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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.

Ya lo tengo...

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... en mis manos. Tras dos meses de búsqueda, imposible de localizarlo en mi librería habitual y en otras cuatro librerías, y agotado en la editorial, recurrí a un post de este blog a ver si alguien me podía conseguir este libro en algún rincón del planeta. Pues al fin lo tengo, me lo encontraron en una recóndita librería a seiscientos kilómetros de aquí. Todo gracias a la magia de internet, de los Reyes Magos,...pero sobre todo de la Amistad.


El día después

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     Ya pasaron los Reyes y con ellos se fueron los regalos cariñosos acompañados de las compras compulsivas y de los absurdos artilugios que llegan a las casas y no se sabe donde colocarlos, aunque el impulso primigenio sea el de tirarlos directamente a la basura para reciclarlos. Entre los muchos desperdicios de estos días está el de los kilómetros de papel de regalo que suelen tener una efímera vida.

      Nunca le había dado importancia al papel de regalo, pero este año, cuando entré en la librería desde rincón donde descansaban los papeles de regalo, lo ví. Era el papel más bonito que nunca había visto. Un matiz brillante, sobre el que destacaba unos tonos rojos y verdes, cubrían toda su superficie y en medio de unos veinte papeles diferentes sobresalía como un príncipe encantado de cuentos. Me llevé a modo de cetros reales una buena provisión de rollos de este papel hasta mi casa. Durante el tiempo en que estuvieron en lo alto del armario, parecían saludarme con un guiño cómplice cada vez que entraba en la habitación.

       Al fin llegó la víspera de Reyes. Este año aquel trabajo entre tedioso y angustioso de envolver regalos y despegar el papel adhesivo se convirtió en ameno. El tacto de aquel papel despertaban en mí viejas sensaciones olvidadas y su colorido singular atrapaban mi mirada durante aquellas gozosas horas. Las cajas empezaron a perder su aspecto exterior uniformándose todas de aquella envoltura. Ni una arruga y dobleces perfectos. Cuando deposité aquella valiosa carga bajo el árbol de Navidad vi que eran los paquetes más hermosos y que destacaban respecto a todos los demás. Una sensación extraña me invadió, hubiera querido que aquellos paquetes nunca se abrieran, que permanecieran siempre cerrados como si el verdadero tesoro estuviera fuera y no dentro.

        Pero aquello sólo duró un instante.  En el momento en que las distintas manos los asieron, no miraron ni el color, ni la forma, ni siquiera aquel brillo que me había onubilado y en décimas de segundo aquel papel era rasgado, a la par que mi corazón, y pasaba a acumularse junto a otros en un montón informe. Ni siquiera presté mucha atención a mis regalos, pendiente de cómo aquel papel desaparecía de mi vista camino del contenedor azul. Aún por la noche sentía aquella nostalgia dolorosa de aquel brillante envoltorio, pero al abrir el cajón de mi mesa de noche salió, como una sonrisa, de su interior un trozo reluciente que se había quedado sin usar. Lo tomé entre mis manos con el mismo cuidado que se trataría al último especímen de una especie a extinguir y tomando un libro de poemas que me acompaña, desde hace años, junto a la mesilla de noche me puse a forrarlo, con delicadeza, con ese papel. El libro quedó mucho más poético y ahora, no sólo sus poemas me riegan por dentro, sino que su exterior brillante, aparte de dejarse acariciar por mis dedos, hace que paladee, de manera única, mi mirada.

 

 




Como escribirle a un amigo

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Como amante de la escritura me gusta detenerme en aquellos textos en que los que los que entienden de escribir nos aconsejan sobre la forma de hacerlo. En esta ocasión es un párrafo de una escritora escocesa, Muriel Spark, en su novela A far cry from Kensington, en la que recomienda sobre la forma de narrar:

           “Le escribes una carta a un amigo; un buen amigo íntimo y querido, que existe o, aún mejor, inventado, pero siempre el mismo. Escríbele a él solo, no pienses en el público; y hazlo sin temor ni timidez hasta que termines la carta, como si nunca fuera a publicarse, de forma que tu amigo la lea a solas y una y otra vez desee que le escribas más. No tienes que hablarle de vuestra amistad, que ya das por sabida; sólo confiarle una experiencia que tú crees que le vas a divertir. Lo que le cuentas te saldrá con más espontaneidad y franqueza si no piensas en numerosos lectores. Antes de empezar la carta, imagina bien lo que vas a contar, una historia tuya, algo interesante. Pero no te pases de rosca pensándola; la historia irá desarrollándose según se escribe, especialmente si la piensas para hacer sonreír, o reír, o llorar, o cualquier otra cosa a ese amigo único, hombre o mujer, siempre que creas que le va a interesar. Y ten presente que no debes pensar en el público. Pensando en el público no te saldrá nada.”

