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El búcaro de barro

Día a día

Mirada

Mirada

               Hay veces que si queremos ver el cielo, no tenemos que levantar la cabeza, basta con fijarnos y mirar al suelo.

De viaje

De viaje

      Volviendo durante dos horas en autobús, después de otras cuatro horas de reunión y cuando ya el cansancio estaba haciendo mella en mis espaldas, no me digáis que, no es un verdadero regalo para los sentidos, el espectáculo de luces y colores de nubes deshilachadas., del que recogí un instante en esta foto, que se desarrolló ante mis ojos durante más de media hora a través de la ventanilla.

Rumor

       Aprovechando el día tan maravilloso que hacía me fui a pasear junto a la orilla del mar donde me detuve a escuchar ese rumor de tus palabras que me llegaba envuelta en la tórrida espuma de las olas, cuando rompían en la orilla lamiéndome los pies.

Palabras

Palabras

           Las palabras, si tenemos la capacidad de prestarles atención, nos despiertan y  revelan sensaciones más allá de la combinación habitual de sus letras. En este caso estas solitarias letras metálicas sobre una valla callejera, parecen anunciarnos que a estas horas y al otro lado de esa valla está despertando la aurora y además, ¿por qué no?, que  puede ser un hermoso amanecer.

El viejo púlpito

El viejo púlpito

       Mis pasos perturbaron el silencio y la quietud de la vieja iglesia de pueblo, a pesar de que se deslizaron silenciosos por la pulida superficie de su suelo. Las luces de los cirios que iluminaban los altares, agitadas por un viento invisible, provocaban sombras caprichosas en aquellos muros, bañados en penumbra. Al girar una gruesa columna, serpenteando en torno a ella, me topé con la subida del viejo púlpito.

 

            Sus escalones, desgastados en madera de un tono oscuro indefinido, rezumaban polvo de años, que parecían agarrarse con fuerza, cual percebes a sus rocas, y ascendían pesadamente hacia esa altura donde se abría el púlpito. No era difícil imaginar, hace años, los pasos producidos por los anchos zapatones de algún clérigo de luenga sotana, al subir, con esa soltura que da la habitualidad, aquellos escalones para proceder a su prédica. Desde aquella altura a superioridad distancia de los bancos atestados de fieles, emitiría sus soflamas con voz impostada y blandiendo, a modo de arma, un dedo dirigido al cielo, con lo que querría indicar su cercanía al mismo o señalando a alguien, lo que implicaba la vergüenza del apuntado. Sus palabras asustarían más que convencerían, sobre todo cuando citaba aquellos tormentos apocalípticos que ponían e alma en un puño y advertía sobre las nefastas secuelas de los malos comportamientos.

 

            Esto ha cambiado, afortunadamente, ya no habla el sacerdote desde aquella “cercanía” al cielo sino desde ese suelo a ras de sus oyentes. Ya no pretenden asustar sino convencer y hablar de un Ser que no persigue para castigar, sino que acompaña amorosamente en el camino de cada día. Por eso, cuando miro esos viejos escalones polvorientos, me gusta el que tengan ese polvo incrustado consecuencia de que nadie los pisa desde hace mucho tiempo.

Entre catedrales

Entre catedrales

       Cuando uno recorre la ciudad de Cádiz, descubre una original estructura de calles estrechas y en algunos momentos se parece pasear por un laberinto, donde repetimos las esquinas, ya que muchas parecen iguales. Cuando uno tiene la habilidad de encontrar alguna  de las salidas de ese laberinto, siempre tiene el mismo premio: el mar, que rodea a toda la ciudad como un collar de perlas.

        En una de esas salidas se encuentran las dos catedrales, la nueva y la vieja, y entre ellas se acaba de inaugurar este espacio arquitectónico, "entre catedrales". Así se llama ese recoleto  y níveo rincón, que rodeado de los muros ásperos de piedra ostionera de los dos templos gaditanos, se alza, como un extenso mirador, frente al mar. Es un lugar digno de visitar y sentados en sus bancos marmóreos, los tiene de sol y sombra como los cosos taurinos, dejar que la mirada se mezca en ese vaivén continuo y eterno que producen los rayos de sol sobre el verde brillante del océano. El oído se acaricia por el rumor asíncrono de las gaviotas que cruzan el cielo. ¡Cómo no detenerse a disfrutar de la quietud y el recogimiento al que aquel escenario invita!

