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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2006.

Paseo

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Llegaste frente al mar,

tu presencia lo acarició

y tus largas pestañas

peinaron sus aguas

originando rizos

y bucles de espuma blanca.


La sombra

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No sé desde cuando me acompañabas, pero un día, fascinado, me percaté de tu presencia. Una imagen silenciosa y acogedora que acompañaba a mis pasos por todos lados, esquinas y recovecos. Te movías a mi vez y, en medio de penas, saltos o desesperos tu figura callada nunca faltaba. Al ser consciente de tu presencia me acostumbré a tu compañía, solícita y no exigente. Estaba deseando sentirme bañado por la luz para sentirte a mi lado, ¿o era al revés, que cuando estabas junto a mí me inundaba la luz? Te hiciste imprescindible en mis días y en mis sueños, en mi soledad y en mis deseos, en mi silencio y en mis esperanzas, y necesaria en mi cotidianeidad. Me sentía un privilegiado por haberme preferido a mí a cualquier otro.

Pero todo tiene su precio y dicen que siempre llega un momento en que las circunstancias de la vida que al igual que prohíben caminar siempre en la desesperanza también vedan una felicidad sin sobresaltos. No siempre se puede circular bajo la luz, pues precisamente ésta alumbra por su contraste con la oscuridad. Y entonces, con lágrimas pero sin palabras, nos dijimos adiós querida sombra, para que cada uno, por nuestro sitio, siguiéramos nuestro particular rumbo en pos de eso que ni tú ni yo sabemos muy bien lo que es. Hoy, con mucho trabajo, me estoy acostumbrando a andar sin nadie a mis espaldas, se me está haciendo complicado el camino, pero sin duda, lo iré consiguiendo. ¿Y sabes una cosa? Conservo aún un germen de ilusión en mi interior porque estoy seguro, que si en algún momento te necesitara, me bastará echar una mirada hacia atrás para verte detrás de mí con la más hermosa de tus sonrisas.




Adiós al otoño

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El otoño,

arropado con ternura

por la manta de nieve

del invierno,

se durmió mansamente

mientras soñaba

convertirse en primavera.

 

 

 

 


¿Los reyes majos?

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       Ya iniciamos el final de la escalada de estas fiestas. Hoy queda la cabalgata, antes había una sola, ahora cada calle, cada barrio, cada asociación de vecinos, tienen la suya. Por lo que se multiplican esos señores disfrazados, a veces incluso con destacados pechos (reyas), que aumentan la perplejidad de esos niños avispados que conservan aún la inocencia. Los que deben estar haciendo su agosto son las fábricas de trajes de reyes. El otro día me enteré que el salir en mi pueblo de rey mago, supone un desembolso de 21.000 euros, no entiendo a que es debida la cola que hay para serlo.

     Todavía nos quedará la noche, en que cual embozados caminaremos por rincones oscuros de la calle y subiremos sin hacer ruido las escaleras de casa con grandes cajas envueltas en sábanas. Mañana es día de ilusión para los niños, pero también de grandes decepciones. Sigo pensando que no lo estamos haciendo bien. Se observa al ver la cabecita del niño asomando entre los juguetes y triste porque le falta una de las cosas que había pedido. O cuando al final del día se van a la cama y tienen algunos juguetes, aún en sus cajas porque no tuvieron tiempo material de abrirlos. Y lo que creo es que cada año va empeorando la cosa.

     Desde mi humilde postura este año he intentado hacer "objección de reyes", he dedicado sólo una mañana a ir de tiendas a regalar sólo lo imprescindible. Y cuando alguien me ha preguntado que quería, le he dicho que nada, aunque sé que probablemente algo caiga. Pero es verdad, este año no querría cosas materiales, mi regalo ideal sería este año que todos los que me quisieran regalar algo dedicaran el tiempo y la energía, que se gastan en comprar, a pensar qué actitudes pueden cambiar o transformar para que yo me sienta más feliz. Creo que eso sería más productivo a todos los efectos...y sin duda más difícil. 


Borrar

20060106220544-goma.jpg           Ayer creo que me equivoqué debía haber pedido algo material a los reyes: una gran goma de borrar, con la que poder borrar este día. O tal vez me hubiera bastado con un mando a distancia que me hubiera permitido el cambiar de canal.

