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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2006.

¡Bienvenido septiembre!

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          Paradójicamente al carácter nostálgico que podría suponer el dibujo colgado en el post de ayer, debo reconocer que la entrada del mes de septiembre no me disgusta. Supongo que la ruptura debe ser mayor para el que se aleja, por ejemplo, de la costa y sabe que ocurrirán muchas cosas hasta que pueda ver el mar, pero cuando el mar nos acompaña en la vida cotidiana no hay tanta diferencia entre lo que es vacacionar o trabajar.

          Me hace rememorar a aquellos años infantiles de veranos interminables en que yo estaba deseando ya el comienzo del curso. Se revolucionaban los armarios y aparecían esos pantalones largos, que ahora quedaban por encima de los tobillos, los zapatos gorila que abrazaban el pie con estudiada eficacia y sobre todo ese aroma a goma de borrar, lápices de madera y libros nuevos que auguraban el comienzo escolar. Eran tiempos de reencuentros con aquellos compañeros de colegio tras tres meses, algunos tan crecidos que casi nos costaba reconocerlos. Ahora aunque no me influye la escuela tan directamente, que duda cabe que su influencia sigue en mi vida.

          Aparte de eso hay muchas cosas que parece que el mes de agosto actúa sobre ellas de forma paralizante. Desde la televisión que languidece en los rincones domésticos como pidiendo  perdón por tener que poner cualquier cosa por mantenerse enchufada, hasta lo que es el encargo de un libro o un mueble, en el que el interlocutor como algo sabido y soportado dice eso de: ya sabe que en agosto todo está cerrado. La Administración que cuelga un cartel invisible de “todo cerrado” y los periódicos que adelgazan de tamaño sustituyendo artículos y temas culturales por fotos de prensa rosa o de cuerpos soleados y es que claro…como estamos en verano…Buena época incluso para aquellos de manifiesta torpeza laboral y que en esta época refugiados en las calores parecen disimular su incompetencia.Ya sé que habrá muchos que no estén de acuerdo conmigo, pero tras unos días necesarios para romper la rutina que la vida nos impone, prefiero mucho más la llegada de septiembre y la vuelta al engranaje habitual. Por eso para mí el otoño es la etapa que más disfruto del año. Lo que es necesario, siempre, es desarrollar la capacidad de disfrutar de esos pequeños momentos que la vida nos presenta en el día a día y que pasan de largo por delante nuestra sin que seamos capaces de atraparlos. ¡Esos serían ratos de verdaderas vacaciones!


Le gusta leer...

20060902122957-leyendo.jpg...a mi también.

El décimo hombre

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  Siempre es sorprendente la forma en que nos interesamos por un determinado libro. En esta ocasión el anuncio de una reedición de este título me hizo  buscarlo, me sonaba, por las estanterías más ocultas de mi biblioteca, hasta que lo encontré en una edición de 1985. Es de esos títulos que me resultaba muy conocido pero que nunca había leído.

    El argumento arranca en una prisión alemana durante la segunda guerra mundial. En su interior hay diez reclusos. Un oficial les avisa que tres de ellos van a ser ejecutados pero será ellos quienes elijan a los tres condenados. Sortean tan nefasto premio pero uno de los que le toca se niega a seguir su suerte y ofrece su casa y sus riquezas, todo lo que tiene, a quien ocupe su lugar en el cadalso. Uno acepta con tal de que todo ello pase a su madre y hermana cuando él muera.

     Tras terminar la guerra aquel hombre que sobrevivió, ahora pobre y  con esa muerte sobre sus espaldas, sin saber muy bien donde dirigirse va a su antigua casa, donde ahora viven los familiares del muerto y allí se presenta como uno que conocía toda la historia porque era uno de los presos. Este libro es una reflexión sobre la actuación humana cuando se somete a la persona a condiciones extremas.


