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El búcaro de barro

Cuentos

Cuentos

     Hay historias que cargadas de ingenuidad, parecen invitar al lector de cualquier edad, pero de sus letras se pueden aprender y ahondar en una profundidad que va más allá de las líneas, como le pasa a estos cuentos de Jose Luis Martín Descalzo (1930-1991). Una antología de diecinueve cuentos muy agradables de leer y que cada vez que se termina uno invita a leer el siguiente. Tienen la intención de divertir y están escritos con un lenguaje sencillo, imaginativo, directo y ágil, concluyendo siempre en un sorprendente final, que nos deja un buen sabor de boca.

   Martin Descalzo fue un sacerdote, periodista y escritor. Entre sus obras hay novelas, teatro, poesías y ensayos. Las ideas expresadas en sus artículos, aún leídas hoy siguen resultando actuales.

"La mayor de las sorpresas de mi vida me la llevé el día en que descubrí que mi madre había sido niña antes de ser mi madre. Esa idea de que ella hubiera podido tener alguna vez cuatro o cinco años, era algo que trastornaba y me parecía uno de esos cuentos que les gusta contarnos a los mayores. Y, además, el día en que mi padre me enseñó una foto de mi madre de pequeñita, aún complicó más las cosas porque la idea de que ella y sus hermanas hubieran sido tan cursis como las mostraba la fotografía me gustaba todavía menos y casi hubiera preferido con mucho no saberlo" (De cuando mi madre se volvió niña)

Habrá un día...

Habrá un día...

      Hubo un tiempo, muy distinto al de ahora, en que las cosas hoy habituales eran muy extrañas e incluso impensables, por ejemplo la democracia. En aquella época llegamos a pensar que era imprescindible cambiar el mundo en que vivíamos e incluso, con mayor o menor acierto y en la medida que pudimos, arrimamos nuestro hombro a ello. Aquella labor fue lenta y, en ocasiones, ardua. Muchos desaparecieron en aquel camino pero sobre todo y, eso fue lo más doloroso, se aniquilaron muchas ilusiones. Algo fundamental en aquellos años fue el estímulo de la música que ponía los cantautores.

            Entre aquellas voces siempre me gustaron la de este aragonés, músico, escritor, catedrático e que incluso llegó a ser político, que con aquellas canciones entonadas con aquella voz grave y profunda a la par que intensa en más de una ocasión logró emocionarme. En muchos actos, religiosos, sociales o políticos al final, a modo de himno, se entonaba la más famosa de sus canciones, el Canto a la libertad, todos de la mano y moviéndose al son de la música. Una canción que con el paso de los años suena siempre nueva, a pesar de que las circunstancias nos hagan preguntarnos más de una vez, si en muchas cosas no nos habremos equivocado.

            Cuando suena eso de “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”, nuestro ánimo se sigue sintiendo esperanzado. Especialmente siempre me ha gustado esa parte que dice “tal vez será posible que esa hermosa mañana ni tú, ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser”. ¡Qué mejor herencia para nuestros hijos!

            Para muchos de mi generación la figura de este cantautor nos dice mucho, aunque otros más jóvenes sólo lo recordarán por aquellos paseos que daba en televisión por los caminos de España con su mochila al hombro. Descanse en paz José Antonio Labordeta, tus canciones seguirán sonando…

De trenes

De trenes

            En la casa de mi abuela había una azotea desde la que se veían los trenes. Todos los veranos se quedaba en ella un primo mío de Madrid, algo mayor que yo y, aquellos días, me iba a comer allí con él. Desde mi óptica sureña de provincias, mi primo me resultaba alguien peculiar. Primeramente su forma de hablar, saturada de eses sibilantes, que yo no comprendía de dónde había surgido siendo sus padres más sureños que yo. Luego su piel blanca, casi transparente, que sólo parecía colorearse algo en tonos rojizos en aquellos días que pasaba por aquí. Pero lo que más me sorprendió, nunca lo había visto a nadie y me pareció sumamente original e incómodo fue el día en que llegó a la playa con unos calcetines puestos bajo su pantalón corto.