Siguiendo

     Sigo por aquí, agradeciendo los ánimos tras el post de ayer, y mucho mejor tras el sueño reparador de la noche y el ajetreo de la mañana. No pasó ayer nada especial, sólo lo de siempre, la guinda de unas fechas que en un sólo día parece que quieren despedirse siempre de manera agobiante y explosiva. Lo peor es cuando ves que, en ocasiones, la vida es un ciclo y conoces como cuando en un reloj se acerca las doce que van a sonar las doce campanadas, y que por mucho que lo intentes el reloj no se para y al final las doce campanadas suenan y no porque te lo esperaras ibas a sufrir menos su efecto, todo lo contrario esa agónica y previsible espera acentúa sus consecuencias sobre ti y sobre tu ánimo. Sobreviviré y seguiré caminando, ya me olvidé de ayer y le acabo de sacar brillo a la mejor de mis sonrisas antes de subírmela a la cara.


Cifras y letras

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      No me voy a referir a ese programa concurso que sigue incombustible,durante años, en las sobremesas de la 2, sino a ese conjunto de números y letras que de alguna manera usamos para definirnos. Por un lado tenemos los conjuntos de números que forman el DNI o el número de la Seguridad Social, personales e intransferibles. Por otro nuestro nombre, que depende del buen gusto de nuestros padres y los apellidos que nos caracterizan de que familias procedemos. El número de pie y los centímetros de estatura, también nos identifican de alguna manera, el peso, aunque este dato, sin duda, es más variable.

      Todas estas cifras y letras sirven de alguna manera para completar nuestra imagen físico-jurídica, pero sin embargo poco dicen de cómo somos en realidad. Nuestra esencia es algo diferente, mucho más vivo y que pasa por todos los colores del arco iris y desconocida, en muchos aspectos hasta para nosotros. Por eso si queremos conocer a una persona de poco nos sirven todas esos conjuntos de números, entran en juego otras cosas: el conocer que le emociona, de qué color le gustan las caricias, cuando lloró por última vez, con qué música se le eriza la piel, qué tipo de libros prefiere, ante que sonríe...

      Son esa serie de datos que no aparecen en ningún sitio y que nos obligan e implican un acercamiento más allá de las palabras cuando alguna vez nos atrevemos a sumergirnos en ese apasionante mundo qué es la amistad.


Jarhead (El infierno espera)

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     Si siempre especialmente me ha gustado el cine bélico, más me ha gustado esta película y precisamente porque no es una película de guerra al uso.  Está basada en la historia autobiográfica de un marine en la guerra del Golfo.  Y en sus imágenes se llega a respirar la cercanía de la cotidianeidad, a veces rayando en la monotonía del día a día del soldado. Es una historia que se nota cercana al espectador, aunque estemos muy  lejos de allí, los acontecimientos históricos en que está basada los tenemos todavía relativamente cercanos. En ella podemos encontrar esos momentos carentes de lógica que todos los que hemos hecho el servicio militar hemos conocido, momentos de compañerismo y amistad,  de aburrimiento y situaciones límites, de ilusión y desesperanza. El desierto llega un momento en que se nos hace un rincón habitual y no se entiende muy bien, en ocasiones, que hace aquel pelotón variopinto patrullando por un lugar sin límites o duchados en petróleo. Aunque hay instrucción, no hay batallas. Aunque hay muertos, no vemos como mueren. Llega un momento en que un soldado que se considera perfectamente preparado se desespera y berrea, porque no le autorizan a disparar a un enemigo indefenso. Los únicos tiros que se pegan son los que al final celebran el final de la guerra.

    Una película digna de ver y que nos acerca, en definitiva, a ver lo que piensa un soldado, un hombre, en una situación de guerra, algo muy diferente a lo que estamos acostumbrados por unos medios de comunicación que, en este campo, suelen estar cuidadosamente manipulados.


Vuelta al trabajo

Tras agotar los últimos días de vacaciones que me quedaban del verano del 2005, ¿quién se acuerda ya de él?, ayer volví al trabajo e inicié mi año laboral. Como siempre que falto unos días seguidos de mi trabajo, temo la vuelta, no sabiendo lo que me puedo encontrar allí. Lo primero una llave que a mi compañero se le atascó en la puerta de entrada, desde el primer día del año...y allí seguía. La mesa llena de papeles que se acumulaban por doquier. Expedientes que se tenían que haber resuelto durante estos días, en los que se tardaba poco más de diez minutos, allí seguían cubriéndose de telarañas. Una señora había anotado una reclamación en el libro de Quejas, para colmo vive en Lepe, parece que suena chiste, pero parece un poco increíble recorrer casi trescientos kilómetros para ir a mi oficina a quejarse de cómo funciona. Una colección de nueve incidencias que mi compañero debió resolver, aparecían intacta, resolvió media y cómo tenía miedo de equivocarse prefirió dejarlas a que yo llegara. Vamos que creo que estos días ha aprovechado un poco para hibernar durante el tiempo de oficina. ¡Qué trabajo le cuesta a algunas personas darse cuenta que detrás de algo tan vulgar como un papel hay personas, con lo que eso significa! Ayer, por tanto, no tuve tiempo ni para respirar. Hoy, no sé si por agotamiento, mi compañero no ha ido, dice que está enfermo.