Unas soñadas vacaciones

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            Al fin lo consiguió, por primera vez en muchos años logró tomar unas soñadas vacaciones. Las preparó minuciosamente para que no le fallaran y se fue a un lujoso hotel de montaña. Desde la mañana a la noche tenía todo su tiempo organizado: desayuno, andar por la sierra, piscina, ducha, almuerzo, siesta, lectura, merienda, piscina, cena y mirar a las estrellas durante un buen rato antes de dormir. Pero transcurrido el primer día se percató de que aquellas vacaciones no serían tan relajadas si no era capaz de dejar de enturbiar su corazón con esos dimes y diretes que le rodeaban en su rutina diaria, esos amagos de cariño, esos ensayos de querencias y confusos sentimientos que le envolvían. Lo mejor era dejar que, también, su corazón reposara y cesara un poco en su aceleración ventricular. Y aquella segunda noche tras contemplar las estrellas, divisar tres cometas y un posible ovni, se fue a la cama con esa decisión: enlentecería un poco su corazón. Pero como nunca se sabe de qué somos capaces cuando decidimos algo, parece que, lo hizo demasiado.

                 A la mañana siguiente la limpiadora del hotel lo encontró tendido en la cama con el corazón totalmente paralizado. Pero lo peor no fue eso, sino que había pagado por adelantado quince días de estancia.


Travesuras de la niña mala

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      Ya hacía tiempo que no leía nada de Mario Vargas Llosa y el leer éste, su último libro, me ha resultado una experiencia francamente grata. Se trata de un libro bien trazado, agradable de leer y aderezado con expresiones latinoamericanas. Su argumento gira en torno a una hermosa, original y dilatada historia de amor entre un hombre y una mujer que se perpetua durante cuarenta años. Los protagonistas son la niña mala, de quien sólo casi al final de la novela nos enteramos de su verdadero nombre, y su sufrido y testarudo enamorado Ricardo Somomurcio.

       Sus primeros encuentros se desarrollaron en Lima, en aquella época en que ambos eran adolescentes y fue cuando Ricardo quedó prendidamente enamorado de aquella mujer que tanto le haría sufrir. Ella desaparece y no vuelven a encontrarse hasta años más tardes en París donde él vive y trabaja como traductor. De nuevo se tiene ella que marchar y se reencuentran pasado el tiempo en Paris donde ella se ha casado. Nueva desaparición y vuelta a encontrarse primero en Londres y luego en Tokio hasta donde llega Ricardo tras su enamorada. Descripciones de lugares, huidas y reencuentros con estudiados altibajos de ánimos de nuestro protagonista que mantiene la pulsión narrativa a lo largo de todas las páginas. Tensión que alcanza sus cimas en cada uno de los encuentros en el que ella parece siempre estar jugando con él y Ricardo encerrado en un amor del que no puede salir a pesar de ser consciente, en muchos momentos, de lo imposible que es...pero él no ceja en su empeño...hasta el final. Un libro, sin duda, que aconsejo para pasar un rato agradable.

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Sueños nocturnos

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          No suelo soñar habitualmente, pero hay sueños que, al despertar, parecen haberte embrujado para el resto del día. Hoy me ha ocurrido, lo noté porque mi despertador biológico se retrasó y al despertar noté que había estado profundamente dormido y sumergido en una fase onírica de la que sentí despertar. Nunca deja de sorprenderme el carácter azaroso de los sueños y la forma sinuosa en que logra introducirse en los recovecos más perdidos de nuestro subconsciente. La mayoría son leves pinceladas que como finos pinchazos de aguja horadan y desaparecen de manera fulminante, otros en cambio, como el de hoy, parecen invadirnos completamente, nos dominan, nos entregamos a él y cuando despertamos es como si una pátina invisible nos impregnara dejándonos desnudos a la vista de todo el mundo.        

