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El búcaro de barro

Ni lo intentes

Ni lo intentes

  Si quieres cambiar de actividad y viajar hasta el sur de la península, concretamente a Cádiz. Si quieres aprovechar que este fin de semana, a pesar de las predicciones, no está cayendo ni una gota. Si te acercas al Castillo de Santa Catalina y tras contemplar ese paisaje único de la playa de la Caleta, te gusta la pintura de Sorolla y sus contemporáneos y quieres ver la exposición que hay en su interior:

¡¡NI LO INTENTES!!

       ....desde ayer viernes a las 14,30 la exposición está cerrada por un fallo en el aire acondicionado. ¿Tan difícil es encontrar a alguien que lo repare, durante el fin de semana, y evite paseos inútiles hasta el interior del Castillo a todos los que nos acercamos con la intención de ver esa muestra artística?

Crisis económica

Crisis económica

(Dibujo de elbúcaro)

¿Soñando?

¿Soñando?

             En cuanto notó el tacto acogedor del colchón sobre su espalda cerró los ojos.  El día le había resultado agotador y lleno de emociones. Había estrenado hoy un coche nuevo y había recorrido en él, lugares totalmente desconocidos. Y, además, se había encontrado a uno de su edad, al portador de los más hermosos ojos verdes que nunca había visto. Entrecerró los párpados para pasar revista a tan maravilloso día, pero cosa curiosa, todas las imágenes del día se le aparecían en blanco y negro, salvo en ese punto en que el verde esmeralda de aquella mirada inolvidable asomó frente a ella.

            En ese momento la puerta se abrió, apretó sus ojos y unas manos fuertes tras acariciarle levemente el rostro le arroparon con la manta. Aquel hombre descalzo, salio sin hacer ruido, entornando la puerta.  Se alegró de que su hija no se hubiera enterado de su presencia, se ponía insoportable cuando se despertaba por la noche, y es que tenía que estar cansada. Era el primer día que la habían sacado a pasear en su cochecito de bebé.

Desprendiéndose de la silicona

Desprendiéndose de la silicona

 

           Se había  dilatado en el tiempo la preparación de aquel ansiado momento. El notaba cómo sus formas iban adquiriendo firmeza ceñidas por el revestimiento de la silicona que lo envolvía.

            Ella lo admiraba deseosa, sin atreverse a tocarlo…todavía. Su mirada disfrutaba con aquel cambio que lo hacía tan ardiente. Un silencio de cristal invadía el aire.

            Al fin, la impaciencia de Ella contagió a sus dedos, inquietos y levemente torpes, que se acercaron a Él, quien se mantenía imperturbablemente estático. Con sumo cuidado y con todo un dechado de habilidad, lo desprendió de aquella vestimenta de silicona, dejando toda su piel al descubierto y a merced de su mirada golosa. El calor que irradiaba llegó hasta Ella, quien ya no pudo aguantar más y lamiendo, con la punta de la lengua, las comisuras de sus labios acercó su boca hasta Él.

            Hincó sus dientes y le arrancó un trozo, su lengua ardió por un instante pero, a pesar de eso, pudo saborear el sabor exquisito de aquel bizcocho, que acababa de hornear en el recién estrenado molde de silicona.

 

Nido vacío

Nido vacío

      Siempre me ha gustado especialmente la novela policíaca, especialmente cuando se trata de series en que el autor, en este caso autora, a medida que avanza la serie va perfilando de tal manera a los personajes, que se nos van convirtiendo en viejos conocidos a los que gusta reencontrar. 

       En este caso tenemos a ese personaje cuarentón, Petra Delicado, inspectora de policía que va haciendo de narradora de la historia y mostrándonos, incluso, sus facetas más íntimas. Su inseparable compañero de aventuras es el subinspector Fermín Garzón. Cuando lo leo no puedo dejar de imaginarme aquella serie televisiva protagonizada por Ana Belén y Santiago Segura. Es lo que tiene la imagen que ya dirige los personajes imaginados de la novela a retratos reales.

