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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006.

La nao Victoria

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         Ayer estuve visitando la réplica de la Nao Victoria, aquella embarcación que al mando de Juan Sebastián Elcano y con sólo dieciocho hombres famélicos arribó en 1522 al puerto de Sanlúcar de Barrameda tras realizar la primera vuelta al mundo. Al subirme en la nave, a pesar de que estaba el mar en calma, empezó a bambolearse. Y pensé como se atrevieron sometidos a mil peligros y tempestades a lanzarse a la aventura en aquella especie de cascarón.  Pero pensándolo bien también nosotros vivimos la gran aventura de la vida en la que nos movemos con no demasiados pertrechos y sometidos a los temporales y tormentas que las circunstancias nos traen. Tanto en la vuelta al mundo como al caminar en la propia vida, el hecho de convertirse en supervivientes depende en gran parte del factor suerte ¿o deberíamos llamarla mejor azar?


Nuestra gran novela

     Todos los que estamos por aquí somos de una u otra forma aficionados a la lectura y una gran mayoría, también, a la escritura. Y los que escribimos lo hacemos porque nos apetece y lo necesitamos, pero probablemente nos agradaría que nos leyera mucha gente. Imaginaros sólo que nos leyera la milésima parte de quien haya leído a Dan Brown. Para cuando estemos aburridos os presento esta web en la que da ideas de títulos y temas para escribir una novela a lo Dan Brown, otra cosa diferente es que una vez elaborada la lea alguien...




Escuchando el silencio

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                 Para escribir se necesita inspiración, pero el problema es ¿de dónde obtener ésta? Hay algunos que viven tantas aventuras que con solo narrarlas tendrían para escribir muchos libros, pero el 95% de los mortales tenemos una vida más bien anodina y monótona, por lo que la inspiración más allá de las circunstancias externas hay que extraerlas del interior de uno. Profundizar en uno mismo no es tarea fácil para ello ayuda esos momentos en que nos detenemos en la vorágine cotidiana y aprovechamos ese rato de sosiego para escucharnos a nosotros mismos. Hay sitios y momentos que invitan a ello, pero hay que descubrirlos.

                 Por una determinada circunstancia, todas las semanas debo realizar un par de horas de espera y he encontrado un lugar de esos en que se disfruta simplemente “estando”. Es un antiguo palacio cuyos jardines han sido adaptados como cafetería. Situado en pleno centro urbano aquel oasis de tranquilidad está aislado del bullicio y el ruido del tráfico que soportan las calles del entorno. El silencio es tan grande que es posible escuchar el balanceo de las ramas con la brisa y los distintos trinos de las aves que copan sus árboles e incluso aguzando el oído es posible escuchar a alguna de las mariposas que adornan el aire. Aquel patio floreado es un auténtico goce para los sentidos, de esos lugares que invitan a encontrarse con uno mismo y a desperezar la musa. Yo suelo aprovechar ese rato, en plena digestión , para tomar un café mientras dejo que mi bolígrafo se deslice por la hoja en blanco reconstruyendo un relato que tenía arrumbado desde hace años en la oscuridad de mi mente y de un cajón. No sé si llegaré a terminarlo pero sí es verdad que disfruto ese rato.


Ejercicio físico

    Sigo yendo al gimnasio, ya llevo año y medio. No pensé que me lo iba a tomar tan en serio. Acabo de llegar, agotado, sudoroso, con las piernas vibrando todavía y llegado a esta hora me he hecho la pregunta metafísica del día: Voy al gimnasio, ¿para sentirme bien, cosa que ahora no la tengo muy clara, o por que la responsabilidad conmigo mismo me conduce hasta allí?


Comida campestre

   Dicen que los primeros años de vida condicionan, en mucho, el carácter de los seres humanos. Yo nací en una ciudad con una configuración muy original, donde no había manera de encontrar el campo en ella, a excepción del campo de fútbol, ni en los alrededores. Estaba, cual una isla, rodeada de agua por todos lados que estrangulaban un posible crecimiento y sólo una lengua estrecha de tierra la unía a la península ibérica. Tardé años en ver mi primera vaca y eso fue un día en un autobús a varios kilómetros de donde yo vivía. Por tanto no se puede decir que tenga mucha relación con el medio agrario. Sí me han gustado las excursiones campo a través, pero nunca me ha gustado especialmente eso de las comidas campestres.

