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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2005.

EL ESTALLIDO

El permaneció quieto e impávido cuando Ella lo vio.  El estaba acostumbrado a guardárselo todo, a encerrarse en sí mismo y ni percibiendo la proximidad, para muchos inquietante de Ella, su actitud cambió. Ella lo observó curiosa, pestañeando de una forma sensual, que a nadie podría pasar inadvertida.  Sus labios envueltos en un brillo levemente rosado, esbozaron una sonrisa picarona.  Todo su cuerpo empezó a contonearse  de forma sinuosa hasta llegar a donde El estaba.

El, si se percató de algo, lo disimuló muy bien permaneciendo absolutamente estático, incluso cuando los largos y afilados dedos de Ella, coronados por uñas rojas y cuidadas, abrazaron su piel oscura y brillante.  Ella lo asió con esa firmeza propia de quien no quiere dejarlo escapar e inició un agitado movimiento de vaivén, sin marcha atrás.  Entonces fue cuando El no pudo aguantar más y explotó. El tapón de El, champagne, rebotó contra el techo y la catarata espumosa que brotó salpicó completamente el vestido de Ella.

Ella con esa alegría que da cuando se va por la segunda botella, lo acercó  sus labios y el resto del champagne se deslizó lentamente acariciando su garganta. Mientras, su vestido mojado iba pegándose a su cuerpo y destacando lo más dulce y elaborado de sus modeladas formas.

 

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OLOR A PRIMAVERA

Se levantó la mañana
con olor a primavera
pan recién horneado
y a pastel de la abuela.

Entre papeles
sonidos a espera
y alzando vista al reloj
miradas inquietas.

Al fin sale
y marcha sobre ruedas
aparca de los primeros
empezando la hilera.

Y mientras camina
sus pasos suenan
y la gran pregunta se hace:
¿y si no llega?

Minutos que pasan
la espera se hace eterna
hasta que cómplices miradas
en el aire se estrellan.
Acercándose
una sonrisa abierta
atrae su vista
y la reconoce a ella.

Sus pies antes lejanos
en la galería se acercan
y pronto, parados,
bajo la silla se enfrentan.

Él observa bien
sus ojos y sus pecas
sus manos gesticulantes
y  su sonrisa abierta

No le deja hablar
sus palabras le recuerdan
que es lo primero
que escucha de ella.

Rizos castaños
sin viento ondean
mientras el humo del café
los rodea.

Algunos secretos
se revelan,
otros muchos
sólo se entreveran.

Mira con disimulo
su reloj de pulsera
pero el tiempo
no para ¡vuela!

Se despiden
y salen fuera

dichosos por esta oportunidad
y hasta otra nueva

En la calle
el aire le renueva
estamos en pleno otoño,
pero el aire le huele a primavera.


Necesitas...

...un minuto para fijarte en alguien,
una hora para que te guste,
un día para quererlo,
pero se necesita de toda una vida
para que lo puedas olvidar.


Inauguración

Aunque ya llevo varios días haciendo pruebas, al fin hoy me he decidido a inaugurar oficialmente este blog y a pasarme aquí. Ya llevo en este mundo de los blogs casi dos años. Empecé en blogia y siempre me gustó algunas de sus características que luego no encontré en el otro servidor. Pero por razones que no vienen al caso tuve que cerrar el blog y abrir uno nuevo. Intenté abrir uno nuevo en blogia pero ha estado en reforma durante meses y no permitía las altas. Nunca estuve contento del todo con el que abrí, aparte de que había cosas que no me acababan de gustar, me agobiaba mucho eso de: le quedan nada más que nosecuantos bytes para agotar el blog.

Al fin me llegaron noticias de que blogia había abierto y además, ahora renovado, con blogia2. Así que me he trasladado aquí a seguir con esa pasión que tengo por la escritura. Si alguien me quiere acompañar en esta etapa que ahora inicio: bienvenid@ sea!


La infidelidad irremediable

Si, al final,

ha de comer la tierra tus delicados huesos,

y ha de dormir tu boca como una orquídea tierna

debajo de raíces y lianas, qué importa

que estés tan descubierto y accesible,

que encauces tu saliva en otros surcos

que te des a pedazos cada noche

como Profana, y Cruel, y Santa Forma.

 

Sí, al final,

a de ser a despecho de tu carne radiante

y de todo el deseo con que te he coronado

espléndido despojo que posea la muerte.

