Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2005.

Despedida de soltero

20051201235429-adanyeva.jpg

El estaba con el ceño fruncido mientras estaba tumbado a la sombra del manzano. Algo relacionado con Ella le preocupaba. Hasta ahora su vida había transcurrido apaciblemente en aquel lugar. Siempre se había levantado a la hora que quería y se había acostado cuando le había venido en gana. Nunca fue problema para El lavado de ropa ni cualquier otra labor doméstica. Aquella era su última noche de soltero y decidió resarcirse de ello. Se fue y el amanecer lo encontró en la calle. 

Cuando volvió junto al manzano aún seguía preguntándose cómo sería Ella. Se echó a dormir hasta que, el ruido de unos pasos sobre las hojas de parra seca, le despertaron. El sintió una pequeña molestia en la costilla, pero que le desapareció ante la sorpresa al ver la “extraña” figura de Ella. Ella le tendió su mano más pequeña que la de El y entonces fue cuando Adán se dio cuenta que su vida iba a cambiar más de lo que había imaginado. A El, tras pensar esto, le entró hambre…cualquier día le tiraba un bocado al fruto brillante y de aspecto suculento de aquel árbol.


Estampa otoñal

20051202112115-paseotono.jpg

Hoy ha amanecido el día frío. Mi cuerpo guarda aún algunas calorías de la caricia de las mantas, pero que empieza a perder a contactar con la gélida temperatura que hace. Me lavo la cara y los ojos casi cosidos les cuesta despegarse con el contacto del agua helada.  Oscuro, cada día que pasa la mayor falta de luz va originando un menor deseo de salir a la calle. ¡Uy! Me quejaba yo del frío, esto es mucho peor. Veo la temperatura en un termómetro cinco grados, que se rebajan con esa sensación térmica que produce el exceso de humedad que tenemos por estas latitudes.

La calle está solitaria, me cruzo con solitarios paseantes, casi espectros encogidos de manos desaparecidas en los bolsillos. Un grupo de albañiles esperan su entrada en un edificio en construcción, las voces estentóreas rompen el silencio ambiental, mientras uno de ellos con ropas sucias, antes de trabajar, agota un cigarrillo con unos ojos que pretenden extender el sueño nocturno. Mis pasos siguen recorriendo calles que cada vez están más iluminadas. Llego frente a una gran iglesia de piedra amarilla cuando el sol empieza a arrancarle brillos. Miro a la torre, allí sigue la cigüeña, encogida, silenciosa como queriendo pasar de incógnito para que no la echen más al sur y tenga que abandonar su acogedor nido. Por la carretera bajan muchos coches, a esa hora dudosa en que unos traen faros encendidos y los otros apagados, todos con gente que va a empezar su jornada con más o menos ganas. Llego a la cancela de mi trabajo, tengo que sacar la mano del bolsillo para abrir el candado. En el suelo está el periódico tirado con una goma alrededor, esto de lanzar periódicos al aire sólo lo he visto en las películas norteamericanas. Entro en la oficina, enciendo luces pongo la calefacción, enciendo ordenadores y fotocopiadora y me organizo el trabajo que tengo pendiente.  Quito la hoja del calendario: ¡otro mes más! A las ocho y media, antes de abrir al público aprovecho para ir a desayunar. No me gusta que cuando alguien pregunta por mí le digan que estoy desayunando, y así lo evito.

El bar acaba de abrir. Sólo hay un joven con casco al lado que fuma, mientras toma café. Que aproveche que le queda poco para fumar allí. Comprendo que apetezca fumar pero a mí no me gustan las tostadas con humo sino con mantequilla. Una parroquiana lee el periódico, como no han llegado sus amigas le da charla al dueño del bar. Comenta que a su hija, buena estudiante le dolía la cabeza, y era porque le faltaban gafas. Concluye, peregrinamente, que todos los buenos estudiantes tienen que ponerse gafas. Me asombra su lógica aplastante. Una vez repuesto con el desayuno vuelvo a la oficina lo justo para trabajar. Por el camino me saluda el de la tienda de pinturas que acaba de abrir y una anciana con su sobrino síndrome de Down que todos los días a esa hora espera el autobús para la escuela. Los coches se van vaciando de niños que van al colegio de enfrente. La luz es preciosa. Subo de nuevo la cuesta a la oficina y abro la puerta para el público: son las nueve de la mañana.




¿Será la causa de nuestro agotamiento?

Copio un mini artículo curioso que he leído en la revista Mujer-hoy:

"Un reciente estudio británico, publicado en la revista médica "Neurolmage", afirma que la voz de la mujer cansa al cerebro del hombre. Las emisiones sonoras femeninas requieren toda el área auditiva del cerebro, mientras que las masculinas sólo actuan sobre el subtálamo. Esa diferencia de recepción explica las dificultades que ellos tienen para mantener una larga conversación con una mujer. Y es que los hombres se distraen por el cansancio que les produce escuchar una voz más suave y qie es, en ciertos niveles, incomprensible".

Sea o no causa de nuestro agotamiento esta peregrina idea, creo que el dinero que han empleado los médicos para este estudio lo podrian haber invertido en algo más práctico ¿o no?

 


Un trayecto en metro

20051204115814-metro.jpg

“Un día más las puertas del vagón de metro se deslizaron a mi espalda y me senté en un asiento libre, dispuesta, como habitualmente, a sumergirme  en mis ensoñaciones.  Aquel largo trayecto desde Rivas Vaciamadrid, en que yo me subía, hasta el Barrio del Pilar, que realizaba cotidianamente desde hacía un mes, se había convertido en una prolongación de mi rato de sueño nocturno, que súbitamente interrumpía el despertador a las siete de la mañana.

Yo, a imitación de la gente que me rodeaba en ese viaje, venía acompañada de un libro.  Aunque se ve que la atención a esas horas la debía tener limitada ya que durante todo aquel mes sólo había leído cinco páginas del libro y, de ellas, una correspondía a los agradecimientos del autor y otra al índice.  En aquellos trayectos, mis ojos se dedicaban a mirar sin ver, mis oídos a oír sin escuchar y mi mente a vagar por el mundo de la fantasía.  Hacía, precisamente, un mes que le había dado un vuelco a mi vida.  Una bronca con mi padre y la hartura frente a sus continuas reprimendas me condujo a dejar plantados mis estudios de Derecho en el tercer curso. Había encontrado un trabajo en una floristería, un contrato basura donde trabajaba muchas horas, cotizaba poco y ganaba menos; pero al menos me sentía “algo” independiente. El bucolismo inicial de trabajar todo el día rodeada de lindas flores, se convirtió en una faena a cuya dureza no estaba acostumbrada.  Notaba que, las en otro tiempo suaves manos, se estaban convirtiendo en ásperas y callosas.  Mis uñas en otro tiempo muy cuidadas, hoy aparecían recortadas al límite como consecuencia de las frecuentes roturas que se me producían.  Pero en este rato me evadía, me gustaba soñar que mi vida cambiaría y que me toparía con mi príncipe azul, todo forrado de dinero, que me “rescataría” de la rutina y con el que comería perdices el resto de mi vida.