         Pero no es así, nadie se da cuenta, sólo nosotros somos conscientes de que una enorme fuerza interna se ha apoderado de nosotros por unas horas sin que podamos hacer nada a cambio. En él he me ha acompañado esa persona que ya hace años murió y que, sin embargo, sigue a mi lado aunque la vida se empeñara traidoramente en lanzarla más allá de las estrellas. También esa otra mujer que la memoria pugnó por olvidar y que aparece hermosa, mimosa, burlona, sonriente y desafiando mis esfuerzos. Y me veo paseando por rincones lejanos donde sin haber un jardín me invade el aroma de las flores,  abrazado por el pasado y perdido en un futuro que, paradójicamente, en cuanto despierto ya ha transcurrido. Lo que más me impresiona es que una vez despierto aún puedo sentir las brasas de unas sensaciones ardientes que yo, ingenuo de mí, pensé que se habían apagado para siempre. No es por eso extraño que esté deseando reencontrarme, esta noche, con la almohada para que cese sobre mí la influencia de ese hechizo.


Prebendas

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              Últimamente circunstancias personales me han hecho toparme con gente que tenía prebendas colgadas en el pecho como el que luce las medallas a los ojos de todos en los desfiles. Pertenecen a una determinada clase social que nunca consentirían explícitamente el sistema de castas como el que existe en otros países, pero que con sus actitudes y modos hacen lo posible por perpetuarlo en nuestra sociedad.

               Son esos que cuando se les pretende aplicar la misma vara o norma que al resto de los mortales suelen sacar aquella frase que era tan habitual en nuestro país en años pretéritos: ¡No sabe con quién está usted hablando! Y pobre de aquel que intente ponerle alguna limitación, recibirá una llamada de su superior recriminándole: Pero ¡cómo se le ha ocurrido! Sus cuentas corrientes son abultadas tanto las blancas como las negras. Su ideología es lo de menos, los hay en todo el abanico político no depende tanto de la postura política como de la que tome ante la vida. Gastan muy poco, por eso suelen tener tanto dinero. No pagan entradas, siempre van invitados a los mejores lugares por otros de la misma casta. Entre ellos se piropean, se homenajean y se distinguen. Les hacen multitud de regalos sobre todo de aquellos que ellos miran por debajo del hombro y que sin embargo esperan recoger algún favor o migaja. No suelen usar el transporte público, su vehículo, su teléfono, su vivienda, lo que no saben que, incluso, su prestigio suele ir a costa de la empresa o de los contribuyentes. Creen que el mundo va de maravillas gracias a ellos y están ignorantes de lo que les rodea gracias a toda una cohorte de pelotas que se encargan de que así lo parezca.  Qué difícil es para el que vive así considerarse uno más de los habitantes de este planeta y educar la sensibilidad hacia aquellas personas que ellos suponen en ese escalón artificial de más abajo.

          No saben que puede llegar un día en que un viento fuerte le arranque esas prebendas y como un Adán en el paraíso se sienta desnudo frente al mundo. Y si a pesar de todo mantiene a todas ellas colgadas en su pecho hasta su muerte, ya habrá alguno mientras empuje su ataúd , esboce una sonrisa, pensando en las prebendas que, ahora, le toca heredar.


Como dos mariposas

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    Vuelan continuamente por el aire, cada una con su revoloteo, pero en ningún momento olvidan a la otra, ni se alejan de ella. Luego, en una postura muy repetitiva, se posa una sobre la otra y se acurrucan entre sí. Juntas cuando se elevan al cielo para orar, acompasadas cuando multiplican caricias, cruzadas para descansar, ocultas para protegerse del frío, entrechocándose con fuerza para mostrar su alegría o desnuda  y cálida para encontrarse con otra.

    Establecen largos discursos sin palabras, trasparentando el ánimo, la alegría, la timidez e, incluso, las torpezas. Unas veces cuidadas hasta la extenuación, vestidas en piel suave y coronadas de cimas primorosamente esculpidas. Otras desgajadas por el esfuerzo cotidiano, los extremos aparecen romos o astillados. Nos relatan las historias que languidecen tras ellas o los triunfos de las que fueron partícipes.