    Vaya aquí esta breve introducción para poder entender que no me sentí demasiado a gusto cuando ayer, unos amigos, nos invitaron a una comida campestre. Primero fueron los preparativos. Llevar ropa como para ir de campo, nos dijeron. Como era la primera vez que iba ¿qué ropa se lleva al campo? Traeros sombrillas y butacas de playa, añadieron. Pero ¿en el campo se pueden clavar las sombrillas? ¿Y los árboles? Y las butacas de playa yo en la playa siempre sé como colocarlas: mirando al mar. Pero en el campo ¿hacia donde se dirigen?¿hacia el poniente? Bueno ya decidida la intendencia y el maletero saturado de múltiples artilugios y bolsas venía la segunda parte, encontrar el campo. Quedamos con otros amigos para perdernos juntos, porque tampoco tenían mucha idea. Cerca de las dos y media estos no habían aparecido y yo y mi estómago teníamos nostalgia de un sábado normal en que a esa hora ya estaría descansando en el sofá tras haber comido. Al fin aparecieron ellos y  mi alergia, mis ojos empezaron a escocerme y mi nariz me obligaba a conducir con una mano en el volante y la otra en el pañuelo. Temía que en cualquier momento me parara la guardia civil por asimilar el pañuelo a un móvil. Abandonamos la carretera normal y nos metimos por caminos llenos de agujeros que no permitía pasar de la segunda marcha y de una estrechura que sólo permitía circular en una dirección. Afortunadamente no encontramos ningún coche de frente ¿porque qué hubiéramos hecho? Llegamos a un camino que se bifurcaba, allí nos paramos hasta tres coches. Nadie llevaba GPS, menos mal porque si alguno lo hubiera llevado en aquellos caminos se hubiera vuelto loco. Finalmente nos rescataron de aquel perdido lugar rodeado de viñas y amapolas y llegamos a lugar de la comida.

     Este es un terreno arenoso y con hierbas y plantas variadas, pues no tiene ninguna edificación. En medio colocadas varias mesas de playa y cuatro sombrillas en las que se acumulaba el personal unos 20 adultos y sólo veintitantos niños, teniendo en cuenta que la mayoría de los adolescentes se habían escaqueado de la comida. Tras asentar nuestros variados trastos y múltiple esfuerzo de horadar aquel suelo para poner nuestra sombrilla logramos sentarnos y poco a poco calmar un hambre que ya estaba creciendo más de la cuenta. La comida abundante, ensaladas, y barbacoa funcionando a destajo: carne, hamburguesas, chorizo, salchichas... conclusión: en poco más de una hora cayeron por tierra las consecuencias beneficiosas de dos semanas de gimnasia. La alergia en aquel paraje campestre migró de mi nariz a mis ojos. Y me pasé todo el resto de la tarde con los ojos encogidos por el picor. De la silla de playa en la que estaba me moví poco, no confiaba mucho en su estabilidad y temía que un movimiento brusco me llevara con mis huesos a la hierba. Cuando me levanté fue para una clase práctica de agricultura, vi plantas que en mi vida había visto y pude ver como mi amigo, de férreas raíces agrícolas, sacaba hábilmente con el azadón unas orondas patatas de la tierra y extraía unas hermosas y carotenadas zanahorias.

     Cuando ya el sol empezó a descender y el cielo se envolvió de colores pasteles, decidimos volver. De nuevo autocross por aquellos caminos intransitables de manera que cuando llegamos a la conocida  carretera estrecha habitual me pareció una autopista. Tras darme una ducha en casa y sentarme en un sillón di un suspiro de alivio...no estoy hecho para estas comidas campestres.


Esperando el punto

   De un tiempo a esta parte me estoy acostumbrando a que me comuniquen mucho más de manera escrita que oralmente. Cómo será que cuando alguien termina de decirme algo me quedo mirando embobado y cuando me dicen: ¿te pasa algo?