En estas ensoñaciones andaba cuando en la estación de Valdebernardo se detuvo el metro y, entre los que entraron, no me pasó desapercibido un chico algo mayor que yo, que se sentó precisamente en el asiento situado frente a mí.  En su rostro ovalado y acabado en una barbilla firme, destacaban dos grandes ojos color miel.  Su piel era de un desusado color moreno y los rasgos de su cara casi perfectos invitaban a su contemplación.  Sus labios eran gruesos y carnosos y entrecerrados mostraban una preciosa dentadura.  Su pelo negro y abundante caía sobre la parte superior de sus orejas y brillaba a la luz del fluorescente del vagón.  Iba elegantemente vestido con una chaqueta azul y una camisa amarilla clara, sin corbata, y dos botones abiertos que dejaban al descubierto una mata de pelo negro del pecho. Unos pantalones grises con unas rayas perfectas caían sobre unos zapatos negros y relucientemente lustrados.

No sé la causa, pero aquella figura situada frente a mí, empezó a despertar mi atención dormida y noté que mi libido empezaba a despuntar.  Contaba con una ventaja, los asientos del metro, situados unos frente a otros, son un punto de observación privilegiado para mirar con descaro, y eso es lo que estaba dispuesta a hacer.  Mirándolo fijamente me di cuenta que había despertado mis instintos.  Aquella mata de pelo asomada a través de su camisa había, sin duda, contribuido esencialmente a ello.  Siempre me habían gustado los hombres velludos y aquel detalle me hacía imaginar un pecho tan bien formado como cubierto de pelos como el de un oso.  Empecé a fantasear que a la salida del metro me abordaría para decirme que también yo le excitaba mucho y que por qué no íbamos a un hotel cercano para dar rienda suelta a nuestros deseos.  Me imaginaba descubriendo poco a poco su cuerpo, desabotonándole la camisa muy lentamente e ir asomando su pecho que me vuelve loca.  Me perdería en su pecho con mis uñas, jugando con sus pelos y arañando sus tetillas.  Perdería mi lengua por su piel y luego mordisquearía sus oscuros pezoncillos.  Dejaría que sus brazos me abrazaran, sintiendo su cuerpo adherido al mío y notando la paulatina hinchazón de su miembro en erección.  Incapaz de soportar esa presión contra mi ombligo, me agacharía y le bajaría la cremallera del pantalón, se los deslizaría por las piernas; acariciándola en la bajada con la tela y en la subida con las yemas de mis dedos.  Luego la misma doble caricia, pero ahora con los calzoncillos hacia abajo y los dedos hacia arriba a la búsqueda y disfrute de su pene. Y allí estará al descubierto, brillante y con una gran erección frente a mis ojos.  Lo acaricio despacio con la punta de mi índice, queriendo retrasar al máximo su irrupción en mi boca.  Noto, dirigiendo mis ojos hacia su cara, que esa espera acrecienta su nerviosismo y mi morbo.  Seguidamente, incapaz de resistir, yo tampoco, un momento más, lo introduzco en mi boca, muy despacio.  Abrazo toda su superficie con mis labios, destacando los restos de mi carmín rojo sobre el tono lila brillante de su prepucio, para a continuación pasar mi lengua sobre su punta.  Agarro con mis manos su culo duro y con ellas le impelo un movimiento, que hace que todo su cuerpo se sacuda en imperceptibles vibraciones.  Imagino que nuestro encuentro será breve y único, por ello me gustaría aprehenderlo y que no se me escapara; estoy deseando que se corra en mi boca.  Y como adivinando mi pensamiento, su cuerpo pega dos fuertes sacudidas y un chorro de líquido cálido  pasa a su garganta mientras otra parte tras pasearse entre sus dientes se deslizan en canales por las comisuras de los labios, resbalando por su pecho y humedeciéndome mis pezones erectos.

El metro se detuvo de nuevo, esta vez en Sáinz de Baranda, y a través del espacio que dejaba mis pestañas abrazadas con mis ojos entreabiertos, deslicé de nuevo mi mirada al objeto de mi fantasía sexual.  También  él tenía los ojos entornados, quería pensar que estaba devolviéndome su mirada.  Aprovechando el incógnito de mis párpados casi cerrados centré mi vista en la cremallera de su pantalón.  El paquete se le notaba hermosote, pero no tanto como para que me hubiera estado acompañado en mis recientes fantasías.

De pronto, algo hizo que mis pestañas dejaran de abrazarse y mis ojos se abrieran de par en par. Su pene estaba aumentando de tamaño. ¿Sería verdad eso de la telepatía? Aquello estaba tomando un tamaño preocupante.  Miré a mi alrededor, a ver si alguien estaba siendo consciente de aquel re-nacimiento, pero todo el mundo iba enfrascados en sus libros.  Yo seguía mirando, el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, pero ahora “aquello” iba realizando unos movimientos cada vez más complejos: bajaba y subía, se estiraba hacia arriba, se curvaba hacia un lado para rápidamente volverse hacia el otro lado,… Empecé a mezclar la situación con mis fantasías y me imaginaba un miembro con esa capacidad de movimientos lo que podría hacer dentro de mí. Me lo imaginaba estirándose y curvándose a voluntad, para llevarme a cimas del placer jamás imaginadas.

Entonces hizo un movimiento brusco se recolocó en su asiento y echó una mano al bolsillo, pensé que sería para “ayudarse” o tal vez para dirigirse con más certeza. Saqué mis gafas, que aunque de poca miopía, no quería perderme un detalle. Acabamos de arrancar de la estación de Plaza de Castilla. Si hasta ahora había ido de sorpresa en sorpresa, lo que venía a continuación prometía.  Sacó de su bolsillo una bolsa de plástico de la que sacó algo pequeño y marrón. Se abrió, con cierto disimulo, la cremallera y  allí colocó aquella cosa marrón, que identifiqué con un cacahuete. El paquete dio un nuevo giro y por la cremallera asomaron los bigotes de un hamster.  Sacó el hamster de su oquedad y lo puso en la mano, mientras éste comía el cacahuete con sus patas delanteras.   Cuando vi aquello no pude evitar que mi cara enrojeciera como un pimiento y que todas mis fantasías quedaran hechas añicos en aquel momento. Miré a mi alrededor, pero nadie se había fijado en nada, todos seguían leyendo.

Llegamos a la parada del Barrio del Pilar y chico y hamster descendieron del metro.  Yo no me bajé, quedé como paralizada por la experiencia y seguí dando vueltas en aquel vagón hasta que llegué de nuevo a mi estación de partida.  Regresé a mi casa y saqué del armario los libros de Derecho, para intentar recuperar el tiempo perdido.”