En este caso a Petra Delicado una niña le roba el bolso en un centro comercial, éste le es devuelto pero ha desaparecido su pistola. Una pistola que pronto será la protagonista de algunos asesinatos. Con pocas pistas empiezan a moverse y una trama de inmigrantes ilegales hará su aparición en un ambiente sórdido en el que nuestros personajes se verán envueltos y les influirá en sus vidas personales. 

El nuevo

El nuevo

 

-Hola ¿tú eres nuevo?

-Hola, creo que sí.

-¿Cómo que crees que sí?

-Sí, soy nuevo. Perdona es que ando todavía un tanto despistado.

-No te preocupes, suele pasarnos a todos al principio. Soy Cristina.

-Encantado, yo Adolfo. ¿Llevas mucho tiempo aquí?

-Sí, llevo ya bastante.

-Si te digo la verdad, no tenía muchas ganas de venir. Ya sabes, cualquier cambio que hacemos nos supone siempre una crisis. Y luego, me imaginaba esto tan aburrido…

-Ya verás como no, en seguida te adaptarás y lo pasaremos bien. Aquí, a cada momento, descubres algo nuevo.

-Uf, ¿qué me pasa? Me sucede algo extraño…

 

            Cristina se quedó sola, de pronto, y no pudo evitar un gesto de fastidio, mientras mentalmente musitaba: te esperaré…

 

-Enhorabuena doctor, he llegado a pensar, en algún momento, que habíamos perdido al paciente. ¡Ha logrado revivirlo!

 

Estirando los días

Estirando los días

       Soy afortunado al presentárseme la oportunidad, cuando ya hace tiempo que se me acabaron las vacaciones, que en un fin de semana pueda volver a hacerlas presente, como una isleta en la cotidianeidad laboral. Estos días son especialmente gratos porque el tiempo sigue acompañando y, sin embargo, el bullicio veraniego ha menguado mucho.

      He visitado el sur de la provincia de Cádiz y sentido la caricia del Levante, ese viento que hace revivir y adormila al mismo tiempo, aunque afortunadamente eran soportable sus embates y he conocido las ruinas de la ciudad romana de Baelo Claudia, situada casi en el extremo sur de la península, muy cerca de Tarifa.

Esta ciudad nació a finales del siglo II a de C., en su desarrollo pudo influir el comercio con el norte de Africa, sin embargo su principal riqueza fueron sus industrias de salazón del pescado y las salsas derivadas del mismo. La máxima importancia la adquirió en tiempos del emperador Claudio (41 a 54 d.C). Hay un centro de interpretación que permite hacerse una idea de la magnitud de aquella ciudad y luego se puede visitar el conjunto arqueológico y recorrer las calles. Es fácil imaginarse el bullicio en aquellas calzadas y, a la vez, disfrutar del paisaje y del color esmeralda del Atlántico que baña la cercana playa de Bolonia, sin duda, una de las mejores playas de todo el sur.

         Es interesante el conocer algo más aquellos antiguos pobladores de nuestro país. Por aquella zona había muchas fábricas de salazón, de origen fenicio y púnico pero que se desarrollaron con el imperio romano. Además aquellas proximidades al estrecho de Gibraltar es zona privilegiada de pesca gracias a la migración anual del atún que yendo a desovar al Mediterráneo tiene por allí su paso obligado. La pesca del atún en almadraba y su posterior tratamiento de conservación, en salazón fue la causa fundamental de la prosperidad de Baelo. 

            El pescado limpio y troceado, era salado en grandes piletas. Con los intestinos, cabezas, etc, se elaboraba el garum, salsa reputadísima en el mundo antiguo que se mezclaba con vino, aceite, miel... Además de como condimento se usaba con fines curativos. 

               Aquel lugar y aquel paisaje son dignos de conocer y visitar.

