Blogia

El búcaro de barro

Desperezándose

Desperezándose

            Esta mañana al amanecer, sentí un gran estruendo.  Asomándome a la ventana para observar la causa de aquel estrépito, pude ver a los árboles que, pensando que nadie los veía a esas horas, estiraban sus ramas hacia el cielo mientras se desperezaban al viento.

Desesperación

Desesperación

         Llevaban ya conviviendo, hoy hacía tres años,  y en ninguna de aquellas 1095 noches, que en su desesperación traducía a 94.608.000 segundos ya transcurridos, ella había hecho por acercarse a él para vestirlo de mimos o ataviar su cuerpo en besos. Su desesperación iba creciendo por momentos, pero qué podía esperar, como le decía un buen amigo de atildado bigote y orejas en soplillo, si ella había rechazado a tan buenos pretendientes para quedarse con él, por la única razón de que por las noches lo que hacía era “dormir y callar”.  Y además, añadió, todos sabían de ella, como en un secreto a voces, que era una ratita muy presumida.

Cuentos alígeros

Cuentos alígeros

             El pasado año a través de una charla en esta mesa camilla literaria, en que a veces se convierte la blogosfera, me enteré del concurso de microrrelatos que hace la editorial Hipálage del que luego realiza una publicación de los seleccionados. Este año me avisaron del plazo para concursar y envié uno mío que ha sido seleccionado para publicarse. En total han sido enviados 878 textos de los que han sido seleccionados 327 que irán publicados en un libro con el título de Cuentos Alígeros que está a punto de publicarse y salir a las librerías.

           Siempre alegra el ver cómo esas letras, que un día brotaron de mis dedos, escapan de la virtualidad de la red para posarse en forma de letras negras sobre una página en blanco a la vista de todo aquel que tenga ese libro en sus manos.

Mi gorro de lana

Mi gorro de lana

       A estas alturas del calendario y en estas latitudes, ya es difícil que vuelvan fríos tan intensos como los que ha hecho y por eso va siendo hora de guardar alguna pieza de abrigo como mi gorro de lana. Este gorro es de esas prendas que me han acompañado constantemente durante largo tiempo, más de treinta años. Aún existe la tienda de deportes donde lo compré, pensando que iniciaba mis estudios universitarios 600 km más al norte de donde yo vivía y había escuchado que  por allí era posible, como así ocurrió, pocos meses después, que conociera la nieve. 

 

       El color verde y blanco, no era casual, estaba elaborándose la Constitución y con ello empezaba a hablarse del estado de las autonomías, cada una enarbolaba como signo diferencial su bandera, y los colores de la bandera andaluza se decidieron que fueran el blanco y el verde. Me gustaba llevar sobre la cabeza en mis devenires por tierras castellanas ese signo de distinción en una ciudad donde, entonces, éramos muy pocos los andaluces. En aquellos fríos paseos a la Facultad, a temperaturas gélidas, me lo ponía encasquetado en mi cabeza y escondiendo dentro mis orejas que, a pesar de todo, parecían llegar estiradas por el frío.

 

Por aquí ya es muy raro que me lo ponga, no hace tanto frío, pero sin embargo en alguno de esos días en que hasta la respiración ha parecido helarse, lo he sacado del armario y sin importarme el aspecto más o menos ridículo del borlón blanco agitado por el viento, me digo con Luis de Góngora. "Ándeme yo caliente y ríase la gente..."

No me convences

No me convences

      No, no me convences, con que eres una artista original y no perteneces a un grupo de desarrapados bohemios y tampoco con que causes admiración en muchas partes del planeta. Empiezas a resultarme engorrosa, con tu insistente presencia, cansina y obsesiva. Ya puedes vestirte de algodones o en tus trajes más grises, me da exactamente igual. Me estás hartando  tanto cuando vas sola o amontonada en esa abigarrada pandilla que causa hartazgo.

         No, no me convences, querida nube, de que te admire, por hermoso que sea el cuadro, como éste de la foto en el que has pintado, con las gotas de la lluvia, árboles boca abajo en el suelo.

De los amores negados

De los amores negados

             Un libro que me atrapó desde el principio con la dulzura de su prosa. Es el primero que leo de la escritura colombiana Ángela Becerra y, desde luego, me ha animado a conocer alguna cosa más de su producción literaria. Es una historia donde amor y desamor se mezclan en partes iguales. El matrimonio entre Fiamma y Martín, empieza a hacer aguas y, sin saber cómo, estando tan cerca son conscientes de que no pueden estar más lejos. Fiamma sicóloga, a punto de entrar en la cuarentena, y que dedica sus horas a solucionar la vida de sus pacientes, no logra solucionar la suya propia. Martín subdirector de un periódico no logra mantener en su casa el prestigio del que goza en su trabajo. Ambos prietos y necesitados de ese amor que no encuentran, lo derraman en Estrella y David, que les hacen descubrir, en la madurez de sus vidas lo que es el renacer de una pasión que ellos creyeron sucumbida para siempre.