Todo esto estaba pensando Obdulia Ortega el día en que recibió su nombramiento como juez,  la más joven de su promoción, y como aquel hamster le había ayudado a retomar su camino tras el mes más confuso de su existencia.

A una vieja amiga

20051205133641-parejapaseo.jpg

     Hoy sin saber muy bien por qué me acordé de ti. Recuerdo cuando nos conocimos hace ya 26 años, en una ciudad extraña para los dos, tú a 250 km de tu casa y yo a algo más de 900 Km. El azar y similares circunstancias nos llevaron a coincidir y de vez en cuando nos saludábamos en actos y reuniones.  Nos fuimos conociendo, muchas veces compartimos charlas y profundidades y el curso transcurrió a la vez que nuestra amistad se fue afianzando, siempre rodeados de mucha gente a nuestro alrededor.

     Pero un día, decidimos que aquella charla fuera  a solas entre nosotros. Hoy mirado en la lejanía suena casi ridículo, pero aquella escapada en una época en que las emociones, sin ser negadas, podían someterse a sospecha fue toda una aventura. Gastamos el suelo con nuestros pasos paralelos en aquel parque junto al río, que recorrimos a todo lo largo en varias ocasiones. Nuestros pasos se acompañaban de las palabras, palabras que nos liberaban al poder compartir nuestras frustraciones y esos límites, que no entendíamos, a esas ilusiones tan análogas que, entonces, los dos guardábamos dentro. Nunca contamos a nadie aquel oasis de tres horas en medio de aquel año duro. El paseo aquel sonó a despedida, porque aunque luego nos vimos alguna que otra vez sabíamos que nunca podríamos comunicarnos como entonces y que sólo faltaban unas semanas para que nos separáramos para siempre, como así fue.

     Transcurridos los años, las circunstancias se ocuparon de trazarnos con más o menos dolor la vida a cada uno y nos separó para siempre más de mil kilómetros. En ese diseño, que impone el tiempo, se hundieron muchas de aquellas ilusiones, aunque otras, más protegidas o escondidas sigan siempre vivas. No perdimos el contacto porque yo procuraba de vez en cuando llamarte para ver cómo transcurría tu vida. Cambiabas tu idioma habitual para que yo te entendiera, aunque no siempre fuera así. Una vida que, sobre todo la última vez que hablamos, la noté pesarosa y cerrada entre ti misma y un trabajo que te ocupaba todo lo demás. Me sentí mal al colgar el teléfono y me puse a escribirte, a animarte a que salieras de ese círculo cerrado en que has convertido tu existencia. Pero no sé, ni siquiera, si te llegaron mis palabras porque nunca me contestaste a aquella carta. Hoy  me acordé de ti y te he escrito aunque sé que nunca lo leerás, siempre te negaste a tener un móvil o acceder a internet y…sigues ahí recluida entre ti y tu trabajo.


Ser una mariposa

20051206231431-mariposa.jpg

Hoy he creido ser una mariposa. Desde hacía mucho tiempo la inicial inmersión en un libro no me hacía despertar tantas y tan vivas sensaciones. Me entraron ganas de dibujar y he estado varias horas con el boligrafo negro creando sombras y trazando líneas. Me he sentido volar hasta cerca de las nubes y el aleteo ha acariciado el aire de mi alrededor. Y aunque en algún momento el viento intentó arrastrarme conseguí mantener mi posición viva y majestuosa.

Sé que la vida de la mariposa es efímera, pero no me importa, aprovecharé para disfrutar y volar de blog en blog.


A una letra

20051207180117-carta.jpg

Cuando escribes, tu letra se parece a tu calma

al colgar la ternura de la mórbida erre

y al achicar los nombres hasta el mismo tamaño

de la voz de retoño con que pides, preguntas.

 

Es tu letra un riachuelo, peregrino de mares,

un manantial que brota sin pedirte permiso

de un oculto venero con verdades antiguas.

Son amigas del orden tus graves consonantes

 

y la vocal te nace con olor a violeta.

Se desparrama un mundo en tus eses finales

y todo se hace limpio cuando escribes un punto.

Déjame que acurruque mi dolor en tu letra

 

y que, subido al cuenco de la uve graciosa,

escurdriñe el misterio de esas olas marinas

con que las emes caen rendidas en la arena.

¡Qué mimado misterio ocultan tus palabras,

esas flores azules de tu tinta secreta!

(Pedro Miguel Lamet)

He traído esta poesía para reivindicar el valor de la palabra escrita a mano, siempre tan diferente, tan viva, tan variada y tan delatora de la mano que la escribe.


Yasunari Kawabata

20051208122149-kawabatatri.jpg

Hoy quiero postear con un dibujo que ha pasado a formar parte, con el número 26 de la "galería de caricayturas" de elbúcaro. Es la evolución en tres momentos del dibujo que he realizado, en bolígrafo negro, del novelista japonés Yasunari Kawabata. Nació en Osaka en 1899. Sus novelas, hasta ahora que estoy leyendo una de ellas, no las conocía, están escritas con depurado estilo, siendo todas ellas intimistas y poéticas.Entre otras puedo citar: País de nieve , Un millar de grullas , Kioto . En 1968 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura. Se suicidó a los setenta y dos años y de él se dice que, a pesar de haber escrito en su vida más de doce mil páginas de obra literaria, no dejó ni una nota que ayudara a explicar su decisión.


Ojos tristes

20051209160825-ojostristes.jpg

             Aquel hombre caminaba por la vida como siempre, a veces  con una sonrisa, otras con las espaldas hundidas en pesadumbre y, alguna que otra, con la cabeza alzada por alguna feliz circunstancia. No era consciente, hasta que alguien un día se lo dijo, de que tenía los ojos tristes.
Y  entonces fue cuando empezó a preocuparse, porque no quería que su rostro, concretamente sus ojos, fueran un reflejo anímico de su corazón. Se miró al espejo, pero no vio nada extraordinario en ellos, tal vez porque se había acostumbrado a verlos así, tal vez porque cuando unos ojos están velados por el matiz de la tristeza se convierten en incapaces de reconocerlo. Buscó desesperado en google, pero no encontraba ninguna solución al tal mal. Pidió consejo a un oftalmólogo amigo, que tras disimular el gesto de extrañeza ante el mal de su amigo, ya que también estaba contagiado de la enfermedad de los ojos tristes, le recetó un colirio, que encima de genérico no lo pasaba la seguridad social. Le costó el dinero, pero aquello no le sirvió de nada.  Cada mañana se asomaba presuroso  y preocupado al espejo pero no veía nada diferente en ellos, sólo tras mucho fijarse era capaz de detectar, o eso le parecía a él, las minúsculas honduras en las que profundizaban sus arrugas. Oró a Santa Lucía patrona de los ciegos pero nada cambió. Se consideró víctima de una enfermedad incurable y de la que nadie hablaba. Y en alguna ocasión en que el abatimiento se convirtió en febril e irracional llegó a desear no haber tenido la capacidad de ver. Todo aquello le afectó a la mente y nadie podía entender que unos “simples”, serán para ellos que no los tiene pensaba él, ojos tristes dieran lugar a todo aquel abandono y deterioro humano.