Lo primero...

Lo primero...

...ha sido abrir los ojos, lo segundo abrir la boca simultaneándola con un bostezo y lo siguiente, acudir medio adormilado al ordenador para escribirte este correo y decirte que, tras este paréntesis de la siesta en que había estado soñando contigo, tras despertarme, como cada minuto desde que te conocí, he vuelto a vivir contigo.

De difuntos

De difuntos

         Nos decía un profesor de Filosofía, que la idea de la muerte siempre la tenemos presente, pero que, sin embargo, no siempre estábamos pensando en ellas. Sin duda, que esto sería agotador y algo desquiciante. Sin embargo, hay momentos en el año, como estos días, en que la muerte en algunas de sus formas se inocula más en nuestra cotidianeidad.

            Dos tradiciones perviven a este respecto, por un lado esa tradicional visita al cementerio a adecentar las lápidas de nuestros difuntos y poner unas flores de precios prohibitivos y por otro, esa especie de tétrico carnaval de calabazas y calaveras que exportado de  tierras americanas cada día, tiene más aceptación entre los jóvenes. Esto segundo me parece una invento un tanto absurdo, en cuanto a la visita al cementerio, voy alguna vez, pero nunca en esta época de atascos de los pasillos entre lápidas y desde luego con el respeto que puedo tener a los restos de mis seres queridos, sé que de ellos queda bien poco ahí y no creo que haya que darle lustre a la piedra que tapona ese hueco. A mí no me gustaría que mis restos quedaran en ningún sitio, que se incineraran y volaran al viento. Que quien quiera recordarme no necesite de viejos huesos carcomidos por los años, sino por lo que durante mi vida haya podido dejar en ellos.

            En relación con este mismo tema, el otro día en mi trabajo me ocurrió una cosa curiosa. Después de solucionarle un problema a una señora, me confiesa que hace unos días pasaron un verdadero sofocón en su casa, porque alguien les había comentado que yo me había muerto. La señora me comentaba esto sonriente y me decía que había pensado:

-¿Quién me va a solucionar a partir de ahora estos problemas que este hombre me resuelve tan estupendamente?

Brillo en el cielo

Brillo en el cielo

      Aunque el atardecer llegue una hora antes, no es obstáculo para que este espectáculo tan barato como maravilloso se haya producido esta tarde en el cielo.

Fiesta local

     Los días de fiesta local, como el de hoy, tienen un aroma especial, en mi pueblo todo se paraliza. Todos los comercios están cerrados, el silencio de las calles sólo son rotas por el ruido de las suelas de los escasos paseantes y hasta los pájaros parecen enmudecer. Es extraña esa sensación de reloj detenido, cuando a sólo a unos escasos kilómetros el ajetreo laboral bulle como en un día normal. De hecho la mayoría de los  centros comerciales y pueblos de alrededor están llenos de mis convecinos que huyen de lo que para ellos supone un pesado silencio.

     Hay otro grupo que ven el día como un regalo para realizar, con desusado sosiego, aquello que en los demás días no pueden hacer. Ya no sólo hablo de todos aquellos con los que me topé esta mañana paseando junto al mar en esa lucha cotidiana del andurrear contra el colesterol, sino algunos, mucho más coloristas, aprovecharon la mañana para dar capotazos en rojo sangre sobre la arena, pensando ¿quién lo sabe? en un más o menos cercano triunfo en otra arena distinta.

Los más jartibles

Los más jartibles

      Cuando se acercan tiempos malos, hay dos posturas: la del que va sacrificándose en preparación a lo que se avecina o la del que vive lo bueno hasta el último instante pensando que ya habrá tiempo para pasarlo mal cuando no haya más remedio. Con la climatología pasa parecido, los más previsores ya sacaron las ropas de invierno, pero estos de la foto, tomada hoy doce de octubre en un lugar cercano a Rota, los más jartibles de la playa disfrutan del sol y del mar como si estuvieran a principios del mes de agosto.

Momento mágico

Momento mágico

      Hay muchas veces en la vida momentos mágicos que salpican nuestra existencia y en los que  nos acercamos al significado de la palabra felicidad. No suelen ser momentos ruidosos, ni envueltos en bullicio y aunque tengamos los pies en la tierra parece que con los dedos estemos tocando las estrellas.