     Esta bien avenida pareja es capaz de arrancar los más grandes placeres o los más terribles dolores. En definitiva, son las que mueven el mundo. Las manos...¡qué poco haríamos sin ellas!


En una tarde de calor

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           Hacía mucho calor, incluso demasiado para ser en verano y es que las cinco de la tarde era muy mala hora, pensó Ella, pero así son las cosas y hay que aguantarse, repensó resignada. Y allí estaba esperándolo ¿siempre tenía que ser así? Esperando Ella a que se le ocurriera aparecer por allí. No era su primera vez, pero se sentía excitada como si lo fuera. Notaba su piel húmeda por el sudor y la excitación, su mirada expectante y su imagen estática en aquella espera. Al fin el cruzó la puerta. Ella lo conocía de sobra, pero ahora al verlo aparecer no pudo dejar de sentir que todo su cuerpo apreciara una sacudida. Cuando advirtió aquellos ojos negros brillando al sol y su gran cuerpo desplazándose con aquella agilidad experimentó un ardor irreprimible. El pareció hacerse el despistado mirando a su alrededor, pero cuando vio como lo miraba no pudo reprimir ese instinto que lo atraía irremisiblemente hacia Ella. Cuando estuvieron cerca, se miraron a los ojos, sólo fue unos segundos.

           Ella, entonces alzó con estilo lo que llevaba agarrado entre sus manos. El, sorprendido, pasó de largo… Al mismo tiempo cientos de garganta estallaron en un OLEEEEEEEE,  aplaudiendo el gesto de esta joven matadora de toros.


Reencuentro efímero

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     Hoy te encontré agazapada en lo más recóndito de mí. Intenté rodearte con mis brazos pero te volatilizaste entre ellos estallando en sonoras carcajadas.

    Sigo triste y aún más solo, si cabe, pero ahora, además, me retumban los oídos.


Las intermitencias de la muerte

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            Un libro de Saramago en que trata un tema original. En un país determinado la muerte decide un día dejar de matar. Y lo que en un principio, la inmortalidad, se podría considerar como un profundo deseo humano se convierte en un problema social que influye en multitud de facetas: residencias de ancianos y hospitales saturados, funerarias en quiebra que se tienen que dedicar a enterrar animales, aseguradoras de vida que tienen que replantearse sus funciones y la aparición de una maphia que se encargará, en parte, de resolver ese problema llevando a los que están en camino de morir fuera de la frontera del país para que así puedan culminarlo. Más tarde cambia la muerte de táctica y les manda a los que van a morir un preaviso de ocho días en una misiva en papel violeta, hasta que hay uno al que no hay forma de entregarle esa carta y se las tiene que ingeniar para que llegue a sus manos. 

                 Siempre me ha parecido el estilo de Saramago un tanto agobiante. Crea como una atmósfera plomiza, un país gris sin nombre, y unos personajes desdibujados que atraviesan todas sus páginas. Su forma de escribir característica hace que los párrafos se agolpen, que aparezcan mayúsculas después de comas y que los diálogos no se diferencien de la narración, lo que en muchas ocasiones no lo hace cómodo de leer. En cuanto a la originalidad inicial parece perder algo el norte a medida que avanza la narración.


Las musas

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         A la hora de ponerme a escribir nunca me ha asustado el enfrentarme al papel en blanco, normalmente porque antes, en la cabeza, con un lápiz invisible le he dado vueltas a las ideas. El papel me sirve para dar forma a ese batiburrillo de palabras que circulan por los huecos de mis neuronas y colocarlas de una manera lógica y agradable de expresar las ideas. A veces empiezo intentando plasmar sólo unas líneas pero finalmente acaban transformadas en varios folios.            