Y en estas andaba él más encorvado y cabizbajo que de costumbre, que hasta la nariz parecía rozarle el suelo al caminar, cuando la vio sentada en un banco del parque. Era una mujer de aspecto algo desaliñado pero tras aquel aspecto astroso denotaba una singular belleza. Al sentarse en el banco, la miró para saludarla y, entonces, vio algo que le dejó boquiabierto, aquella mujer tenía unos ojos preciosos abanicados por larguísimas pestañas, pero… muy tristes. Y al decírselo a ella, le dijo que sí que ya le habían dicho lo de la tristeza de sus ojos, algo que le preocupaba y que le resultaba insuperable. Los suyos sí que se ven francamente tristes, le añadió. Algo saltó en su interior al encontrar un alma gemela en tal problema y arropados por aquella solidaridad mutua dieron rienda suelta a compartir sus contrariedades y anhelos. Las horas pasaron sin que ninguno mirara su reloj y hasta un jilguero enmudeció al despedirse el sol. Pero no había oscurecido lo suficiente como para que él no percibiera algo, los ojos tristes de ella se estaban modificando, ni siquiera eran ya ojos normales porque, ahora, un punto brillante resaltaba de su centro.   A ella tampoco le pasó inadvertida que aquel hombre de ojos mustios había embellecido como si estos hubieran sido regados por una misteriosa agua.

Y se levantaron del banco, se dieron la mano empezando a caminar juntos y al mirarse a los ojos, ahora los cuatro alzados gozosamente hacia las correspondientes cejas, fueron conscientes que, aunque allí estuviera anocheciendo, en otra parte de la tierra, en aquel momento, un nuevo día empezaba a amanecer.

 


Lo bello y lo triste

20051210201128-lobelloylotriste.jpg

Siempre he dado una cierta importancia al azar en mi vida. Ya que en función de circunstancias, más o menos, azarosas nuestra vida ha llegado al punto en el que está. Algo así nos pasa con esas personas que un día conocimos por azar y luego nos cambiaron la vida o esos libros de los que nos enteramos por casualidad y nos emocionaron. Algo así me ha pasado con este libro que acabo de leer en poco más de tres días. Sé donde escuché hablar de él por primera vez, fue en una revista donde en una entrevista a una diputada, que no me cae mal, le preguntaban que qué libro aconsejaba, ella habló de éste. No sé cómo lo dijo que me cautivó el consejo y decidí buscarlo. Lo encargué en mi librería habitual que suelen tardar en traérmelo de cuatro a siete días, pero al cabo de dos semanas no sabía nada de él. Me dijeron que les habían dicho que estaba descatalogado y que no disponían de ninguno. Coincidió al poco tiempo que fui a Madrid, aproveché para preguntar en dos grandes librerías, en una simplemente no lo tenían y en la otra estaban esperándolo. Desistí del empeño de conseguirlo, pero a las pocas semanas al volver a la librería me dijeron que se lo habían mandado.  Como tenía otros entre mano lo dejé en la repisa hasta que el otro día empecé a leerlo y me engatusó con sus líneas.

Es un libro ciertamente hermoso y escrito de una forma que no estoy acostumbrado a leer. El argumento gira en torno a una antigua historia de amor entre Oki un hombre casado Otoko una joven de dieciséis años. Al cabo de los años se vuelven a reencontrar y en torno a ese breve reencuentro se vertebra una historia cargada de poesía, de pasiones y de erotismo en la que ahora intervienen de manera decisiva nuevos personajes.

Por medio de las palabras nos mecemos en la placidez del paisaje japonés :

“Desde la galería del estudio sólo se veía el jardín interior del templo, la residencia principal interrumpía la vista. Era un jardín oblongo, no muy artístico, pero la luna bañaba la mitad de su superficie, de modo que hasta las piedras exhibían colores variados por efectos de las luces y sombras. Una azalea blanca parecía flotar en la oscuridad. El arce rojo que se levantaba cerca de la galería aún tenía hojas tiernas, pero la noche los oscurecía. En la primavera, la gente solía tomar por pimpollos las yemas rojo-brillante de aquel árbol y preguntaban de qué flor se trataban”.

Otras veces nos envuelve en el erotismo:

“Tocó con los labios las mejillas ardientes de Keiko. Ella lanzó un gritito cuando su silla se tumbó y la arrastró en la caída. Ahora, los labios de Oki estaban sobre los de ella.

Fue un beso muy largo”.

El autor hace continuas retroalimentaciones e incluye escenas antiguas pero de una manera nada forzada y que aderezan convenientemente la narración y nos conduce de forma amena por este laberinto de pasiones que desde el principio huele a tragedia. A veces la vista se pierde en el paisaje y otra se encierra en una escena, un tanto asfixiante casi de teatro, en que dos personajes dialogan y dejan al desnudo gran parte de lo que encierran dentro.

Un libro que se disfruta y que abre boca para, en cuanto pueda, leer algún otro de Yasunari Kawabata.

 


Trabajando a dúo

20051211182311-dosmujeres.jpg

(Dibujo de Sandra Pérez) 

 

      Ellas se acercaron a El, que se mantuvo estático pero, sin duda, esperándolas. Sus casi imperceptibles y acompasados movimientos cortaron el aire y se colocaron junto a El, separados con ese espacio tan mínimo que incluso cuesta pasar el aire a su través. Cada una de Ellas se acercó a El, rodeándolo, para que no se arrepintiera y escapara a última hora. Y Ellas, las dos, empezaron a hacerle aquello que El estaba apeteciendo. Con la suavidad de sus pieles como armas empezaron a darle masaje. El, dejando hacer, sintió como su epidermis vibraba lentamente. Ella, la situada a su derecha, era de activa casi brusca. Ella, la situada a su izquierda, lo trataba con más delicadeza, su aparente torpeza de movimientos le hacía ser más envolventemente sensual.

Cuando terminaron de masajearle, comenzaron a blanquearlo con espuma, y ese tacto untuoso le hicieron a El, si cabe, más deseable el contacto con Ellas. Y en esta burbujeante sinfonía permanecieron Ellas y El, sin detenerse, hasta que percibieron que El, como un vencido, se relajaba. Ella dirigieron el chorro del agua hacia El, sustituyendo en su piel el color blanco por un reluciente brillo húmedo.

Llegados a este punto, una de Ellas descansó mientras la otra se acercó a El con ese aparato negro brillante que tanto le calentaba. No había contactado con El y ya comenzó El a sentirse caliente, tanto que la humedad se le evaporó.