 (Josefa Parra Ramos)

 


Eso llamado informática

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Hace poco más de quince días, tras años pensándolo y, tras superar el inicial miedo al cambio decidí contratar la línea ADSL. A los pocos días me mandaron el kit. Y por mucho que lo intenté de los dos ordenadores que tenía en casa, en uno no hubo problemas, pero en el otro no hubo forma. Llamadas al operador de ADSL y la solución que me temía: hay que formatear el ordenador, pues el sistema operativo que tiene, el milenium, da problemas con la línea. Menos mal que mi hermano es experto en esas cuitas y hoy en poco más de cinco horas estaba formateado, los programas instalados y todo funcionando en perfecto estado.

Y es que hoy, nos guste o no, estamos dependiendo de la informática hasta el punto de que si no estamos puesto en ella, nos podemos considerar casi analfabetos.  Y nos resulta tan necesario el ordenador que, cuando no lo tenemos, nos parece que algo de nosotros nos falta.


Supervivientes

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             No, me refiero a ese grupo de personas que sobrevive ante una tragedia puntual sino a los que cotidianamente siguen hacia delante, a pesar de las zancadillas a los que la vida les somete. Por razones laborales me encuentro, habitualmente, con muchos de ellos. Un hombre de poco más de cuarenta años que con cuatrocientos euros debe sacar adelante a una casa de tres hijos. Parejas de ancianos que con muchos achaques y poco dinero, intentan con una exigua pensión echar una mano en casa de los hijos. Una joven que convive con su padre y que, tras morir él, se queda sin nada absolutamente.

            Casos de estos me sorprenden todos los días y te das cuenta cómo en medio de ese universo hay una verdadera casta de supervivientes. No sé cómo, pero se las avían para salir adelante, buscan y rebuscan en el supermercado de la vida y logran encontrar esos productos que los demás ni sospecharíamos que existen y, sobre todo, no pierden la sonrisa. Lo que más me gusta es, como cuando esta mañana, una viuda con un hijo adolescente comparte su alegría conmigo y me cuenta emocionada con lágrimas en los ojos cómo había conseguido, al fin, irse a vivir a un piso. Habían vivido, hasta entonces, en una habitación de una casa de vecinos y por primera vez en su vida, iban a tener su hijo un cuarto y ella otro. Cuando conozco estas historias, pienso:  ¿podemos quejarnos nosotros?


El huevo perdido

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Desarrollo aquí unas reflexiones que leí el otro día en una de las cartas al director de una revista  y en la que me vi reflejado. Hacía referencia el autor a lo que llamaba la generación del huevo perdido. Sería esa generación de los que hemos superado ya la cuarentena y que vivimos nuestra adolescencia en una dictadura que daba los últimos coletazos. Eran los tiempos de los tecnócratas en el gobierno en que las variantes macroeconómicas iban despuntando, sin embargo no se notaban demasiado en la economía doméstica. Como detalle recuerdo como estiraban mis piernas y la necesaria espera de uno o dos meses hasta que la nómina de mi padre permitía que pudiera comprar unos nuevos pantalones a plazos. Los jóvenes de aquella generación teníamos muy  clara una cultura del esfuerzo, porque ni nuestra familia ni la sociedad nos iba regalar nada, que era necesaria si, en un día no muy lejano, nos queríamos independizar, uno de nuestros objetivos. Sin llevarnos mal con nuestros padres, teníamos muy claro unos límites muy marcados, que nos hacía revolvernos contra ellos muchas veces sólo mentalmente, y que los muy osados se atrevían a traspasar. Cuando se atisbaba la cercanía a ese límite venía aquella frase que nuestros progenitores usaban a modo de punto final de cualquier discusión: “Cuando seas padre comerás huevo”.

Hoy los años han pasado y si en algo nos parecemos a aquellos jóvenes es el color de ojos que es de las pocas cosas que no cambiaron demasiado. Ahora somos nosotros  a los que nos ha tocado lidiar con adolescentes en casa, pero que no tienen nada que ver con los que nosotros conocíamos. Estos conocen todos sus derechos que superan con creces a la Declaración de Derechos Humanos, al paso que vamos no me extrañaría que la ONU se reuniera en cualquier momento para proclamar la “Declaración Universal de Derechos de los Adolescentes”. Éstos, social y domésticamente, van alcanzando nuevas prebendas y aunque la mili les resulte como algo histórico de lo que alguna vez hablan sus padres, avanzan con la fuerza de un panzer consiguiendo objetivos. En muchos casos desconocen la palabra esfuerzo, porque todo se les da hecho. Piensan que la vida es una vacación continua que circunstancialmente se interrumpe por algunos períodos escolares. Y en cuanto a aquella soñada independencia que teníamos, ni se la plantean, Sería absurdo, para vivir peor se queda uno con sus padres.