        Pero ¿qué es lo que inspira un escrito? ¿dónde están esas musas? Lo complicado y emocionante, a la vez, es que no se pueden controlar. Se esconden cuando las buscamos y surgen cuando menos lo esperamos. De un granito puede surgir la mayor de las obras maestras y tras un gran desarrollo podemos toparnos con una inmensa pared que impide cualquier avance.             

        Una foto, una palabra, una conversación, una lectura, un suceso, un pensamiento, son algunas de esas musas necesarias para realizar cualquier texto con cierta enjundia. Pero hay una musa que suele estar por encima de todas ellas es el de esa persona que, un día, nos trastoca positivamente las emociones dotándonos de una sensibilidad extrema capaz de escribir las mejores páginas de nuestra vida. El que es capaz de enhebrar esas páginas es sin duda un ser afortunado pero casi más que por lo que escribe por lo que durante ese tiempo ha sido capaz de sentir. ¡Ese sí que ha conocido a una verdadera musa!


Bus-eando

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          Todos estamos convencidos de la importancia de los ordenadores por lo que simplifican y facilitan el trabajo, aunque a veces gastan malas pasadas, como ocurrió esta mañana en el autobús en que tuve que viajar para acudir a una ciudad próxima a una reunión. El conductor ya iba diciendo que el día anterior lo habían avisado urgentemente para hacer ese trayecto del que no tenía ni idea. Lo que no dijo es que tampoco sabía usar la máquina expendedora de billetes.

           Así que llegamos a la primera parada, intenta sacar el primer billete a un joven que observa pacientemente las inútiles maniobras con la máquina. Finalmente, desesperado, le dice al joven y a las ocho personas que le siguen que pasen, que hoy viajan gratis. Y así en todas las paradas hasta llegar a destino, todos los que subían ponían cara de sorpresa que mudaba en una amplia sonrisa cuando veía que empezaban bien la mañana al ahorrarse unos cuantos euros. De los casi cuarenta que viajamos fui, entonces, de los únicos que pagó su billete.

         A la vuelta estaba expectante por si me tocaba aquel jacarandoso conductor, pero mi gozo en un pozo ya que el conductor que me tocó manejaba la máquina de billetes con la habilidad de un verdadero experto.


Original cartel

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      Colocado por el farmaceútico de mi barrio sustituyendo a la máquina exterior de preservativos, ante las acciones de un individuo de dudosa racionalidad.


Vacaciones en el mar

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      No me voy a referir a aquel crucero en el que hace ya muchos años atravesábamos los mares a través de la televisión, sino a un grupo de gente, de no ser que recóndito lugar de secano, que debe gustarle eso de vacacionar junto al mar y se han pasado el verano en una casa de planta baja en mi misma calle.

      He dicho lo de un grupo pero debería decir, mas bien, muchedumbre  porque han sido incontables, a lo largo del verano puede que hayan pasado un total  de unas ochenta personas por tan menguado hogar. Ese centro de la casa que en muchos sitios es la televisión aquí se sustituyó por una piscina hinchable que les ocupaba todo el patio. Piscina que es como si estuviera en mitad de la calle pues su vista se disimulaba levemente por unos paneles a baja altura. Siempre había gente en la piscina, yo diría que entraban por riguroso turno, y sus chapoteos y salpicones retumbaban en toda la calle. Desde tempranas horas de la mañana hasta altas horas de la noche el plof-plof animaba nuestra vida diaria. Nunca se podía ver la superficie libre porque del agua siempre asomaba cabezas de variadas edades y pelajes. Un día, incluso, vino un camión cisterna que atravesado en la calle se dedicó a llenar la piscina, no me extrañó que con tantas salpicaduras se les hubiera vaciado.

