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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006.

Volviendo a escribir

   Los días que he pasado fuera he tenido una sensación paradójica, por un lado me ha venido bien el alejarme de la escritura y descansar de engarzar palabras, pero por otro lado he notado esa necesidad y he echado de menos el construir ideas en el blog. Incluso me da la impresión a colocarme frente al teclado como si hubiera perdido, un poco, el ritmo semigimnástico que supone el escribir en el blog. ¿Será que deje las musas en Valencia? Espero que no y seguiré registrando en los cajones de la mesa hasta que me aparezca alguna.

   De las muchas cosas que podría escribir, hoy voy a traer a colación mi trabajo, algo que por higiene mental dejo tras de mí al cerrar la puerta, pero es que hoy, me siento feliz, después de año y medio se ha incorporado una compañera nueva, lo que supone un reforzamiento sustancial de la plantilla y no sólo eso...además con ganas de aprender y trabajar. Me tocará una vez más enseñar, pero no me importa porque estoy seguro que el tiempo que dedique a ello beneficiará a la larga a esa compañera y a todo el que se acerque a hacer una gestión donde trabajo.


Domingo por la mañana

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      Siempre me han gustado los domingos por la mañana, no me refiero a esa hora en que el mediodía invita al aperitivo, sino a esas primeras horas de la mañana, un momento privilegiado de la semana en que es posible escuchar hasta los sonidos del silencio. Esta mañana comentaba eso a mi hija pequeña cuando salimos a la calle a la búsqueda y captura de unos churros calientes. En una esquina solitaria donde hasta la ausencia del tráfico se hacía patente nos detuvimos y le dije: mira escucha cantar a los pájaros. Y hasta cinco trinos diferentes nos salpicaron los oídos. Aunque como muy bien me dijo ella: los pájaros cantan todo el día. Sí, eso es cierto lo que pasa que no siempre tenemos el silencio y la tranquilidad necesaria para poder disfrutarlos.

      Tras ese paseo matinal parece que los churros están hasta más ricos. ¿Te apetece alguno?


Metamorfoseándose

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            No supo aquel humilde fontanero cómo se vio atrapado en aquella imagen. Todo empezó con una palmada en la espalda con la que un amigo le animó a presentarse a las elecciones municipales para completar las listas. Una mayoría absoluta lo convirtió en concejal y parlanchín y batallador pasó a diputado provincial. No fue consciente de la metamorfosis que iba sufriendo.            

             Su juego de herramientas quedó arrumbado en el garaje. Aquel traje que tenía para las bodas fue relegado por nuevos trajes de verano e invierno, de fiesta o de luto. Empezó a vestir de acuerdo con su imagen pública consciente de que, ahora, la gente se fijaba en él. Sus honorarios políticos engrosaban su libreta de ahorros cuando decidió cambiar su ford fiesta por un BMW con la excusa de que ahora tenía que ir mucho a la capital y no podía ir con cualquier coche. Aquel fontanero empezó a copiar lenguajes políticamente ininteligibles y nada comprometido lo que le hizo ascender en el partido, pasando a formar parte del comité provincial. Tuvo que ampliar el armario para poder meter tantos trajes y es que ahora salía mucho en las fotos de los periódicos y no era bueno para su imagen el repetir vestuario. Se compró un piso en la capital ya que se pasaba en ella toda la semana con tantas reuniones. A una de estas acudió el ministro y con él acabó tomando copas en la noche y con una creciente amistad. Tanta que una semana después le llamó para ofrecerle una Dirección General del ministerio en Madrid a la que él accedió encantado. Se trasladó a Madrid donde disfrutaba de sus contactos y relación con tanta gente importante. Dejó de ir al Corte Inglés, ahora sólo vestía de marca, para no enturbiar su imagen e iban a tomarle medidas al Ministerio. Salía tarde del mismo pero encontró un rato para recibir clases de golf y padel, convencido que en estos lugares se pergeñaban los grandes negocios.        

        En un cóctel con unos empresarios conoció y se lió con una azafata, joven, rubia y neumática y pensó que, sin duda, con mucha mejor imagen que su mujer, a la que dejó creyendo que era lo mejor para esa carrera meteórica que había iniciado. Se compró una casa en Las Rozas a la que puntualmente acudía el chofer a recogerlo. Disfrutaba cuando se miraba al espejo y observaba ahora a un hombre de mundo con imagen impecable, los trasplantes de pelo ni se le notaban, muy lejos de aquel fontanero pueblerino. Le gustaba sentirse importante y se veía como en un sueño de hadas. Pero pocos meses después aquel Ministro cayó en desgracia y cesado, y tras él como cuando se desmorona una bandeja de naipes fueron cayendo altos cargos, todos avispados encontraron acomodos variados, pero nuestro fontanero se encontró fulminantemente cesado con lo que su elaborada imagen quedó inmóvil para siempre en las escaleras de aquel ministerio a medida que las bajaba.            