   ¿Cómo les digo que estoy esperando que ponga un punto y aparte en el aire?


¿Todo tiene una explicación?

         Suele decir una amiga mía que todo tiene una explicación, en la mayoría de los casos tiene razón, pero hay cosas que afortunadamente se escapan del enconsertamiento ajustado de las razones o las circunstancias. Me venía esta idea a la cabeza ante un cúmulo de cosas que me sucedieron ayer y hoy:

-Abotorgamiento excesivo de cabeza.

-Más cansancio de lo habitual durante todo el día.

-Crispación y tensión especial por mi parte y de los que me rodeaban.

-Alergia especialmente acentuada.

-Mucha carga eléctrica en el ambiente.

-Variedad de insectos de todos los colores y estilos.

-Sensación de que el esfuerzo que hago en mi trabajo hace las cosas avanzar...hacia detrás.

-Hipersensibilidad ambiental.

 

         Tantas cosas a la vez y simultáneamente no podían ser normales. ¿Se acercará una nueva glaciación? ¿Estaremos ante un cambio de civilización? En estas cavilaciones andaba yo al salir del trabajo cuando al llegar a la calle lo comprendí todo: ¡había saltado el viento de levante!


Tarde aflautada

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    En mi casa tenemos dos flautas, tal como suenan y nunca mejor dicho, no me refiero a las dulces de la que guardo, con cariño,  una de madera que ya cumplió sus bodas de plata sino a dos flautas traveseras. Hoy me he dedicado toda la tarde a dichas flautas. La flauta mayor hace un par de días vino con el problema de que tenía escapes. ¿Una flauta con gases?-le dije, pero el chiste no fue bien recibido y me insistió que era un problema serio y así no se podía tocar. Llamada por teléfono a uno de los mejores talleres de instrumento de viento de toda la zona sur el de Philip Herman, donde tras llorarle lo suficiente nos dijo que nos acercáramos hoy a ver si se podía arreglar sobre la marcha. Philip Herman es un simpático norteamericano afincado en Chipiona desde hace muchos años y un verdadero artista en la reparación de estos instrumentos, que ha creado escuela de la que participan sus hijos. A las cuatro y media, con un viento de levante y un calor que atonta hasta a los caracoles estábamos delante de dicho taller, adornado en la puerta por una gran lira. Nos atendió el hijo y nos dijo, tras un pequeño examen del instrumento que en poco más de hora y media la tendría arreglada. Vuelta a mi pueblo, ahora para llevar a la flauta chica al Conservatorio quejándose de que tenía mucho que estudiar del colegio. De allí tuve que pasar por una farmacia y luego corriendo de nuevo al taller, menos mal que la temperatura había descendido unos grados, al mismo nivel que el tráfico había aumentado. Allí tuvimos que esperar todavía un rato a que le dieran a la flauta los últimos toques y engrases. Aquello terminó con una clase práctica del hijo de Philip sobre como se debe limpiar y mantener una flauta travesera. Yo agradecido por las atenciones, pero algo nervioso porque veía que la flauta pequeña estaba a punto de salir de clase. Salimos de allí corriendo, menos mal que el tráfico se portó bien.

       La flauta grande eufórica, parecía nueva después de tanto mimo y con ganas de sonar en cuanto llegara a casa. La flauta pequeña salía contenta de clase, había aprendido a tocar el Himno a la alegría. Yo agotado y tras una ducha me senté a escribir para relajarme un poco. Mientras, en casa, suenan las dos flautas, una silabea con entusiasmo el himno de la Alegría, la otra lanza al viento con maestría una canción barroca. Las notas se pelean por el aire y yo deseando que las dos flautas aprendan a tocar una canción a dúo.


