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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006.

Un complicado encuentro

   El pasado 24 de marzo hablaba de que iba a asistir a una conferencia del escritor Jesús Maeso. Se presumía interesante la conferencia y me apetecía conocerlo después de haber leído su novela "Tartessos" que me acercó a conocer un poco ese mítico lugar, no muy lejos de la tierra en la que piso. Pero...lo que no conté es que finalmente los hados convergieron para que no pudiera asistir. Me enteré de la conferencia por el periódico y, bien clarito, ponía allí que era a las 22 h. Cuando voy de camino veo un "terrible" cartel que dice que es a las 20h 30'. Cuando llego a la puerta de la sala están cerrando, la gente saliendo y el escritor charlando con la gente por lo que no me parecía bien interrumpirlo para que me firmara, a esas horas y en la calle semioscura, el libro que llevaba paseando. Frustrado tras aquel inexistente encuentro volví a casa.

   Un par de días después me entero de que en un programa de televisión, en un canal digital, el mismo autor hablará de su último libro. Me propongo verlo, pero como no hay forma de enterarme de la hora exacta, cuando al fin pongo el programa, el presentador agradece al autor su presencia...mi gozo, de nuevo, en un pozo.

   Al fin hoy me entero que a las 12 de la mañana, viene aquí a firmar ejemplares de su último libro. Insisto pensando que a la tercera va a la vencida. De camino a la librería, veo como Jesús Maeso, sale de parking donde ha dejado el coche. Me presento y lo saludo y lo acompañé, mientras charlábamos, de camino a la librería.  Ya tengo en mi librería su último libro firmado por el autor. Este lo valoro especialmente después del trabajo que me ha costado conseguirlo.


Un esguince súbito

   Hoy un día más fui al gimnasio. La asistencia regular allí es por hacer algún tipo de ejercicio y no quedarme oxidado, pero ¿quién dijo que el gimnasio y el ejercicio físico crea adicción? Yo llevo en estos avatares año y medio y todavía no soy consciente de ello. Llegué a casa con las piernas aún vibrando del esfuerzo sometido y tras la ducha salí a la calle.

   Ahora, tras la ducha, me sentía mejor, aunque las piernas aún vibraban un poco. El estómago me chirriaba un poco de hambre, pero ¿cómo iba a comer después del ejercicio y tirar todo por la borda? Paseaba despacio disfrutando la tarde cuando, de repente, un olor a chicharrones recién hechos escapó súbitamente de la carnicería y, sin poder controlarla, mi cabeza dio un espontáneo giro buscando en el aire el aroma de los chicharrones y me dio un esguince en el cuello, que desde entonces tengo dolorido.

    Cuando fui al médico me dio la  solución para que me fuera recuperando del esguince, a partir de ahora coger, siempre, por la acera de enfrente de la carnicería.


Palabras

       Las palabras son uno de los instrumentos fundamentales para cambiar el mundo. Eso lo saben bien los políticos, los chalanes, los que se dedican a las relaciones públicas y, sin ir más lejos, los que disfrutamos con ella en la lectura o jugamos con ella para escribir blogs o cualquier otra cosa. La escuela de escritores ha organizado un concurso, que dura hasta el 21 de abril, para elegir la palabra más bonita del castellano. Alli todo el que quiera vota por su palabra preferida. Yo pondré aquí la mía: 

ternura

     Es una palabra que me evoca cercanía, sensibilidad, complicidad y frescor y me gusta por tanto. ¿Cuál es la palabra que más te gusta a ti?


El alfabeto del crimen

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 (Sue Grafton)

 

             Desde mi adolescencia me ha gustado la novela de intriga. Empecé a leerlas en una antología de novela policíaca en varios tomos que había en casa de mis padres, algunas francamente buenas. Años después, en uno de esos largos veranos, en que combinaba la playa con muchas horas de aburrimiento, descubrí también en una de las estanterías de mi padre las obras completas de Agatha Christie,  disfruté muchísimas semanas, rascando minutos al día para sumergirme en aquellas apasionantes investigaciones de Poirot o Miss Marple. 

