todos aquellos rostros a los que había atendido durante la mañana, me sabía nombres y apellidos y casi en dni, y repasaba un poco aquellas historias, todas ellas con su punto de tragedia. Y concluía que me gusta mi trabajo, que me permite estar cerca de gente con unas necesidades concretas y hacer algo por ellas. Por un momento pensé, algo así como debe pensar el médico en su consulta, que no me gustaría estar al otro lado de la mesa.

Entre coletas

Entre coletas

         Una tarde más salió del colegio con su rostro pecoso y gesto alegre. Caminaba despacio, con su cabeza centrada entre las dos coletas que oscilaban alternativamente al ritmo de sus andares. A su hombro llevaba colgada una mochila con los libros  y de su boca emergía el palo de un chupa chups de fresa que le habían regalado. Conchita no podía imaginar lo que le esperaba al girar la esquina…

            Una figura torva empezó a observarla y acelerando sus pasos, se acompasó a los de ella. Era un hombre con la cabeza embutida en el cuello y de hombros disimétricos, con una cierta cojera y barba descuidada de una semana. Durante varios cientos de metros la fue siguiendo sin que ella se diera cuenta. Entraron en una calle solitaria en esa hora en que las luces de la farola han retrasado su encendido y fue, entonces, cuando aquel hombre le hizo notar su presencia con un estridente silbido.

            Conchita se volvió y lo miró  con la sorpresa dibujada en sus ojos. El hombre intentó acercarse a ella y cogerla por el brazo, pero con un movimiento súbito se alejó de aquella rugosa mano. Los ojos de Conchita no tenían miedo, sólo desprecio, cuando le dijo con voz firme:

-No te creas que con una llamada de teléfono de disculpas voy a perdonar los quince años de matrimonio que me hiciste pasar.

El hombre se quedó estático, mientras ella  se soltaba las coletas y su melena negra cayó acariciándole los hombros. Mientras se alejaba, con  un andar desafiante, empezó a reflexionar sobre las propuestas de horario que, como directora, le había planteado el claustro de profesores.

Atún con tomate

Atún con tomate

Ingredientes: 700 g de atún cortado en filetes

                        500 g de tomate maduro

                        1 pimiento pequeño verde

                        medio vaso de vino blanco

                        Sal y harina

                        Aceite de oliva

            Se enharinan los filetes de atún y se fríen en aceite. Una vez fritos se deja escurrir. En una cazuela se ponen dos cucharadas del aceite usado para freír el atún, se añade el tomate muy picado y el pimiento cortado en trozos pequeños. Se añade sal y medio vaso de vino blanco y se deja cocer durante quince minutos. A continuación se añade el atún, se le añade agua y se cuece durante otros quince minutos. Se le pueden añadir unas patatas que se fríen, cortadas previamente en rodajas finas.

Jalogüin

Jalogüin

        Nicanor salió de aquel centro ya totalmente recuperado de la obsesión por las plantas, de tal forma que ahora sólo se atrevía a fijarse en las mujeres por encima de las rodillas. No tenía donde acudir, su mujer se había casado con su abogado defensor, quizás por eso pasó un par de años más en el siquiátrico...  Divagó por las calles, con escaparates decorados de ridículas calabazas sonrientes, era el 30 de octubre, recordando aquella fiesta absurda que para ridiculizarla él la traducía a su idioma natal: Jalogüin.

Cuando anocheció entró en la atmósfera acogedora y sórdida de un bar. En aquella barra desvencijada, que malsujetaba el peso de sus codos, fue donde se le acercó aquella joven de piel límpida y de ojos levemente rasgados con color de lluvia. No tuvo que evitar el mirar sus pies porque el canal de sus pechos, similar a la entrada de una seductora gruta, atraía sus ojos. Se presentaron y compartieron vapores alcohólicos e intimidad. Se sentía Nicanor tan a gusto en aquella estrenada compañía, que cuando las primeras luces del amanecer hendieron las persianas de aquel local, se apenó de que su compañera se esfumara súbitamente, no sin antes citarse en el mismo lugar para el día siguiente a las 9 de la noche...para que le acompañara a una fiesta de Jalogüin

Sonaba la novena campanada en el reloj de la torre, cuando apareció ella envuelta en aroma de alhelí. Le tomó de una mano y él, como si se tratara de una estela, la acompañó hasta su casa. Pulsó ella el interruptor y una luz tenue acarició toda la habitación que pudo observar mimosamente adornada: murciélagos de goma colgaban de las lámparas, varias calabazas se extendían por los muebles en cuyas esquinas pendían telarañas cuyo material en no podía distinguir.Le sirvió un vaso de Nestea y le dijo que tomara asiento mientras ella se cambiaba y no sin cierto remilgo lo hizo junto a un esqueleto, que sentado en el sofá, parecía no quitarle ojo desde sus cuencas vacías. 

