El cerdo insatisfecho
Un cuentecillo que me ha llegado hoy por correo electrónico y que comparto con vosotros:
Un cuentecillo que me ha llegado hoy por correo electrónico y que comparto con vosotros:
El fallecimiento ayer de un familiar ha hecho que hoy haya pasado parte del día en el cementerio. Alboreaba el día y mientras los rayos del sol desgarraban unas nubes negras yo estaba ante la verja cerrada del cementerio. Acompañaba a un familiar en la triste ocasión de exhumar los restos de su padre. Las carreteras de alrededor, habitualmente atestadas, estaban a esta hora solitarias y silenciosas y sólo un viento suave con cierto olor a lluvia nos envolvía. A los pocos minutos una moto se detuvo junto a nosotros y de ella bajó quien luego me enteré que era el enterrador. Abrió la verja y entramos en aquel recinto marmóreo, florido y mudo. Un hombre bajito de aspecto espectral, que llevaba una bolsa en la mano, y con toda la pinta de haber dormido allí nos dio los buenos días. Al poco llegó el jefe del sepulturero uniformado con una bata azul y nos dirigimos hacia donde estaba situado el nicho.
Allí había sido colocado un tablón sobre dos caballetes alzados en unos desvencijados ladrillos, un lugar que no resistiría una inspección de prevención de riesgos laborales, y donde el sepulturero armado de un martillo se subió. Alzado en aquel pedestal aprovechó para desenfundar un cigarrillo y poniéndolo entre sus dedos con la otra mano martilleó hasta abrir el nicho. Entonces fue cuando me vinieron a la memoria las palabras de la poesía de León Felipe:
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Quitó los restos de los escombros y posteriormente poniéndose unos guantes de goma de los que se usan para fregar fue sacando los restos y metiéndolos en una bolsa gris donde ponía el título de "Restos anatómicos". Se dejó vacío el nicho y salimos a la salida por aquel pasillo ornado de tantos recuerdos y lágrimas secas.
Cuatro horas más tarde volvimos por allí ahora al entierro. El tráfico ahora era denso. El cielo estaba casi oculto en nubes negras. Y el cementerio seguía vacío. El encargado con la bata azul que ya conocía esperaba en la puerta y cuando llegué a la tumba, que ya conocía, allí estaba el sepulturero, nervioso, porque el ataúd se estaba retrasando. En voz alta, para que lo oyéramos, se quejaba de que eran la una y cuarto de la tarde y su jornada terminaba a la una. Al fin para su tranquilidad llegó el ataúd y el séquito de familiares. Volvió a sentirse protagonista sobre aquel tablón y por ello sería que encendió otro cigarrillo. El cielo como queriendo apagarlo empezó a soltar agua, primero poco a poco y luego a chorros. Entre los dos operarios metieron el ataúd en aquel agujero negro. Mientras el suelo se mojaba de lluvia y lágrimas, el sepulturero acabó de poner cemento. Salimos despacio chapoteando por aquel suelo desigual y me acordé, al atravesar la verja mientras el sepulturero se iba contento a comer, de aquel otro poeta que dijo: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!
Hoy me han dado un escrito en el que me reconocen el sexto trienio. Dieciocho trabajando en la misma empresa en trabajos muy diferentes, haciendo unas funciones que nunca imaginé que iba a desarrollar. Yo estaba ilusionado por la enseñanza pero las circunstancias me condujeron hasta donde estoy hoy. Al principio me resistía a ello e incluso después de aprobar oposiciones me dedicaba a estudiar mi vocación frustrada, hasta que los años, el poco tiempo o, tal vez, el realismo me vencieron. Pero como el otro día le decía a una antigua compañera, que empezamos juntos y ahora vive en otra ciudad. ahora vivo en una etapa laboral que no la cambiaría por otra. Me gusta y disfruto con lo que hago, me permite organizarme cotidianamente, tratar con la gente, sentir que lo que hago vale la pena y, algo muy importante, sonreir varias veces a lo largo de la mañana.
Entre la variedad de cosas que hago esta mañana sin ir más lejos:
-Le traduje una carta en francés a una señora aclarándole lo que le pedían.
-Le di la enhorabuena a uno que vino a hacer una gestión, porque su mujer está embarazada. Se enteró el mismo día, tras una espera de tres años en que los han llamado de la seguridad social para la fecundación in vitro. Y acaba de cobrar el permiso de maternidad tras la adopción de una niña china con la que están encantados.