            Hace ya unos años, un día vi una promoción en un kiosco de esos que sacan un par de libros muy baratos, uno de ellos era “A de adulterio” de Sue Grafton una escritora norteamericana de la que, hasta entonces, no había escuchado hablar. En el libro, escrito en 1982,  nos presenta a la que será, a partir de entonces, la protagonista, Kinsey Millhone, de toda la serie que está escribiendo con el título genérico de Alfabeto del Crimen. Cada libro empieza por una letra del alfabeto y los libros los va escribiendo en el correspondiente orden. En España se editan en la colección Andanzas de Tusquets y el último editado hasta ahora es “R de rebelde” en mayo de 2005, aunque para este año se anuncia el publicado en Estados Unidos con el título de “S is for silence”.  Kinsey Millhone es la protagonista, una detective con sus altibajos y sus miserias, con un toque de sano gamberrismo y humor, pero no por ello deja de ser responsable con los casos que le encargan. Los libros son muy atractivos de leer y, a veces, incluso divertidos, por eso no es extraño que los seguidores de esta apasionante serie, tras tantos años compartiendo las vivencias de su protagonista le hayamos tomado un cierto cariño y estemos deseando que salga el siguiente volumen.

            Estas reflexiones me han surgido al leer la noticia de que Sue Grafton había rechazado varias sustanciosas ofertas Hollywood para llevar al cine a su personaje. La autora quiere que su personaje sólo habite en la imaginación de los lectores. Me parece una actitud digna de aplauso, si hicieran una película, desde entonces, ya todo el mundo conocería la cara y la imagen de Kinsey, y cuando leyéramos alguno nuestra imaginación estaría condicionada por esa figura. De esta forma, como en todos los libros, habrá tantas Kinseys como lectores, porque la imaginación de cada uno sobre ella siempre será diferente a la de cualquier otro. Y es que, queramos o no, la visualización de un libro a través de una película puede enriquecer alguna de sus facetas, pero hay otras, como la imaginación que la coartan y la condicionan.


Hablar con las estrellas

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              ¡Qué difícil es aprovechar las oportunidades que nos brinda la vida para detenernos y conversar con las estrellas, que es uno de los caminos para encontrarse con uno mismo!


La profecía del Corán

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             He finalizado y disfrutado la lectura de este libro escrito por Jesús Maeso. En él se nos narra las aventuras de Yago, un médico cristiano, que llega a la convulsa Sevilla de mediados del siglo XIV. Allí conocerá a una joven musulmana que está allí como rehén de los acuerdos entre reinos y entre ellos surgirá un amor imposible. La pareja se verá inmersa en conjuras cortesanas y en la búsqueda afanosa de un ejemplar único del Corán lleva desaparecido muchos años.

                         El autor con un perfilado lenguaje nos muestra con habilidad esta época llena de claroscuros sumergiéndonos en todo un universo de aromas, ambientes y sensaciones. Su lectura curiosa nos acercará a descubrir el significado de muchas palabras y a saborear esos adjetivos que se emparejan a sustantivos en uniones inimaginables pero de sutil perfección. Un libro que nos invita a un doble deleite: la del fondo, en una trama bien urdida en la que poco a poco se van engarzando las piezas y, por otro lado, la de la forma, en que las palabras nos mecen con sedosa suavidad.

            Transcribo un texto:


            <<“Todo lo olvidaré menos esta aurora junto al Guadalquivir. Al partir el navío de la despedida caen mis velos y se desgarra mi corazón con el tumulto de los adioses, como una caravana perdida que el camellero busca”Cuántos sentimientos rotos se lleva la galera insensible de la separación, Yago, amado mío.
            Un repentino ardor se esparció por los sentidos del galán, mientras sus encendidos latidos se aceleraban ante la sensualidad de la nazarí, que cedió a los requerimientos de su ardoroso amante. Yago desató su zilhara de tul turquesa, improvisando un tálamo con las vestiduras. La hechizante atmósfera olía a fragancia de jazmines, y se percibían los perezosos susurros de la ciudad. Parecían levitar en un universo irreal y mágico, creado únicamente para ellos por los númenes del amor.
            Los ojos incitadores y melancólicos de Zubaida exploraban los suyos, mientras le ofrecía sus pechos, grávidos como oteros perfumados, el bálsamo de sus honduras y el néctar de sus aterciopeladas ingles. Yago besó cada palmo de su piel aceitunada, insólitamente tibia, y rozó con sus dedos el oscuro valle de su sexo, gozando libres, olvidados de peligros y preocupaciones, entregados a una vehemencia volcánica que ratificaba el infinito cariño que ambos se profesaban>>.