A los pocos minutos apareció ella con un gorro picudo, los labios intensamente rojos como si ardieran  y los ojos pintados de pintura negra brillante y envuelta en una capa oscura. Abrió la capa y apareció bajo ella adornado con escasas tiras negras el cuerpo más hermoso que Nicanor había visto en su vida.  El deseo tomó cuerpo en su idem, especialmente cuando ella lo atrajo hasta sí y tiñó de rojo sus labios y su lengua. Tirando de él, que casi no podia moverse de la sorpresa lo introdujo en su habitación, lo desnudó muy despacio y acostándolo sobre el colchón le ató muñecas y tobillos. Nicanor le dejaba hacer mientras sus sensaciones se alborotaban crecientemente.Con un grácil movimiento se desprendió ella de la capa, que lanzo al suelo y poniéndose de rodillas sobre la cama sentó su sexo suavemente gélido sobre la barriga de él. Iluminada por una sonrisa, se acercó a su rostro girando la cabeza buscándole el cuello. En aquel giro pudo atisbar como de su boca abierta salían unos largos colmillos, pero fue sólo un instante, porque enseguida notó como se clavaban sobre su cuello y presintió como se sentiría una pajita cuando la succionaban. Supo que era la primera y última fiesta de Jalogüin a la que acudiría y sobre todo que, después de esto, no volvería a protagonizar un post en este blog...no quedaría bien un protagonista con dos agujeros en el cuello y en el que no circulara sangre por su interior.

Cuestión de jardinería

Cuestión de jardinería

 

          Cuando Nicanor terminó de arreglar los geranios, se llenó un vaso de ginebra y se sentó en el salón a ver la televisión. Algo desvió su vista de la pantalla… ¡No le gustaban aquellas plantas que estaba viendo! Eran feas y nada vistosas.

            Llevaba años en que era consciente de eso, pero aquella obsesión se le había acentuado durante las últimas semanas. ¡Estaba harto de verlas! Y no sabía si sería una ocurrencia suya, pero le parecía que, con aquella intermitente agitación con la que se movían,  se burlaban de él. No lo pensó más y dejando el vaso sobre la mesa de cristal, sin importarle el cerco que formó en la superficie, pegó un salto para dirigirse a donde tenía guardadas las tijeras de podar. Sin pararse a reflexionar lo que su mujer pensaría de todo aquello, decidió que tenía que cortarlas…Y menos mal que aquellas plantas…, de los pies de su mujer, lo vieron venir, fueron veloces y salieron, acompañadas del resto del cuerpo, a la calle a pedir ayuda.

        Aquella primera noche que durmió en el siquiátrico lo hizo relajado, mientras pensaba que aunque no le había dado tiempo a cortarlas, al menos, pasaría una buena temporada sin ver aquellas horrorosas plantas.

 

Octubre, octubre

Octubre, octubre

         Me encanta cuando octubre se cuelga del calendario. Esos días que se desperezan con cierto esfuerzo, como si les costara amanecer y alientan con su recuperada brisa fresca la actividad cotidiana paralizada en los meses de estío. Disfruto con los rayos de sol, tamizados en caricias, que se posan suavemente sobre la piel y con ese tizne ocre y amarillo con el que comienza a engalanarse la naturaleza. La desnudez de los árboles de esqueléticas ramas y que adornan el paisaje con un cierto tenebrismo. Los cielos coloreados por las primeras nubes que derraman gotas de vida sobre los terrones anhidros tras el verano. Esa algarabía escolar que se inicia, descanso providencial de padres y que cada año hace que me invada la nostalgia infantil de olor a goma de borrar y lápices de madera. Saborear ese adelanto de las horas de la noche en el refugio del calor hogareño, envuelto en humo de asar castañas, y pasear cubiertos al abrigo acogedor de la primera chaqueta,

           En este mes me duele arrancarle cada día una hoja al almanaque. El transcurrir de estos días me gusta tanto que me  deleitaría con que todo el año fuera octubre.

