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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006.

A primeros de mes

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         Ayer empezó el mes de octubre, el mes que más me gusta de todo el año y, que por ello, procuro saborear de una manera especial antes de que lleguen esas festividades en que se recuerdan, especialmente, a los difuntos.

         Al empezar este primero de mes, no sé por qué, me he acordado de esa frase hecha que, a aquellos que nuestros padres sufrieron el hambre de la postguerra, nos decían en nuestra infancia. En aquella época, donde la recuperación económica iba a paso lento, no existía esa “magia” producida por el dinero y que hace que cuando nuestros hijos necesitan algo automáticamente lo tengan. En aquellos años, sin embargo, la magia era diferente sólo tenía unos días concretos. Así cuando los frecuentes estirones asomaban mis delgadas piernas más de la cuenta se procedía a estirar los dobladillos de los pantalones, hasta que se agotaban. En aquel momento yo pedía unos pantalones nuevos, no tenía, al ser el mayor, la “ventaja” del resto de mis hermanos que heredaban los míos. Entonces es cuando me decían, que tendría que esperar un poco, “a primeros de mes”. Y, efectivamente, como si fuera una fecha mágica acudía con mi madre a una tienda de confección donde lo normal era pagar la ropa “a poquito a poco” y yo salía con mis flamantes pantalones con el dobladillo de reserva para futuros alargamientos. Sí, me acuerdo de aquella magia de los “primeros de mes” pero sobre todo la verdadera magia, de la que no fui consciente hasta años después, que desarrollaban mis padres para con un solo sueldo sacar adelante una familia de once miembros.


Ventoleras

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            Por el lugar en que vivo estoy acostumbrado a los distintos vientos, esas corrientes de aires que se forman debido a las diferencias de temperatura entre las distintas capas atmosféricas.  El rey de ellos es el Levante que impregna el ambiente e influye de manera ineludible en la vida y en las gentes y costumbres de la zona.

            Pero hay algo que produce aire, también, de manera mucho más sutil pero cuya influencia es decisiva en el que lo capta. Es un aire localizado, focalizado hacia una sola persona y que, generalmente, pasa imperceptible para el resto de la gente. Pocas ventoleras de estas suelen aparecer a lo largo de la vida pero hay que estar atento para ser conscientes de ella antes de que pasen de largo. Cuando suceden no se olvidan y su recuerdo nos acompaña el resto de la existencia. Son ventoleras de locura, de aires frescos y de renovación, capaces de alzarte a lo más alto hasta tocar las nubes con las yemas de los dedos. No se suelen elegir y llegan en momentos inesperados, esas son las más intensas, o cuando las circunstancias empujan ineludiblemente a ello.

             Ese aire tan especial es el producido por unas pestañas al agitarse que muestran, cuando se abren, la luminosidad de unos ojos brillantes que nos miran acariciándonos de esa manera tan única en la que nunca podrían hacerlo unos labios o unos dedos. Todo el que lo ha sentido alguna vez sabe a qué me refiero.




El túnel del tiempo

         En los próximos días voy a desaparecer sumergiéndome en el túnel del tiempo, para ello recorreré una distancia de mil cuatrocientos kilómetros, para llegar a un lugar diferente donde reencontrarme con parte de un pasado que allí quedó. A la vuelta contaré sobre esta experiencia a otro tiempo y lugar.


De regreso

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     Tras once horas de viaje, durante toda la noche, acabo de llegar a mi casa de este viaje de reencuentro con el pasado, para ello he ido hasta Salamanca donde nos hemos reunidos en una grata jornada los compañeros que compartimos varios años de facultad y amistad. Aunque todos confesamos que tuvimos las dudas normales de si valía la pena ir, por eso y de qué se puede hablar después de tantos años, el balance ha sido altamente positivo.

      Lo más original fue cuando nos vimos y los saludos tenían que ir acompañados del propio nombre para, en algún que otro caso, ser identificado. Pero es que aquel joven delgado de la melena hoy era un señor algo más grueso y totalmente calvo. Y aquella chica, que entonces estaba gordita, morena y con gafas; hoy carecía de ellas, pelirroja y de figura mucho más estilizada. Eso duró poco tiempo porque, en seguida, fuimos capaces de identificar más allá de su aspecto físico a cada uno y recrearnos en aquella imagen, levemente modificada, con quien pasamos muchas horas de laboratorios y diversión. Para ello fueron fundamentales unas fotos que algunos guardábamos como oro en paño y que sirvieron para decir: ah, tú eras este? Para la próxima vez no habrá problemas de fotos, porque las ocho cámaras digitales que habían lanzaron fotos a diestro y siniestro.