Mudan-zas

      Llevo toda la semana con la sensación de que la vida empuja mis pasos sin la posibilidad de que yo ande, ni un instante, por donde me apetecería andar, ya que las circunstancias no me dejan tiempo ni para pensar. Hoy he tenido el día de mudanzas, pero no en mi casa, sino que hoy han cambiado todo el mobiliario de mi oficina. A las ocho y media de la mañana ya había comenzado a organizar aquello y ya empezaron a llevarse muebles. Más allá de las nueve ya comencé a perder el buen humor porque el cincuenta por ciento de mi oficina, es decir mi compañero, precisamente hoy no había llegado. Cuando llegó se excusó con que había tenido bronca familiar y que había pensado no venir, por eso llegaba tarde. Y digo yo ¿qué culpa tendré de que se pelee en casa para que llegue tarde al trabajo? Seguí vaciando carpetas de los muebles hasta que apareció el camión con los muebles nuevos que llevaba una hora perdido. Y toda la mañana se me fue en un suspiro, dos operarios bajando muebles viejos y otros dos montando muebles nuevos, yo tomando decisiones sobre la marcha y el otro cincuenta por ciento de la oficina como flotando en el aire. Le dije que si podía subir una maceta a un fichero, uy mejor que la suban los de la mudanza, fue su respuesta. Al final la cosa fue cogiendo color y a las tres menos cuarto estaba todo colocado y en su sitio y lo que es importante, con los ordenadores funcionando. Cuando todos se marcharon me senté en el sillón y solté un suspiro liberando toda la tensión que llevaba dentro, en ese momento creo que fue cuando esbocé mi primera sonrisa del día. Creo que la próxima vez diré que en vez de una mesa con ala me la traigan con alas, para cuando me harte abrir la ventana e irme con ella volando hacia más allá de las nubes.

      Durante toda la tarde me ha acompañado el cansancio, para colmo a primera hora tenía mi cita anual con Hacienda, afortunadamente me dieron la buena noticia de que me devolverían dinero. He llegado agotado a casa, con los ojos hinchados, mezcla de alergia y cansancio, pero me resistía a no ponerme aquí delante y escribir unas palabritas...y es que ¡este vicio de escribir es mucho vicio!


Entre libros

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  Al fin viernes y he podido escapar de la rutina semanal para acudir a Cádiz a la feria del libro. Un año más, el Baluarte de Candelaria un antiguo fortín militar rehabilitado para usos varios y lamido por las olas del mar, sirve como presentación a cientos de libros que se distribuyen, sin orden ni concierto, por estanterías. Me gusta sumergirme entre tanto libro, hojearlos, y saborear su presencia. Aunque se nota esa preferencia por lo comercial, ¿qué no es comercial?, en los libros que se exponen. Mayoría de esos libros tan nombrados en lista de ventas y que la globalización y el marketing hace que los encontremos en un pueblo perdido de Teruel y en una librería de Manhatan. Libros que parecen querer aupar en esta feria, pues siendo de autor desconocido no faltan en ningún stad. Viejos libros de la infancia que ahora aparecen con nueva piel, al cogerlos en mis manos tampoco ellos parecen reconocer mi piel actual. Pero rebuscando aparece ese libro escondido que a nadie llamó la atención y, sin embargo, atrajo mi vista y me impelió a hacerlo acompañante mío en el paseo que me di a continuación. De alguno de estos que se adhirieron a mí hablaré otro día.

   Cuando salí de allí, un paseo junto a un Atlántico de brillos turquesa completó el sosiego de mi espíritu. La guinda fue que al pasar por el museo de Bellas Artes estaba abierto y pude admirar una exposición de pistores costumbristas gaditanos del principio del siglo XX, una verdadera gozada para los sentidos.


Diecisiete años

    Ya han pasado diecisiete años con sus + y sus -, con sus X mí o X ti y sus : los dos. Años en que ha habido tiempo para que haya de todo:

-tiempo para nacimientos y otro tiempo de muertes

-tiempo de llorar y otro tiempo de reír.

-tiempo de abrazar y otro tiempo de desprenderse

-tiempo de callar y otro tiempo de hablar

-tiempo de amar y otro tiempo de odiar

-tiempo de buscar y otro tiempo de perder

    Y la vida sigue y nosotros seguimos caminando con ella, a veces creyéndonos los protagonistas de ella y en otras unos meros secundones que sólo actuamos a las órdenes del director. Seguiremos caminando buscando esa luz que deseamos encontrar, aunque en los momentos malos tengamos la tentación que en alguna ocasión la dejamos atrás.