Ellas, las manos, concluyendo su faena, acercando el peine a El, cuero cabelludo y culminaron el lavado de cabeza.


El frontón

20051212155816-fronton.jpg

El otro día al volver a mi antiguo colegio, tras muchos años sin ir, descubrí con pena que había desaparecido el frontón. En aquellos años 70 los numerosos profesores vascos que allí había trajeron de aquellas lejanas tierras algunas de sus costumbres como el mus y  la pelota vasca o frontón, como nosotros lo llamábamos. Incluso se llegó a construir dos campos reglamentarios con una gran pared donde se disputaban campeonatos y que usábamos habitualmente para jugar en los recreos.

 

Yo solía ser de los alumnos tempraneros por la mañana y distraíamos la espera jugando al frontón. A veces, con mucho frío y humedad y sin, casi, atisbar la pelota con esa luz tupida del amanecer. Lanzábamos contra la pared aquella pelota tan fuerte que nos lastimaba la mano y corríamos a recuperarla tras el golpe del contrario por lo que a los pocos minutos el frío lo sustituíamos por el sudor y los pulmones llenos de aire helado nos hacían respirar con dificultad. Era un juego vivo que jugábamos por equipos y que nos servía para curtir la mano y el sonido estruendoso de la pelota contra la pared acompañado del oleaje que nos llegaba por la cercanía de la playa, nos hacía entrar despiertos y animosos en clase. El frontón fue derribado, hoy los alumnos corretean menos por el patio y tienden más a escuchar los mp3 o a jugar con la game boy que, si puede encallecer algo, son los  pulgares.

 

Aún hoy puedo recordar el dolor del golpeteo de aquella pelota sobre la palma de la mano, pero la experiencia me ha enseñado que hay dolores que duelen más en las manos, y es el de aquellas ocasiones en que debieron acariciar y, por lo que fuera, no lo hicieron.


Besos escarchados

20051213153720-labios2.jpg

Hacía mucho frío por la mañana tanto que cuando, al salir a la calle, y frunció los labios un beso escarchado le salió de ellos. Probó y según la forma del frunce le salieron besos de bonitas y caprichosas, con ese brillo peculiar que da la escarcha a los besos. Con suma delicadeza, casi mimándolos, fue guardándolos en la bolsa que llevaba. Los tendría a buen recaudo hasta que encontrara el momento y la persona a quién dárselo.

Pero fue una época en que a su ánimo turbulento y desosegado no le apeteció besar demasiado y casi los olvidó. Pero aquel día se sentía bien, el trinar de los pájaros lo había despertado y se dio cuenta que una pequeña yema asomaba en la planta que tenía junto a su ventana. Se sentía con el ánimo alto y, no supo por qué, al llegar a su trabajo y encontrarse con su compañera le apeteció regalarle alguno de aquellos besos escarchados, pero al meter la mano lo único que encontró fue la humedad que había derretido aquellos besos con la llegada de la primavera.

Entonces fue cuando se dio cuenta que, tanto en los besos escarchados como las flores, hay que aprovechar el momento para darlos, ya que no se pueden guardar para mejor ocasión sin que se derritan o se marchiten


La pensión

    No, no me voy a referir a esos emolumentos que reciben los ancianos a final de mes y que, en la mayoría de los casos, les obliga a convertirse en verdaderos equilibristas de la economía sino al otro tipo de pensiones. A esas pensiones que tan bien han retratados nuestros novelistas de fines del siglo XIX y principios del XX, así como esas películas con sabor a sepia que nos las visualizaban.

     En estas pensiones, comandadas habitualmente por una señora viuda venida a menos, se reunía en torno a la mesa un variado colectivo: oficinistas, jubilados, mujeres de dudoso oficio, nobles con más apellidos que patrimonio, artistas de medio pelo e incluso familias. Solía existir, además, la hija de la patrona que ayudaba a su madre y andaba a la caza y captura de algún pretendiente con posibles. Siempre me pareció un ambiente asfixiante el de estos lugares, donde cada uno se obligaba a exponer sus miserias íntimas ante el resto de los huéspedes, careciendo de ese punto de intimidad tan deseable en la vida cotidiana y sobre todo cuando esa estancia no era algo provisional sino tendente al infinito.

    Mi única experiencia con una de esas pensiones fue en Ceuta, que fue mi primer destino tras aprobar oposiciones. No me alojaba en la pensión, aunque si nos reuníamos cinco compañeros a almorzar en una de ellas. La patrona era una anciana de gran simpatía y oronda figura que se encargaba de distraernos el hambre con algún guiso casero. La comida sin ser del otro mundo nos quitaba el hambre y nos nutría, de hecho hoy uno de aquellos comensales ha llegado a ser el alcalde de su pueblo. En la comida nos solía acompañar alguno de los que allí se alojaban. Gente desbaratada de mente que, poco antes habían tenido que cerrar su cama para que se pusiera la mesa, y que nos contaban historias inverosímiles, de aventuras en Marruecos cual Lawrence de Arabia de pacotilla. Nosotros escuchábamos aquellos relatos mientras comíamos con la mirada distraída hacia la ventana desde la que se veía el Estrecho de Gibraltar y veíamos alejarse el ansiado barco que, el viernes tomaríamos, y que atravesaba a Algeciras. Aquella comida, habitualmente, era regada por un vaso de vino, hasta que un día uno de nosotros, observó como en la cocina tras recoger la mesa, la criada de la pensión, una marroquí que hacía de cocinera, rellenaba de nuevo la botella  de vino con lo que había sobrado en los vasos. Desde entonces, ¡sólo agua!


Un extraño fax

20051215181241-fax.jpg

     Estoy acostumbrado todas las mañanas a retirar fax de propagandas de esos que me ofrecen un teléfono manos libres o una practiquísima máquina para beber agua. Pero hace unas semanas en medio de ellos apareció un extraño fax. Reconocí una partida de bautismo firmada por el párroco y enviada desde un remoto lugar de Argentina, que no sé por qué imaginé que estaría situado en plena Pampa. No traía remite y al mirar desde donde me había sido enviado únicamente ponía “cyber-telecabina”. No conocía, ni tenía ni idea quien era esa niña de diez años a nombre de quien venía esa partida de bautismo así que imaginé que desde algún locutorio público la habían mandado y por error habían trastocado el número y llegó a mi oficina.