Buscando el silencio

Aquel hombre aturdido por el ruido exterior decidió buscar y sumergirse en el silencio. Pero se equivocó y acabó encerrándose en sí mismo. Y a medida que profundizaba, el creía que en el silencio, el mundo se iba cerrando a su alrededor, sin apenas dejar resquicio con el que comunicarse con el exterior, hasta que llegó un momento que estaba totalmente aislado. Le parecía que disfrutaba y se estaba oxigenando del sosiego, pero en aquel mundo cerrado, cuanto más pasaba el tiempo, el oxigeno se iba transformando en CO2 sin posibilidades de regeneración. Llegó un momento en que se le hizo difícil respirar, el dióxido de carbono se lo impedía y ello de menos el ruido, pero ahora le resultaba complicado encontrar una salida de allí. Dio cabezazos, patadas contra las paredes, hasta que abrió un agujero y dio un largo y prolongado grito.

-Qué le gusta a la gente el ruido, con lo bonito que es el silencio-pensó uno, que pasó por allí y estaba empezando a encerrarse en sí mismo.


Comunicándose

Desde los albores de la humanidad y una vez emitido el primer UGGG, los seres humanos buscaron la forma de comunicarse cuando estaban alejados. En principio sólo fue gritar más fuerte, pero cuando la distancia aumentó hubo que buscar otras formas de lograr qu se mantuviera la comunicación, entre estas puedo citar a algunas:

-La más instantánea: el sms.

-La más original: el silbo gomero.

-La más desesperada: el mensaje en una botella.

-La más contaminante: las señales de humo.

-La más rítmica: el tam-tam.

-La que se va perdiendo: la carta.

-La que depende de la meteorología: señales con espejos.

-La más cómoda: el correo electrónico.

-La que más interrumpe: el teléfono.

-La más sutil:el abanico.

Pero estas y todas las maneras que se nos puedan ocurrir de comunicarnos entre dos personas no valdría para nada, si esas dos personas, previamente, no tuvieran ambos corazones tocando una sutil música en la misma tonalidad. Si no fuera así por mucho que hablaran, nunca se llegaría a una verdadera comunicación.

 

 


Serendipity

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Es un término anglosajón que se podría traducir como:"La facultad de hacer, por casualidad, descubrimientos afortunados e inesperados" (Oxford Avanced Dictionary 1974). Sería esa capacidad, facultad o don de descubrir cosas no buscadas. Y esos descubrimientos en parte tienen que ver con la sagacidad y preparación del que busca y en parte-y eso es lo que importa- no guarda relación entre causa y efecto. Y en todo caso no sólo son fortuitos sino que resultan positivos: agradables, útiles, asombrosos, novedosos, etc.

Muchos de los descubrimientos científicos (principio de Arquímedes, Ley de la Gravedad de Newton, estructura química del benceno de Kekulé...) se descubrieron por accidente, por serendipity.

Algunas actitudes o características a tener en cuenta para desarrollar una educación serendípica

1)Capacidad de asombro e iluminación: Sería la habilidad de dejar que las cosas sucedan, de saber dar la bienvenida a lo que se presenta, e incluso de sentirse a gusto con situaciones en que parece que uno va perdiendo el propio control. Este estado está acompañado de una profunda alegría y gran entusiasmo.

2)Capacidad de silencio interior: El ruido y la palabrería nos aturden y huimos del silencio reflexivo o admirativo, del silencio interior que acoge no sólo pensamientos y acciones sino también sentimientos, presencias y soledades. Debemos potenciar ell "darnos cuenta" si queremos estar abiertos a nuevas sensaciones, percepciones y sentimientos más allá de los habitualmente conocidos y por ello poco saboreados.

3)Capacidad de atención corporal: Serendipity tiene que ver con intuiciones y descubrimientos que -en gran parte-tienen como base toda mi corporalidad en su globalidad y detalle. Todos están de acuerdo en que el cuerpo proporciona una sabiduría distinta de la mente, pero sólo las que la practican consiguen estar preparados para descubrimientos serendípicos.