            Su forma de escribir es viva y envolvente y la capacidad que tiene de combinar adjetivos es única. El tono amable de la obra, convive con otro hondo y mágico. Es uno de esos libros que no me importaría leer otra vez, no ya tanto por el argumento, sino porque su lectura hace que el espíritu se acune dulcemente entre sus líneas. Mi descripción  se queda corta y prefiero citar un par de párrafos para que sepáis de lo que os hablo:

 A la mañana siguiente, los dos arrastraban una ausencia fantasmagórica. Parecían deslizarse transparente por la casa, queriendo hablar sin voz, tratando de sincerarse aunque sólo fuera por señas. Ninguno de los dos aceptaba la responsabilidad de que su relación se estuviera yendo a pique. Ambos esperaban que el destino decidiera por ellos favorablemente a sus deseos; que incluso fuera él, sin presiones, quien hiciera la mejor elección para no caer en la equivocación propia. Nunca como ahora habían sentido en sus carnes la inconsciente facilidad con que se habían dado el sí aquel día lejano en la basílica de la Dolorosa. Aquel nudo prieto, que había atado sus vidas, parecía de hierro fundido. ¿Por qué un no costaba tanto de decir? ¿Qué era lo que arrastraba la negación que no poseía una afirmación? ¿Por qué era tan ligero y fácil, tan sonriente y abierto, decir sí? ¿Por qué para llegar a un no se debían atravesar tantos obstáculos?¿Por qué dolía tanto escucharlo o decirlo?

Los dos desayunaban preguntas sin respuestas...” 

“Iba yéndose sin querer hacia las murallas, empujando sus ganas desganadas. Volvía a vestir de blanco y cara lavada inmaculada. Parecía una virgen abandonada en su noche de bodas. Subía cada escalón como si escalase el Everest sin equipo apropiado. Al coronar la rampa de piedra, un atardecer rayado le esperaba inconcluso. Parecía como si el pintor que lo estuviera pintando se hubiese cansado, abandonado la obra con la mitad de lienzo por hacer. En sus mejores días, Fiamma habría corrido a buscar su cámara para fotografiar aquella maravilla, pero el momento le impedía visualizar colores. Sufría de una acromatía interna de alegría. Estaba ciega al color de la vida, porque su alma se negaba a verlo.”

Y, por cierto, hay una edición de bolsillo por sólo 5 euros.

Plácido rincón

Plácido rincón

         Todas las ciudades tienen esos rincones en las que sus muros parecen destilar placidez. Son calles de muchedumbres ausentes y coches huídos, por las que los únicos turistas que pasean son los extraviados y en la que se oyen los trinos de los pájaros desde lo alto de árboles invisibles. Tras los visillos de sus cierros, atisban ojos de colores desconocidos que miran hacia esos caminantes que transitan con unos pasos, que le acompañan, de ásperos sonidos que chocan contra las paredes. Los adoquines rugosos alfombrean sonrientemente los suelos. De sus casapuertas oscuras escapan al aire una mezcla de los olores de los pucheros con los de la humedad reinante.

                 Son calles, en que rotan despacio las ruedas de los carritos de la compra y se pasean a perros bostezantes, difíciles de descubrir, más que para los que tienen intuición afilada o sensibilidad desarrollada., en ellas los minutos se alargan hasta extremos insondables y, cuando se llega al final de la misma, da la impresión de haber atravesado el túnel del tiempo. Mientras se pasea por ellas ¡qué buena ocasión para hacer brotar esos sueños ilusionados que tan escondidamente nos acompañan cada día!

Me gusta...

Me gusta...

... el aroma a primavera y que ésta haya empezado antes en este árbol que tengo frente a mi casa, que en los grandes almacenes.

Invisible

Invisible

       Un joven poeta, Adam Walker, estudiante en 1967 en la universidad de Columbia, conoce a una pareja francesa muy seductora: Rudolf Born y Margot. A partir de ese encuentro, sus vidas se entrecruzan en variadas oscilaciones  unas placenteras y otras sumamente peligrosas, tanto en aquel lugar como en el lejano Paris, previo al mayo del 68.