El lazo púrpura de Jerusalén

El lazo púrpura de Jerusalén

       El título del libro coincide con el de un especial ejemplar del Corán que el caballero Brian de Lasterra que se dirige a guerrear en las Cruzadas, deberá devolver a los musulmanes. En este viaje que realiza se verá inmerso en numerosas aventuras que tienen como detonante un importante y misterioso robo en la sede de la Orden Templaria en Londres. Una galería de personajes aparecen retratados en las páginas de este libro, unos heroicos, otros despreciables y algunos legendarios. Como en una variada película, veremos paisajes españoles y otros orientales y escenas de inusitada violencia y otras de elaborada ternura.

        Una intriga bien trazada por la escritura hábil de Jesús Maeso, donde se aúnan esas dos características que aparecen en todas sus novelas: un profundo conocimiento histórico y un manejo diestro del lenguaje que siempre permite el aprender e incluir nuevas palabras en nuestro vocabulario.

Daniel Pennac

Daniel Pennac

       Daniel Pennac es un conocido escritor francés y profesor de literatura. Si tengo que señalar uno de sus libros, citaré sin duda" Como una novela", un libro delicioso de animación a la lectura, que en menos de doscientas páginas y en un estilo de monólogo desenfadado intenta que el adolescente pierda el miedo a la lectura.

        En el último número de la revista "Qué leer", le hacen una entrevista a propósito de su último libro "Mal de escuela" donde de un modo autobiográfico escribe sobre el sufrimiento que experimentan los malos alumnos. Me ha gustado la respuesta a una de las preguntas que se le hace y por ello quiero reseñarla en este post:

"Los niños acaban confundiendo deseos superficiales con necesidades básicas. La publicidad se dirige a ellos desde que tienen dos años. Si tienen la desgracia de que sus padres sean de los que se dejan estafar por esa propaganda que les asegura que si no les compran un juguete determinado significa que no quieren a sus hijos, la situación puede volverse desastrosa. Yo les tengo que enseñar necesidades fundamentales, como estructurarse mentalmente, aprender a leer y a contar o estudiar las subordinadas. Los deseos del alumno son antagónicos a esta voluntad: los niños de hoy quieren consumir educación a la carta, como quien compra productos electrónicos".

Un extraño rostro

Un extraño rostro

 

           Durante mis años infantiles cada vez que me miraba al espejo, me sucedía algo inaudito y era que no reconocía ese rostro que me miraba, siempre con su pizca de curiosidad, desde aquel otro lado.  Aquel óvalo coronado de pelos envuelto en remolinos pizpiretos, salpicado de leves cejas, ojos oscuros, con un saliente narigudo y esa boca que ocultaba unos dientes atropellados, me parecía extraña y diferente a todas. Miraba a mi alrededor, a mi familia, amigos y a los que me rodeaban, claro que  los había guapos y perdidamente feos, pero eran caras “normales”. Pasaba un mal rato en esos momentos de contemplación obligada, que procuraba evitar, y reducir a cuando no tenía más remedio y no digamos, si por el azar o la necesidad aquel espacio del espejo lo compartía con alguien. No me podía engañar, de aquellos dos rostros que veía, el otro era totalmente normal.

 

            Esa sensación se me fue acentuando durante la adolescencia, en la que aquellas facciones perdieron sus redondeos infantiles y transformaron sus líneas, descompensándose, angulosamente, con la piel salpicada en granos. Aquello se convirtió en un círculo vicioso, me costaba reconocerme porque procuraba no mirarme al espejo y como no me asomaba no me acostumbraba a mi cara, se me olvidaba y cada vez que la veía era como quien se reencuentra con un perfecto desconocido, al que no se sabe qué decir.