4)Capacidad de descubrir lo gratuito: Es una invitación a aceptar la realidad como lugar de encuentro sorpresivo y agradecido, como un don ofrecido continuamente en el día a día a quien tiene ojos o sensibilidad para descubrirlos y vivirlos así.
(Ideas extractadas de un artículo de Carlos Alemany)

Cuando leí estas ideas me impresionaron especialmente, sobre todo porque me ilusionó el hecho de "serendepitar" mi cotidianeidad. Me he dado cuenta que esta experiencia de serendipity la he notado muchas veces: en decisiones que me hicieron ir por un determinado camino, en un encuentro con una persona que me transformó la vida, en la lectura de un libro que me iluminó perspectivas nuevas, en alguien que conocí por casualidad a través de la web, en un gesto que me reveló algo sorprendente... Tenemos que cultivar esta actitud y capacidad para no perder esas valiosas oportunidades. Hay una película con ese título "Serendipity", me pareció un tanto bobalicona aunque también trata este tema de casualidades afortunadas.

¡Qué tu vida se "serendipitice"!


Gotas

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              Tras varios días amenazando lluvia, con un cielo cubierto de nubes, hoy la llegada del atardecer llegó acompañada del repiqueteo de la lluvia sobre los cristales. Un agua anhelante, machacona que tamborileaba el cristal con una melodía heterogénea. La tierra seca abrió sus fauces para tragarla a chorros. No lejos las olas rompían en la arena ya negra y sonreían la llegada de sus dulces hermanas.


Entre paréntesis

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       Voy a apartarme  por un tiempo de este mundillo de la blogosfera, una serie de circunstancias que  han coincidido en estos días me han llevado a sentir esta necesidad, a hacer un pequeño paréntesis en esto de la escritura-lectura de blogs. Serán sólo unos días en los que dedicaré ese tiempo a otras cosas: observar las yemas que empiezan a surgir en las plantas, darle un empujón a la lectura de una serie de libros que tengo pendiente, acariciar la arena de la playa con la suela de mis zapatos y ver como el brillo de la luna llena va decreciendo un poco cada día.

      Espero volver pronto para seguir construyendo post con las palabras y seguir disfrutando de la lectura de vuestros blogs amigos.


Puré de patatas con carne

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     No es que me entusiasme la cocina, mis conocimientos no son muchos y más bien lo hago por mera supervivencia, pero con vistas a organizar por escrito algunas de las recetas que hago, que procuro que sean simples, pasaré a publicarlas, de vez en cuando, en el blog.

Este plato se hace en tres fases:

1)      Cocimiento de huevo: Se añade en un cazo agua y se le añade sal, en el momento que hierva se mete un huevo y se tiene hirviendo durante trece minutos y medio. Para desprenderle la cáscara fácilmente echarle un chorro de agua fría.
2)      Preparación de la carne: Se usan tres cuartos de carne picada, mezcla de cerdo y ternera. En una sartén grande se echa un chorro de aceite, poco más que para cubrirla superficie. Se pica una cebolla mediana y se pone a freír, hasta que se ponga transparente, en ese momento se añade la carne picada.  Se le echa sal, media lata (de las pequeñas) de foiegras, media pastilla de caldo de carne y un chorro de vino de manzanilla que le da muy buen sabor. Con una espumadera se le va dando vueltas a la carne hasta que todo el color rojo se transforma en marrón, luego se le deja un rato más, aproximadamente una media hora. El huevo duro se trocea y se añade. Se le puede echar perejil picado, pero aunque a Arguiñano le guste mucho a mí no me hace demasiado gracia.
3)      Preparación del puré de patatas: En una olla se echan dos litros de agua con sal. Un trocito de margarina y un chorro de leche. Cuando empieza a hervir se retira del fuego y se le va añadiendo el puré de patatas (el que me gusta es el Maggi), girando con una cuchara de madera en sentido de las agujas del reloj, aunque si se gira en sentido contrario probablemente sepa igual. Se le va añadiendo, aproximadamente son dos bolsas, hasta que adquiera consistencia, sin pasarse.  En una sartén aparte, con muy poco aceite se fríen un par de dientes de ajos muy picaditos hasta que se doren, en que se añade todo al puré y se remueve, ganando éste en sabor. Rectificar de sal. Yo suelo hacerlo con el olfato, pero es que llevo más de veinticinco años haciéndolo, al principio mejor probando con una cuchara.
Cogemos una fuente grande de cristal y añadimos puré de patatas hasta cubrir el fondo. A continuación la carne picada y sobre ésta el resto del puré de patata, extendiéndolo uniformemente con una cuchara. Ya tenemos el plato bien preparado y dispuesto a comerse. En esto suelo tardar unos 52 minutos, en los que incluyo los distintos artilugios empleados ya fregados. Mientras la carne se va haciendo se puede hacer simultáneamente el huevo cocido y el puré de patatas, con lo que se gana tiempo.
 