Tan real como en internet

        Acabo de leer una noticia en que habla de una mujer de 40 años en Londres a  la que han encontrado muerta delante de la televisión encendida. Eso no es lo que más me ha sorprendido, ya que viendo la ínfima calidad de algunos programas de televisión demasiado aguanta nuestro corazón, sino que hace dos años que ocurrió y hasta ahora no la han descubierto.
        ¿Tanta soledad acarreaba esta mujer que en esos dos años nadie se había preocupado de su desaparición? Tenía hermanas pero éstas no parece que se acordaran mucho de ella. ¿No tenía amigos o alguien que se interesara en felicitarle el cumpleaños o la navidad? Al parecer había sido víctima de la violencia doméstica y la habían refugiado en aquel piso, pero hasta los mismos Servicios Sociales no la volvieron a recordar. Fue justamente al romper la cerradura y entrar en el piso, por no pagar el alquiler, cuando descubrieron el cadáver.
       Poco a poco y sobre todo en las grandes ciudades se está perdiendo aquel concepto de vecindad que extendía a los vecinos una relación cuasifamiliar. Me pregunto si no hemos llegado en nuestra vida real al extremo al que se llega en Internet, que cuando alguien desaparece nos parece incluso “normal” el que no volvamos a saber, nunca más, de esa persona con la que, en muchas ocasiones, llegamos a compartir algo más que un rato de nuestra vida.


Causas inimaginables

       Últimamente me han pasado un par de cosas con algunos objetos inanimados que paso a relatar. El primer caso fue con un televisor a través de la cual recibo la televisión por cable. Ocurría una cosa extraña cuando llevaba un rato puesto el televisor, perdía los colores y llegaba a oscurecerse totalmente la pantalla. Lo achaqué a que la televisión tiene ya casi diez años y le estaba fallando el tubo de imagen que al calentarse se le iba la luz.  Ya estaba pensando en llamar a un técnico para que la arreglara o, más drásticamente, el tirarla a un punto de reciclado. Menos mal que retrasé cualquiera de esas dos decisiones. Una tarde viendo la televisión con mi hija, de nuevo volvió a ocurrir en mitad de una película, pero mi enfado tornó en asombro cuando mi hija se levantó y moviendo levemente el decodificador de la televisión por cable, la televisión volvió a recuperar la imagen con toda nitidez. Es lo que hago cuando se deja de ver, me dijo simplemente. ¡Menudo ridículo si llamo al técnico!   

         El otro suceso fue con una persiana del trabajo. Es una persiana vieja y no me extrañó que fallara y, de pronto, quedara enganchada y no pudiera bajarse del todo. Probablemente alguna tabla rota o desenganchada, pensé. Pero después de lo de lo del televisor no me fío. Entonces mirando para arriba me di cuenta que un hilo del visillo se metía por el agujero por donde corre la cinta, atascándola. Saqué el hilo y funciona perfectamente la persiana.

          Estas cosas que me han pasado  con los seres inanimados en que el comportamiento de los mismos tenía causas que ni por un momento imaginaba me lleva a pensar que, con más razón, el comportamiento de los seres animados y especialmente el ser humano tiene un comportamiento que en la mayoría de las veces no podemos determinar las causas. Muchas veces la gente nos sorprende con unas actuaciones dificiles de comprender, que quizás si conociéramos las causas entrarían en el campo de lo comprensible. Lo complicado es educar ese sexto sentido que por encima de las actuaciones nos ayude a distinguir las verdaderas intenciones.