      El segundo punto en torno al cual se situaban aquel variado conjunto de personajes era una mesa grande situada no lejos de la piscina y cubierta con un techo que les protegía de las inclemencias del tiempo. Era una mesa multiuso en torno a la cual se reunían como lo hacen los sioux en torno al fuego. Allí comían odorantes y grasientos guisos cuyos aromas  atravesaban ventanas vecinas para confundir a las comidas de otras cocinas. Entre plato y plato aderezaban sonoras carcajadas que formaban olas en el agua de la piscina en largas sobremesas de postres, café y pasteles que se prolongaban, sin solución de continuidad en una merienda.Cuando la mesa quedaba libre de migas de todo tipo, venía el momento del gran vicio de aquel grupo de veraneantes apretujados: el bingo. Los gritos, no precisamente de los niños de San Idelfonso, avisaban a toda la calle del número que salía y tras esto el mayor o menor jolgorio nos avisaba de quien era el afortunad@ y así durante horas sin fin, en que entre bola y bola sólo se oían gritos y ploffs.

      El tercer punto estaba situado en el interior de la casa, ahí si había una gran televisión delante de un sofá, también permanentemente ocupado, que estaba encendido las veinticuatro horas. El volumen estaba suficientemente fuerte para que todos pudieran seguir el programa del tomate: los del bingo, los de la piscina, los niños que gritaban y se movían a toda velocidad entre los tres puntos y todos los vecinos de la calle.

       Hoy he pasado por allí delante y me ha resultado extraño contemplar la soledad y el silencio de esa casa, tras los dos meses y medio que ha estado adornada de gente, olores, gritos y ruidos. Curiosa forma de veranear, es más estoy seguro de que, a pesar, de estar tan cerca del mar ni siquiera se acercaron a verlo. ¿Para qué, si tenían todo lo necesario para ser feliz en aquel escueto recinto?


Eurekas y Euforias

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          Este libro me ha soprendido muy gratamente. Walter Gratzer, doctor en Químicas, trata de acercarnos a la ciencia a través de ciento ochenta y una anécdotas. La lectura se hace  amena, son anécdotas no muy largas, y ha removido muchos recuerdos en mi interior de mi época de estudiante en el que estaba todo el día sumergido en libros y temas científicos. Me he reencontrado con muchos nombres conocidos de grandes científicos que dieron nombres a ecuaciones y teorías: Rutheford, Pauli, Heisenberg, Einstein, Dirac, Boyle, Faraday,...

           Todos grandes eminencias, ladrillos sobre los que se ha ido construyendo poco a poco la ciencia moderna de la que nos servimos en la vida cotidiana. Estas páginas sirven para hacerse consciente de una doble idea, por un lado que tras esos nombres existían unos hombres con sus grandezas y pequeñeces que también aparecen retratadas en muchas de sus anécdotas. Y por otro lado que el avance de la ciencia no ha sido un progreso lineal, ha tenido sus altibajos y muchas de las teorías hoy comunmente aceptadas fueron rechazadas en su época. Que se lo digan a Galileo... del que por cierto no se habla en este extenso libro.

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Aires de otoño

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     Al salir a la calle vi el cielo acostumbradamente azul con caprichosos dibujos de algodón blanco que griseando dieron lugar a ráfagas de gotas de lluvia que agradaban y sorprendían, sobre todo, por el tiempo que hacía que no la veía. El olor a naturaleza húmeda empapó el ambiente y la tierra, grumosa de sed, abría alegre sus entrañas para dejarse acariciar por lo que sería para ella agua de vida. La habitual sensación sudorosa de los últimos meses sobre mi cuerpo, dejaba paso a un abrazo frío y revitalizante que abrazaba mi piel. Las ramas de las árboles inician su decadencia y los más osados se van desnudando, como en un sensual streep-tease, de sus hojas pardas dejando al descubierto los secretos de su tronco. El aire juguetón mece, en bailes sin fin, esas hojas que alfombran la calle y crujen bajo el sonido de botas con olores a nuevo o naftalina. Y las pieles vergonzosas se ocultan bajo varias capas de telas y pierden su color, intentando en su blancura semejarse a esa nieve que se anuncia.