         En el pasado fin de semana tuve uno de esos momentos mágicos, sentado en un banco de piedra y contemplando los álamos de la orilla del Tormes, mientras el rumor del agua se acompasaba con el descenso trémulo, a través del aire, de las hojas secas que alfombraban caprichosamente el suelo. El sol desprendía los últimos rayos de la tarde, alargando la sombra de los chopos, y entonces fue, cuando me di cuenta que para tener un momento mágico, como ése, sólo hacía falta algo: la capacidad de disfrutarlo.

Portátiles ¿de regalo?

Portátiles ¿de regalo?

La Junta de Andalucía a través de la Consejera de Educación ha anunciado que durante el próximo curso se le regalará un ordenador portátil a todos los alumnos de 5º y 6º de primaria, en total poco más de 173.000. Me cuestiono si es tan necesario, sobre todo en los tiempos de crisis que estamos sobrellevando,  ese gasto que no creo que sea tan imprescindible para la educación de nuestros hijos. Más bien lo que suele ocurrir a esas edades es que tenemos que restringirles el tiempo de acercamiento a los ordenadores y motivarles para que trabajen más tiempo con los libros y cuadernos.

 

            No es difícil figurarse una clase de 25 alumnos tecleando, con un profesor que, quizás ha sido introducido recientemente por pura necesidad a las nuevas tecnologías, e intentando centrarlos en el estudio de una determinada página académica.  Mientras, los alumnos que la mayoría a esas edades dominan con maestría la informática, cuando no son verdaderos hackers, se dedican a chatear por el Messenger o a comentar fotos en el Tuenti. Los ordenadores se podrán llevar a casa y es fácil imaginar algunos haciendo de postes de portería de fútbol en el patio de recreo. Luego llegarán a casa y se encerrarán en su cuarto durante horas con el ordenador, hay mucha tarea se excusarán a los padres, quienes no entenderán como después de tantas horas de “trabajo” en casa sacan sus hijos esas notas tan nefastas. Todo ello sin contar cuando se estropeen los ordenadores ¿habrá un técnico de mantenimiento en cada centro?

 

            Creo, en definitiva, que la Consejería de Educación podría ahorrarse esa inmersión obligada a los alumnos en la informática y dedicar ese dinero y esfuerzo a educar en esas asignaturas y valores de las que tanto cojean nuestros escolares.

Provocación

Provocación

     No me preocupan los problemas, mientras no me falten las fuerzas para enfrentarme a ellos. . Rebusco en mi silencio y me siento a gusto con lo que me rodea. Descubro en los demás sus resquicios de bondad. No me afectan los pesimismos ajenos, no voy en busca de verbenas, ni me solazo en las muchedumbres jaleosas. Sin duda, a todo ello le afecta la provocación, que tú me haces, a la vida cada mañana.

Aromas de septiembre

Aromas de septiembre

     La playa casi desierta nos trae en un hálito la próxima nostalgia del otoño. Los colores se atenúan en la paleta del cielo mientras el ruido bullicioso del gentío del verano ha sido sustituido por el graznido intermitente de gaviotas que planean próximas y se posan elegantes, picoteando la arena en búsqueda de comida, sin que nadie les interfiera. Los que pasean, ejercitando sus piernas por la orilla del mar, con cara de que les queda menos de un año para irse de vacaciones, se resisten a separarse del mar, desafiando la caída de las hojas del calendario.

      Una pareja, madre e hija adolescente, resisten sentadas en sendos sillones sobre la arena, envueltas en toallas, para contrarrestar los aires vespertinos de septiembre. Conversan y una ráfaga de aire me trae fragmentos de las palabras experimentadas de la madre:

-Lo que ocurre es que ahora hay una gran confusión, el acostarte con uno no quiere decir que te guste.

     La hija calla, con la mirada perdida hacia más allá de su corazón, y oye esas palabras que de tanto oirlas solo la  rozan levemente. Su mirada queda atrapada por ese cubo de plástico solitario que está junto a la madre y estoy seguro, de que le invade el recuerdo de antiguos veranos y por un instante le  apetecería quitarse el uniforme de mujer y ponerse el de niña en el que su mayor problema en la playa era que el castillo de arena quedara bien hecho.

