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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2007.

Comunicándose

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             El y Ella vivían en la distancia y se conocían desde hacía años. El siempre tuvo necesidad de comunicarse con Ella.  A Ella le gustaban estas comunicaciones, aunque nunca sentía necesidad de comunicarse con El.  Así que, durante todo este tiempo, las comunicaciones de El (por carta, teléfono, mensaje en una botella e incluso a través de una paloma mensajera), nunca tuvieron respuesta de Ella y siempre le quedaba, a El ,la duda, que no le hacía sentirse bien, de si Ella la habría recibido.  Ella tampoco se sentía bien de que le llegaran tantas comunicaciones de El y no se sintiera capaz de responder. 

            Transcurrieron los años en esta situación, hasta que un día Ella, enemiga de tecnologías pero a la que habían regalado un móvil, le dio a El su número. El vio ahí colmada su necesidad de comunicarse con Ella.  El empezó a ser feliz, cuando le apetecía le mandaba un mensaje y además  éste le avisaba que el mensaje había sido recibido.  Ella recibía los mensajes pero seguía sin ser feliz, cuando sonaba su móvil, sabía que sólo podía ser de El, pero nunca aprendió a contestarlos y esto le dolía. 

             Un día visitando Ella la torre de una iglesia, sin que se diera cuenta, el móvil se deslizó por el bolso entreabierto cayendo sobre el nido de una cigüeña que estaba más abajo. Como Ella lo usaba poco no se dio cuenta que lo había perdido hasta al cabo de un mes.  Y desde entonces, todos son felices:  El porque manda los mensajes y el móvil le avisa que ha llegado, Ella porque no le llegan mensajes y eso no le recuerda que tiene que contestarlos, y la cigüeña porque cada vez que suena el pitido del móvil en su nido se incorpora y aletea las alas de una manera tan armoniosa que es la admiración de todos los que la contemplan.  Incluso El pudo contemplar, aquel espectáculo, un día que paseando bajo la torre se le ocurrió mandar un mensaje a Ella.


El corazón helado

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            Este libro de más de novecientas páginas descansaba, con ese orgullo que da la voluptuosidad, en una de mis estanterías esperando el momento adecuado para adentrarme en sus páginas. Al fin, ese momento pareció llegar, en los últimos días de junio en que un mayor sosiego ambiental y temperaturas agradables y suaves me invitaron a leerlo al aire libre.

            Lo hice descender de las alturas hasta mis manos, abriéndolo con ese desenfado con que se inicia la lectura de cualquier libro, sin sospechar que cuando mis ojos se posaran sobre sus primeras líneas, acabarían hipnotizados por esa forma de narrar y no descansarían hasta que, como ayer, llegara al punto final de la historia.

            La trama se inicia en el entierro de Julio Carrión, un importante hombre de negocios, al que asiste una misteriosa mujer, Raquel, que no pasa inadvertida a Alvaro, el hijo del difunto. Alvaro y Raquel no pueden imaginar que de aquel encuentro fortuito surgirá una apasionada historia de amor, lastrada desde muchos años antes por los avatares de sus respectivas familias en que se entremezclan dolor, amor, engaños, frustraciones, …toda una serie de pasiones que invaden al universo humano; y se verán inmersos en una montaña rusa de la que ignoran cómo descender.

            La escritora madrileña con este trabajado libro homenajea a aquellos que sufrieron, de una u otra manera, la represión franquista en los años del franquismo. La destreza narrativa de la autora engancha desde el comienzo. Unas veces narra en primera persona y otras en tercera. La historia salta de delante a atrás y viceversa dotando al conjunto de una gran agilidad argumental, que en vez de aburrir enriquece la narración configurando un complejo puzzle, cuyas piezas van encajando, poco a poco, con una habilidad casi mágica.

            El título del libro viene de ese poema de Machado donde dice que “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Durante la lectura me he sorprendido, en muchas ocasiones mirando al aire, como si estuviera deglutiendo los sentimientos expuestos al evocar unos sentimientos propios y es que se reconocen bien al ser sentimientos universales.

            “Había aprendido a amar a Raquel Fernández Perea por encima del amor de mi padre. Ahora tendría que aprender a amarla al margen de ese amor, y de todas sus mentiras. Entretanto, me había ido rompiendo por dentro, al principio suavemente, un pequeño crujido en la conciencia, la insidia de unos pocos objetos vergonzosos, las torpezas de mi imaginación y el furor con que había decidido exterminarlas. No había sido sencillo pero tampoco demasiado complicado, hasta que la verdad se ató a mis brazos, a mis piernas, y empezó a galopar en cuatro direcciones distintas, y sentí la tensión, el desgarro de un desmembramiento que nunca podría reparar.” (pg. 837)

  



El camino de las hormigas

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            Cuando empecé la lectura de este agradable libro, me encontré con que en el prólogo aparecía una palabra que me gusta especialmente “serendipia”, traducción de la inglesa “serendipity” y que se refiere a encuentros fortuitos y afortunados. ¿Lo sería este libro?

