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De Madrid al cielo

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          Hace ya mucho tiempo viví durante cuatro años en Madrid. Siempre me agobió el estrés con el que allí se vive, siempre corría por las calles, sin saber muy bien por qué,  por lo que agradecí volver a la vida de provincias. Desde entonces me gusta volver de vez en cuando, siempre con la seguridad de que llevo en el bolsillo el billete de vuelta, para recorrer sus calles y disfrutar de las muchas posibilidades que tiene. Tras la resaca navideña he pasado allí unos días, he  evocado viejos lugares y conocido otros nuevos. Me gusta admirar, con visión de turista, aquellas cosas diferentes a las de mi cotidianeidad habitual y, en ocasiones, me asombro con ellas.

           El tiempo no ha acompañado demasiado, lluvia y viento frío en una pugna constante con un sol invernal que, a veces, durante algunas horas, conseguía vencer a dichas inclemencias. El domingo llovía bastante, no era agradable el paseo y decidí volver a visitar la Fábrica de  la Moneda. Es curioso hacer el recorrido de la moneda en la historia de la Humanidad y, concretamente, en nuestro país. Se ven monedas viejísimas y otras más recientes que aún tenemos en la memoria, como las ya antiguas pesetas. También se fabrican allí los sellos, hoy casi extintos por ese correo electrónico que ha sustituido al postal., y los boletos de lotería o tarjetas identificativas o sanitarias.

                Pero lo que más me gustó e, incluso, llegó a emocionarme de aquella visita no  fue nada que tuviera que ver con lo allí expuesto. Entrando en la sala de Grecia clásica, se exponían algunas fotos de estatuas griegas acompañando a monedas de la época, acostumbrado a recorrer aquellas salas solitarias, me sorprendió encontrarme con una pareja de ancianos que acompañaban a dos niños, previsiblemente sus nietos, que tendrían ocho y seis años. En el momento en que entré en la sala, la abuela deambulaba, distraída en la contemplación de las monedas, mientras el abuelo, un anciano de alrededor de ochenta años, de voz  cavernosa y firme sostenía un bastón en el aire señalando hacia una de las fotos.  Los nietos con papel y bolígrafo en la mano no  perdían de vista la mano y las palabras de su abuelo:

- Esa escultura que veis ahí, lo debe poner en algún lado, es muy famosa… Aquí lo pone…es el discóbolo de Mirón. Id tomando nota!

Los niños apoyaban el papel en la pared y escribían con caligrafía redondeada y lenta sobre el papel. El abuelo esperaba pacientemente a que tomaran nota y proseguía:

- Esa mujer es una Venus, la de Praxíteles…-y dictaba lentamente para que los niños pudieran anotar tan complicado nombre.

        Y así, sucesivamente, los nietos como aplicados alumnos iban culturizándose y anotando datos en ese papel. Me gustó ver a esos niños con ese papel y bolígrafo tan atentos a su abuelo.

        Puede que, algún día, cuando ya peinen canas, encuentren, en un cajón, ese garabateado papel y entonces, se acuerden de aquel día lejano de lluvia donde el cariño de su abuelo se les manifestó en aquella visita a la Fábrica de la Moneda, en la que ya no olvidaron nunca, una de las obras más importantes de Praxíteles.


Nadie dijo que fuera fácil...

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              Llegamos a este mundo, aunque ya no me acuerdo, sorprendidos ante todo lo que veíamos, con esas caras sonrientes de nuestros padres que nos auguraban que lo que venía tenía que ser bueno. Empezamos a caminar y las caídas subsiguientes nos crearon nuestras primeras cicatrices, pero nada que ver con las que vendrían más tarde. Con esas otras cicatrices que provocaba el no entender a los demás y las primeras soledades. Quisimos hacernos mayores y llegó un momento en que, ¡ilusos!, empezamos a sentirnos “maduros”, incluso nos atrevimos a irnos de casa en esa búsqueda desesperada e incierta de “nosotros mismos”, dejando atrás ese calor del hogar familiar.

                Pero esa búsqueda no iba a ser sencilla. Me acuerdo de las prácticas de Química Orgánica en la facultad, era como hacer una receta de cocina. Cogías la hoja, amarilleada por las salpicaduras de los compuestos químicos, y sólo era cuestión de ir echando los gramos exactos de cada reactivo y calentar el tiempo necesario, salvo algún imprevisto, siempre se obtenía el producto esperado. En cambio en esta búsqueda de nosotros hacia la felicidad nunca hay recetas para alcanzarla y continuamente damos palos de ciego. Lo que es bueno para unos es terriblemente perjudicial para otro. Alimentamos nuestra búsqueda de lo que leemos, de lo que nos dicen o experimentan los otros, pero principalmente de lo que nuestra experiencia y nuestras meteduras de pata nos van indicando y vamos intuyendo, a veces después de muchos golpes.

                Hay esos momentos esenciales de nuestra vida, donde te sientes empujado a tomar una decisión, crees que para ser fiel a ti tienes que tomarla, a pesar de lo que ello puede suponer de dolor previo para ti y los demás, porque piensas que si no te decides, esa infidelidad a ti mismo a la larga perjudicará más a ti y a todos. Este año he tenido que pasar por eso. No ha sido fácil, no es fácil…nadie lo dijo… pero sigo pensando que fue necesaria.

                Eso me hace vivir una Navidad diferente, silenciosa, frugal, alejada de cualquier tipo de bullicio. No digo que sea mejor ni peor, pero es la que tengo y como tal procuro disfrutarla y extraer lo mejor de ella. Estoy seguro que en un rato esto se llenará de “gente”, de todas esas personas a las que quiero y que cada día me ayudan a caminar con su cariño. Mientras tanto, sobre la mesa alumbrando ese silencio tintinea levemente la luz de una vela que me acompaña.

                Sé que no entra mucha gente por aquí, pero si eres uno de ellos, te deseo, de corazón que tengas una feliz y luminosa Navidad!


Vigilando el sueño

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    El dormir es algo imprescindible y un buen sueño nos ayuda a enfocar el día con fuerza y alegría. Muchas veces se convierte en un problema, cuando es dificultoso, intermitente y el insomnio intenta vencerlo. Otras veces es tan necesario como reparador cuando nuestro cuerpo, tras el esfuerzo del día parece arrastrarse hasta la cama, que parece acogernos con sus brazos invisibles. 

      El sueño, en algunos casos, nos obliga a dormir con un ojo "abierto", como cuando cuidamos en la noche a un enfermo o estamos atentos al cuidado de un bebé. Pero está el caso opuesto, un sueño especialmente dulce, cuando nos sentimos relajados y plácidamente nos dejamos introducir en sus fauces. Y, sobre todo, si tenemos a alguien al lado que "vigile" nuestro sueño. En ese caso, a pesar de estar dormido, percibimos como nuestros párpados se impregnan de la ternura de esa mirada ajena, que nos cuida y protege de cualquier posible peligro. Nos podemos abandonar, de una manera especial, a ese descanso sabiéndonos queridos por esa mirada única que nos contempla con mimo y, sin aguantarse, en algunos momentos acaricia nuestro rostro con caricias de seda. 

      Quien cuando duerme tiene a alguien al lado que vigile su sueño, sin duda, que tendrá el más maravilloso de los sueños...y de los despertares!


Química del entusiasmo

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     El otro día viajando en el autobús no me pudo pasar inadvertida la conversación de mi compañera de asiento con dos amigas, que iban en los asientos de detrás. Mi compañera de asiento, una jovencita guapa y morena de poco más de veinte años, entusiasmada, sacó de su bolso un papel con unos números resultantes de una práctica de laboratorio de una cromatografía. Fue describiendo con apasionamiento cómo había realizado la práctica y frente a las risas de sus compañeras que no comprendían tanta ilusión al respecto, defendía a capa y espada su opción por los estudios de Química. Me gustó la defensa que hizo y la emoción en sus palabras, porque evoqué mi  análogo entusiasmo cuando treinta y cinco años antes yo realizaba dichos estudios.

Pensaba que el entusiasmo es tan útil como necesario en la vida cotidiana. Que eso nos permite saborear lo que hacemos, nos ayuda a pasar de manera viva por la vida y no a que la vida pase por nosotros sin dejar huella. El entusiasmo nos ayuda a vivir con plenitud el presente sin nostalgias del pasado o pensando sólo en un ilusorio futuro. Tenemos que estar atento a lo que sentimos y a lo que vivimos a nuestro alrededor para no dejar dormir nuestro ánimo y despertar cada mañana con entusiasmo.


Diez años!

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    Diez años ya, que en un lejano mes de noviembre del 2005 empecé a ejercitar mis letras, de manera desordenada, en este blog. En este camino han brotado de mi interior palabras de todos los colores. He narrado retazos de mi vida, ocurrencias y he ido citando, a modo de recordatorio personal, los libros que he ido leyendo. He conocido gente, es@s poc@s que han comentado alguna de mis entradas y con algun@s de ell@s he llegado a tener una verdadera amistad virtual, que unida por las letras, ha hecho que resista el paso del tiempo. Tras ese revolcón personal, que citaba en mi último post, que ha hecho que mi vida gire 180º, llegué a dudar si no sería el final del blog. Pero la llamada de la palabra es irresistible y aquí estoy de nuevo.

La vida sigue...y aquellas olas que agitaron y revolucionaron mi vida, poco a poco, se van calmando, apaciguando... Se mecen con aparente suavidad y espuman en tonos blancos la superficie del mar. Un aparente sosiego a la vista que oculta ar esa resaca viva, activa, que no descansa ni de día ni de noche, que se agita bajo mi superficie. Y dejo con paciencia y sin agobiarme, que el reloj marque sus horas. Permanezco sensible y atento a todo lo que me sucede dentro y a mi alrededor. Pienso mucho, continuamente. Reflexiono sobre mi vida: lo pasado, lo que vivo cada día y me abro a lo que el futuro me traiga... 

Y espero poder seguir compartiendo por aquí ese día a día tan incierto como apasionante...


Tsunami

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Durante más de un mes el blog ha permanecido en "silencio", todo lo contrario que yo, como consecuencia de un terrible "tsunami" exterior que me ha afectado y sacudido hasta la última de las células de mi cuerpo y de mis neuronas. Es de esas situaciones que pasan un par de veces en una vida y para la que nunca estamos preparados...ni aunque hubiera pensado, alguna vez, en esa posibilidad. Incluso me lo podía haber imaginado, pero cuando me ha sucedido me ha arrasado totalmente por dentro. Me he sentido perdido en sus olas, dando volteretas que me han hecho perder el equilibrio, el ánimo, la ilusión, la capacidad de leer y escribir e incluso el hambre, durante todo este tiempo.

Llevo casi once años escribiendo en este blog, tampoco creo que lo lea mucha gente, más bien casi nadie, pero nunca he tocado en él temas personales; más bien sólo lo he usado como un lugar para hacer ejercicios de escritura, fotografia o hablar sobre los libros que voy leyendo. Hago esta excepción con este post, quizás porque soy consciente de que toda esta situación me va a influir a partir de ahora. 

A pesar de que todavía me llega alguna ola, tras tanta resaca. Espero, poco a poco, volver a seguir escribiendo, con la esperanza de que una vez que el tsunami se calme totalmente, vuelva a salir el sol y el paisaje que se abra ante mis ojos y dentro de mí, sea mucho más maravilloso del que viví antes de todo este terrible fenómeno.


Sinfonía disonante

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           Siento envidia cuando visito una casa en un lugar silencioso, de esas que al abrir la ventana se pueden oír los trinos de los pájaros. En el lugar en el que vivo cada vez se escucha muchos  ruidos de una amplia gama. Ya no me refiero a esos ruidos habituales de los vecinos: el chorro de las duchas, las micciones o ronquidos que atraviesan las paredes, que semejan ser de papel y a los que los años me tienen ya acostumbrado, sino  a esos otros sones más estridentes y que día a día invade el ambiente en las proximidades. Entre otros podría citar unos vecinos cantantes de ópera que desde la casa de al lado, ensayan escalas hasta alturas inverosímiles. El vecino de la casa de enfrente que tiene una moto contemporánea de las usadas durante la segunda guerra mundial y que mientras busca las llaves del garaje, ¿por qué las lleva tan escondidas?, nos tortura con un largo poooff-pofff de un motor que no se calla. El jardinero del jardín de otra casa próxima, pone el corta césped, a las cuatro de la tarde, cuando el vecindario intenta dar una cabezada. ¿Él nunca duerme siesta? ¿Nunca se le ha ocurrido venir a trabajar por la mañana? El taxista que llega con una vecina en silla de ruedas, aparca frente a mi ventana y los familiares no están para recogerla. ¡No hay problema! La bocina del taxi reiterativa e insistente consigue que, al cabo de un rato, los familiares vengan a recoger a la señora. Los camiones de la basura que paran en la esquina a vaciar los contenedores, llenando el aire de sonidos metálicos. Un joven dos casas más allá rasguea la guitarra con la torpeza y testarudez del que está empezando un instrumento. Y por fin, están los que se despiden en la puerta de mi casa, como si temieran la larga ausencia de los amigos, hasta el día siguiente, y sin importarles que sean las dos de la mañana, se cuentan historias, se ríen o simplemente hablan en un tono de voz que hiere de muerte al silencio.

         Dicen que si no puedes vencer al enemigo, únete a él. Hace unos días, no sé ni cómo ni por qué, se me ocurrió la idea de aprender a tocar la armónica. Aquí está una foto de ella. Y desde entonces,  me dedico a intentar aprenderla. Debo reconocer que ahora el ruido me molesta menos, porque añadidos a las escalas de ópera, el pofpof, la bocina, la guitarra, la basura o los gritos, los sones de mi armónica, no exentos todavía de una cierta torpeza, dan el contrapunto necesario para lograr, en este rincón de la calle, una sinfonía de lo más disonante.


La última mirada

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      Ella se detiene mirando frente al mar. Su última mirada en mucho tiempo, antes de recoger con pereza la silla de playa y doblarla en esa postura en la que se llevará meses, arrumbada en un rincón polvoriento del garaje. Deja su vista reposar sobre la superficie, por encima de ese oleaje leve que hoy parece despedirla. Su piel desnuda, sólo la cubre una leve tela, se deja acariciar por la brisa de este último día de vacaciones y nota como sus poros se abren, intentando absorber esa multitud de sensaciones vividas, que, mezcladas en desorden en los surcos de la memoria,ya forman parte del pasado reciente. Viene a su cabeza, la ingravidez vivida sobre las olas, la contemplación de las estrellas fugaces en las noches de agosto, el silencio reiterativo del despertador, sus despertares con el sol entrando por la ventana, los paseos al atardecer frente a un cielo de mil colores, los mil sabores del chiringuito y sobre todo esos retazos de vida que nunca han de volver.

      Aprieta los párpados, como queriendo retener todo esto, y cuando los abre sus pestañas se han humedecido, no sabe si por la nostalgia o por ese apretón de sus párpados. Se gira de pronto. No, no quiere despedirse y lentamente, hoyando la arena con sus pies descalzos, inicia su regreso hacia el paseo marítimo, hacia el hotel, hacia su vida de todos los días. A partir de ahora la cotidianeidad con sus tonos, habitualmente grises, se encargará de recordarle que la verdadera vida no es la de las vacaciones. 

       Mientras se aleja ella sonríe, no falta tanto tiempo para volver aquí y envolverse con ese vestido de olas azules, que tan bien le sienta.. A lo lejos, con un rumor cada vez más lejano, el sonido de las olas parece darle la razón.

 


Regreso...

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      El sol intentaba despertar tímidamente cuando llegué a la puerta. El silencio que envolvía todos los alrededores sólo se quebró por el sonido metálico de mi llavero. Después de tanto tiempo tuve que escarbar entre las llaves para encontrar la adecuada y tras un leve click la  puerta se abrió con un cierto esfuerzo. Las escaleras veladas por esa luz tenue se alzaban enhiestas delante de mí. Subí los escalones de dos en dos y aquel entorno que creía casi olvidado, me resultó muy conocido. Abría las puertas a mi paso con cierta pereza hasta llegar a aquel despacho. El resplandor de la luz fluorescente al encenderse alumbró todos sus rincones y la gran mesa con su forma abierta semejaba una gran boca que quisiera devorarme. El reloj estaba parado hacía tres semanas y nadie se había preocupado de cambiar la pila. En el balcón la planta anhidra, pidiendo agua. Papeles amarillos que como fanales de auxilio salpican la mesa, en la que montañas de papeles de distinta altura parecían haber surgido del tablero.

      Me senté en el sillón, rebusqué las contraseñas que tenía ya olvidadas y conseguí entrar en el ordenador. Me remangué unas mangas invisibles y decidí que ya era hora de empezar a trabajar y mentalizarme: ¡habían terminado mis vacaciones! 


Visita al museo de Hergé

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           Aunque resulte paradójico, mi iniciación a la lectura fue a través de unos dibujos, la de las aventuras de Tintin. Esas Bandes dessinées, como le dicen los belgas a los comics, de línea clara, magistralmente realizadas por Hergé. Mis escasas posibilidades económicas me imponía que sólo me pudiera comprar uno o dos de aquellos libros por año, lo que hacía que lo releyera tantas veces que me llegué a aprender cada viñeta, cada gesto de Tintin y su peculiar elenco de compañeros de peripecias. Con ellos viajé al Tibet, recorrí las selvas del Congo y las ciudades chinas, conocí América y Sildavia e incluso llegué a la Luna antes de que la pisara Amstrong.

Enamorado, desde entonces, de este extraño periodista que nunca escribió ningún artículo, no es raro de que cuando me enteré de que habían abierto el museo de Hergé, cerca de Bruselas, a pesar de que me separan 2173 km, decidiera que algún día tendría que ir a visitarlo. Al fin, este año lo he conseguido y por si alguien le interesa le diré cómo hacerlo tras la exhaustiva preparación que hice por internet.

Hay excursiones organizadas en español, pero si no coincide el día, como me pasó a mí, la forma de ir es en tren. Una vez en Bruselas, salimos temprano hacia la estación Central. No parece una estación de ferrocarril, por lo que no nos dimos cuenta que estábamos hasta que entramos por la puerta. En la estación es complicado encontrar cualquier punto de información. Las taquillas están situadas en la parte de arriba de la escalera. Hay que sacar billete  hacia Louvaine-Laneuve-Université y decir que se quiere de ida y vuelta (aller-retour). El billete tiene un precio de 10,60 euros. Desde Bruselas a esa estación hay trenes continuos cada 45 o 60 minutos, pero hay que tener cuidado que sea un tren directo. Algunos terminan en el pueblo anterior, Ottignies, y hay que trasbordar para una sola parada. El tren que cogí salió de Bruselas a las 9:25. El paisaje feo aparte de que el día estaba lluvioso. Llegamos a la estación de Louvaine-Laneuve-Université, a las 10:20. Muy buena hora porque el museo abría a las 10:30 y está como a 8 minutos de la estación.

Aquella parada de tren corresponde la de la Universidad Católica de Lovaina, alrededor se ven edificios universitarios. El único problema era la lluvia que caía acompañada de mucho viento. Menos mal que había algunos soportales, en los que hay restaurantes, comercios, librerías…y permiten resguardarte de la lluvia. Pero el museo está situado en un sitio desprovisto de soportales y aquellos escasos minutos hicieron que llegáramos chorreando al edificio moderno que alberga el legado de Hergé.

La entrada al museo es de 9,50 euros, incluye audioguía en distintos idiomas, incluido el castellano. Me pareció mágico después de tantos años haber llegado allí. No permiten hacer foto salvo en la galería de comunicación, una pena, porque me hubiera gustado llevarme muchos recuerdos visuales de la visita. El museo tiene unos 3600 metros cuadrados distribuidos en tres plantas y ocho salas. Allí se puede acercar uno a la figura de Hergé e ir viendo toda su evolución creativa. Descubrir bocetos, viejas ediciones, libros en distintos idiomas y objetos variados relacionados con el mundo de Tintin lo que hace las delicias de los tintinólogos, una especie que se extiende por todo el mundo. Algo negativo hay una habitación llena de libros de Tintin en distintos y extrañísimos idiomas, pero ninguno en castellano... Si queréis podéis entrar en la página web del museo para tener más información.

A la salida pasamos por la tienda. Muchas figuras tras las que se me iban los ojos y algunos recuerdos salieron de allí en mi bolsa. Que por cierto, la chica de allí un tanto desagradable, porque al pedirle otra bolsa de papel que tiene el dibujo de Tintín. Me dijo que no, que sólo una por cliente que si no todos pedirían otra. Insistí y le dije que el anterior a mí se había llevado dos bolsas y con muy mala gana me “soltó” otra bolsa.

Seguía lloviendo a la salida, reposición de fuerzas en un restaurante español que hay allí y con el mismo billete a la estación donde salió un tren a las 13:41 que llegó a Bruselas a las 14:35.

En cuanto a si vale la pena…por un lado sí, pero por otro no. Tal vez con un día soleado lo hubiera visto de otra manera.  Me resultó casi más interesante la visita al Centro Belga de la Bande Dessiné, donde hay una gran variedad de comics ese arte que en Belga ha tenido históricamente tanta importancia. Incluso a objetos y recuerdos de Tintin, se encuentran más que en el museo en Bruselas, en una tienda de Tintin que está junto a la Grande Place o en París en alguna de las tiendas de comic que están en la rue Dante. 


Cita anual

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Cada mes de febrero espero ansioso esta cita anual. En mi oficina, este mundo de expedientes, papeles y sellos azules, fuera al otro lado de las cortinas y el cristal del balcón durante todo el año late la vida de mi planta. A lo largo de las estaciones como una dama coqueta le crecen sus tallos, sus hojas carnosas unas veces verdean y otras adornan sus extremos con elegantes tonos lilas. Hay veces que su  aspecto, moderadamente mustio, denota alguna carencia, ¿será de agua? ¿exceso de viento? ¿o tal vez simplemente necesita que le hagan más caso?

En estas fechas la noto eufórica, parece como si los temporales, las fuertes ráfagas de aire o el frío inclemente, ayudaran a sacarle lo mejor de sí misma. Brotan tallitos jóvenes y minúsculos de sus ramas y, al fin, hoy esos tallitos se abrieron dejando al descubierto unas lindas flores amarillas. A mí me encantan estas flores madrugadoras, incluso más que las de los cerezos, que naciendo en la época climatológicamente más adversa del año, anuncian esperanzadamente la ya pronta y esperada llegada de la primavera.  Probablemente hay otras muchas más hermosas y elegantes, pero el hecho de que esta sea única debe ser el motivo por el que me tiene seducido.

 


Bye Noviembre

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    Noviembre termina. Ha sucedido casi de puntillas y el calendario lo ha atravesado como una mera transición al jolgorio prenavideño.  Los árboles tras amarillear de melancolía se desprendieron de sus hojas para alfombrar el campo y convertir los paseos en una sinfonía de crujidos bajo el paso de nuestras suelas. Paseos entre troncos de ramas desnudas, con el viento frío haciéndonos conscientes de puro frí de nuestra cara y manos.

     Este mes agita el aire como a un visillo oscilante,  a través del cual, día a día, se va disolviendo lentamente, resistiéndose, la luz cegadora del verano. Aromas con rumor a nostalgia infantil pueblan el aire. Nostalgia a aquellos años en que, llegada esta época, nuestras piernas menudas desaparecían bajo la tela gruesa, casi incómoda, de los pantalones largos. Días cortos, noches eternamente largas en torno a una mesa camilla, caldeada por el brasero eléctrico, en la que, sin darnos cuenta, íbamos creciendo y desprendiéndonos de las ilusiones que nos ayudaban a mantener la ingenuidad.

      Cielos grises que azuzan la melancolía en un cuerpo vestido con una piel en la que vamos descubriendo nuevas arrugas, que queremos creer que son surcos de madurez. Se aproxima el  invierno y todo lo que nos rodea nos habla de ello. Aumenta la oscuridad y adelgaza ese grueso calendario con que iniciamos el año.   Pero llegará un día, la experiencia nos dice que será así, en que poco a poco la luz se desperezará y cubriendo casi pudorosamente las ramas, asomen los primeros brotes de la primavera


De reconocimiento médico

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                 Una vez al año acudo al reconocimiento médico de empresa y hoy ha sido ese día. Tuve que madrugar más de la cuenta y coger el autobús, porque me supone desplazarme unos cincuenta kilómetros hasta donde está el Centro Médico.  La hora es tan tempranera que puedo disfrutar del espectáculo, siempre hermoso, del amanecer a través de la ventana. Llego justo cuando están abriendo la puerta y en pocos minutos un enfermero de aspecto circunspecto me da un pinchazo en el brazo, que apenas noto, para extraerme sangre.

                A continuación entra la enfermera para decirme que me vaya quitando la camisa y me tumbe en la camilla para hacerme un electrocardiograma. Me tumbo en la camilla y como suele ser habitual, debido a mi altura, los pies quedan colgando.  Me coloca ventosas sobre mi pecho, conecta los cables y, tras impregnarlos con alcohol, pinzas sobre mis muñecas y tobillos. Le da al botón y veo que empieza  a poner cara rara, dice que hay unas interferencias en mis extremidades. Repite la medida y vuelve a ocurrir lo mismo. Le digo que eso mismo me ha pasado en los electros de los últimos cuatro años lo que parece tranquilizarla, recorta el papel para dárselo al médico.  A continuación quitarme los zapatos y subirme al peso para peso y medida. Teóricamente, para tomarme la altura, ella tenía que bajar hasta abajo el aparato de medida para que estuviera sobre mi cabeza, pero como no le daba la altura tuve que ser yo quien me lo colocara. Luego una espirometría. Nunca he entendido esto de coger aire con una pinza en la nariz, soplar y encima me entra tos con lo que casi me atraganto. Me visto, al fin, y me voy a desayunar.

                Al rato vuelvo al reconocimiento con el médico. Llega ese momento malo en que te dice que has engordado respecto al año pasado, con un cierto sonrojo por su parte, cuando desde lo alto de su oronda barriga dice que no es el más indicado para criticarlo.  Dobleces de cuellos y extremidades, ejercicios con los ojos, audiometría… Me dice que me quite la camisa para auscultarme, luego que me quite los pantalones y los zapatos y me tumbe en la camilla. Sigue su exploración hasta que me dice que puedo vestir. Me mandará el resultado de los análisis.

                Tengo tiempo hasta la siguiente consulta, la del urólogo y me llego a ver a mis compañeros que trabajan en esta ciudad. Saludo a un ATS que trabaja allí y le comento lo del electro y las interferencias. Te voy a hacer uno, me dice, quítate la camisa. Otra vez sobre una camilla: cables y pinzas. Y en cuanto empieza a hacerlo, me dice que, efectivamente, están saliendo unas interferencias sobre el papel. Ahora en vez de alcohol, me impregna con un gel, repite prueba y ocurre lo mismo. Es la primera vez que veo esto, me dice, enséñaselo al médico a ver que te dice, aunque seguramente te dirá que te lo hace él. Me visto y voy a ver al médico a su despacho y desconfiando del electro, efectivamente, me dice que me lo hace él. De nuevo, me quito la camisa (he perdido la cuenta de cuántas veces van) y me tiendo sobre la camilla. Pinzas y cables de nuevo, botón del electro e interferencias que vuelven a salir. Me dice que me relaje, estoy muy relajado a pesar de tanta repetición, que me saque las llaves del coche, cosa difícil por haber venido en el autobús, que me quite las gafas, que me quite el reloj, el cinturón y que me descalce (parece que voy a pasar el control de seguridad de un aeropuerto). Otra vez al botón y siguen saliendo esas interferencias. Al final se le ocurre que eso de que mis pies estén colgando de la camilla, puede ser la causa, como la camilla no se puede estirar, soy yo el que tengo que subirme aunque la cabeza se me salga un poco por arriba y parece que las interferencias ahora se reducen, por lo que parece que la probable causa era la leve tensión muscular de los tobillos colgando en el aire. Me vuelvo a vestir y con mi flamante electro me despido de mis compañeros para volver al centro médico para la consulta del urólogo.

                Me saluda efusivamente y me lleva a sala de exploración. Me dice que me baje los pantalones, me siento en una silla extraña y con un extraño mecanismo me levanta las piernas hacia arriba. Me pringa toda la barriga con un líquido pringoso y empieza a manejar el ecógrafo para observar mis riñones. En la pared, frente a mis ojos hay una televisión que yo pensaba que podría ser para distraerse uno, mientras el médico se dedicaba a lo suyo, hasta que me dijo, observa que bien está el riñón. Yo veía unas sombras con distintos grises y me asombraba de la capacidad visual del especialista. Terminados los riñones, vino algo peor, ahora me dice que me baje pantalones y calzoncillos y me vuelve a pringar con ese líquido pegajoso, que ahora además noto que está helado y otro rato de observación ecográfica por lugares tan íntimos mientras yo sólo sigo viendo sombras en la televisión. Todo bien…ufff! Qué alivio! Deshace el mecanismo y me puedo bajar de la silla pero antes de que me dé tiempo a inspirar con tranquilidad me advierte que no me suba los pantalones y me dé la vuelta. No te preocupes que es con lubricante. Cierro los ojos y no pienso en nada, aguantando la respiración durante varios minutos, hasta que me dice: todo perfecto! Puedes vestirte. Ahora sí que poco a poco, recupero la respiración con sincero alivio. Me visto y nos despedimos.