       Los años nos cambiaron a todos. Estuvimos quince. Y los entonces jóvenes solteros, hoy la mayoría casados enseñan con orgullo las fotos de sus hijos, algunos ya universitarios y que están recorriendo, en el ciclo imparable de la vida, las aulas que recorrieron sus entonces "menos carrozones" padres. Un gran porcentaje están en la enseñanza secundaria y lo que siempre se suele decir en una reunión de estas: nosotros éramos distintos a nuestros alumnos!¡No sé en qué piensan la mayoría!

       Almorzamos juntos, paseamos luego por aquellos rincones a los que entonces acudíamos y tras toda una tarde de convivencia y atrapando recuerdos, nos fuimos a cenar. La cena en un hotel estupendo estuvimos en la misma mesa y tras los postres baile hasta la madrugada. Cuando salimos Salamanca seguía viva, las calles llenas de gente, especialmente estudiantes que no piensan en que un día puedan estar recordando lo que ahora son.

        La mayoría viven en provincias cercanas pero otros atravesamos España de parte a parte, en un viaje largo, para una estancia intensa en que compartimos todo un día, desde por la mañana hasta horas de la madrugada, en que, con un hasta  pronto, nos hemos prometido vernos antes de las bodas de oro y seguir en contacto. Para ello tenemos ahora algo que entonces era impensable: internet.


Muertos afectivos

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             Todos conocemos a algunos de ellos, son gente de nuestro alrededor, próximos y conocidos. De ojos opacos, corazón acorazado, emocionalmente planos, de gestos controlados y sonrisa incapaz de superar determinada curvatura. Muchos son afables e incluso simpáticos, pero están afectivamente muertos.

             Al saludar lo hacen tendiendo una mano floja y fría, por la que parece no circular la sangre hace mucho tiempo y si las circunstancias le obligan a dar un par de besos, sus labios perdidos en el aire se acercan pero rehúyen el contacto con la mejilla, emitiendo un leve chasquido en aire similar al de las articulaciones.  Sólo hablan de cosas que no les implican como el tiempo o los deportes y si tienen que preguntar cómo estás se horrorizan de que la contestación sea algo diferente a "bien". Vigilan que nadie se introduzca en su interior y para ello se recubren, con estudiado esfuerzo, de una piel resbaladiza contra la que se destroza cualquier intento ajeno de cercanía.

              Seres que se resisten a cambiar con los años, ¿para qué? si ellos se encuentran bien. El único cambio que un día más o menos lejano se avienen a realizar es el cambiar la a por la e y convertirse en efectivamente muertos.

            


Hacia el centro

     Tengo poco tiempo para actualizar esto, pero no quería dejar de poner un pequeño saludo, por si alguien entra. Vientos laborales me llevan esta semana hacia el centro de la península, donde espero trabajar por las mañanas y disfrutar de esas tardes otoñales que brinda Madrid a los que por allí pululamos. ¡Hasta la vuelta!

Otoñeando por Madrid

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      Estoy de vuelta tras un viaje, en transporte público, de algo más de 600 km en tan sólo cinco horas, muy lejos de aquellos viajes que hacía no hace mucho tiempo y en los que tardaba más de doce horas. Decididamente el transporte público está mejorando.

      He estado durante toda esta semana otoñeando por Madrid, lo que ha supuesto un verdadero goce para los sentidos. El motivo ha sido un curso sobre inteligencia emocional. Interesante. Al que hemos acudido una veintena de personas de distintos y bien distantes lugares de España. Dos ponentes de lujo que nos han intentado dar pistas sobre como dotar a la inteligencia de emociones. Labor ardua pero apasionante.