Quince a uno

Quince a uno

        Sí, estamos sumergidos en una gran crisis pero eso no es motivo para que, mirando atrás, veamos todo lo que nuestra sociedad ha avanzado en estos últimos años. Aunque queda todavía un largo camino para recorrer en la igualdad de sexos, los progresos son visibles. Se trabaja por la paridad en variados lugares y situaciones. La mujer está presente en todos los ámbitos de la sociedad, muchas de ellas ocupan importantes puestos laborales y políticos. Y el hombre parece que ya empezó a entender la importancia de implicarse plenamente en la educación de sus hijos. 

Pero en medio de todo este movimiento, hay un lugar que resiste: ¡mi pueblo! Llevo catorce años asistiendo a reuniones escolares y debería estar acostumbrado, pero lo de hoy me ha resultado excesivo: la tutora, catorce madres y yo.

Bizcocho

Bizcocho

 

-4 huevos

-180 g harina

-250 g azúcar

-1/2 yogur de limón

-1/2 ralladuras de limón

-50 cc aceite de oliva

-sobre de levadura

          Se bate toda la mezcla. Se precalienta el horno a 180º C y se mete en el horno durante 40 minutos. Para comprobar que esté hecho, meter la punta de un cuchillo y comprobar que sale seca. Se desmolda con facilidad, eso si el molde es el de silicona.

           Aquí cuelgo la receta de un bizcocho fácil de realizar, solo es batir todos los ingredientes y meter en el horno. Otra cosa diferente son los "problemas del directo". En el caso concreto del de la foto, hubo un momento, me gusta observar el bizcocho como sube y baja mientras se hace, es más distraído que ver la televisión, en que parecía tener una herida y empezó a supurar por ella parte de la masa como en una catarata. En fin, nada que luego no pudiera solucionar un buen restregón del estropajo en el fondo del horno. Se puede ver la "cicatriz" arriba a la derecha. 

 

Nos rodean...

Nos rodean...

 

…¡están por todos lados! Y no los distingue ni la edad ni el sexo. No están contentos consigo mismos, pero menos con los que le rodean. Sin ser “gourmets”, distinguen el mínimo fallo de condimento en una comida. Sin ser Casanovas están seguros de que ellos siempre dan muchísimo más cariño del que reciben. Cuando miran a su alrededor se fijan, con envidia, en los que están mejor que él, pero les cuesta darse cuenta de los que están peor. Su trabajo se les hace sumamente penoso e “ilusión” es una palabra a la que le falta la página en su diccionario. Son expertos, incluso parece que titulados, en el descubrimiento de errores ajenos. En verano se quejan del calor y en invierno repugnan el frío. La soledad les abruma, el bullicio les agobia. Desconfían de las sonrisas pensando que algo ocultarán detrás. La música les suena a murmullo y les molesta el trino de los pájaros. Su pasado fue duro, del presente mejor no hablar y les agobia el futuro. Son hábiles profetas de desastres y llevan escritas en su camiseta la palabra pesimismo.

            Sí, sin duda abundan como si un extraño planeta nos lo fuera inoculando en la sociedad. Todos conocemos a algunos, pero no hay mejor medicina que ignorar sus síntomas, sin olvidar a las personas, para llenar de color la vida cotidiana.

 

Lluvia

Lluvia

            Hoy ha estado la lluvia, durante toda la noche envalentonada con los gritos de los truenos y golpeando en los cristales de mi ventana. Si estoy atento, en ese golpeteo puedo distinguir hasta tres notas musicales diferentes, que formando un acorde acaban por acompasar mi sueño y sumergirme en su placidez. La lluvia, tan escasa por esta zona, cuando llega así, casi por sorpresa, siempre parece traernos estelas de melancolía adheridas a sus gotas. Al despertar esos cristales lamidos por microgotas nos permiten observar como en un caleidoscopio retazos de recuerdos infantiles, que al calor de una lumbre, aunque nunca volverán, permanecen eternos.

             Ojeo el periódico entre mis dedos, precios... las bolsas se hunden, se inyecta dinero...sólo a los bancos, el euribor parece que baja no sin cierto esfuerzo... Entre sus páginas anuncios me asombran los productos de las tiendas de informática, cada vez más potentes y más baratos, sin embargo los libros, a pesar de todo lo que se escribe, no bajan de precio. Se me ocurre pensar que "cualquiera" podría usar un pc o un pendrive, pero para disfrutar un libro y contagiarse de lo que encierran las letras hay que tener, sin embargo, una sensibilidad especial.  

            El hecho de que  bajen de precio y podamos tener más cosas, no nos hace más felices. La felicidad está más bien en saber vivir con ellas. Sigue lloviendo...