                Salgo corriendo porque el autobús está a punto de salir en diez minutos, llego sudando a pesar del frío, compro el billete y me siento en el asiento. Como un reflejo me palpo el pantalón a ver si tengo puesto el cinturón o me lo he dejado en cualquiera de los múltiples sitios por los que he pasado. Lo tengo puesto!  Mientras miro por la ventanilla, pienso que prefiero mucho más un día normal de trabajo a ese ajetreo médico de días como el de hoy.

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A tu sombra

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    Me gusta verte por la mañana cuando te desperezas hacia ese cielo rasgado por las líneas del amanecer. Tu figura de proporciones ampulosas destaca en medio de las otras. Me detengo delante de ti como si me observaras con tu porte silencioso. A continuación dirijo mi mirada a tus limones de líneas esféricamente hermosas, colgados con movimiento pendular en el aire. El sol brilla con más fuerza y les arranca hermosos y brillantes colores.

    Como si tuvieras alas invisibles me coloco al acogedor cobijo de sus sombras y pienso, cuánto me anima encontrarme contigo, querido limonero, cada día en el jardín, antes de atravesar la puerta de entrada a mi oficina.


El otoño llama a la puerta

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              De manera casi imperceptible, aunque no tanto como la primavera que siempre llega sin que nadie sepa cómo ha sido, el otoño llama a la puerta y, sin pedir permiso, inicia su andadura.  Dejamos atrás un verano lleno de días inacabables y calores sofocantes y que probablemente no fue como ilusionábamos. Los relojes recobran esa importancia que el estío dejó de darles y todo aquello que quedó pendiente y creímos olvidar asoma de nuevo sus largas orejas.

          El paisaje coge visos de madurez. Los colores gritones se troquelan en matices tenues, acogedores, mientras se preparan las chimeneas para el acompañado crepitar de las brasas. Las telas se alargan y engordan y los cuerpos, tan descaradamente exhibidos, se encogen sobre sí mismo o se acercan con una mayor apetencia a la acogida de ese abrazo cercano.

                Las nubes asoman con tonos cada vez más oscuros y caracolean en el cielo, hasta engullir los últimos ribetes de azul. Se convierten en una extensa bóveda gris que descarga agua en una tierra anhidra y ávida de humedad. El gorjeo desquiciado de las estaciones anteriores es sustituida por un piar trémulo de esas aves más resistentes y que no huyen a otras tierras. El paisaje se viste con sus mejores galas, cargándose de tonos ocres y amarillos y alfombrando los paseos de una alfombra interminable de hojas que crujen al pasar.

Siempre me ha gustado el otoño, esos días teñidos de pura nostalgia e incluso la visión que refleja de la naturaleza me parece más nítida. No sé si es cuestión emocional, de ánimo o simplemente de que me acabo de cambiar la graduación de mis gafas.


Au revoir, mes vacances

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          Sólo son ya un recuerdo. Un ayer reciente. Un período siempre tan esperado como, en ocasiones, frustrante.  Necesitaba descansar, olvidar las preocupaciones laborales y la esclavitud del reloj, aunque me quede la duda de qué es lo verdaderamente relajante. ¿Es viajar a sitios lejanos y exóticos? ¿Quizás el intentar hacer esas cosas para las que no tenemos habitualmente tiempo y que finalmente quedan sin hacerse? ¿O tal vez acallar simplemente ese gorjeo interno de preocupaciones, sustituyéndolo por el rumor arrítmico y siempre diferente de las olas del mar? Probablemente  tiene mucho que ver con seguir a la captura, de una manera más fácil, de esos instantes luminosos que, a lo largo del día,  nos hacen sentirnos felices.

           Finalmente pasaron de largo y mejor es no hacer el balance, pues nunca son como habríamos deseado, en parte por nosotros y en parte por las circunstancias.  Y quedan dentro esas sensaciones de remoloneos en la cama, cervezas en chiringuito, paseos por la playa, paisajes diferentes, buena compañía y horas de lectura.  El lector de libros electrónicos ha sido como una tabla de surf que durante horas me acompañaba. Con él he vivido historias impensables, recorrido paisajes maravillosos y conocido tanto a feroces asesinos como a seductores protagonistas. He surfeado sobre las olas de la fantasía disfrutándolas y sintiéndolas bajo mis pies.  Y todas esas sensaciones ya  pasadas se acumulan en desorden con aquellas otras de vacaciones lejanas que el tiempo las ha tintado en sepia y de nostalgia.

                Entro en la oficina, aparentemente está como siempre. Aún recuerdo la contraseña del pc, le doy al intro y se abre el programa de correos….como una catarata asoman todos los correos no leídos y se desparraman en fuertes remolinos rompiendo en mil pedazos los últimos restos de la tabla de surf. En media hora, todo lo pasado será un mero recuerdo.  Las viejas historias, aparentemente dormidas, comenzarán a brotar. El teléfono comienza a sonar y le diré a mi interlocutor lo que dijo aquel agustino en las aulas de la Universidad de Salamanca: Cómo decíamos ayer…

 

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Ascensum

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         La primera vez que escuché hablar de la fachada de la Universidad de Salamanca fue con 13 años, cuando mi profesor de historia, decía que era la mayor joya del plateresco, llamado así porque en la fachada se imitaba el arte de los plateros. No sabía yo entonces lo que era un platero pero mirando la foto que traía mi libro me gustó aquella fachada.

            Años después en una fría noche de abril de 1977, visité Salamanca por primera vez y unos amigos me guiaron por aquellas callejuelas, que a mí me parecían sacadas de otra época. Tras entrar por la calle de los Libreros, de pronto me sorprendieron haciéndome girar la vista  a la izquierda y,  abriéndose la calle a una plaza, el patio de Escuelas, contemplé ante mí, maquillada por la luz de la luna, la magnífica fachada de la Universidad. Me situé junto a la estatua de Fray Luis y me quedé un rato mirando aquel mosaico de variadas imágenes, intentando aguzar la vista para ver aquella extraña rana que decía que había en aquella fachada y cuya visión, decían que, era imprescindible si se pretendía aprobar la carrera.

            Muchas veces visité después aquel entorno mágico y cambiante a la vez, a quien la luz del día y el transcurrir de las estaciones mutaban el color y su aspecto. Sin duda, me quedo con esas horas del atardecer, en que los rayos del sol, que se oculta al otro lado del río, revisten de un tono dorado imposible de igualar para cualquier paleta de colores.

            De ella decía Unamuno: “Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con su broncíneo Fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de ferrocarriles ni de vana agitación humana.”

            No es extraño pues, que dada mi admiración por tan inmensa fachada en mi reciente viaje a Salamanca estuviera deseando subir al Ascensum. Es una plataforma colocada que asciende por la fachada, con motivo de la próxima restauración, y que permite contemplarla de tú a tú, con una perspectiva y cercanía de las que nunca he tenido oportunidad. Podremos detenernos frente a esas figuras que siempre vimos tan altas y tan lejanas, descubrir sus detalles, admirar la habilidad de aquellos canteros e incluso sacar una foto de la rana, con esta perspectiva, que de otra manera hubiera sido imposible. 

            Quedan pocos días, el 14 de octubre termina Ascensum, es una ocasión única que si se tiene la oportunidad debería aprovecharse, con lo que se convertirá esa experiencia en inolvidable.



Muriel Cerf y otras cosas

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     Leyendo el Blablablog de la escritora francesa Katherine Pancol, autora de "Los ojos amarillos de los cocodrilos", me entero del reciente fallecimiento de otra escritora francesa: Muriel Cerf. Esta escritora nacida en 1950, tras terminar sus estudios, recorrió el mundo tras las huellas de los hippies: Calcuta, Nepal, Bangkok... Su viaje por Asia le inspira su primer libro "L’Antivoyage" en 1974, saludado por la crítica como una revelación. Ha publicado más de una treintena de novelas. Participó como escritora en la películar "La naissance de l’amour", del que he encontrado unas curiosas imágenes, muy evocadoras, rodadas en Cádiz,que han hecho que me apetezca ver esta película. La película es de 1993, un año en que la palabra crisis sólo salía en los diccionarios y yo ni siquiera imaginaba la crisis de los cuarenta...


Barcelona

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      Aprovechando la feria de aquí, hemos viajado a conocer Barcelona. Me ha gustado el pasear por sus calles y avenidas a pesar de que en algunas costaba dar un paso. Me he detenido en rincones coquetos y sorprendido en dulces museos...hasta de xocolata. He disfrutado de sus paisajes, sus edificios de curvas imposibles y de los rayos luminosos que tras atravesar las coloridas vidrieras acariciaban las centenarias piedras de sus iglesias. He pasado calor, el viento frío azotó mi cara y me he mojado bajo la lluvia. Siempre es bueno el ampliar horizontes, contactar con gente distintas y descubrir que el mundo se extiende más allá de la estrechez de nuestros habituales ejes de referencia.

Además tuve la oportunidad de en una calle tropezarme, reconocer y saludar a Angela Becerra, una de las escritoras que más me gusta y de la que he leído cuatro de sus libros: De los amores negados, Lo que le falta al tiempo, El penúltimo sueño y Ella que todo lo tuvo. Fue uno de los bonitos regalos de este viaje.


Esa cierta edad...

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    Hay veces en que me noto en esa cierta edad, otras, más extrañamente, en que me veo  tan joven, que todavía me falta tiempo para llegar a ella, sin embargo mi fecha de nacimiento aparece invariable en mi carnet de identidad.¿De qué dependerá esa discrepancia de sensaciones?


Atardecer

20120217234217-cimg5430.jpgYa bulle Cádiz con su famoso Carnaval en un anuncio del jaleo de los próximos días. Y, sin embargo, hay rincones como éste que hoy al atardecer presentaba esta imagen de intemporalidad y sosiego.

Fríos

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        Hay algunas frases, lapidarias o  sin importancia, que a lo largo de nuestra historia se incrustan en nuestra memoria y permanecen ahí a pesar de los años. Algunas son incluso aprendidas en las aulas de la universidad, entre ellas aquella en la que insistía nuestra profesora de Termodinámica: “los cuerpos no tienen calor, tienen temperatura, el calor sólo existe cuando se ponen en contacto dos cuerpos de diferente temperatura”. Nosotros mirábamos escépticos a través de las ventanas de aquella facultad salmantina y contemplábamos el río Tormes helado, candado le decían allí. Lo mismo del calor se puede decir para el frío y yo pensaba esta mañana que si los cuerpos no tienen frío, cómo podría estar yo tan aterido con aquellos 2 ºC que marcaba el termómetro. Concluía que el problema era que el calor se estaba escapando de mí, al contacto con el aire, y a gran velocidad.

            Ya sé que por otras tierras la temperatura es mucho más baja que por esta tierra sureña, pero aquí tenemos dos cosas en contra nuestra, que ese frío está aderezado por una  humedad que atraviesa las telas como cuchillos afilados y que aquí, nunca he sabido por qué, se supone que no hace frío y en las casas, nada preparadas para el frío, no se conoce lo que es la calefacción. Por eso no me extraña que un amigo madrileño, ya talludito, dijera que el día que había pasado más frío en su vida fue una noche de invierno en que tuvo que dormir aquí, suerte tuvo de que no le devorara algún oso polar. Pero como de todo sitio y ocasión puede obtenerse alguna ventaja, yo ya encontré la mía: ahorro mucho tiempo en planchar camisas, como van tan escondidas bajo el jersey, basta con plancharle los cuellos.

 


Dos mares

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    Dos mares enfrentándose, hoy, al atardecer. El mar de agua y el mar de nubes. ¿Quién resultó vencedor? Me quedé sin enterarme, porque en pocos minutos llegó la noche y todo se volvió oscuro.


Feliz dos1000doce

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    La mañana se despereza, tras el trasnoche, con cierta dificultad. Nada parece haber cambiado, todo está como ayer, salvo los calendarios que se van colgando en las paredes. Ahora con muchas más hojas que el de ayer y con todas las páginas terminado el año en el 2.

La prensa y la televisión nos bombardean con palabras de significados similares: ajustes, recortes, medidas de contención, malos tiempos se avecinan... y al que se le ocurra colgar un gesto de incomodidad en su rostro, se le dice: ...y esto sólo es el principio!

       Las circunstancias se empecinan en incordiarnos, pero nada podrán hacer si somos capaces de rebelarnos contra ellas. Lo cambiable se intenta que vuelque, pero lo que no puede cambiar sólo es cuestión, con mayor o menor esfuerzo, de adaptarnos a ello e incluso de no dejar de azuzar esas ilusiones que siempre están dentro de nosotros. Hay cosas que no dependen de que la economía funcione bien, como el regocijarse cada mañana en el día que comienza, disfrutar de la compañía de la gente que queremos, dedicar unos minutos al día a hacer algo que nos guste o saborear esos ratos en que podemos sentirnos útiles a los demás.

           Es lo mismo de siempre, pero en estos tiempos de recesión con más motivo, el hacerse experto en encontrar esos ratos sencillamente felices en el interior de nosotros. Si lo conseguimos, ni los más duros presagios será capaces de enturbiar nuestra alegría.

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Feliz Navidad

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    Hace años en estas fechas compraba una buena colección de felicitaciones navideñas y un pliego de sellos y durante horas me dedicaba a escribir. Era una excusa, para una vez al año, acercarme a gente que habían formado parte de mi historia y que ahora estaban lejos. Iba al león de correos y veía cómo iba desapareciendo aquel mazo de cartas en su boca. De esas pocas volvían, pero a pesar de ello seguí con esa costumbre,

Los tiempos evolucionarion y la forma de comunicarnos dio lugar al abandono del papel por los sms y las letras digitales y hoy hay otras formas muy diferentes de felicitar. A mí de todas formas me gusta siempre darle un puntito diferente, más personal con algo que no proceda de esa biblioteca sin fondo que es internet, como con este dibujo.

Así que desde aquí para los que:

-habitualmente siguen mis letras

-me conocen

-es su primera vez que leen mis letras

-bostezan o sonríen al leerme

-saben a qué me refiero

-están hartos de que le feliciten

-leen esto lejos de la Navidad

-se pregunten quién escribe esto

-para el que entra por casualidad

-para ti

-para todos

¡FELIZ NAVIDAD!


Escritura creativa

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     Ayer por la tarde en el salón de actos de la fundación Caballero Bonald de Jerez de la Frontera, hubo una interesante sesión sobre escritura creativa, impartida durante cuatro horas por el escritor sevillano Julio Manuel de la Rosa.

      Con voz pausada fue introduciéndonos, con su experiencia en talleres literarios, en el mundo de la escritura, con la pregunta inicial de si se puede aprender a escribir y las dos teorías, voluntaristas y espontáneos, que hay al respecto. Nos indicó las cuatro fases de la escritura:

a) Invenire: invención de idea o palabra

b) Ordenación o disposición: el plan

c) Elocución o escritura del texto.

d) Corrección: el arte de tachar o corregir. Todo texto es mejorable.

     Dos opciones básicas en la escritura creativa: Describir y Narrar. Habló de los distintos tipos de descripción y en cuanto a la narración de su técnica y las características de la estructura narrativa. Señaló las narraciones más importantes del siglo XX. Toda la charla estuvo salpicada de textos de diversos autores que sirvieron de ejemplo a la teoría. Finalizó esta interesante sesión, que nos ayudó a acercarnos al apasionante mundo de las letras, con una metodología de análisis crítico sobre las lecturas.

      El búcaro no tenía la cámara de fotos,  pero sí un bolígrafo azul que, entre toma y toma de apuntes le sirvió para hacer este retrato del conferenciante.

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¿Por qué?

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    Durante un buen rato me pregunté esta mañana el porqué todo el mundo paseaba por la acera de la izquierda, mientras la de la derecha estaba totalmente vacía.

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Vacaciones otoñales

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   Como tenía todavía unos días de vacaciones de este año, las he cogido a finales de noviembre. Da gusto romper el ritmo habitual del trabajo y dejar que la mente se solace en cosas más agradables. He pasado un día en Cádiz y disfrutado de ese contraste de las calles bulliciosas, que no suelo ver en la cotidianeidad de mi despacho rodeado de papeles. He aprovechado el buen tiempo y paseado junto al mar y me he dejado acariciar por el sol, descubriendo que estos pequeños ratos son de los que se pueden etiquetar con un letrero que ponga: felicidad.


Novela enigma, detectivesca, negra y policial

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     A esas horas de ayer sábado, en las que mucha gente aún dormía, se inició en la Fundación Caballero Bonald un interesante curso sobre la novela negra impartido  por la escritora Marta Sanz. Con tono erudito y ameno a la vez, en un ambiente que no tardó en sentirse agradable. Nos condujo a través de algunos de los grandes autores de este tipo de novela que al principio era más bien novela enigma, entre otros: Edgar Allan Poe, Wilkie Collins, Conan Doyle, Agatha Christie… Y nos citó algunas de sus obras y sus características principales.

            Nos enfrentó dos arquetipos dectetivescos muy diferentes como Sherlock Holmes (Analítico y que busca detalles objetivos) y Maigret (sintético y que busca captar los móviles ocultos de los personajes). Nos desafió en unos minutos a construir el arquetipo de un personaje detectivesco y a ello nos afanamos con algún que otro resultado. Habló de libros imprescindibles de leer y de las distintas visiones influidas socialmente o no de algunos autores.

            Terminó hablando de que el género negro es uno de los mejores ejemplos de la teoría de la intertextualidad, está relacionado con la novela enigma, influenciado también por la literatura de prestigio y con una gran relación con el cine.

            Una mañana en la que nos sumergimos gratamente en las palabras con la ayuda de Marta aquel grupo de amantes de las letras que allí nos encontrábamos.

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Las primeras nubes

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     Ayer dando un paseo por la playa vi las primeras nubes de la temporada por este rincón sureño. A pesar de la amenaza de lluvias para este fin de semana, estas nubes famélicas y desvaídas se han ido deshilachando y no han provocado, ni por asomo, caída  de agua. El otoño se resiste a llegar. En la playa algunos toman el sol en bañador, mientras una bandada de gaviotas descaradas, posadas muy cerca, gritan como si quisiera expulsarlos de su territorio otoñal. Paseo en mangas cortas, el sol quema, mientras escucho música del mp3  y divago con mis ideas.

      No sé por qué me viene a la cabeza, la historia de P. Hace más de quince años, que por razones laborales lo conozco. Siempre me ha parecido un "pobre hombre", especialmente cuando viene a verme, de tal manera  que, si viniera conduciendo en vez de andando y le hicieran la prueba de la alcoholemia,  perdería todos los puntos de sopetón. La última vez que lo llamé a su casa pues tenía que ir a hacer unas gestiones, me cogió el teléfono su mujer y me vino a decir como en aquella frase que se hizo famosa en el 23f: "ni está ni se le espera"...porque está en la cárcel.

       Las siguientes noticias que tuve de él fue por una llamada telefónica de la trabajadora social de la cárcel, le había dicho que me llamara para un expediente que tiene pendiente de resolver. Lo que más me impresionó fue el saber que no tenía a nadie, ni familia ni amigos que pudieran venir a la oficina a recoger o traer los papeles. Se los envié por correo y hace poco los recibí por el mismo medio una vez completados por la trabajadora social. Pensaba qué le habría ocurrido para estar en esa situación, pero días después al abrir el periódico veo sus iniciales, que las conozco bien, inmersas en un juicio por violencia doméstica. Ahora comprendí muchas cosas... Pero hay algo que acabo sin entender, en todos estos años que marcan su vida ¿no tiene ni siquiera un amigo o un simple conocido?


Deambulando por las calles

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     (Puerta en Calzada de Valdunciel)

        Me encantan los pueblos castellanos, tan distintos  en tamaños y colores a los pueblos, ciudades más bien por su tamaño, de esta tierra del sur. La semana pasada he disfrutado paseando por uno, en las horas del mediodía. Silencio roto por el repiqueteo de mis suelas sobre el asfalto y algún gorjeo que llega por el aire desde la rama de algunos de los escasos árboles. Aprovecho la cámara de fotos para robar instantes de esta quietud y poder luego recrearlos. La máxima altura es la de la torre de la iglesia, que bajo el patronazgo de Santa Elena, es testigo del camino de los peregrinos que van a Santiago por la ruta de la Plata. En las casas, calladas y de planta baja o con un piso, predominan los tonos beiges y ocres. Algunas en su dejadez externa muestran el abandono de sus vecinos, que parecen mantenerlas allí como retazos de un pasado familiar que se va desdibujando con el tiempo. Las nubes colorean el cielo con los tonos otoñales recién inaugurados.

     Suenan las campanas de la iglesia y en torno a ella y enfrente en el bar de la plaza observo a los únicos habitantes. Una joven madre cruza delante mía llevando a dos niños pequeños de la mano, que son como el anuncio futuro de que a pesar de todo en este  pequeño pueblo seguirá habiendo gente.

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Por tierras salmantinas

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He recorrido más de mil setecientos kilómetros durante este fin de semana para acudir a mi cita anual con la ciudad de Salamanca. Siempre es bueno viajar cuando el motivo es un reencuentro con esos viejos amigos, de distintos puntos del mapa, que nos conocimos hace más de treinta años en las aulas de nuestra Facultad. Hemos compartido viejos recuerdos y las vivencias del último año en ese escenario único que supone el deambular entre los muros dorados de la ciudad charra. Un paseo conocido y que al verlo, cada año, con ojos nuevos nos encanta y enhechiza alimentándonos los deseos de volver.

         Hemos reiterado fotos en el mismo banco, para compararla con otras anteriores, comido menús exquisitos y otros tan castizos como el hornazo. He dormido dos noches en un sillón estrecho de un autobús, mientras mi cabeza oscilaba en medio del sueño. He gustado un paseo nocturno acompañado de la vista de las piedras luminosas y el rumor  del río. Me ha sorprendido gratamente el museo de automoción. Recorrí las calles solitarias de un pueblo de quinientos habitantes, solazándome en ese paisaje mesetario que tanta nostalgia me produce cuando está lejos. He capturado las cosas que he visto en muchas fotos y sobre todo…he disfrutado mucho.


Galopando

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          Los caballos galopando por las playas de Sanlúcar parecen estar huyendo de un verano, que tan rápido como al ritmo de esos pasos va quedando enterrado por el peso de las hojas caídas del calendario. Atrás quedan las huellas en la arena, tan breves como fútiles y con ellas los recuerdos, los momentos únicos o para olvidar, las ilusiones frustradas y todas las nostalgias que parecen acompañar al final de un verano.

         Ahora se introducirán en un tiempo diferente, no sólo de temperaturas más frías, sino de circunstancias más ordenadas, muchas veces dirigidas por la dictadura del reloj. Todo parece volver a la “normalidad” y las playas quedan vacías, reservadas para una elite de privilegiados mientras que casi todos se desperezan antes del amanercer y el cansancio va incrustándose en nuestros músculos en ese transcurrir  del día hasta esas otras horas en que el sol prontamente se retira a su refugio horizontal, acortando drásticamente las horas de luz.

         Tendremos una época, el otoño, que nos servirá para irnos acostumbrando, hasta que llegue esos días fríos, negros y lluviosos en que nos apetecería hibernar, pero siempre  en nuestro interior, seguiremos manteniendo el deseo ilusionante del próximo verano.

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Solazándome

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Aunque no soy  muy amigo de quebrantar las rutinas, por lo que tienen de romper esa seguridad cotidiana a la que ya uno está adaptado, siempre agradezco el poder disfrutar de unos días de vacaciones. En esta ocasión han transcurrido en un pequeño hotel de la sierra. El tiempo maravilloso, el cielo coloreado de azul y una brisa que revitalizaba y sacudía tensiones. En un rincón bien aprovechado de la parcela, una piscina, casi solitaria, en la que tumbado en la hamaca hacía largos ratos de relajamiento de mente, observando el cielo o el baile de las hojas. El rumor cadencioso y constante del agua envolvía el aire en una sinfonía a la que ayudaba el susurro de las ramas de los árboles, el agitar nervioso de las hojas de las macetas  y el trinar asincrónico de los distintos pájaros.

         Sobre una hamaca asoman unas piernas de tonos níveos, que desprenden suavidad desde la punta de los dedos de los pies, hermoseados por una pintura violácea, hasta las simétricas turgencias de sus muslos.

         Pendo mis sueños en el aire, hasta que al fin mi mano coge el bolígrafo negro y el cuaderno para detener esta escena y que quede anclada en mi memoria.  Al principio sólo son unas líneas suaves, casi invisibles, y perdidas que pretenden encuadrar el rincón, para ir luego reafirmándolas, oscureciendo el trazo y reavivarlo dándole sombras. Al final surgió esto del papel, no un retrato de la realidad, sino mi particular visión de aquel lugar y aquel instante que, para siempre, ha quedado plasmada por estas líneas negras.

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¿Buenos aires?

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    Tras un mes de julio y primeros de agosto de sol y temperaturas agradables, el tiempo ha cambiado en este rincón del sur. Las temperaturas han subido hasta los treinta y cuatro grados, las ventanas de las casas permanecen cerradas y las persianas bajadas hasta media altura y cuando se sale a la calle un abrigo hecho de aire caliente nos rodea y dificulta, en cierto modo, hasta respirar con fluidez.

    De tres a seis de la tarde las calles se descubren  solitarias, como las de un pueblo fantasma y sólo osan pasear  los visitantes que deben aprovechar cada hora de las que tienen, que para eso les está costando la estancia en el hotel. Cuando el día  declina la gente empieza a salir, una acera sigue solitaria, la del sol, y la otra se va notando ya bulliciosa. Las terrazas de los bares empiezan a llenarse hasta que no se encuentra una mesa libre y un ligero viento nocturno parece relajar el día. Para los dueños de los negocios son buenos estos aires de levante, pero yo en verano prefiero mil veces el viento de poniente.


De cumple

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   Hay un día en el año que es un poco diferente a los demás: te llaman, te mensajean y te llegan correos llenos de buenos deseos; para a partir del día siguiente un número más añadirse a tus datos y acompañarte en los próximos 365 días. Hoy ha sido ese día. Hace años me "deprimía" un poco, no tanto por el hecho de cumplir años sino porque se le olvidara a algunas personas que me importaban. Con los años, afortunadamente, las sensaciones han cambiado. Me gusta cumplir años y me siento a gusto avanzando hacia delante en el camino de la vida. Lo importante es hacerlo con salud y con esa sensación, más o menos engañosa, aunque no importa, de que las arrugas y todo sus entornos, se van colocando en los sitios donde mejor sienta. Y si no sientan tan bien...tampoco importa mucho porque la vista se va "acortando" para ayudarnos a ello.


Al sur de mi sur

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    Aprovechando la algarabía jaleosa de las fiestas de mi pueblo, que llega a convertirse en molesta e incómoda, he escapado durante un largo fin de semana más al sur de mi sur. Siempre es bueno disfrutar de la quietud preveraniega de este pueblito ya conocido de otras veces y desde cuya playa se divisan ya los montes de Africa. Es maravilloso dejar que el tiempo pase, sin prisas y desde la hamaca de la piscina, dejarme acariciar por el sol, leer, escribir y sobre todo soñar.

        El viento de levante tan habitual por esta zona, ha sido mi acompañante de estos días, así como el sabor del atún, que se pesca allí enfrente, elaborado en distintas recetas. De vez en cuando son necesarios momentos como éste, que detengan mi vorágine diaria y poder pasear junto al mar, contemplando un espectáculo como éste en que me hago consciente de que estoy respirando...


Sólo en la cocina...

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...escuchando Onda Melodía, entre humos. La olla expréss expulsa vapor oliendo a puré de verdura. La tapa de la otra olla borbotea mientras los macarrones se cuecen. La luz de la tarde, entrando por la ventana, estalla sobre el mantel de la mesa. Mis manos huelen a cebolla. Un pájaro se posa en el alféizar de la ventana.

    Sólo en la cocina, escuchando Onda Melodía, logro encontrar un minuto para sentirme feliz.


Escena escolar

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       Sucedido el otro día en una clase de 2º de ESO. Está la profesora, licenciada en Historia, escribiendo un resumen en la pizarra para que lo copien sus alumnos y pone la palabra “revelión”. Algunos de los alumnos empiezan a comentar por lo bajini hasta que, al fin, uno más osado, se atreve y levanta la mano:

-¿Profe, usted ha aprobado lengua?

-¿Por qué lo dices?

-Porque ha puesto rebelión con “v”.