            Me hablaba de Madrid y de tantas cosas diferentes que cabían en una ciudad que yo imaginaba grande, tenía que ser como Nueva York, porque había hasta un par de rascacielos. La gran diferencia que suponian tres años de diferencia en aquella época, me hacía mirarlo con cierto respeto cuando me hablaba de asignaturas extrañas que había estudiado en su colegio, como la Física o me hablaba de que en un futuro quería ser ingeniero del ferrocarril, cosa que yo no sabía que existía. En los trenes sólo sabía de la existencia del maquinista y del revisor que siempre solía ser un tipo seco y con cara de malas pulgas.

            Y es que su gran afición eran los trenes. Le encantaban. Se conocía de memoria el museo del Ferrocarril de Madrid y nunca olvidó aquel domingo en que su padre lo llevó a conocer la estación de Chamartín, entonces toda una novedad en la capital. Esa afición le acompañaba en sus vacaciones y seguía hablando de ferrocarriles y vagones, asombrándose como el tren rápido en el que había venido desde Madrid hasta Córdoba había venido tirado por locomotora eléctrica y, sin embargo, el resto del camino hasta aquí abajo que es donde se detenía del todo, con la clásica locomotora verde de rayas amarillas de gasoil.

            No había muchos trenes en aquella época, pero poco antes de las tres salía de la estación aquel talgo metalizado con rayas rojas que tardaba ocho horas en hacer el trayecto de Madrid. Mi primo miraba el reloj, está a punto de salir, me decía, dejábamos el filete con patatas que se enfriara sobre la mesa y corríamos a la azotea, donde apoyados en el pretil veíamos aquella ristra de vagones imponentes cogiendo velocidad y soñábamos con el día que viajaríamos en él.

            Años después en un viaje de sur al norte, pero en coche, mi primo y mis tíos fallecieron en un accidente, ya nadie me habló de trenes. Y con el tiempo aquel clásico Talgo fue sustituido por el Altaria y éste a su vez por el Alvia. Nunca más volví a subir a aquella azotea, de todas formas hoy sería imposible el ver ningún tren, porque desde la estación hasta allí, al haber soterrado las vías, circula bajo el suelo como si temiera salir al aire libre hasta que no está marcadamente veloz. Eso sí, al igual que me decía mi primo que había en Madrid, hoy desde aquella azotea se puede ver el Corte Inglés.

Cómo escribir sobre una lectura

Cómo escribir sobre una lectura

    Este libro de Carme Lafont forma parte de una serie de manuales prácticos para ayuda de los que quieren aprender el oficio de escribir. Un libro que en pocas páginas, no llegan a cien, quiere dar al lector unas pautas para que el que lector comunique por escrito aquello que ha leído.

     Las ideas aparecen esquematizadas y concretas y ello lo hace sencillo de leer. Pone algunos ejemplos sin perderse en largas disquisiciones.

"Cuando leemos con atención una obra literaria solemos emitir un juicio, una opinión, sobre la misma. Para que esa valoración sea lo más completa y lo más justa posible, debemos conjugar los elementos subjetivos con los objetivos, es decir, canalizar nuestra subjetividad, nuestras impresiones, nuestros gustos y opiniones de esa obra cotejándolas con los elementos más objetivos, es decir, objetos, situaciones, experiencias, nacionalidad, otras obras literarias, referentes culturales o corrientes teóricas".

Yo también estuve en la movida

Yo también estuve en la movida

      Observo que algunos de los de mi generación se dedican a narrar con la perspectiva de haber formado parte de la movida madrileña, como un timbre de honor similar al que la generación anterior señalaba cuando decían que habían estado en Paris en mayo del 68. Pues no quiero ser menos y sí, yo también estuve en la movida madrileña ya que del 84 al 88 estuve viviendo en Madrid. Estuve en alguna actuación de la orquesta Mondragón, acudí alguna que otra vez al barrio de Malasaña y escuché hablar y acudí al entierro de Tierno Galván.