    El conmemorar un diecisieteavo me ha traído a colación esta hermosa canción de la cantante chilena Violeta Parra: "Volver a los diecisiete"

Volver a los diecisiete
después de vivir un siglo
es como descifrar signos
sin ser sabio competente;
volver a ser, de repente,
tan frágil como un segundo,
volver a sentir profundo
como un niño frente a Dios.
Eso es lo que siento yo
en este instante fecundo.

Mi paso ha retrocedido
mientras el de ustedes avanza;
el Arco de las Alianzas
ha penetrado en mi nido.
Con todo su colorido
se ha paseado por mis venas,
y hasta la dura cadena
con que nos ata el destino
es como un diamante fino
que alumbra mi alma serena.

Se va enredando, enredando
como en el muro la hiedra,
y va brotando, brotando
como el musguito en la piedra.

Lo que puede el sentimiento
no lo ha podido el saber,
ni el más claro proceder,
ni el más ancho pensamiento.
Todo lo cambia el momento;
cual mago condescendiente
nos aleja dulcemente
de rencores y violencias.
¡Sólo el amor con su ciencia
nos vuelve tan inocentes!

El amor es torbellino
de pureza original;
hasta el feroz animal
susurra su dulce trino.
Detiene a los peregrinos,
libera a los prisioneros;
el amor con sus esmeros
al viejo lo vuelve niño,
y al malo sólo el cariño
lo vuelve puro y sincero.

De par en par la ventana
se abrió como por encanto;
entró el amor con su manto
como una tibia mañana.
Al son de su bella diana
hizo brotar al jazmín;
volando cual serafín
al cielo le puso aretes;
mis años en diecisiete
los convirtió el querubín.


La gran paliza

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-Dale más fuerte-le gritaban a Él.

-Así. ¡Venga con ganas! ¡Qué se note que eres un hombre!- le animaba alborozado otro vecino.       

            Él, animado por aquel grupo coral, armado de un palo le golpeaba a ella sin miramientos. Una y otra vez, como con rabia contenida. Ahora por delante, ahora por detrás y cada golpe sonaba sobre ella como un apagado tamtam. Con la cabeza gacha y las manos crispadas sobre el palo en alto descargaba toda la furia que encerraba.      

             Entonces la voz de Ella sonó desde dentro de la casa:

-Venga pasmarote ¿o te vas a pasar toda la tarde para sacudir una alfombra? Vente ya para dentro que tienes muchas cosas que hacer aquí.  

             El se detuvo de manera súbita, soltó el palo, y recogió la alfombra, que había estado sacudiendo, para ponerla sobre el hombro. Al girarse se le pudo ver que del ojo, que no tenía hinchado por el moratón, brotó una lágrima que lentamente resbaló por su mejilla. Sus pasos arrastrados le condujeron a la casa con la misma mansedumbre que un cordero es llevado al matadero.


La primera vez

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      La primera vez que ví ese rostro quede impresionado. Me resultó extraño. No pude olvidar la profundidad y el magnetismo de aquella mirada, que  desde entonces parecía acompañarme al girar cada esquina del poblado.  Aquella imagen me perseguía hasta en sueños. ¡Sólo a aquel misionero se le pudo ocurrir enseñarme ese instrumento al que él llamaba espejo!


En aquella naciente Universidad

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             A partir del post de Kotinussa muchos recuerdos se han removido por mi interior de aquel curso 76-77 en que, sin conocernos compartimos el mismo edificio universitario. Sin duda la situación era original, la Universidad de Cádiz era incipiente y sus instalaciones se repartían como podían. En aquel inmueble de bar compartido, por los estudiantes de Filosofía y Letras y los de Químicas, pasábamos las horas.             

            La facultad de Químicas estaba comenzando lo que hacía que se dieran situaciones pintorescas. Cualquier votación por parte del alumnado siempre las ganábamos los de primer curso ya que constituíamos casi el 70 % del total. Uno de los profesores venía a dar sus tres clases semanales desde el instituto de un pueblo cercano a cuyo claustro pertenecía, otro era trabajador de la fábrica de cervezas, algo interesante porque pudimos visitarla. Nos llamaba la atención uno joven, hoy debe ser ya catedrático que cuando hablaba de las partículas del átomo hablaba del “eletrón” y el “potrón”; nunca nadie se preocupó de decirle que no se llamaban así. De las profesoras recuerdo a una que, cuando daba su clase, acumulaba a casi todo el personal en las primeras sillas pero más que por las explicaciones era por la minúscula falda.  