Si alguien se anima a hacerlo y añade nuevos condimentos me gustaría saberlo para ir perfeccionando la receta.


Los primeros pasos

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        Siempre es emocionante ver a un niño dar sus primeros pasos. Cuando vemos esa figura menuda con esas nalgas engordadas por los correspondientes dodotis, que se alza de manera inverosímil sobre sus dos pies y empieza a andar de manera titubeante. Al principio tal vez caiga, rebajada su caída por los brazos de su madre, para volver a levantarse, impertérrito, oscilante, admirablemente, para ir trazando sobre el suelo un rastro invisible con el dudoso equilibrio de esos pasos casi mágicos. La madre estará atenta hasta que su atención se rebaja cuando ve como esos pasos, que se convierten en firmes, van iniciando a ese niño en su camino en la vida.

       Unos pasos que, cada vez, caminarán más seguros. Al poco tiempo no necesitarán ni esas manos de  la madre, ni la mirada que le sigue. Y un día saldrá solo por la vida y ya sabrá caminar muy rápido e incluso correr. Pero aquella seguridad en el camino habrá días que vuelva a flaquear, sobre todo cuando aparecen otros muchos pasos que interferirán los suyos y tendrá que encontrar la forma de rodearlos para no tropezarse. Y tal vez algún día, se detenga y al mirar a su alrededor, no sepa por qué le venga una cierta nostalgia de aquel día en que su paso vacilaba y tenía unas manos acogedoras y seguras donde poder agarrarse. Hay quien me dijo un día que encontró esas manos en las que, en ciertos momentos, poder abandonarse.  Y es que, a veces sienta muy bien, eso de dejar descansar los engranajes mentales que continuamente nos preocupan y dejar que se mezcan  en los brazos de esa persona a la que queremos.


Desmemoria

       España está viviendo una fiebre adolescente que ya parecía superada.  Los papeles vuelan, los militares largan y a los parlamentarios les pica el insulto en el escaño. Es como si de pronto hubiera vuelto la Transición a saldar asignaturas pendientes. Pero la gente ya está transida y exhausta. Ahora lo único que desea es estar desmemoriada.

(Carmen Rigalt en El Mundo)

 


Una sonrisa marcada

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                El siempre estuvo enamorado de Ella desde que de pequeños compartían sus juegos con otros niños. Su crecimiento lo único que hizo es aumentar su interés por Ella y el aparente desinterés que Ella tenía por Él. Él sólo esperaba un momento, que nunca llegó, para ser el más feliz del mundo. Pero un día en ese cruce diario, que les imponía la vecindad al ir a sus trabajos, El creyó captar una sonrisa en los labios de Ella. Fue un momento mágico, en el que sintió que todo a su alrededor se iluminaba de mil colores, le temblaron las vacuolas de cada una de sus células y una alegría inusitada le inundó todo su ánimo de tal forma que le pareció flotar. Aquella sonrisa de Ella se le quedó impregnada en su espíritu como si se la hubieran marcado con un hierro candente, imposible de eliminar.  Aquel instante prendió en El y  se le hizo inolvidable. Aquella sonrisa se convirtió en lo único que dio sentido al resto de su vida.

                Fue capaz de elaborar aquella sonrisa, de medir los labios, su tono rosáceo, su piel jugosa y su suave textura. Era capaz de distinguir la abertura de aquella sonrisa, las arrugas marcadas en las comisuras de los labios. Los dientes que cual perlas blancas que asomaban a su través, los colmillos un poco más largos que el resto, los de abajo algo atropellados. La guardaba como el que guarda un tesoro de infinito valor. Una cuantía que le animaba en sus noches de soledad, en sus épocas de desánimo, en sus tragedias cotidianas. Siempre seguía hacia delante recuperando la sonrisa de Ella. Y los años pasaron y Él envejeció y aquella sonrisa pareció darle aires de ilusión y juventud, porque Ella envejeció también y de peor forma hasta que falleció. Enterado del óbito El acudió a verla en su póstuma postura. Le costó trabajo subir pero la sonrisa le dio empuje y entonces fue cuando vio a Ella, como dormida. Parecía sonreírle pero vio algo que le llamó la atención, aquella sonrisa no era la que él recordaba. El color de sus labios era diferente, los dientes amarillentos se amontonaban en las encías y los colmillos eran más cortos que los otros dientes. Aquel descubrimiento le supuso una tragedia. Había basado todas sus ilusiones y, en definitiva, su vida, en una sonrisa equivocada. Fue como si de pronto nada tuviera sentido y hubiera perdido su razón de ser. Notó su cuerpo muy pesado y el corazón con una aceleración desconocida, como acostumbraba quiso imaginarse la sonrisa, pero le resultó imposible figurarla, había desaparecido de su mente. Su cuerpo empezó a agitarse, a temblar con unos movimientos imparables, hasta que un fuerte suspiro detuvo su corazón.
 