            Pero una cosa era eso y otra muy diferente la vida cotidiana, que tenía sus puntos de dureza pero que en esos años jóvenes no son difíciles de aguantar. Compartía piso con dos compañeros en el barrio de Salamanca, externamente una maravilla, pero dentro era otro cantar. Era un tercer piso sin ascensor al que se accedía a través de una vieja y oscura escalera pedregosa. El piso estaba reformado pero a nadie se le había ocurrido ponerle calefacción lo que en invierno hacía que no fuera necesario ni meter los alimentos en el frigorífico. No era extraño que en los días de invierno me fuera a pasear por Galerías Preciados, que estaba muy cerca o visitar las salas del museo del Prado, entonces era gratis, con tal de absorber un poco de calorías. El salón tenía un sofá que, gracias a la pared de atrás, impedía que la parte de atrás se fuera para abajo. Y la televisión en blanco y negro, sólo era capaz de sintonizar un canal, el día en que no había interferencias.        

            Los fines de semana era lo que pasaba más angustiosamente. Mis compañeros se iban a pasarlo a sus pueblos respectivos y  yo ni por dinero, ni por distancia, podía recorrer los 600 km que me separaban de mi casa, porque en aquellos trenes expresos de trayecto de doce horas, cuando llegaba ya me tenía que volver. Yo, aparte de trabajar, me dedicaba a opositar, con lo que me pasaba el día en total silencio y sumergido en apuntes y libros de legislación. Algunas tardes me iba a un cine estudio, que no estaba lejos, y donde por un precio económico llegaba a ver hasta tres películas seguidas. Lógicamente, después de 6 horas viendo películas salía de la sala con una sensación similar a la que debe experimentar un marciano que acaba de descender de un platillo volante tras un viaje interestelar. Luego paseaba por esas calles del barrio de Salamanca, atestadas a esas horas y siempre me sorprendía, mientras me fijaba en la cara de la gente, como cruzándome con tantas personas, muchas más de las que pudiera ver en mi ciudad, nunca me cruzaba con nadie conocido. El paseo vespertino acababa en un bar donde los sábados me regalaba una cerveza con una exquisita tortilla jamonera, hasta que un día aquel ritual se interrumpió porque los dueños cerraron el bar por culpa de un premio gordo de la lotería que les tocó. 

        No lejos, a media hora andando, había un VIPS, en aquella época algo novedoso y lo que era más novedoso era que llegándote el sábado a las doce de la noche por él, cosa que hacía porque no tenía nada mejor que hacer a aquellas horas, me llegaba a comprar EL PAÍS, del domingo. Cuando llegaba a casa, me acostaba y dejaba el periódico en la mesa de noche, así cuando amanecía el domingo leía las noticias en la cama como si el repartidor me las hubiera dejado aquella noche.

 

Bella malicia

Bella malicia

   Primera novela de la escritora australiana Rebecca James. Nos cuenta la historia de Katherine que huyendo de su hogar destrozado de Melbourne se va a estudiar a un instituto de Sidney. Atrás deja a sus padres sumidos por la pena de la muerte de su hermana menor, de la que en parte se siente culpable. Quiere pasar inadvertida, empezar de nuevo y es cuando conoce a Alice, una guapa y popular chica que se convertirá en su mejor amiga. Pero todo el mundo tiene sus secretos, incluso Alice y estos harán que sus vidas cambien.

    La trama está bien elaborada, incluso esos capítulos en que el tiempo se cruza con habilidad y sin desgarros de uno a otro. Aunque es entretenida, a mí no me ha gustado demasiado y, no sé por qué, en algún momento me ha recordado a una de esas películas que ponen en televisión en la tarde de los domingos.

La Biblioteca Nacional

La Biblioteca Nacional

      Mi primer contacto con la Biblioteca Nacional fue al poco tiempo de llegar a Madrid, en 1984. Tuve varios días, antes de empezar a trabajar, para recorrer sus rincones con mirada curiosa y de paso que renové el DNI y saqué un pasaporte, que cuando me caducó sólo lo había usado para ir a Gibraltar, me saqué también el carnet de lector de la Biblioteca Nacional.