¡Qué bueno poder seguir este consejo cuando queramos escribir!¡Pero mucho mejor para el que además tenga un/a amigo/a a quien poder escribirle así!


Entre sus brazos

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            Entre los brazos de su madre acogido con cariño permanecía el niño. Ella lo estrujaba contra su pecho meciendo con levedad aquel tesoro, mientras sus ojos hinchados de ternura contemplaban arrobada aquella criatura indefensa. El tiempo parecía haberse detenido. El pequeño no dejaba de mirar a su madre…y sonreía con esa sonrisa luminosa de inocencia que sólo saben dibujar los niños. Sus manos diminutas semejaban dibujar en el aire pompas de jabón que aquellos labios maternales acariciaban en el aire con sus besos. Se sentía a gusto, protegido y seguro como nunca más lo estaría cuando se desprendiera de aquellos brazos y empezara a andar hacia ese destino incierto que la vida le tenía preparado.

             Pero muchos años después, cuando ya la madre sólo formara parte de la memoria, aquel niño, hoy canoso y arrugado, al cerrar los ojos aún podrá sentir la sensación imborrable de aquel, amoroso y cálido, abrazo en torno suyo.


Una molestia internaútica

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            Al igual que hace unos días me alegraba de las ventajas de Internet para encontrar un libro, esta vez voy a quejarme de alguno de los perjuicios que causa y he sufrido.

           Hace unos días recibí una llamada a mi teléfono móvil de alguien a quien no conocía, diciéndome que había visto por Internet que yo vendía un Audi. Le comenté que coincidíamos en algo: a los dos nos gustaría tener un Audi. Pero también discrepábamos en otra cosa: yo no me puedo plantear el comprarlo.Supuse que había intercambiado los números al llamarme y de ahí había surgido el error, Pero cuando recibí tres llamadas más con el mismo asunto ya  me di cuenta que alguien se había equivocado y había puesto mi número de móvil para contactar en la venta de su coche. Como aquello tenía trazas de prolongarse, en la cuarta llamada, le pregunté en que página había visto eso. Cuando me dijo la dirección entré en la página, pero ¡ingenuo de mí! Aquello era como buscar una aguja en un pajar. No podía imaginar que hubiera cientos de personas intentando vender un Audi. Tras esta infructuosa búsqueda tuve que esperar las llamadas de dos interesados más para localizar la ciudad y el precio en que lo vendían, dos datos imprescindibles para la búsqueda que tenía que hacer.

          Volví a entrar en esa web y tras recorrer, con la ayuda de esos datos, pormenorizadamente veinticinco páginas con veinte anuncios de Audi por páginas, finalmente localicé el que buscaba y allí aparecía flamante mi número de móvil. Ya con esos datos llamé al administrador de la página para que diera de baja el dato. Por el que lo siento es por el que vendía ese Audi 8, a quien nadie habrá llamado, pero le está bien empleado por el despiste que tiene encima.


Palabras de diseño

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           Cuando se conocieron Ella se enamoró, sobre todo, de las palabras que le dirigía El. Éstas eran dulces y atractivas, rotundas y mágicas, resueltas y almibaradas... Ella cayó bajo el hechizo de aquellas ristras de letras que le abrazaban sin que pudiera oponer resistencia. Con el tiempo sintió una extraña sensación, su naturaleza pudibunda acabó anulada y se desprendió, en el día a día, de todos sus ropajes recuperando su desnudez primigenia. Y cual si de vestidos se trataran Ella tomaba aquellas palabras y las usaba como vestimenta. Dejó de comprarse ropa e, incluso, en vez de joyas y abalorios usaba los monosílabos y exclamaciones que él prorrumpía. La desnudez de su cuerpo, así ornada, era la envidia de todas sus amigas.

           Un día El sufrió una fuerte afección de garganta que lo volvió afónico durante una temporada. Y las palabras desaparecieron de aquel acogedor universo. Y caminando Ella por la calle, totalmente desnuda, se encontró sorprendida y detenida por la policía.