-Regué una maceta de flores amarillas que me he llevado para animar al fichero, que últimamente lo veía muy serio.
-Le rellené a uno que no sabe leer un papel para solicitar asistencia jurídica gratuita.
-Felicité a la que me soluciona en el banco los problemas laborofinancieros desde hace más de cinco años y que la semana que viene se casa.
-Informé a uno que había estado "en el colegio" (eso me dijo él, aunque bien sabía yo la de rejas que tiene ese colegio) de qué trámites tenía que hacer para poder cobrar algo.
-Aconsejé a un matrimonio maduro que reclamaran en el banco el dinero de su madre fallecida y que les habían bloqueado.
Todo ello en un edificio en que hace un par de días éramos nueve y ahora sólo quedamos dos, esta mañana yo sólo pues mi compañero estaba de permiso. Tampoco tuve tiempo de sentir la soledad, de vez en cuando, detenía la maraña de papeles que tenía entre manos y me sentía acompañado al oir la respiración de mi flor.
El otro día desde fuera de nuestras fronteras me recomendaron un libro de título seductor: "La grammaire est une chanson douce" (La gramática es una canción dulce), porque pensaban que me podía gustar. Estuve buscando en España dicho título pero no me aparecía por ningún sitio, hasta que me di cuenta que lo habían traducido con un título diferente: "La isla de las palabras". Un libro muy vendido en Francia pero que también varía en precio pues si allí de bolsillo sale por 5 € la edición española en la editorial Salamandra sale por 14,50 €.
El autor, Erik Orsenna, es miembro de la Academia Francesa y ha recibido, entre otros, el prestigioso premio Goncourt.Es un libro que se lee fácil y de no muchas hojas, yo lo he intercalado entre las páginas de otro que me estoy leyendo y aunque está aconsejado para niños a partir de nueve años es adecuado para todo los que disfrutamos con las palabras. Juana y su hermano Tomás naufragan y llegan a una isla, pero a pesar de haber sobrevivido no consiguen hablar. Allí conocerán al señor Enrique que les guiará hacia la ciudad de las palabras donde estas habitan como seres vivos e incluso se casan con otras palabras para formar frases. Me ha gustado este librito aunque creo que el argumento podría dar más juego y extenderse más, se hace corto.
¡Qué nunca falte el hilo suficiente y las ganas de coser!
Esta mañana salí a la calle temprano a comprar unos churros. Todo estaba silencioso. Los domingos cuando el amanecer acaba de pasar parece que ha derramado unos polvos mágicos que adormilan toda la naturaleza. La calle estaba vacía y los tenues rayos del sol intentaban lamer la humedad nocturna del techo de los coches. Mirando hacia la playa veo la bruma que está levantando coloreando de un azul plomizo las aguas del mar. Me cruzo con algunos paseantes acompañados de perros sueltos y jaleosos que corren perdidos sin saber muy claro hacia dónde. Una señora coja me da los buenos días mientras su cuerpo bascula de uno a otro lado con esa tranquilidad de no tropezar, en ese movimiento de vaivén, con nadie debido a la soledad de la acera.
Pero un rumor sordo envuelve el ambiente, hay algo que no soy capaz de captar en medio del ese silencio un cierto temblor del aire, una fuerza que se oculta a mi alrededor. Al fin noto lo que es, al acercarme a unos árboles sus ramas desnudas están cargadas de una pelusilla que anuncia el despertar de la naturaleza en unos días. En esta zona sureña de muros encalados y vientos cálidos la primavera está a punto de entrar. Al llegar a casa voy a la terraza donde en medio de las macetas tengo una a la que tengo un especial cariño, su primera flor, de un amarillo brillante, me saluda desde su carnosa ramilla.
Un rayo de luz travieso que surcó las rendijas de las persianas le dio a Ella en los ojos e hizo que se despertara. Giró sobre la cama su cuerpo desnudo huyendo del puntual resplandor. Había descansado bien y notaba la próxima llegada de la primavera en un ansia interior que se reflejaba en su piel erizada. Estiró su brazo derecho y le alegró notar que El estaba cerca. Al notar el contacto de su piel, sus dedos coronados en uñas cortamente afiladas con una cuidada manicura, parecieron adquirir alas sobre El. Lo fueron recorriendo, arriba y abajo, jugando en aquellos recovecos que formaba su piel y notando como, poco a poco, se iba estirando. Le gustaba sentir como crecía entre sus manos y como aquel cuerpo tan próximo a Ella respondía a aquellas caricias matinales. Siguió un buen rato con ese particular juego, mientras la mano izquierda se ocupaba en dibujarse su propio cuerpo. Le gustaba, también, sentir esa euforia primaveral con que su recortado vello púbico o sus sobresalientes pezones saludaban a sus caricias.