-Pues claro, se escribe con “v”.

            Nooooo, se atreven a decir coralmente varios. Ante esta duda que surge en la clase,  la profesora pide un diccionario y al buscar dicha palabra, descubre con cierto asombro que se escribe con “b”. Lo corrige en la pizarra y probablemente piense que están bien estos cuestionamientos en  clase. Ahora todos, incluso ella, se acordarán de poner la "b" a rebelión.

                Hay que rebelarse contra ignorancias que se revelan así. Y luego nos quejamos del fracaso escolar…


A vueltas con la tecnología

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           Hay circunstancias que aunque se diferencien en matices de alguna otra anterior, cuando suceden no puedo dejar de pensar que estamos ante un “déjà vu” de algo ocurrido hace unos días.  Ha sido esta mañana en el trabajo, tras volver del paréntesis impuesto por la Semana Santa, pero esta vez le ha pasado a una compañera mía: el monitor de su ordenador no funcionaba.

            Ésta es más espabilada que mi compañero y no me dice nada, llamando directamente al departamento de informática, para decir que no funciona su monitor. Empiezo a quitar cables, aunque me mira un poco “mosca” y algo molesta, diciéndome que ya ha comprobado las conexiones y que no funciona y comienza a mandar la incidencia desde otro ordenador. Aprovecho mientras está tecleándola para quitar y poner el enchufe de la conexión. Un par de minutos después al encender el pc el monitor enciende en todo su  esplendor.

-¡Anda, ahora enciende, de pronto!

            Sin palabras, cada día me noto más curtido en la paciencia.

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Estampas cofradieras

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     Tras una Semana Santa donde el agua no ha dado tregua, ayer pudo celebrarse la Procesión magna. Toda una novedad en mi ciudad, porque por primera vez quince pasos desfilaron uno tras otros con una buena organización, a pesar de lo complicado que era el elaborar los itinerarios de cada uno de ellos. Unas nubes quisieron deslucir dicho desfile, pero con las pocas gotas de agua no lo consiguieron. Y hablando de agua, se ve que alguno de los penitentes temía, en algún momento, echarla de menos y, como se ve en la foto, no se separó en todo el rato de su botella.

Otra escena, uno de los pasos recogiéndose en su parroquia, tras los acordes del himno nacional y los aplausos de los espectadores que poblaban el exterior a las once de la noche, a continuación cierran las puertas.  Poco a poco van saliendo los penitentes de la parroquia, un joven pretende entrar al interior, pero una penitenta que estaba en la puerta le dice que no se puede entrar. El joven sin perder la sonrisa le dice:

-Es que yo...soy el párroco.

         Un tanto abochornada, la penitenta le dejó pasar. Ya sospechaba que algunos de los que salen  en las cofradías no son visitantes asiduos de la parroquia, esto me lo confirmó.


Nuevas tecnologías

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   Llego el lunes a la oficina y me meto a trabajar a mi despacho. Enseguida mi compañero, que ha estado dos semanas de vacaciones, solicita mi atención:

-Mi impresora está estropeada, no funciona.

-Es extraño-respondo-nadie la ha usado en estas dos semanas.

-No sólo no imprime, sino que ¡ni siquiera se enciende!

   Me acerco a la impresora a examinar las conexiones y veo que no tiene el cable de corriente conectado, se lo digo y me dice, que había visto un cable por detrás (el que está conectado al pc). Enchufo el cable.

-¡Ya funciona!-exclama con una alegría no exenta de cierta euforia.

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Reencuentro con las aulas

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          Durante mi vida universitaria siempre me imaginé ejerciendo la actividad docente. Y en ella fue donde inicié mi actividad laboral y permanecí cinco años. Era un trabajo para el que me consideraba preparado y en el que disfrutaba.  Pero mis circunstancias personales me empujaron a realizar unas oposiciones para la Administración, con lo que cambié radicalmente de tipo de trabajo. No sin cierta pena dejé la docencia y al nuevo trabajo tardé varios años en encontrarle su lado positivo,  acompañándome una nostalgia por aquello que había dejado, que tardó tiempo en difuminarse.

         Esta semana, por motivos de mi trabajo, he vuelto a reencontrarme con las aulas de un instituto, al tener que impartir a aquellos jóvenes un curso, muy diferente a aquellas fórmulas matemáticas que yo les enseñaba hace veinticinco años. No tuve mucho tiempo para darme cuenta de la evolución de los alumnos desde entonces a ahora, pero sí en lo diferente que son los medios  de que ahora se disponen, para impartir una clase. En aquellos años de mitad de los 80 me bastaba para explicar la tiza y la pizarra. Ahora fue necesario una presentación en Power Point, que no me permitía alejarme del ratón, ni modificar lo que ya estaba hecho.  Me gustó la experiencia, pero concluí que a pesar del actual avance tecnológico yo prefiero, a la hora de impartir la clase, esa blanca y polvorienta tiza con la que lograba dar vida a la oscuridad de la pizarra.


Seleccionado

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         Una sorpresiva llamada de teléfono, que supuse que sería  de una compañía de telecomunicaciones para ofrecerme alguna oferta, me dijo que yo era uno de los seleccionados. No comprendí muy bien de lo que me hablaba, aunque de entrada eso de ser “escogido” entre miles de personas sonaba bien. No se preocupe, me dijo que ya le llegará una carta a casa explicándole todo.

        A los pocos días me  llegó la carta de que estaba seleccionado para el proyecto Eles, que se trata de un estudio longitudinal sobre cómo envejecemos los españoles, a través de un cuestionario y unas pruebas médicas…  Y es que ya uno va alcanzando unas edades que cualquier selección, en principio, debe resultar algo sospechosa. 


Histórico

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     A veces, basta con abrir un armario para darse cuenta de que lo era un simple bote de lavavajillas se ha convertido ya en un objeto histórico.


Mareas de ida y vuelta

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    En nuestro litoral cada seis horas, aproximadamente, se alterna la marea alta con la bajamar, pero este fin de semana hemos disfrutado de unas imágenes verdaderamente inusuales. Probablemente haya influido esa luna tan próxima que ayer se acercaba a nuestra Tierra, dejándonos a la vista la intimidad de sus cráteres, la que nos ha permitido ver en nuestra costa imágenes nunca vistas y un gran contraste entre una marea baja que dejaba al descubierto arenas y rocas nunca acariciadas por el sol y una marea alta, cuyas aguas cubrían espacios que siempre habían estado secos. Como si de una gran fiesta se tratara, cientos de personas madrugaron este fin de semana para ver este espectáculo que transformaron nuestra costa como dice el tanguillo de los Duros Antiguos: "estaba la playa igual que una feria".

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Carnaval de los más jartibles

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    Cuando ya han pasado varios días del miércoles de ceniza, aún hoy, al pasear por las calles de Cádiz, era posible encontrar en muchos de los rincones del casco antiguo a grupos carnavalescos. Hay gente que no se resigna a que el Carnaval se acabe, son los más jartibles, y un día más sacan sus disfraces a la calle y adornan el aire con sus cantes.

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Volviendo...

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...tras ocho días en las garras de una gripe, al fin comienzo, poco a poco, a sentirme mejor. Todo empezó el viernes 4 de febrero que noté cómo en el trabajo me parecía flotar en una situación de ingravidez nada habitual, hasta que me tuve que venir para casa. Me desplomé sobre la cama, sin saber muy bien lo que me estaba ocurriendo, y un dolor acompañado de escalofríos, fue tomando creciente posiciones a todo lo largo y ancho de mi cuerpo. A partir de entonces perdí la noción del tiempo y las ganas de todo, perdí el hambre y hasta las ganas de escribir. Me dolía  todo y mi cuerpo se perdía entre las sábanas, donde se acumulaba un variado número de mantas en creciente desorganización. La altura de la montaña de mantas iba modificándose acorde con el desequilibrado termostato de mi cuerpo, y que hacía que frente a esos ratos en que a cada pie con dos calcetines gordos bajo cuatro mantas no hubiera forma de hacerlo entrar en calor y ese otro rato que el sofoco provocaba que me sobrara cualquier atisbo de manta. Y lo que pensaba que durante el fin de semana se resolvería, el lunes por la mañana estaba mucho peor y porque me llevaron al médico, que me dio la baja, que si no difícilmente soy capaz de llegar hasta la consulta.

        Tras volver a casa, pensando que el hecho de ir a la consulta sería inicio de recuperación, recuperé esa horizontalidad que era donde me encontraba menos mal y continué poniéndome peor.  Aparte de ese dolor extendido, la nariz se convirtió en fábrica de mucosidades que con dificultad encontraban salida y la garganta empezó a producir agrestes e insistentes toses. Me aburría, pero es que no tenía fuerzas para hacer nada, ni siquiera hablaba porque mi voz se convirtió en inentiligible. Un libro, que cogí para esos ratos de sentirme mejor, se quedó cerrado sobre el colchón. Pasaba las horas con los ojos abiertos, mirando, sin ver, a una pared blanca que me acabé aprendiendo de memoria. Y las noches eran de puro delirio, en el peor sentido de la expresión, y extraños sueños tomaban formas de retorcidas pesadillas, que permanecían incluso estando despierto.

        Al fin, a partir del quinto día percibí que, al menos, no estaba peor y lentamente inicié la recuperación. Me di cuenta que cuando andaba era capaz de andar recto, algún rato leía, aunque los trastornos y las toses me siguen acompañando hasta la actualidad. Al mirar atrás esos días aparecen en mi calendario como con números en blanco. Algo he aprendido de todo esto: ¡el año que viene me vacuno contra la gripe!


Soleando

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   Agradezco que después de tantos días de niebla y lluvia llegue la caricia del sol aunque sea en una tarde fría como la de hoy, en la que ha dado gusto pasear por la playa.


La ruta de los buenos días

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     Cada mañana, aún de noche cerrada, al salir de casa con los últimos restos de sueño aún adheridos a mi cuerpo, deambulo por las calles solitarias camino de mi trabajo. Siempre me llama la atención a esas horas la solidaridad madrugadora de los escasos paseantes, que hace que al cruzarnos con alguien aunque sea desconocido, se intercambien unos espontáneos “buenos días”. Saludos de tonos muy diferentes: desde ese afable acompañado de un leve movimiento de cabeza, a ese otro que se adivina tras un semigruñido o incluso ese saludo doble del “buenos días, buenos días” que me dirige un senegalés mientras la blancura de su sonrisa destella en la penumbra de la calle.

            Así ese cotidiano itinerario se convierte en una ruta de buenos días hasta que entro en el interior del edificio donde trabajo. Cuando vuelvo a salir a la calle, un par de horas más tarde ya dejaron de brotar esos espontáneos saludos y yo me pregunto ¿en qué momento exacto del día se transforma en una simple calle esa ruta matinal de los buenos días?


Noche de Reyes

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    Hoy es una noche especial en nuestro país, porque a diferencia al resto del mundo esa tradición de que los Reyes Magos dejan los regalos a los niños, triunfa sobre la de ese señor orondo y vestido de rojo. A mí siempre me ha despertado este día sentimientos encontrados hasta tal punto, que prefiero recibir regalos cualquier día de no-reyes del resto del año. Quizás sea una reminiscencia de mi infancia que para recibir ese regalo sufría el peaje de una noche en que el nerviosismo y el miedo a que me descubrieran despierto aquellos majestades orientales me dejaran sin regalo.

      Con los años he superado ese miedo hasta el punto de que tantos días festivos con desenlace en este día, hacen que desee que llegue pero para suspirar como un superviviente cuando ha superado una difícil prueba. No me gusta esa cierta "tensión" que se crea de que hay que regalar y que hace que acaben haciéndose, en muchas ocasiones, regalos absurdos que ni siquiera se abrirán.

      Yo prefiero regalar en otras ocasiones del año, por el aniversario, por algún evento señalado o simplemente...porque apetece llegar de esa manera a esa persona. En cuanto a regalos sigo prefiriendo aquellos en que lo de menos es lo que cuestan monetariamente:

-los que reflejan en su cariño la creatividad del que regala

-los que recuerdan momentos vividos y compartidos

-los que nunca me hubiera esperado

-los que esperaba con desesperación

-los que no ocupan espacio en el armario

-los que son tan únicos que a los demás les parecería una tontería

-los que producen lágrimas de alegría

-los que me traen ráfagas de un corazón ajeno

-los que me me pueden acompañar muchas horas al día

-los que casi no se notan

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Día muy frío...

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...pero eso no impidió que el sol con su mejores pinturas llenara todo el ambiente de brillantes pinceladas.

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¡Bloglices Navidades!

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         Aunque los centros comerciales llevan varias semanas empeñados en convencernos de que ya era Navidad a principios de noviembre, este año con menos efectividad, hasta un día como hoy no podemos decir que la Navidad ya está aquí. En los distintos ámbitos en que nos movemos, de nuestra vida cotidiana, deseamos felicidad a aquellos con los que nos relacionamos, ¿cómo no hacerlo en este otro ámbito habitual que constituye la blogosfera?

         Así que:

-a los que soléis entrar a curiosear o dejaros envolver por estas letras y a los que nunca habéis entrado, pero ¡oh casualidad lo habéis hecho hoy!

-a los que alguna vez dejáis comentarios y a los que no se os ocurre

-a los que entráis googleando o porque alguien os lo ha dicho

-a los que os gustan mis letras y a los que os aburren

-a los que sois amig@s y a los que no sé quien sois

-a los que alguna esto nos sirvió para cruzar unas palabras y para los que al llegar al punto final esbozasteis una sonrisa

-a los que habéis rectificado mis fallos al escribir y a los que habéis saboreado estas letras

-a los que protagonizaron situaciones que me inspiraron y a los que protagonizaron esas otras que nunca se me hubiera ocurrido plasmarlas

-a los que vivís cerca y a los que vivís en otras latitudes

-al que me lee cada día y al que ya se hartó de leerme

-a los que mis letras le animaron a escribir las suyas y a los que alguna vez compartieron sus escritos conmigo

-a todos…

Os deseo ya que la felicidad es algo imposible y una aspiración continua, algo más tangible: que en estos días seáis capaces de saborear instantes de felicidad y sobre todos de ser capaces de contagiarlos a aquellos con los que nos relacionaremos y compartiremos esos ratos.


Mi bolígrafo negro

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        (Dibujo de elbúcaro)

A lo largo de nuestro camino diario por la vida, muchos objetos se van adhiriendo a él. Unos son frutos de un bonito recuerdo, lo guardamos en un cajón y cuando alguna vez lo tenemos entre las manos evocamos el aroma de ese recuerdo. Otros son frutos de la edad como las pastillas de la tensión, la funda de las gafas présbitas o esa cajita donde guardamos los últimos pelos que cayeron de nuestra cabeza. Al fin, otros están continuamente a nuestro lado, su uso forma parte de nuestra vida cotidiana y nos sentiríamos casi desnudos sin ellos.

            A mí me ocurre eso, entre otras cosas, con mi bolígrafo negro. Siempre me acompaña y se me hace imprescindible. A los trece años me gustó el contraste entre las tintas roja y negra en los apuntes de Física y Química y desde entonces dejé de escribir con el color azul. Algunos años después empecé a dibujar y aquel bolígrafo se deslizaba por el papel blanco arrancando dibujos y caricaturas de cosas tan diferentes como mis amores o mis profesores. Muchos más años después la escritura me guiñó un ojo y desde entonces el bolígrafo negro también se dedica a ensartar frases y a aterrizar ideas y ficciones sobre esta nívea pista de aterrizaje que es el papel.

            Cuando estoy en algún lugar esperando, nunca me aburro. Saco ese bolígrafo del bolsillo y buscando cualquier papel a mano, dibujo monigotes o escribo esas palabras que  tal vez sean el germen de la que pueden ser mi gran obra literaria.


¿Sabe usted?

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           Claro que me ve todas las tardes sentado en este banco. A esta hora echo un ratito aquí, viendo pasar a la gente.  Yo ya llevo viudo tres años y ¡qué insoportable se me hacía cada noche el meterme en unas sábanas solitarias! Pero un día estaba en una cafetería, cuando la vi sentada allí con una amiga. Yo la conocía desde que éramos muchachitos, ¡fíjese el tiempo que hará! Porque yo voy a cumplir ahora sesenta y nueve años. Pues como le decía, la vi en la cafetería sentada con su amiga, sabía que ella también estaba viuda y no sé cómo me atreví y le dije a ella: “¿Yo te gusto a ti?”. “Claro que sí, me contestó”. Y desde aquel día salimos juntos.

            El problema es que yo vivo con mi hija y mi nieto. Y es un tema que no puedo hablar con ella. Llevamos ya tiempo saliendo y ¿se cree que alguna vez mi hija me pregunta por ella? ¡Nunca! Todo lo contrario. Me dice que ni se me ocurra llevarla a casa. ¿Sabe usted lo duro que es eso de no poder meterla ni en mi propia casa?

            Yo no me aburro, por la mañana temprano salgo a comprar el pan y los mandaítos que me encarga mi hija, luego me doy una vuelta y luego paro un rato en el bar a charlar con los amigos. Pero no me gusta ir mucho, porque entre una cosa y otra, nos invitamos unos a otros y llego a comer más que alegrote.  Después de comer me quedo dormido en el sofá y cuando me espabilo me vengo para la calle y es cuando, como le decía, me siento en este banco, para distraerme tomando el solito, hasta que atardece.

             A esa hora me voy despacito, para disfrutar más de la espera, a su barrio, donde sé que ella estará a la puerta de casa jugando a la lotería con las vecinas. Cuando termina ese ratito, algunas veces me hace una tortilla y ya me quedo a dormir en su casa muy a gustito. Sabe usted lo que llevo peor? Lo que ronca, parece que tiene una trompeta metida en la nariz. Yo le tengo dicho, que si cuando se despierta ve que me he ido a otro cuarto es que no podía dormir con sus ronquidos. Dicen que hay métodos para no roncar. Sabe usted…de alguno?

(Una historia real que el otro día me contaba Antonio, que no se resigna a dejar de seguir queriendo).


El pincel de sombras

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             ¿Quíén ha dicho que el mundo de las sombras es un mundo oscuro? La oscuridad basa su existencia en el contraste con la luz. Y a veces, como en esta mañana, la luz se muestra  amable y artística actuando como un pincel de sombras.


Aromas

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    Hay aromas más intensos en la colonia que falta en ese frasco, que se expandió y llega ya más allá de la imaginación, que en la que todavía queda estática en su fondo.

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Hay rincones

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...que deteniéndose unos instantes delante de ellos, parecen engalanarse con sus mejores luces cuando el sol se empieza  a despedir de ellos en esta tarde de Noviembre.

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En la calle

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-¿Tú te crees que si yo pudiera pagar ese alquiler estaría aquí, en la calle, pasando tanto frío?

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De paseo

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      Los que tenemos desde hace años la certeza arraigada de que no cumpliremos los cuarenta, y además no fumamos, en nuestras visitas al médico escuchamos irremisiblemente el consejo de que tenemos que pasear durante una hora al día. El caminar vale para casi todo: para el colesterol, la hipertensión, la salud cardiovascular, bajar peso, etc…

         Pero por ¿dónde pasear? No siempre hay lugares abiertos que solacen el espíritu y nos tenemos que conformar con el paseo urbano. Y hay sitios de la ciudad poco apetecible para hacerlo. Conocemos esos barrios donde distintos trapicheos no invitan a introducirnos por ellos y tampoco esos otros de grandes casas de retorcidas columnas, altas vallas y cámaras de vigilancia, donde las calles están vacías y sólo se circula en coche de alta gama. Al final decides pasear por el centro, donde todo el mundo pasea y de tanto tropezarte con gente conocida para charlar, el ejercicio se minimiza. Lo complicado, además, es encontrar esa hora al día a la que siempre ponemos la excusa de “actividades urgentes” u otra de índole climatológica, como que hace un frío que pela o un calor insoportable.

         Para incentivar el paseo he recurrido hasta a las nuevas tecnologías, con un programa en el móvil, que me dice el camino recorrido, los kilómetros andados y las calorías perdidas. Aunque todo tiene sus fallos, no sé cómo le he puesto una alerta que no sé cómo quitar y los viernes por la tarde exhausto por el cansancio de la semana, cuando intento descansar un rato, esa alarma a modo de conciencia electrónica me despierta y me dice que debo salir a pasear… Me doy la vuelta y sigo durmiendo…

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Atardece

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   Hay veces en que, debido al resplandor del sol, no vemos lo que estamos fotografiando y pulso el objetivo al azar. Después, como en esta foto hecha esta tarde, no me disgusta el resultado obtenido. 

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Otoñeando

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        Hoy es el último día de octubre. Un mes que iniciamos con el ingenuo entusiasmo de un calor veraniego que esta vez se pudiera convertir en eterno y que terminamos hoy con esa hora de luz extraviada por el capricho humano de atrasar las agujas de los relojes. El viento,  al otro lado de mi ventana, agita con fuerza la rama de los árboles como queriendo provocar la caída de las hojas antes de tiempo, mientras silba con un acorde menor de película de terror. En este sur de clima benigno empezamos ya, cuando nuestros vecinos del norte hace tiempo que lo hicieron, a almacenar las camisas de manga corta en el fondo de los armarios y a dejar extrañamente vacíos los altillos tras airear sobre las camas esas mantas que siempre guardan un cierto tufillo a las apreturas en que estuvieron guardadas.

         Y es que el otoño siempre llega… Y sus luces y colores siempre me hacen soñar. Nunca he sabido por qué me retrotraen a aquellas tardes infantiles en que la noche se adueñaba de la calle antes de que con mi maleta regresara del colegio al seguro refugio de la casa familiar donde la merienda caliente me esperaba acogedora.  El tiempo otoñea y las ilusiones buscan un hueco en ese devenir cotidiano que obliga más a refugiarse entre los muros, para desarrollar esos talentos ocultos, que  el silencio siempre fluyen de una manera más sencilla. Llegarán las lluvias y los fríos y los bosques de tonos ocres darán lugar a las ramas paupérrimamente desnudas del invierno. La naturaleza, como nosotros, aparentemente calla en manifestaciones vitales, pero sólo será una transición que bien llevada nos conducirá un año más a ese gran milagro de la primavera, pero para ello no podemos despistarnos…

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La tapadera del retrete

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         No sé si alguna vez se os ha roto la tapadera de un retrete, a mí nunca…hasta el otro día… El problema que vino a continuación fue el averiguar donde venden tapaderas del retrete y si todas serían iguales. Empecé una concienzuda investigación de la que saqué distintas conclusiones:

1)    No todos los inodoros son iguales.

2)    Se venden tapaderas en multitud de sitio, llegué a pensar si las venderían en el comercio de alimentación de la esquina, que hay casi de todo.

3)    Para averiguar el tipo de tapa, nunca me había fijado, hay que levantarla y leer las dos palabras, que pone. La de arriba es la marca del sanitario y la segunda el modelo.

Fui a una ferretería cercana con esos datos, pero me dijeron que disponían de varias tapas, pero no de la marca que necesitaba, que si lo desatornillaba y les llevaba la tapadera vieja, tal vez encontrara una parecida. Como no me pareció un sistema muy exacto, preferí llamar a una tienda de saneamientos, donde me dijeron que en dos días me la tendrían. Efectivamente, dos días después a las ocho y media de la tarde estaba desatornillando la vieja y mirando las instrucciones de colocación de la nueva, que nada tenían que ver con la antigua. Los gráficos de montaje me sonaron a Ikea, pero al fin tras no demasiados sudores quedó colocada la tapadera. Ya harto de la vieja, la metí en la caja de la nueva y la bajé a un contenedor de basura. La tapa estaba perfecta, pero el problema vino al abrir la tapa… el asiento estaba lleno de ondulaciones, venía defectuoso de fábrica. ¿Y  ahora qué? Ya era tarde, habían cerrado la tienda y me pasé toda la noche soñando con tapaderas y dudando de si no tenía que haberme metido dentro del contenedor para sacar la caja y poder devolverla.

     Al día siguiente llamé y les expliqué el problema, me dijeron que no había pega, que la volvían a pedir y que en dos días la volvían a tener de nuevo allí y me la descambiaban. Hoy fui con la tapadera a la calle envuelta en plástico, como el que lleva un wc portátil para una urgencia y me llegué a la tienda. No estaba la que me había atendido por teléfono y la de ahora me decía que donde estaba la caja que me habían dado, al final la convencí, que no quería caja, ni tornillos, que todo lo tenía, sólo la tapadera y me la dio. Ésta estaba perfecta, la examiné con lupa y, al fin, tras una semana de dimes y diretes, idas y vueltas ya tengo colocada la tapadera. Por cierto, esta vez ya no me hicieron falta las instrucciones, tras esta experiencia me he convertido en todo un experto en tapaderas de retretes.


Sensación

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    En las últimas semanas tengo la sensación de que el reloj me puede y ahora, al entrar en este rincón, he tenido que limpiar las telas de araña que se han formado. He sacado brillo y he abierto las ventanas para que entre el aire fresco y revitalizante del otoño. Ahora que vuelvo a estar aquí más a gusto, detengo el reloj y afilo mis dedos para seguir escribiendo...


Pequeño rincón

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     Nuestra vida diaria está lleno de pequeños rincones que nos invitan al sosiego y a co-sentir con el ambiente que les rodea. No es fácil habitualmente el captarlos en medio del ajetreo cotidiano, pero la simple cuadrícula de una foto, como ésta de un rincón salmantino, nos puede ayudar a abstraer y separar una imagen de todo lo que le rodea.

      La luz tenue que por contraste delinea sombras, adornadas de vegetación, en medio del brillo de la piedra de Villamayor, nos dibuja el sosiego de la brisa, invitándonos a pararnos, aunque sólo sea un infinitésimo instante y a sentirnos feliz.


Amaneciendo

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     He aprovechado bien el día y también he visto amaneceres y disfrutado de ese momento en que el sol se despereza entre las nubes. La tierra se viste elegantemente de colores y hasta un tren surca la vía para dar dinamismo a la escena, previendo, como luego lo fue, un día precioso en todos los sentidos.


Atardecer castellano

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    Durante este fin de semana he sido vapuleado por distintos autobuses, mientras recorría más de 1.600 km por distintas carreteras. Pero ha valido la pena, porque he estado con viejos amigos y visto cosas maravillosas, como este atardecer de mil colores, cuando el sol estaba a punto de ocultarse sobre unas lomas charras.

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Habrá un día...

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      Hubo un tiempo, muy distinto al de ahora, en que las cosas hoy habituales eran muy extrañas e incluso impensables, por ejemplo la democracia. En aquella época llegamos a pensar que era imprescindible cambiar el mundo en que vivíamos e incluso, con mayor o menor acierto y en la medida que pudimos, arrimamos nuestro hombro a ello. Aquella labor fue lenta y, en ocasiones, ardua. Muchos desaparecieron en aquel camino pero sobre todo y, eso fue lo más doloroso, se aniquilaron muchas ilusiones. Algo fundamental en aquellos años fue el estímulo de la música que ponía los cantautores.

            Entre aquellas voces siempre me gustaron la de este aragonés, músico, escritor, catedrático e que incluso llegó a ser político, que con aquellas canciones entonadas con aquella voz grave y profunda a la par que intensa en más de una ocasión logró emocionarme. En muchos actos, religiosos, sociales o políticos al final, a modo de himno, se entonaba la más famosa de sus canciones, el Canto a la libertad, todos de la mano y moviéndose al son de la música. Una canción que con el paso de los años suena siempre nueva, a pesar de que las circunstancias nos hagan preguntarnos más de una vez, si en muchas cosas no nos habremos equivocado.

            Cuando suena eso de “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”, nuestro ánimo se sigue sintiendo esperanzado. Especialmente siempre me ha gustado esa parte que dice “tal vez será posible que esa hermosa mañana ni tú, ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser”. ¡Qué mejor herencia para nuestros hijos!

            Para muchos de mi generación la figura de este cantautor nos dice mucho, aunque otros más jóvenes sólo lo recordarán por aquellos paseos que daba en televisión por los caminos de España con su mochila al hombro. Descanse en paz José Antonio Labordeta, tus canciones seguirán sonando…


La Biblioteca Nacional

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      Mi primer contacto con la Biblioteca Nacional fue al poco tiempo de llegar a Madrid, en 1984. Tuve varios días, antes de empezar a trabajar, para recorrer sus rincones con mirada curiosa y de paso que renové el DNI y saqué un pasaporte, que cuando me caducó sólo lo había usado para ir a Gibraltar, me saqué también el carnet de lector de la Biblioteca Nacional.

       Me impresionaba este enorme edificio del paseo de Recoletos, cuyas tripas estaban rellenas de libros de todas las épocas.   En un par de ocasiones disfruté de aquella sala de lectura silenciosa y penumbrosa con aquella lámpara individual que rodeaba de luz viva la mesa frente a la que me sentaba. Durante años  no volví, hasta que hace  unos años tuve la oportunidad de conocerla por dentro, de ver sus estanterías y de entender cómo funcionaba y, entonces, sí quedé totalmente admirado de la labor de esta institución.