         La rubia viendo el panorama se fue con otro alto cargo, más bajito y calvo que él, pero con más futuro. De las Rozas se tuvo que marchar en cuanto dejó de pagar la hipoteca. El BMW le fue embargado. En el club de Padel ya nadie le reconocía. Cuando volvió al pueblo ya le habían olvidado, no así su mujer que generosamente le puso en la puerta una maleta con sus antiguas prendas de vestir, porque hasta sus herramientas las había cogido su antiguo aprendiz hoy fontanero renombrado. Con aquella maleta a cuestas y arrastrando por el suelo penosamente su autoestima volvió a Madrid. Hoy trabaja junto al ministerio, aprovecha la sombra de aquella imagen suya paralizada en las escaleras, y con la gorra que usaba en los campeonatos de golf implora la caridad de los paseantes para que allí le depositen algunos céntimos.


La biblia de barro

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     Esta segunda novela de la periodista Julia Navarro se inicia cuando en un congreso arqueológico Clara Tannenberg, anuncia la posible existencia de unas tablillas de barro donde un escriba puso por escrito la narración del Génesis hecha por Abraham, esas tablillas serían una especie de Biblia de barro. Esto es el inicio de una expedición arqueológica a Irak, inmediatamente antes de que el país fuera invadido por las tropas norteamericanas. Ante la inminencia de la invasión aquella expedición arqueológica debe acelerar sus trabajos de búsqueda de ese descubrimiento que va a revolucionar la arqueología. Distintos protagonistas aparecen en este lugar y una historia de odio y venganza de sesenta años antes va a tener allí su desenlace. Pocos personajes se nos hacen simpáticos, casi todos tienen una merma que resalta. Algunos de sus personajes destilan maldad, no dudan en aprovecharse de las circunstancias y asesinar con tal de enriquecerse. Algunas escenas son duras de leer como cuando habla del campo de concentración nazi.

      Una trama bien urdida, en la que todo confluye en aquel escenario pre-bélico en la ansiada búsqueda de aquellas tablillas. Un libro que engancha y que resulta atractivo de leer.


¡Qué coño!

       Esta expresión no es un grito de guerra y  ni siquiera una exclamación admirativa a la vista de "algo" asombroso, sino el simple recuerdo de dos palabras que escuché hace muchos años en una película. Si mal no recuerdo el título era Risky Bussines y era una de aquella época, hace más de veinte años, en que Tom Cruise no podía ni imaginarse sus misiones imposibles. En un momento de la película alguien le dice al protagonista: 

-Hay momentos en la vida que hay que decir ¡qué coño!    

      Me pareció una frase muy acertada y que encierra dentro de su aparente zafiedad un gran simbolismo, la de la persona que ha sobrepasado un cierto límite ya sea por desesperación o hartazgo, que se detiene y ha decidido saltar por encima de ese muro que le separa de otra situación diferente, en definitiva, de lo desconocido. Lo que ocurre es que no siempre es fácil tomar la decisión de saltar por encima, pero hay momentos en que la propìa salud mental empuja a ello y en esos casos se dice : ¡Qué coño! Se salta desde arriba del muro y se espera al menos que el aterrizaje, a esas circunstancias nuevas, sea lo menos doloroso posible.

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De aljibes y otra noticia

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                           Guillermo con los doctores que le atendieron    

 

           Muchas de las casas del casco antiguo de la ciudad de Cádiz tienen un aljibe, construido de los siglos XVII al XIX, y que servía para extraer el agua tan necesaria en aquella época que era menos accesible que ahora. Algunas de estas casas, todas dotadas de patio, tienen su pozo que indica la situación del aljibe, pero en otras, siendo su utilización anacrónica ha sido tapada con una simple losa que lo oculta e incluso hace olvidar su existencia. Tengo recuerdos infantiles del patio de casa, aquellos días en que cortaban el agua, se levantaba la losa que cubría el aljibe y se introducía en su interior una cuerda con un cubo de aluminio, de allí se extraía el agua que hacía entonces el correspondiente avío. He recordado esto al leer la noticia de la muerte hace unos días de una señora que estando tan tranquila limpiando el suelo se le hundió la losa, cayó al aljibe, falleciendo de esta manera tan inaudita. No es la primera vez que alguien cae en uno, hace tres años a una madre y su hijo mientras veía la televisión se les hundió el suelo y fueron a parar a otro. Afortunadamente en este caso no hubo desgracias personales.

     Y siguiendo con las noticias periodísticas, he leído también la extracción de una muela cariada y de quiste en el maxilar a Guillermo, una noticia que no hubiera salido en los periódicos si no llega a ser porque Guillermo es un chimpancé del zoo de Jerez. Y ahí sale el gorila tumbado en el sillón del dentista mientras un equipo de profesionales, encabezadopor un afamado odontólogo, se dedicaba a solucionar ese problema que lo había vuelto un tanto irascible. Muchos quisieran tener la mitad de los cuidados y atención de este simio. Lógicamente a Guillermo le pusieron anestesia total, que si no...