Aquel rayo primigenio se derramó ahora por la habitación iluminándola con el resplandor naciente de una mañana viva. Su mano izquierda rodeaba suavemente una peca en su barriga de la que se encontraba muy orgullosa, mientras su mano derecha ocupada en aquel cuerpo, llegó a ese lugar que, siempre, a ella le gustaba especialmente palpar. Su mano hurgaba, gustaba, sentía….hasta que se dio cuenta de algo…El tenía el pelo demasiado largo y de esta tarde no pasaba que lo llevara a ese peluquero canino que tan primorosamente dejaba a los caniches como el suyo.
Dice la razón: Busquemos
la verdad.
Y el corazón: Vanidad.
La verdad ya la tenemos.
La razón:¡Ay, quién alcanza
la verdad!
El corazón: Vanidad.
La verdad es la esperanza.
Dice la razón: Tú mientes.
Y contesta el corazón:
Quien miente eres tú, razón,
que dices lo que no sientes.
La razón: Jamás podremos
entendernos, corazón.
El corazón: Lo veremos.
(Antonio Machado)
Cuando se estudia Procedimiento Administrativo se estudia el desestimiento que uno de los modos de finalizar cualquier procedimiento . Es decir, que el interesado desista de seguir, ya porque no pueda o ya porque no le interese. Algo así tendré que hacer unos días con el blog, desistir de escribir en él.
Desde aproximadamente una semana tengo un problema en mi PC , empieza a hacer cosas "raras", hasta el extremo de que salen de él correos que no he escrito y mi messenger chatea con gente a las que yo no soy el que escribe . Temo que ocurra como en "2001 una odisea del espacio", donde el ordenador de la nave se hace con el mando de ella y, de manera similar, yo pueda perder el mando de este artilugio . Aunque más bien me inclino porque algún indeseable haya hecho de las suyas a través de un método que desconozco. Por todo ello, antes de que la cosa vaya a más, a partir de mañana voy a llevar el ordenador a un informático para que me lo chequee. Ello me obligará, no sin cierta pena, a apartarme de este mundillo hasta que dentro de unos días pueda tenerlo, una vez arreglado, de nuevo en mis manos.
Tu sonrisa interrumpió mi rutina laboral. Hacía tiempo que no venías a verme y te noté especialmente guapa. Entonces recordé que me dijiste que te habías quedado embarazada y esa hermosura, que siempre producen los embarazos, era la que desprendías. Tu barriga de seis meses, no muy grande, ya empezaba a redondear y me confesabas tus miedos acompañados de esperanzas, siendo como es el tercero y llevándose catorce años con el hermano que le precede.
Venías a que te orientara respecto a una vieja deuda, que por motivos laborales, le pusieron hace diez años a tu marido y que ahora de nuevo había asomado sus afilados dientes y temías que los hincara sobre una de las cosas que más quieres, tu casa. El verdadero culpable de aquello, un antiguo jefe de él, se desentendió del tema y ahora cae, como una pesada losa, sobre vuestra familia, aunque tu estás segura de que hay Alguien arriba que tiene paciencia para dar a cada uno lo que se merece. Por lo que me contaste las cosas no estaban nada bien al respecto y dudaba que más recursos sirvieran para nada, por eso lo único que cabía es pactar una forma de pago adecuada.
Seguiste tu camino a hacer nuevas gestiones en busca de nuevas ideas con la que aminorar el efecto del problema y me dijiste que me tendrías informado de las gestiones que fueras haciendo. Cuando te alejaste, no pude menos de envidiar esa vitalidad que encierras en esa menuda figura y que, cual el ave Fénix, te hace resurgir, una y otra vex, de las cenizas aunque sea por la necesaria supervivencia de los tuyos de la que eres el verdadero motor. Tu hijo llegará en a una familia que no está nada boyante económicamente, pero puede estar seguro de que tendrá una madre que aparte de quererlo, lo sostendrá. lo apoyará y lo defenderá con uñas y dientes.