       Aunque no ha sido hasta  hace unos días en que he descubierto otra de las tareas que desarrolla y que yo desconocía. Hace años, haciendo yo un peculiar estudio me enteré que en 1869 durante la inauguración de un famoso monumento se dijo un discurso que posteriormente fue publicado, pero por mucho que busqué no tuve forma de encontrar ninguna referencia a ese discurso, ni al libro donde se publicó. Consultando el catálogo de la Biblioteca Nacional  me enteré de que había un ejemplar de dicho libro, pero durante varios años no se me ocurrió como el poder acceder a él, hasta que me enteré que  a través de la página web se podía contactar con la Biblioteca y pedir una copia de ese libro. Me mandaron el presupuesto, hice un ingreso del importe y ya tengo en mis manos una copia de ese libro, del que llevaba tanto tiempo detrás. Es interesante la página y ver todos los servicios en línea que nos puede suministrar a los que somos amantes de los libros.


Mirando al suelo

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         Hay días, como hoy, en que prefiero caminar mirando al suelo, en el que piso, en lugar de mirar al frente, con la incertidumbre de hacia donde pisaré.

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Vuelta al trabajo

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       Tal día como hoy, llegó lo que hace tiempo esperaba: se acabaron las vacaciones. A eso estoy hecho, ocurre todos los años, y a base de tanto repetirlo uno se acaba acostumbrando y pareciéndole extraña esa “depresión postvacacional” que da tanto tema en las páginas solitarias de revistas y periódicos veraniegos. A lo que estoy menos acostumbrado es a lo de esta mañana, entrar en mi oficina acompañado de un silencio sepulcral, algo así al que debe haber tras estallar una bomba de neutrones. Aquello estaba desierto, lo que significa que para que la oficina empezara a funcionar tuve que hacerlo todo: quitar el candado, abrir las puertas, encender las luces, cambiar sellos, conectar aparatos de aire acondicionado…afortunadamente hoy el papel higiénico del servicio estaba cambiado, algo me ahorré.

         No había nadie para decirme lo que había quedado pendiente del día anterior, mirando por las mesas descubrí papeles abandonados y otros que no sabía que pintaban por allí. Había algunas cosas que había que hacer y me indicaba mi compañera en un papel escrito a mano, que no tuve ni tiempo de pasar ante el traductor de Google. Mañana veremos si termino de entenderlo.

                  Afortunadamente las vacaciones no habían sido tan intensas como para olvidar la contraseña para entrar en el ordenador y ¡menos mal!, porque dadas las peculiaridades de mi habitáculo de trabajo, a pesar de que sólo tengo dos manos, tuve que trabajar esta mañana con tres ordenadores a la vez, cuatro impresoras encendidas y la fotocopiadora. Y quien mucho tiene poco abarca, de vez en cuando me saltaban los protectores de pantalla de uno u otro ordenador con lo cual después de la jornada de esta mañana no se me olvida la contraseña, tras haberla tenido que escribir unas veinticuatro veces.

                El teléfono no ha parado de sonar, pero la excusa de que estaba atendiendo al público, me permitía el no tener que cogerlo. Una de las que descolgué era una compañera de otro centro de trabajo que tenían que realizar un impreso y que por las vacaciones allí no había nadie que lo hiciera, que a ver se lo podía hacer yo y se lo mandaba por fax. Encontré el hueco y le resolví el problema a ella y al que tenía delante que, a esas horas, ya debía tener cara de impaciente. En fin, la mañana fluyó y aunque salí media hora más tarde de la cuenta, ya tengo organizado el trabajo de mañana.

                    El público bien y comprensivo ante mi cara de media vacaciones, hubo dos a los que tuve que gritarles bastante, pero porque tienen problema de sordera. Ante la ausencia de todo el mundo, al menos no pude quejarme a nadie de la idílica vida de las vacaciones, cuando no se madrugaba. Lo peor una mosca, grande y gorda que estuvo toda la mañana incordiándome y no tuve ni tiempo de saber si teníamos insecticida, espero que mañana empiece su turno de vacaciones…


Giro de viento

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    Sólo los que vivimos en esta zona o los que hayan leído el libro "Los aires difíciles", pueden imaginar cuánto se agradece, cuando tras varios días de calor insoportable en que se llega a afectar a algo más que el carácter, por culpa del sofocante viento de levante, amanece un día como hoy, sonriente, para disfrutarlo, en el que el viento, educado y amable, gira a poniente.


Puñetero agosto

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       Entiendo que muchos estén esperando este mes como “agua de agosto” para disfrutar  de ese descanso merecido y necesitado tras tantos meses de duro trabajo, pero a mí por distintas y variadas razones es el mes que menos me gusta del año.

       Para los que vivimos en un lugar de costa supone la invasión por todos sitios de muchedumbres incontables. La dificultad creciente de encontrar un hueco para colocar la sombrilla en la playa. El olvidarme del coche, porque ¿para qué sacarlo del garaje si luego no hay sitio para aparcarlo? El aprender el desusado arte de hacer colas, hasta para comprar una pieza de pan. El toparse en cualquier aspecto burocrático con una administración a medio gas: eso lo lleva fulanito, pero hasta septiembre no vuelve. Oficinas que habitualmente abren por la tarde y que ahora con media jornada semejan a una verbena, sólo les falta la música. La ausencia de esa revista a la que estamos suscritos. El obligado jaleo nocturno de los que están de vacaciones, que dando voces en la madrugada, para envidia de los que intentamos dormir, quedan a las doce del día siguiente para ir a la playa. La transformación de vestuario a la que parece empujar el sol y que hace que hasta el abogado de mi barrio, siempre pulcramente trajeado, se pase el día deambulando por el mismo en chanclas y pantalón corto. El calor sofocante con que nos invade este mes y que nos hace estar continuamente sudosos hasta pr la noche.

     Sí, de vez en cuando se me ocurre decir: puñetero agosto! Y todavía falta más de medio mes. No es extraño que el día de San Ramón Nonato, por la noche, tras haber felicitado a los ramones, salga a la terraza con una bandera de colores a dar la bienvenida a Septiembre y saludar a la rutina con una amplia sonrisa.


¡Cuánto tiempo!

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     De mi trabajo forma parte esencial, siendo lo que más me gusta, la atención al público. Rodeado habitualmente de papeles, me gusta ese rato en que los dejo reposar sobre y la mesa me pongo frente a alguien para intentar solucionarle la cuestión que me plantea. Me doy cuenta de que, como en la vida, y eso que he hecho cursos al respecto, ningún libro ni curso te enseña lo que cada día se aprende con la experiencia. Una de las cosas que he aprendido es que no todos los que vienen a verme buscan soluciones, hay casos imposibles de resolver y lo que esperan de ti, simplemente, es una atenta escucha. Hay otros, quizás los más desagradables, que sólo desean gritar, echar la bilis por la boca, a estos no siempre es fácil escucharlos, pero se intenta y, a veces, terminado su discurso incluso se les percibe una cierta felicidad.

            Algunos son clientes habituales, de años, a los que les basta tres palabras o un gesto bastan para indicarme lo que quieren. Otros son ocasionales, les surge un asunto y durante meses hablamos, van y vienen, hasta que finalizado, parecen desaparecer en la noche de los tiempos. Eso me pasó ayer con uno, lo reconocí después de muchos años y le digo:

-¡Cuánto tiempo que no te veía! ¿Dónde te habías metido?

     Sin palabras me enseña un impreso firmado por la subdirectora de una prisión, en el que de forma escuetamente administrativa informa de en dónde se ha pasado los últimos diez años. Sin duda su aspecto ha cambiado, para bien, aquel muchacho de aspecto inquietante hoy es un hombre de rasgos sosegados. Me sonrió y me dijo:

-Yo también hacía mucho tiempo que no lo veía a usted.


Leyendo

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     Contra lo que suele ser habitual, no es el verano la época en la que más leo. Me resulta más sencillo durante la rutina laboral del curso, encontrar ese rato, tan necesario como sosegante, para introducirme en la lectura de un libro. Raramente suelo leer sentado en un sillón. Si el libro es para trabajar prefiero hacerlo sentado frente a una mesa y con la mano derecha armada con un bolígrafo y si es para leer hay una hora durante el día en que me gusta especialmente. Es la hora de Vísperas, ese momento en que la luz declinante del sol deviene en trémula y el duro esfuerzo del día parece sosegarse y volverse sobre sí mismo. Desciendo la persiana de mi dormitorio a media altura y dejo que el sol juguetee con las rendijas, mientras me tiendo en la cama y saboreo el descanso horizontal en mis piernas. Alzo mi cabeza con una almohada, me pongo las gafas de cerca y abriendo el libro dejo que mis ojos persigan sus líneas, casi amorosamente, hasta que la luz natural se ausenta y los primeros sonidos de la noche murmullean al otro lado de la ventana. Me levanto, entonces, con esas nuevas fuerzas que dan las letras, dispuesto a dar ese último impulso a lo que queda de día, antes de dejarme vencer por el cansancio de toda la jornada.


Abducido?

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    Logré resistir las discusiones futbolísticas en plena esfervescencia del Mundial del fútbol. No vi ni un solo minuto de los partidos, durante la final entre España y Holanda estuve paseando por la orilla del mar. Entonces, me pregunto ¿qué hago yo, aquí, en la plaza Mayor de Salamanca, escuchando, aplaudiendo y homenajeando a Vicente del Bosque? ¿Habré sido abducido por alguna extraña fuerza?


Si vas a Salamanca...

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...desde el sur y en coche, la autovía de la Plata es una buena opción, una buena y tranquila carretera. Las áreas de servicio son más bien escasas, aconsejo la salida 730 cerca de Monasterio al pie de la misma.

...como alojamiento aconsejo el hotel que hay en la calle Álava nº 8. Muy fácil de llegar con el coche y dispone de aparcamiento. Lo suficientemente lejos para que no moleste el bullicio del centro y lo suficientemente cerca, unos ocho minutos, de la plaza Mayor.

...ponte unos zapatos cómodos y disponte a andar y a asombrarte en cada rincón.

...el arte y la historia de sus monumentos te transportarán a otro tiempo, es una ciudad donde se puede soñar sin temor a que te rompan los sueños. Y no te olvides de conocer las leyendas que aderezarán el conocimiento y hará que permanezcan los monumentos en la memoria.

...y te gusta la literatura, te podrás topar con el Lazarillo de Tormes, evocar en un hermoso jardín los amores de Calixto y Melibea, sentarte en el café Novelty junto a Torrente Ballester, conocer la plaza en la que nació y vivió Carmen Martín Gaite, recorrer a paso lento los rincones por donde paseaba Miguel de Unamuno, detenerse ante la casa de Antonio de Nebrija o traspasar el aula de Fray Luis de León y en el silencio, aprovechar cuando no haya turistas, escucharle decir "como decíamos ayer..."

...infórmate por internet de los horarios y visitas gratuitas, dependen del día de la semana, de los distintos monumentos, lo que puede suponer un sensible ahorro. Por ejemplo la Universidad es gratis los lunes, la catedral vieja es gratis los martes (hasta las doce de la mañana).

...y quieres llevarte "recuerdos" gastronómicos no te olvides del hornazo y de las raquetas.

...el paseo en el tren que sale de la Plaza de Anaya te dará una visión global del casco histórico y de algunas de las cosas que puedes ver.

...todo el mundo te hablará y conoce la rana, que la verás hasta en la sopa, pero poca gente conoce la tortuga pequeña que está en la puerta de metal, hoy un restaurante, que hay bajo la casa de las Conchas.

...si pasas por los mismos sitios a distintas horas, la luz del sol jugueteando con las piedras te hará ver escenas muy diferentes. Sobre todo no te pierdas el color de la piedra al atardecer o iluminadas en la noche.

...piérdete por las orillas del Tormes, cruza por debajo del puente romano y deja a las aguas del río que te hablen.

...no intentes ver todo, porque cuando vuelvas a ir siempre encontrarás cosas nuevas que ver y admirar.

...ten cuidado porque como dice en el licenciado Vidrieras de Cervantes, "enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado".


Mientras...

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...todos esperaban que entrara el gol, yo esperaba que entrara el sol. Total, de gol a sol no hay tanta diferencia, sólo una letra.


Rarezas

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   Como todo el mundo tengo unas ciertas rarezas que me acompañan habitualmente en mi vida cotidiana. Hay épocas en que deben estar más acentuadas y circunstancias en las que no soy ni siquiera consciente de ello. Ayer fue una tarde de esas. Al llegar la tarde salí a pasear por una playa insólitamente solitaria, disfrutando de los mil colores del ocaso e incluso del viento que creaba pequeños remolinos de arena y peinaba la superficie del mar.

       La consciencia de mi rareza vino esta mañana, cuando todo el mundo comentaba un  partido de fútbol que hubo ayer y del que no vi nada. ¿Es posible que no vieras el partido? Pero si en mi casa todos saltábamos con los nervios, me decían señalándome con el dedo, como si acabara de aterrizar del platillo volante, llegado de otro mundo interestelar. Me miraban con cara rara, porque esas teóricas vibraciones que produce no habían surtido efecto alguno sobre una sensibilidad que debía tener atorada.

            Luego fue al ver las noticias, toda la pantalla se llenó de rojo y no había más noticias en nuestro país. Gente que se había lanzado a la calle a jalear con otros ese gol. Y a algunos que vaticinando el sesgo que puede dar a sus vidas el que España sea campeona del mundo, ya decían que se iban a rapar la melena ¡¡¡!! si se conseguía.

               Ante tanta rareza estuve tentado de acudir a un especialista, para decirle que no me gustaba el fútbol, si tenía solución. Aunque por otro lado cuando lo pienso fríamente, sigo concluyendo que gane o pierda, a mí me van a seguir descontando de mi nómina, la crisis seguirá (incluso con menos dinero por todo lo que nos estamos gastando allí) y que mi alegría me gusta demostrarla de otra manera que con gritos y saltos y no uniéndome a un jolgorio colectivo que no me parece que sea demasiado razonable. Otro tipo de logros celebraría yo más en nuestro país que ser más hábiles que el resto jugando a la pelota. Vale, respeto al que le gusta el fútbol, a pesar de que ciertos ruidos y estruendos rasguen la noche con más contaminación acústica de la soportable, pero, por favor, respétenme a mí y no se sientan molestos si el domingo, a la hora de la final, me observan paseando solitario por la playa, disfrutando con la contemplación del mar.


El primer día

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          Tras diez meses, a modo de un larguísimo embarazo, al fin llegó este día tan esperado. Durante este tiempo ha habido de todo: expectación, ilusión, sofocos, desesperación, afonías, noches sin dormir, sonrisas, desánimos, dudas, lágrimas, sosiego… Siempre les quedará la incógnita de si tanto esfuerzo valió la pena, aunque cuando miran atrás no les cuesta trabajo darse cuenta de aquella antigua semilla, que en otras tierras se plantó, cómo hoy ha dado su fruto. Ha sido un tiempo sobre todo de relación humana, de saber buscar las vueltas para despertar y azuzar eso que llevan dentro. A veces  el camino ha sido fácil en otras ocasiones tan penoso como si se subiera una gran pendiente y en esta última semana, desesperados, sumidos en las dudas de última hora  y en la burocracia administrativa. Hubo momentos en que, incluso, la tentación de tirar la toalla fue más acentuada de lo habitual. Cuando comenzaron en ello siempre supieron que no sería fácil, aunque la ilusión que los empujaba estaba dispuesta a saltar por los mayores obstáculos. El tiempo transcurrido matiza las ilusiones aunque, a cambio, afina las armas de la experiencia,

             Hoy al fin, empiezan las tan envidiadas como necesarias y merecidas vacaciones de los admirados enseñantes. Ojalá que sea un buen momento para recuperar esas fuerzas necesarias que nuestros hijos, en septiembre, agradecerán.


De museos

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    Siempre me han impresionado de Madrid sus museos y me ha gustado visitarlo. Recuerdo de mi primer viaje a Madrid, cuando tenía 6 años, la visita al museo del Prado y del dolor de pies que me entró, recorriendo aquellos largos pasillos que nunca parecían terminar. ¿Quién me iba a decir que años después, cuando vivía allí, lo iba a conocer de maravillas, usándolo como cálido refugio en aquellos inviernos en que vivía en un piso sin calefacción?

    Esta vez la visita fue al Museo Thyssen en el Paseo del Prado y en el que nunca había estado. Me sorprendió gratamente la colección, muchos cuadros de conocidos pintores, que está situada en un Palacio de Villahermosa modélicamente restaurado.

    Disfruté mientras paseaba, como hago en todos los museos, fijándome no sólo en los cuadros sino en todo aquel entorno que me rodeaba: en las paredes color cazuela en la que pendían los cuadros, en el eco sonoro de las salas solitarias del sonido de mis zapatos asíncronos, en las distintas miradas de los que me cruzaba (aburridas, expectantes, asombradas, despistadas...). La visión de algunos cuadros la oteé como hace una mosca que pasa veloz frente a ellos, otros me detuve en detalles que me llamaron la atención y algún otro, aprovechando los cómodos bancos que agradecían mis riñones, los contemplaba entre embelesado y sosegadamente.  Me fijé en los vigilantes de la sala, siempre he pensado que es un trabajo de observador que daría para una larga novela que se podía desarrollar durante años en los pocos metros que ocupan la sala.

     Pasé por la tienda de recuerdos, raudo y veloz porque no se me suele antojar eso que llaman recuerdos, para eso tengo mi memoria. Terminé mi paseo deseoso de escribir algunas ideas que se me habían ocurrido, tal vez era el esqueleto de este post y me senté en una de las mesas de la cafetería que tiene en la planta baja. Había sobre la mesa un extraño aparato, con pinta de cenicero, que al parecer apretando un botón aparecía un camarero, aunque para evitar situación ridícula acudí al clásico: por favor puede venir? Escribí mientras bebía esta Coca-Cola de la foto. Cuando me trajeron la cuenta, examiné la botella, le di vueltas del derecho y del revés, intentando descubrir en ella una firma, que no veía, de algún famoso escultor. Pero no, era una clásica botella de la famosa marca. Entonces, ¿cómo es posible que tuviera que pagar por ella 2,85 €?


En la gran ciudad

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    Por razones de trabajo, he pasado unos días en Madrid. Siempre me ha gustado esta ciudad, en la que residí durante cuatro años, no para vivir, aunque sí para venir unos días con el billete de vuelta a mi tierra en el bolsillo. Recorro caminos ya conocidos y veo cómo han evolucionado y descubro otros rincones nuevos que siempre causan mi admiración y mi sorpresa.

    Me reencuentro con viejos amigos y sobre todo paseo mucho, como si mis pies estuvieran dotados de alas, fijándome en la gente con la que me cruzo y en esos tics tan habituales en la gran ciudad que sólo captamos los que procedemos de latitudes más tranquilas.

     Al llegar la noche llegaba al hotel con el cansancio como compañero y al echar un vistazo a través de la ventana, veía este edificio de la maternidad al otro lado de la calle. No hay duda, por su gran letrero, de lo que es. A pesar de ser tarde,siempre se divisaban personas esperando en aquellas salas iluminadas. No era difícil imaginar la esperanza, el miedo, la ilusión, el tedio...que podrían embargarles a aquellas horas. Volvía a asomarme con las primeras luces del amanecer. Ahora aquellas salas aparecían silenciosamente solitarias. Tenía un recuerdo para aquellos antiguos vecinos de enfrente de aquella noche, deseándoles que ojalá ahora fueran un poco más felices que entonces.


La última cima

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    Una película sin duda distinta y que no deja indiferente. No es una película sino un documental dirigido por Juan Manuel Cotelo en el que nos narra la vida y muerte del sacerdote Pablo Domínguez, quien murió en una ascensión al Moncayo, el decía que quería morir en la montaña, a la edad de 42 años.

     A través de sus amigos, de su familia, descubrimos la excepcional personalidad de este joven sacerdote, con un gran talante intelectual y humano. Un reportaje que en muchas escenas no deja de emocionar y que, en el fondo, nos acerca a la vida, tan simple como llena, de un cura. Más información sobre la película en su página web.


¡Oh!

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   Por segundo año el Instituto Cervantes celebra el día del español, un día en torno la importancia de nuestro idioma en el mundo. Los que nos movemos en este mundo de las palabras sabemos de lo fundamental que es la lengua y el uso adecuado de ella para comunicarlos de distintos modos.

   En la web abierta con ese motivo se pueden ver aquellas palabras de nuestro idioma más votadas por los internautas. Son palabras hermosas, sonoras y algunas, incluso, al pronunciarla en voz alta parece acurrucarse sobre sí mismo. Algunas su simple sonido nos evocan mundos oníricos o cercanos.

    Quiero contribuir con mi palabra. Yo votaría por la palabra ¡Oh! Así escrita entre exclamaciones. Primero porque es una palabra que economiza el lenguaje, formada por sólo dos letras, una hermosa, redondeada y luego una h que, sin decir nada, se hace necesaria como apoyatura y compañía. Me gusta lo que expresa: asombro, admiración, esa capacidad tan necesaria para seguir sintiéndonos vivos y así encerrada entre esos signos, tan breve, es capaz de sustituir con creces al mejor de los discursos admirativos. Sí, decididamente me quedo con esa palabra.

    ¿Tú cual elegirías? ¿Por qué?


Lecturas de junio

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   Me gustan estos días de junio en que las tardes me permiten acercarme hasta la playa y regodearme en el disfrute silencioso y vivo de la lectura de un libro. La temperatura es agradable aún el sol no caldea  como en verano y la piel se dejan acariciar por estos rayos trémulos que tan quedamente desperezan a la melanina de la piel. La playa casi desierta no está invadida, todavía, como lo estará en pocos días, por las sombrillas multicolores de nativos y foráneos y el molesto murmullo de la muchedumbre. El rumor de las olas, a modo de sonoro silencio,  invita al sosiego y a dejar que la mirada, posada tenuemente sobre las líneas, avive la mente, azuce a la imaginación y dispare los sueños hasta más allá de las estrellas.


Mezcolanza literaria

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    La pasada semana, durante una de sus tardes, pude disfrutar de una grata mezcolanza literaria, la de poder escuchar hablar de literatura a dos escritores muy diferentes. En primer lugar acudí a una charla donde Almudena Grandes, acompañada del crítico literario Angel Basanta, nos habló de su producción literaria. Se comentó las dos etapas en que se puede dividir su escritura, la primera que empezó con "Las edades de Lulú" que la catapultó a la fama y la segunda con "Los aires difíciles", donde empieza a escribir de una manera diferente e incluso, por primera vez, a usar en narrador en tercera persona. Habló la escritora de sus colaboraciones en el diario El País y de que cómo disfruta tanto escribiendo, por eso prefiere la novela sobre el cuento, porque dura más su elaboración. Un cuento es como una escalera sin rellanos, la novela tiene que tener páginas que actúen como rellanos para el lector. De cara a próximas publicaciones anunció que estaba trabajando en una especie de Episodios Nacionales, que a modo de gran tapiz con distintos personajes, trataría hechos de la España comprendida entre 1939 y 1964.

     Aproveché un breve descanso para salir de aquella sala sin que se me notara mucho y tras recorrer en coche veinticinco kilómetros llegué al salón de actos de una biblioteca donde Jesús Maeso de la Torre, iba a presentar su última novela histórica "La cúpula del mundo". Novela situada en la época de Alfonso X el Sabio, es una ficción con tinte de novela negra en la que se recrea una hermosa historia de amor. La idea de escribir esta novela le surgió al autor en el pueblo burgalés de Covarrubias, cuando le llamó la atención un grupo de noruegos visitando una tumba, que había en una iglesia, que resultó ser la de la princesa Cristina de Noruega. El capellán le informó, además, que cuando unos años antes abrieron su sarcófago, encontraron junto al cuerpo un verso y dos recetas médicas. Esta princesa llegó a la corte de Alfonso X y se casó con un hermano y se hablaba de que entre los que fueron a buscarla había un "médico de almas". Su protagonista no es Alfonso X, sino otro tipo de personajes secundarios, aquí dicho médico de almas y la princesa. Parecía interesante el tema y las páginas que llevo leídas hasta ahora no me han decepcionado.

     Una interesante tarde sumergido en letras donde el escuchar a otros hablando de sus letras sirven para azuzar y darles algo de ánimo a las mías, sin duda, mucho más humildes.


Kilometreando

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        He tenido la oportunidad de viajar varios cientos de kilómetros y ver esos paisajes y escenas diferentes que ayudan a mantener viva, eso tan importante como mi capacidad de asombro. Y he conocido tierras almerienses. He navegado entre esos inmensos mares de plástico que forman sus invernaderos y cuyos distintos matices blancos y grises compiten con el mar azul desde cuya superficie lanza destellos los rayos de sol.

             Mis pies han recorrido las estrechas calles del casco antiguo de la capital, siguiendo el laberinto que conduce a la Alcazaba. Las piedras me hablaron de historia y de siglos y de las muchas culturas que han visto crecer dentro y fuera de sus murallas. Y desde lo alto he jugado a mirar las cosas a la distancia de un pájaro, relajar la vista en el horizonte y deslizarla entre esas callejuelas que desde la altura parecen simples rajas abiertas entre casas desordenadas y al fondo, siempre presidiendo cualquier paisaje, la inmensidad del mar.

             Estuve en el desierto de Tabernas y me reencontré con  aquel paisaje que me había hecho soñar en aquellas películas del oeste de mi juventud. Eran películas diferentes a las del oeste americano, en estas el malo no lo era tanto y el bueno tenía sus defectos. Por unas horas aquellos viejos cow-boys cobraron vida delante de mí.

            Y además, tuve tiempo de disfrutar de un hotel en el que era fácil, aparte de bañarme, el soñar y el leer en la piscina. De hecho me leí un libro de cuatrocientas páginas. Me gusta observar a la gente con las que coincido en el hotel de sitios lejanos y tan diferentes. Observo a los camareros diligentes, intentando averiguar qué pensarán sobre eso de trabajar, algunos se repetían desde la mañana a la noche, mientras los demás descansan. Una gran mayoría de los huéspedes alojados eran trabajadores de unos conocidos grandes almacenes, que había abierto una tienda en las proximidades la semana anterior y era curioso verlos, sin que te quisieran vender nada, ornando el comedor con  los llamativos uniformes femeninos de vivos colores y con unos pantalones negros, que competían unos con otros, en estilizar armoniosamente las piernas. Junto al hotel, la playa con una arena que se convierten en una verdadera tortura para los pies, tan diferente de la arena blanca de aquí que los masajea con hasta cierta ternura. Aquí no hay océano, sino un mar igual de azul, pero perezoso en mareas.

             En definitiva, satisfecho, porque siempre se aprende algo cuando te empapas de un mundo diferente al habitual.

 


Estrangulamiento urbano

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     Estamos en la semana de feria. Y durante semanas la ciudad está siendo estrangulada por la feria, que se pone en el paseo principal, dividiéndola en dos. El paseo acaba lleno de boquetes en los que se colocan grandes postes para colgar los farolillos y las flores plantadas en la primavera acaban sucumbiendo a los pisotones y a los vasos de plástico que le caen encima. Algunas calles, a medida que se acerca esta semana, se van haciendo más estrechas, se colocan casetas y al final son cortadas y abducidas de la circulación urbana. Se hace imposible circular en coche, porque todo el mundo lo hace por los pocos caminos que quedan disponibles y no digamos la búsqueda de aparcamientos, donde se pueden encontrar coches aparcados en los sitios más inverosímiles, sin que nadie se meta con ello.

   La feria avanza hacia casi la orilla del mar, desde aquí se puede ver al fondo los cacharros de la misma. Siempre nos quedará darle la espalda y mirar hacia el mar o lo que cada vez hace más gente, aprovechando los días de vacaciones el ir a conocer tierras diferentes. Al fin y al cabo suele salir más barato el aprovechar una oferta hotelera que pasar unos días en la vorágine de la feria.


Saludo matutino

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      Esta mañana al abrir la persiana, descubrí a esta hermosura que me saludaba sin ruidos desde el otro lado de la ventana.

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Contra el viento

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        Esta semana he aprovechado lo que se alargan los días, para caminar por la tarde en la playa. Hoy he vuelto a ir a pasear, a pesar de que era uno de los escasos paseantes envueltos en un fuerte viento de poniente. El poniente en nuestra zona es frío, todo lo contrario que el levante. Ha sido una sensación agradable la de caminar contra el viento, observando las palmeras del paseo marítimo curvadas como haciendo educadas reverencias, la arena dibujada de ondas que quebraban el paso de mis huellas y el mar convertido en un hisopo gigante que me salpicaba de agua salada mientras me hablaba de todo y de nada, a la vez.