                 En toda su vida, ni cuando se sentía iluminado por la sonrisa, pudo imaginar que moriría a los pies de Ella. Seguramente si alguna vez se le hubiera ocurrido, la sonrisa la habría esbozado Él.


Cinco extraños hábitos

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Siguiendo la invitación doble de Candela y Tana, paso a citar mis cinco extraños hábitos, que tanto se están leyendo ahora por los blogs:

1)      Desde los trece años, escribo siempre con bolígrafo negro y no utilizo nunca el azul. Incluso cuando dibujo me gusta sombrear con bolígrafo de ese color.

2)      Cuando me siento en cualquier fila, procuro siempre hacerlo en el pasillo. Eso es reminiscencias de sentarme en los autobuses, donde al no entrarme las piernas con el asiento de delante debo sacarlas siempre hacia el pasillo.

3)      Hay telas cuyo tacto se me hace insoportable como la de los impermeables y el raso. En una ocasión en que me acosté sobre unas sábanas de raso, me tuve que levantar a los cinco minutos para cambiar las sábanas ante la imposibilidad de pegar ojo.

4)      Nunca salgo de casa sin las gafas de cerca en el bolsillo, me agobia mucho el pensar que me pueda encontrar con cualquier letra y la vea turbia siendo incapaz de leerla, y tampoco sin el bolígrafo.

5)      No suelo usar peine y no porque esté calvo, sino porque en cuanto el pelo me roza las orejas voy corriendo a pelarme.

No invito a nadie, porque creo que ya hay poca gente que no lo haya posteado, de todas formas si alguien quiere animarse a ello ya sabe.

 


Una antigua compañera de viaje

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                Nos conocimos hace ya varios años, en una época en la que ninguno de los dos peinábamos canas, aunque ella por milagros de la técnica no las peina todavía, en un autobús que circulaba a esas horas imposibles de las 6,30 de la mañana. Vivimos en poblaciones cercanas, unos 20 km. Ella subía después que yo ya hubiera recorrido el trayecto que nos separaba. Los dos trabajábamos en la misma ciudad. Aquel viaje repetido cotidianamente, durante varios años, en aquel viejo autobús que nos obligaba a tener el paraguas abierto en su interior los días de lluvia, nos fue acercando. Y en medio de aquel silencio bañado sólo por el sueño ambiental, una machacona emisora con el programa de Onda pesquera y la charla desparramante de un carpintero ligón que siempre dejaba su asiento libre a la espera de alguna “presa”, empezamos a charlar y nos fuimos haciendo amigos. A ambos nos dieron traslado a nuestras localidades casi a la vez, y temí durante unos días, que desapareció, que no volviéramos a contactar, pero un par de días antes de que nuestros viajes se interrumpieran para siempre intercambiamos nuestros números de teléfono. Desde entonces, ese sigue siendo nuestro modo de contacto, pues en todos estos años con prometidos y nunca cumplidos deseos de visitarnos, sólo nos hemos llegado a ver una vez, brevemente, en un centro comercial.

Ayer estuve hablando con ella, que se recuperaba de una reciente operación de cierta importancia. Estaba un tanto alicaída, en sus años de trabajo ha tenido mucho contacto con la enfermedad, es ATS, pero me decía que cuando la enfermedad te toca a ti misma, es diferente. Es como si el mundo se detuviera y siente que todo lo que sabes sobre medicina no sirve para nada, o peor te perjudica porque te hace dar vueltas a tu cabeza en unos registros a los que el desconocimiento nunca te llevaría. Creo que tengo ahora  un buen motivo para recorrer esos pocos kilómetros que nos separan y vernos después de tantos años.


Una de cigüeñas

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             Frente a mi centro de trabajo se levanta una torre donde se han instalado, de modo permanente, unas cigüeñas. Se han acostumbrado al tiempo de aquí y no les debe valer la pena eso de emigrar a otras latitudes, a riesgo de que alguna otra le usurpe su acogedor nido, por lo que no tenemos que esperar, como antaño, a San Blas para verlas. Sus figuras estilizadas planean continuamente por los alrededores recorriendo torreones y alturas cercanas, acariciando las calles con sus sombras.

