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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006.

Hollando la arena

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     Un despertar temprano me lanzó a la calle a esas horas que en los días festivos aparecen solitarias. Acompañado por el sonido de mis pasos me llegué al paseo marítimo y anduve, a buen paso, a todo lo largo dejándome emborrachar de aquel silencio, sólo quebrado por las olas que, llegando por turnos, tapaban pudorosamente la arena desnuda.

     Mis pies hollaban la arena creando un camino de no retorno a mis espaldas y los distintos grises y platas se mezclaban, juguetones, ante mis ojos. Sólo un anciano de gesto cansino, con una gorra embutida hasta las cejas, caminaba por delante de mí, y tras breves instantes de andares se fue alejando a mis espaldas. La arena con ondas peinadas por el viento siguió abrazando la suela de mis zapatos. Frente a mí a modo de una escuela infantil varias decenas de gaviotas estaban plantadas, colocadas como si siguieran unas doctas explicaciones, pero cuando me acerqué debió tocar la hora del recreo pues todas alzaron un vuelo hacia las nubes, para trasladar su aula marina al lugar por donde había pasado hace un rato.

      Un cuarentón sudoroso, con auriculares colgados de las orejas y trote rápido se cruza conmigo. Nubes orondas que parecen crecer de la nada van cubriendo el azul del cielo. Tras unos altos edificios un rayo de sol empieza a asomar y los tonos platas fallecen ante la viveza de esta luz para inundar todo de colores. Pero aquellos seres algodonosos del cielo han procreado multiplicándose en progresión geométrica consigo mismo hasta que devoran al sol. Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer...ahora el agua lo empapa todo.


¡Ya llegó!

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        Se levantó con un fuerte dolor de cabeza. No recordaba nada de lo ocurrido la noche anterior. El estómago lo notaba pesado. Salió con paso vacilante de su dormitorio mientras su zapatilla hacía crujir una bola de color verde que se atrevió a  cruzarse en su camino. Los desperdicios de comida sobre la mesa de la cocina arañaban el aire con su mezcla nefanda de olores. Dos botellas de champagne vacía se besaban apoyándose mutuamente por sus golletes para no caer. Junto a ellas mi cartera abierta había sustituido los billetes por justificantes de compras. Papeles rasgados de regalo se amontonaban en el suelo con una forma caprichosa. Su cabeza parecía girar a la par que la habitación. Miró el calendario: 3 de Diciembre, una idea gris empezaba a tomar forma en su cabeza, en aquel momento un retortijón lo condujo urgentemente al retrete. En el lavabo un gorro de Papá Noel. Cuando sentado en la taza a través de la ventana le llegaron los sones de un villancico, no lo dudó: ¡cada vez se adelantaba más todo ese marketing navideño, que impulsaban los comercios!




Una seductora pareja

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         Hay veces que la vida nos aleja de alguien y al cabo de los años como si girara sobre sí mismo nos lo volvemos a encontrar. Eso me ha ocurrido con Ignacio a quien conocí en otra ciudad, a sesenta kilómetros de aquí, hace ya casi cuarenta años y establecimos la confianza típica de quien presta su cabeza para que  modelen sus formas a fuerza de tijeras y maquinillas. Los años pasaron y las circunstancias me hicieron recorrer muchas ciudades hasta que me establecí aquí y me volví a reencontrar con él que vive, ahora, a cinco minutos de mi casa.

         De vez en cuando nos sonreíamos y saludábamos al encontrarnos. Nuestros recuerdos detenían nuestros pasos y avivaban nuestros diálogos. Hacía tiempo que no lo veía, pero un día me encontré por la calle a su mujer y me dijo que ya no podía salir de casa, que aquellos dieciséis escalones que le separaban de la calle eran demasiados para una pierna enferma que, debido a su edad, ningún médico se atreve ya a operar. Le dije que iría a visitarles.