          Ese esfuerzo creciente contra el viento valió la pena y disfruté mucho del paseo, sobre todo cuando al dar la vuelta sólo tuve que izarme en sus brazos invisibles y cómodamente me trajo hasta el punto de partida.


Parece imposible...

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...que esta imagen, tomada hoy, de tanto colorido y sosiego se simultanee con esas partículas horrorosas e invisibles que me han atacado hoy, produciéndome ráfagas incontroladas de estornudos y lagrimeos carentes de tristeza. Sí, ya hoy ha quedado irremisiblemente inaugurada la temporada primaveral de alergia, que me acompañará , habitualmente, durante todo un mes.

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Nexos inadvertidos

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      Junto a mi trabajo, desde hacía años, había un gran supermercado en el que yo aprovechaba muchos días al terminar la jornada para comprar esas cosas de última hora que siempre faltan en una casa. Era cómodo tenerlo ahí, por eso me entristeció cuando me enteré que, por motivos estratégicos, la empresa lo iba a trasladar. Y así lo hicieron hace un mes, el supermercado, como si fuera un templo egipcio que se traslada piedra a piedra, y todo su personal se desplazaron a otra  localidad distante 25 kilómetros y dejando, en cierto sentido, huérfano al barrio.

      Ahora da una cierta pena el pasar junto a aquel local, en otro tiempo vivo, y hoy cerrado con papeles grises, pegados en los cristales, como queriendo disimular la actual desnudez del local. Ayer sábado, como tenía tiempo, me fui a hacer la compra a esa otra población y de paso conocer al nuevo supermercado. Y fue, cuando me di cuenta que, a veces estrechamos nexos entre las personas que nos pasan inadvertidos. Mi relación con los trabajadores había sido de simple cliente, pero todos me saludaban sonrientes al descubrir a aquel antiguo cliente al que ya conocían. Lo que más me llamó la atención fue, al cruzarme con un pasillo con el encargado que llevaba dos garrafones de aceite,  y al reconocerme se detuvo y dejando uno en el suelo, me saludó estrechándome la mano muy afectuosamente. Y es que en nuestra vida cotidiana vamos dejando más nexos y rastros, entre los que nos rodean, de los que podríamos sospechar.


El escritor

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    Un ex-primer ministro inglés decide escribir sus memorias con la ayuda de un escritor, pero hay algo en ellas que resulta sumamente peligroso, pues la película comienza con la muerte de ese escritor. Contrata a un segundo escritor que es con el que viviremos la intriga de acercarse hasta ese lugar tan protegido donde vive el ex-primer ministro y se va involucrando en una historia que se complica cuando lo quieren juzgar en el Tribunal de la Haya por unos asesinatos cometidos en la guerra de Irak.

     Es la última película de Roman Polanski y que, sin tener una acción trepidante, la trama no decae y atrapa el interés, acompañada por una buena música y unos paisajes sobrios. Es imposible no solidarizarse con este escritor cuando nos damos cuenta, que su afición literaria lo está introduciendo en un peligroso laberinto de complicada salida. Me gustó mucho...


Divagación

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     Se me ocurrió esta mañana mientras realizaba esta foto: no sé por que les llaman flores "Silvestres" cuando por su color rotundamente amarillo más bien deberían llamarse flores "Piolínes". Silvestre como en las antiguas televisiones sigue siendo en blanco y negro.


¡Resistiremos!

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         Pertenezco a una generación cuyo origen se va alejando, cada vez más, en el tiempo y en la que para azuzar los recuerdos infantiles debemos recurrir a las fotos en blanco y negro en la que nuestros flequillos recortados coronaban unas frentes lisas y sin arrugas. Por entonces vivíamos en una sociedad de contados aparatos electrónicos, enchufados a 125 voltios, donde la democracia era algo extraño que había en otros países y vivíamos en un continuo ordeno y mando de la sociedad y de nuestros ascendientes…y sin embargo ¡resistimos!

         Coincidió nuestra entrada en la Universidad, con el cambio social, todo empezó a cambiar de manera vertiginosa y mucho de lo que aprendimos siendo niños, ahora no servía para nada, porque ¿de qué sirvieron mis siete años de estudio aplicado, durante mi época escolar, de la Formación del Espíritu Nacional? Intentamos formarnos como buenos profesionales en aquellas aulas universitarias, pero cuando salimos de ellas descubrimos que no era sencillo encontrar trabajo y muchos tuvimos que, sobre la marcha, dirigir nuestros pasos hacia ámbitos profesionales que nunca imaginamos. Participamos de la ilusión que se atisbaba tras aquellos resquicios que se abrían en nuestra sociedad y soñamos con Jarcha en la “Libertad sin ira” y con Labordeta que “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”. Y aquellas elevadas ilusiones se desintegraron en la cruda realidad…y sin embargo ¡resistimos!

            Ya entramos en la edad madura y la vida sigue a base de nuevos aprendizajes, fracasos y empujones. Nuestros hijos, ya crecidos, “adolescentean” y si antes no podíamos imponernos a nuestros padres, hoy nos resulta todavía más complicado el oponernos nuestros hijos. Las canas y arrugas forman parte habitual de nuestra cotidianeidad y algunos achaques comienzan a asomar. Y justo cuando estamos en ese punto en que la madurez nos empieza a enseñar algo del sosiego de la vida, asoman los políticos, que incapaces de sacarnos de la crisis económica,  nos amenazan de que no se nos ocurra pensar que vamos a tener una jubilación como la que había hasta ahora, sino que intentan oscurecer nuestras perspectivas de futuro amenazándonos con más años de trabajo y menos dinero de pensión, pero si llevamos tantos años aguantando, más que les pesen...¡resistiremos!


Cuentos alígeros

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             El pasado año a través de una charla en esta mesa camilla literaria, en que a veces se convierte la blogosfera, me enteré del concurso de microrrelatos que hace la editorial Hipálage del que luego realiza una publicación de los seleccionados. Este año me avisaron del plazo para concursar y envié uno mío que ha sido seleccionado para publicarse. En total han sido enviados 878 textos de los que han sido seleccionados 327 que irán publicados en un libro con el título de Cuentos Alígeros que está a punto de publicarse y salir a las librerías.

           Siempre alegra el ver cómo esas letras, que un día brotaron de mis dedos, escapan de la virtualidad de la red para posarse en forma de letras negras sobre una página en blanco a la vista de todo aquel que tenga ese libro en sus manos.


Plácido rincón

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         Todas las ciudades tienen esos rincones en las que sus muros parecen destilar placidez. Son calles de muchedumbres ausentes y coches huídos, por las que los únicos turistas que pasean son los extraviados y en la que se oyen los trinos de los pájaros desde lo alto de árboles invisibles. Tras los visillos de sus cierros, atisban ojos de colores desconocidos que miran hacia esos caminantes que transitan con unos pasos, que le acompañan, de ásperos sonidos que chocan contra las paredes. Los adoquines rugosos alfombrean sonrientemente los suelos. De sus casapuertas oscuras escapan al aire una mezcla de los olores de los pucheros con los de la humedad reinante.

                 Son calles, en que rotan despacio las ruedas de los carritos de la compra y se pasean a perros bostezantes, difíciles de descubrir, más que para los que tienen intuición afilada o sensibilidad desarrollada., en ellas los minutos se alargan hasta extremos insondables y, cuando se llega al final de la misma, da la impresión de haber atravesado el túnel del tiempo. Mientras se pasea por ellas ¡qué buena ocasión para hacer brotar esos sueños ilusionados que tan escondidamente nos acompañan cada día!

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Me gusta...

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... el aroma a primavera y que ésta haya empezado antes en este árbol que tengo frente a mi casa, que en los grandes almacenes.


Desnudeces

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     Tras semanas en las que el cielo aparecía revestido de grises vestimentas de cuello alto, hoy durante unos minutos nos ha alegrado la vista, dejando al aire sus desnudeces con el deshilachado de las nubes.

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Shutter Island

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       No lo puedo remediar pero cada vez que veo a Leonardo di Caprio me dan la impresión de que acaba de salir del agua tras el naufragio del Titanic, eso pensé nada más verlo al comenzar la película. Esta sensación se me ratificó cuando en dos ocasiones, en la misma película, salió empapado del agua.

       La historia se desarrolla en 1954, con una escena inicial que encontré un tanto atropellada y en la que  Leonardo di Caprio, un agente judicial, a bordo de un barco se pone a hablar con su compañero de misión, al que acaba de conocer, y en pocos segundos le revela algunos de los "demonios" de su pasado que le acompañan. Se dirigen a Shutter Island, una isla muy peculiar, a lo que solo se puede acceder por el embarcadero y donde hay un siquiátrico para criminales. Van allí para investigar la desaparición de una asesina, que ha desaparecido de su celda sin dejar rastro.

           La película está distraída, debidamente aderezada por una machacona música que continuamente promete un susto y unas imágenes que claustrofóbicamente acompañan con temporales y vientos huracanados en un cielo que, permanentemente, está gris. El dispositivo de seguridad que rodea la isla, es tal que, agobia hasta a los propios agentes. Es una película donde continuamente "llueven" cosas, ya no sólo la lluvia, sino también la nieve, las ramas de los árboles, pétalos negros que caen en sueños y hojas de papel que surcan el aire.

             Los personajes, tanto los vivos como los muertos, actúan de manera extraña y chocante, en cuanto al responsable médico, interpretado por Ben Kingsley, cada vez que aparece, su rictus estático y su tono de voz, no dejan de trasmitirnos una cierta inquietud. Una historia bien urdida y sorprendente, donde nada parece ser lo que aparenta, lo que sin duda atrapa la atención de espectador y lo empuja a pestañear lo menos posible.


Diversidad

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      A pesar de estar ya en plena Cuaresma aquí seguimos con las fiestas de Carnaval. Están tan enraizadas que las distintas actividades (pregón, cabalgata, disfraces y cantos de agrupaciones en la calle), se desarrollan durante diez días. Sin contar el concurso de agrupaciones carnavalescas, que previamente se desarrolla durante varias semanas. Miles de personas de todos los lugares se desplazan a vivir estos días en la ciudad, que gira, a pesar de las fuertes lliuvias, en torno a esta fiesta.

       El Carnaval nació como una respuesta social a la Cuaresma que, por entonces, coloreaban en tonos cenicientos el ambiente, incluso, a nivel general. La gente buscaban una forma de "responder" a esos cuarenta días de vida sacrificada que casi se imponían. Hoy, en esta sociedad laica, ha perdido mucho de su sentido lo que no quita que haya gente que siga disfrutando de todo este entorno tan peculiar en que el disfraz, el convertirse en algo distinto a lo habitual es lo esencial.

         Yo puedo entender que haya gente que disfrute con ello, a pesar de las aglomeraciones bulliciosas, los atascos de tráfico, las ausencias de aparcamiento, los miles de kilos de basura por las calles, pero...que cuando me pregunten si me gusta y les diga que no, también respeten mi diversidad y no pongan cara de pena mientras dicen: Pero ¿es posible que no te guste el Carnaval?

Cada día me divierto menos, por no decir nada, en esos acontecimientos bulliciosos y masificados. Prefiero la diversión que supone un paseo entre los chopos de un río, un buen libro en que sumergirme, tumbarme en una terraza a la luz de la luna llena o compartir una conversación agradable al calor de una chimenea.


Las olas

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Esta mañana cuando paseaba por la orilla del mar,  contemplando los mil tonos de verdes que conformaban sus aguas y acompañado del leve rumor que producían al lamer la orilla, aquellas olas me recordaron a ti. Tampoco es extraño, porque cuando estoy a tu lado, por muy lejos que estemos de la costa, tu mirada viva siempre me recuerda a la dulzura espumosa de las olas del mar.


Verde

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     Mi color preferido siempre ha sido el verde. Me parece un color elegante y tierno a la vez. Me gusta el verde que pende de las ramas de los árboles y ese otro verde que alfombrea los campos. Me gusta el agua de mar cuando verdea o esa luz del semáforo que sana la impaciencia dejando paso libre. Me producen cierta inquietud nerviosa la mirada de unos ojos verdes o imaginarme unos alienígenas de ese color. Me emboba el brillo de las esmeraldas, aunque sólo lo vi en foto y me asombra la variedad de verdes que salpican la naturaleza. 

      Con esas apetencias por el verde, ¿cómo no me iba a detener a fotografiar esos tiernos brotes verdes que surgen del tronco del árbol, dándole esa chispa alegre a su seriedad grisácea?


Entre dos luces

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       Cuando hago el camino cotidiano por las calles, en esas horas previas al amanecer, pienso que si no fuera por la luz, que desprenden los objetos, todo estaría oscuro y su existencia permanecería oculta a mi mirada. La luz nos descubre su fisonomía, sus rincones y permite a mis ojos posarse sobre ellos y reaccionar gustándolo o repeliéndolo. La influencia de la luz es fundamental, eso pensaba al ver esta casa que da a dos calles con distinto tipo de farola. En una de las calles la fachada con la luz blanca aparece moderna e incluso alegre. La otra amarillenta, nostálgica, somnolienta...como si se resistiera a despertar a la luz del amanecer. 

          Sólo unos minutos después la luz del sol invisibilizará la luminosidad de las farolas y uniformará esas dos fachadas, ahora tan diferentes, y al que pase por delante, yo mismo, no se le ocurrirá reflexionar sobre la diferencia de las dos luces.


Desnudez

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Lo más hermoso de la desnudez es, cuando como en este caso, se convierte en la alborada de una futura y maravillosa fecundidad.

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La planta de mi oficina

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     En mi oficina sólo tengo una planta, que surgió de un pequeño brote que planté en la tierra de una maceta. Me gusta verla todos los días asomada en el balcón y contemplarla cómo evoluciona su crecimiento a lo largo de todo el año. Hay épocas en que está más triste, otras parece querer escaparse en busca de aventuras y ahora en estas fechas regada por las abundantes lluvias que sazonaron su tierra se encuentra en su época más lozana. Crece sin desmayo y abre sus flores amarillas alegrándome la vista y anunciándome que dentro de muy poco nos visitará ¡al fin!, tras este crudo invierno, la primavera.


A pesar de...

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...los atascos, los baches, las curvas, la estrechez entre los asientos, los ratos de espera, las excesivas paradas, la música estridente de la radio, las conversaciones a gritos,...hay momentos en los que viajar en autobús se convierten en un verdadero placer para los sentidos.

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Un conocido

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     Hace muchos años, incluso antes de conocerlo, me fijé en aquel individuo con el que todos los días coincidía en un viaje a las seis media de la mañana en un autobús que rompía la oscuridad de las carreteras con sus focos. Alto y de aspecto adusto y circunspecto, con una barba cuidada y de porte elegante, cargaba con una bolsa donde le suponía el equipaje para unos días de ausencia por un trabajo que, entonces, yo desconocía. Mi situación laboral cambió y  dejé de subir en aquel autobús y de verlo, hasta que, al cabo de los años, volví a verlo con motivo de mi trabajo. 

        De vez en cuando coincidíamos.  Cogió confianza conmigo y acudía de vez en cuando a que le solucionara algunos de sus asuntos.  Aquella habitualidad me hizo conocerlo mejor, sobre todo cuando empezaba a hablar de temas familiares y me contaba de los trabajos de sus hijos y de cómo iban labrándose camino en la vida. Y detrás de aquel gesto serio que lo caracterizaba, descubrí en ocasiones una leve sonrisa que lograba esbozar bajo su bigote. Hacía tiempo que no nos veíamos, pero hace mes y medio nos saludamos en la consulta del médico, lo encontré extremadamente delgado...

Llegamos a apreciarnos, por eso esta mañana no pude evitar ,que cuando tuve en mis manos su certificado de defunción, un leve temblor recorriera todo mi cuerpo.

 


Cruzar

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    Hay momentos en la vida en que dar un, aparente, pequeño paso es como cruzar un arco, que no sabemos con qué nos encontraremos. Esa ignorancia es la que nos impide darlo y desde aquí tratamos de imaginar lo que habrá al otro lado...


¿Frío?

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           ¡Qué manía con que en estas tierras del sur nunca hace frío! Que nos lo digan estos días... Aquí refleja muy bien el dibujante Mel  este falsa idea, de manera muy acertada, en su dibujo publicado hoy en el Diario de Cádiz.


Dicen...

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...que después de la tempestad llega la calma...¡y se agradece!

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La extraña pareja

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        Aquella mañana, al levantarme de la cama, percibí algo extraño. Mis movimientos iniciales disimétricos, me informaban de que algo insólito me estaba sucediendo. Aquella sensación, se transformó en pocos minutos en una simple percepción y, por ello, no tardé en olvidarme de aquel leve estremecimiento que me había sacudido al inicio de mi jornada.

         El día siguió como otro cualquiera y en él viví los retazos cotidianos de trabajo, de sonrisas, de olvidos y de sueños. Sobre todo, era en aquellos momentos en que deambulaba por la calle, cuando, tenuemente, me volvía aquella extrañeza inicial acentuada por la presencia constante de aquella pareja, que de manera insistente no se separaba de mí. Ni siquiera los ratos de comida o aquellos en que charlaba con alguien, conseguían hacerme olvidar que algo me ocurría. 

            Coincidió la desaparición de la luz solar con mi llegada a casa. Me senté en la cama, con el alivio del fin del día y procedí a quitarme los zapatos y, entonces fue, cuando al depositarlos en paralelo sobre el suelo, me di cuenta que ¡había pasado todo el día con un par de zapatos diferentes!

 

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Cielo azul

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       Esa foto sacada esta mañana es un simple cielo azul, donde unos aviones se han dedicado a hacer dibujos con sus blancas estelas. Un simple cielo azul, pero que tras dos semanas de lluvias abundantes, de olor a humedad en el ambiente y de viento y zonas anegadas, lo agradece la naturaleza y el ánimo.

       Hasta los pájaros, enmudecidos en estos días, recuperaban esta mañana el coloreo de sus trinos y gorjeos que aderezaban el aire. Los naranjos de la calle cargados de fruta, brillan como caprichosos semáforos de tonalidad equivocada. Y es que después de los temporales que hemos sufrido, se agradece este día de invierno con olor a primavera.

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2.010 razones para ser feliz

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Porque..

- respiramos

-el sol sigue saliendo cada mañana

-hay más de uno que nos quiere

- hay más de dos a los que queremos

-existen las cosquillas

-comemos cuando tenemos hambre

-porque las caricias siguen siendo gratuitas

-seguimos con capacidad de asombro

-la luna llena nos cosquillea como si fuera nueva cada veintiocho dias

-el mar y el cielo siguen siendo azules

-sigue intacta nuestra capacidad de soñar

-somos capaces de vivir realidades

-la primavera nos sonríe con sus colores

-el verano nos abraza con su viveza

-el otoño nos mece en nostalgias

-el invierno nos hace gustar especialmente el calor de hogar

-los niños nos hablan de futuro

-las cerezas seguirán estando dulces

-el sueño repara el cansancio del día

-seguimos teniendo fuerzas para sonreír cada mañana

-leer nos permite viajar desde el sillón

-escribir nos permite construir mundos nuevos

-todos los días aprendemos algo nuevo

-cuando nos lo proponemos podemos crecer sin aumentar en estatura

-hay mariposas entre las flores

-tenemos un techo sobre nuestra cabeza

-aún está vivo el lenguaje de las miradas

-la lluvia sigue dando vida a la tierra

-desaparecen los anuncios en televisión española

...se me ocurren muchísimas más...¿y a ti?

¡FELIZ 2.010!


La no-navidad

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        Hace unos días iba bajando una cuesta con una bolsa de regalos, cuando desde el otro lado de la carretera alguien me llamó. Reconocí a Julia, una joven de 35 años y a quien por motivos laborales he tratado en variadas ocasiones. Cruzó la calle y se acercó a mí, para preguntarme a ver si conocía algún sitio donde le dieran una paga. Su historia es truculenta, madre de siete hijos y abuela de una nieta estuvo cobrando por víctima de malos tratos, pero ya esa paga se le había terminado y su situación actual se había convertido en crítica. Como siempre las cosas se pueden convertir en peor, a su hija de doce años, al estallarle el cristal de una ventana, se le clavaron varios trozos en su cuerpo y estuvo a punto de desangrarse, estando ingresada durante varios días en la UCI del hospital. Me habló de este último episodio, toda su historia la conocía yo de sobra, y de lo mal que lo había pasado. Ahora venía con una bolsa con alimentos que le habían dado en un convento de monjas. No me pidió nada, pero ¿cómo no iba a sacar dinero de mi cartera de modo que ella pudiera comprar algunas cosas en aquella Nochebuena? Me dio un abrazo agradecida y, con ojos llorosos, siguió su camino, mientras yo como un maxmordón pensaba que algunas personas lo tienen muy complicado para sentir la alegría de la navidad y, más bien, sus días se convierten habitualmente en una no-navidad. 

            Cuando se mira a lo lejos el árbol de Navidad, los adornos y demás aderezos nos espumillean  con sus luces y multitud de colores de esa alegría, casi infantil, de este tiempo. Si, por el contrario, hacemos, como en esta foto, el esfuerzo de acercarnos a una de esas bolas, vemos que ahora el mundo se ve monocolor y deformado. Hay gente que, por mucho que lo intente, no puede alejarse de la bola…

 

 


Navidades lluviosas

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Parecía imposible, hace unos días en que los campos estaban secos y los pantanos escaso de agua, que de pronto las nubes venidas en formación y abundantes descargaran de forma tan bestial sobre nuestra tierra sureña. Estos temporales están dando más de un problema, anegando casas y en algún lugar hasta formando remolinos en el aire con un balcón. Aquí pongo una foto obtenida hace diez minutos donde se observa un foco de luz con melenas de agua que ha sido la característica de estos últimos días. Las navidades las he pasado sin salir, porque ¿a dónde vamos a ir si no tengo una barca para recorrer las calles?


Celebrar la alegría

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         Hoy celebramos el cumplimiento de una esperanza, de esa esperanza que la humanidad durante siglos esperó y que nunca nadie pudo imaginar que se pudiera realizar de aquella manera tan original y sencilla a la vez. En la persona de un niño alumbró esa divinidad a la que el ser humano anhelante de trascendencia siempre se ha acercado de muy distintas maneras. Y en lo más pequeño alumbró lo más grande, un milagro sólo visible para aquellos que tengan el corazón abierto para verlo.

             Por eso hoy celebramos la alegría, no una alegría vana y sin razón, sino una alegría compartida que sobre todo es cercanía a los demás y solidaridad con aquellos que nos necesitan. Y en un día como hoy nos deseamos felicidad, ese anhelo cotidiano que tanto buscamos y que tan difícil, muchas veces, se nos hace encontrar. Y celebramos el encuentro con esas personas que tenemos alrededor y nos sentimos especialmente cercanos de aquellos que tienen un huequito en nuestro corazón y que la distancia se empeña en separarnos y nos acordamos de esos otros que tanto aportaron a nuestra vida y se marcharon, siempre se van antes los mejores, a otra vida mejor. Con esta llegada de Jesús se nos anuncia que otro mundo es posible...

            Y desde este pequeño rincón del esta gigantesca red, a ti que por lo que sea te has acercado hasta mis letras, aunque sea por pura casualidad, o a ti que sueles darte de vez en cuando un paseo por aquí te deseo ¡muchas felicidades! y te invito a compartir la alegría. ¿Te animas?

 


En el mercado

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         Nunca me gustó durante los años de juventud que pasé en  Cádiz, que me llevaran a comprar al mercado. Donde más disfrutaba, era fuera de sus muros: aquellos puestos de tebeos viejos y el olor vivo del puesto de churros de “la guapa”. Entrar en aquel viejo edificio, a donde siempre iba obligado, no me hacía ninguna gracia. Aquel bullicio de señoras y carros de compra, sin control, por aquellos pasillos, me resultaba agobiante. Y eso que había cosas que me llamaban la atención, como aquella carnicera de pechos gigantes que no paraban de sorprenderme, mientras nos despachaba la manteca colorá, el aspecto siempre grato a la vista de los puestos,  tan brillantes, de fruta o aquel olor de los puestos de pescado que siempre me hacía entrar con la nariz tapada mientras recorría, a paso rápido, aquellos pasillos.

 

            Ayer aprovechando que tuve unas horas por la mañana, visité el nuevo mercado, abierto la semana pasada tras largos meses de reforma. Y ahora sí que me gustó pasear por aquellos soportales reformados, con todo perfectamente colocado y entre la curiosidad de los numerosos viandantes que expectantes recorrían con su mirada todo aquel espectáculo novedoso. Lo que más me gustó es el poder pasear por la zona de pescadería sin tener que taparme la nariz entre las sonrisas estáticas de los marrajos y las patas agitadas de las galeras que se amontonaban vivas dentro de las cajas. Lo que menos me gustó la imposibilidad de que me acompañaran aquellos pasos que antiguamente me obligaban a entrar por aquellos rincones.  Al salir un suculento olor a churros llegó hasta mi nariz….

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De lecturas

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(portada de TBO del año 1967)

 

Inicié mi inmersión en el mundo de la lectura con viejos TBOs, que hoy conservo como verdaderos tesoros encuadernados, algunos incluso de los que les compraba mi abuelo, a mi madre,  cuando era una niña. De allí pasé a los comics de Tintín y Astérix, en los que todavía me recreo de vez en cuando y di el salto a Enid Blyton y Julio Verne. Luego rebuscaba en la biblioteca de mis padres, intentando encontrar aquellos libros, especialmente en la vieja colección RTV que me sedujeran con sus letras. Después libros de todos los tamaños y colores han formado parte de mis lecturas.

Me preocupa como transmitir mi afición a la literatura a mis hijas y aunque ellas leen, me doy cuenta de que no sirve de mucho los consejos partenales al respecto. A veces, basta que con ilusión les aconseje uno para que dormite días sobre su mesa hasta que vuelvo a recolocarlo al lugar en el que estaba de mi biblioteca. De todas formas, cómo podría competir mi vieja colección de libros de Julio Verne, editada en los setenta, y de de letra minúscula y apretujada sobre páginas rugosas y amarillentas con esos libros de hojas satinadas, colores vivos y dibujos atractivos que les ofrecen las librerías.

Supongo que debe ser así, porque cuando pienso en los libros que he leído, pocos de ellos fueron los que me aconsejaron mis padres. Probablemente es que los libros que leemos, como la vida de cada día, sea, en realidad, algo muy nuestro.


Esta mañana...

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...cuando, al amanecer, vi el sol desperezarse de esta manera, imaginé que hoy podría ser un día bonito...¡y no me equivoqué!


Mirada

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               Hay veces que si queremos ver el cielo, no tenemos que levantar la cabeza, basta con fijarnos y mirar al suelo.


De viaje

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      Volviendo durante dos horas en autobús, después de otras cuatro horas de reunión y cuando ya el cansancio estaba haciendo mella en mis espaldas, no me digáis que, no es un verdadero regalo para los sentidos, el espectáculo de luces y colores de nubes deshilachadas., del que recogí un instante en esta foto, que se desarrolló ante mis ojos durante más de media hora a través de la ventanilla.


Rumor

       Aprovechando el día tan maravilloso que hacía me fui a pasear junto a la orilla del mar donde me detuve a escuchar ese rumor de tus palabras que me llegaba envuelta en la tórrida espuma de las olas, cuando rompían en la orilla lamiéndome los pies.


Palabras

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           Las palabras, si tenemos la capacidad de prestarles atención, nos despiertan y  revelan sensaciones más allá de la combinación habitual de sus letras. En este caso estas solitarias letras metálicas sobre una valla callejera, parecen anunciarnos que a estas horas y al otro lado de esa valla está despertando la aurora y además, ¿por qué no?, que  puede ser un hermoso amanecer.


El viejo púlpito

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       Mis pasos perturbaron el silencio y la quietud de la vieja iglesia de pueblo, a pesar de que se deslizaron silenciosos por la pulida superficie de su suelo. Las luces de los cirios que iluminaban los altares, agitadas por un viento invisible, provocaban sombras caprichosas en aquellos muros, bañados en penumbra. Al girar una gruesa columna, serpenteando en torno a ella, me topé con la subida del viejo púlpito.

 

            Sus escalones, desgastados en madera de un tono oscuro indefinido, rezumaban polvo de años, que parecían agarrarse con fuerza, cual percebes a sus rocas, y ascendían pesadamente hacia esa altura donde se abría el púlpito. No era difícil imaginar, hace años, los pasos producidos por los anchos zapatones de algún clérigo de luenga sotana, al subir, con esa soltura que da la habitualidad, aquellos escalones para proceder a su prédica. Desde aquella altura a superioridad distancia de los bancos atestados de fieles, emitiría sus soflamas con voz impostada y blandiendo, a modo de arma, un dedo dirigido al cielo, con lo que querría indicar su cercanía al mismo o señalando a alguien, lo que implicaba la vergüenza del apuntado. Sus palabras asustarían más que convencerían, sobre todo cuando citaba aquellos tormentos apocalípticos que ponían e alma en un puño y advertía sobre las nefastas secuelas de los malos comportamientos.