           Pero lo peor fue cuando El acudió al juzgado e intentó justificar ante el juez aquella extraña historia sin poder articular palabra alguna.


Pepe

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        Lo conocí hace varios meses cuando llegó por primera vez a mi oficina. Lo vi acercarse con movimiento oscilantes, mientras un olor a vino impregnaba el ambiente. Su rostro hundido en arrugas y su barba cerrada de varios días. Venía acompañado de su hija de unos trece años. Con ánimo irascible y aspecto despectivo la lengua se le trastabillaba. Intentó hacerme comprender, con enorme dificultad, lo que quería. Su hija a su lado miraba y callaba, comprendí que la madre la había mandado de sobria compañía. Estuvo unos minutos en que se enfadó varias veces y cuando marchaba estuvo a punto de dar un traspiés por la escalera que fue hábilmente frustrado por una agarrada de su hija. No fueron unos instantes demasiado agradables.            

        En otra ocasión fue la mujer la que vino a solucionar un papeleo que tenía que arreglarlo él, le insistí que viniera Pepe. Entonces fue cuando ella me contó que hacía un par de años se le había muerto un hijo en el ejército y que él cuando venía de trabajar lo habitual era que se fuera al bar a beber y llegara borracho. No lo había superado y era su manera de olvidar y de expulsar su frustración. Ahora comprendí la rabia que aquellos ojos transparentaban, era contra ese comportamiento inexplicable que, en ocasiones, tiene la vida. Me di cuenta que empezaba a entenderlo con otros ojos.            

         A los pocos días vino, me saludó amigablemente estrechándome su mano, hoy venía sobrio e, incluso, simpático. Yo creo que algo tuvo que ver, lo que le dije a su mujer que le transmitiera: que antes de entrar por la puerta le íbamos a hacer soplar por un alcoholímetro. Desde entonces, cada vez que viene, da gusto hablar con él.


Caminaba

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Caminaba despacio

marcando bien la huella

para que aquellos pasos

ella los persiguiera.

No pensó que tras él

subía la marea

borrando todo rastro

olvidado en la arena.

 


Casarse es...

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     "Casarse es como irse a vivir a las afueras, decía a menudo: se acaba por no ver a los amigos, se aparta uno de los bares conocidos, ya no se sale por la noche, pero no deja de repetirse uno en voz alta las ventajas, como si se esforzara por convencerse. Al final, el que vive en las afueras o casado acaba diciendo: es lo mejor para los niños. Cuando por fin admite que se ha equivocado y pretende volver al centro, se da cuenta de que ya no se lo puede permitir: el precio del metro cuadrado es demasiado caro."

"Manual de literatura para caníbales" (Rafael Reig)


Plegaria del árbol

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        Hoy he rebuscado en el cajón de los recuerdos y he sacado esta foto. Es en Salamanca un lejano día de 1978, estaba explorando la ciudad, en la que iba a vivir los próximos años, y descubriendo sus rincones. De pronto, encontré una calle larga que bajaba en cuesta hacia el río. Me llamó la atención, porque de todos los lugares del mundo que he estado esa calle es la que tenía más rótulos con su nombre "Camino de las Aguas", había más de treinta diseminados por la calle ¿aún habrá tantos?

        Al final de la calle, se llegaba a un parque salvaje y hermoso que atravesaba el Tormes: la Aldehuela.  A la entrada de la Aldehuela estaba esta plegaria que me gustaba leer antes de meterme por aquellos bucólicos recovecos. Había hasta una pequeña playa junto al río y lo que más me sorprendió un verdadero bosque, casi encantado, que cuando te introducías en él podías hacerte la ilusión de haberte perdido en medio de aquellas decenas de gigantescos árboles y desde su espesura se dejaba de ver la luz del sol.  Era la primera vez que veía tantos árboles juntos en mi vida. No tengo que decir que aquel se convirtió en uno de mis rincones preferidos de aquellos años donde respirar aire puro y sentirte uno con la naturaleza era tan fácil como recorrer aquella cuesta y leerse los treinta rótulos de la calle.

        Hace muchos años que no voy allí, pero la última vez que fui me entristecí, porque aunque el parque seguía, alguno quizás para evitar la muerte de los árboles por el calentamiento global, se había adelantado y había hecho desaparecer aquel bosque encantado e irrepetible.


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