       Me impresionaba este enorme edificio del paseo de Recoletos, cuyas tripas estaban rellenas de libros de todas las épocas.   En un par de ocasiones disfruté de aquella sala de lectura silenciosa y penumbrosa con aquella lámpara individual que rodeaba de luz viva la mesa frente a la que me sentaba. Durante años  no volví, hasta que hace  unos años tuve la oportunidad de conocerla por dentro, de ver sus estanterías y de entender cómo funcionaba y, entonces, sí quedé totalmente admirado de la labor de esta institución.

       Aunque no ha sido hasta  hace unos días en que he descubierto otra de las tareas que desarrolla y que yo desconocía. Hace años, haciendo yo un peculiar estudio me enteré que en 1869 durante la inauguración de un famoso monumento se dijo un discurso que posteriormente fue publicado, pero por mucho que busqué no tuve forma de encontrar ninguna referencia a ese discurso, ni al libro donde se publicó. Consultando el catálogo de la Biblioteca Nacional  me enteré de que había un ejemplar de dicho libro, pero durante varios años no se me ocurrió como el poder acceder a él, hasta que me enteré que  a través de la página web se podía contactar con la Biblioteca y pedir una copia de ese libro. Me mandaron el presupuesto, hice un ingreso del importe y ya tengo en mis manos una copia de ese libro, del que llevaba tanto tiempo detrás. Es interesante la página y ver todos los servicios en línea que nos puede suministrar a los que somos amantes de los libros.

Evocación

Evocación

    Hay imágenes, como ésta tomada en una noche de este verano, que reflejando el sosiego y el silencio nocturno, es capaz de evocarme sensaciones de un momento mágico, alumbrado por la luz de la luna, y despertar hoy en mí todo un cúmulo de emociones.

Scarpetta

Scarpetta

           Una nueva novela de Patricia Cornwell, que constituye la número 16 de las que tiene como personaje principal a la forense Scarpetta, que esta vez además le da título a la aventura. La protagonista puso de moda en la literatura la patología forense, mucho antes de que nos enteráramos lo que era el CSI. Me ha gustado mucho la forma de elaborar esta trama y me ha reconciliado con la autora, sobre todo después de que en el último que leí no me quedé con buen sabor de boca. A los que somos seguidores de esta saga, ya nos resultan conocidos los personajes, y nos gusta, en una aventura tras otra, el volver a reencontrarnos con ellos y participar de una evolución que hace que siendo los mismos de hace unos años, se reconozca en ellos esa madurez o desilusión que va imponiéndoles el paso del tiempo.

            Ese retrato bien realizado de los personajes, donde tras tantos años son inevitables los roces y contactos frutos de su historia común,  junto con un buen argumento y aderezado por las nuevas tecnologías, hace que la historia atrape desde el principio. En este caso es una mujer que sufre de enanismo la que ha sido salvajemente asesinada. Sospechan de su novio, que también tiene enanismo, pero no tienen pruebas. Cuando lo van a interrogar, éste se niega a decir nada mientras no hable personalmente con Kay Scarpetta. La investigación la dirige la fiscal de Nueva York, Jaime Berger, que la  llama para el caso. Además de Scapetta, estará el policía Pete Marino, a quien una oscura historia le une, su sobrina Lucy y su marido Benton y la historia se complica cuando en la casa de enfrente se comete otro asesinato. La autora va incluyendo alternativamente distintas escenas, que complementándose atrapan la atención del lector que no “descansa” hasta llegar al punto final de la historia.

La noche de los tiempos

La noche de los tiempos

      No es habitual que me suceda, lo que me ha ocurrido con la última novela de Antonio Muñoz Molina: no he podido terminarla.

            Es la historia de un arquitecto Ignacio Abel teniendo como escenario su matrimonio y su relación con su amante en un fondo en el que aparece retratada el comienzo de la guerra civil y su influencia en los distintos personajes, unos de ficción y otros recreados desde la historia.