     El otoño ha llegado y para recibirlo voy a mi armario y busco la mejor de mis sonrisas para indicarle que estoy feliz de que haya llegado.

 

 


SMS

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           Aún, transcurrido tanto tiempo, guardo un grato recuerdo de aquellos años en que compartimos muchas de nuestras cotidianeidades. Las azarosas circunstancias nos separaron en la distancia, las mismas que hoy nos presentan la oportunidad, aunque sea breve,  de reencontrarnos. En cuanto lo supe te envié un sms en que en tan pocas letras te mostraba mi alegría concentrada y las ansias de ese volver a vernos. Como te conozco supuse que nunca me contestarías. 

Pero estaba equivocado, como si el proceso de elaboración hubiera sido muy reflexionado y exhaustivo, treinta y seis horas más tarde, me llegó el tuyo contestándome. Me sorprendió tu trabajada vehemencia, tu concisión casi absoluta, tu capacidad plurilingüística y cómo en tan pocas letras eras capaz de comunicar tanto. Escribiste todo de una vez, sin espacios ni tildes. Fuiste capaz de que no se notara la carencia de los signos de puntuación y no por eso perdiste expresividad en tu mensaje. Pero cuando quise enmarcar aquel texto, cual si de una frase lapidaria se tratara, alguien me quitó de la cabeza eso de poner en un marco de diseño tu profunda respuesta. Una vez más tomé el teléfono en mis manos y leí lo que decía tu mensaje:

                            "OK"


Ojos tristes (y 2)

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           Hay veces que las musas caprichosas y juguetonas, sin saber muy bien por qué, vuelven a temas anteriores y, en esta ocasión, incide sobre la segunda parte de un post escrito en diciembre:

            Y desde aquel momento aquel hombre y esa  mujer, que se habían conocido enfrentando sus lánguidos iris, iniciaron parejos el camino en aquella noche oscura con destino a un mutuo amanecer. La noche se cargó de ilusiones y aquellos cuatro ojos chisporrotearon como luciérnagas danzarinas de siete velos. Aquella acogedora intimidad se llenó de confidencias, de guiños cómplices que las pestañas creaban con movimientos alegres y de sonrisas que rasgaban el silencio al mudar en carcajadas. 

           La madrugada extendió su manto sobre nuestra, ahora, luminosa pareja. Y los minutos entrelazados, sin límites determinados, fueron fundiéndose en eternidad. No comieron y nada bebieron porque sus miradas, caricias y besos bastaban para saciar la mayor de sus necesidades. Lo único capaz de apuñalar a la soledad, el amor, los invadía.

 

            Pero a pesar de ese mutuo gozo, las agujas del reloj, cada una a su peculiar velocidad, siguieron sus giros invisibles en el espacio y la negrura del cielo a espaldas de él empezó a ser devorada por los primeros rayos del amanecer. El  no fue consciente de ello hasta que notó que la suave mano que sostenía entre las suyas se iba reblandeciendo como quien pierde atención. Y mirando los ojos de la mujer vio que, ahora, no lo miraban, se lanzaban más allá de él al creciente sol que empezaba a caldear su espalda.

 

            Compréndeme, le dijo ella. Un sí, contrito con la cabeza, fue lo único que fue capaz de responderle. Y mientras ella se alejaba en dirección al sol, el hombre se alejó bajo la sombra alargada, pintada en negro sobre el suelo, que aquél creaba al incidir sobre las turgencias de ella. Y se dio cuenta de lo efímero que son los ojos alegres, cuando notó que sus ojos volvían a estar tristes, y esta vez, más tristes que nunca.


Me duele tu ausencia

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Me duele tu ausencia

que dejó al descubierto

mil heridas impregnadas

en viejos recuerdos. 