 

            Hasta que llegó el momento en que me llamaron a filas, luego entendí lo de las filas, allí siempre estaba en una fila con alguien delante, detrás a la izquierda y a la derecha. En aquellos momentos de alineaciones aburridas yo seguía observando caras, allí si que las había variadas y de todas las formas y colores…  Debido a restricciones presupuestarias en los servicios del cuartel sólo había dos reducidos espejos para ciento cincuenta soldados que formábamos la compañía, por lo que es imaginable la dificultad y saturación que se originaba en torno a ellos. A la hora de afeitarme con una mirada, al mismo, de sólo 10 segundos retenía mi cara en la memoria y me desplazaba con la cuchilla a otro lado donde proseguía, huyendo de los golpes y codazos que se producían en aquellas aproximaciones al reflejo. Estos esfuerzos de memoria hicieron que al licenciarme ya retuviera mentalmente mi cara, me había habituado a ella y, desde entonces, se convirtió durante todo el resto de mi vida en algo acostumbrado. Ahora, cuando me coloco frente al espejo del peluquero, y me veo al otro lado con ese mandil blanco en torno al cuello ya me siento hasta cómodo. Incluso ese reflejo desvaído de los escaparates se me ha hecho simpático y al levantarme por las mañanas con los ojos semicerrados, yo diría que, en más de una ocasión, esa cara algo más arrugada que la que recuerdo de la mili, me esboza una sonrisa y me devuelve un guiño de cordial complicidad.

 

Va por ti

Va por ti

       Sí, ya llego este día de San Ramón, ornado con algunas nubes y brisa fresca, tan ansiado por los que somos veranófobos, como tú y yo,  y tan temidos por los docentes, ya que finalizan sus largas vacaciones y se les aproxima irremisiblemente el bullicio de las aulas. Pero ni tú ni yo nos dedicamos al muy noble arte de la enseñanza y, por distintos motivos, estamos deseando que este largo mes termine y el tiempo caluroso que acompaña al verano vaya iniciando su natural declive.

        Mañana lunes empieza septiembre y, poco a poco, las cosas irán volviendo a su "normalidad", lo que ya viene anunciado por los fascículos en las librerías y la ropa otoñal que va cubriendo, aún con cierto reparo, los escaparates. Pero para ti mañana no será cualquier día, será un día muy diferente en el que va a cumplirse ese sueño que te ha acompañado durante tantos años. ¡No, todos los días se cumple un sueño! Te ha costado mucho esfuerzo el alcanzarlo, especialmente durante los últimos meses en que tu vida se ha visto sumergida en una verdadera vorágine. Pero, al fin, mañana lo habrás conseguido. Gracias por hacerme partícipe de él y, de todo corazón, mi enhorabuena.

        Por eso en este post quiero que lo celebremos, saco las copas con el champagne y te digo: ¡va por ti!

Sólo un instante

Sólo un instante

       (Fotografía de Concha Arias)

       Sí sólo es un instante, diminuto en el tiempo, imperceptible para todos y tremendamente mío. Conduzco y me siento bien en esta burbuja que, a veces, creo con mis pensamientos. Dejo que mis ojos dominen todo mi ser y siento, contemplo y me emborracho de estos colores, de estas imágenes, que la naturaleza me brinda como si me hiciera un regalo sin merecerlo.

        No quiero pensar en nada ¿para qué? Ni en ese pasado que me hace encorvar las espaldas, ni en ese futuro que me encantaría dirigir y caminará, simplemente, por donde le dé la gana. Sí, mejor no pienso y sólo miro, este regalo, este presente, en el doble sentido de la palabra. Esta estampa apacigua mis instintos, acalla mis tristezas, despierta mi ternura...esa ternura onanista que difícilmente se puede compartir con nadie, porque sólo atisbaría algunos mínimos rasgos de lo que siento. Cabalgo sobre las nubes, navego sobre el verde de los trigales y explota en mi mirada el azul del cielo.

        El coche corre, el aire embarulla mi melena y me siento engañosamente libre. Me gustaría detenerme aquí, pero los demás coches me empujan, cada retazo del paisaje se fija en mi memoria y el retrovisor como una cesta de recuerdos, se ocupa de acercarme lo que dejé atrás. 