         Y eso hice hoy, tras unos encargos matinales ineludibles, aprovechando que no trabajaba fui a visitarle. Pude ver la alegría en sus ojos y en la fuerza de la mano que me estrechaba y allí me senté frente a él en aquella terraza que le vale de atalaya.  Al poco de sentarme noté que me iba a sentir muy a gusto con la conversación viva de aquella pareja. A él sólo le falta un año para llegar a los noventa y ella no le va muy a la zaga.

         Hablamos de recuerdos de entonces, para mí infantiles, y de personas que ya sólo viven en el rincón de algunas memorias. De esta terraza por la que ve transcurrir la vida, distrayéndose con los paseantes, las nuevas construcciones o los automóviles que en una rueda sin fin aparcan y dejan los aparcamientos. De sus veintinueve sobrinos de los cuales sólo una se preocupa por ellos y les visita. De la sopa con un trozo de jamón que comen todas las noches. De los buenos que son los vecinos. De lo estupendo que es disponer de un aparatito con un botón rojo que han pulsado un par de veces para que llegaran los médicos en pocos minutos. De que antes cobraba un real por cada pelado. De que le han dicho muchas veces que por qué no venden el piso y se van a un asilo, pero ellos son felices allí, en aquel piso sencillo, teniéndose los dos. Y cuando me voy, su mujer agradecida por aquella visita me da una bolsa con pimientos y judías verdes, recién traídas del campo. No puedo decirles que no, pero la próxima vez seré yo quien les traiga algún detalle.

          Salgo bajando estos escalones eternos para Ignacio, y le doy un último saludo a la terraza. No lo veo pero sé que me está saludando. Me voy feliz de este rato y sé que no tardaré en volver, ya no sólo por ellos sino también por mí.


Atravesando la puerta

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     Hoy al atravesar la puerta de la Cartuja de Jerez un universo de sosiego silencioso, provocado por la sinfonía de trinos y viento fresco, me invadió y me vinieron a la mente las palabras de Fray Luis de León en su "Oda a la vida retirada":

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes del estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
Roto caso el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestüoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendo,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atendido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no tema airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando,
con sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado.


Ocurrencia

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           Ocurrido en un taller literario al que asisto semanalmente. Una compañera rozando la treintena lee un texto que ha escrito: "las paredes esconchadas...".

-No se dice esconchadas, sino desconchadas-aclara el profesor del taller.

-Mira que se lo dije a mi madre, que fue la que me dijo que se ponía así-se justifica ella.

-¿Y por qué no miraste en un diccionario en vez de preguntarle a tu madre? ¿No tienes un diccionario en casa?

-Sí, pero de inglés.

         Reflexiono: seguramente es más acogedor tener en casa a una madre que a un diccionario, aunque eso suponga en un caso como éste escribir "esconchar". Aunque, es una palabra que tiene un sonido hasta agradable...

 


Medineando

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         Aprovechando estos días de ocio he hecho una visita a Medina Sidonia. Situada en el centro de la provincia de Cádiz en la denominada Ruta del Toro, su privilegiado enclave, se puede subir hasta las ruinas del castillo a 300 metros de altitud, permite divisar una gran riqueza paisajística donde el verde de la campiña se mezcla con un azul del mar que parece haberse pintado allí de una manera imposible.

         Es una ciudad impregnada de historia. La colonia romana de Asido Caesarina se ubicó sobre un asentamiento fenicio. Con el nombre visigodo de Medina destacó como cabecera de la provincia. Fue conquistada en el 712 por los musulmanes y reconquistada en 1264 por Alfonso X el Sabio pasando a formar frontera con el reino nazarí de Granada. Todas estas culturas han dejado vestigios monumentales que salpican un entramado urbano cuidado y caracterizado por casas bajas y blancas típicas la arquitectura de la zona.