 

            Esto ha cambiado, afortunadamente, ya no habla el sacerdote desde aquella “cercanía” al cielo sino desde ese suelo a ras de sus oyentes. Ya no pretenden asustar sino convencer y hablar de un Ser que no persigue para castigar, sino que acompaña amorosamente en el camino de cada día. Por eso, cuando miro esos viejos escalones polvorientos, me gusta el que tengan ese polvo incrustado consecuencia de que nadie los pisa desde hace mucho tiempo.

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Entre catedrales

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       Cuando uno recorre la ciudad de Cádiz, descubre una original estructura de calles estrechas y en algunos momentos se parece pasear por un laberinto, donde repetimos las esquinas, ya que muchas parecen iguales. Cuando uno tiene la habilidad de encontrar alguna  de las salidas de ese laberinto, siempre tiene el mismo premio: el mar, que rodea a toda la ciudad como un collar de perlas.

        En una de esas salidas se encuentran las dos catedrales, la nueva y la vieja, y entre ellas se acaba de inaugurar este espacio arquitectónico, "entre catedrales". Así se llama ese recoleto  y níveo rincón, que rodeado de los muros ásperos de piedra ostionera de los dos templos gaditanos, se alza, como un extenso mirador, frente al mar. Es un lugar digno de visitar y sentados en sus bancos marmóreos, los tiene de sol y sombra como los cosos taurinos, dejar que la mirada se mezca en ese vaivén continuo y eterno que producen los rayos de sol sobre el verde brillante del océano. El oído se acaricia por el rumor asíncrono de las gaviotas que cruzan el cielo. ¡Cómo no detenerse a disfrutar de la quietud y el recogimiento al que aquel escenario invita!

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Lo primero...

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...ha sido abrir los ojos, lo segundo abrir la boca simultaneándola con un bostezo y lo siguiente, acudir medio adormilado al ordenador para escribirte este correo y decirte que, tras este paréntesis de la siesta en que había estado soñando contigo, tras despertarme, como cada minuto desde que te conocí, he vuelto a vivir contigo.

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De difuntos

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         Nos decía un profesor de Filosofía, que la idea de la muerte siempre la tenemos presente, pero que, sin embargo, no siempre estábamos pensando en ellas. Sin duda, que esto sería agotador y algo desquiciante. Sin embargo, hay momentos en el año, como estos días, en que la muerte en algunas de sus formas se inocula más en nuestra cotidianeidad.

            Dos tradiciones perviven a este respecto, por un lado esa tradicional visita al cementerio a adecentar las lápidas de nuestros difuntos y poner unas flores de precios prohibitivos y por otro, esa especie de tétrico carnaval de calabazas y calaveras que exportado de  tierras americanas cada día, tiene más aceptación entre los jóvenes. Esto segundo me parece una invento un tanto absurdo, en cuanto a la visita al cementerio, voy alguna vez, pero nunca en esta época de atascos de los pasillos entre lápidas y desde luego con el respeto que puedo tener a los restos de mis seres queridos, sé que de ellos queda bien poco ahí y no creo que haya que darle lustre a la piedra que tapona ese hueco. A mí no me gustaría que mis restos quedaran en ningún sitio, que se incineraran y volaran al viento. Que quien quiera recordarme no necesite de viejos huesos carcomidos por los años, sino por lo que durante mi vida haya podido dejar en ellos.

            En relación con este mismo tema, el otro día en mi trabajo me ocurrió una cosa curiosa. Después de solucionarle un problema a una señora, me confiesa que hace unos días pasaron un verdadero sofocón en su casa, porque alguien les había comentado que yo me había muerto. La señora me comentaba esto sonriente y me decía que había pensado:

-¿Quién me va a solucionar a partir de ahora estos problemas que este hombre me resuelve tan estupendamente?

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Brillo en el cielo

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      Aunque el atardecer llegue una hora antes, no es obstáculo para que este espectáculo tan barato como maravilloso se haya producido esta tarde en el cielo.


Fiesta local

     Los días de fiesta local, como el de hoy, tienen un aroma especial, en mi pueblo todo se paraliza. Todos los comercios están cerrados, el silencio de las calles sólo son rotas por el ruido de las suelas de los escasos paseantes y hasta los pájaros parecen enmudecer. Es extraña esa sensación de reloj detenido, cuando a sólo a unos escasos kilómetros el ajetreo laboral bulle como en un día normal. De hecho la mayoría de los  centros comerciales y pueblos de alrededor están llenos de mis convecinos que huyen de lo que para ellos supone un pesado silencio.

     Hay otro grupo que ven el día como un regalo para realizar, con desusado sosiego, aquello que en los demás días no pueden hacer. Ya no sólo hablo de todos aquellos con los que me topé esta mañana paseando junto al mar en esa lucha cotidiana del andurrear contra el colesterol, sino algunos, mucho más coloristas, aprovecharon la mañana para dar capotazos en rojo sangre sobre la arena, pensando ¿quién lo sabe? en un más o menos cercano triunfo en otra arena distinta.

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Los más jartibles

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      Cuando se acercan tiempos malos, hay dos posturas: la del que va sacrificándose en preparación a lo que se avecina o la del que vive lo bueno hasta el último instante pensando que ya habrá tiempo para pasarlo mal cuando no haya más remedio. Con la climatología pasa parecido, los más previsores ya sacaron las ropas de invierno, pero estos de la foto, tomada hoy doce de octubre en un lugar cercano a Rota, los más jartibles de la playa disfrutan del sol y del mar como si estuvieran a principios del mes de agosto.

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Momento mágico

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      Hay muchas veces en la vida momentos mágicos que salpican nuestra existencia y en los que  nos acercamos al significado de la palabra felicidad. No suelen ser momentos ruidosos, ni envueltos en bullicio y aunque tengamos los pies en la tierra parece que con los dedos estemos tocando las estrellas.

         En el pasado fin de semana tuve uno de esos momentos mágicos, sentado en un banco de piedra y contemplando los álamos de la orilla del Tormes, mientras el rumor del agua se acompasaba con el descenso trémulo, a través del aire, de las hojas secas que alfombraban caprichosamente el suelo. El sol desprendía los últimos rayos de la tarde, alargando la sombra de los chopos, y entonces fue, cuando me di cuenta que para tener un momento mágico, como ése, sólo hacía falta algo: la capacidad de disfrutarlo.


Portátiles ¿de regalo?

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La Junta de Andalucía a través de la Consejera de Educación ha anunciado que durante el próximo curso se le regalará un ordenador portátil a todos los alumnos de 5º y 6º de primaria, en total poco más de 173.000. Me cuestiono si es tan necesario, sobre todo en los tiempos de crisis que estamos sobrellevando,  ese gasto que no creo que sea tan imprescindible para la educación de nuestros hijos. Más bien lo que suele ocurrir a esas edades es que tenemos que restringirles el tiempo de acercamiento a los ordenadores y motivarles para que trabajen más tiempo con los libros y cuadernos.

 

            No es difícil figurarse una clase de 25 alumnos tecleando, con un profesor que, quizás ha sido introducido recientemente por pura necesidad a las nuevas tecnologías, e intentando centrarlos en el estudio de una determinada página académica.  Mientras, los alumnos que la mayoría a esas edades dominan con maestría la informática, cuando no son verdaderos hackers, se dedican a chatear por el Messenger o a comentar fotos en el Tuenti. Los ordenadores se podrán llevar a casa y es fácil imaginar algunos haciendo de postes de portería de fútbol en el patio de recreo. Luego llegarán a casa y se encerrarán en su cuarto durante horas con el ordenador, hay mucha tarea se excusarán a los padres, quienes no entenderán como después de tantas horas de “trabajo” en casa sacan sus hijos esas notas tan nefastas. Todo ello sin contar cuando se estropeen los ordenadores ¿habrá un técnico de mantenimiento en cada centro?

 

            Creo, en definitiva, que la Consejería de Educación podría ahorrarse esa inmersión obligada a los alumnos en la informática y dedicar ese dinero y esfuerzo a educar en esas asignaturas y valores de las que tanto cojean nuestros escolares.


Provocación

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     No me preocupan los problemas, mientras no me falten las fuerzas para enfrentarme a ellos. . Rebusco en mi silencio y me siento a gusto con lo que me rodea. Descubro en los demás sus resquicios de bondad. No me afectan los pesimismos ajenos, no voy en busca de verbenas, ni me solazo en las muchedumbres jaleosas. Sin duda, a todo ello le afecta la provocación, que tú me haces, a la vida cada mañana.


Aromas de septiembre

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     La playa casi desierta nos trae en un hálito la próxima nostalgia del otoño. Los colores se atenúan en la paleta del cielo mientras el ruido bullicioso del gentío del verano ha sido sustituido por el graznido intermitente de gaviotas que planean próximas y se posan elegantes, picoteando la arena en búsqueda de comida, sin que nadie les interfiera. Los que pasean, ejercitando sus piernas por la orilla del mar, con cara de que les queda menos de un año para irse de vacaciones, se resisten a separarse del mar, desafiando la caída de las hojas del calendario.

      Una pareja, madre e hija adolescente, resisten sentadas en sendos sillones sobre la arena, envueltas en toallas, para contrarrestar los aires vespertinos de septiembre. Conversan y una ráfaga de aire me trae fragmentos de las palabras experimentadas de la madre:

-Lo que ocurre es que ahora hay una gran confusión, el acostarte con uno no quiere decir que te guste.

     La hija calla, con la mirada perdida hacia más allá de su corazón, y oye esas palabras que de tanto oirlas solo la  rozan levemente. Su mirada queda atrapada por ese cubo de plástico solitario que está junto a la madre y estoy seguro, de que le invade el recuerdo de antiguos veranos y por un instante le  apetecería quitarse el uniforme de mujer y ponerse el de niña en el que su mayor problema en la playa era que el castillo de arena quedara bien hecho.


Entre San Polo y San Saturio

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        He recorrido muchos kilómetros durante este verano, pero, sin duda, los más deliciosos han sido los paseados en Soria entre las ermitas de San Polo y San Saturio, bordeando la orilla del Duero a los sones del rumor alegre de las ramas de los chopos, mientras mi interior se regocijaba en los versos de Antonio Machado, que tan bien supo retratar en sus palabras los Campos de Soria:

He vuelto a ver los álamos dorados, 
álamos del camino en la ribera 
del Duero, entre San Polo y San Saturio, 
tras las murallas viejas 
de Soria —barbacana 
hacia Aragón, en castellana tierra—.

Estos chopos del río, que acompañan 
con el sonido de sus hojas secas 
el son del agua, cuando el viento sopla, 
tienen en sus cortezas 
grabadas iniciales que son nombres 
de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis 
de ruiseñores vuestras ramas llenas; 
álamos que seréis mañana liras 
del viento perfumado en primavera; 
álamos del amor cerca del agua 
que corre y pasa y sueña, 
álamos de las márgenes del Duero, 
conmigo vais, mi corazón os lleva!


Caminando entre cascotes

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      El deambular por el mitológico laberinto de Creta se ha convertido en un juego de niños comparado con el circular por donde yo vivo. Debe ser uno de los lugares donde el estado más ha invertido, con motivo de la crisis en obras públicas y, cada día,  nos encontramos que una nueva calle sucumbe al efecto de la piqueta. Ese dinero debe gastarse en un determinado período de tiempo, lo que ocasiona es que todas las obras se realicen al mismo tiempo, afectando de manera importante al devenir cotidiano.

      Cuando salgo de casa a las 7,30 de la mañana, por las distintas calles aún solitarias se observan extraños ejércitos de excavadoras con sus focos encendidos, acompañados de una infantería uniformada de cascos de plásticos y chalecos reflectantes que se van extendiendo por las distintas calles. Se distribuyen en su lugar y empiezan  a destrozar el suelo, hacer socavones, meter tubos, tender cables...atronando el aire con sus ruidos y despertando a los sufridos durmientes que, con motivo de sus vacaciones, pensaban despertarse más tarde.

      Los conductores nativos debemos encontrar, cada día, caminos imaginativamente nuevos , mucho más largos, por calles por las que antes nunca pasábamos  para llegar a nuestros destinos habituales. Los conductores forasteros fiados del gps, observan como éste se vuelve afónico insistiendo que cojan por determinada calle que  descubren que está cortada y repleta de agujeros terrosos. La circulación a pie por dichas calles se hace especialmente compleja, sobre todo si caminas en una silla de rueda o paseando un cochecito de bebé. Los aparcamientos han disminuido apreciablemente.

      Lo único bueno es que estamos desarrollando la virtud de la paciencia hasta extremos inimaginables y esa idea a laaaaaaaaaarguisimo plazo que prometen los políticos que tendremos una ciudad hermosa.

 


Sólo una hoja del calendario

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      Cuando veo que el sol empieza a ocultarse en el mar y miro las últimas horas, descubro un día diferente. Esa inusual algarabía matinal que me ha rodeado: besos y abrazos variopintos. Timbres sonoros de llamadas telefónicas tras la que aparecen algunas voces queridas, otras desconocidas y, alguna que otra casi olvidada. Voces que quieren resultar alegres y que te animan, te sonríen sin ver sus bocas o se solidarizan con tu situación. Papeles de regalo que desgarrados se acumulan sobre la mesa creando con sus brillantes colores un mosaico caprichoso, dejando al descubierto los regalos que encerraba en una mezcolanza que se reparte entre útiles e inútiles.

     Siempre hay algún regalo sorprendente, maravilloso como si brotara de la lámpara de Aladino, que nunca se te hubiera ocurrido pedir y, sin embargo, es algo mágico en todos sus aspectos. La comida es jaleosa, frente al mar. Las gaviotas se mecen, extrañamente estáticas, en las ráfagas del aire. El ruido resacoso llegó hasta más allá de cuando nos encontramos a solas, yo y mi silencio.

      ¡Cuánto jaleo por cumplir un año! Y si lo pienso el único cambio visible con el día de ayer es que el calendario tiene hoy una hoja menos.


Paris, Paris

    Siempre se agradece el abandonar por unos días el suelo que habitualmente pisamos e ir a un lugar diferente donde, a medida que nuestros pies se agotan al caminar, nuestra mirada se amplía y nos ayuda a descubrir cosas nuevas. Eso es lo que he hecho durante varios días en Paris. Hubo cosas peculiares en esta ciudad que me llamaron la atención:

-Si te paras en un paso de cebra los coches nunca paran. Hay que cerrar los ojos cruzar y cuando te ven en mitad del paso de cebra se detienen.

-Los trenes del metro, al revés que en Madrid, llegan a la estación por la izquierda.-Cuando entras a comer en algún sitio, preferible pedir agua del grifo, que sale gratis, que una botella de agua mineral que te puede salir por tres veces lo que una cerveza en España.

-Las cafeterías aprovechan mucho el sitio y las sillas se encuentran excesivamente pegadas. Es dificil mantener así una charla con una cierta intimidad con alguien y más cuando encima las sillas de las terrazas no se ponen una frente a otra, para que se miren los que se sientan juntos, sino mirando hacia la calle.

-Si quieres ver bien el cuadro de la Gioconda...¡no vayas al Louvre! La enorme sala en la que se encuentra siempre está atestada de gente haciendo fotografías a un cuadro que se ve  a lo lejos con un cristal que enturbia su vista. Es fácil llevarse un pisotón o un codazo en dicho empeño.

-Si eres aficionado a los comics no dejes de pasar por la rue Dante, cerca del barrio latino, la disfrutarás.

-Si tienes niños mejor llevarlos a los museos antes de que cumplan dieciocho años, te sadrá la entrada gratis.

-Las calles se notan seguras, no es para menos cuando por la explanada de hierba que hay delante del Louvre, te ves pasear a tres jóvenes soldados con sus fusiles ametralladores en las manos.

-Para probar helados riquísimos no dejes de ir a la isla de San Luis ese recoleto terreno situado calladamente tras Nôtre Dame.

-Si montas en el metro no se te ocurra perder el billete, cuando menos lo esperas te encuentras un pasillo cortado por tres inspectores con cara de pocos amigos que te piden el billete para seguir el camino. No sólo lo piden sino que lo revisan comprobando fecha con detenimiento.

-Por 1,60 € vale la pena ahorrarse los nosecuantos escalones de subida al Sacre Coeur y subir en funicular. Mejor lleva el dinero suelto que no hay forma de oir y menos de entender a la chica que vende los billetes arriba.

-Si tienes "suerte" y tu avión se retrasa dos horas, aparte de hacerte amigos de toda la vida con tus compañeros de vuelo, la compañía aérea te regalará un bocadillo y una bebida.


La violinista

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          Pensé que sería una audición como cualquier otra. Asistí a ella revestido de la paciencia paternal del que escucha a través del aire los sonidos del pentagrama ejecutados por neófitos aprendices. Tras dos horas, en la que aquella agitación sobre los oídos fue adormeciendo los sentidos, llegó el momento en que todos aquellos jóvenes intérpretes junto con sus profesores se dispusieron a tocar, a modo de orquesta, varias piezas musicales. La directora, con traje largo y de espaldas, levantó ambos brazos como si fuera a imprecar una oración. Durante un instante todos los sonidos se acallaron, armónicamente descendió los brazos y estallaron al unísono los sonidos de los distintos instrumentos que manejaban aquellos jóvenes.

 

            Fue, entonces, cuando la vi, sentada delante, en un extremo de aquella abigarrada orquesta, era la profesora de violín. Con algunos años, muy pocos, más que sus alumnos aquella figura atrajo hipnóticamente mi mirada. Una camiseta de finos tirantes dejaba al descubierto unos brazos finos y con unos torneados músculos ejercitados, aunque no exageradamente. Su barbilla abrazaba el violín con mimo maternal y los dedos de su mano izquierda alborotaban hábilmente sobre las cuerdas, mientras el arco sostenido por la mano derecha acariciaba las cuerdas extrayendo sonidos de puro goce. Su cuerpo, aposentado sobre la silla, oscilaba a uno y otro lado al ritmo de la música, dejando en cada bamboleo al descubierto retales de una barriga de blanco marfileño. Todo su elástico cuerpo danzaba al ritmo impuesto por la música que iba extrayendo de aquel mágico instrumento y que a través del aire creaba sinuosas estelas invisibles.

 

            Mis ojos dejaron de parpadear para atrapar al máximo aquella imagen y, en un determinado momento, dejé de escuchar la música para sentir como mi cuerpo temblaba al ritmo de aquellos sensuales movimientos que, en el más maravilloso de los instantes, ella coronó con una sonrisa.


Tu cumpleaños

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         Al fin llegó el día de tu cumpleaños, ese que iba a ser un tanto especial y que has aguardado con una espera no exenta de euforia durante los últimos doce meses. Y es que por obra y manera de los números ahora sociológicamente y desde mi punto de vista te has convertido en una señora mayor.

            Es buen momento, de hecho me consta que lo has hecho así, de mirar hacia atrás agradecida por todo lo que estos años te han regalado y sobre todo por todo lo que has asimilado. El tiempo le ha dado forma a tus, ahora viejas, ilusiones de juventud, las ha dotado de realismo y ha exprimido de ellas lo mejor que guardaban dentro.  Has aprendido a relativizar las situaciones, a hacer lo que te viene en gana sin estar pendiente del que dirán, a querer a los que se lo merecen e incluso a realizar lo importante por encima de lo urgente. Comprendo muy bien esa felicidad que transmites esculpida con delicadeza minuto a minuto durante tanto tiempo. Tus gestos, tras reposar durante años en las barricas de la vida, al igual que el mejor vino se han teñido de madurez añeja y haciéndome partícipe de ellos. Hoy disfrutarás de este día entremezclando risas y lágrimas teñidas de emoción.

            Lo único que se me hace extraño es tener, a partir de este día, amistad con una señora tan mayor, sin embargo en seguida se atenúa mi extrañeza, cuando pienso que antes de dos meses tendremos ya idéntica edad.


Adiós Benedetti

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      Hace unos días nos ha dejado el poeta uruguayo Mario Benedetti con él se nos va un hábil entretejedor de versos. Sostengo entre mis manos uno de sus libros "Preguntas al azar" y recuerdo aquel lejano día de 1986 en aquel rincón del parque del Retiro, en que estaba la feria del Libro, en que él me lo dio dedicado con su trazo vivo y anguloso.

        Me siento deudor de sus palabras, porque a través de ellas ¡cuántas veces he logrado salir de la monotonía y hacer ascender mi espíritu hacia esos lugares donde sólo la creatividad es capaz de conducirlo!, también porque sus palabras, en más de una ocasión, han sido el vehículo para transmitir, aquello que sentía, de la mejor manera posible.

          Descanse él en paz, pero sus palabras, no mueren, seguirán vivas allá donde haya un corazón atento que quiera escucharlas.

TE QUIERO

Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos;
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice, y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada;
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.

Tu boca que es tuya y mía,
Tu boca no se equivoca;
te quiero por que tu boca
sabe gritar rebeldía.

Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Y por tu rostro sincero.
Y tu paso vagabundo.
Y tu llanto por el mundo.
Porque sos pueblo te quiero.

Y porque amor no es aurora,
ni cándida moraleja,
y porque somos pareja
que sabe que no está sola.

Te quiero en mi paraíso;
es decir, que en mi país
la gente vive feliz
aunque no tenga permiso.

Si te quiero es por que sos
mi amor, mi cómplice y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.


Una inolvidable aventura

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      Por motivos de trabajo, durante la semana pasada, he cogido cuatro aviones y recorrido más de mil kilómetros para realizar, por motivos laborales, un curso en tierras gallegas. El sitio donde se celebraba era un paraje encantador, rodeado de la mayor policromía de verdes que nunca había visto y situado en una altura desde la que se divisaba una hermosa extensión de mar que,  con la luz cambiante del día y los diseños elaborados por las nubes, siempre se veía nueva. 

  He aprendido cosas, entre otras a sobrevivir veinticuatro horas sin equipaje, gracias a la ineptitud de la compañía aérea. He compartido el tiempo con un grupo de personas procedentes de todos los puntos de España y he recorrido ciudades pétreas de acogedores soportales. He experimentado la caricia dulzona de la lengua gallega en mis oídos.  Por la noche teníamos tiempo de disfrutar de la gastronomía del lugar: esos animales con coraza que, al arrancárselas, permiten paladear con exquisitez sabores poco habituales, regados con un vino de Albariño que fluía en ríos dorados por nuestras gargantas.

         Durante estos días el mundo mundial y el mío local, han seguido su ritmo, aunque en aquel extremo norte de la península pareciera que se había detenido por unos días. He vivido lejos de los periódicos, de la televisión, de internet...y me he dado cuenta que se puede vivir sin esas cosas tan "necesarias" que me suelen rodear habitualmente. Y esa "desintoxicación" me ha venido de maravillas cuando, además, la he podido compatibilizar con el sueño de paisajes y ciudades diferentes y el conocimiento de gente maravillosa.

  Sí, en definitiva, una grata aventura, que ha dejado un sabor en los labios que sé que perdurará durante mucho tiempo.


Me gustan...

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...esos ratos como el de esta mañana, en los que por unas horas dejo de lado aquello que me preocupa y logró centrarme en las sensaciones que me rodean: el color del mar, el bramido de las olas rompiendo y engalanándose de espumas, el trino confundido de los distintos pájaros saludando al sol y el alfombrado multicolor de las flores sobre los campos verdes.

     ¡Qué fácil resulta, cuando se abre uno a las sensaciones, el alcanzar sin esfuerzo la cima de los sueños!


Y todavía...

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… nos quejaremos de que nuestra vida es difícil.

Nos conocemos hace ya unos cuantos años. Acudió a mi oficina con un fajo desorganizado de papeles que, aunque no tenían que ver con mi trabajo, sabía que lo podría orientar. Andrés ha aprendido burocracia a base de recorrer despachos, cosa que nunca le ha asustado como aquella vez, hace diez años, en que subió al tren para ir a Madrid y fue directamente a un Ministerio, desde el que llamaron asombrados diciendo que qué hacía aquel hombre allí. Tras un rato en que estuve explicándole qué pasos debía dar, le costó trabajo pero su cabeza moldeada a empujones por la vida acabó enterándose.

             Ya más relajado, resuelta aquella preocupación, me habló de su vida con un tono jocoso, aunque no exento de una cierta angustia. Se levantaba a las siete de la mañana a fregar la cocina, lo primero que hacía su mujer al levantarse era “revisar” que estuviera en perfecto estado de revista y decía que en eso se jugaba su plato de comida. En su casa tiene diez personas de distinto parentesco a las que hay que darles de comer, cuando no hay comida, decía, se reunían en torno a la mesa vacía. Uno de sus hijos es minusválido síquico y llega a mediodía del centro al que acude, otra de sus hijas tiene problemas con la droga y una de sus nietas pequeñas tiene una minusvalía física que la hace totalmente dependiente. Contaba que el dormía en el sofá porque cualquiera quita a la nieta de ese lado de la cama al lado de su abuela. El soluciona todos los papeleos y cuando llegan las doce de la mañana llega su mejor rato del día, en el que olvida todos sus problemas y es que, a pesar de sus más de sesenta años, se dedica a correr 20 km y se siente nuevo. Se marchó con la sonrisa en la boca… y cuando escucho cosas como estas ¿tengo derecho a decir que mi vida es difícil? ¡Desde luego que no!


Sabor a primavera

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     Me gusta, llegadas estas fechas, eludir de vez en cuando la vista de los papeles que tengo sobre la mesa de la oficina y dirigirla al balcón en el que tengo esta maceta de aeonia. Es una planta agradecida y que crece  a pesar de que, no siempre, me acuerdo de regarla todos los viernes, como símbolo del fin de semana. Es la primera planta a la que todos los años veo florecer y esa salpicadura de pétalos amarillos, especialmente al mediodía,  me colorea la mañana.

    Ha coincidido la floración con los primeros días de sol, que aquí en Andalucía con temperaturas que llegan hasta los 20ºC ya empieza a tener sabor a primavera. Vendrás más lluvias, probablemente, y alguna que otra bajada de temperatura, pero la naturaleza siguiendo su camino inexorable ya abandona las temperaturas del crudo invierno. Ojalá este brillo de primavera que ahora se extenderá por doquier no quede solo reducida a la naturaleza.


Seminario de novela juvenil

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      La Fundación Caballero Bonald ha organizado, un interesante seminario sobre "La novela juvenil", a desarrollar en sesiones mensuales con el siguiente plan:

29 de enero Jesús Díaz Armas habló de "En busca de un lector adolescente: paseo por la actual novela juvenil".

19 de febrero Jordi Sierra y Fabra, autor de "Lágrimas de sangre" conversa con María José Gómez Navarro

26 de marzo Mariasun Landa autora de "Mi mano en la tuya" dialoga con José García Oliva

23 de abril Eliacer Cansino autor de"El misterio Velázquez" dialoga con Antonio Ventura

21 de mayo Joan Manuel Gisbert autor de "Los espejos venecianos" dialoga con Rosa Huertas Gómez

11 de junio Lorenzo Silva autor de "El cazador del desierto" dialoga con Aida Rodríguez Agraso

    Una buena oportunidad para que los amantes de las letras se acerquen  a estos importantes autores que tan bien han sabido acercar al mundo de la literatura para jóvenes.


Arte

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      Hay figuras construidas por la naturaleza que son verdaderas obras de arte, como ésta que acabo de atrapar hace unas horas con mi objetivo. Sólo hay que estar atento a ellas.


Atardecer

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   Todos los días hay un atardecer, pero no siempre es tan hermoso como éste que acabo de contemplar hoy.


¡¡Feliz año nuev-e!!

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    Cuando sólo faltan unas horas para acabar el año 2008 quiero desearos a todos los que entréis por aquí un muy feliz año. El año empieza, tal vez un día como otro cualquiera, aunque tengamos que inaugurar calendario en la pared. Vendrá, sin duda, con sus problemas, pero lo importante es que tengamos fuerzas y ánimo para afrontarlos. A ello ayudará el potenciar los valores de paz y solidaridad que son tan necesarios para una mejor convivencia entre todos.

    Ojalá que cuando terminemos el año seamos capaces de afrontar el siguiente, al menos, con el mismo ángulo de sonrisa que éste.


Feliz Navidad!

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     Sí, ya creo que es buen momento para desearla.  No es cuestión de anunciarla desde noviembre, como hacen los centros comerciales, ellos se excusan con que tienen que vender. Pero yo no tengo que vender nada, todo lo contrario si algo hermoso tienen estos días es el don de lo gratuito, que está en su base. El origen está en ese Dios hecho niño que vino a este mundo en un rincón humilde y nada acogedor, sin pedir nada a cambio. 