Hay palabras que, de pronto, la actualidad parece que las hace surgir de la nada, algunas prácticamente en desuso y otras inexistentes. Entonces se convierten en parte nuestra habla común, por ejemplo: insurgentes, tripartito, género, … y llegan, en ocasiones, a resultar un tanto jartibles.
Eso ha pasado recientemente en Cádiz con la palabra ALCORQUE, una palabra de posible etimología árabe y de la que poca gente conocía su significado. En el diccionario de la Real Academia Española se define como: "Hoyo que se hace al pie de las plantas para detener el agua en los riegos".
Todo se ha iniciado al peatonalizar una de las calles del centro de Cádiz que es paso habitual de los desfiles procesionales. La antigua carretera del centro de la calle ha desaparecido y una vez enlosada se han puesto a lo largo de todo el centro una serie de alcorques donde irán colocados los árboles. Ese ha sido el detonante para que muchos se hayan echado las manos a la cabeza por el gran disparate urbanístico que ahora obligará a las procesiones a pasar por el lado de la calle, en vez de por el centro. Ello ha originado reuniones de distintos colectivos, artículos periodísticos, visitas a las obras con fotos incluidas, intercambios de opiniones al respecto y posicionamientos a favor y en contra de los citados alcorques. Ya sólo queda la convocatoria de una manifestación por el paseo de la Castellana de Madrid.
Que verdad es ese refrán español que dice “Cuando el diablo no tiene nada que hacer se dedica a matar moscas con el rabo”. Si algunos estuvieran más ocupados probablemente la gran mayoría de los gaditanos seguiríamos desconociendo el significado de dicho vocablo. ¿O tal vez debíamos estarles agradecidos por enriquecer nuestro vocabulario?
(en la imagen una foto de uno de esos alcorques sacada en la clandestinidad y nocturnidad)
El nació el día en que se cumplieron, con exactitud milimétrica, los nueve meses de embarazo. Desde pequeño se comportó como un niño modélico en todos los sentidos y con los años fue creciendo su fama de responsable. Sus notas fueron siempre excelentes y aquel brillante currículo le abrió las puertas de un buen trabajo.
Pero un día El se encontró con Ella y aquel sólido edificio de su responsabilidad, que tanta seguridad le había dado siempre, comenzó a tambalearse. Al principio los temblores eran casi imperceptibles pero más adelante se convirtieron en fuertes sacudidas que amenazaban con desmoronar su edificio interior. El comenzó a asustarse. Ella desde su privilegiada atalaya no dejaba de observarle entre pícara y divertida. Al fin, no pudo más y El decidió enfrentarse con Ella, la vida real, y preguntarle que por qué había irrumpido en su existencia de esa manera y no le permitía seguir “tan normal” como siempre y seguir siendo tan responsable y consecuente. Ella le habló despacio, no quería asustarlo demasiado y le aclaró que no todo era tan simple como El siempre había pensado y que no podía ser tan “perfecto”, que precisamente era un signo de madurez que, ahora, se hubiera dado cuenta de ello
Salió de aquella charla tan mudo como reflexivo pero empezó a atisbar, aunque reconocerlo le doliera, que Ella tenía razón y que debía aceptarse con todas y cada una de sus múltiples imperfecciones. Larvadas, ocultas, pero que aunque siempre se negó a reconocerlas, habían estado ahí.
Fue, entonces, cuando se dio cuenta que lo único que debía hacer, a partir de ahora, con su vida, era transformar el tiempo del verbo y pasar del pretérito perfecto al futuro imperfecto.
Todos sufrimos las consecuencias de los advenedizos, de esa gente no habitual y que razones o circunstancias con las que no estamos de acuerdo la traen a nuestro ambiente habitual con las correspondientes molestias. Es el caso de quien durante todo el año pasea cotidianamente por la playa con la única compañía de las gaviotas y llegado el verano, los advenedizos, la copan impidiendo dar un paso sin pisar a uno de ellos o las cáscaras de pipas que derraman sobre la arena. O el del seguidor de un equipo de fútbol modesto que hasta cuando estaba en los últimos puestos de la tabla acudía a animarlo, pero en cuanto ese equipo está al borde del ascenso, los advenedizos en tropel saturan las gradas y cuando llega tiene que quedarse en la puerta sin ver el partido. O el del creyente que acude dominicalmente a su misa, pero que hoy ha coincidido con la boda de una "celebridad", los advenedizos empinados por ver el vestido de la novia le impiden acercarse y ver siquiera el campanario. O el del que cada domingo compra durante años el mismo periódico,pero hoy regala un gorro de lana, un curso de inglés y un juego de vasos de bohemia, por lo que cuando se acerca al kiosco solo encuentra el estante vacío mientras los advenedizos cargados de los regalos se acercan a la papelera más cercana a tirar el periódico.