Una forma de soledad

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    Siempre he pensado que una de las mayores formas de la soledad es la del que viaja sin que tenga a nadie que se preocupe por donde estará. Se sube, por ejemplo, al tren y nadie va a despedirle, sin problemas de que el móvil suene durante el viaje. Y al llegar al destino en medio del bullicio de reencuentros de besos y abrazos él se siente solo, mientras sin atreverse mucho a levantar la cabeza se dirige hacia la salida. No tendrá que llamar a nadie para decirle que ha llegado porque a nadie cree que le importe. Y siempre teme que al llegar al hotel donde se aloje sea su última noche y a la mañana siguiente cuando lo encuentren sobre la cama, el recepcionista no sepa a quien llamar, porque nadie sabía que él estaba allí.

    Esto me lo ratificaba hace algunos días un amigo, que durante muchos años viajó con esta sensación. Ahora se alegra cada vez que llega a su destino de poder llamar a su mujer y a su hijo para decirles que tuvo buen viaje.


Procuro olvidarte

Procuro olvidarte,
siguiendo la ruta de un pájaro herido
Procuro alejarme,
de aquellos lugares donde nos quisimos
Me enredo en amores
sin ganas ni fuerzas por ver si te olvido
Y llega la noche y de nuevo comprendo que te necesito

Procuro olvidarte
Haciendo en el día mil cosas distintas
Procuro olvidarte
Pisando y contando las hojas caídas
Procuro cansarme
Llegar a la noche apenas sin vida
Y al ver nuestra casa tan sola y callada no se
No se lo que haría

Lo que haría porque estuvieras tu, porque siguieras tu conmigo
Lo que haría por no sentirme así, por no vivir así perdido

Procuro olvidarte
Haciendo en el día mil cosas distintas
Procuro olvidarte
Pisando y contando las hojas caídas
Procuro cansarme
Llegar a la noche apenas sin vida
Y al ver nuestra casa tan sola y callada no se
No se lo que haría

Lo que haría porque estuvieras tu, porque siguieras tu conmigo
Lo que haría por no sentirme así, por no vivir así perdido
(Los Nocheros)



Tras las líneas

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    El otro día paseando por una librería vi este libro que acababa de llegar. Al ver el nombre del autor no pude dejar de recordar su otro libro, "La cocina de la escritura", ese manual de redacción tan ameno e interesante que he leído un par de veces. Con esos antecedentes hojeé este libro y al poco tiempo me encontré pagándolo en la Caja. Daniel Cassany es profesor de Análisis del discurso en la Universitat Pompeu Fabra.   Como dice el autor su libro explora la lectura contemporánea, las prácticas de leer y comprender en los inicios del siglo XXI. Es una invitación a leer críticamente e ir más allá de lo que leemos, es intentar descubrir lo que se esconde tras las líneas. "Nada es neutro. Nunca. Siempre hay algo detrás de las lineas que debemos descubrir", nos dice Cassany. Es estimulante leer un libro que intenta ir teóricamente más allá de las palabras dándonos algunas pistas para esa profundización. Nos acerca a distinta forma de lecturas:

-Leer la ideología

-Leer en otras lenguas

-Leer en la pantalla

-Leer ciencia

   Esa lectura crítica a la que nos anima el autor se traslada al propio libro. Nos indica que hay tres errores en él y desafía al lector a encontrarlos y luego comprobarlos en su página web.


Renata

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        Renata era una joven alegre y dicharachera, a quien un accidente de tráfico, cuando estaba saliendo de la adolescencia la convirtió en huérfana de padres y de esperanzas. Se tuvo que ir a vivir con una tía que no comprendía ese vicio de su sobrina por la lectura y que pensaba que le sentaría mal y como remedio y para que no se perdiera en medio de tantas letras, habló con una amiga para colocarla en su cafetería.

        Era una cafetería antigua con olor  a madera vieja y a polvo agarrotado en el que Renata pasaba las horas, los días y las semanas. En ella sentía que su cuerpo crecía y que su espíritu iba empequeñeciendo, por eso su semblante, para un observador atento, se iba oscureciendo y sus ojos, en otro tiempo vivarachos, iban abriéndose con esas formas que da la tristeza. Su pelo brillante y hermoso lo recogía en una cola con una simple goma sin otro aderezo. Y caminaba de un lado a otro con una bandeja en la que llevaba tazas, unas veces llenas y otras vacías, mientras su mente circulaba por otros lugares. Aprovechaba el poco tiempo libre para hojear el periódico en la barra o para emborracharse con las páginas de un libro que escondía tras la cafetera. A veces sólo eran tres líneas, pero le iluminaban el espíritu, le hacía reencontrarse con esa otra parte de ella que adivinaba dormida bajo su imagen. Pero donde más disfrutaba era cuando pasaba por delante de la puerta y asomaba su cabeza a través de ella oteando al mar.

        Y no se sabe cómo las esperanzas, a veces, crecen y anidan. Y Renata empezó a notar alas que la desplazaban por aquel constreñido lugar. Y sus lecturas tomaron formas de hadas y de amapolas, sus ojos empequeñecieron cuando la luz de la alegría los hizo brillar. Y un día, el último que se asomó a la puerta, se quitó la goma que sujetaba su pelo y dejó que el viento acariciara su melena. Y nadie en aquel maloliente café volvió a verla, aunque un cliente dijo que le pareció verla alejarse sobre las olas del mar y dice...¡qué sonreía!