             El maridaje con los alumnos de Filosofía y Letras se desarrollaba sin interferencias. Nos resultaban extraños aquellos individuos de aspecto desaliñado y que solían llevar un libro bajo el brazo, les solía sobrar tiempo para leer, algo que nosotros aparte de libros llenos de sesudas ecuaciones matemáticas y físicas, nos estaba vetado por falta de tiempo. Una cosa que envidiábamos era sus pocas horas de clase pues nosotros aparte de las teóricas de la mañana teníamos todas las tarde ocupados en práctica de laboratorio.            

            Pero todo tenía su parte buena. Cuando salíamos al atardecer del laboratorio, con la bata blanca, doblada sobre la carpeta, llena de manchas y agujereadas por las salpicaduras de ácido, atravesábamos la carretera y ante nosotros se abría uno de los espectáculos más hermosos que se puede observar: la puesta de sol en la playa de la Caleta. ¡Sólo por eso hacía que valiera la pena pasarse la tarde entre probetas y tubos de ensayo!


Marte entra en la casa octava

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           El otro día al recorrer la feria del libro, descubrí entre sus estantes un libro que estaba solitario. Al hojearlo me llamó la atención y cuando empecé a leerlo me decidí a comprarlo. El autor es Antonio Anasagasti, con el que hace muchos años compartí pupitre en el colegio. Antonio estudió la licenciatura en Derecho y entró en la Armada siendo actualmente Teniente Coronel. Hace años que no lo veo, pero si sigo sus vicisitudes literarias a través de la prensa, sabía que se dedicaba a la poesía, por lo que al ver que éste era un libro de micro relatos me sorprendió gratamente, sobre todo por su forma de escribir.            

           El micro relato es un género difícil, uno no puede explayarse y en pocas líneas debe conseguir por un lado condensar la acción atrapando al lector y por otro el conseguir al final esa vuelta de tuerca que sorprende y se agradece. Antonio consigue con su forma de escribir esas dos cosas. Su estilo es directo y ameno y se lee con tanto gusto que cuando se termina uno, éste actúa de trampolín al siguiente y cuesta dejar el libro para hacer un descanso. Por sus páginas aparecen escenas y personajes que nos suenan de la realidad, otros oníricos pero a todos, gentes sencillas y sin complicaciones, consigue darle ese tono humorístico que nos invita a la sonrisa, aunque a veces, incluso, sean verdaderas tragedias. Escritos en primera persona el autor parece participar de sus propias fabulaciones. Muchas de ellas las definiría como chistes literariamente muy bien conseguidos. Sin duda, quien se anime a leerlo pasará un rato muy agradable con esta primera incursión del autor en el mundo de la prosa.           

MI TRAJE DE PRIMERA COMUNIÓN

   "Mi madre recorrió todas las tiendas de Cádiz sin conseguirlo. El único modelo que quedaba era el más sencillo, el bordado con un simple ancla azul en el hombro. Todos mis compañeros se burlaron de mí, al vérmelo puesto en la iglesia. Algunos lucían galones dorados de oficiales y, los menos, parecían almirantes. Fue mi trauma de colegio, parecía un pobretón insignificante. En la mili me reencontré con alguno de ellos y les recordaba esa anécdota. Ellos se reían forzados, con una sonrisa tonta, y me miraban con recelo. Esta vez, llevaban un simple ancla azul en el hombro y yo lucía galones dorados. "  (Antonio Anasagasti)