         Disparé la foto, congelé ese momento. Podré encontrar imágenes similares, incluso mejores, pero serán diferente a ésta, porque ésta era única, era sólo ese instante...

Maridos

Maridos

      Para pasar un buen rato y deleitarse con el lenguaje nos presenta Angeles Mastretta, la escritora mejicana, su último libro. Una serie de relatos en torno al matrimonio, están escritos haciendo verdaderas cabriolas con las palabras con un lenguaje rico en matices y con sorprendentes imágenes. Los relatos están tratados con un tono mezcla de humor y ternura lo que hace que las historias contadas, algunas objetivamente duras, de amores y desamores se acerquen, sin esfuerzo, al lector. Si pudiera elegir mi forma de escribir, me gustaría escribir como ella.

     "Tenía cincuenta años y aún el cuerpo estremecido de los veinte. A diario se preguntaba qué hacer con ella y sus deseos, tan fuera de lugar, llamándola a querer el sol sobre su cuerpo, una ola mojando sus piernas, la piel de un hombre ajustándose a la suya, sin más.

       Había llegado a la edad del desencanto y no podía evitarlo, quería volver a la imposible edad en que la piel no le teme al desaire y todo-un colibrí, un pantano, un clavel, un torero, una alcachofa- puede erizar los recuerdos, convocar el deseo y hacerla ir tras él sin otro temor que el de no hallarlo.

        De repente quiso ir al irresponsable ayer movida por su contemporánea certeza de que la única fidelidad se la debía al cuerpo que habitaba sus deseos. Quería la cintura de los diecisiete, los muslos de los diecinueve y el pubis libertino de los veintitrés. Quería un novio aunque fuera utopía, velado por la edad, el rumbo de las cosas y el rumbo que le había dado el azar a su vida. Hasta perdonó al marido, que la dejó para dormir con alguien menos complicado".

     

El lado oscuro del amor

El lado oscuro del amor

     Una historia impresionante la escrita, en más de ochocientas páginas, por Rafik Schami, químico y escritor sirio afincado en Alemania. Con el fondo de la ciudad de Damasco aparece la historia de amor entre Farid y Rana. Una historia de pasión imposible que se sucede durante años. Conocemos los antecedentes y las intrincadas historias de los pesonajes de sus familias de procedencia: el Clan Mushtak y el Clan Shahin, que a lo largo de décadas se entrecruzan en una larga crónica donde el odio mutuo parece presidir sus relaciones.

      Dentro de esta gran narración, aparecen otras pequeñas historias de personajes secundarios que aparecen y aderezan la narración con sus amores, sus ilusiones, sus fracasos o sus muertes. Nos encontraremos con la vida cotidiana de Damasco, con las distintas culturas que conviven, con mujeres que no pueden elegir su destino, con gente despreciable, con momentos emocionantes y otros que nos harán un nudo en la garganta.

       Una historia bien trenzada y muy bien documentada. Ayuda a leerla la multitud de capítulos, más de trescientos, cuyos títulos centran lo que vamos a leer y dan una cierta agilidad a la narración. Una grata sorpresa la lectura de esta novela.

Eclipse de luna

Eclipse de luna

      Esta noche cuando iba caminando por la calle, se me acercó una señora y me dijo: "Cuando llegue a esa esquina fíjese a la derecha y mire al cielo y verá que precioso eclipse de luna hay". Agradecí esta espontánea información de la desconocida y pude contemplar en el cielo como el brillo de la luna llena quedaba tamizado por dicho fenómeno. Saqué esta foto a las 23:36 y ahora la comparto con vosotros.

      Pensaba, que si fuéramos capaces  y sensibles de detenernos y mirar más a menudo hacia el cielo, probablemente nos iría mejor en la tierra.

A pesar de...

A pesar de...

...los días de calor sofocante, de los mosquitos, de las gastroenteritis, de los atascos en carretera, de la masificación turística, de la ausencia de aparcamientos, de las jaleosas-sosegadas vacaciones, de la pésima televisión, del sudor pegajoso, de las vestimentas horteras,...