             Siempre que las veo me acuerdo de un compañero al que conocí en Zaragoza que, como era millonario en minutos y aficionado a las aves, se dedicó en un cuaderno a hacer un estudio pormenorizado sobre las cigüeñas de una chimenea cercana. A veces, a la hora del desayuno ya no estaba y había iniciado sus observaciones que recogía fielmente, con croquis incluido, en aquel cuaderno. Luego me presentaba sutiles coincidencias, como que hacía una semana en que una de aquellas cigüeñas había dado una vuelta a una torre cercana a las 9,15 h, cosa que había repetido ese día. El colmo fue cuando, no conforme con aquel estudio a distancia, decidió aproximarse. Para ello tuvo que hablar con una vecina cuya azotea estaba muy próxima a la chimenea y allí montó su punto de observación consistente en tres palos de metal formando un trípode sobre lo que deslizó una sábana vieja previamente teñida en una solución concentrada de café, según su teoría el blanco asustaba a las cigüeñas más que color café. A la sábana le hizo un agujero por el que introducía la cámara con un teleobjetivo que pacientemente dirigía hacia aquel nido rompiendo la intimidad de aquella familia, ahora aumentada por el nacimiento de varios cigüeñelos. Aquella mirada curiosa, casi mimosa, asistió a la educación inicial de los mismos por parte de sus padres, pero cuando estuvo a punto de llegar el momento cumbre en que estos alzan el vuelo por primera vez, nos tuvimos que marchar de Zaragoza. Cuando pasamos por debajo de la chimenea mi compañero echó una última mirada, cargada de tristeza, hacia arriba. No sé si será cosa mía pero me pareció escuchar el característico sonido del pico de las cigüeñas que le decían adiós.


¡Manda botones!

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           No soy muy aficionado, en general, a las labores domésticas. A pesar de ello, muchas de ellas forman parte de mi cotidianeidad, sin embargo hay otras que raramente hago. Eso es lo que me pasa, por ejemplo, con el hecho de coser botones. Aprendí, tras un cursillo intensivo que me dio mi madre, cuando me fui a estudiar fuera de casa y me pasaba meses sin ir. Me resultó muy práctico durante años, especialmente en el servicio militar donde otros compañeros menos avezado, distraían los ojales de las camisas con unos clips. Después se ha convertido en algo poco habitual...hasta hoy.

           Necesitaba coser dos botones, uno en un pantalón y otro en una chaqueta. Lo primero fue localizar la caja de costura lo que no resultó demasiado complejo. Otra cosa fue buscar los hilos adecuados. La caja tendrá como treinta hilos de distintos colores, pues precisamente los dos tonos de verde, que necesitaba, se encontraban agotados. Así que me tuve que conformar con tonos relativa y discordantemente similares. Luego vino lo peor, cuando observé que la habitual dificultad para enhebrar la aguja se había acrecentado porque desde la última vez que la usé el agujero de la aguja había disminuido de tamaño. Así que el enhebrado en vez de a ojo tuve que hacerlo prácticamente al tacto. Labor ardua, pero que finalmente conseguí.  La tela era gorda y los empujones por detrás a la aguja me ocasionaba algún que otro pinchazo y el que cada vez saliera por un punto diferente de la tela.  Al atravesar el sentido opuesto tampoco se libró mi dedo de leves y sutiles pinchazos. Finalmente logré tener los dos botones colocados, el hilo disentía del de los otros pero nadie se iba a fijar en ello, así como en que tampoco guardaban una perfecta alineación.

         A pesar de haber conseguido el objetivo pensé que para otra vez me compraba la chaqueta con cremallera, pero ¿no iba a resultar un poco rara?


Los advenedizos

              Todos sufrimos las consecuencias de los advenedizos, de esa gente no habitual y que  razones o circunstancias con las que no estamos de acuerdo la traen a nuestro ambiente habitual con las correspondientes molestias. Es el caso de quien durante todo el año pasea cotidianamente por la playa con la única compañía de las gaviotas y llegado el verano, los advenedizos, la copan impidiendo dar un paso sin pisar a uno de ellos o las cáscaras de pipas que derraman sobre la arena. O el del seguidor de un equipo de fútbol modesto que hasta cuando estaba en los últimos puestos de la tabla acudía a animarlo, pero en cuanto ese equipo está al borde del ascenso, los advenedizos en tropel saturan las gradas y cuando llega tiene que quedarse en la puerta sin ver el partido. O el del creyente que acude dominicalmente a su misa, pero que hoy ha coincidido con la boda de una "celebridad", los advenedizos empinados por ver el vestido de la novia le impiden acercarse y ver siquiera el campanario. O el del que cada domingo compra durante años el mismo periódico,pero hoy regala un gorro de lana, un curso de inglés y  un juego de vasos de bohemia, por lo que cuando se acerca al kiosco solo encuentra el estante vacío mientras los advenedizos cargados de los regalos se acercan a la papelera más cercana a tirar el periódico.