La misiva póstuma

            Damián conoció a Marina por Internet unos tres años antes, aquel contacto previo internaútico se convirtió en una intensa relación que, aun pasando por distintas etapas y variada gama de colores, nunca dejó de ser intensa. Marina era muy especial usaba un seductor lenguaje que le atrapó desde el principio y su ternura le abrazaba como los brazos de un pulpo desde que se conocieron. Ella estaba casada con su antítesis un hombre burdo e incapaz de captar la sensibilidad más allá de su cuenta corriente, la que se dedicaba a engrosar con jornadas maratonianas de trabajo. Aquella amistad, a pesar de los quinientos kilómetros que le separaban se mantuvo y evolucionó en modos de comunicación, primero por el Chat, luego por los correos electrónicos y finalmente por las cartas. Marina disfrutaba escribiendo con su pluma de plata, cartas a Damián, donde su letra preciosista le transmitía primero curiosidad, luego cariño, al fin pasión y últimamente…temor. Sí, ella le decía que estaba preocupada por la actitud de su marido, lo notaba y lo sentía, ya lo había ella experimentado, que se estaba transformando en un hombre violento.            

            Imagínese la sorpresa de Damián cuando escuchó la noticia en la televisión de que Marina había sido asesinada de un disparo de revólver. Parecía que había sido un robo en la casa y la policía estaba investigando. Damián quedó alicaído y cabizbajo sin saber muy bien como reaccionar. Salió a la calle a despejarse un poco cuando mirando distraídamente en el buzón encontró una carta cuya letra reconoció al instante: ¡era de Marina! Rasgó el sobre con nerviosismo y, esta vez, la letra temblorosa reflejaba su miedo. Finalizaba diciendo que estaba aterrorizada pues el día anterior había visto cómo, su marido, cargaba una bala en un revólver y lo guardaba en un cajón.  Impelido por una fuerza misteriosa y la carta aún en su mano se dirigió en el coche a recorrer los kilómetros que le separaba de la ciudad donde había tenido lugar tan luctuoso suceso. En aquellas horas de conducción sus lágrimas se mezclaron con su rabia y concluyó que una buena venganza sería, mediante aquella carta, chantajear a aquel energúmeno y quitarle parte del lastre de sus podridas riquezas.            

               Llegó  al cementerio cuando el enterrador, cigarro en boca, daba las últimas paletadas de cemento al nicho tras el que había desaparecido el ataúd. Allí estaba el que supuso su marido, un individuo con aspecto taciturno y estudiada tristeza. Cuando lo vio salir solo, Damián se le acercó y le dijo que tenía que hablar con él de algo muy  importante. Agitó el sobre en su mano que el otro, ahora lívido, había reconocido, en seguida. El viudo le dijo que subiera a su coche y fueron a un apartado lugar, en mitad del campo, bajo un pino. Damián con esa fortaleza que le había dado la pena, le explicó todo como tenía esa carta en la que le ella le decía lo del revólver y la bala y que si quería que quedara callado debería darle 600.000 €.  A pesar de su ingenuidad, aún tuvo un instante infinitésimo pero suficiente en el que se dio cuenta de que Marina se había equivocado al contar y que, al menos, aquel revólver tenía dos balas.


Una fusión literaria

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Ella caminaba, elegante, engalanada de hermosas y rimbombante frases. Transitaba por líneas, oscilantes como S, dejando sonoras sílabas a su paso. El la miró con los ojos como dos O mayúsculas sobre todo cuando Ella con mirada pícara se despojó de los paréntesis que la cubrían, revelando ante Él todas sus letras.  Con suma donosura fue desprendiéndose primero de sus consonantes y luego, una a una de todas sus vocales. El se maravillaba viendo caer letra tras letra. Se arrancó un asterisco que le sujetaba el pelo agitando al aire su melena leonina, lo que le hizo volar a El algunos puntos de sus ies. Finalmente, para goce de los sentidos de El, exhibicionista ella, quedó sólo con una escueta diéresis prendida en su cuerpo lo que acentuaba su sensualidad.

 

El le planteó una interrogación que una sonrisa de Ella sirvió para cerrarla. Se aproximó a Ella y le arrancó con suma delicadeza aquella diéresis. La V deseosa  de Ella afloró ante El, a quién sumamente excitado su J se le transformó en L.  La V y su L colisionaron ahora, sin vocales intermedias,  y las comas que le separaban desaparecieron abducidas por la fogosidad. Y de aquel encuentro sobre un lecho de papel en blanco surgió una hermosa historia escrita a dos manos, a dos pies,…todo a 2. Un relato de pasión que se elaboró con renovadas frases.  Cuando exhaustos de goce llegaron al límite un punto y final se lo indicó. Entonces, El y Ella con la última letra que les había quedado tras aquella orgía literaria escribieron al unísono: ZZZZZZZZZ.