    Me dio cierta pena pensar que en otro fax alguien estaría esperando aquel documento y que no le llegaría, pero supuse que quien lo mandara una vez que se diera cuenta de su error lo mandaría al fax adecuado. Pero me equivoqué, a la semana siguiente volví a recibirlo y abajo aparecía una nota entre urgencia y lamento: “Por favor entréguenlo a Florencia”. ¿Y quién era Florencia? La cosa se complicaba, insistían en el envío y yo ahora con un fax doble encima de la mesa. Entonces fue cuando, aunque no tuviera nada que ver con todo aquello, me puse a hacer indagaciones. Lo primero que averigüé fue el nombre de la madre y me enteré que tenía un negocio. Busqué ese negocio pero no hubo forma de encontrarlo porque la dirección que me dieron estaba equivocada. Al fin logré su móvil los dos primeros días que llamé no lo cogía nadie y pensé que como todo en aquella historia estaba equivocado, pero al fin el tercer día que llamé sin ninguna esperanza, me contestó ella y me dijo que efectivamente estaba esperando un fax que su hermano aseguraba haber mandado a pesar de que ellos decían no haberlo recibido.  

     Quedaron en pasarse por mi oficina ese mismo día, lo cual también fue tan complicado como encontrar un edificio sin número en una avenida de varios kilómetros pero, tras llamarme y reorientarles, pocos minutos antes de que cerrara la oficina lograron llegar. Ella una guapa y morena argentina de labios recortados, su marido alto y fuerte hablaba con acento cadencioso. Ambos se alegraban de tener el fax y, al despedirse, tras estrecharme la mano me agradecieron aquel esfuerzo que me había tomado, ya que aquel fax era necesario para que la pequeña Fiorella pudiera hacer su primera Comunión.


Deambulando

20051216230550-playas.jpgHoy he tenido el día libre y he ido a Cádiz a deambular por allí. He paseado disfrutando de la luz (esta foto es de esta mañana). He almorzado con compañeros. He tomado cafés. Me he reencontrado con gente a la que hacía tiempo que no veía. He hablado y, sobre todo, escuchado. He recorrido las calles, contemplando a sus gentes. He pensado poco y sobre todo he saboreado el día y lo he disfrutado.

Concursos

20051217181505-guia-premios.jpg

    Ya hace varios años en que un día, sin saber cómo ni cuándo, me quedé prendado del valor de las palabras. Llevaba años usándolas pero no había sido consciente la variedad de ideas que se podía expresar combinándolas de una manera adecuada. Desde que descubrí esto he intentado perfeccionar la técnica de unir palabras fijándome más en lo que leo y leyendo algunos libros sobre literatura creativa. La editorial Fuentetaja aparte de organizar talleres literarios edita muchos libros relacionados con el particular.

Hoy ha llegado a mi manos este libro "Guía de Premios y Concursos Literarios en España 2006-2007". Este libro acaba de ser editado, tiene una periodicidad bianual y en él aparecen más de 1600 concursos literarios de los que se convocan en España, con sus correspondientes fechas y plazos. Los aficionados a la escritura y que se animen a concursar en cualquier concurso tienen aquí un amplio abanico de posibilidades. Hay completos índices por géneros, por convocantes, por temas, por dotaciión... lo que permite planificar con tiempo para cuando uno quiera concursar con la "obra de su vida". Probablemente no es fácil el ganar ningún concurso pero estoy seguro de que, muchas veces, el hecho de decidir presentarse es positivo, porque motiva al que escribe a perfeccionarse, a corregir y matizar lo escrito y, en ocasiones, es bueno para hacer despertar la musa que todos llevamos dentro.


Imagen desaparecida

20051218130246-espejo.jpg

Hoy al levantarme me di un pequeño susto, adormilado me asomé al espejo del pasillo y mi imagen había desaparecido. Enseguida me vino a la memoria aquellas películas de terror donde los fantasmas nunca se reflejaban en el espejo. ¿Me habría transformado en fantasma en el transcurrir de la noche? Cuando cayeron las legañas y pude abrir del todo los ojos, me di cuenta que lo que había desaparecido, en realidad, era el espejo que lo estaban limpiando.

Llegados a cierta edad, estamos tan acostumbrado a que las situaciones y las cosas sean tan invariables que cuando algo cambia, aunque sea levemente, parece que nuestro universo se trastoca y nos resulta más sencillo el pensar que no tenemos imagen que un simple espejo haya cambiado de lugar. ¿No es eso un freno a nuestra maduración y evolución cotidiana?


Cuestión de oído

20051219154747-oido.jpg

     Él no era diferente a sus compañeros, pero tenía esa especial soberbia de los que se creen mejor que el resto. Sentía que su estilizada figura destacaba sobre los demás. Cuando Él veía a Ella no dejaba de mirarla con deseo. Su piel blanca y levemente sonrosada, sus ondulaciones y curvas no le daban sosiego a su espíritu. Soñaba con aquel deseado momento en que se encontraría con Ella.

     Al fin, un día, atraído por una fuerza irresistible se notó acercándose a ella. Ella permaneció quieta, esperándole, mientras le mostraba la más hermosa de sus oquedades. Él se aproximó, primero con suavidad, y fue acariciando aquella sedosa piel. Él se notaba duro. Poco a poco y con un movimiento no exento de cierta ternura aquella hermosa puntita suya se introdujo en Ella, apreciando su humedad. Ella pareció temblar levemente al sentir aquel contacto. Él notó que ella disfrutaba, lo que le llevó a activar sus movimientos de entrada y salida. Esa aceleración creció, incluso, sin lógica. Hasta que en un determinado momento él se detuvo súbitamente y quedó quieto en su interior.

     Allí permaneció hasta que el otorrino de guardia sacó aquel bastoncito que se resistía a salir del interior de aquella oreja.


Ver más allá

20051220155045-rayos-x.jpg

             Un día, como por casualidad, Fidel descubrió que al cerrar los ojos frente a alguien era capaz de entrar  y ver en el interior de esa persona. En un principio se sintió entusiasmado con esta nueva cualidad. Y, entonces, cuando estaba con alguien era capaz de saber lo que había detrás de sus gestos, de sus miradas, de sus lágrimas, de sus enfados, de sus halagos, de sus sonrisas, de sus palabras …pero descubrió tantas máscaras e hipocresía que no pudo resistirlo. Y aquella aparente virtud se convirtió en un problema. Después de eso Fidel, por temor, no ha vuelto a cerrar los ojos y lleva despierto varios meses.


Días de ajetreo

20051221195339-brindis.jpg

            Estos días previos a las fechas navideñas suelen ser especialmente complicados y agotadores. Finales de curso, reuniones, cierres de ejercicios, comidas de confraternización laboral, preparación de comidas familiares, compras de regalos, horarios anárquicos de entrada y salida de colegios, desempolvado del traje de pastora (no para mí, claro)... Como se puede ver una total ruptura de la rutina que en ocasiones viene bien, pero que al final del día hacen casi imposible sujetar los párpados. Hoy no he ido a trabajar, pero mis pies lo han notado, he tenido que darme varios paseos para recoger notas de las niñas y a ellas mismas. Esta tarde he ido con la pequeña a ver "Chicken Little", no es que sea una película de las que van a hacer época, pero aprovecho para gustar la presencia al lado de mi hija, de esos años de infancia compartida que poco a poco se van marchando.