             Muchos y variados casos de estos advenedizos podríamos citar, pero hay un caso peculiar. La de esos que entran en nuestra vida como saliendo de debajo de las piedras y que tras dejar huella de distinto tipo, más o menos profundas, un día sin que sepamos como se convierten de nuevo en advenedizos...pero en otro lugar, por lo que desaparecen. Ya que, en general,nos molestan tanto los advenedizos, quizás sería cuestión de plantearse en que casos formamos también nosotros parte de ese peculiar colectivo.


El Futuro Imperfecto

         El nació el día en que se cumplieron, con exactitud milimétrica, los nueve meses de embarazo. Desde pequeño se comportó como un niño modélico en todos los sentidos y con los años fue creciendo su fama de responsable. Sus notas fueron siempre excelentes y aquel brillante currículo le abrió las puertas de un buen trabajo.

        Pero un día El se encontró con Ella y aquel sólido edificio de su responsabilidad, que tanta seguridad le había dado siempre, comenzó a tambalearse. Al principio los temblores eran casi imperceptibles pero más adelante se convirtieron en fuertes sacudidas que amenazaban con desmoronar su edificio interior. El comenzó a asustarse. Ella desde su privilegiada atalaya no dejaba de observarle entre pícara y divertida. Al fin, no pudo más y El decidió enfrentarse con Ella, la vida real, y preguntarle que por qué había irrumpido en su existencia de esa manera y no le permitía seguir “tan normal” como siempre y seguir siendo tan responsable y consecuente. Ella le habló despacio, no quería asustarlo demasiado y le aclaró que no todo era tan simple como El siempre había pensado y que no podía ser tan “perfecto”, que precisamente era un signo de madurez que, ahora, se hubiera dado cuenta de ello

       Salió de aquella charla tan mudo como reflexivo pero empezó a atisbar, aunque reconocerlo le doliera, que Ella tenía razón y que debía aceptarse con todas y cada una de sus múltiples imperfecciones. Larvadas, ocultas, pero que aunque siempre se negó a reconocerlas, habían estado ahí.

     Fue, entonces, cuando se dio cuenta que lo único que debía hacer, a partir de ahora, con su vida, era transformar el tiempo del verbo y pasar del pretérito perfecto al futuro imperfecto.

 


Palabras jartibles

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        Hay palabras que, de pronto, la actualidad parece que las hace surgir de la nada, algunas prácticamente en desuso y otras inexistentes. Entonces se convierten en parte nuestra habla común, por ejemplo: insurgentes, tripartito, género, … y llegan, en ocasiones, a resultar un tanto jartibles.

Eso ha pasado recientemente en Cádiz con la palabra ALCORQUE, una palabra de posible etimología árabe y de la que poca gente conocía su significado. En el diccionario de la Real Academia Española se define como: "Hoyo que se hace al pie de las plantas para detener el agua en los riegos".

Todo se ha iniciado al peatonalizar una de las calles del centro de Cádiz que es paso habitual de los desfiles procesionales. La antigua carretera del centro de la calle ha desaparecido y una vez enlosada se han puesto a lo largo de todo el centro una serie de alcorques donde irán colocados los árboles. Ese ha sido el detonante para que muchos se hayan echado las manos a la cabeza por el gran disparate urbanístico que ahora obligará a las procesiones a pasar por el lado de la calle, en vez de por el centro. Ello ha originado reuniones de distintos colectivos, artículos periodísticos, visitas a las obras con fotos incluidas,  intercambios de opiniones al respecto y posicionamientos a favor y en contra de los citados alcorques. Ya sólo queda la convocatoria de una manifestación por el paseo de la Castellana de Madrid.

Que verdad es ese refrán español que dice “Cuando el diablo no tiene nada que hacer se dedica a matar moscas con el rabo”. Si algunos estuvieran más ocupados probablemente la gran mayoría de los gaditanos seguiríamos desconociendo el significado de dicho vocablo. ¿O tal vez debíamos estarles agradecidos por enriquecer nuestro vocabulario?

(en la imagen una foto de uno de esos alcorques sacada en la clandestinidad y nocturnidad)


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