    Es el momento de detenerse un poco sobre ello y una excusa para vivir de una manera especial el concepto de cercanía y solidaridad con aquellos que nos rodean. La vida no suele ser fácil, especialmente en estos momentos de crisis económica que se ceba sobre aquellos que menos tienen. Demos una oportunidad a lo inesperado, rompamos esa burbuja, que nos suele acompañar, llena de buenas intenciones, de cosquilleos de corazón, de besos perdidos, de ilusiones baldías, del que dirán, de palabras animosas reprimidas...y dejemos que todo ello se reparta sobre los demás, intentando hacer un mundo mejor. Unos gestos que no deben ser lo original de unos días, sino un cambio de actitud para el resto de nuestros días.

A todos vosotros, a los muchos o pocos que asomáis por aquí, a los que me leeis por primera vez y  a los que sois viejos amigos de mis letras, a los que no me conocéis de nada y a los que más de una vez habéis visto mis ojos, a los que nunca más entraréis en este rincón y a los que seguiréis viniendo, a los que disfrutáis con estos días y a los que sólo deseáis que llegue el siete de enero, desde y con estas letras os deseo de todo corazón que seais felices y tengáis:

¡¡FELIZ NAVIDAD!!


En la exposición

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      Siguiendo los consejos de Prometeo, estuve hace unos días en Madrid visitando dos de las exposiciones colgadas en la Fundación Mapfre de Madrid. La exposición muy interesante y digna de ver, me encantaron especialmente los Sorollas, sin embargo hubo cosas, no sé si porque uno no está acostumbrado a ciertas costumbres capitalinas, que me llamaron la atención.

En primer lugar la cola. Se ve que no era el único que había decidido ir a Madrid en esos días. Cuando me acerqué, bajo el paraguas a la sede de la exposición, vi que una larga cola daba la vuelta a la manzana. Y allí estuve más de media hora intentando evitar mojarme más de la cuenta y dudando de si valía la pena tanto tiempo perdido. Me consolaba ver en la acera de enfrente, otra cola, yo diría que más larga que ésta que iba a ver una exposición de pinturas en el BBBVA. Tras ese rato y goteando agua desde la cazadora hasta el suelo, entramos en el interior.

Nada más entrar había que colocar los paraguas en una especie de paraguero con cuadritos, en los que se introducían los paraguas. Yo preferí recoger el mio y disimularlo que dejarlo allí y entré a ver los cuadros de Degas. Pero nada más entrar a uno de los vigilantes no le gustó mi mochila y me dijo que había que salir a dejarla en una consigna exterior. No entiendo el por qué se puede pasar con un bolso pero no con una mochila ¿qué distingue una cosa de otra? Eso sólo lo pensé no iba a filosofar ahora sobre el tema, así que me llegué a la consigna a dejar la mochila. La introduje dentro, cerré la puerta de la taquilla y no había forma de sacar la llave. La cambié de taquilla y lo mismo, hasta que me di cuenta de que había que introducir un euro para que se pudiera sacar la dichosa llave.

        Me puse a ver los cuadros. Me gustó Degas, en especial el ver al natural aquellos cuadros, de damas en sus arreglos cotidianos, que hacía muchos años había conocido en libros. ¿Por qué en una exposición la gente no habla? El que lo hace, articula palabras entre murmullos, como si en un extraño respeto cohibiera la presencia en aquel lugar. Se acerca un vigilante a la señora que está a mi lado y le dice que su paraguas plegable no puede llevarlo colgado en la muñeca, sino que tiene que hacerlo desaparecer dentro del bolso. 

Busco el ascensor y subimos a la primera planta. Un lío, se abren dos puertas en el ascensor, acierto por la que tengo que salir y veo la exposición de 1900. Me encantan estos cuadros, sobre todo la luz que emana de ellos y esos retratos sosegados que hace de la realidad. La gente sigue sin hablar y en medio de este silencio catedralicio suena mi móvil...Todavía no he podido contestar cuando tengo una vigilante a mi lado, interrumpiendo la conversación antes de empezar, para decirme que allí no se puede hablar con el móvil, sino que tengo que irme junto al ascensor. Intento decirle que no es que yo estuviera llamando a nadie, pero mejor me callo y cuelgo en segundos.

         Me voy de la exposición, ha dejado de llover, contento pero con la convicción de que en estas exposiciones, antes de entrar, deberían dar un manual con todas esas cosas que, aunque se hagan en la vida diaria, no están permitidas en tan peculiares recintos.


Entrada al colegio

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       La mañana, armada de un pincel de frío seco, dibuja bajo un cielo límpidamente azul, el ambiente de brillantes colores. Rojo escarlata y verde esmeralda se suceden en las alturas dando órdenes de detención y aceleres a la fila de vehículos que se entrecruzan, milagrosamente, sin chocarse. La temperatura acelera los pasos agitados de madres y niños enbufandados que con ojos sólo medio abiertos se dirigen al colegio. Gestos de adioses, que expresan figuras de pelos revueltos surgen de las mangas de batas desgastadas que asoman a las ventanas.

       Los árboles exhiben ostentosamente sus ramas desnudas mientras a sus pies revolotean hojas secas de podrida belleza que crepitan y crujen al ser pisadas. Un viejo edificio de piedra vieja coronado por una torre parece engullir aquella hilera revoltosa que serpenteando por la plaza desaparece en el interior en una atenuada algarabía. En lo alto de la torre la mirada abstraída de las cigüeñas acompaña los pasos, ahora relajados, de esas madres que se refugian al calor seguro del café y la cómplice compañía.

        En un banco un anciano con la boina calada sobre una frente en láminas, observa como mudo espectador a aquella plaza, ahora, muda y silenciosa.  Los tacones acelerados sobre el suelo indican la proximidad de una joven que llega tarde al trabajo. Su abrigo modela unas líneas que revitalizan, por un instante, aquel lugar. El anciano, al mirarla, se sorprende exclamando a sí mismo:

-¡Ay, quién tuviera cincuenta años menos!

 


Entre líneas

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  •       Muchas veces, cuando has asomado la naricilla por este rincón, has intentado leer entre líneas descubrir cuanto habría de ti o no en lo que yo escribía. Yo sonreía cuando lo que era pura ficción lo convertías en algo que yo te habría dirigido tan afilado como una saeta.  Hoy no tendrás que leer entre líneas, quiero dirigírtelas a ti en este día de tu cumpleaños. No puedo contactar contigo. No sé por donde andas, si siquiera si andas o estás sentada, si estas trabajando o te fuiste de vacaciones. Tan lejos...y tan cerca a la vez. No tengo forma de felicitarte, pero como sé que tarde o temprano tu nariz volverá a asomar por aquí, quiero desearte esas felicidades, que te deseo de corazón esperando que la vida siga comportándose contigo, al menos, como hasta ahora. No todos los días se cumple una nueva docena de años...
¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!

 


Esos instantes...

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       Llevo unos días de mucho trabajo y cuando llega la noche noto como el cansancio se aúpa de una manera especial sobre mis hombros, por eso se agradecen esos instantes especiales, como esta noche en que he podido contemplar la luna llena tintineando en el cielo, mientras me embriagaba el perfume exótico de la flor del azahar, que florece por segunda vez en noviembre.


Laborando

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       Llevo varios días en los que laboralmente no paro un instante, pero hoy, además para ser viernes, ha sido agotador. Tenía trabajo atrasado y acumulado de la semana sobre la mesa, pero al terminar la mañana todo sigue igual debido a que no he parado de atender a la gente. En primer lugar un hombre joven que estaba de permiso carcelario y aprovechó para venir a verrme para hacer una consulta.  Luego una joven madre soltera que venía a que la informara de que tiempo necesita para cobrar una ayuda, trabajando como está en un hotel, feliz ella de trabajar, pero con un empresario aprovechado, que total para un par de meses que iba a trabajar tampoco le iba a dar de alta en la Seguridad Social.  Después un hombre cargado de años y fatigas que me inquiría la forma de conseguir un alta médica, lleva casi dos años de baja y teme que pueda perder el trabajo, tuve que convencerle de que cuando uno está enfermo no se puede decidir por sí mismo el que está curado, sino que para eso está el médico. Tras cuatro llamadas de teléfono le logro aclarar a dónde debe dirigirse para comentar su tema con la inspección médica.

Ya terminando la mañana, y tras varias respiraciones profundas, me apareció Emilio. Éste es un hombre encorvado por el peso de las arrugas, manos rugosas de trabajador y manifiesta afición al vino. Visitante asiduo en las últimas semanas se ha visto inmerso en una burocracia que él no entiende muy bien y que hace que le hayan pagado poco más de mil euros indebidamente, deuda que quedará compensada en su totalidad con un pago que debe recibir. El problema es que lo que ha llegado a su casa es una carta con la deuda y nada de la compensación, lo que hizo que apareciera con aroma alcohólico y ojos llorosos. Y el lamento no era tanto por el dinero que en esa carta le comunicaba que debía, sino porque la mujer lo había puesto como los trapos diciéndole que todo aquello era culpa suya y era él el culpable de haber traído aquella ruina asu casa. "Esto me va a costar un divorcio", me decía. Lo consolé como pude y le dije que se viniera el lunes, pero con su mujer y que ya trataría de explicarle a ella, para que no le echara aquellas culpas indebidas. 

Cerré la puerta y me senté en un sillón, intentando que mi corazón se desacelerara y tomara su ritmo normal. Saboreé durante diez minutos el hecho de no hacer nada, mirar al techo y disfrutar del silencio. Pensaba en todos aquellos rostros a los que había atendido durante la mañana, me sabía nombres y apellidos y casi en dni, y repasaba un poco aquellas historias, todas ellas con su punto de tragedia. Y concluía que me gusta mi trabajo, que me permite estar cerca de gente con unas necesidades concretas y hacer algo por ellas. Por un momento pensé, algo así como debe pensar el médico en su consulta, que no me gustaría estar al otro lado de la mesa.


Quince a uno

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        Sí, estamos sumergidos en una gran crisis pero eso no es motivo para que, mirando atrás, veamos todo lo que nuestra sociedad ha avanzado en estos últimos años. Aunque queda todavía un largo camino para recorrer en la igualdad de sexos, los progresos son visibles. Se trabaja por la paridad en variados lugares y situaciones. La mujer está presente en todos los ámbitos de la sociedad, muchas de ellas ocupan importantes puestos laborales y políticos. Y el hombre parece que ya empezó a entender la importancia de implicarse plenamente en la educación de sus hijos. 

Pero en medio de todo este movimiento, hay un lugar que resiste: ¡mi pueblo! Llevo catorce años asistiendo a reuniones escolares y debería estar acostumbrado, pero lo de hoy me ha resultado excesivo: la tutora, catorce madres y yo.

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Nos rodean...

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…¡están por todos lados! Y no los distingue ni la edad ni el sexo. No están contentos consigo mismos, pero menos con los que le rodean. Sin ser “gourmets”, distinguen el mínimo fallo de condimento en una comida. Sin ser Casanovas están seguros de que ellos siempre dan muchísimo más cariño del que reciben. Cuando miran a su alrededor se fijan, con envidia, en los que están mejor que él, pero les cuesta darse cuenta de los que están peor. Su trabajo se les hace sumamente penoso e “ilusión” es una palabra a la que le falta la página en su diccionario. Son expertos, incluso parece que titulados, en el descubrimiento de errores ajenos. En verano se quejan del calor y en invierno repugnan el frío. La soledad les abruma, el bullicio les agobia. Desconfían de las sonrisas pensando que algo ocultarán detrás. La música les suena a murmullo y les molesta el trino de los pájaros. Su pasado fue duro, del presente mejor no hablar y les agobia el futuro. Son hábiles profetas de desastres y llevan escritas en su camiseta la palabra pesimismo.

            Sí, sin duda abundan como si un extraño planeta nos lo fuera inoculando en la sociedad. Todos conocemos a algunos, pero no hay mejor medicina que ignorar sus síntomas, sin olvidar a las personas, para llenar de color la vida cotidiana.

 


Lluvia

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            Hoy ha estado la lluvia, durante toda la noche envalentonada con los gritos de los truenos y golpeando en los cristales de mi ventana. Si estoy atento, en ese golpeteo puedo distinguir hasta tres notas musicales diferentes, que formando un acorde acaban por acompasar mi sueño y sumergirme en su placidez. La lluvia, tan escasa por esta zona, cuando llega así, casi por sorpresa, siempre parece traernos estelas de melancolía adheridas a sus gotas. Al despertar esos cristales lamidos por microgotas nos permiten observar como en un caleidoscopio retazos de recuerdos infantiles, que al calor de una lumbre, aunque nunca volverán, permanecen eternos.

             Ojeo el periódico entre mis dedos, precios... las bolsas se hunden, se inyecta dinero...sólo a los bancos, el euribor parece que baja no sin cierto esfuerzo... Entre sus páginas anuncios me asombran los productos de las tiendas de informática, cada vez más potentes y más baratos, sin embargo los libros, a pesar de todo lo que se escribe, no bajan de precio. Se me ocurre pensar que "cualquiera" podría usar un pc o un pendrive, pero para disfrutar un libro y contagiarse de lo que encierran las letras hay que tener, sin embargo, una sensibilidad especial.  

            El hecho de que  bajen de precio y podamos tener más cosas, no nos hace más felices. La felicidad está más bien en saber vivir con ellas. Sigue lloviendo...

  


Ni lo intentes

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  Si quieres cambiar de actividad y viajar hasta el sur de la península, concretamente a Cádiz. Si quieres aprovechar que este fin de semana, a pesar de las predicciones, no está cayendo ni una gota. Si te acercas al Castillo de Santa Catalina y tras contemplar ese paisaje único de la playa de la Caleta, te gusta la pintura de Sorolla y sus contemporáneos y quieres ver la exposición que hay en su interior:

¡¡NI LO INTENTES!!

       ....desde ayer viernes a las 14,30 la exposición está cerrada por un fallo en el aire acondicionado. ¿Tan difícil es encontrar a alguien que lo repare, durante el fin de semana, y evite paseos inútiles hasta el interior del Castillo a todos los que nos acercamos con la intención de ver esa muestra artística?


Estirando los días

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       Soy afortunado al presentárseme la oportunidad, cuando ya hace tiempo que se me acabaron las vacaciones, que en un fin de semana pueda volver a hacerlas presente, como una isleta en la cotidianeidad laboral. Estos días son especialmente gratos porque el tiempo sigue acompañando y, sin embargo, el bullicio veraniego ha menguado mucho.

      He visitado el sur de la provincia de Cádiz y sentido la caricia del Levante, ese viento que hace revivir y adormila al mismo tiempo, aunque afortunadamente eran soportable sus embates y he conocido las ruinas de la ciudad romana de Baelo Claudia, situada casi en el extremo sur de la península, muy cerca de Tarifa.

Esta ciudad nació a finales del siglo II a de C., en su desarrollo pudo influir el comercio con el norte de Africa, sin embargo su principal riqueza fueron sus industrias de salazón del pescado y las salsas derivadas del mismo. La máxima importancia la adquirió en tiempos del emperador Claudio (41 a 54 d.C). Hay un centro de interpretación que permite hacerse una idea de la magnitud de aquella ciudad y luego se puede visitar el conjunto arqueológico y recorrer las calles. Es fácil imaginarse el bullicio en aquellas calzadas y, a la vez, disfrutar del paisaje y del color esmeralda del Atlántico que baña la cercana playa de Bolonia, sin duda, una de las mejores playas de todo el sur.

         Es interesante el conocer algo más aquellos antiguos pobladores de nuestro país. Por aquella zona había muchas fábricas de salazón, de origen fenicio y púnico pero que se desarrollaron con el imperio romano. Además aquellas proximidades al estrecho de Gibraltar es zona privilegiada de pesca gracias a la migración anual del atún que yendo a desovar al Mediterráneo tiene por allí su paso obligado. La pesca del atún en almadraba y su posterior tratamiento de conservación, en salazón fue la causa fundamental de la prosperidad de Baelo. 

            El pescado limpio y troceado, era salado en grandes piletas. Con los intestinos, cabezas, etc, se elaboraba el garum, salsa reputadísima en el mundo antiguo que se mezclaba con vino, aceite, miel... Además de como condimento se usaba con fines curativos. 

               Aquel lugar y aquel paisaje son dignos de conocer y visitar.


Va por ti

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       Sí, ya llego este día de San Ramón, ornado con algunas nubes y brisa fresca, tan ansiado por los que somos veranófobos, como tú y yo,  y tan temidos por los docentes, ya que finalizan sus largas vacaciones y se les aproxima irremisiblemente el bullicio de las aulas. Pero ni tú ni yo nos dedicamos al muy noble arte de la enseñanza y, por distintos motivos, estamos deseando que este largo mes termine y el tiempo caluroso que acompaña al verano vaya iniciando su natural declive.

        Mañana lunes empieza septiembre y, poco a poco, las cosas irán volviendo a su "normalidad", lo que ya viene anunciado por los fascículos en las librerías y la ropa otoñal que va cubriendo, aún con cierto reparo, los escaparates. Pero para ti mañana no será cualquier día, será un día muy diferente en el que va a cumplirse ese sueño que te ha acompañado durante tantos años. ¡No, todos los días se cumple un sueño! Te ha costado mucho esfuerzo el alcanzarlo, especialmente durante los últimos meses en que tu vida se ha visto sumergida en una verdadera vorágine. Pero, al fin, mañana lo habrás conseguido. Gracias por hacerme partícipe de él y, de todo corazón, mi enhorabuena.

        Por eso en este post quiero que lo celebremos, saco las copas con el champagne y te digo: ¡va por ti!


Eclipse de luna

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      Esta noche cuando iba caminando por la calle, se me acercó una señora y me dijo: "Cuando llegue a esa esquina fíjese a la derecha y mire al cielo y verá que precioso eclipse de luna hay". Agradecí esta espontánea información de la desconocida y pude contemplar en el cielo como el brillo de la luna llena quedaba tamizado por dicho fenómeno. Saqué esta foto a las 23:36 y ahora la comparto con vosotros.

      Pensaba, que si fuéramos capaces  y sensibles de detenernos y mirar más a menudo hacia el cielo, probablemente nos iría mejor en la tierra.


A pesar de...

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...los días de calor sofocante, de los mosquitos, de las gastroenteritis, de los atascos en carretera, de la masificación turística, de la ausencia de aparcamientos, de las jaleosas-sosegadas vacaciones, de la pésima televisión, del sudor pegajoso, de las vestimentas horteras,...

...el verano tiene algunas estampas como ésta de ayer de las que vale la pena disfrutar. ¿Se nota que se me han terminado las vacaciones y estoy deseando que lleguen ya esos días encantadores del otoño?


Azul y verde

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      Hoy mientras paseaba por la playa me llamó la atención que no se confundían en el horizonte el cielo y el mar. El cielo azuleaba el aire mientras el agua de mar verdecía mecida por las olas, que me hacían sospechar que el fondo estaba formado por un lecho de esmeraldas. Las nubes deshilachadas en trozos, grises al acumularse, blanqueaban el azul y modulaban los rayos de sol que acariciaban cálidamente mi cuerpo.

      Las plantas de mis pies descalzos eran acariciadas por la arena amarillenta con esas cosquillas que producen sonrisas, mientras yo caminaba hasta aquel punto invisible al que nunca parecía llegar. Momentos como este son los que me hacen disfrutar de las vacaciones,especialmente todo ese rato en que el rumor de las olas me estuvo acompañando, mientras me hablaba de ti.


Preguntas

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        Suele ser la pregunta, la gran manera que tenemos de salir de nuestros interrogantes, ya sean leves o profundos. Por ello las preguntas unas veces son imprevistas, otras estúpidas, otras impertinentes, otras interesadas,...pero siempre curiosas. Algunas veces se emiten temiendo que sean indiscretas, aunque la verdadera indiscreción suelen estar en las respuestas.

         Me ha surgido este post a raíz de escuchar dos preguntas de las que he sido testigo:

- Perdone, pero me da cierta vergüenza, hacerle esta pregunta: ¿Por dónde se llega a Correos? - la pregunta la hacía una joven motorista de casco y moto amarillos donde lucía el logotipo de Correos. Eso es lo que hace que te contraten para un trabajo en un lugar que no conoces.

        Hoy en la papelería donde compraba el periódico, entra un joven adolescente y pregunta: ¿tienen banderas? Respuesta de la dueña un tanto despistada: ¿de dónde?


"Igualdad"

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Leo la noticia de la detención de un inmigrante nigeriano al intentar suplantar a un compatriota suyo en el examen del carnet de conducir. Lo que me resulta más asombroso es su reincidencia, ya que es que es la tercera vez que lo sorprenden intentando reemplazar a otro. Este profesional de los exámenes  aún no se ha enterado de que esa frase tan habitual de que “todos los negros parecen iguales” o “que todos los orientales tienen la misma cara”, encierran más una pereza indentificativa, ante el que es netamente diferente a nosotros, que una realidad. Y de esa pereza identificativa carecen los examinadores de tráfico que son capaces de distinguir que una foto en un carnet, por muchos rasgos africanos que contenga, no coincide con el portador de dicho documento.

 

Quizás es bueno aprovechar esta reflexión, ante ese fenómeno igualitario que nos invade hasta el extremo de crear un ministerio al respecto, no olvidar en medio de esto el inestimable valor de la diferencia. Tenemos que huir de las clásicas generalizaciones: “todos los hombres son iguales”, “la juventud está fatal”,…que indican una cierta experiencia frustrante en quien las pronuncia. Todos tenemos algo que nos hace único, hasta los propios hermanos gemelos, y eso es lo más valioso que tenemos y lo que nos hace atractivo. El problema de mucha gente es que no tienen la capacidad de ir más allá de una mirada superficial y tienen la imposibilidad de descubrir ese brillo interior y único de cada persona, eso que lo hace distinto del resto de la Humanidad..


Obstáculo

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      Te lamentabas que, por primera vez, aparecía un obstáculo en nuestra larga amistad. Eran muchos años sin turbidez ninguna, pero esto no tiene ninguna importancia. Para que te hagas idea te lo expondré con una comparación: el valor de ese obstáculo comparado con nuestra amistad es como enfrentar un grano de arena con esta gran montaña de oro.


Sensación

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       Tengo la sensación de que, a veces, no me entero o no me quiero enterar de algunas cosas que ocurren a mi alrededor. No es que no me interese aquello que me rodea, procuro leer, informarme,...pero sí confieso que hay cosas que no me interesan y que por tanto no me aplico en su conocimiento. El otro día al escuchar unos gritos, yendo por la calle, fue cuando me enteré que había alguna competición futbolística, de la que no tenía noticias y en la que intervenía la selección nacional. Nunca he mostrado  ningún interés por estas competiciones, ni he entendido que la victoria de un equipo deba desplegar tal dosis de gritos, saltos, manifestaciones o jolgorios.

         Pasa algo parecido cuando empiezo a plantearme el hecho de visitar algún sitio distinto en vacaciones. Tengo quien intenta convencerme de que este año "hay que ir a la Expo de Zaragoza porque es una vez en la vida". Tampoco comprendo esta dedicación tan acentuada a dicha exposición. En la que las larguísimas colas, el calor de la ciudad del Ebro y el precio, nada barato, de la entrada estarán presentes. Hay tantas cosas que están ahí, que son mucho mayor goce para los sentidos y que sin embargo al no ser tan conocidas, como tantos lugares y paisajes de nuestra tierra, figuran ocultas al no estar de moda.

          Tenía yo estas reflexiones esta mañana  en la playa, a la que he llegado paseando, mientras bajo la sombrilla leía el periódico y mientras la brisa me envolvía, dejaba acariciar mi mirada por el azul luminoso del cielo y contemplaba pasar este barco frente a mí..


Vale la pena

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      Aunque la meteorologia y las ganas no hayan acompañado demasiado, durante estos días, vale la pena recorrer unos kilómetros para salir de lo cotidiano y saborear esos instantes sorprendentes y mágicos, como los que viví por estos lugares.


Un día de esos

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      Hoy ha sido un día de esos...en que el timbre del móvil me ha despertado a las tres de la mañana y se ha quedado instalado de tal manera en mi cerebro, que me ha impedido dormir durante el resto de la noche. En que me levanté de la cama antes de amanecer aunque no haya ido a trabajar. En que muchos se acercaron a abrazarme, algunos era la primera vez que los veía en mi vida. Un día en que he secado lágrimas, propias y ajenas, y que el dolor me ha tocado con toda su crudeza. Un día en que los segundos se me han hecho minutos y los minutos horas. Un día no menos doloroso por más que supiera que antes o temprano tenía que llegar. De esos en que he visto amalgamarse madera y flores en un estrecho agujero.

      Hoy ha sido un día de esos en que la desaparición de un ser querido me ha tocado muy cerca. De esos que de tan real desearía haber soñado. En fin, un día que preferiría olvidar y que, sólo por eso, nunca podré olvidarlo.


La soledad del mojado

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            Cuando en los mapas meteorológicos se anunciaron las lluvias, acogí la noticia con cierto regocijo, teniendo en cuenta la escasez de precipitaciones  que estamos teniendo en los últimos meses. Lo que no recordaba, hacía tanto que no llovía, la influencia del agua sobre la cotidianeidad, porque en mi tierra llueve poco, pero cuando cae tiene dos características: llueve con la fuerza de una catarata, aquí desconocemos el orballu, y siempre de lado, lo que hace que los paraguas clásicos tengan poca eficacia.

           Al salir a la calle a la oscuridad de preamanecida se le añadía la de la cortina de agua que me fue empapando paulatinamente durante todo el camino hacia el trabajo. El trayecto no fue nada aburrido, porque tenía que hacer malabarismos con el paraguas, buscando en cada calle, la dirección del viento para evitar su rotura. Se ve que los semáforos no están acostumbrados tampoco a las borrascas y estaban todos apagados ocasionando un verdadero caos, a pesar de los pocos coches que circulaban a esas horas. Cuando llegué a la oficina lo primero que tuve que hacer es quitarme los pantalones y escurrirlos, tras  lo cual lo coloqué en una percha. No hubo ningún “conflicto” a esas horas porque estaba completamente solo y tengo guardado otros pantalones en el armario, preparados para tal eventualidad.

         A la hora del desayuno la peculiar algarabía cotidiana fue sustituida por el ruido de mi masticación ya que era el único que desayunaba, menos mal que el del bar tiene la casa pegada al mismo bar, que si no, capaz es de no abrir. Volví de nuevo chorreando a la oficina, aunque afortunadamente esta vez no me tuve que cambiar de pantalones…¡tampoco hubiera podido! y no tardé en darme cuenta que mi compañero de trabajo, como suele ser habitual en los días de lluvia, no aparecería.  

        La mañana resultó tranquila, las inundaciones intermitentes durante la mañana de la calle, parece que no ha animado a mucha gente a acercarse a la oficina. La mañana, por tanto, ha sido inusualmente solitaria.  ¡No imaginaba que la lluvia de hoy me iba a convertir en un eremita forzado pero mojado!


Apagón

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        Os transcribo una iniciativa que me ha llegado por  correo y que me parece lo suficientemente interesante para compartirla a través del blog:            

  El Martes 17 de abril, de 19:53 hrs a 20:00 hrs., Se propone apagar todas las luces para darle un respiro al PLANETA!!! (La propuesta nace desde Caracas). Si la respuesta es masiva, el ahorro energético puede ser brutal. Solo 7 minutos, a ver que pasa. Tomemos CONCIENCIA del CALENTAMIENTO GLOBAL, miren nada mas el ejemplo de los osos polares........ los icebergs se están derritiendo y junto con eso los osos mueren cada día y ya no porque los cace el hombre, sino porque estos animales tienen la peculiaridad de aprenderse sus rutas en el mar, y con los derretimientos se pierden y se mueren ahogados! Si, ya se que estaremos 7 minutos a oscuras, aprovecha para hacer un alto al stress, agarren lo que puedan y hagan algo ingenioso, entretenido,distinto, quién sabe si generamos una tremenda cadena por el planeta. Recordemos que Internet tiene mucha fuerza y podemos hacer algo grande. Y pasa la noticia!

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Su primera vez

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         Me encontré con ella el sábado por la noche, al doblar una esquina. Hacía tiempo que no la veía y la alegría de aquel encuentro hizo que me cubriera de besos. Percibí en su rostro una chispa diferente, jovial y hasta juvenil, a la que le había visto las últimas veces. Su cara resplandecía hendida por una sonrisa que la dividía por la mitad. Creí notar que flotaba en el aire y es que me confesó entre tímida y pícara que aquella era la noche de "su primera vez".

         Sí, después de sesenta años de matrimonio, lo había pasado muy mal en la enfermedad de su marido, dos años sin salir de su casa, y enviudado hacía dos meses. Pero hoy era la primera vez que salía a la calle por la noche, nunca lo había hecho y se había animado a salir con dos sobrinas. Quedó asombrada mirando aquel techo oscuro que en vez de bombillas tenía estrellas, no recordaba en los ochenta y siete años que tiene, cuando fue la última vez que la luna había iluminado sus pasos.


El viento...