Ejercicio físico-síquico

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         Este mes de junio no estoy acudiendo demasiado al gimnasio, sin embargo he aprovechado algunos de los días en que el calor no ha sido sofocante, para pasear por la playa. Quizás no haya hecho tanto ejercicio físico como en el gimnasio, pero sin duda si que he realizado mucho de ejercicio síquico.  Sin  duda el mejor mes para disfrutar la playa es el mes de junio. La naturaleza,  ya despierta, nos anuncia el verano con su luz. Cuando puedo ir es a última hora de la tarde en que el sol aún brillando fuerte comienza a declinar. Hago el paseo a buen paso, me pongo el mp3 para ir escuchando música pero que no me impide oír el arrullo de las olas que van rompiendo a pocos centímetros de por donde camino. Mis  pies desnudos se deslizan por la arena dejando atrás un reguero de huellas sobre las que nunca podré volver. La brisa fresca y ligeramente húmeda del viento Sur ciñe todo mi paseo. Agradezco las gafas de sol para que no me hiera el brillo dorado que dinámicamente agita la superficie del agua y que, a la vez, me permite ver ese mundo vivo que bulle a mi alrededor. La playa está casi desierta, algo impensable el mes que viene a esta hora, pero eso no me impide a ver a algunas personas por allí.  

          En el camino me cruzo con otros paseantes unos con auriculares, otros con sombreros y, al fin, otros con las dos cosas, pero todos buscando mejorar su salud cardiovascular. Una abuela oronda y regocijada, al mismo tiempo, sujeta a su nieto que con sus primeros chapoteos la refresca de salpicaduras. Una joven madre toma el sol, sentada con la cabeza descolgada hacia atrás mientras sus hijos, laboriosos, construyen un castillo de arena de formas caprichosas.  Me sorprende ver a una señora mayor leyendo un libro del teólogo brasileño Leonardo Boff.  Una joven, de esas que dibujan un cuerpo que parece que no cambiará nunca, oculta tras unas gafas negras, lee un grueso libro. Su amiga al lado aprovecha esa peculiar intimidad para buscar pelos desperdigados por las piernas y castigarlos con las pinzas. Unos muchachos pescan junto a la orilla sus cañas se alzan enhiestas, mientras ellos, con esa paciencia que sólo da la pesca, permanecen con sus miradas fijas en el extremo de la caña. Tres señoras, en torno a una sombrilla, charlan animadamente mientras comen pipas y lanzan las cáscaras a la arena guarreando la playa, esperando que mañana la limpien porque como seguramente dirán cuando llegan: ¡hay que ver lo sucia que está la playa! Me cruzo con un grupo grande de disminuidos síquicos que toman el sol y se bañan, me llama la atención el cariño que ponen sus cuidadores que no dejan de estar pendiente de ellos. Una joven amazona chapotea con su caballo por la orilla, en una estampa única su imagen se cruza con varios barcos de pesca que salen a iniciar su jornada pesquera. 

           Cuando termino el paseo, el agua ya parece tragarse al sol y antes de salir de la playa, apetezco sentarme en la arena, frente al mar. Y mientras escucho el Canon de Pachebel, miro los mil matices de colores del cielo y el mar, saboreo el estar allí y me doy cuenta que soy un privilegiado teniendo esto tan cerca y accesible, lo que supone un verdadero ejercicio síquico de relajación y de alimento del espíritu. Vuelvo a agradecer el tener las gafas oscuras puestas, pero esta vez para ocultar de las miradas ajenas, en ese momento, el brillo que me ilumina los ojos.


Revolviendo recuerdos

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             Ayer mientras trabajaba me sorprendió una llamada del actual Director del colegio donde estuve trabajando hace unos veinte años. Ese mismo día iban a hacer una especie de recuerdo-homenaje a todos los que habiamos pasado por aquellas aulas, al parecer me habían mandado una invitación por correo pero había sido devuelta. Hay métodos más fiables de contacto, como la llamada que me estaba haciendo, y de haberlo sabido con tiempo probablemente hubiera recorrido los 600 km y veinte años que me separaban de aquel lugar. Eso no quita para que aquella llamada revolviera en mi interior muchos de los recuerdos que tenía dormido de mi última época de profesor.

             Era un centro de la antigua Formación Profesional donde diariamente lidiábamos con alumnos adolescentes la mayoría de los cuales estaban allí porque “no servían para estudiar”. Compleja paradoja la de tener que imbuirle el estudio no a chicos que querían estudiar otra cosa como una preparación a una profesión, sino a gente que no le interesaba en absoluto las aulas. No era extraño pues que en clase de Matemáticas, muchas veces, tuviéramos que re-pasar hasta la tabla de multiplicar. Sin embargo a pesar de aquel sobreesfuerzo al que obligaban las clases guardo muy buen recuerdo de aquellos cuatro años. La mayoría de mis compañer@s era gente joven y había muy buen ambiente, que nos llevaba a alargar nuestra labor educativa, más allá de las simples clases, con reuniones con los chicos e incluso excursiones y actividades de fin de semana.  Mi primer año fue bastante duro respecto al horario porque había dos turnos de clases, uno por la mañana de 8 a 14,30 y otro por la tarde 15,30 a 22 h.  Y mis 28 horas de clase se dispersaban de mala manera por todo aquel horario. Ello hacía que por ejemplo los lunes empezara a trabajar a las 12 de la mañana, los jueves sólo tuviera una hora de clase a las 9 de la noche y los viernes…tenía nueve horas de clase desde las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche, lo que me hacía acabar la semana sin fuerza ninguna. Menos mal que en esos años jóvenes se puede con lo que a uno le echen y, sobre todo, porque al año siguiente aprovechando que marchó una compañera, mi horario se reestructuró y  quedé con turno de mañana solamente. 