          Mal lugar esta ciudad para los que deciden hacer dieta, destacan sus suculentos guisos y, sobre todo, una repostería cuya fama atraviesa fronteras y que es uno de sus mayores atractivos turísticos. Una interesante iniciativa del Ayuntamiento ha sido del 1 al 10 de diciembre organizar la 2ª jornadas de puertas abiertas. Distintos monumentos abiertos y señalados donde se ocupaban de dar planos e información al visitante, exposiciones, mercadillos,...etc, que hacían sumamente agradable el paseo a los que habíamos sustituido los centros comerciales por el callejeo de dicha población. Dignos de ver los patios incluidos en la visita (ver foto), de casas particulares. Patios cuidados, andaluces, donde los geranios pugnan al subir los escalones y que los vecinos enseñan con mimo y orgullo. Siempre se aprende algo nuevo cuando se alimenta al espíritu con saber, visión y aromas...¡cómo olía la pastelería!

           Sin embargo, no a todo el mundo le gusta aprovechar estas ventajas. Una pareja entraba en una hermosa iglesia mudéjar cargada con bolsas de compra. Se le acerca el que informa sobre el monumento para darle un folleto artístico, la mujer lo rechaza diciéndole:

-¡No gracias! Sólo hemos venido al pueblo a comprar manteca y al ver la puerta abierta nos hemos asomado por simple curiosidad.


El agujero

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         El primer piso en el que viví, en este pueblo, era un tercero en que la única vista a la calle era una minúscula terraza lavadero donde, además, a lo lejos, en un hueco entre edificios se veía un trozo minúsculo del mar. Me gustaba asomarme a aquel rincón en que mi mirada fluía por aquella estrecha hendidura y era capaz de navegar muchas millas sobre las olas.

         Los años han pasado. Ya no vivo allí y cuando paso por delante me entristece ver que aquella terraza desapareció de la vista de la calle, las casas de alrededor en un crecimiento imparable, acumularon ladrillos y la vista al infinito se trocó en un reducido hueco interior donde a duras penas entra la luz.

         ¿Por qué será que, en general, los años con su "progreso" y crecimiento van taponando los agujeros por los que circulan los sueños? Algo similar nos ocurre a los seres humanos que tenemos que estar atentos para que esos agujeros (una sonrisa, un libro, un atardecer, un vaso de agua fresca, un encuentro,...) por los que nos entra la luz y nos hacen volar hacia esos momentos únicos, no se nos atoren con esas buenas excusas de la maduración y del realismo. Sólo de nosotros depende el mantener esos agujeros, abiertos al infinito, siempre lozanos y en perfectas condiciones.

 


Tras un despertar

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          Blanca, hija única, nació en una familia de posibles, en la que nunca le faltó nada material, pero en la que no abundó lo que en realidad ella más necesitaba. Su infancia se perdió entre las líneas cuadriculadas que trazaba con escuadra y cartabón  su padre, Don Fernán, quien se jactaba frecuentemente, en público de “luenga ascendencia hidalga”. Sin percatarse de ello, la niña se transformó en adolescencia. no era tonta y sabía que la rebeldía habitual de su edad se hubiera estrellado contra el muro de granito, cada vez más reforzado de Don Fernán. ¡Tienes de todo, te podrás quejar! le inquiría cuando el menor atisbo de descontento asomaba a sus labios.  

           Transformada en grácil doncella, incapaz de alzar el cuello por encima del estrecho pasillo existente  entre aquellos muros, fue por aquel camino por donde se topó con Ángel. Colocado allí por don Fernán ya que adivinó en aquel joven su sorprendente fotocopia y pensó que era el adecuado para su hija. El noviazgo duró poco y, ya casados, no tardó Blanca en darse cuenta que su marido de Ángel sólo tenía el nombre. En su ingenuidad no dudó demasiado, huyendo de las garras que le atenazaban sobre su cabeza pero cayó en  otras garras peores que ahora la rodeaban  en torno suyo. Y los años la fueron colgando de arrugas que no disimulaban sus trajes de diseño, hasta la forma de vestir se la imponía aquel par de rapaces, y mucho menos aquellas otras que iban por dentro y que iban transformando en opaco el antiguo brillo de sus ojos. Nunca tuvo hijos, ella lo entendió como normal ya  que siempre había escuchado que eran fruto del amor de una pareja, algo inexistente en su vida.  

