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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2007.

Salida del armario

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             Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a aquella tesitura, tanto que era extraño cuando la cabeza no le dolía por esa causa. Sopesaba los pros y contras, contrastaba la sensación enfermiza de sentirse encerrado con la de liberarse de los prejuicios inherentes a su condición. Noches sin dormir, imaginando cómo sería ese mundo luminoso al que aspiraba y por el que no se aventuraba debido a su temperamento cohibido y enfermizo.            

               No supo cómo, ni siquiera el cuándo, pero en un determinado momento una especie de ráfaga interior le impelió a tomar la que sospechaba que iba a ser la decisión de su vida: ¡saldría del armario! Arrastrado por aquella fuerza invisible abandonó la sensación de oscuridad para lanzarse a ese nuevo universo que se le abría al otro lado. 

                 Pssssssssssssssssssssssssssss

 -Ha quedado fulminada. Ya sospechaba yo hace tiempo que en este armario había termitas. Es una verdadera casualidad que acabo de comprar este bote de insecticida y ésta estaba saliendo del armario, justo ahora, de esa forma tan descarada.            

                  La conclusión es que el pensar más las decisiones no es una garantía de que la tomaremos en el momento más adecuado.


La farola

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         Caminaba por la calle penumbrosa en esas horas previas al amanecer. Al girar una esquina fue cuando me crucé con ella y, entonces, no pude remediar el giro de mi cabeza y que mi mirada quedara atraída por su trasero respingón. Eso le contaba al médico de guardia, con cierto azoramiento, mientras éste me cosía un punto en la herida, producida al golpearse mi cabeza contra aquella farola que pareció surgir de la nada. De pronto, ella entró con el Betadine. No sabía que trabajara de enfermera.Cuando se dio la vuelta sentí un fuerte tirón del punto que me cosían.


De vacaciones...

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        Ya hemos pasado el ecuador del verano, de esta época que por una extraña razón parece que por el hecho de que aumenten las temperaturas hace que lo que es habitual en la vida cotidiana tenga que sufrir una especie de parálisis general. Yo por cuestiones profesionales no recuerdo cuando fue la última vez que tuve un mes seguido de vacaciones, ya que me tengo que conformar con tomarlas en períodos discontinuos, lo que hace que no logre olvidarme del todo del trabajo y, a la vez, hace que éstas se alarguen de una manera anómala.

         Otros años he podido durante unos días escapar a otro lugar, pero hay años en que las circunstancias se entrelazan, o como este año que se han anudado del todo y lo han impedido. Ante eso cabe la postura de lamentarse o la que yo he tomado de disfrutar de las vacaciones con mis circunstancias y lo que me rodea. Descubrir el lado sosegado de cada día, sumergirme en lecturas que me atrapan, hasta ahora he disfrutado a cual más con los cuatro libros que he leído,pasear junto al mar, coleccionar puestas de sol tras el horizonte o simplemente cerrando los ojos, tumbado sobre la arena, intentar adivinar el color de la brisa. Este forma de colorear lo cotidiano me permite que, incluso los días en que trabajo, pueda sentirme que estoy de vacaciones.

          El otro día en un paseo al atardecer pasé junto al bar con este curioso cartel: CUIDADO NIÑOS Miré a mi alrededor con cierto temor intentando averiguar ese peligro aL que se refería. Tal vez fueran niños salvajes de dientes afilados que se agarraran a las piernas o algunos que se lanzaban tartas de merengue por el aire o podían marchar a los transeúntes o quizás el dueño pretendía avisar de que en aquellos alrededores había niños de mentalidad limpia e ingenua y que si algún sesudo adulto pasaba por aquellos alrededores podría "contagiarse" peligrosamente.


Para que no me olvides

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          Una feliz casualidad hizo descender hasta mis manos, de la estantería donde se encontraba, este libro de la escritora chilena Marcela Serrano, que obtuvo en 1994 el Premio Municipal de Literatura, en Santiago de Chile. En él nos narra, con prosa exquisita, la historia de Blanca, una ama de casa a la que le entra una rara enfermedad: la afasia. Ello hace que su cerebro no articule el lenguaje de modo que no puede leer ni hablar, aunque sí es consciente de todo lo que sucede a su alrededor y dentro de sí.

 

           “Todos entorno a mí se preguntan cómo será la afasia. Es una enfermedad equívoca, como si hubiese desaparecido el lenguaje interno con el externo y no es así. Sucede que el mundo interno se queda sin comunicación. Como si fuera poco. Ellos se preguntan cómo será.

            Una cárcel. Ésa es la única respuesta.

            Una cárcel en blanco”.

 

            La abuela de la protagonista le decía que cuidara sus ojos, que ellos le salvarían de la soledad, y en medio de este silencio que la vida le impone:

 

            “He inventado un nuevo lenguaje: mis ojos.