             Por último pero no por eso es lo menos importante quiero hacer un brindis, lleno de alegría,  por alguien muy especial, que sumida desde hace meses en una especie de conflicto interno de compleja solución, ayer como un anticipo de esos milagros que sólo pasan en Navidad, recibió una sacudida muy especial que hizo que su vida cobrara una luz nueva y recuperara un sentido que no acababa de encontrar.


Compras y compras

20051222132051-naufrago.jpg

       Aprovecho este acertado dibujo de MEL, que me recuerda a los naúfragos del genial dibujante del TBO, Coll, para ilustrar este post. El tiempo de Navidad se ha convertido en una época casi compulsiva de compra, que cada vez se va adelantando más. Riadas de gente en centros comerciales a la compra de ese objeto, que muchas veces en medio de tanta variedad, se compra sin mayores ganas e, incluso, con cierta repulsión como arrastrado de una pasión consumista a la que uno se ve imposibilitado de sustraerse.

       Me parecen bien los detalles con las personas que queremos, pero dudo que este sea el mejor sistema, en que lo que hacemos es engordar, en estas fechas, la caja de los comercios. Creo que sería mejor cuidar estos detalles durante el año y que si queremos regalar algo aprovechar cualquier otra fecha, en que la sorpresa dé incluso mayor valor al regalo. No creo que esta idea mía sirva de nada, pero al menos es una gota en medio de ese océano donde anda perdido, obsesionado y agobiado ese pobre naúfrago.


Una historia navideña

20051223191715-comida-fam.jpg

Hace mucho tiempo, en aquellos lejanos en que todavía existía el servicio militar, a Alberto lo destinaron a vestirse de caqui durante un año a las islas Canarias. Allí llevaba desde primeros de julio y, ahora, se estaban acercando las fechas navideñas. El tiempo seguía siendo bueno y caluroso, muy diferente de las gélidas temperaturas peninsulares, y el ánimo si bien había estado medianamente entero hasta ahora, ya se iba deteriorando. La proximidad de estas fechas le estaba influyendo y aunque feliz en las islas le pesaba aquella “soledad acompañada” del cuartel, sus compañeros no eran mala gente pero no había intimado con ninguno, por lo que la única relación que tenía con ellos era el tiempo que compartían tras los muros del acuartelamiento.

Pasaba mucho tiempo solo paseando por las calles del barrio de Vegueta o disfrutando de la playa de Las Canteras. Pero ahora aquella soledad se le hacía insoportable, echaba de menos a su familia a la que hacía casi seis meses que no veía,  a sus amigos y sobre todo pasar la navidad con los suyos y en su tierra. Aunque algo sí tenía muy claro, por muy especial que fuera la comida del cuartel no pasaría la noche allí dentro, compartiendo nostalgias y lamentos en medio de los vapores alcohólicos a los que estaban acostumbrados la mayoría de sus compañeros.

Esa tarde le llamó su amiga Paula, había llegado de Salamanca, donde estudiaba y se conocieron años antes, a pasar las vacaciones con su familia. Hacía tiempo que no se veían y le alegró mucho aquel reencuentro, especialmente cuando ella le dijo que por qué no pasaba la nochebuena y navidad con ella y su familia, que sus padres estarían encantados. El los conocía bien, aunque el deseo de una vida mejor le trajo a Las Palmas, habían nacido en la misma provincia andaluza de Alberto y enseguida sintonizó con aquella familia, compuesta por los padres de Paula, tres hermanos y su sobrina, por ello le llenó de alegría aquella invitación. No pasaría la noche golpeando su soledad contra las paredes.

Y aquella Nochebuena, aún acordándose mucho de su familia, Alberto se sintió uno más compartiendo la mesa y la alegría de aquella familia. Y no se sintió solo y sobre todo se sintió muy feliz, porque había experimentado en sus propias carnes  lo que es la acogida y el sentido más profundo de la Navidad.   Con ellos celebró también el almuerzo del día siguiente y el fin de Año.

A los pocos días, paseando sólo por la calle el día de Reyes mientras la gente compraba compulsivamente para regalar, pensaba que nadie le había regalado nada, sin embargo enseguida cambió de opinión al darse cuenta del regalo tan maravilloso que había tenido al sentir como nunca lo que era la hospitalidad.

Sin duda, aquella Navidad marcó decisivamente a Alberto y, a pesar del tiempo transcurrido,  todos los años cuando llegan estas fechas no deja de acordarse de aquellos amigos que viven tan lejos pero a los que lleva bien cerca en su corazón y que fueron capaces de hacerles descubrir de una manera muy especial el misterio de la Navidad.

(Menos el nombre, cualquier parecido con la realidad es total  coincidencia).


¡FELIZ NAVIDAD!

20051224154417-belen.jpg

Tal día como hoy se multiplican los deseos de felicidad por todos los medios posibles: las clásicas felicitaciones navideñas, los instantáneos y cada vez más sofisticados correos electrónicos, los más íntimos mensajes de móvil y seguro que habrá algunos más románticos como un mensaje en una botella o una paloma mensajera que llega hasta la ventana. Yo quiero aprovechar para felicitar y desear unas MUY FELICES NAVIDADES desde este rinconcito acogedor del blog:

-A los que habitualmente entráis a leerme.

-A los que me comentan.

-A los que hoy entraron por primera vez.

-A los que algún día les he hecho sonreír.

-A los que se emocionaron alguna vez al leerme.

-Al que entró un día y nunca más volvió.

-A los que desde ayer decidieron no leerme más.

-Al que me lee y nunca quiso decir nada.

-Al que un día no estuvo de acuerdo con lo escrito y me lo dijo.

-Al que ha decidido no entrar más en este blog.

-Al que se ha quedado con ganas de volver mañana.

-A los que entraron por casualidad.

-Al que todavía no ha entrado y lea este post después de navidad.

-A los que entran sólo para ver la temperatura.

-A los que me animan a seguir escribiendo.

-A los que no volvieron nunca a entrar.

-En definitiva a TODOS: ¡QUÉ PASÉIS UNA DICHOSA NAVIDAD!


Elegir

20051225192855-escanear0002.jpg

"En las cercanías había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie, velando el rebaño por turno. Se les presentó el ángel del Señor: la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se asustaron mucho. El ángel les dijo:

-Tranquilizaos, mirad que os traigo una buena noticia, una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, osha nacido un salvador: el Mesías, el Señor: Y os doy esta señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre."

          Aquel día no pudieron elegir el "hotel" donde alojarse, hoy creo que tendríamos demasiado claro cuál elegiríamos.


"La próxima vez"

20051226133122-laproximavez.jpg

Acabo de leer esta novela, la última del escritor francés Marc Levy. Ésta se desarrolla en torno a un hombre que en vísperas, no muy convencido, de contraer matrimonio, se lanza a la aventura de perseguir su sueño de toda la vida, investigar la historia de un pintor ruso, de cien años antes, y descubrir el significado de su último y hasta ahora desconocido cuadro. En este viaje le acompañará un amigo suyo y coincidirá con Clara, quien también comparte su fascinación por dicho pintor.