Muchos y variados casos de estos advenedizos podríamos citar, pero hay un caso peculiar. La de esos que entran en nuestra vida como saliendo de debajo de las piedras y que tras dejar huella de distinto tipo, más o menos profundas, un día sin que sepamos como se convierten de nuevo en advenedizos...pero en otro lugar, por lo que desaparecen. Ya que, en general,nos molestan tanto los advenedizos, quizás sería cuestión de plantearse en que casos formamos también nosotros parte de ese peculiar colectivo.
No soy muy aficionado, en general, a las labores domésticas. A pesar de ello, muchas de ellas forman parte de mi cotidianeidad, sin embargo hay otras que raramente hago. Eso es lo que me pasa, por ejemplo, con el hecho de coser botones. Aprendí, tras un cursillo intensivo que me dio mi madre, cuando me fui a estudiar fuera de casa y me pasaba meses sin ir. Me resultó muy práctico durante años, especialmente en el servicio militar donde otros compañeros menos avezado, distraían los ojales de las camisas con unos clips. Después se ha convertido en algo poco habitual...hasta hoy.
Necesitaba coser dos botones, uno en un pantalón y otro en una chaqueta. Lo primero fue localizar la caja de costura lo que no resultó demasiado complejo. Otra cosa fue buscar los hilos adecuados. La caja tendrá como treinta hilos de distintos colores, pues precisamente los dos tonos de verde, que necesitaba, se encontraban agotados. Así que me tuve que conformar con tonos relativa y discordantemente similares. Luego vino lo peor, cuando observé que la habitual dificultad para enhebrar la aguja se había acrecentado porque desde la última vez que la usé el agujero de la aguja había disminuido de tamaño. Así que el enhebrado en vez de a ojo tuve que hacerlo prácticamente al tacto. Labor ardua, pero que finalmente conseguí. La tela era gorda y los empujones por detrás a la aguja me ocasionaba algún que otro pinchazo y el que cada vez saliera por un punto diferente de la tela. Al atravesar el sentido opuesto tampoco se libró mi dedo de leves y sutiles pinchazos. Finalmente logré tener los dos botones colocados, el hilo disentía del de los otros pero nadie se iba a fijar en ello, así como en que tampoco guardaban una perfecta alineación.
A pesar de haber conseguido el objetivo pensé que para otra vez me compraba la chaqueta con cremallera, pero ¿no iba a resultar un poco rara?
Frente a mi centro de trabajo se levanta una torre donde se han instalado, de modo permanente, unas cigüeñas. Se han acostumbrado al tiempo de aquí y no les debe valer la pena eso de emigrar a otras latitudes, a riesgo de que alguna otra le usurpe su acogedor nido, por lo que no tenemos que esperar, como antaño, a San Blas para verlas. Sus figuras estilizadas planean continuamente por los alrededores recorriendo torreones y alturas cercanas, acariciando las calles con sus sombras.
Siempre que las veo me acuerdo de un compañero al que conocí en Zaragoza que, como era millonario en minutos y aficionado a las aves, se dedicó en un cuaderno a hacer un estudio pormenorizado sobre las cigüeñas de una chimenea cercana. A veces, a la hora del desayuno ya no estaba y había iniciado sus observaciones que recogía fielmente, con croquis incluido, en aquel cuaderno. Luego me presentaba sutiles coincidencias, como que hacía una semana en que una de aquellas cigüeñas había dado una vuelta a una torre cercana a las 9,15 h, cosa que había repetido ese día. El colmo fue cuando, no conforme con aquel estudio a distancia, decidió aproximarse. Para ello tuvo que hablar con una vecina cuya azotea estaba muy próxima a la chimenea y allí montó su punto de observación consistente en tres palos de metal formando un trípode sobre lo que deslizó una sábana vieja previamente teñida en una solución concentrada de café, según su teoría el blanco asustaba a las cigüeñas más que color café. A la sábana le hizo un agujero por el que introducía la cámara con un teleobjetivo que pacientemente dirigía hacia aquel nido rompiendo la intimidad de aquella familia, ahora aumentada por el nacimiento de varios cigüeñelos. Aquella mirada curiosa, casi mimosa, asistió a la educación inicial de los mismos por parte de sus padres, pero cuando estuvo a punto de llegar el momento cumbre en que estos alzan el vuelo por primera vez, nos tuvimos que marchar de Zaragoza. Cuando pasamos por debajo de la chimenea mi compañero echó una última mirada, cargada de tristeza, hacia arriba. No sé si será cosa mía pero me pareció escuchar el característico sonido del pico de las cigüeñas que le decían adiós.