                De aquellos años de inmersión profesoral quedé con un gran aprecio por la labor de los profesores, muy especialmente los que briegan día a día con los adolescentes, porque sé lo que es eso y en estos últimos años es, sin duda, mucho más complicado a causa del ambiente social que les ha tocado vivir.

                 Al atardecer, cuando parecía que este rebujillo de recuerdos se había sosegado ya, recibí otra llamada de teléfono. Ésta era de una amiga que sigue trabajando en aquel colegio, para decirme que me habían nombrado, como a tantos otros, en aquel acto y se había acordado de mí. Al escuchar aquella voz, otros recuerdos de tipo muy diferente se agitaron dentro de mí.


Sentado en el quicio de la puerta

              ¡Qué jartura de vida! Me paso el día trabajando, limpiando de casa en casa, o mejor dicho recogiendo la mierda a las señoras. Señoras se dicen ellas aunque sean más torponas que una, lo único es que han tenido más suerte en la via y no les ha tocao un cabrón como el que me tocó a mí. En realiá era lo único que hacía tocarme, aparte de emborracharse, hasta que lo mandé a tomar por culo y anda ahora dándole la tabarra a su madre que, antes, tanto defendía lo güeno que era su hijo. El juez, mu chulo él, que me pague todos los meses 650 €, pero ¿de donde va a sacarlo ese infelí? Y menos má que me han dao la beca pa que puea comé en er comedó. Cuando a las seis de la tarde recojo al niño para llegar a casa ya no me puedo casi tener en pie, la peste a lejía tumba a las moscas y tengo tós los güesos doloríos. Despué pendiente de la tarea, aunque al angelito no hay que desirle ná, en cuanto se toma er boyicao de la merienda se pone a hacerla y dándome mieo de que me pregunte cualquier cosa, pos ya sabe el mu joío con sólo doce años más que yo y que los ratones coloraos. Cuando termino de recoger la cena intento leé un rato las revistas viejas que me da mi vecina, pero no paso de la tercera foto. Y al día siguiente yastá el puñetero despertadó pitando a las 6 de la mañana. Levantá al niño, darle al desayuno y acompañarle a la puerta del cole. Este es el peó momento der día. Tener que dejarlo sólo en la puerta del colegio, porque entro a trabajá poco despué de los ocho ¿y que pueo hacé? Le doy un beso de despedía sin mirarle a los ojos y cuando me alejo, sin mirar atrás, pueo sentí su mirá que se me clava en la espalda como do puñalá. ¡Qué jartura de vida! 

                Adiós mamá…No entiendo porque se tiene que ir tan temprano a trabajar. Y me tengo que quedar aquí sentado junto a la puerta del colegio. Las madres de mis amigos no trabajan, por qué tengo que ser yo el más raro de todos. Si, además, papá cuando lo veo me dice que el da el dinero de sobra a mamá para mantenernos. Se podía quedar mamá en casa y traerme más tarde como a todo el mundo y luego irse con las otras madres a tomar el cafelito. Todas me dicen ¿y tu madre que hace tiempo que no la vemos? Al menos hoy no llueve, que cuando pasa eso no me puedo sentar y tengo que esperar todo el tiempo de pie pegado a la puerta para no mojarme mucho. Uy, ya parece que va a amanecer y se empieza a ver un poco más. Me voy a poner a estudiar Sociales que hoy hay examen. Ya pasa, por aquí delante, como todos los días el tipo ese alto de la cartera. ¡Uff, qué sueño! 

               El tipo alto de la cartera soy yo..y él me ve a mí pero yo también lo veo todos los días sentado ante la puerta cerrada de su colegio.


¡Al fin amigos!

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            Carlos y Eugenia se conocieron un determinado día por azar, como se encuentra la gente por Internet. Desde aquella primera charla se sintieron cercanos, con una proximidad que el tiempo fue estrechando. Aquella relación se convirtió en algo más intenso a lo que los dos se resistían a ponerle nombre y un día aquello pidió más. Eugenia prudente temía poner en peligro su matrimonio, que aunque con vértices agudos era el único que tenía. No dejaba de reconocer que la personalidad sensible de Carlos, en las antípodas de esa peculiar tosquedad de Agustín su marido, le atraía irremisiblemente. 