            Una novela extensa, casi mil páginas, en la que me ha resultado tan compleja su estructura que, tras casi trescientas páginas, he decidido no seguir con ella. Las continuas idas y venidas de la historia que narra, unidas a frases muy largas, ha hecho que mi atención anduviera a tropezones, hasta el punto de no sentirme a gusto con la lectura y no encontrar esa línea argumental que, al fin, arrastre mi atención. No puedo decir cómo es el desenlace, ni como continúa, simplemente que no he podido con ella o, mejor dicho, que ella ha podido conmigo.

Mirando al suelo

Mirando al suelo

         Hay días, como hoy, en que prefiero caminar mirando al suelo, en el que piso, en lugar de mirar al frente, con la incertidumbre de hacia donde pisaré.

Tocando música

Tocando música

     Te acuerdas? Fue aquel día en el que nos citamos para pasear por el parque. Nos reencontramos después de mucho tiempo de anhelado contacto. Desenvolvimos, frente a frente, nuestros deseos y buscamos al otro en un intenso abrazo. Paladeé, con especial deleite, ese instante en el que mis manos recorrieron tu cuerpo, palpándote de arriba abajo, como queriendo asegurarme de que estabas a mi lado.

     Era un día de otoño, con olor a humedad y nuestros pasos, gozosamente al unísono, crepitaban las hojas secas. La luz del sol, pálidamente luminosa, arrancaba vivos y hermosos colores de las hojas que enjaezaban las ramas de los árboles.  Atraídos por el sonido de la música nos acercamos al templete, donde en aquel momento el director alzaba la batuta hacia el cielo para iniciar los primeros compases del Lago de los Cisnes.

    Nos sentamos en la hierba a escucharla, mientras tu mano agarraba mimosamente la mía.  Blancas y negras, redondas y corcheas, alternaban con armonía en aquella composición, cuando en un determinado momento tus dedos deslizándose por mi palma llegaron hasta mi muñeca y como si arrancaras el sonido de mis venas, me la acariciaste al ritmo de la música. Las yemas de tus dedos se deslizaban por la piel interior del brazo, unas veces como si rasgaran las cuerdas de una guitarra, otras como si taparan los agujeros de la flauta o estiraran las cuerdas de un violín. Tus dedos hacían que me fuera fundiendo contigo a través de la música. Y en el último compás, tras un golpe certero de la batuta, todos los instrumentos sonaron al unísono, mientras nuestras miradas se encontraron deseosas en el aire. Entonces, nuestros labios se encontraron, acomodándose en los del otro, hambrientos de la proximidad y de la humedad ajena. Tu sabor jugoso unido a ese aroma tuyo que siempre reconozco, aunque esté oculto en algún sitio perdido de mi memoria, me rodeó de maravillosos temblores que aún hoy, cuando lo recuerdo, hacen vibrar todo mi cuerpo.

Vuelta al trabajo

Vuelta al trabajo

       Tal día como hoy, llegó lo que hace tiempo esperaba: se acabaron las vacaciones. A eso estoy hecho, ocurre todos los años, y a base de tanto repetirlo uno se acaba acostumbrando y pareciéndole extraña esa “depresión postvacacional” que da tanto tema en las páginas solitarias de revistas y periódicos veraniegos. A lo que estoy menos acostumbrado es a lo de esta mañana, entrar en mi oficina acompañado de un silencio sepulcral, algo así al que debe haber tras estallar una bomba de neutrones. Aquello estaba desierto, lo que significa que para que la oficina empezara a funcionar tuve que hacerlo todo: quitar el candado, abrir las puertas, encender las luces, cambiar sellos, conectar aparatos de aire acondicionado…afortunadamente hoy el papel higiénico del servicio estaba cambiado, algo me ahorré.

         No había nadie para decirme lo que había quedado pendiente del día anterior, mirando por las mesas descubrí papeles abandonados y otros que no sabía que pintaban por allí. Había algunas cosas que había que hacer y me indicaba mi compañera en un papel escrito a mano, que no tuve ni tiempo de pasar ante el traductor de Google. Mañana veremos si termino de entenderlo.