Y mientras, aquellos padres hacemos lo que podemos, defendernos en una trinchera de esos embates para los que no estábamos preparados. Firmando continuos tratados de paz e intentando no perder la batalla. Y si antes nos limitaban nuestros padres ahora, en muchos aspectos, lo consiguen nuestros hijos. Y entonces concluyo que aquel huevo, que nos anunciaban nuestros padres que comeríamos cuando fuéramos adultos y nosotros deseábamos con ansia, en algún momento de nuestro crecimiento se ha perdido.


La pipa del capitán

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             Cuando estudiaba en la facultad de Químicas, había un catedrático que, a pesar de impartir una asignatura farragosa en la que la pizarra se llenaba de largas y complejas fórmulas matemáticas, lograba hacernos amenas las clases haciendo estudiados descansos en el que introducía cosas curiosas y no menos necesarias. Algo en lo que solía insistir era en lo que él llamaba “la pipa del capitán”.

             Esto venía a cuento a la hora de plantear los resultados a un problema o a una práctica experimental y se refería a que al procurar ser exactos en las respuestas no había que excederse. Y ponía el ejemplo de un barco, a la hora de decir el peso que tiene en toneladas, es independiente de que en él esté o no, a bordo, la pipa del capitán del barco. Sería absurdo decir que el barco pesa 700 toneladas, pero que cuando está la pipa pesa 50 g más, ya que esos gramos son totalmente despreciables frente al resto. O algo similar a si nos preguntaran la distancia entre Cádiz y Madrid dijéramos que son 625 Km 12 m y 4 cm. Hay que contar siempre con los medios de medida que tenemos que está dotados inherentemente de un error experimental y un exceso de precisión será erróneo. Quería imbuirnos que a veces el deseo de hacer las cosas tan precisas hace que se raye no solo en el error sino además en el ridículo.

           Este guiño científico es plenamente aplicable a la vida cotidiana, cuando nos topamos con esas personas que pretenden imponer su “perfección” a diestro y siniestro, sin contar con ese “error experimental” que llevamos inherentes cada uno por el hecho de ser humanos. Es conveniente una cierta exigencia en hacer las cosas lo mejor posible, de todos son conocidos casos en que parecen que su vida es un puro error experimental, pero no se debe pretender el hacer que todo lo que nos rodee circunstancias y personas sean de una perfección absoluta, ya que ello conduciría a una segura frustración para el que lo pretende y para los que tienen la desgracia de estar cerca de él.


Don Clemente

     Tal día como ayer hubiera cumplido un siglo don Clemente, como yo lo llamaba. Lo conocí cuando yo tenía trece años y le quedaban pocos años para jubilarse. Era religioso y fue mi profesor de historia de cuarto de bachillerato. De trato agradable y voz peculiar aquel vitoriano no muy alto pero fuerte, me sumergió en un conocimiento de la historia moderna de nuestro país y en algunos de los cuadros de nuestros grandes pintores, que no he olvidado desde entonces.

     A partir de aquel año surgió una amistad entre nosotros que se alargó el resto de mis años de colegio e incluso años después. Cuando se jubiló echaba una mano en Secretaría y por allí solía yo visitarlo, de vez en cuando, para charlar con él. Me gustaba escuchar las historias que me contaba de épocas que yo no había conocido, como la guerra o su etapa docente en otros lugares de España o cuando me hablaba de las fiestas de la virgen Blanca en su Vitoria natal, una ciudad que a mí me parecía lejanísima, a las que todos los años acudía durante las vacaciones.  Me resultaba curioso que cada vez que salía nombrado un gabinete ministerial siempre había dos o tres ministros a los que había tenido como alumnos. Esa relación amistosa se mantuvo con los años incluso cuando yo ya me fui a estudiar fuera. Teníamos una relación similar a la de un abuelo con su nieto: cómplice y de confianza. 
     Su salud empeoró y lo trasladaron a un colegio en Madrid. La última vez que lo vi dimos un paseo por el Retiro, nos acompañaba la señora que lo cuidaba. Disfruté de aquel último paseo con él, pero me sentía con el corazón apesadumbrado al ver como la cabeza le fallaba, aunque aún era capaz de tener ráfagas de recuerdos vividos.  A los pocos meses falleció. Hoy, que hubiera cumplido el centenario, quiero tener este recuerdo bloguero hacia aquella grata amistad que tuvimos.