      He recorrido muchos kilómetros por las calles y pisado las hojas secas sobre la tierra. Me he mojado con la lluvia bienvenida y hecho fotos para no olvidar. He comido y cenado cada día con alguien diferente, eso me ha permitido hablar algo, escuchar mucho y reencontrar matices ricos y variados de viej@s amig@s que habitualmente viven lejos y en circunstancias muy diferentes a las mías. En este tipo de viaje estoy especialmente atento para, aparte de aprovecharlos, captar en cada momento esas pequeñas luces que sólo se puede captar una sensibilidad especialmente preparada.


La inutilidad

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         Durante la ceremonia de entrega de los premios Príncipes de Asturias, el novelista norteamericano Paul Auster indicó que el valor del arte en cualquiera de sus expresiones diversas reside en su "inutilidad".

         "El arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista, pero ¿qué tiene de malo la inutilidad?¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo?", afiirmó Auster durante su discurso.

           Me parece original ese valor que le da el escritor a la inutilidad y esa proyección de esa palabra a un aspecto tan lejano del, habitual, peyorativo. Cierto es que el arte en sí no tiene un valor inmediato, sino que éste surge de despertar, en las personas a las que llega, su sensibilidad y una serie de emociones que es la que le van a dar su peculiar riqueza. Una hermosa inutilidad pero que enriquece al que desarrolla una obra de arte y al que la disfruta. Valor intrínseco que va perdiendo cuando el arte se mercantiliza y pierde esa inicial simpleza para convertirse en una mercadería que funciona a base de dinero.

           Por similitud ampliaría el valor de la inutilidad a otros conceptos de la vida y abogaría por recuperar esas cosas inútiles que hacen la vida, no sé si más fácil, pero estoy seguro que mucho mejor. Me refiero a:

- respirar el aroma de una flor

-esbozar una sonrisa cuando saludamos a alguien

-escuchar el trino de los pájaros

-contemplar las olas rompiendo contra las rocas

-paladear un café

-acariciar el lomo de un libro

-sentarnos frente a una puesta de sol

-pasear por el interior de una catedral silenciosa

-hacer pajaritas de papel

-....

       Seguro que hay muchas más.¡Qué de cosas! Tan "inútiles" como maravillosas. Seguro que se os ocurren muchas más. Tenemos que estar atentos a ella, para que no se nos escapen y pasen de largo, porque son las que ayudan a conseguir que un día sea distinto al otro y se pueda transformar en inolvidable.


Arañando la tierra

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            Cuando la vida nos conduce a vivir por distintos territorios, donde los amaneceres son diferentes, la gente sonríe por otros motivos y se despiertan a horas diferentes, los campos tienen distinto color, el agua otro sabor y el aire sopla con desiguales matices,… al marchar uno se lleva a sus espaldas un bagaje de personas, rincones y experiencias que hacen que irremisiblemente se vayan comparando unos lugares a otros. 

            Y así hay lugares que quedan en el recuerdo oscurecidos tras unos tenebrosos visillos y a los que se preferiría olvidar. Otros en vez de pasar por ellos pasan por nosotros flemáticos, envueltos en una asepsia que los convierte en invisibles. Otros, al fin, nos deslumbran y el día que los percibimos parece que, como israelitas tras el desierto, hubiéramos llegado a la tierra prometida. Y como si nuestro corazón tuviera un arado, araña esa tierra, removiéndola, y sacando de ella lo mejor que tiene en una experiencia que nos lanza, incluso, hasta el final de nuestra existencia llevándonos a pensar que nos alegraría, en ese día postrero, descansar en su interior.

             Pero el dinamismo de nuestra existencia nos aleja de esa tierra y, desde entonces, aunque la veamos desde la distancia, la memoria se encarga de mimarla a partir de nuestros mejores recuerdos sobre ella. Y enterrados en ella se dejan trozos del propio corazón, con la secreta esperanza y la firme promesa de, algún día, volver a recogerlos.


Su primera vez

          La mano rasgó el aire y se detuvo, resonando como un látigo, al impactar con el rostro de Hortensia. Sus ojos agotados ya de lágrimas sólo eran capaces de mirar, con una mezcla de perplejidad y dolor, a Agustín, mientras su cara sentía una primigenia hinchazón. Años de sufrimiento callado, en los que había sido incapaz de arrancarse de su lado por una adherencia sicológica incontrolable. Sufría desde hace tanto tiempo,…pero es que, no sabía por qué, lo quería… 

¡RIIIIIIIIIIINNNNNNNNGGGGGGG!