Nos conocimos hace ya varios años, en una época en la que ninguno de los dos peinábamos canas, aunque ella por milagros de la técnica no las peina todavía, en un autobús que circulaba a esas horas imposibles de las 6,30 de la mañana. Vivimos en poblaciones cercanas, unos 20 km. Ella subía después que yo ya hubiera recorrido el trayecto que nos separaba. Los dos trabajábamos en la misma ciudad. Aquel viaje repetido cotidianamente, durante varios años, en aquel viejo autobús que nos obligaba a tener el paraguas abierto en su interior los días de lluvia, nos fue acercando. Y en medio de aquel silencio bañado sólo por el sueño ambiental, una machacona emisora con el programa de Onda pesquera y la charla desparramante de un carpintero ligón que siempre dejaba su asiento libre a la espera de alguna “presa”, empezamos a charlar y nos fuimos haciendo amigos. A ambos nos dieron traslado a nuestras localidades casi a la vez, y temí durante unos días, que desapareció, que no volviéramos a contactar, pero un par de días antes de que nuestros viajes se interrumpieran para siempre intercambiamos nuestros números de teléfono. Desde entonces, ese sigue siendo nuestro modo de contacto, pues en todos estos años con prometidos y nunca cumplidos deseos de visitarnos, sólo nos hemos llegado a ver una vez, brevemente, en un centro comercial.
Ayer estuve hablando con ella, que se recuperaba de una reciente operación de cierta importancia. Estaba un tanto alicaída, en sus años de trabajo ha tenido mucho contacto con la enfermedad, es ATS, pero me decía que cuando la enfermedad te toca a ti misma, es diferente. Es como si el mundo se detuviera y siente que todo lo que sabes sobre medicina no sirve para nada, o peor te perjudica porque te hace dar vueltas a tu cabeza en unos registros a los que el desconocimiento nunca te llevaría. Creo que tengo ahora un buen motivo para recorrer esos pocos kilómetros que nos separan y vernos después de tantos años.
Siguiendo la invitación doble de Candela y Tana, paso a citar mis cinco extraños hábitos, que tanto se están leyendo ahora por los blogs:
1) Desde los trece años, escribo siempre con bolígrafo negro y no utilizo nunca el azul. Incluso cuando dibujo me gusta sombrear con bolígrafo de ese color.
2) Cuando me siento en cualquier fila, procuro siempre hacerlo en el pasillo. Eso es reminiscencias de sentarme en los autobuses, donde al no entrarme las piernas con el asiento de delante debo sacarlas siempre hacia el pasillo.
3) Hay telas cuyo tacto se me hace insoportable como la de los impermeables y el raso. En una ocasión en que me acosté sobre unas sábanas de raso, me tuve que levantar a los cinco minutos para cambiar las sábanas ante la imposibilidad de pegar ojo.
4) Nunca salgo de casa sin las gafas de cerca en el bolsillo, me agobia mucho el pensar que me pueda encontrar con cualquier letra y la vea turbia siendo incapaz de leerla, y tampoco sin el bolígrafo.
5) No suelo usar peine y no porque esté calvo, sino porque en cuanto el pelo me roza las orejas voy corriendo a pelarme.
No invito a nadie, porque creo que ya hay poca gente que no lo haya posteado, de todas formas si alguien quiere animarse a ello ya sabe.
El siempre estuvo enamorado de Ella desde que de pequeños compartían sus juegos con otros niños. Su crecimiento lo único que hizo es aumentar su interés por Ella y el aparente desinterés que Ella tenía por Él. Él sólo esperaba un momento, que nunca llegó, para ser el más feliz del mundo. Pero un día en ese cruce diario, que les imponía la vecindad al ir a sus trabajos, El creyó captar una sonrisa en los labios de Ella. Fue un momento mágico, en el que sintió que todo a su alrededor se iluminaba de mil colores, le temblaron las vacuolas de cada una de sus células y una alegría inusitada le inundó todo su ánimo de tal forma que le pareció flotar. Aquella sonrisa de Ella se le quedó impregnada en su espíritu como si se la hubieran marcado con un hierro candente, imposible de eliminar. Aquel instante prendió en El y se le hizo inolvidable. Aquella sonrisa se convirtió en lo único que dio sentido al resto de su vida.