             Pero un día, recién estrenada la cuarentena el peso de aquellas arrugas se hizo tan insoportable que por primera vez en su vida soñó. No recordaba qué había soñado, aunque sí supo que desde ese momento había cambiado y le pareció que el aire que entraba a través de su nariz era un aire renovado. Empujó a un lado del armario aquellos lujosos vestidos y sacó del fondo los únicos pantalones vaqueros de que disponía  y una camiseta blanca. Se embutió en unas chanclas de goma y con paso firme se dirigió a la empresa que, según su padre y su marido, le daba de comer. El silencio habitual de los trabajadores se esfumó en un murmullo cuando le vieron atravesar de esta guisa por delante de ellos y dirigirse al despacho de Dirección, en el que estaban reunidos su Angel y D. Fernán. No dijo absolutamente nada pero ni ellos se hubieran atrevido a hablar ante aquella mirada y aquel rostro transfigurado y resolutivo. Con gestos pausados  pero imparables, comenzando por la camiseta, se fue despojando de toda su ropa hasta quedar totalmente desnuda. Luego escupió al suelo y mostrando un culo bien formado a aquellas dobles parejas de ojos que la miraban atónitos, salió del despacho dirigiéndose de esta manera a la puerta de la calle. 

            Cuando salió la brisa de la mañana cubrió pudorosamente aquella piel de igual color que su nombre y ya no pudo escuchar un aplauso cerrado que los trabajadores de la empresa le dirigieron. Pero no importaba, sus pies descalzos semejaban tener alas y la dirigieron con pasos seguro hacia aquel lugar del que sabía que nunca regresaría.


¿Dónde cuelgo las bolas?

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            Una vez más la incisiva viñeta de mi paisano MEL me sirve de cabecera a este post, pues me he visto reflejado en esa actitud, entre sorpresiva y escéptica del naúfrago.

            Miro a mi alrededor y, en muchas ocasiones, me siento así aislado en medio de la sociedad, la soledad, inmensa y a ésta todo lo que se le ocurre, porque son las fechas típicas para ello, el suministrarme una caja de cartón con adornos navideños.

            Necesitamos una sociedad más solidaria, capaz de preocuparse por el más próximo y no bolas de navidad. En los trabajos, menos explotación, más compañerismo y camaradería y no guirnaldas en las ventanas. En las familias, un ambiente sano, un verdadero interés y apoyo por los demás, superando envidias y tendiendo puentes en esos muchos abismos que crea el dinero. En todos, ese cuidado por el detalle que intenta destacar aquello que agrada a los demás: unas palabras, una sonrisa, un simple sms,...y no el lanzarnos desaforadamente a la calle a la compra compulsiva de unos regalos, en la mayoría inútiles, que sucumbirán aburridos en un rincón.

              Pero para todo esto no es necesario que sea navidad, tenemos mucho tiempo para desarrollarlo, concretamente trescientos sesenta y cinco días cada año. Por eso, por mí, se pueden quedar con esas bolas y guirnaldas; o mejor, las lanzaré al mar. Las guirnaldas irán a ponerle ese tono de color que necesita la oscuridad abisal y en cuanto a las bolas se irán dispersando sobre las olas hasta que se conviertan en juego de sirenas. Creo que quedaré con la caja de cartón que, desde su aparente inutilidad, la considero más necesaria que todo su contenido.


¡Gracias!

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        Hay momentos en que la necesidad de decir algo supera la certeza de que alguien lo escuche y hoy es uno de ellos:

        “Gracias por demostrarme que eres mucho más que un hermoso sueño, que despierta con la aurora”. 