 -Venga Hortensia, despierta que vas a llegar tarde a tu primer día de instituto.

-¡Qué sueño! Y uf, ¡qué pesadilla!

-¿Qué has soñado?

-No sé muy bien mamá, sólo sé que lo he pasado fatal en el sueño y todavía tengo el corazón agitado. Venga desayuno rápido, que no quiero llegar tarde en el primer día de clase……

........

-¿Qué tal te ha ido en tu estreno?

-Muy bien mamá, aunque tendré que estudiar mucho este primer año las asignaturas parecen difíciles.

-¿Has conocido a alguien?

-Sí, a un chico que se sentó a mi lado, parece un poco brutote pero es tan atractivo y encantador…se llama Agus…


Realidad nacional

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         No me gusta escribir de política, pero sin que sirva de precedente, lo voy a hacer esta vez. Esta mañana mientras viajaba en un autobús azotado por la lluvia, escuché por la radio la noticia de que la comisión que está elaborando el Estatuto de Andalucía había llegado al acuerdo de definir a Andalucía como "realidad nacional". Como vemos esa fiebre que ha provocado el estatuto catalán se contagia como la peste negra por las distintas comunidades, y claro, unos políticos no quieren ser menos que otros y de que pase la ocasión de que se hable de ellos. Señores que parecen moverse en otro planeta al que nos movemos los comunes mortales, pero con el grave peligro de que sus decisiones nos influyen, ahora se meten a jugar con las palabras y han sacado esa originalísima expresión, se ve que no estaban muy inspirados, acudiendo a un manifiesto de tintes separatistas que data de 1919. No sé muy bien que significa. ¿Realidad será por oposición a virtual? ¿Nacional? No será una redundancia cuando todos formamos ya parte de una nación.

         Nunca me ha importado pagar impuestos, pero agradecería que no se gastara mi dinero en estas reuniones que dedican a una actividad tan sesuda como ésta de redefinir con palabras extrañas, que nadie va a entender, la esencia de los habitantes de Andalucía. Algo de tiempo me ahorraré, porque en cuanto empiece a leer el nuevo Estatuto y vea en el preámbulo esto de "realidad nacional", lo cerraré y ya no seguiré leyendo. Creo que mi tierra y su gente son algo mucho más rico que ese sesgo constreñido y ombligista que se le pretende dar con estos experimentos.


Llegó el día

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            El estaba eufórico y no podía disimular su nerviosismo. Llevaba tanto tiempo esperando este momento… En cuanto entró en la habitación la vio, con su blanca piel tendida cuan larga era y con esas formas tan características que a El le descomponían. La imagen, que se le brindaba de Ella, era tan sensual como El había imaginado. Se acercó poco a poco. Ella impávida parecía estar expectante. El tenía una extraña sensación, se sentía saturado por dentro y estaba deseoso de vaciarse sobre Ella.            

            Con movimientos aristocráticos, se acercó hasta Ella y dejó al descubierto esa punta, enhiesta y brillante, de la que se sentía tan orgulloso y fue, cuando al contactar con Ella, empezó a vaciarse lentamente mientras se deslizaba sobre su superficie. Ella tembló levemente cuando sintió su acercamiento y empezó a perder su límpida blancura.            

            Ya había llegado el día en que comenzaba el taller literario y el bolígrafo, El, siguió deslizándose durante horas sobre aquella hoja blanca, Ella, engalanándola exquisitamente con sus palabras, como nunca imaginaron ni El ni Ella.


No me vuelvo a enamorar

     May se miró en el espejo mientras cubría su cuerpo desnudo con la camiseta que acababa de comprarse. Una camiseta blanca rotulada con letras negras: NO ME VUELVO A ENAMORAR.  Le gustó el reflejo de sus muslos morenos contrastando con la blancura de la camiseta.