...el verano tiene algunas estampas como ésta de ayer de las que vale la pena disfrutar. ¿Se nota que se me han terminado las vacaciones y estoy deseando que lleguen ya esos días encantadores del otoño?

El consuelo

El consuelo

      Primera novela que he leído de la autora francesa Anna Gavalda, tras leer su libro de cuentos "Quisiera que alguien me esperara en algún lugar" y no me ha decepcionado. Narra la historia de Charles Balanda, un arquitecto de 46 años que recibe la noticia que Anouk, una mujer muy especial de la que estuvo enamorado, ha muerto.

      Este será el detonante para que esa crisis de la madurez, que está viviendo, aflore. Iniciará un viaje interior y exterior intentando recuperar esas cosas que vivió con tanta intensidad y que los años hizo que quedaran por el camino. En este viaje descubrirá personas y situaciones que nunca imaginó y que, sin duda, a partir de ahora marcarán el resto de su vida.

     Es una novela cargada de humor y ternura en la que es imposible que los personajes no se hagan simpáticos, a pesar de sus miserias y lo perdido que se encuentran en el mundo que les ha tocado vivir. El estilo es ágil y vivo y envuelve entre esa mirada interior continua del personaje y todo lo que le va sucediendo.

De perdones y enmiendas

De perdones y enmiendas

       Se está convirtiendo en habitual que determinadas personas se dediquen a pedir perdón, públicamente, por tropelías realizadas por la entidad que representan, a veces siglos antes. A mi ese tipo de perdón, cuando lo oigo me parece tan vacío como carente de sentido. Claro que tiene sentido y valentía una petición de perdón pero cuando la hace, arrepentido y personalmente, aquel que ha cometido la falta. En los demás casos, ni estamos viviendo aquella época, ni uno se puede arrepentir de algo que haya hecho otro, en todo caso le puede parecer mal, como nos puede parecer a los demás

         Pero hay algo unido al perdón y que sí puede tener sentido el actualizarse: el deseo de enmienda.  Cierto que no vamos a corregir hechos acaecidos en épocas remotas, pero sí que se puede desde el lugar que ocupamos hoy en el mundo, enmendar, poner los medios, corregir y enderezar aquellas situaciones injustas en las que podamos tener parte de responsabilidad. Con ello nos sentiremos mejor con los otros y nosotros mismos y evitaremos que dentro de unos años a algún descendiente nuestro se le ocurra la feliz idea de pedir perdón por algo que nosotros hicimos.

Aquel verano del 75

Aquel verano del 75

        El otro día, viendo una antigua foto, me trajo recuerdos de esos otros veranos que fueron diferentes. Trasladándome con la memoria en la máquina del tiempo a la playa de la Victoria de Cádiz tan parecida en mar y arena y tan diferente en todo lo demás a la actual playa.

 

            La playa estaban llenas de casetas, unas de mamposterías que siendo minúsculas, la décima parte de un piso de los de la ministra Trujillo hacían su avío, ya que tenían su ducha y en sus perchas se podían acumular la ropa de treinta personas, incluso. Las otras casetas eran las llamadas de madera y que en colores blanco y rojo se extendían al borde de la arena. Estos minirecintos estaban numerados y el número venía bien para localizar a los amigos que siempre se ponían en la misma zona de la playa y en torno a uno de los poseedores de una caseta. El ecuador de la playa lo constituía el Hotel Playa y el horizonte lejano la playa de Cortadura.