            No es de las novelas que más me han gustado de Paul Auster. Sus personajes no se me han hecho atractivos, los encontré demasiado planos, y pululan por estas páginas envueltos en vidas grises, amores prohibidos o intuidas mentiras. La metaliteratura se entremezcla entre sus letras y aprovecha el autor para experimentar con cambios de narrador. 

              Aunque el libro me resulta distraído, al terminar de leerlo, sé que olvidaré pronto esta historia, no puedo dejar de preguntarme: ¿y qué?

Desnudeces

Desnudeces

     Tras semanas en las que el cielo aparecía revestido de grises vestimentas de cuello alto, hoy durante unos minutos nos ha alegrado la vista, dejando al aire sus desnudeces con el deshilachado de las nubes.

Shutter Island

Shutter Island

       No lo puedo remediar pero cada vez que veo a Leonardo di Caprio me dan la impresión de que acaba de salir del agua tras el naufragio del Titanic, eso pensé nada más verlo al comenzar la película. Esta sensación se me ratificó cuando en dos ocasiones, en la misma película, salió empapado del agua.

       La historia se desarrolla en 1954, con una escena inicial que encontré un tanto atropellada y en la que  Leonardo di Caprio, un agente judicial, a bordo de un barco se pone a hablar con su compañero de misión, al que acaba de conocer, y en pocos segundos le revela algunos de los "demonios" de su pasado que le acompañan. Se dirigen a Shutter Island, una isla muy peculiar, a lo que solo se puede acceder por el embarcadero y donde hay un siquiátrico para criminales. Van allí para investigar la desaparición de una asesina, que ha desaparecido de su celda sin dejar rastro.

           La película está distraída, debidamente aderezada por una machacona música que continuamente promete un susto y unas imágenes que claustrofóbicamente acompañan con temporales y vientos huracanados en un cielo que, permanentemente, está gris. El dispositivo de seguridad que rodea la isla, es tal que, agobia hasta a los propios agentes. Es una película donde continuamente "llueven" cosas, ya no sólo la lluvia, sino también la nieve, las ramas de los árboles, pétalos negros que caen en sueños y hojas de papel que surcan el aire.

             Los personajes, tanto los vivos como los muertos, actúan de manera extraña y chocante, en cuanto al responsable médico, interpretado por Ben Kingsley, cada vez que aparece, su rictus estático y su tono de voz, no dejan de trasmitirnos una cierta inquietud. Una historia bien urdida y sorprendente, donde nada parece ser lo que aparenta, lo que sin duda atrapa la atención de espectador y lo empuja a pestañear lo menos posible.

Diversidad

Diversidad

      A pesar de estar ya en plena Cuaresma aquí seguimos con las fiestas de Carnaval. Están tan enraizadas que las distintas actividades (pregón, cabalgata, disfraces y cantos de agrupaciones en la calle), se desarrollan durante diez días. Sin contar el concurso de agrupaciones carnavalescas, que previamente se desarrolla durante varias semanas. Miles de personas de todos los lugares se desplazan a vivir estos días en la ciudad, que gira, a pesar de las fuertes lliuvias, en torno a esta fiesta.

       El Carnaval nació como una respuesta social a la Cuaresma que, por entonces, coloreaban en tonos cenicientos el ambiente, incluso, a nivel general. La gente buscaban una forma de "responder" a esos cuarenta días de vida sacrificada que casi se imponían. Hoy, en esta sociedad laica, ha perdido mucho de su sentido lo que no quita que haya gente que siga disfrutando de todo este entorno tan peculiar en que el disfraz, el convertirse en algo distinto a lo habitual es lo esencial.

         Yo puedo entender que haya gente que disfrute con ello, a pesar de las aglomeraciones bulliciosas, los atascos de tráfico, las ausencias de aparcamiento, los miles de kilos de basura por las calles, pero...que cuando me pregunten si me gusta y les diga que no, también respeten mi diversidad y no pongan cara de pena mientras dicen: Pero ¿es posible que no te guste el Carnaval?

Cada día me divierto menos, por no decir nada, en esos acontecimientos bulliciosos y masificados. Prefiero la diversión que supone un paseo entre los chopos de un río, un buen libro en que sumergirme, tumbarme en una terraza a la luz de la luna llena o compartir una conversación agradable al calor de una chimenea.

Enamorado

Enamorado

 

        Su aspecto era seco y taciturno, por fuera y por dentro, en ello influía, sin duda, que a pesar de haber entrado en la cuarentena, nunca había sido tocado por flecha alguna de Cupido. Las hojas del calendario caían siempre de idéntica manera haciendo que sus días, a lo largo del año, sólo se distinguieran unos de otros por la cantidad de ropa con la que se abrigaba. Pero hasta la piedra más seca es capaz de hacer florecer una minúscula semilla y así fue como una mañana, probablemente de primavera, nuestro protagonista se dio cuenta de que se había enamorado.