No y no

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Te he dicho que no. No insistas ni te pongas pesado, no sé como decírtelo. No me convences con tus argumentos. Por mucho que me lo digas no pienso hacerte caso. Eres insistente, pero yo soy más testarudo. ¡Ya verás como sí! No tienes nada que hacer.

(conversación ficticia entre un fumador y el cigarro que se ha llevado,  por si le daba un momento de desesperación como el que está teniendo, a su oficina el dos de enero del 2006, primer día laboral que entra en vigor la ley antitabaco).


Don Quijote leyendo

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Tomo hoy prestado este dibujo de mi paisano MEL, un joven y excelente dibujante que, entre otros sitios publica en el DIARIO DE CADIZ, pero que también tiene su  blog donde cuelga su chiste diario y que os aconsejo visitar.

Me ha gustado especialmente éste que traigo aquí. Creo que todos los que escribimos debemos hacer una apuesta muy fuerte por la lectura y en un año tan quijotesco como éste me ha hecho gracia ver a Don Quijote participar de esa fiebre Potter-maníaca, al día siguiente de haberse estrenado otra película más de la saga.


Una historia muy "pelicular"

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Su vida era átona y monótona, pensaba Abel, aunque con otras palabras más vulgares y menos literarias, mientras encerraba a las ovejas en el redil. Atrapado con diecinueve años en aquella granja perdida, sólo cercana a un minúsculo pueblo. Todo el día allí trabajando y encima tenía que estar agradecido, como le recordaba repetidamente su tío, aquel primo irascible de su padre que lo había acogido al quedar huérfano a los catorce años. Un hombre más rácano que el Dómine Cabra, nunca había comprado un televisor, no lo quería ni regalado, aduciendo que gastaban mucha electricidad.

            Y así entre brotes, hierbas y animales transcurría la existencia plana de Abel. Una noche de calor agosteño en que pusieron una película de Superman, la primera vez que veía el cine, en la plaza del pueblo, quedó embrujado por la envolvente magia de la  película. La conjunción de aquellas imágenes en pantalla grande, con la música y las palabras, le encendieron mil emociones nunca vividas y alimentaron sus sueños con manjares exquisitos.

            Al día siguiente la sencilla cotidianeidad de la granja le pareció como si estuviera iluminada por grandes focos. Tras una noche de sueño inquieto aquellas sensaciones le habían impregnado, de tal manera, que el cine había empezado a formar parte de su vida. Su cabeza estuvo en continuo movimiento todo el día y aquella tarde, al terminar su trabajo, se dirigió hacia el pajar con una gran toalla roja. Se la ató a modo de capa y se lanzó en vuelo hacia el cielo. La previsible caída sobre el pajar, sufrió un leve desvío, no calculado y se golpeó el pie, lo que le supuso dos semanas de cojera. Pero eso no le amilanó y lo entendió como riesgo de la vida aventurera que había decidido emprender.  Desde entonces las películas se convirtieron en algo más que un vicio y los domingos por la tarde recorría los 7 km que le separaban de otro pueblo donde proyectaban semanalmente. Su vida granjera, ahora, se le había iluminado como un arco iris y aquellas películas afilaban sus ilusiones y sueños más recónditos.

            “Memorias de África” le impactó profundamente. Buscó un viejo cuaderno escolar, del que en su breve escolarización sólo había usado un par de hojas, y se dedicó a hacer un pormenorizado estudio sobre la vida y existencia de los cerdos. Anotaba sus movimientos cuando él les daba de comer, la forma en que movían sus orondas cabezas e intentaba captar en aquellos gestos expresiones inteligentes. Dedicó un capítulo al estudio de sus excrementos, dibujándolos y coloreando los distintos matices de marrones con sus lápices Alpino, relacionaba los colores con el tipo de comida que les suministraba. Y desarrolló una prolija teoría sobre el cortejo nupcial y modo de apareamiento. Aquel brillante estudio que podría haber desembocado en tesis, se suspendió fulminantemente cuando un día dándoles de comer se le cayó el cuaderno al suelo siendo empapado por el objeto de su estudio y adquiriendo un olor que le obligó desde entonces a alejarse  de él.