                  Afortunadamente las vacaciones no habían sido tan intensas como para olvidar la contraseña para entrar en el ordenador y ¡menos mal!, porque dadas las peculiaridades de mi habitáculo de trabajo, a pesar de que sólo tengo dos manos, tuve que trabajar esta mañana con tres ordenadores a la vez, cuatro impresoras encendidas y la fotocopiadora. Y quien mucho tiene poco abarca, de vez en cuando me saltaban los protectores de pantalla de uno u otro ordenador con lo cual después de la jornada de esta mañana no se me olvida la contraseña, tras haberla tenido que escribir unas veinticuatro veces.

                El teléfono no ha parado de sonar, pero la excusa de que estaba atendiendo al público, me permitía el no tener que cogerlo. Una de las que descolgué era una compañera de otro centro de trabajo que tenían que realizar un impreso y que por las vacaciones allí no había nadie que lo hiciera, que a ver se lo podía hacer yo y se lo mandaba por fax. Encontré el hueco y le resolví el problema a ella y al que tenía delante que, a esas horas, ya debía tener cara de impaciente. En fin, la mañana fluyó y aunque salí media hora más tarde de la cuenta, ya tengo organizado el trabajo de mañana.

                    El público bien y comprensivo ante mi cara de media vacaciones, hubo dos a los que tuve que gritarles bastante, pero porque tienen problema de sordera. Ante la ausencia de todo el mundo, al menos no pude quejarme a nadie de la idílica vida de las vacaciones, cuando no se madrugaba. Lo peor una mosca, grande y gorda que estuvo toda la mañana incordiándome y no tuve ni tiempo de saber si teníamos insecticida, espero que mañana empiece su turno de vacaciones…

Las vidas privadas de Pippa Lee

Las vidas privadas de Pippa Lee

    Pippa es una mujer de cincuenta años, casada con un importante editor de libros de ochenta años, con dos hijos ya mayores. Deciden retirarse a una sofisticada urbanización para la tercera edad. Lo que en principio parece el anuncio de una etapa de su vida tranquila y sosegada, desemboca en una serie de problemas para Pippa: le dan ataques de sonambulismo y, sin saber como, vuelve a fumar. 

     Ella va rememorando trozos de su ajetreada historia, su peculiar relación con su madre y las personajes y situaciones en las que se vio envuelta desde que se escapó de casa con diecisiete años. Esta historia parece decirnos que mientras haya un soplo de vida, no se llega a ninguna estación término, sino que continuamente el viaje y la aventura pueden dar comienzo.

    Novela escrita por Rebecca Miller, que también ha dirigido la película que recientemente se estrenó. Una prosa fácil de leer y que, en ocasiones, me ha parecido original.

"Me volví hacia él y me pregunté que tal besaría. Estaba claro que también él se preguntaba algo por el estilo. Pero me sorprendí a mí misma disculpándome y alejándome en mitad de la conversación. Lo cierto era, pensé mientras deambulaba por aquella casa, mirando el cielo nocturno salpicado de estrellas a través del enorme techo de cristal, lo cierto era que yo no quería tener nada que ver con nadie ni con nada."

Giro de viento

Giro de viento

    Sólo los que vivimos en esta zona o los que hayan leído el libro "Los aires difíciles", pueden imaginar cuánto se agradece, cuando tras varios días de calor insoportable en que se llega a afectar a algo más que el carácter, por culpa del sofocante viento de levante, amanece un día como hoy, sonriente, para disfrutarlo, en el que el viento, educado y amable, gira a poniente.

Contra el viento del norte

Contra el viento del norte

    Leo Leike recibe, por error, mensajes de una desconocida llamada Emmi y le responde. Casi sin darse cuenta se va estableciendo un diálogo entre ellos, que de lo superficial va progresando a lo íntimo. Aquellos correos electrónicos del otro que van llegando al buzón de entrada se van convirtiendo en una verdadera necesidad, fruto de una peculiar e intensa relación que se va estableciendo entre ellos y en que se plantean por un lado la necesidad de conocerse personalmente y, por otro, si ese conocimiento no va a destruir esa imagen única que se han hecho del otro.