            Lo notó al mirarse al espejo, sus habituales arrugas le parecían tamizadas y la curvatura de sus labios en un gesto, casi olvidado, emitía una sonrisa. Mirose el interior y se dio cuenta, efectivamente, de que el amor había anidado con sutiles fuerzas en lo más profundo de su corazón.  Y ahora amanecía de distinta manera, cada día era como un pequeño milagro, cada gesto un deseo de compartir y no se dormía cada noche sin dar un intenso suspiro. Era consciente de que aquello que le pasaba, de que ese cariño que le brotaba de dentro por todos sus poros era lo más hermoso que nunca le había ocurrido.

     Acostumbrado a su vida gris, tanta felicidad le parecía imposible y a pesar de que la sociedad era ahora más permisiva, empezó a dudar si ese amor que sentía por él sería bien comprendido. Dudaba y se dolía con ello, de que cualquier tipo de amor pudiera tener criticas o siquiera límites. Decidió escribirle una carta en la que compartirle lo que sentía, cogió una hoja en blanco y solazó en ella sus sentimientos, hasta el punto de tener que secarla a la ventana, empapada por las lágrimas que derramó mientras escribía. Con paso, entre vacilante y saltarín, se dirigió al buzón de correos, por el que introdujo la carta que se deslizó despacio hacia el interior.

            Siguió viviendo, ahora, entre fantasías y realidad con cierta alegría reprimida. Esperando, sumido en incertidumbre, a un cartero que nunca llegaba. Al fin, un día, al abrir el buzón el corazón le dio un vuelco. Sacó agarrada entre sus dedos, de aquella estrechez oscura, la carta y nervioso rasgó aquel sobre del que salieron a ráfagas letras sentidas en una letra que bien conocía. Tras leerla, de sus ojos cayeron dos gruesos lagrimones mientras decidía que no le importaba que criticaran su enamoramiento… después de conocer tanta gente había concluido que no había nadie mejor ni más maravilloso, ni a quien pudiera conocer mejor, que sí mismo. Dejó su ropa cuidadosamente sobre la silla y acostándose en su cama, totalmente desnudo, se acurrucó feliz, sobre sí, y se quedó dulcemente dormido.

 

El buen alcalde

El buen alcalde

      Tibo Krovic es el alcalde de la ciudad báltica, imaginaria, de Dot, un hombre afable, que se preocupa de los problemas de sus conciudadanos y está secretamente enamorado de Agathe Stopak,  su secretaria, una mujer casada de aspecto más que agradable. Lo que no sabe Tibo es la soledad que oculta en su interior Agathe. Las jornadas cotidianas en el ayuntamiento transcurren sosegadamente en ese mutuo trabajo en que los dos ocultan sus soledades y deseos. Hasta que un día en que el almuerzo de Agathe cae a una fuente y Tibo decide invitarla a almorzar...

        Un libro sumamente delicioso, escrito con un estilo vivo y cercano que recrean de maravilla el ambiente, entre onírico y encantador de la ciudad de Dot. En cuanto se entra en sus páginas uno no puede resistirse a la magia de lo narrado y a sentirse cautivado por estos personajes tan únicos y, a la vez, tan universales. La narradora no puede ser más original: santa Walpurnia, la virgen mártir barbuda, patrona de Dot que, como perspicaz observadora, nos va contando esta historia de magia y soledades. Quitando a los dos protagonistas, los demás personajes aparecen oportunamente, a modo de pinceladas, a veces revestidos de fantasía, completando la coreografía que nos presenta. Es imposible no sentir simpatía por Tibo, que en algún momento se duele de que todo el mundo lo considere como el "buen" alcalde y que con su proverbial prudencia logra exasperar a Agathe.

           "Me observa y ve a una ancianita enjuta. Una viejecilla. Y piensa: ¿qué sabrá esta viejecilla de camas que chirrían? Pues esta pobre vieja -se llevó la fotografía al corazón y la aferró con fuerza- sabe mucho de camas que chirrían, y más aún de amor. Está el amor y están las camas. El amor es bueno y las camas, son, son, son... ¡las camas son fantásticas! pero cuando se conjugan el amor y las camas -dio una palmadita a Agathe- es lo mejor. Eso ocurre cuando el bueno de Dios se escupe en los dedos y frota con ellos el fragmento de las ventanas que los ángeles han olvidado limpiar al tiempo que dice: "Mira aquí. Mira lo que te espera. ¡Esto es lo que voy a hacer por ti!"":

            "Todo lo que él fue capaz de darle a ella lo absorbió como una esponja que se ha dejado secar en la repisa del cuarto del baño durante todo un verano y que, cuando se sumerge de nuevo en el agua, lo empapa todo, se ablanda, se hincha y se embebe de hasta la última gota, para luego devolverlo todo, voluntariosa."