            Los ojos no me servían sino para mirar. Hoy todo lo digo con los ojos y lo que ayer comprendía con la mente y el pensamiento hoy lo hago con mis ojos. El desconcierto, la pena, la fatiga, el desamor, el furor se convierten en miradas que distanciándose de otras miradas las destacan y me enseñan lo que debo aprender. Los ojos subrayan todo acontecer y los libros son ahora el blanco, y el blanco lo envuelve todo, menos los ojos. Con ellos veo el peligro y los deshechos, siempre atentos. Ellos generan el pensar que ya no tendrá pensamiento y lo que mis ojos no reparen no existe, no me detengo en nada que no detecten mis propios ojos, no deben desviarse mis ojos, carezco de todo otro lenguaje, el único es el que ve y miran mis ojos.

            Son ellos mi nuevo lenguaje. Desde hoy, mis ojos hablarán por mí.

            Y es con esos ojos que contaré esta historia.”

 

            Y nos contará su historia y como un día conoció a Victoria a través de la cual conocerá otro mundo muy diferente a su mundo cargado de convenciones y como despertaron en su corazón unas emociones que creyó dormidas para siempre:

 

            “Yo pienso y te pienso horizontal, fuera de mí misma, por supuesto, la mí misma intrínseca no piensa en nada horizontal y busco tus piernas, quiero sobre mi muslo un bulto duro que me asegure, donde está, sudas, Gringo, y toco ese sudor intuyendo un calvario, soy yo, no es otra quien puede temerme a mí, qué temes, tus brazos de guerrero me aprisionan, convertir la fuerza en dulzura, entremezclarlas al entremezclarnos nosotros hasta fundirnos, pero quiero tu sexo de piedra para que mis alas vuelen, esmaltado, brillo y dureza, me muevo, tanteo, te sé acalorado y calenturiento como yo, como me decían en el campo de chica cuando tenía fiebre, calenturienta, dónde entonces el esmalte, tu cabeza se pega a la mía, tu barba me cosquillea, en el cuello, en el hombro, también en la mejilla, y la tuya quisiera besar mil veces, la tengo casi pegada a mí, lamerla quizás, como las gatas, soy la dulce Blanca entrando de lleno en el pecado, el baile no es más que una disculpa para los cuerpos, y tú diciéndome al principio de la noche, serio, yo no bailo, yo abrazo. Y mi sonrisa conocida, formal, abriéndose. Ahora es mi risa más perversa, te juro, Gringo, me la desconocía, y ella quiere desarticularte, tantearte, hurgarte.”

 

            Las palabras para ella son fundamentales, hasta en este momento en que es incapaz de pronunciarlas:

“Una hace con sus manos lo que vio hacer a las manos anteriores. Por generaciones, las manos de las mujeres del campo han frotado la tierra y han lavado en la artesa. Las de la ciudad han picado la cebolla y han acarreado la bolsa de la feria. Ambas han dejado sus huellas en a masa del pan, en la madera de la escoba. Otras en los palillos y en las agujas. Y hubo algunas que tomaron un lápiz, escribieron cartas, apuntaron en diarios, en libros…, de esas manos vienen las mías”.

 

            Imposible, al leer este libro, no quedar seducido por sus líneas y solidarizarse con esa mujer que en un momento determinado llega a decir:

“dentro de mi silencio me atrevo a afirmar que no hay soledad que se compare a la de ser una mujer.”


Noche de verano

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        Lo mejor del verano son esas noches, junto a ti, en que nos olvidamos del trascurrir del tiempo y acariciados por el rumor que provoca el viento sobre las ramas de los árboles, escuchamos, mirándonos a los ojos y en silencio, el tintinear de las estrellas.


Los que pasan inadvertidos

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         En ese continuo devenir de lo cotidiano, cada vez me encuentro con más gente que intentan pasar enfermizamente inadvertidos, como si fueran seres que se difuminan al andar o presencias incorpóreas condenadas a vivir.

         El color de su piel es indefinido, rayando en la transparencia y sus ojos carentes de brillo, cuando miran lo hacen sin ver. Son individuos que al atravesar una puerta no son capaces de expresar un saludo, como mucho una mueca retorcida que les afea el rostro. Acuden a manifestaciones, coreando eslogans y haciendo puro bulto. Trabajan en oficinas pero sus compañeros no son capaces de distinguir el día que acuden al trabajo del que se quedan en su casa, enfermos. Muchas veces, cuando estoy en una cola veo llegar a uno de estos individuos que se coloca al final de la misma. No sé cómo pero al  cabo de un rato está situado, en la misma, varios lugares por delante de mí. Si alguno es dependiente de una tienda, al entrar en ella, nos costará distinguirlo porque logran un extraño mimetismo con las estanterías y el mostrador. Y si, por casualidad, alguno es guardia civil de tráfico y nos pone una multa, transcurridas unas horas, habremos olvidado su rostro e incluso su sexo, aunque no olvidemos la multa.

          Sospecho que seres tan tenues deben pertenecer a una extraña secta, que ni siquiera entre ellos se relacionan y algunos, en el colmo de la tristeza, llegan al extremo de morir en esa soledad especialmente dura que pasa a todo el mundo inadvertida y no descubren su cadáver hasta semanas después del óbito.

           La esposa de uno de estos últimos, entrevistada, comentaba sorprendida:

-Ya me extrañaba a mí, que hiciera varias semanas que no nos cruzáramos por el pasillo de casa.


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