 

A lo largo de la playa había carteles que indicaban “Prohibido desvestirse en esta zona” y la policía municipal, entonces no eran locales,  se encargaba de que se cumpliera multando a quien tuviera el atrevimiento de quitarse la camisa en la arena.  Ese era un modo también de engordar las arcas municipales ya que el sitio oficial de cambiarse eran las llamadas “galerías”, perfectamente separadas las de caballeros y las de señoras, que eran dirigidas por unas señoras que tenían el sobrenombre tan feo de “bañeras”. Los bikinis no eran nada habituales e incluso mientras nuestros padres se tomaban un "Valdepeñas con Casera" en el bar Ramón, escuchábamos hablar a nuestras madres al respecto: “Esa mucho hablar y luego sus hijas son de las que se ponen bikinis”. Los adolescentes de aquella época no entendíamos que extraña mácula podría caer sobre una familia por el hecho de que sus hijas enseñaran su ombligo. Sólo recuerdo la osadía de una extranjera que, desconociendo en que tipo de playa se hallaba, se desprendió de la parte superior del bikini y estuvo a punto de originarse un tumulto ciudadano. Gritos e improperios y exclamaciones de “qué hay niños delante” hicieron que en pocos minutos aquella visión sorprendente de aquellos orondos pechos se convirtiera en un espejismo.

 

En torno a la caseta a la que yo iba todos los días, se ponían mis amigos y entre baño y baño echábamos partidas de cartas. Nuestras reuniones eran netamente masculinas estábamos en esa edad que nos apetecía tanto relacionarnos con el género femenino , como dificultades y poca costumbre teníamos para hacerlo. De hecho en la caseta de al lado la reunión era netamente femenina. A medida que transcurría el verano, las barreras fueron cayendo hasta que decidimos salir todos juntos cuando ya el verano languidecía ¡el veintiocho de agosto! No hubo discusiones a cada uno nos gustaba una de aquellas jovenzuelas. El más osado de mi pandilla enseguida se ennovió con una…a estas alturas sigue soltero. A mí había una que me llevaba a maltraer, pero el día uno de septiembre se marchó para Madrid donde vivía y aquel efímero amor se disolvió en la distancia. Siempre la recuerdo con cariño y desde entonces nuestros caminos se han cruzado sólo un par de veces, una hace veinte años en que quedamos a merendar en una cafetería de Madrid y recuerdo que su llegada en el coche oficial, su padre era general, me impresionó. La última vez que la vi fue hace un par de años donde al entrar en la farmacia madrileña en la que trabaja, bajo aquel pelo rizado y canoso y nuevas arrugas, no me costó reconocer aquella sonrisa que treinta y un años antes me había encandilado a lo largo de todo un largo y maravilloso verano.

La extraña

La extraña

     Último título que he leído del escritor húngaro Sándor Márai, pero al contrario que los otros que he leído de él, éste no me ha gustado y me ha costado llegar al final. Siempre he admirado en sus libros el dominio de la palabra y esa capacidad que tiene para la introspección de sus protagonistas en las que logra dibujar con trazos maestros el interior del alma humana.

     En este caso, el personaje, Viktor Askenasi, un profesor, en esa frontera que le va acercando al medio siglo, aparece retratado con distintas mujeres como Anna, su mujer o Eliz, la bailarina con  la que comienza a dar un vuelco a su ordenada vida no son más que piezas de un puzzle gigantesco en su desesperada búsqueda interior. Una búsqueda cuya lectura se me hizo lenta y pesada.

       "Le pareció que el matrimonio era una cosa completamente impúdica.  "Con Anna no se pueden hacer esas cosas-pensó a modo de disculpa, casi asustado-,el matrinomio no está hecho para eso. Sólo se pueden hacer con una desconocida. Pero con alguien que lo sabe todo de nosotros, no se pueden hacer cosas así; sólo se podría hacer mientras fuera una desconocida..."   Se acordó de lo mucho que había amado a Anna, todo lo que habían hecho juntos en los primeros años de su matrimonio, en aquel dormitorio, mientras aún eran unos extraños, mientras aún había un cierto misterio entre ellos. Al desaparecer el misterio comenzó el pudor. Habría querido ponerse el abrigo, tanto frío sentía en aquel gélido ambiente. "Anna también ha de sentir frío",  pensó y extendió la mano para colocarle mejor el chal que llevaba sobre los hombros, pero ella se apartó."