A una isla desierta

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            Desde que hace unos  años descubrí el inmenso potencial que encierran las palabras, las guardo como si de un preciado tesoro se trataran. Por eso no dudaría si me hicieran esa pregunta tópica de ¿qué te llevarías a una isla desierta? 

            Lo tengo claro, me llevaría mi pendrive, con la memoria saturada de líneas y frases. Pero reflexionando un poco más: una vez que llegue a allí ¿en dónde lo conecto?¿tendrán los cocoteros un puerto USB libre?

  

Visitantes de ida y vuelta

Tengo la gran ventaja de estar en un trabajo donde al ochenta por ciento de los papeles que manejo les pongo el rostro del interesado. Sé que tras las palabras, la mayoría de entendimiento ininteligible, que se desparraman por esa celulosa transformada hay toda una historia que suelo conocer y tras esas frases redichas no me resulta complicado ver los ojos.

Algunos de estos interesados son visitantes habituales de mi oficina pero hay otro grupo que llamaría de "ida y vuelta". Son seres inhabituakes que un día, en el que los conozco, aparecen por la puerta con la espalda invisiblemente doblada por la espalda de un problema, algunos de especial complejidad y de difícil solución que hay que desenmarañar. Yes, a partir de entonces, cuando esa visita se convierte en algo de costumbre y durante semanas, o incluso meses, nos convertimos en algo más que contertulios y, aprendemos a conocernos, hasta que llega ese momento en que un simple  escrito pone final, en general feliz, a tan elaborado proceso.

Y, después de eso, ya desaparece y es sustituido por otros y por otros problemas, pero hay veces que al cabo de unos años, vuelve aquel rostro, que se hizo familiar, a aparecer. El otro día reconocí a una mujer que vino por otra cosa, y le dije: ¿tú eres la mujer de Pepe? Si, me contestó. Y, aunque hacía diez años que no la veía y estos se habían incrustado en su rostro, recordaba las muchas veces que tuvimos que hablar por el caso de su marido. A él nunca más volví a verlo. Hoy está trabajando en el campo. También el otro día volvió por allí una joven, quien hace varios años fue visitante asidua, con un gran problema familiar su madre había muerto hace años y ahora era su padre el que había fallecido. Ella estaba recién casada y los hermanos aún eran pequeños. El otro día me estuvo contando que su hermano pequeño, ya todo un hombre, estaba ya trabajando y con un sueldo medianamente bueno. Y recordábamos aquella época en que lo pasaron tan mal y que hoy, eso fue lo que más me animó, la podía recordar con una gran sonrisa en la boca.


La circunferencia redonda

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        Sí ya sé que es algo reiterativo el título de este post, pero se me ha ocurrido al sufrir las circunstancias, que empujadas por algunas personas determinadas hoy se han esforzado en convencerme de que las circunferencias tienen vértices. Inicialmente me ha supuesto un cierto trastorno, pero no me ha durado mucho, aunque todavía noto un cierto temblor cuando lo recuerdo. Pero yo sé algo que ellos desconocen y de lo que no pueden hacerme dudar: que el cociente entre su longitud y su diámetro será siempre, mal que les pese el número p.


Giro del cuello

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            Ella se despertó con un fuerte dolor de cuello. Siempre dormía sobre su lado izquierdo, mostrándole a El, aunque ya no prestara demasiada atención a Ella, lo mejor de su anatomía trasera. Durante el día engañó el dolor con cremas y antiinflamatorios, pero lo peor fue al acostarse. El único alivio que sentía era cuando se giraba hacia el lado derecho de cara a El, pero inconscientemente Ella, ya que El se quejó siempre que su aliento sobre su cara le molestaba, al despertar dolorida, se encontraba repetitivamente girada, como lo había hecho en los últimos veinte años, hacia su lado izquierdo.