             Carlos insistía en conocerla pero ella se resistía hasta encontrar un nexo común con la que pudiera presentarlo, de manera normal, como un viejo amigo. Al fin un día lo encontró y descubrió que una vieja amiga de ella conocía a Carlos desde la infancia. Y a través de ella, eso le dijo a Agustín, los invitó a una barbacoa en el jardín de su casa. Fue un momento inolvidable para Eugenia y las chispas de sus ojos compitieron por unos instantes con las de las brasas de la barbacoa, especialmente en el momento en que al sentir su beso en la mejilla un escalofrío afiló todo su cuerpo. Cambiaron algunas torpes palabras imbuidos del nerviosismo del momento que interrumpió Agustín al acercarse. Agustín le dio una mano franca  a Carlos y se ofreció a enseñarle la casa. 

             Y mientras Eugenia no cejaba en darles vueltas a la carne observó la animada charla salpicada de risas de Carlos y Agustín. Poca oportunidad tuvo con aquel ajetreo de reencontrarse con Carlos, salvo cuando de nuevo labios y mejillas se despidieron. Su marido viendo cómo se alejaba su nuevo amigo le comentó: ¡qué gran hombre es ese Carlos!

             Ella percibió algo extraño cuando, desde entonces, Carlos parecía evadirle,  por la red. No contestaba a sus correos, antes habituales, más que al cabo de varios días y de manera elusiva. Aquello se fue enfriando y maldijo aquella barbacoa mientras intentaba olvidarlo, con sumo esfuerzo, de su memoria. El tiempo pasó y aquellos vértices de su matrimonio se agudizaron hasta hacerlo insoportable.

            Un día Agustín con dos maletas abandonó la casa y a ella le pareció que el olor a barbacoa se marchó con él. Aceptó el divorcio exprés cuando él se lo solicitó, pero a lo que no estaba dispuesta, por mucho que insistieran los dos y le hubieran mandado una coqueta invitación, era a asistir a la próxima boda de Carlos y Agustín. 


Un corazón delicado

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    Tras ver un documental en televisión sobre el corazón se sumió en una profunda angustia al pensar que una máquina tan perfecta podía detenerse por un simple fallo en todo aquel engranaje. Aún fue peor cuando, un día, notó que el suyo podía, además, detenerse por una simple mirada.     

     Aquella nueva camarera, joven y hermosa, no comprendía por qué, ese hombre tan educado cuando ella se le acercaba para tomarle nota de la consumición, mantenía siempre los ojos cerrados.


¿Elogio? de la diferencia

               Sé que, en plena efervescencia del Mundial de fútbol y con tan sonadas victorias de nuestra selección, no es políticamente correcto lo que voy a decir pero aún así quiero plasmar por escrito lo que pienso: nunca me ha gustado lo más mínimo el fútbol. Cuando en aquellas tardes eternas de los domingos veía a mi padre y hermanos pendientes del Carrusel Deportivo, de aquellos gritos radiofónicos de goooooool, goooooool,  o de aquel partido que retransmitían en blanco y negro todos los domingos pensaba que si me gustara tendría anulado ese aburrimiento vespertino. Pero me resultaba imposible. No era capaz de distraerme más de cinco minutos viendo ese balón que se disputaban aquellos veintidós señores, me parecía un extraño mérito eso de colarlo por aquella red. Y nunca entendí que esos señores tengan mucho más reconocimiento social que muchísima gente que se parte el pecho en muchísimos aspectos, para mí, mucho más meritorios, Lógicamente los lunes era el día en que permanecía más silencioso porque no podía participar en aquellas conversaciones balompédicas en que, como si se tratara de un problema filosófico, se discutía si una pitada del árbitro fue oportuna o no.            

              Con los años no he variado un ápice en mi interés por dicho deporte y cada vez me parece más exagerada esas pasiones que levanta como si en ese triunfo nos estuviéramos jugando la honra o la supervivencia. Y si me fijo en ciertas actitudes extremas de algunos aficionados me suena a ciertos comportamientos ancestrales que se pierden en la noche de los tiempos. No me entero de los resultados de los partidos hasta que han pasado unas horas o hasta que las noticias se empeñan en ponerlo en portada. Me da igual como quede el resultado de los partidos ya que el hecho de ganarlo o perderlo no me va a afectar en nada. Creo que hay cosas que afectan mucho más a la  buena marcha de nuestro país como una gran carencia de la educación y el deterioro de las normas de convivencia o bajando a terrenos más materialistas, y sin embargo también influyentes, la subida del euribor que sí que nos afecta a millones de españoles. 

                Aprovecharé la emisión de los próximos partidos para pasear o salir a la compra ya que son, sin duda, las horas más tranquilas en que las calles quedan desiertas. Sí ya sé que soy un poco rarito en este sentido pero es que  ¡hay cosas que no se eligen!


Chirridos

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               Cri-cri-cri. Marta abrió los ojos, en la oscuridad de su cuarto y prestó oído a aquel ruido que le había despertado. Era un chirrido constante que se detenía y se repetía insistente rompiendo el tenue silencio nocturno. Se dio la vuelta intentando dormir, pero la oreja se le escapaba en pos de aquel ruido machacón hasta que la desveló totalmente. Tres horas más tardes, nerviosa, sus ojos seguían abiertos mirando a la nada. A lo largo de aquel día sus ojeras fueron dilatándose hasta rozar el suelo. La noche siguiente aquel cri-cri volvió a despertarla y como si estuviera atrapada en el tiempo, volvió a desvelarse. Desesperada se levantó intentando averiguar el origen del sonido y saliendo y subiendo escaleras descubrió que provenían de dos pisos más abajo al suyo, lo confirmó cuando al acercar la oreja a la puerta, pudo escuchar perfectamente como esos chirridos se acompañaban  de unos característicos gemidos y jadeos. Allí se había mudado una pareja de edad parecida a la suya. Alguna vez los había visto en el ascensor y, por cierto, él no le había pasado inadvertido por su rostro moreno y atractivo, siempre coronado por una encantadora sonrisa, y sus formas perfectamente construidas. 