Entre San Polo y San Saturio

Entre San Polo y San Saturio

        He recorrido muchos kilómetros durante este verano, pero, sin duda, los más deliciosos han sido los paseados en Soria entre las ermitas de San Polo y San Saturio, bordeando la orilla del Duero a los sones del rumor alegre de las ramas de los chopos, mientras mi interior se regocijaba en los versos de Antonio Machado, que tan bien supo retratar en sus palabras los Campos de Soria:

He vuelto a ver los álamos dorados, 
álamos del camino en la ribera 
del Duero, entre San Polo y San Saturio, 
tras las murallas viejas 
de Soria —barbacana 
hacia Aragón, en castellana tierra—.

Estos chopos del río, que acompañan 
con el sonido de sus hojas secas 
el son del agua, cuando el viento sopla, 
tienen en sus cortezas 
grabadas iniciales que son nombres 
de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis 
de ruiseñores vuestras ramas llenas; 
álamos que seréis mañana liras 
del viento perfumado en primavera; 
álamos del amor cerca del agua 
que corre y pasa y sueña, 
álamos de las márgenes del Duero, 
conmigo vais, mi corazón os lleva!

Caminando entre cascotes

Caminando entre cascotes

      El deambular por el mitológico laberinto de Creta se ha convertido en un juego de niños comparado con el circular por donde yo vivo. Debe ser uno de los lugares donde el estado más ha invertido, con motivo de la crisis en obras públicas y, cada día,  nos encontramos que una nueva calle sucumbe al efecto de la piqueta. Ese dinero debe gastarse en un determinado período de tiempo, lo que ocasiona es que todas las obras se realicen al mismo tiempo, afectando de manera importante al devenir cotidiano.

      Cuando salgo de casa a las 7,30 de la mañana, por las distintas calles aún solitarias se observan extraños ejércitos de excavadoras con sus focos encendidos, acompañados de una infantería uniformada de cascos de plásticos y chalecos reflectantes que se van extendiendo por las distintas calles. Se distribuyen en su lugar y empiezan  a destrozar el suelo, hacer socavones, meter tubos, tender cables...atronando el aire con sus ruidos y despertando a los sufridos durmientes que, con motivo de sus vacaciones, pensaban despertarse más tarde.

      Los conductores nativos debemos encontrar, cada día, caminos imaginativamente nuevos , mucho más largos, por calles por las que antes nunca pasábamos  para llegar a nuestros destinos habituales. Los conductores forasteros fiados del gps, observan como éste se vuelve afónico insistiendo que cojan por determinada calle que  descubren que está cortada y repleta de agujeros terrosos. La circulación a pie por dichas calles se hace especialmente compleja, sobre todo si caminas en una silla de rueda o paseando un cochecito de bebé. Los aparcamientos han disminuido apreciablemente.

      Lo único bueno es que estamos desarrollando la virtud de la paciencia hasta extremos inimaginables y esa idea a laaaaaaaaaarguisimo plazo que prometen los políticos que tendremos una ciudad hermosa.

 

Sólo una hoja del calendario

Sólo una hoja del calendario

      Cuando veo que el sol empieza a ocultarse en el mar y miro las últimas horas, descubro un día diferente. Esa inusual algarabía matinal que me ha rodeado: besos y abrazos variopintos. Timbres sonoros de llamadas telefónicas tras la que aparecen algunas voces queridas, otras desconocidas y, alguna que otra casi olvidada. Voces que quieren resultar alegres y que te animan, te sonríen sin ver sus bocas o se solidarizan con tu situación. Papeles de regalo que desgarrados se acumulan sobre la mesa creando con sus brillantes colores un mosaico caprichoso, dejando al descubierto los regalos que encerraba en una mezcolanza que se reparte entre útiles e inútiles.

     Siempre hay algún regalo sorprendente, maravilloso como si brotara de la lámpara de Aladino, que nunca se te hubiera ocurrido pedir y, sin embargo, es algo mágico en todos sus aspectos. La comida es jaleosa, frente al mar. Las gaviotas se mecen, extrañamente estáticas, en las ráfagas del aire. El ruido resacoso llegó hasta más allá de cuando nos encontramos a solas, yo y mi silencio.

      ¡Cuánto jaleo por cumplir un año! Y si lo pienso el único cambio visible con el día de ayer es que el calendario tiene hoy una hoja menos.

Paris, Paris

    Siempre se agradece el abandonar por unos días el suelo que habitualmente pisamos e ir a un lugar diferente donde, a medida que nuestros pies se agotan al caminar, nuestra mirada se amplía y nos ayuda a descubrir cosas nuevas. Eso es lo que he hecho durante varios días en Paris. Hubo cosas peculiares en esta ciudad que me llamaron la atención:

-Si te paras en un paso de cebra los coches nunca paran. Hay que cerrar los ojos cruzar y cuando te ven en mitad del paso de cebra se detienen.