 

            Al sentir el tacto del algodón sobre su piel mil recientes emociones despertaron en su interior. Nunca pensó que mediada la cuarentena podría revivir sentimientos adolescentes que aquel encuentro meramente azaroso con Raúl iba a devenir en un enganche tal por su persona. Raúl fue capaz de descorcharle su corazón del que surgió en cataratas emociones hibernadas que pensaba ya muertas. Y juntos volaron sobre las nubes y, en la noche, se columpiaron en las estrellas. May se sintió la mujer más feliz del mundo y, en el fondo, culpable de volver a vivir lo que algunos llaman amor. Cada minuto de su existencia era pura vida y, sobre todo, cuando se encontraba con él se veía en un mundo engalanado por brotes de felicidad. Se sentía pletórica al sentirse de nuevo deseada, admirada,…pero sobre todo querida. Era como si Raúl, a modo de un hábil escultor, la hubiera cogido entre sus brazos y hubiera conseguido moldear lo mejor de sí misma, esa parte de ella que no parecía, ni siquiera, pertenecer a este mundo.

 

            No supo que el tiempo que duró, le pareció sólo un instante, hasta que fue consciente de que por aquellos poros abiertos comenzaba a entrar un aire gélido, de que aquella piel que había dejado al descubierto era lastimada hasta por la brisa. De aquellos encuentros cotidianamente anhelados, empezaron a brotar amagos de celos, frustraciones ocultas y querencias mal entendidas que terminaban en tristes adioses que le amargaban el dulzor de los comienzos. Aquel gozo inenarrable se tornó en dolor y decidió que era la hora, si alguna vez es buena hora para despedirse, de decir adiós.

 

            Sus ojos se rasgaron en lágrimas y giró la cabeza, y con ella todo su cuerpo, a lo que había estado viviendo. Raúl, muy a su pesar, se convirtió en personaje histórico y fue, entonces, cuando decidió comprar esa camiseta que ahora acariciaba sus hombros. Había vivido con intensidad, algo suyo había muerto pero debía seguir viviendo. Salió a la terraza,  y aspiró el olor a humedad. Unas gotas de lluvia cayeron sobre su rostro y abriendo los brazos dejó que su camiseta se empapara y vio como sorprendentemente el agua caída emborronó el NO que acabó borrándose.  Un hombre alto pasó por debajo y, por un instante, sus miradas se cruzaron. Ella tembló y mientras veía como desaparecía aquel hombre en la oscuridad de la noche, se quitó la camiseta del NO emborronado y la lanzó a la calle. Dejó que su cuerpo desnudo se envolviera en las gotas de la lluvia que lamieron toda su piel. Ella se sintió bien y esbozó una amplia sonrisa.


Progres-ando

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               Entre las servidumbres que van imponiendo los años está la pérdida o dificultades en la visión. Hace cuatro años por primera vez tuve que empezar a usar gafas cuando me di cuenta que las letras pequeñas, sin motivo aparente, se desdibujaban y entrecruzaban unas líneas con otras. El colocarme las gafas del cerca hizo que mi mundo más próximo cobrara claridad y nitidez, pero que más allá de los setenta centímetros a mi alrededor todo se desdibujara y se perdiera en la turbidez, con lo que mi vida cotidiana se convirtió en una continua opción entre el ver lo próximo o lo lejano.            

               Esto me originaba algunas dificultades. Si conducía no veía el gps  y si me daba por mirarlo tenía que frenar en el arcén. Cuando caminaba por la calle y sonaba el móvil, tenía que detenerme buscar las gafas y colocármelas, maniobras  suficientes para que el que llamaba se aburriera. Si acudía a algún curso o charla, mientras tomaba apuntes con las gafas no era capaz de captar los rasgos de la persona que emitía la voz, lo que obligaba a un continuo quita y pon de las gafas. Y no hablemos de la comida, si quieres ver las caras de los que te rodean te expones a comer cualquier cosa, todo está turbio, de lo que flota en el plato. O veía la televisión o leía el periódico, no se podían simultanear ambas actividades.            

                Al fin alguien me dio, hace varias semanas, la solución a todo esto: unas gafas con lentes progresivas. Y esa ha sido la solución para aunar el mundo próximo y el lejano y con las progresivas voy progres-ando, por ahora estoy encantado con dicho remedio. Le pregunté al óptico, pero me lo negó, si había un tipo de cristales más sofisticados que aparte de ver a la gente me ayudara a identificar con nitidez sus intenciones, pero para eso no hay nada y habrá que seguir como hasta ahora echando mano y educando a la intuición. Al menos, eso me consuela, esa es una de las cosas que, bien dirigida, crece con los años en vez de mermar.


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