Una impaciente duermevela

          La oscuridad fue devorando las últimas luces del día cuando Él silencioso entró en la habitación. La descubrió en aquel lugar, como imaginaba, estática y tumbada cuan larga era. Con un paso, a la vez, osado y vacilante se acercó a Ella. Sintió cómo un deseo creciente de poseerla le iba embargando. Se aproximó a Ella disfrutando de su contemplación. La blancura de la piel de Ella actuaba como señuelo en aquella creciente penumbra. Las manos de Él rodearon a Ella, que seguía silenciosa, y, entonces, por primera vez sintió el contacto de su piel lisa y sin arrugas, levemente fría, pero Él sabía como calentarla. Mientras pensaba en ello se sintió tremendamente excitado, tanto que no prestó oídos a aquellos pasos que rápidamente se acercaban por atrás. La puerta se abrió súbitamente y Él, sorprendido, quedó paralizado, inundándose de luz la sacristía.

          -Te he dicho muchas veces que dejes la vela quieta, cuando seas mayor te dejaré encenderla-le espetó el irascible sacristán a aquel impaciente monaguillo.


Predator

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      He terminado el último libro editado de Patricia Cornwell, el catorceavo de la saga que le ha hecho famosa sobre la forense Kay Scarpetta. La autora experta en ciencia forense la popularizó muchos años antes de que el C.S.I. apareciera en nuestras pantallas. Por sus páginas aparte de la protagonista aparecen todo un elenco de personajes habituales: Lucy la sobrina, Pete Marino un antiguo policía y Benton Wesley de quien Scarpetta está enamorada. Todos ellos caracterizados porque sus perfiles trazados minuciosamente a través de los numerosos libros de la serie, no son grandes héroes sino personajes, en general, atormentados y llenos de limitaciones que se van reflejando en cómo viven las historias.

      En este libro un peculiar asesino tiene en jaque a la policía y a los protagonistas que estudian hasta la más mínima pista para llegar hasta él. Algunas descripciones por su realismo y crudeza no suelen ser adecuadas para las personas muy sensibles a estos temas forenses. Las historias de esta autora no suelen ser lineales y el relato cambia continuamente de escenario siguiendo a los distintos personajes, lo que por un lado hace atractiva  la lectura pero, en otros casos, puede dificultarlo. Más información sobre el libro y la autora en su página web.


Las edades comprensivas

     Estamos en una etapa en que se no pide comprensión ante las actitudes de los otros por cuestión de las edades. En el caso de nuestros hijos, cuando de bebés no nos dejan dormir o de adolescentes no compartimos muchas de esas extrañas actitudes, nos dicen: “Es normal, están en la edad”.En el caso de nuestros progenitores, cuando alguno toma actitudes difíciles de catalogar, nos dicen: “Es normal, es la edad”.
     

     Y, digo yo, a nosotros y a nuestra edad…¿quién nos comprende?


La primavera ha venido

     Pues sí, ayer fue para mí la entrada oficial de la primavera. No es cuando a mediados de febrero unos grandes almacenes pretenden convencernos que ya ha llegado. Tampoco cuando las amapolas salpican los bordes de la carretera con puntos rojos. Ni siquiera cuando noto que las hormonas somnolientas del invierno empiezan a despertar. La primavera oficial me llegó ayer con la inauguración de la temporada de alergia:


 -Picores de nariz con estornudos repetitivos en plan ametralladora.
-Mucosidades que me hicieron gastar, casi del todo, una caja de cien pañuelos y me pusieron la nariz como un pimiento rojo.
-Molestias en los ojos.

-Cargazón en la cabeza.


             Todo ello no es grave pero sí sumamente molesto y aunque me permite realizar las actividades cotidianas, alguna sí que las limita o las impide. Ayer por ejemplo no me atreví a ir al gimnasio me hubiera tenido que colocar un pañuelo en cada oreja, para cuando me hiciera falta. Todos los años cuando llegan estas fechas tengo la esperanza de que al igual que un día, de pronto apareció, pase de largo sin que la note. Pero por lo visto, no va a ser este año. Al parecer lo que florece en esta época son las gramíneas. De todas formas menos mal vivo en la ciudad no quiero pensar cómo estaría si viviera en el campo. Menos mal que esta alergia tiene fecha de caducidad, cuestión de aguantar con paciencia hasta los primeros días de junio para que se vaya por donde ha venido.