             Es la primera novela del escritor escocés Andrew Nicoll, publicada

en primicia por el Círculo de Lectores y que estará en las librería

a partir del diez de marzo.

Las olas

Las olas

Esta mañana cuando paseaba por la orilla del mar,  contemplando los mil tonos de verdes que conformaban sus aguas y acompañado del leve rumor que producían al lamer la orilla, aquellas olas me recordaron a ti. Tampoco es extraño, porque cuando estoy a tu lado, por muy lejos que estemos de la costa, tu mirada viva siempre me recuerda a la dulzura espumosa de las olas del mar.

Verde

Verde

     Mi color preferido siempre ha sido el verde. Me parece un color elegante y tierno a la vez. Me gusta el verde que pende de las ramas de los árboles y ese otro verde que alfombrea los campos. Me gusta el agua de mar cuando verdea o esa luz del semáforo que sana la impaciencia dejando paso libre. Me producen cierta inquietud nerviosa la mirada de unos ojos verdes o imaginarme unos alienígenas de ese color. Me emboba el brillo de las esmeraldas, aunque sólo lo vi en foto y me asombra la variedad de verdes que salpican la naturaleza. 

      Con esas apetencias por el verde, ¿cómo no me iba a detener a fotografiar esos tiernos brotes verdes que surgen del tronco del árbol, dándole esa chispa alegre a su seriedad grisácea?

Entre dos luces

Entre dos luces

       Cuando hago el camino cotidiano por las calles, en esas horas previas al amanecer, pienso que si no fuera por la luz, que desprenden los objetos, todo estaría oscuro y su existencia permanecería oculta a mi mirada. La luz nos descubre su fisonomía, sus rincones y permite a mis ojos posarse sobre ellos y reaccionar gustándolo o repeliéndolo. La influencia de la luz es fundamental, eso pensaba al ver esta casa que da a dos calles con distinto tipo de farola. En una de las calles la fachada con la luz blanca aparece moderna e incluso alegre. La otra amarillenta, nostálgica, somnolienta...como si se resistiera a despertar a la luz del amanecer. 

          Sólo unos minutos después la luz del sol invisibilizará la luminosidad de las farolas y uniformará esas dos fachadas, ahora tan diferentes, y al que pase por delante, yo mismo, no se le ocurrirá reflexionar sobre la diferencia de las dos luces.

El aventurero de Dios

El aventurero de Dios

            Voluminoso libro éste, sobre la vida de San Francisco Javier en el que  Pedro Miguel Lamet nos relata en forma de novela histórica y a través de los ojos de un imaginado judío converso, que le acompaña en sus viajes, la vida de este santo andariego, compañero de su congregación jesuita. Impresiona la fortaleza de este navarro que en su afán misionero, hay que tener en cuenta la precariedad de los medios de transporte del siglo XVI, partiendo de Lisboa llegó navegando hasta tierras de la India y Japón. Murió cuando estaba preparando su viaje a China y aún no había cumplido los cincuenta..

            Me ha parecido apasionante la historia y bien documentada, aunque quizás me ha costado encontrar la agilidad narrativa de otras obras de Lamet, probablemente porque en algunos momentos hay tal maremagnum de personajes, que se hace difícil el reconocerlos. Más interesante resulta la última parte con sus peripecias en Japón, tan diferente de Occidente y tan desconocido en aquella época por estos lares. Uno de cada tres días de su vida misionera estuvo embarcado.  Es difícil no dejar de admirarse por la vida de aquel hombre y aquellos duros viajes que realizó para extender el cristianismo.

Desnudez

Desnudez

Lo más hermoso de la desnudez es, cuando como en este caso, se convierte en la alborada de una futura y maravillosa fecundidad.

La planta de mi oficina

La planta de mi oficina

     En mi oficina sólo tengo una planta, que surgió de un pequeño brote que planté en la tierra de una maceta. Me gusta verla todos los días asomada en el balcón y contemplarla cómo evoluciona su crecimiento a lo largo de todo el año. Hay épocas en que está más triste, otras parece querer escaparse en busca de aventuras y ahora en estas fechas regada por las abundantes lluvias que sazonaron su tierra se encuentra en su época más lozana. Crece sin desmayo y abre sus flores amarillas alegrándome la vista y anunciándome que dentro de muy poco nos visitará ¡al fin!, tras este crudo invierno, la primavera.