Fue capaz de elaborar aquella sonrisa, de medir los labios, su tono rosáceo, su piel jugosa y su suave textura. Era capaz de distinguir la abertura de aquella sonrisa, las arrugas marcadas en las comisuras de los labios. Los dientes que cual perlas blancas que asomaban a su través, los colmillos un poco más largos que el resto, los de abajo algo atropellados. La guardaba como el que guarda un tesoro de infinito valor. Una cuantía que le animaba en sus noches de soledad, en sus épocas de desánimo, en sus tragedias cotidianas. Siempre seguía hacia delante recuperando la sonrisa de Ella. Y los años pasaron y Él envejeció y aquella sonrisa pareció darle aires de ilusión y juventud, porque Ella envejeció también y de peor forma hasta que falleció. Enterado del óbito El acudió a verla en su póstuma postura. Le costó trabajo subir pero la sonrisa le dio empuje y entonces fue cuando vio a Ella, como dormida. Parecía sonreírle pero vio algo que le llamó la atención, aquella sonrisa no era la que él recordaba. El color de sus labios era diferente, los dientes amarillentos se amontonaban en las encías y los colmillos eran más cortos que los otros dientes. Aquel descubrimiento le supuso una tragedia. Había basado todas sus ilusiones y, en definitiva, su vida, en una sonrisa equivocada. Fue como si de pronto nada tuviera sentido y hubiera perdido su razón de ser. Notó su cuerpo muy pesado y el corazón con una aceleración desconocida, como acostumbraba quiso imaginarse la sonrisa, pero le resultó imposible figurarla, había desaparecido de su mente. Su cuerpo empezó a agitarse, a temblar con unos movimientos imparables, hasta que un fuerte suspiro detuvo su corazón.
En toda su vida, ni cuando se sentía iluminado por la sonrisa, pudo imaginar que moriría a los pies de Ella. Seguramente si alguna vez se le hubiera ocurrido, la sonrisa la habría esbozado Él.
España está viviendo una fiebre adolescente que ya parecía superada. Los papeles vuelan, los militares largan y a los parlamentarios les pica el insulto en el escaño. Es como si de pronto hubiera vuelto la Transición a saldar asignaturas pendientes. Pero la gente ya está transida y exhausta. Ahora lo único que desea es estar desmemoriada.
(Carmen Rigalt en El Mundo)
Siempre es emocionante ver a un niño dar sus primeros pasos. Cuando vemos esa figura menuda con esas nalgas engordadas por los correspondientes dodotis, que se alza de manera inverosímil sobre sus dos pies y empieza a andar de manera titubeante. Al principio tal vez caiga, rebajada su caída por los brazos de su madre, para volver a levantarse, impertérrito, oscilante, admirablemente, para ir trazando sobre el suelo un rastro invisible con el dudoso equilibrio de esos pasos casi mágicos. La madre estará atenta hasta que su atención se rebaja cuando ve como esos pasos, que se convierten en firmes, van iniciando a ese niño en su camino en la vida.
Unos pasos que, cada vez, caminarán más seguros. Al poco tiempo no necesitarán ni esas manos de la madre, ni la mirada que le sigue. Y un día saldrá solo por la vida y ya sabrá caminar muy rápido e incluso correr. Pero aquella seguridad en el camino habrá días que vuelva a flaquear, sobre todo cuando aparecen otros muchos pasos que interferirán los suyos y tendrá que encontrar la forma de rodearlos para no tropezarse. Y tal vez algún día, se detenga y al mirar a su alrededor, no sepa por qué le venga una cierta nostalgia de aquel día en que su paso vacilaba y tenía unas manos acogedoras y seguras donde poder agarrarse. Hay quien me dijo un día que encontró esas manos en las que, en ciertos momentos, poder abandonarse. Y es que, a veces sienta muy bien, eso de dejar descansar los engranajes mentales que continuamente nos preocupan y dejar que se mezcan en los brazos de esa persona a la que queremos.