             A la tercera noche se acostó con un ojo abierto pero a mitad de la noche ya se le abrió el otro por los dichosos chirridos. A la mañana siguiente ya no podía más de cansancio, y decidió comentárselo a los vecinos. Sólo estaba la mujer, pero tras escucharla le dijo que en su casa hacía lo que le daba la gana y que si le molestaba que se pusiera tapones. Su poco ánimo decayó y comentando el tema con otros vecinos resultaba que nadie escuchaba aquello y dormían a pierna suelta durante toda la noche. Ya no sabía que hacer y tras quince días así su desesperación alcanzó cotas inimaginables. Su cansancio mermaba su paciencia y hacía sucumbir su fortaleza.            

          Al fin, días después, tuvo una idea desesperada. Se levantó en plena madrugada y se dio un baño relajante, la verdad es que eso de tener los oídos bajo el agua y no escuchar el imparable ruido, le sosegaba. Se peinó con cariño, se puso el mejor de sus maquillajes, que disimulaba sus ojeras y resaltaba sus ojos y rebuscó en su armario una lencería guerrera y un vestido escueto. Se pintó uñas y labios de un rojo carmesí y, tras ponerse unas gotas de perfume en su hondo escote, entró en el ascensor cuando escuchó cerrar la puerta por el vecino que se iba al trabajo. Cuando el entró en el ascensor se le quedó mirando como el que ve a la mujer de sus fantasías, especialmente  cuando Marta se le acercó al cuello se lo succionó y no haciendo caso a su cara de sorpresa le tiñó de carmesí todos sus labios. Cuando él quiso reaccionar el movimiento oscilante de ella sobre sus empinados tacones la hizo desaparecer tras la puerta abierta del ascensor en la planta baja.           

         A través de la ventana vio acercarse esa tarde a su vecino con gesto nervioso. De nuevo se hizo la encontradiza, en la escalera, esta vez fue él quien acercó los labios y ella quien los atrapó al vuelo y lo invitó a entrar, un momento le dijo, en su casa.  Desde aquella noche Marta durmió de maravillas, su vecino llegaba todos los días a su casa demasiado agotado. Y algo tenía Marta, además, a su favor: su cama no chirriaba.


La desconfianza vencida

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        Siempre había sido un positivista y había desconfiado de todo aquello que no era experimental: de pitonisas, chalanes, nigromantes, chamanes, hechiceros, curanderos, brujos, jugadores,... Nunca había echado una moneda al pozo de los deseos o había cerrado los ojos al soplar unas velas de cumpleaños.

        Pero un día mientras paseaba por la orilla del mar, esculcando entre la arena para hallar algún bivalvo al que clasificar en el laboratorio, descubrió algo cuyo brillo nacarado sobresalía de aquel manto de sílice. Excavando a su alrededor descubrió una hermosa caracola que lanzaba destellos de arco iris. La acarició entre sus manos y no pudo evitar esbozar un rictus sonriente al recordar aquello de que si uno se ponía una caracola en el oído se escuchaba el sonido del mar. No supo cómo se la acercó a su oreja derecha y se sorprendió al escuchar el ruido de un oleaje que rompía contra la orilla. Aquello fue como si rasgara un velo que le cubría y aquella desconfianza flaqueada en su punto más débil dio paso, desde entonces, a una credulidad ingenua. Cómo sería que se pasó toda la noche del doce de agosto, sin dormir, mirando al cielo pidiendo deseos a todas las perseidas que cruzaban sobre su cabeza.

         Lo que nunca se dio cuenta fue que, si aquel día que paseaba por la orilla, antes de coger la caracola hubiera prestado oídos al mar hubiera escuchado el mismo sonido exactamente que cuando se la acercó al oído.


La historiadora

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       La primera vez que vi este libro fue, en octubre del 2005, una tarde en que visité el FNAC en Madrid. Me llamó la atención un montón que había junto a la escalera y me puse a hojearlo. Después de eso he leído distintas críticas del libro y una entrevista con la autora. Aparte de que me dio la impresión de ser un libro publicado directamente para vender mucho, cosa que de por sí me echa un poco para atrás, de lo que leí el tema no me interesó mucho y no se me antojó leerlo. Pero el otro día lo vi en casa de un amigo, me dijo que lo había leído que no estaba mal y que me lo podía llevar si quisiera porque a él se lo había regalado otro al que no le cabía ya libros en su casa. Ante tanta tentación lectora ya no pude resistirlo.