            El dolor se le convirtió en crónico y ya temía que, debido a que había superado la cuarentena, se le transformara en perenne, como el deterioro paulatino de su relación con El, lo  que un día la condujo a compartir colchón ajeno con un El diferente. Aquella noche ahogada en recuperados efluvios pasionales, antes inimaginables, Ella se olvidó del dolor de su cuello para centrarse en otras cosas más placenteras a la par que efímeras. El ejercicio desembocó en una gustosa extenuación y tras horas de reposado sueño en compañía del otro El, se encontró que, por primera vez en muchos años, había dormido girada a la izquierda. y no pudo reprimir una sonrisa al abrir sus ojos y disfrutar de aquel rostro, que la miraba deseoso y sonriente, tan cercano al suyo

             Al día siguiente Ella se sintió doblemente feliz: por el dolor ausente y las sacudidas de placer que le provocaban los inmediatos recuerdos, pero cuando volvió a su cama habitual, y con ello su giro hacia el lado izquierdo, se recuperaron los dolores de cuello. Pero, ahora, algo le animaba: sabía que su dolor no sería perpetuo, sólo duraría las dos semanas que le quedaban para que se reencontrara con el otro El y volviera a dormir girada a hacia la derecha. 


Transformación

         El otro día estuve en una audición musical en el Conservatorio con motivo del final del primer trimestre. Los músicos eran niños esforzados que tocaban con más afición que calidad, algo que poco importaba a padres y abuelos que lagrimosos y emocionados aplaudían tras las correspondientes actuaciones. Cuando le tocó el turno a una joven de aspecto desgarbado y hablar ordinario y ceceante, una de tipo "cani" como dicen ahora los adolescentes, acercó la flauta travesera a su boca y cual si un coro de los ángeles allá estuviera, dejó escapar una agradable melodía que enmudeció de sorpresa al auditorio. Y es que, pensaba el aspecto externo de una persona y la creatividad que emite, en cualquiera de sus formas, no tienen nada que ver.

           ¿Cuántas veces habremos leído un libro pleno de sensibilidad, de esos que nos llegan bien dentro y cuando hemos leído una entrevista al autor nos hemos quedado francamente decepcionados? O hemos visto un cuadro de gran belleza y el pintor resulta ser un tipo hosco y desaliñado. Y es que la creatividad es algo que está más allá de toda cuadrícula, no se puede encerrar entre muros, es libre y vuela por todo el universo, esperando ese ser cualquiera capaz de atraparla y sobre todo expresarla a los demás.


El sacramento de la vela de Navidad

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           "Era víspera de Navidad; la primera Navidad fuera de la patria…

           …La misa de media noche fue muy hermosa cantada por los aldeanos, vestidos con pantalones de cuero hasta la rodilla, con gruesas medias y aún más gruesos zapatones. Tocaron sus instrumentos, con melodías típicas de Baviera. Parecían y bien podrían haber sido, los pastores de Belén. Cuando todo acabó se hizo un gran silencio. Por los valles se distinguían lucecitas caminando: eran ellos que regresaban presurosos glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído.

            Hacia la 1,30 de la madrugada, suena la campanilla del convento. A la puerta está una viejecita. Aferra un farol encendido. Va toda envuelta en un grueso manto color ceniza. Traía un paquetito. Dijo: “Es para el Paterle (padrecito) extranjero que estaba en la misa del gallo”. Me llamaron. Me entregó el paquete todo adornado, con breves palabras: “Usted, señor, está lejos de su patria, distante de los suyos. Esto es un regalo para usted. También para usted hoy es Navidad”. Me apretó fuertemente la mano y se alejó en la noche bendecida por la nieve.

              En la habitación, solo, mientras recordaba imágenes de la Navidad en casa, muy parecida a ésta aunque sin nieve, deshice con reverencia el paquete. Era una gruesa vela color rojo oscuro, toda trabajada y con un fuerte soporte de metal. Una noche iluminó la noche de la soledad. Las sombras se proyectaban largas y trémulas en la pared. Ya no me sentí solo. Fuera de la patria había acontecido el milagro de toda Navidad: la fiesta de fraternidad de todos los hombres. Alguien había entendido el mensaje del niño: hizo del extraño un prójimo y del extranjero un hermano.