 

Entre volutas

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           Elvira se sentó en la silla de la cafetería, mientras su minifalda dejaba al descubierto unas largas y bien contorneadas piernas. Saca un cigarro de la pitillera y lo acomoda entre sus labios. Su mente empieza a trenzar recuerdos a través de las volutas del humo.

            Se acuerda de cuando conoció a Carlos en un viaje en tren con aquella sonrisa que, en pocos minutos, quebró sus defensas. Se sintió alborozada cuando, al despedirse, él le pidió su número de móvil y aún más cuando la llamó, al día siguiente, para invitarla a cenar en la que se convertiría en una mágica noche. No puede recordar los sabores de aquella comida aunque sí el brillo continuo de sus ojos que hacían palidecer la luz de las velas que había en la mesa. Tampoco ninguno de los olores que les rodeaban, pero no olvida el que emanaba, continuamente, de su piel fresca. Sus manos se encontraron y distrajeron cuando ella fue a coger el postre. Sus bocas se fundieron tras el soplo con que él apagó las velas. La salida del restaurante estuvo acorde con la torpeza que dan los grados alcohólicos añadidos al movimiento de dos caderas que pretenden caminar al unísono sin dejar espacio de separación entre ellas.

            A través del humo del cigarro, siguió viendo la puerta de aquel hotel que atravesaron entre risas. Sintió su mano fuerte desnudándola con la liviandad de una brisa y tiembla su cuerpo con las consecuencias de aquellas hábiles caricias que, desde entonces, quedaron prendidas a su piel. Durante horas sus cuerpos navegaron juntos en un océano de placer. Al principio en una mar rizada que, a medida que la navegación se hacía más insistente, se modificaba primero en vaivenes cada vez con más oscilación que se transformaron en olas de marfileña espuma que crecieron hasta límites inenarrables, desde la cresta de una de estas olas, ella le calculaba unos doce metros, fue desde la que cayó anegada de delicias en una bajada que hubiera querido eternizar mucho más de lo que duró. Nunca había vivido una sensación de tal intensidad. El agua se tornó calmosa y se refugió entre los brazos acogedores de Carlos. Vio, como él encendió un cigarro que sus bocas compartieron. Los humos de aquel cigarro se confundían con el que ahora tenía entre sus labios. Y luego, todo se esfumó en el aire. Se despidieron con un beso y  un "hasta pronto" que, todavía, transcurridos tres meses aún no se había logrado.

            Elvira lo pasó muy mal, no entendía cómo era posible desaparecer sin decir nada, cómo tras haberle hecho florecer un jardín lo había anegado, todo en un solo día. Se pasa sus dedos por el muslo pero no es capaz de reproducir esa caricia que tanto extraña. Lo llamó varias veces pero nunca descolgó el teléfono. Ayer, desesperada, le mandó un mensaje citándolo para hoy en este lugar. Elvira duda que aparezca pero guarda esa secreta esperanza, como una luminaria minúscula, en sus ojos marchitos por la soledad. Oye unos pasos a sus espaldas, debe ser Carlos, su corazón se acelera, la luminaria ahora le ocupa todo el iris. Una mano se deposita en su espalda, mientras una voz le dice:

-Perdone señorita pero en esta cafetería no está permitido fumar. ¡Ah! Lo siento no me había dado cuenta de que el cigarro lo tiene apagado.

La luz de aquel fanal acabó disolviéndose en la negrura de sus ojos.



La reina sin espejo

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              El último libro de los intrépidos guardia civiles el sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro nos conduce hasta Barcelona para investigar la muerte de una famosa periodista catalana.  Una vez más, es la cuarta novela de la serie al que se añade otro libro con cuatro relatos cortos,  Lorenzo Silva nos sumerge en la compleja trama de investigación de la que se muestra buen conocedor. Sus personajes son tiernos y a la vez actúan con firmeza y un cierto tono humoristico, que no cómico. El libro está escrito en primera persona con lo que el lector participa de manera casi cómplice de las reflexiones de Bevilacqua. Para pasar un buen rato para los amantes del género y especialmente para los seguidores de las aventuras de esta peculiar pareja de la Benemérita.


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