       Aunque el título se llama "La historiadora" como leí una vez se podría haber titulado también los historiadores, porque son varios los historiadores, en distintas épocas que atraviesan sus casi setecientas páginas. Toda la trama es a partir de unos misteriosos libros que van apareciendo se origina una búsqueda, que dura muchos años, de la tumba de Drácula. Una tumba de la que se sospecha que pueda estar vacía lo que implicaría que Drácula anda haciendo por ahí de las suyas. El hecho de los varios historiadores y época hace que la autora use distintas retroalimentaciones y, en ocasiones, se hace complicado distinguir, hasta que vas avanzando en la lectura, de quien de esos historiadores se trata. Como ellos nos moveremos entre legajos y documentos antiguos, descubriremos como a partir de ellos se originan teorías y deducciones históricas y compartiremos esa pasión que ell@s ponen en su investigación. Una investigación que como se va descubriendo a lo largo del libro es cuestión de vida o muerte.

        La historia es distraída, si uno es capaz de hacer abstracción del punto fantástico que le da la presencia de Drácula y nos acerca también a personajes y paisajes de aquella Europa profunda de finales de los cincuenta que se hallaba tras el telón de acero. Con sus protagonistas recorremos Estambul, viajamos por Hungría y nos sumergimos en paisajes y costumbres búlgaras. En algunos momentos parece que la trama se detiene y es esos momentos cuando hay que disfrutar con esas fotografías costumbristas que nos propone su autora.


Un cálido fluido

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      El llevaba mucho tiempo allí, no sabía cuánto ni tal vez le importaba mucho. Quieto, hierático con esa frialdad que da la monotonía.  Fue, entonces, en medio de aquella monocorde existencia cuando apareció Ella. Ella era de formas redondeadas pero elegantes, de piel suave y sedosa, dispuesta a recibir siempre que fuera preciso y a transmitir siempre que fuera necesario.

       Cuando Ella se le acercó, El siempre tan brillante, parecía mirar hacia otro lado. Pero no pudo mantener mucho y tiempo esa sensación. El no se movía, ni siquiera emitía una leve vibración cuando, al fin, en medio de aquella soledad sus bocas se encontraron. Fue sólo un instante, lo que dura la explosión de un cohete, luego Ella se separó un poco pero permaneciendo muy próxima a El.

       El pareció ya no poder resistirse y como si la vida surgiera de lo más profundo de sí abandonó su quietud. Su cuerpo vibró y de su interior un ardor, ya casi olvidado, invadió su cuerpo de dentro a fuera.  Y en un determinado momento de su interior surgió un fluido cálido, ardiente que se derramó primero gota a gota y luego en cataratas sobre la boca de Ella. Ahora fue Ella la que, al recibir su preciada dádiva, se sintió crecer mostrándose ardiente y plena.

       Ya no hacía falta que Ella, la bolsa de agua caliente,  siguiera allí junto a El. Cumplido su objetivo se dio la vuelta y se fue alejando de El, el grifo, para con su contenido calentar los pies de otra Ella que carecía de un El.


Blanco, negro

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              Blanco, negro, que aburrida la vida que tengo. ¡Siempre lo mismo! Del negro al blanco y del blanco al negro, que rutinaria esta vida de peón. ¡Estoy harto de ella! Las demás piezas me intentan consolar que no es tan malo. Claro, como ellas se mueven por donde quieren y a su antojo, no saben cómo es esto. ¡Quién pudiera cambiar de vida!

               Y como hay veces que los sueños ansiosos, sin saber cómo, se convierten en realidad, nuestro quejumbroso amigo encontró ese camino inexistente que lo cambió de tablero. Cuando llegó allí creyó explotar de felicidad. Allí estaban el rojo, el amarillo y el verde. Y mirando a lo lejos pudo distinguir en aquel parchís hasta el azul, aquel color que tanto le gustaba. Todo cambiaría a partir de ahora. Pero lo que no sabía nuestro efímero protagonista era que, nada más llegar al tablero, una ficha se puso en el lugar que él ocupaba y se lo comió. Aún tuvo un instante, mientras lo sacaban del tablero, de echar de menos al blanco y al negro.


Una pregunta sudando

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            Estos dias de finales del mes de junio, ya terminado el ciclo de la primavera y deshechada esa preocupación por el lucimiento estilizado de los bikinis, el gimnasio ha quedado casi desierto. Yo, testarudo, sigo insistiendo en asistir regularmente y no es que físicamente note grandes progresos pero me consuela el pensar, o tal vez el sugestionarme, de que al menos me repercuta positivamente en salud.

             Con ese sosiego existente en el interior del gimnasio se puede elegir cualquiera de las actividades sin tener que pedir turno no temor a concetración humana. Desde hace unos días estoy yendo a Pilates. Respiración, coordinación y elasticidad que no siempre consigo aunar. Hoy estaba concentrado en la cierta dificultad de un ejercicio cuando oigo a la joven monitora que dice:

-Usted caballero ¿cómo se llama?

            Y, entonces, hice la pregunta más tonta que he hecho en las últimas semanas:

-¿Te refieres a mí?

             Sobre todo teniendo en cuenta que mis seis colegas de ejercicios eran todas mujeres, alguna de las cuales no pudo resistir el esbozar una leve sonrisa.


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