En estas cuitas siguió durante varias semanas hasta que vio una película que le impactó. Esa noche no pegó ojo, bajó a la cocina y sacó un largo cuchillo al que estuvo dándole brillo con esmero. Vestido de negro para confundirse con las sombras de la noche, miró hacia el cielo, le gustaba la luna llena, y esbozó una sonrisa mientras sujetaba el cuchillo fuertemente con su mano derecha. Se dirigió al redil donde los corderos sorprendidos en el silencio empezaron a emitir sonidos guturales. Se acercó al primero y lo degolló, así con todos hasta que terminó con el último. Vestido, ahora, de negro y sangre se sintió satisfecho por haber llevado a cabo “El silencio de los corderos”.  En aquel momento su tío que había escuchado aquel alboroto se dirigió hacia allí armado de una estaca gorda con la cara roja por la ira.

Abel empezó a correr, y no paró de hacerlo, mientras en su cabeza sonaban los sones de “Carros de fuego” que había visto el fin de semana anterior…


Día de tablas

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Ayer domingo fue un día presidido por las tablas. No, no me refiero precisamente a la tabla redonda del rey Arturo. Mi hija la pequeña recitando la tabla de multiplicar, y mis oídos alternaban aquellas parejas numerales, enlazadas por el signo x, con los elementos químicos; que por otro lado, mi hija la mayor,  enumeraba agrupados en las columnas correspondiendo, esta vez, a la tabla periódica de los elementos. Y, a todo esto, los mayores alternábamos nuestro tiempo con la tabla de la plancha…


Incompetencia manifiesta

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Tengo paciencia con los errores ajenos porque pienso que todos tenemos derecho a equivocarnos, pero me sacan de quicio cuando veo que  son fruto de una incompetencia manifiesta. La semana pasada recibí una carta con acuse de recibo, lo que me sorprendió, del administrador de la comunidad del garaje. Sorpresa que se tornó en indignación cuando leí el contenido de dicha misiva. En ella se me requería el pago de cinco meses de comunidad, que debía según dicho administrador, o de lo contrario se daría curso a un proceso judicial.

 

Al llegar a mi casa busqué los justificantes de pago, y no sólo tenía pagados los meses que se me solicitaban sino además el mes siguiente, pues suelo pagar varios meses a la vez con adelanto. Esa misma tarde estaba en correos con una carta de respuesta adjuntando copias de los justificantes. En ella le indicaba que otro día antes de hacerme perder el tiempo y el dinero, el franqueo de la carta no me lo va a pagar él, comprobara bien los datos y sobre todo, que si le mandé, en su momento, una transferencia con todos los datos, ¿dónde ha contabilizado ese dinero que debe sobrarle?

Este administrador lleva sólo cinco meses, con el otro durante años nunca tuve ningún problema, tal como ha empezado me parece que va a durar poco o quizás hay que decirle como dice la letra de esa canción: “Manolete, manolete, si no sabes torear para que te metes”.

 


El búcaro S.L.

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       En mis años de experiencia laboral siempre he compartido mi jornada de trabajo con un número más o menos grande de compañer@s. A veces he compartido edificio con unos doscientos. Ya se sabe que en cuanto hay más de tres, como dice el refrán pueden "ser multitud”, y  tienden a formarse grupúsculos de distinta tendencia o a diluir la propia responsabilidad entre la del resto.Por distintas circunstancias últimamente me paso distintas épocas en que estoy toda la mañana trabajando sólo en mi oficina. Ello supone desde abrir o cerrar la puerta y encender luces y ordenadores hasta cambiar el toner o papel a la fotocopiadora, atender al público, hacer la correspondencia, resolver los expedientes que entran, atender al teléfono y  archivar la documentación. A pesar de que hay momentos especialmente estresantes, procuro darle vueltas a la cabeza para innovar o modificar aspectos de mi trabajo que lo puedan hacer más eficaz.

       Lógicamente hay ratos en que se echa de menos el charlar, quejarse o simplemente ver a alguien más. Al menos, no estoy en una burbuja aislada ya que tengo comunicación con el exterior por mail, sms y teléfono. Pero,  como en todo lo que hago, procuro ver el lado positivo de la situación. Al no tener jefe, yo me organizo y me responsabilizo de mi trabajo. No estoy sometido a geniales ideas, más que a las mías y no tengo que reír las gracias a unos posibles malos chistes. Al no tener subordinados no tengo que estar pendiente de si se escaquea o realiza su trabajo. No tengo que supervisar nada para evitar meteduras de pata que ya me aseguro, mientras trabajo, de hacer las cosas directamente bien. Sólo hay, lo que a veces es, un pequeño problema: hay momentos en que encuentro verdaderas dificultades para poder "escaparme" hacia los servicios.


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