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..azota las ramas, que se entrechocan unas con otras originando unos originales acordes, y sopla con estridentes silbidos a través de las ventanas mal cerradas. Los pétalos del azahar inician su viaje mortal desde las ramas del naranjo hasta ese suelo que los recibirá sin miramientos ni mimos, pero por el camino irán dejando ese rastro postrero de su inconfundible aroma que tanto potencia el embeleso del espíritu.

         Nubes negras lanzan ráfagas de lluvia que empapan la tierra hambrienta y que cesan con la misma violencia con la que se inician. Nubes que mutan al blanco y que son rasgadas por rayos de sol que asoman y parecen languidecer a su través.

         El murmullo del aire se mezcla con el lejano sonido de las olas que barruntan temporal en el alta mar. Y los colores de amapolas, pensamientos y rosas, disputan la atención a la mirada que se pierde por jardines de arco iris, mientras granos invisibles de pólen excitan el interior de mi nariz. Hoy ha empezado la primavera...


Un cartel original

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        Al no haber tenido, finalmente, que sentarme en una de las mesas electorales me ha permitido disfrutar del domingo desde hora inusualmente tempranera. He paseado por las calles silenciosas gustando el silencio de ese amanecer festivo. En este paseo me encontré con este cartel en la puerta de un colegio al que no me pude sustraer de el deseo de hacerle una fotografía.

        Me surge la duda de cual habrá sido la razón última que ha llevado a la directora a colocarlo y se me ocurren varias posibilidades:

-Que algún padre haya traído al niño a caballo hasta el colegio y haya tenido el mal gusto de introducirlo en el interior.

-Una manera disimulada de atacar a una epidemia de piojos que se haya podido desarrollar en el centro.

-Impedir el paso de las molestas moscas...aunque éstas no saben leer.

-Finalmente podría ser una sutil forma de fomentar la buena educación de los alumnos y poder expulsarlos cuando se comporten como "animales".


Sones electorales

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         Hasta ahora me había librado, pero por primera vez en treinta años de democracia me han convocado como suplente para una mesa electoral. Me convocan hoy a una reunión informativa y cuando llego al lugar, en esta tarde fría, me asombro ante la cantidad de gente que se agolpa en la calle. Las caras de muchos se parecían a esas que se portan cuando se acude a un funeral. Si no fuera por la cantidad de mujeres que había, me hubiera recordado a aquella fila antes del servicio militar en que entrábamos a por primera vez al cuartel y nos daban los macutos.

         Se abren las puertas y entramos rápido al interior del auditorio, calculo unas trescientas personas, siempre hay gente más lenta, esos son los que se quedan de pie. Tres miembros de la Junta Electoral tras presentarse se ofrecen a aclarar dudas. Difícil tarea porque aunque ellos tienen micrófonos los que preguntan no lo tienen y es difícil escuchar lo que se dice. Efectuada la primera pregunta le dicen desde la mesa, que por favor al preguntar se pongan de pie. "Estoy de pie" contesta la señora que no era muy alta, ante las risas del resto.  Se aclaran algunas cosas y alguno se dedica a contar su vida de que cómo le han llamado si se operó el otro día. Algunas cosas quedaron claras, que el que no acuda a la mesa incurre en delito electoral y otra cosa que desconocía que si no hay gente suficiente para formar la mesa, se puede obligar al primero que pase por las inmediaciones. Me imagino a ese pobre hombre que sale de casa a las 9 de la mañana a comprar el pan y lo sientan en una mesa, cualquiera convence a su mujer cuando vuelva a aparecer a las doce de la noche, que ha estado todo el día en una mesa electoral.

          Se disolvió la reunión y nada más salir por la puerta, uno iba diciendo con voz airada: "Y luego dirán que hay democracia y me obligan a que esté en una mesa, si hubiera verdadera democracia sería voluntario". Me parece a mí que si fuera voluntario poca gente iba a acudir...


Bajo la parra otra vez...

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        Hace un par de días volvi a recorrer las calles doradas de la ciudad charra y quise volver a ver la parra que cuelga en el balcón de la casa de Unamuno y quedé asombrado ante la diferencia que presentaba con la imagen del pasado octubre. Frente a aquella imagen cubierta de hojas y frutas, ahora se la ve sobre el balcón con aspecto triste, contrastando con la impresionante torre de la catedral, desnuda de cualquier adorno vegetal y como si hubiera muerto como consecuencia de los fríos castellanos.

        Sin embargo como todo lo que depende de los ciclos del tiempo estoy seguro que dentro de pocas semanas ese tronco pelado, como el ánimo desvencijado de muchos de los que lo contemplan, estarán tocados por el milagro vivo y naciente de la primavera.


Hoy ha sido el día...

20080209114218-cimg1199.jpg...ese día único e irrepetible durante el año, en que en ese árbol que está frente a mi casa brota la primera flor, anunciando la próxima llegada de la primavera.

Hay luces...

20080124194422-cimg1140.jpgque colorean la mañana con una luz tan alegre, que transmiten su reflejo a mi ánimo durante todo el día.

En el camino

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         Hay épocas en la vida en que el camino se hace especialmente tortuoso, nos encontramos con numerosos obstáculos que hay que sortear y, en más de una ocasión, tenemos la tentación de detenernos o abandonarlo. Puede que, incluso, sólo nos sostenga para seguir caminando el saber que el fin del camino ya está próximo.

          Pero ¿qué ocurre si cuando llegamos a ese deseado final nos encontramos con un disco de dirección prohibida?


De colas sin colores

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       Cuando llegué a Madrid, allá por el año 1984, una de las cosas que más me sorprendió era la habilidad de sus habitantes para formar colas en situaciones variopintas. Nunca llegué a entender esa afinidad gregaria por caminar en grupo y a paso lento, más que quizás decelerar un poco ese paso tan rápido que se lleva por sus calles y que nos apresa a los provincianos.  Me resultaban especialmente extrañas las largas colas que se formaban los fines de semana en los cines de estreno de la Gran Vía, cuando a dos paradas de metro de distancia, echaban la misma película en otra sala sin atisbo ninguno de empujones.

 

            Debo reconocer que, tras varios meses viviendo allí, terminé abducido por esa extraña afición y recuerdo, como detalle, aquella cola de la que formé parte durante ¡siete horas!, en un frío día del enero madrileño de 1986, para darle el último adiós a Tierno Galván, aquel “viejo profesor” y  alcalde madrileño de la época de “la movida”. En aquellas horas de obligada convivencia, recorriendo a paso de paladeo el Madrid de los Austrias llegamos a establecer una buena amistad con los que nos acompañaron a nuestra alrededor durante tanto tiempo. Y no fue extraño que alguno, en aquella magna celebración de la muerte, algunos se avinieran  a compartir, con aquellos azarosos compañeros de camino, sus anhelos e ilusiones ante la vida.

 

            Este gusto por las colas se va extendiendo por ciudades más pequeñas, nada más que hay que recordar para sacar el DNI, y especialmente en algunas épocas señaladas. Surge esta reflexión a las que, en estos días, se forman todos los años en Cádiz con motivo de la compra de las entradas para el teatro Falla donde se efectúa el concurso de las actuaciones carnavalescas. Este año muchos se las prometieron felices porque el 20 % de las entradas se pondrían en venta por internet, pero en un segundo, según dice el periódico, hubo 70 mil entradas en la página con lo que se bloqueó, aunque la empresa achaca el fallo al ataque de un pirata informático. Las colas seguirán formándose para los distintos eventos carnavalescos, para comerse gratis un plato de pestiños, en la pestiñada, o un plato de erizos, en la erizada. También para la compra del resto de las entradas, aunque este año, para evitar la reventa, serán nominales, pero como en Cádiz hay  “gente pa tó”, ya encontrarán la forma de revenderla a alguien que se le parezca mucho y se le confunda la foto con la de su carnet de identidad.


Enhorabuena...

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...porque habéis vencido. Tengo que confesaros que durante muchos días he tenido mis dudas. A principios de diciembre vi el primero, pero detrás de éste vinieron otros y luego cientos de papanoeles que escalaban las ventanas de muchos edificios. Pensé que ese gordinflón vestido de rojo os derrotaría, pero no ha sido así. Ayer cuando paseaba y os vi, por primera vez a los tres, escalando esa ventana, me di cuenta que no os habíais dormido ni despitado y que no os encontrabais demasiado lejos, lo que confirmé esta mañana cuando vi la sonrisa indescriptible de muchisimos niños con los regalos que les habíais dejado.


Los hombrecillos grises

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        No sé cómo, pero de un tiempo a esta parte los veo continuamente, como si hubieran surgido de la nada. Son hombrecillos de aspecto gris de difícil descripción. Los hay de distintos tamaños y estaturas, algunos pequeños y otros de aspecto equiparable a un ogro. Gesticulan mucho, sobre todo cuando los observas a distancia, y suelen ser de escasas palabras; al articular sonidos sus voces pueden chirriar porque están transformándose o sorprender por el tono grave y oscurantista que tienen. Sus aspectos físicos son variables, por lo que no entiendo como me parecen tan similares. Se metamorfosean bastante, el que hoy tiene su rostro oculto en una amplia melena y deslucida barba, mañana aparece con la cabeza como una bola de billar y la tez con una suavidad similar a la de un bebé.            

         En cuanto a su vestimenta, predominan los tonos oscuros, negros y marrones, aunque todos me parecen grises, ¡eso es hombrecillos grises! Cuando te los cruzas por la calle o  un pasillo generan una exclamación, que se debe entender como saludo, similar a aquellos sonidos guturales de nuestros ancestrales antepasados de las cavernas.            

         Son aficionados a las nuevas tecnologías por lo que rara vez llaman a un teléfono fijo, prefiriendo el móvil y la comunicación invisible, no de los espíritus, sino del Messenger. Hay ocasiones en que tras hablarles durante un rato, ellos se quitan el auricular, semioculto por los rizos, del mp3, y te miran asombrados como si hubieras dicho algo.            

          Cada vez hay más, me los encuentro ya no sólo por la calle, sino por los pasillos de mi casa e incluso, alguna vez, en el salón. Supongo que con el tiempo ese color gris irá coloreándose hacia otros colores del espectro del arco iris.  

           No sé si mi hija adolescente estaría muy de acuerdo con esta descripción que he hecho de sus amigos…


Feliz Navidad!

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         En estos días navideños la gente suele entrar menos por aquí, pero para aquellos que lo hagan, quiero dejarles mis mejores deseos de una ¡FELIZ NAVIDAD! Una felicidad, no giganteca como esa que buscamos que nos solucione la vida, como si fuera el premio gordo del sorteo de lotería de Navidad, sino la que se puede encontrar entre las letras, en uno de estos rincones por el que te puedes mover libremente y que provoque en ti un pequeño cosquilleo, unos ojos brillando o simplemente una sonrisa, que te acompañe, al menos, durante unos segundos una vez que hayas salido de aquí.

¡FELICIDADES!


Buscando palabras

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        Hay épocas en que, sin saber por qué, las palabras parecen perderse por un lugar desconocido y cuando pretendo atraerlas se resisten a abandonar el seguro refugio en el que se encuentran. Y cuando ocurre eso, las echo de menos como viejas amigas complicadas y no entiendo el por qué de su actitud. Sé que no puedo enfadarme con ellas, porque les debo mucho y espero, dominando la impaciencia que brota en mí, que vuelvan, como siempre hacen, irremisiblemente a mi lado.

         Muchas veces ayuda el buscar palabras ajenas que sirvan de reclamo para las mías, con la lectura de libros y periódicos. Y hoy haciendo precisamente eso, leer periódico me encontré con dos noticias curiosas que las convierto en mis palabras:

-En un pueblo cercano, un hombre atraca un banco. Por lo sucedido, yo diría que el individuo no es nada complicado. No buscó antifaces ni máscaras, sólo un gorro de lana que le protegiera del frío, no dice si era calvo. Tampoco se planteó desplazarse a un lejano lugar, sino que fue a la sucursal bancaria de la que era cliente, supongo que sería por eso de que le resultaba más cercana y no tenía que buscar ni la caja. Un poco bruto si que era ya que empezó a pegarle a una de las empleadas, pero no contaba con que la otra iba a escapar a la calle y dar la voz de alarma, lo que hizo que entraran distintas personas y pudieran maniatar al tipo hasta la llegada de la policía. Decididamente no era su día de suerte.

-Y hablando de suerte, eso es lo que probó otro con un boleto de la primitiva. Fue a la oficina a ver si le había tocado algo. Le sacaron el recibo con los números premiados y se lo graparon. Le dijeron que sí le había tocado, pero que no le podían pagar en ese momento por lo que tendría que volver al día siguiente. Y aquí empezó la confusión, el afortunado, nervioso por que le había tocado, confundió el recibo que le dieron de los resultados del sorteo con los números de su boleto y al comprobarlos vio que ¡había acertado todos! La euforia le embargó y fue corriendo a una entidad bancaria al depositar aquel boleto. El del banco, confundido también, creyó que el recibo con los números era el boleto ganador y lo guardó en la caja fuerte. Al rato llaman al servicio de loterías para decirle que tiene un boleto del primer premio depositado allí y es cuando se descubre todo el error. El des-afortunado sufrió una crisis y tuvo que ser ingresado en el hospital. Cómo para que le hubiesen dado un préstamos de 80 mil euros a cuenta del premio. La buena noticia es que ya salió recuperado del hospital. Lo que no decía la noticia es si finalmente volvió a cobrar el reintegro que es lo que efectivamente le había tocado.

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¡Gratis!

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         Gratis es una palabra que nos atrae, como un imán lo hace con las limaduras de hierro, de una manera irremisible. La gratuidad debe ser un valor atávico que se remonta a la época del Paraíso, cuando lo que crecía era la fruta en los árboles en vez de los precios y la inflación. Esa cultura de sin esfuerzo obtener algo sigue viva en nuestros días y, además, parece que las cosas así obtenidas, sin dinero a cambio tienen un valor añadido.

           Nada más que hay que ver en mi tierra esas fiestas gastronómicas de Carnaval donde reparten gratuitamente ya sean erizos de mar, pestiños o cualquier otro manjar, las colas eternas que se forman independientemente de la climatología, todo sea por ese plato lleno, aunque sea de pie, a empujones y a una hora que más bien debía ser ya de la digestión después de tanta cola. O esos pensionistas que manejan las recetas en baraja, con la habilidad de un tahúr y que si se les pierde o regalan al vecino una, no les importa volver al día siguiente al médico por otra de esas barajas rojas. Esos libros que por una u otra razón, regalan con el periódico y que hasta los que no leen nunca acuden tempranos al kiosco para no perder un ejemplar que nunca leerán y acabará arrumbado sobre una polvorienta estantería.

             Y aquí entran también los políticos que reparten dádivas gratuitas, como medida de recoger votos y perpetuarse todo lo posible, con el dinero de todos. Porque, me pregunto yo, ¿por qué tengo que pagar con mi dinero esos 2.500 € que se dan ahora por nacimiento del hijo o libros de estudios gratuitos a gente que tiene muchísimo más dinero que yo? Lo políticamente correcto es decir que son unas maravillosas medidas sociales, cuando lo serían en realidad si, efectivamente, ayudaran a reducir las desigualdades sociales dándoselas a los que en verdad lo necesitan.

             Creo que debemos repensarnos las gratuidades, en una sociedad como la nuestra todo se paga, y si no lo hace el que lo disfruta es porque otro lo está haciendo. A veces, el simple hecho de que algo costara 50 céntimos, si en verdad no es necesario, nos haría pensar si gastarlos. ¿Es acaso ese dinero el que sería necesario para detenernos, un momento, a pensar si consumimos razonablemente?


Alboreando

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          Así está la calle, cuando mis pasos solitarios, al amanecer retumban contra las paredes. Los tonos grises van desapareciendo a medida que la luz del sol, asoma a lo lejos entre los edificios y va iluminando las paredes. A estas horas me encuentro con muy poca gente, la vida empieza a bullir pero en el interior de las casas, y siempre somos los mismos los que nos cruzamos en las esquinas y los buenos días que intercambiamos quedan, durante un rato, flotando en el aire.            

          Suelo iniciar alegre este camino cotidiano de ida al trabajo, incluso aunque sea lunes. Simplemente el hecho de poder ir andando es un avance, cuando en un principio trabajaba a 600 km de mi casa, luego a 180 km y separado por el mar, más tarde a 50 km y ahora puedo ir caminando disfrutando de este paseo.              

           No es el mejor trabajo del mundo, ni siquiera aquello para lo que me preparé duramente en mis años universitarios, pero la vida me condujo hasta él y aunque inicialmente me revolvía contra aquella labor cotidiana, el paso de los años y la experiencia, ha  hecho que le haya encontrado ciertas cualidades que lo hacen agradable y atractivo.             

          Cada mañana inicio ese camino hacia lo desconocido que sólo cuando la luz del sol ya se ocultó hace rato y la almohada apoya con su ternura mi cabeza, puedo decir si, ha sido un día digno de olvidar o, por el contrario, ha valido la pena.


Día de pesca

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          Hoy paseando por la playa mi mirada quedó atraída por esta caña de pescar, que, cual tenue pabilo, oscilaba flexiblemente con el jugueteo combinado del viento y de la marea que tensaba el sedal. Me sentí tentado a sentarme allí y dejar que mi vista fuera siguiendo, como a un viejo reloj de sol, la sombra que comenzaba dibujándose en la arena para, sin mojarse, zambullirse en el mar.

          Acomodarme, sin prisas, sobre la arena; sabiendo que durante esas horas, nadie te espera y nada esperas, sólo el lento trascurrir del tiempo, que convertido en viejo amigo conversa conmigo con lo único que sabe hacerlo: con la variedad que va tomando luz y las distintas sensaciones que produce. Dejar que mis oídos se acomoden en ese leve rumor que este mar sin olas produce al lamer con suavidad las orillas. Seguir el vuelo de las gaviotas que dibujan con sus alas acompasadas estelas en el azul del cielo. Contemplar las libélulas que expectantes se posan sobre la caña y siguen su vuelo en cuanto esta vibra levemente. Y, al fin, escuchar esas palabras que el viento susurra al oído de aquellos que están atentos.

          Y cuando terminara el día, y los azules mutaran primero a maravillosos tonos pasteles que despiden al sol, para luego ennegrecer cielo y mar en una tenebrosa uniformidad, emprender el camino de vuelta, probablemente sin un solo pescado, pero con la satisfacción de haber disfrutado de un maravilloso día de pesca.

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Gente fastidiosa

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            Una vez más se me acercó aquella figura menuda, herida de arrugas por la vida. No entendía el por qué cobraba sólo la tercera parte de su pensión de viudedad.  Como todas, ella se enamoró siendo joven del “hombre de su vida”. Su marido con una generosidad más que discutible, compartió pronto con ella las consecuencias de sus borracheras y sus gestos violentos, hasta tal punto que la desesperación le hizo a ella solicitar el divorcio a los diez años de aquella ilusionada boda, pero…le dio pena y durante veinte años más siguió aguantándolo en su casa…  

            Como no tenía a donde ir, lo tenía “recogido”, dice ella.¡Pero si hasta murió en mi cama!, se lamenta. Pero nadie se fija en esos veinte años de duro recogimiento, sino en aquella sentencia de divorcio que supuestamente rompió aquella convivencia y hoy es el detonante de esa reducción drástica de la pensión que cobra. Se da la vuelta y se retira con sus andares lentos y pesados. Una vez más se ha desfogado, aunque sabe que no tiene nada que hacer.  Y es que hay algunos que parece que no tienen suficiente con dar una mala vida, sino que además siguen fastidiando hasta después de muertos.


Error tipográfico

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         Toda la vida en los periódicos, los llamados duendes de la linotipia, han provocado erratas. Pero hay algunas, como en este anuncio de hoy en la página de televisión, que con la simple desaparición de una letra, puede conducir a un lector poco avezado a pensar todo lo contrario sobre el contenido del programa.

           ¿Dónde estará esa A que se ha perdido?


Contemplando

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         A veces, sólo es cuestión de recorrer quinientos metros para disfrutar de ese regalo continuo que nos hace la Naturaleza y sentir un momento mágico.


Los noventa grados

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        De todos es sabido el deterioro galopante que tiene el sistema educativo y que cada vez los alumnos acaban sus estudios con una mayor dosis de ignorancia. A pesar de ello sigo asombrándome cuando escucho algunos hechos relacionado con la enseñanza. En esta ocasión fue un profesor de Matemáticas el que me contó la siguiente anécdota ocurrida en  1º de ESO:

        Se encontraba explicando las diferencias y semejanzas entre la escuadra y el cartabón y estaba diciendo que los dos tienen un ángulo de noventa grados. Un alumno con cara de espabilado le pregunta: "Y eso de que tienen noventa grados ¿cómo lo han medido con un termómetro?".

        Lo que no me dijo es lo que hicieron el resto de los compañeros. Estoy seguro que alguno se admiró de la sagacidad de su condiscípulo. Y se pensó mucho si tocar esos instrumentos de medida no fuera a quemarse.


El cartel

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        No pude remediar el hacer una foto de este cartel, cuando ayer lo vi en la gasolinera. Aparecen unas pormenorizadas instrucciones sobre como usar un grifo y la bomba de aire. Pero lo que no tiene desperdicio es lo que pone debajo del cartel, por si no se ve bien:  

"INFORMACION EXPUESTA POR SUGERENCIA DE DOS INSPECTORES (JUNTA DE ANDALUCIA) POCO LUCIDOS".

        ¿Será lúcidos o lucidos? ¿Qué pensarán esos inspectores cuando vuelvan y vean lo que pone el cartel?


El test del Corte Inglés

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        En aquella lejana época en que no existía una asignatura para enseñarnos a ser bueno ciudadanos y sin embargo los profesores, independientemente de la asignatura que fueran se ocupaban de educarnos en algo más que lo meramente académico, recuerdo a uno que en cierta ocasión nos propuso que hiciéramos el test del Corte Inglés.

        ¿A qué ha venido este recuerdo? A echar un vistazo a mi alrededor y percatarme, sobre todo en las nuevas generaciones, de ese afán por tener "cosas", sin saber muy bien para que usarlas. Estos moviles que primero eran para facilitar la comunicación y ahora hay que cambiar continuamente, primero era el tamaño, ahora además tiene música y mil cosas más y cámara; pero los megapixels aumenta y queda viejo el móvil. O esos aparatos de música a nosotros un viejo radio cassette nos duraba años, ahora los mp3, dan paso a los mp4 y se quedan de un mes para otro cortos de memoria...¡hasta que lleguemos al mp300! Y los juguetes aquel balón nos duraba hasta que las patadas lo iban desgastando, hoy cambiamos continuamente de consola y salen nuevos juegos que son imprescindible el tenerlos. Y en cuanto al material escolar aquel estuche de veinticuatro colores nos duraba varios años y los lápices iban mermando de tamaño. Hoy en las casas se acumulan los estuches de lápices, rotuladores,...sin abrir.

          ¿En que consistía el test del Corte Inglés? En entrar en uno de los edificios de esta empresa con una libreta y un boligrafo, recorrer todas las plantas e ir anotando todas las cosas que se nos van antojando, para a la salida valorar nuestra capacidad de antojo y capricho. Lo he hecho muchas veces y me doy cuenta que últimamente apunto muchas menos cosas en mi libreta, no sé si es que tengo casi de todo o es que ya no necesito casi de nada.


La parra de mi balcón

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          El genio literario brota de cualquier detalle habitual de esos con los que nos tropezamos todos los días. Un día atrajo mi atención un soneto de Unamuno titulado La parra de mi balcón y dice así:

El sol de otoño ciernes de mi alcoba

en el ancho balcón, rectoral parra

que de zarcillos con la tierna garra

prendes su hierro. Y rimo alguna trova

 en ratos que el oficio no me roba

a tu susurro, de esta tierra charra

viejo eco de canción. No irán a jarra

cual las que sufren del lagar la soba,

 parra de mi balcón, tus verdes uvas;

para mi mesa guardo los opimos

frutos del sol de otoño bien repletos;

 no quiero que prensados en las cubas

de vino se vodundan mis racimos

y con ellos se pierdan mis sonetos. 

            Me surgió la curiosidad de si ese soneto sería de ficción o tendría base real y me puse indagar al respecto, cuando tuve la grata sorpresa de que esa parra realmente existía. Vi fotos de ella, cosa complicada pues no es un detalle que aparezca en las guías de arte salmantino y efectivamente la susodicha parra cuelga  en el aire trenzada a modo de guirnalda, de un balcón a otro, de la llamada Casa de Unamuno. Las fotos tomadas en invierno mostraban unas ramas peladas en las que parecía imposible circulara savia viva. Al fin, el otro día tuve la oportunidad de verla, estaba la parra sorprendentemente pletórica en hojas y con el zoom pude atrapar hasta las uvas que de ella pendían en estos días otoñales de prevendimia.

 

            Si vais allí no dudéis en llegaros por la calle Calderón, con una copia del soneto en el bolsillo, puede ser el lugar ideal para recitarlo disfrutando de la sombra de aquella parra. No os decepcionará aquella pincelada bucólica en aquellos balcones del primer piso, suele ser una calle de paso y además esas atalayas emparradas no tienen tantos admiradores como los que tiene esa rana que está a la vuelta de la esquina y que atrae las miradas apartándolas de la hermosa fachada plateresca de la Universidad.

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La cueva de Salamanca

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        Mi peculiar relación con Salamanca, que se remonta ya a treinta años, hace que cada vez que voy me sienta como en casa. En este último viaje tenía un especial interés por visitar y fotografiar, hélo aquí, uno de sus monumentos que no conocía: La cueva de Salamanca, situada por la parte de atrás de la Catedral y que aunque muy antigua no se ha expuesto al público hasta 1993.

        La cueva corresponde a la antigua cripta-sacristía de la iglesia de San Cebrián que data del siglo XII. San Cebrián se refiere a san Cipriano un obispo que antes fue mago y con el que se relacionan muchas leyendas. Cervantes escribió un entremés con el título que tiene este monumento.

        La leyenda indica que en este lugar un demonio, en la oscuridad de la noche, daba clases de adivinación y de otras artes tenebrosas a siete alumnos durante siete años, una larga "licenciatura", al final de los cuales, terminada la carrera, se echaba a suertes  y uno de ellos quedaba en manos del demonio. Según se dice, uno de estos alumnos a quien le tocó quedarse fue a don Enrique de Villena (el marqués de Villena). Éste logró escapar con vida de las garras del demonio, que sin embargo se quedó con su sombra. Este hecho lo marcó de por vida como uno de sus adeptos.

         Tras leer esta curiosa leyenda, lo más llamativo es que, me he ido fijando por la calle y he visto a más de uno a quien le ha sido robada la sombra...

 


Tras un viaje

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           Muchas veces un simple fin de semana y un cambio de aires, como éste, que he hecho a tierras de la meseta, es suficiente para acrecentar el ánimo y hacer bullir la musa literaria que dormía en mi interior.


¿Manías?

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        Entrando en el blog de Dsdmona, encuentro una sorpresiva invitación a destapar cinco de mis manías ocultas. Aunque no soy muy dado a seguir este tipo de invitaciones porque rompen la habitualidad de lo que se me puede ocurrir escribir, en esta ocasión me ha hecho pensar e intentaré plasmarlas. Reconozco que me ha costado localizarlas, porque como forman desde casi siempre parte de mí no las encuentro raras, sino muy "normales".  De todas formas ahí van:

1) Desde hace treinta y cinco años, no uso los bolígrafos azules, ni nunca escribo ni dibujo con ellos. Un día decidí que el color negro para escribir y el rojo para subrayar era la mejor combinacíón y desde entonces he escrito miles de kilómetros de líneas, siempre en negro. Creo que fue posterior cuando me enteré que un tal Stendhal había escrito un libro llamado Le Rouge et le Noir.

2) Hay determinadas telas cuyo tacto me repele. Principalmente aquella tela de los impermeables antiguos, lo pasaba mal cuando llovía, no por el agua sino por la tela. No soporto las sábanas de seda para dormir y cuando compro una camisa lo primero que hago, antes que el color, es palpar el tejido y comprobar que es 100 % algodón.

3) Cuando escribo un texto, aunque  habitualmente lo hago a ordenador, no tiene comparación la velocidad de la inspiración cuando lo hago sobre un papel en blanco. Preferiblemente folio, que no tenga manchas ni arrugas (en otros tipos de gustos no soy tan maniático...)

4) Me he acostumbrado a llevar un pendrive junto con las monedas, así en esas veces que llegas a un sitio y el tiempo intenta aburrirme, si encuentro un pc suelto siempre puedo seguir con algunos de los muchos textos que tengo por la mitad.

5) Siempre que voy a Madrid, me gusta pasear por el Retiro y allí seguir la misma ruta que siempre hago en la que miro a mi alrededor si algo va cambiando con el tiempo.


Ayer por la tarde...

20070913073249-cimg0321.jpg...necesitaba ese rato con sabor a plata...

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