Ya está de nuevo aquí...

         "Polvo, sudor y hierro..." así si mal no recuerdo empezaba un viejo romance español que hablaba de las gestas del Cid. Ese mismo comienzo es el que me viene a la cabeza cuando llegan estos días de feria a mi pueblo. Son unos días extraños donde parece que el mundo se pone un poco al revés. Los que habitualmente trabajamos reducimos jornadas de trabajo o algunos, incluso, durante toda la semana vacacionan. Los que no suelen trabajar nada durante el año consiguen un puesto de trabajo durante unos días en mil y una labores haciendo jornadas de horas sin fin. El montaje de casetas une a todos ingenieros y parados, maestros y artesanos, que codo con codo trabajan de una manera tan intensa que si eso lo hicieran durante el resto del año nuestra economía se levantaría muchos enteros.

         A mi personalmente no me gusta nada la feria, será que no la viví cuando era niño, pero el jaleo del ferial no es de las cosas con las que disfruto, así que sólo procuro ir lo justo. Otra de las cosas que hace que no me guste nada es que es una feria que está en el centro, paraliza en todos los sentidos el pueblo y es sumamente molesta para la gente de las proximidades, entre las que me incluyo. Al menos, delante de la puerta de mi casa, como le ocurre a algunos no me ponen un puesto de patatas fritas y cada vez que vas a entrar o salir se tiene que echar para el lado el patatero. Esta feria atrae a mucha gente de los pueblos de alrededor, pero mucho de los que vivimos aquí, aprovechamos estos días para irnos a conocer otros lugares y tomar unas pequeñas vacaciones de primavera. Así que desapareceré de éste vuestro rincón durante unos días.

          Dejaré las macetas en la puerta del blog, si algun@ pasa por aquí, por favor: regarlas!


De vuelta

Siempre cuando vuelvo de algún viaje tengo paradójicas sensaciones, por un lado me ha alegrado el cambiar de ambiente y lugar, pero por otro me alegra también el volver a mi rincón habitual. He disfrutado de estos días en Valencia, un viaje que estuvo a punto de ser frustrado por una varicela inoportuna y de última hora pero que al final la situación no dio problemas.

Algunos apuntes del viaje:

-Nunca había subido a un avión tan minúsculo, tenía que ir con la cabeza agachada pues pegaba en el techo, me alegré de no ser un poco más alto porque me hubiera atorado en el pasillo.
-Todos los taxistas a los que conocí eran emigrantes.
- Los valencianos con los que me topé todo un dechado de amabilidad.
-Algunos días demasiado calor.
-Me dio la sensación de que los semáforos están más tiempo en rojo que en verde.
-La Ciudad de las Artes y las Ciencias un prodigio arquitectónico pero me decepcionó un poco por dentro.
-Interesante y curiosa la manera de realizar los ninots.
-Los dos platos de arroz que tomé estaban buenísimos.
-¡Qué grande es la Albufera!
-Tuve la alegría de reencontrarme con algún amigo al que hacía más de quince años que no veía.
-Escuché protestas de más de uno, debido a los atascos cotidianos que se forman por el corte del puente sobre el que se construye el escenario para la próxima visita del Papa en julio.
-Hay metro, pero nunca había parada donde yo tenía que ir, así que no me monté en él.
-Lo malo de que me dieran el último asiento del avión es que sólo me llegaban los canapés que nadie quiso.
-Es incomodísimo orientarse con un plano donde las letras no se ven y cuando intento sacar las gafas el plano se dobla de mil maneras imposibles de deshacer.
-Lo bueno de que me dieran el último asiento del avión es que al despegar y aterrizar la azafata sentada en el pasillo estaba justo a mi lado.

-Me enteré que eixida significaba salida, cuando después de muchas vueltas para salir a la calle sólo encontré una puerta con ese cartel.


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