-Los trenes del metro, al revés que en Madrid, llegan a la estación por la izquierda.-Cuando entras a comer en algún sitio, preferible pedir agua del grifo, que sale gratis, que una botella de agua mineral que te puede salir por tres veces lo que una cerveza en España.

-Las cafeterías aprovechan mucho el sitio y las sillas se encuentran excesivamente pegadas. Es dificil mantener así una charla con una cierta intimidad con alguien y más cuando encima las sillas de las terrazas no se ponen una frente a otra, para que se miren los que se sientan juntos, sino mirando hacia la calle.

-Si quieres ver bien el cuadro de la Gioconda...¡no vayas al Louvre! La enorme sala en la que se encuentra siempre está atestada de gente haciendo fotografías a un cuadro que se ve  a lo lejos con un cristal que enturbia su vista. Es fácil llevarse un pisotón o un codazo en dicho empeño.

-Si eres aficionado a los comics no dejes de pasar por la rue Dante, cerca del barrio latino, la disfrutarás.

-Si tienes niños mejor llevarlos a los museos antes de que cumplan dieciocho años, te sadrá la entrada gratis.

-Las calles se notan seguras, no es para menos cuando por la explanada de hierba que hay delante del Louvre, te ves pasear a tres jóvenes soldados con sus fusiles ametralladores en las manos.

-Para probar helados riquísimos no dejes de ir a la isla de San Luis ese recoleto terreno situado calladamente tras Nôtre Dame.

-Si montas en el metro no se te ocurra perder el billete, cuando menos lo esperas te encuentras un pasillo cortado por tres inspectores con cara de pocos amigos que te piden el billete para seguir el camino. No sólo lo piden sino que lo revisan comprobando fecha con detenimiento.

-Por 1,60 € vale la pena ahorrarse los nosecuantos escalones de subida al Sacre Coeur y subir en funicular. Mejor lleva el dinero suelto que no hay forma de oir y menos de entender a la chica que vende los billetes arriba.

-Si tienes "suerte" y tu avión se retrasa dos horas, aparte de hacerte amigos de toda la vida con tus compañeros de vuelo, la compañía aérea te regalará un bocadillo y una bebida.

La violinista

La violinista

          Pensé que sería una audición como cualquier otra. Asistí a ella revestido de la paciencia paternal del que escucha a través del aire los sonidos del pentagrama ejecutados por neófitos aprendices. Tras dos horas, en la que aquella agitación sobre los oídos fue adormeciendo los sentidos, llegó el momento en que todos aquellos jóvenes intérpretes junto con sus profesores se dispusieron a tocar, a modo de orquesta, varias piezas musicales. La directora, con traje largo y de espaldas, levantó ambos brazos como si fuera a imprecar una oración. Durante un instante todos los sonidos se acallaron, armónicamente descendió los brazos y estallaron al unísono los sonidos de los distintos instrumentos que manejaban aquellos jóvenes.

 

            Fue, entonces, cuando la vi, sentada delante, en un extremo de aquella abigarrada orquesta, era la profesora de violín. Con algunos años, muy pocos, más que sus alumnos aquella figura atrajo hipnóticamente mi mirada. Una camiseta de finos tirantes dejaba al descubierto unos brazos finos y con unos torneados músculos ejercitados, aunque no exageradamente. Su barbilla abrazaba el violín con mimo maternal y los dedos de su mano izquierda alborotaban hábilmente sobre las cuerdas, mientras el arco sostenido por la mano derecha acariciaba las cuerdas extrayendo sonidos de puro goce. Su cuerpo, aposentado sobre la silla, oscilaba a uno y otro lado al ritmo de la música, dejando en cada bamboleo al descubierto retales de una barriga de blanco marfileño. Todo su elástico cuerpo danzaba al ritmo impuesto por la música que iba extrayendo de aquel mágico instrumento y que a través del aire creaba sinuosas estelas invisibles.

 

            Mis ojos dejaron de parpadear para atrapar al máximo aquella imagen y, en un determinado momento, dejé de escuchar la música para sentir como mi cuerpo temblaba al ritmo de aquellos sensuales movimientos que, en el más maravilloso de los instantes, ella coronó con una sonrisa.