             Hoy todavía después de algunos años, la vela vigila durante la Navidad sobre el estante de los libros. Todos los años, en la noche santa, se enciende. Y se encenderá siempre. Al encenderse recordará una noche feliz, entre la nieve, en la soledad. Recordará el gesto de dar que es algo más que un brazo extendido. Traerá a la memoria el regalar que es más que dar. Hará presente la Navidad con todo lo que significa de humano y de divino. Esta vela de Navidad es más que una vela cualquiera por muy artística que sea. Es un sacramento navideño. "

(Los sacramentos de la vida - LEONARDO BOFF)

            Cada vez que leo este texto resuena en mi interior despertando mis emociones, tal vez porque yo tuve la experiencia de ser acogido en un día de Navidad y conté con una serie de personas que no me hicieron sentirme extranjero en tierra extraña, sino uno más de ellos. Desde aquí, en este día, mis mejores deseos de felicidad para todos los que entráis por aquí de vez en cuando. Se las deseo, especialmente, a aquellos que se sienten envueltos en la soledad y, también, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que tanto abundan en el mundo y de los que tan poca propaganda se hacen.


El día de la independencia

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             Arístides Oiratilos fue hijo único y eso le convirtió en un niño solitario e independiente. Sus diversiones transcurrían en la más estricta soledad ya fuera devorando libros como un león hambriento o interminables partidas de ajedrez contra él mismo, que irremisiblemente quedaban en tablas. Cuando creció siguiendo la estela familiar montó una empresa, le sonaba bien eso de ser autónomo y en ella pasaba horas, semanas y días. Pero como a todos también a Arístides le llegó esa flaqueza, luego se dio cuenta que era eso, del amor y fue cuando, un día que fue a encargarle un trabajo, conoció a Rosaura. Sus ojos acaramelados, sus andares pausados, su hablar meloso, sus curvas ondulantes, sus pechos consistentes, sus manos perfectas…nunca supo qué de todo aquello contribuyó a quebrar su instinto de lobo ermitaño y le hizo caer en sus redes.            

             Tras un corto noviazgo Rosaura lo empujó, así se sintió, al altar y tras un viaje de novios a un islote solitario, que eligió Arístides, iniciaron su vida de casados. Rosaura resultó ser una mujer trabajadora, hacendosa y…mimosa. Desde que levantaba hasta que se acostaba estaba pendiente de Arístides. Tras afeitarse por la mañana se encontraba su ropa perfectamente planchada sobre la silla y el desayuno en su punto en la cocina. Durante la mañana la voz almibarada de Rosaura sonaba en el oído de Arístides cuando el teléfono del trabajo sonaba varias veces, para preguntarle cómo estaba, qué quería comer o si necesitaba que le comprara algo de la calle. El almuerzo lo esperaba puntualmente sobre la mesa y cuando se iba a tumbar en el sofá se encontraba el cojín arrellanado por las manos de Rosaura, quien se apresuraba a colocarle una manta sobre las piernas en cuanto se sentaba. La tarde transcurría de forma análoga a la mañana tras la cena, ella se sentaba junto él, le preguntaba por el canal que quería ver y, a continuación, le daba un masaje en la espalda para relajar tensiones, en lo que era experta. Cuando él vencido por el cansancio se iba a la cama se encontraba allí con una bolsa de agua caliente preparada con cariño por su mujer.  