            Escrita con un novedoso género literario, el de los correos electrónicos,  con reminiscencias al género epistolar pero con sus peculiaridades, Daniel Glattauer consigue atrapar hábilmente la atención del lector, que va participando de esa creciente intriga que se establece con el mero uso de las palabras y sin otras ayudas externas en una relación como pueden ser la mirada o la cercanía. Cuando se termina el libro nos quedamos con ganas de más y así nos anuncia la continuación que se llama “Cada siete olas”, aún no publicada.

            “Quiero confesarte que  hacía tiempo que no intercambiaba sentimientos con nadie con tanta intensidad como contigo. Yo soy la primera en asombrarme de que sea posible hacerlo de este modo. En los mensajes que te escribo puedo ser más que nunca la verdadera Emmi. En la “vida real”, si quieres que las cosas salgan bien, si quieres resistir, debes pactar continuamente con tu emotividad: ante TAL COSA no puedo reaccionar de forma exagerada, TAL OTRA tengo que aceptarla, respecto a TAL OTRA debo hacer la vista gorda. Uno adapta sus sentimientos al entorno sin  descanso, es indulgente con quienes ama, asume cientos de pequeños roles cotidianos, hace equilibrios, compensa, sopesa para no poner en peligro toda la estructura, pues uno mismo forma parte de ella.

  Contigo, querido Leo, no tengo miedo de ser tan espontánea como lo soy en lo más íntimo del alma.”

Guerra y Paz

Guerra y Paz

    Como ya escribí en el post del 31 de julio, me decidí a leer la obra cumbre de la literatura rusa: Guerra y Paz. Tras varias semanas de ardua e intensa lectura he culminado mi objetivo. Escrita por León Tolstoi, de quien este año se celebra el centenario de su fallecimiento, nos narra la historia de distintos personajes de la vida rusa desde el año 1805 a 1820, época que en gran parte coincide con las invasiones por parte de Napoleón, un personaje que aparece a lo largo de la novela y algunas veces de manera directa.

     Son cuatro las familias, cada uno con sus respectivos personajes, en torno a los cuales se va desarrollando una elaborada trama: Bezukhov. Bolkonsky, Rostov y Kuraguin. Aparte aparecen personajes reales como el ya citado Napoleon, el zar Alejandro I o el general Kutuzov.

      Nos aparecen retratadas estas familias de la alta sociedad rusa en las fiestas de sociedad, hablando de la guerra con los franceses, intrigando amores o desarrollando compromisos matrimoniales. Los franceses invaden Rusia y algunos de los miembros de estas familias se enrolarán en el ejército como oficiales. Veremos ante nuestros ojos los ejércitos preparándose para entrar en combate, los preparativos del Estado Mayor y seremos testigos del caos de la batalla, del estruendo del sonido de los cañones y de la tragedia que crea a su alrededor toda guerra. Incluso en algún momento no está tan claro quienes son los vencedores y quienes los vencidos. Los distintos personajes salen y entran de la narración y sus historias se van entrelazando a lo largo de tantas páginas. 

        Impresionante narración que atrapa en la lectura, aunque la traducción que he leído da la impresión  de no ser demasiado buena y no ayuda a que se lea fluidamente, aparte de que le ha dado por traducir todos los nombres, la princesa Natasha, es Natalia y Nicolai es Nicolás, y españolizarlos. Vale la pena animarse a sumergirse en el universo de Tolstoi.

Puñetero agosto

Puñetero agosto

       Entiendo que muchos estén esperando este mes como “agua de agosto” para disfrutar  de ese descanso merecido y necesitado tras tantos meses de duro trabajo, pero a mí por distintas y variadas razones es el mes que menos me gusta del año.