  

Verde y oro

Verde y oro

 

            La plaza estaba atestada de gente, aunque aún no eran las cinco de la tarde. El reloj, sin ningún disimulo, campaneó en el aire, mientras el sol, a esa hora, arrancaba resplandores dorados de las paredes. Despistado estaba, no era para menos, ya que aún resonaba en su interior aquella carcajada de ella del día anterior que terminó de “ennerviosarle”. Durante ocho años, con más de un encuentro fallido, había dibujado en su imaginación las líneas desconocidas de un rostro etéreo que en pocos minutos se le revelaría. Se reconoció tramposo semiocultándose  en una esquina, para esa difícil tarea de controlar la llegada de una persona a quien no se conoce. Finalmente fue ella quien, con una figura tan grácil como segura, con paso firme y semioculta en gafas negras,  reconociéndolo se le acercó cabalgando sobre una sonrisa.

            Verde y oro, esa fue la primera impresión que tuvo al verla. Su larga melena fina y lisa de color de oro brillante caía meladamente dibujando las redondeces de sus hombros. Al desprenderse de las gafas su mirada procedente de unos ojos de aspecto felino y color verde lluvia lo rodeó al mismo tiempo que sus brazos. Se observaron y estudiaron en los siguientes minutos intentando aterrizar a la realidad todo lo que la imaginación había hecho brotar durante tanto tiempo; hablaron, probablemente mucho más ella que él, y se fueron a comer juntos a aquel lugar de platos de extraño nombre.

            Verde y oro. El verde de la ensalada se extendía sobre los platos mientras un vino blanco de tono dorado y levemente afrutado, convenientemente frío se encargó de desenredar las lenguas en plática ágil. Y a pesar de ciertos muros de granítica dureza a través de sus rendijas escaparon muchas de las luces interiores que, hasta entonces, habían estado ocultas tras la protección de la pantalla y que, ahora,  ni esa tenue tiniebla de las volutas mentoladas de su cigarro, pudieron desdibujarlas.

           Verde y oro. Así fue ese paseo de media tarde entre las hojas aún vivas de los árboles que se cruzaron y los muros dorados de todas las calles. Hubo tiempo para sentarse en la plaza y para seguir conociendo del otro.

           Verde y oro. Llegaron hasta el borde del río y sentados sobre la hierba verde que como un extenso y calmo mar se perdía hasta el horizonte otearon, en la otra orilla, la ciudad  que engalanada de sus mejores joyas parecía ir escalando hacia el azul del cielo.

          Verde y oro. Y el tiempo pareció detenerse cuando se vieron envueltos en aquella suave brisa. Las palabras que brotaban en la mutua conversación se trenzaban en el aire mientras él disfrutaba de aquella escena única en que el sol iluminaba el cabello de ella volviéndolo invisible de puro brillo y, a la vez, arrancaba destellos que manaban, sin pudor, de aquellas esmeraldas situadas bajo sus cejas. No supo cómo pero él logró, sin cámara, fotografiar aquella escena para el recuerdo.

          Verde y oro. El sol cayó como todos los días y los colores se fueron confundiendo en una misma tonalidad oscura. Ahora fue en una pizzería donde el tono amarillo de las paredes combinó con los ingredientes verdosos de la pizza.

           Verde y oro. Todo termina hasta las horas que, en principio parecen largas, acaban devoradas por el paso del tiempo y aquel día llegó a las doce siendo enterrado sin sepultura material. Cuando él cerraba los ojos, ya recién aupado en el día siguiente, parecía que una niebla hubiera blindado sus recuerdos, todo salvo unos destellos que asomaban, acrecentándole el ánimo, en tonos verde y oro.

 

No puedo escribir...

No puedo escribir...

...estoy siendo devorado o, quizás mejor dicho, abducido por mis propias letras.

Tarta de queso

Tarta de queso

       Una receta sencilla para cocinar una tarta de queso, que sale rica y se hace en poco tiempo.

 

Ingredientes:

-4 yogures de limón

-8 cucharadas de azúcar

-2 cucharadas de maizena

-140 g de queso fresco

-2 huevos

 

Preparación:

-Batir todo

-Precalentar horno y ponerlo a 180 de 46 minutos

-Comprobar que está hecha si al pinchar con un palillo éste sale seco.

-Cubrir con mermelada de fresa

     Aconsejo un molde de silicona, esto evita que haya que untarlo con harina y mantequilla para que no se pegue y además hace que se le desprenda de manera sencilla.