           Todo esto que a muchos hombres haría feliz empezó, poco a poco, a causar un cierto hartazgo en Arístides. Y como muchos empezó a mirar hacia atrás con nostalgia de lo que había dejado: la independencia. Anhelaba sentirse libre, el poder equivocarse sólo, estirar los brazos sin el peligro de darle a su mujer en la cara. Se sentía sumamente agobiado y quería huir de aquella reclusión, aunque la jaula fuera de oro, en que se sentía sumido. Fue, entonces, cuando se le ocurrió la idea de ir de vacaciones a esquiar a Sierra Nevada. Serían unos días donde él, experto esquiador, podría dedicarse durante horas a deslizarse, libre como un pájaro, mientras ella quedaría en el hotel. 

             Arístides supo que aquel día sería diferente, cuando sintió el aire fresco de la sierra. Se ajustó los esquíes y subió al telesilla. A su alrededor se agolpaban otros muchos esquiadores pero él se sentía liberado lejos del cuidado protector de su mujer. Empezó a deslizarse primero despacio y luego, a medida que recuperaba la habilidad de antaño, a mayor velocidad. Se sentía libre. Hoy iba a ser el día de la independencia. ¡Volaba! Sorpresivamente tras dar una curva apareció una piedra y no supo como si todo era blanco, en un instante, se transformó todo en negro.  

              Todo esto pensaba Arístides en el primer aniversario de aquel suceso. Rosaura se inclinó amorosamente y con un pañuelo le limpió la saliva de las comisuras de los labios, mientras Arístides intentaba esbozar una sonrisa. A continuación aquellas manos perfectas siguieron empujando la silla de ruedas en la que se desplazaba su marido.              


Se busca...

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               Es difícil indicar cuáles son las razones que me conducen a la lectura de un libro porque son variadas. Unas veces es cuando llega en forma de regalo, otra cuando me grita que se quiere venir conmigo desde lo alto de la estantería de una librería, en otra ocasión una crítica desde una revista me atrae el interés y últimamente, cada vez más, por el boca a boca de algún lector del que me fío o de los consejos que me dan por internet. De todo ello la conclusión que saco es que hay libros que me atraen, que me obsesionan hasta que los acabo, pero que  los que en verdad me dejan huellas son aquellos que no son conocidos, ni aparecen en las listas de los más vendidos y que, casi por azar, llegaron a mis manos.

                Uno de esos títulos que me llegaron por caminos extraños ha sido "La modificación" de Michel Butor. Lo he intentado buscarlo en mi librería habitual, pero al parecer está agotado hasta en la editorial. Me he quedado con la frustración de querer sumergirme en sus páginas y la imposibilidad de poder hacerlo.

                Por eso he puesto el "se busca" en este post, ya que la única posiblilidad sería la de encontrar algún ejemplar arrumbado en cualquier librería cercana a cualquiera que un día entrara por aquí.  Si alguien lo encuentra agradecería que me avisara...


Carta a los Reyes Magos

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Cogí papel y una pluma

y me dispuse sereno

a escribir una misiva

en que plasmar mis deseos.

 

Me vienen muchas cosas

pero todo es etéreo.

Tiro el papel a la basura,

y cuelgo mi mente a un sueño.

 

No quiero algo material,

regalos más duraderos:

Un corazón que en mí piense

y me regale unos versos.

 

Una  gran caja invisible

atestada con mil besos

con un lazo de arco iris

que los convierta en eternos.

 

Muchos y grandes abrazos

que, atraídos por el viento,

lleguen corriendo hacia mí

envolviéndome el cuerpo.

                       

Unas jugosas caricias

que surgiendo de unos dedos

se resbalen por mi piel,

haciéndome un hombre nuevo.

 

Que se entierren los adioses

y florezca este reencuentro

con ojos iluminados

y corazones abiertos.

 

Que vayamos los dos juntos

y caminemos parejos,

enterrando soledades

muy adentro, bajo el suelo.

 

Manen lágrimas alegres

salpicándose el albero,

broten alfombras de flores

coloreando el yermo.

 

Quiero, pues, cosas perpetuas

que permanezcan  bien dentro,

y aunque pasen muchos años

se adhieran a mi recuerdo.


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