Un libro ameno en su lectura y que gana en interés a partir de la mitad. En él se atisba que la realidad puede no ser tan cuadriculada como la  imaginamos habitualmente, teniendo resquicios inimaginables que se nos escapan.

Ya leí, hace unos años, del mismo autor su primera novela “Ojalá fuera cierto” que últimamente ha cogido más fama debida a su reciente adaptación cinematográfica.


Gente que pasa...

20051227214821-gente.jpg

Por nuestra vida, la gente pasa de distintas maneras:

-Unos, casi de puntillas.

-Otros, a saltos.

-Y en fin otros, dándonos buenos pisotones.


Una desgarradora caricia

       Triste, acabado, desprovisto de emociones se encontraba Él, cuando se encontró con Ella. Expectante contempló su piel rubia y acercando su mano la acarició como queriendo hablarle. No era tan suave como había imaginado, pero no le importaba estaba deseando unirse a Ella, lo llevaba pensando mucho tiempo. Estaba deseando probar con Ella una postura que había visto en un libro. Se subió a la cama y atrajo hacia sí a Ella. Ella le rodeó en torno a su cuello. El nunca había sentido una caricia como aquella. Al sentirla, no quiso pensarlo mucho y se lanzó de la cama hacia el suelo junto con Ella. Pero no contaba con la escasa resistencia de Ella que se rompió. Y fue a caer en el suelo mientras miraba sorprendido entre sus manos el cabo roto de la cuerda que se había colocado en torno a su cuello decididamente tendría que posponer, aunque no creía que volviera a repetirlo, su intento de suicidio.

Chacolín

20051229203318-chacolin.jpg

Hoy algunos llegan a creer que lo que no está por Internet no tiene clara existencia, pero sin embargo hay recuerdos, sensaciones y espacios de memoria que nunca se verán retratados en la red de redes. Hoy quiero referirme a un recuerdo infantil: Chacolín.

Chacolín era un teatro de marionetas, lo de llamarlos títeres ha sido mucho después, que montaban durante mi infancia gaditana, trastocando la vida de los niños. Desde que veíamos alzarse el teatro con aquella estructura gigantesca, así nos parecía a nosotros, no descansábamos hasta que nuestros padres nos llevaban a verlo.

Las tramas no por ser similares y menos complejas nos dejaban de emocionar. Chacolín era un joven valiente, aguerrido y aventurero, protagonista de las historias. Nunca me preocupé de los rasgos que tenía, lo solía ver muy lejos. Tenía de amigo un enano, al estilo de Roberto Alcázar y Pedrín. Luego aparecían un rey y una princesa que era secuestrada por una malvada bruja. De ésta destacaba una luenga nariz y una desgreñada melena blanca que nunca conoció una peluquería. La aventura transcurría con el trabajoso rescate de la princesa, al que acudía Chacolín armado con su terrible armas dos palos planos, que siempre me recordaron a los palos de helado, con los que daba mandobles a la bruja…cuando la encontraba. A pesar de su sagacidad le costaba encontrarla, porque cuando Chacolín estaba por la izquierda ella asomaba su melena por la derecha y viceversa; hasta que gracias a la inestimable ayuda que le prestábamos desde las sillas se encontraban frente a frente y le arreaba con aquellos palos. Los golpes hacían que la melena blanca le cambiara de orientación. La bruja aprovechaba que Chacolín se daba la vuelta para levantar la cabeza, hasta que al final, tras los avisos del público, nuevos mandobles hacía que no se levantara más. El final era el reencuentro del rey con su hija con los aplausos del personal.

Nunca más volví a ver a Chacolín, tal vez esté dormido en un cajón en eterna convivencia junto a su mortal enemiga. Hoy probablemente no fuera muy políticamente correcto tanto golpe por mucha bruja que fuera y despeinada que estuviera. En Internet no se encuentra nada sobre él, sólo una leve referencia a que quien lo realizaba era “Talio”, el padre de José Luis Moreno, sin embargo no olvidaré aquellas tardes emocionantes en que me hacía disfrutar y en las que, al contrario muchas veces que en la vida real, el bien siempre triunfaba sobre el mal.

 

(Dedicado a alguien con quien compartí hace unos días, estos recuerdos en color sepia).


Terminando el año

20051231181421-dquijote.jpg

           Hago un alto en el ajetreo de los dos últimos días para escribir aquí unas líneas. El día está nublado, melancólico y triste. La calle silenciosa. Ayer, aunque no trabajé, fue un día movido. Por la mañana acompañando a familiares a distintas consultas médicas, primero al dentista y luego revisión anual del oftalmólogo. Consultas solitarias, se ve que las fechas parecen reducir hasta las enfermedades. Aunque no es del todo así, a un familiar cercano en lista de espera desde hacía nueve meses para una prótesis de cadera, le llamaron el 23 de diciembre para decirle que el 27 lo operaban. Así que estamos teniendo unos días atípicos, con visitas y estancias de hospital, incluída la cena de esta noche en que, por ese motivo, tendremos a toda la familia dispersa. De todas formas creo que lo importante es alegrarse porque todo ha salido bien, lo demás es meramente accesorio.

Ayer por la tarde, ya no pude dilatarlo más y me fui a hacer algunas compras ineludibles. La calle atestada de gente, había hasta que pedir permiso por los cruces de calles para poder pasar. Una de las compras que hice fue en una tienda de fotografía, donde al fotógrafo lo conozco desde hace ya casi veinte años. Esto de finalizar el año parece que atrae recuerdos y comentábamos al poco de conocernos y de una guapa y jovencísima compañera suya, de entonces, hoy convertida ya en una madura señora de familia. Y hablábamos como no sólo ella sino también nosotros habíamos cambiado en estos años y filosofamos del inexorable paso del tiempo sobre los humanos. Pero entonces entró una señora regordeta ella y bajita con una cara dibujada de las arrugas típicas de los setenta años, a la que acompañaba su silencioso marido, y le dijo al fotógrafo:

-Hola, ¿tienes un cuarto dentro para hacer "afotos"?

-No, aquí no tengo estudio.

-Entonces nos vamos, porque yo lo que quería ahora era hacerme algunas "afotos" con mi vestido de novia que traía aquí.

Al irse la señora, no pudimos dejar de comentarlo, hay personas que a pesar de que los años transcurren parece que por ellos camina más lento, porque ¡mira que poder ponerse todavía el mismo traje de novia que hace cuarenta y tantos años!

Y es que los años no pasan, los que pasamos somos nosotros y ahora que vamos a pasar del 2005 al 2006; deseo a todos vosotros: ¡UN MUY FELIZ AÑO 2006!


Archivos

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris
Plantilla basada en el tema iDream de Templates Next