Te busco de noche,

sin hallarte,y en la insomne oscuridad

las sombras me acompañan

en tenebroso conciliábulo. 

Un silencio amargo

atrona mis oídos.

y la carencia de tus besos

agrieta mis labios. 

Mi corazón abierto

languidece por las caricias perdidas

y mis dedos, agarrotados

al no sentir tu piel,arañan el aire

para atrapar tu tenue imagen

que ante mí se dibuja

y que nunca pareció existir. 

Sólo espero

que la luz del amanecer

derrame su engaño,

apaciguando mi dolor,

y me convenza de que todo fue un sueño.


Lluvia

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      Con este nombre evocador titula su novela, impregnada de metaliteratura, la escritora venezolana Victoria de Stefano. El libro está dividido en dos partes. En el primero una escritora, Clarice (un alter ego de la autora), interrumpe su trabajo debido a la lluvia que cae al otro lado de la ventana y recibe la visita de José el jardinero. Esta pequeña escena le vale para elaborar un relato intimista con un lenguaje rico y elegante, capaz de acariciar el oído, salpicado de sus reflexiones. La segunda parte escrita en forma de diario, de días salteados, va de finales de mayo a principios de septiembre. Ese relato diarista sigue con cuidadas palabras en las que plasma ideas, pensamientos y comenta las muchas citas literarias que maneja. De interés desigual, al leer el diario, hay días que gustan menos y otros que dejan un buen sabor de boca. 

          Finalmente pongo este texto con el que termina la novela, como muestra de su forma de escribir y sin el temor de revelar el desenlace de ninguna intriga. 

“9 de septiembre: Si no mirara ciertos planos de fondo, si no mirara el paisaje, si no mirara los cerros altos y recortados, si no oteara las cumbres, si no admirara el temblor de los árboles, si no me hiciera eco del siseo de sus hojas, si no me fijara en los pájaros variopintos entrando y saliendo de su fronda, si no percibiera el tenue brillo de su plumaje, si no apuntara al cielo y no me extasiara con las formas puras de su ingravidez, si no lanzara mis ojos lejos y a gran altura, si no borrara de vista  todo lo que es deplorable, ruinoso y feo, si no expulsara de mi mente los desastrosos errores cometidos, las pérdidas, los fracasos, las humillaciones, si no me sumiera en el letargo de mis contemplaciones, si no escenificara mis historias ficticias o reales en el punto y lugar adonde me llevan, si contra toda esperanza no intentara cortar mis ataduras, si no hiciera mesiánicos esfuerzos por desplegar las alas,¿hacia dónde podría mirar que no sintiera la muerte en el alma?”.


Hallazgo

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          En alguna ocasión ya he dicho la afición que tuve en mi infancia a los comics, bueno tebeos le llamábamos entonces, y que sin duda fueron el gérmen de mi afición primero por la lectura y luego por la escritura. Leía todos aquellos tebeos que me llegaban a mis manos: TBO, DDT, Pumby, Tio Vivo, Jaimito, El capitán trueno, Tíntín, Astérix, Lucky Luke, los de la editorial Novaro, los superhéroes de Marvel... Algunos eran heredados, otros intercambiados con amigos y otros muchos comprados. Aún guardo como un verdadero tesoro muchos de aquellos tebeos encuadernados de los años 50 a 80. ¿A qué viene este recuerdo por estos comics? A que hoy de visita en casa de mi padre, uno de mis hermanos sacó una caja de viejos tebeos no controlados y me reencontré, entre ellos, con toda la colección que tenía de Hazañas Bélicas del capitán Gorila, con los que yo disfrutaba y que a la que suponía perdida pues hacía más de treinta años que no los veía.

          Me dio mucha alegría volver a tenerlo en mis manos. Aquí comparto con vosotros la portada de uno de ellos que data de 1969. Algo me dice que voy a pasar un buen rato, distraído, releyendo estas viejas aventuras.


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