       Para los que vivimos en un lugar de costa supone la invasión por todos sitios de muchedumbres incontables. La dificultad creciente de encontrar un hueco para colocar la sombrilla en la playa. El olvidarme del coche, porque ¿para qué sacarlo del garaje si luego no hay sitio para aparcarlo? El aprender el desusado arte de hacer colas, hasta para comprar una pieza de pan. El toparse en cualquier aspecto burocrático con una administración a medio gas: eso lo lleva fulanito, pero hasta septiembre no vuelve. Oficinas que habitualmente abren por la tarde y que ahora con media jornada semejan a una verbena, sólo les falta la música. La ausencia de esa revista a la que estamos suscritos. El obligado jaleo nocturno de los que están de vacaciones, que dando voces en la madrugada, para envidia de los que intentamos dormir, quedan a las doce del día siguiente para ir a la playa. La transformación de vestuario a la que parece empujar el sol y que hace que hasta el abogado de mi barrio, siempre pulcramente trajeado, se pase el día deambulando por el mismo en chanclas y pantalón corto. El calor sofocante con que nos invade este mes y que nos hace estar continuamente sudosos hasta pr la noche.

     Sí, de vez en cuando se me ocurre decir: puñetero agosto! Y todavía falta más de medio mes. No es extraño que el día de San Ramón Nonato, por la noche, tras haber felicitado a los ramones, salga a la terraza con una bandera de colores a dar la bienvenida a Septiembre y saludar a la rutina con una amplia sonrisa.

¡Cuánto tiempo!

¡Cuánto tiempo!

     De mi trabajo forma parte esencial, siendo lo que más me gusta, la atención al público. Rodeado habitualmente de papeles, me gusta ese rato en que los dejo reposar sobre y la mesa me pongo frente a alguien para intentar solucionarle la cuestión que me plantea. Me doy cuenta de que, como en la vida, y eso que he hecho cursos al respecto, ningún libro ni curso te enseña lo que cada día se aprende con la experiencia. Una de las cosas que he aprendido es que no todos los que vienen a verme buscan soluciones, hay casos imposibles de resolver y lo que esperan de ti, simplemente, es una atenta escucha. Hay otros, quizás los más desagradables, que sólo desean gritar, echar la bilis por la boca, a estos no siempre es fácil escucharlos, pero se intenta y, a veces, terminado su discurso incluso se les percibe una cierta felicidad.

            Algunos son clientes habituales, de años, a los que les basta tres palabras o un gesto bastan para indicarme lo que quieren. Otros son ocasionales, les surge un asunto y durante meses hablamos, van y vienen, hasta que finalizado, parecen desaparecer en la noche de los tiempos. Eso me pasó ayer con uno, lo reconocí después de muchos años y le digo:

-¡Cuánto tiempo que no te veía! ¿Dónde te habías metido?

     Sin palabras me enseña un impreso firmado por la subdirectora de una prisión, en el que de forma escuetamente administrativa informa de en dónde se ha pasado los últimos diez años. Sin duda su aspecto ha cambiado, para bien, aquel muchacho de aspecto inquietante hoy es un hombre de rasgos sosegados. Me sonrió y me dijo:

-Yo también hacía mucho tiempo que no lo veía a usted.

Nunca imaginé...

Nunca imaginé...

...que fuera a leer "Guerra y Paz" y que ni tan siquiera quedara atrapado por sus letras. Es ese típico libro del que todos hemos oído hablar y hemos visto escenas de una serie o de una película y pocos, sin embargo, han leído. Claros prejuicios me hacían intuir que por muy buen escrito que pudiera estar, aquellos salones de bailes rusos y el sonido de los cañones de Napoleón, no me iba a hacer demasiada gracia.

   Pero ha habido algo que me ha animado a ello, una iniciativa que ha tenido el programa El Público de Canal Sur Radio, el más escuchado en la radio andaluza en la franja vespertina, que ha propuesto una lectura colectiva  de este libro, para conmemorar el año de Tolstoi. A mí me ha parecido una iniciativa interesante, esa especie de "solidaridad" literaria con muchos lectores a la vez, que estamos refrescando el verano mediante esta lectura común. También se hace eco Facebook de ello e indica una dirección  de correo a la que se puede escribir, los que hayan iniciado esta aventura, enviando su número de móvil, para concentración de otoño que quiere realizar el programa con todos los lectores.

     Si alguien se anima, aún hay tiempo. Hay ediciones de precios muy económicos en las librerías de ocasión. La que yo tengo tiene una letra enana de 630 páginas, ya he pasado leyendo la barrera de las trescientas.