 

            Tras terminar de leerlo podría decir que sí, es un libro original, que va dirigido a mejorar la comunicación escrita por medio de una serie de consejos y que atrapa la atención del lector. El argumento gira en torno a un escritor que está escribiendo un libro sobre cómo escribir, en un corto fin de semana, en el que le suceden distintos eventos que obstaculizan su labor. Entre estos obstáculos aparece un hormiguero que hay en el jardín de su casa. Para este escritor las palabras son como una hilera de hormigas y eso es lo que aparece en todas las páginas del libro, hormigas que parecen caminar por ellas, hormigas que son las que forman cada letra del alfabeto que da título a un capítulo y hormigas que forman una cuadrícula cada vez que el autor nos señala uno de sus consejos, en total veintinueve más un consejo. No es extraño que tras tanto rato en compañía de hormigas se ponga uno a mirar una pared blanca y le parezca que por ella camina una hilera ordenada de estos pequeños insectos.

 

            Escrito en forma muy amena, con un tono de humor, entremezcla argumento y consejos entre los que siempre encontraremos alguno que nos venga bien a los que nos gusta esto de escribir. Algo más de información podremos encontrar en:

 http://www.elcaminodelashormigas.com


16 de Julio

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         Hoy se celebra la festividad del virgen del Carmen. Una devoción bien arraigada en estas tierras del sur y entre las gentes de la mar. Hoy es para ellos un día muy especial. Las redes descansan en los muelles y estos hombres engalanan sus barcos, en los que sometidos a los caprichos meteorológicos pasan en los demás días tantas horas de duro laborar,  y acompañados de sus familias, se lanzan a la mar a acompañar en procesión a su patrona. En esta jornada quieren agradecer, de una manera especial, el cuidado y la protección que Ella les brinda durante todo el año.

A LA VIRGEN DEL CARMEN

¡OH Virgen remadora, ya clarea
la alba luz sobre el llanto de los mares!
Contra mis casi hundidos tajamares
arremete el mastín de la marea.

Mi barca, sin timón caracolea
sobre el túmulo gris de los azares.
Deje tu pie descalzo los altares,
y la mar negra, verde pronto sea.

Toquen mis manos el cuadrado anzuelo
-tu Escapulario-, Virgen del Carmelo,
y hazme delfín, Señora, tú que puedes...

Sobre mis hombros te llevaré a nado
a las más hondas grutas del pescado
donde nunca jamás llegan las redes.

(Rafael Alberti)

El canto del gallo

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       Armado de papel blanco y bolígrafo negro, estaba sentado delante de la ventana, en esas horas vespertinas del verano que evocan a esas tardes adolescentes con aroma a eternidad. Y mientras la tinta encontraba el momento adecuado para tiznar el papel de negro, rasgó el aire el canto de un gallo. Lo que en otro momentome hubiera resonado bíblicamente a traición, en esta ocasión constituyó toda una sorpresa.

      Por primera vez en muchos años fui consciente de que ese anómalo canto habría resonado en otra muchas ocasiones, sin que yo lo notara, a pesar de vivir en un piso en el centro de la ciudad. Y sólo lo había descubierto en aquel instante en que la prisa cotidiana se había sustituido por la languidez del tiempo. Una  vez más saboreé el canto de aquel gallo despistado que me empujó a escribir estas líneas y a estar atento, desde entonces, a todas esas señales que están, ocultas, tras la cortina de la rutina habitual


El sello del algebrista

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          Una vez más, Jesús Maeso, con esa maestría y dominio del lenguaje que le caracteriza nos sumerge en las páginas de una novela histórica.

          En esta ocasión la acción de desarrolla en el siglo XIV, tiene su inicio en Huesca, concretamente en el monasterio de San Juan de la Peña. Un anciano monje agonizante, revela al joven Diego Galaz, maestro de álgebra educado en el convento, algunas vicisitudes de cuando, siendo niño, lo trajeron al convento y le entrega, además, un enigmático anillo en el que aparecen las barras de Aragón y el símbolo de la inmortalidad del pueblo judío. Como consecuencia de esto, Diego inicia un azaroso viaje a la búsqueda de sus orígenes. En el inicio conconoce a Isabella, de quien queda prendado y a la que promete volver prontamente en cuanto termine esa búsqueda. Pero el viaje se extiende más de lo que imaginó, en un periplo en el que atravesará el Mediterráneo y viajará  a Atenas, Alejandría, recorrerá desiertos y llegará a Etiopía y Jerusalén, hasta culminar en el puente de la ciudad de Besalú.

          Las descripciones son vivas y visuales, realizadas por un lenguaje exquisito pero asequible. Es bueno leer este libro junto al diccionario, porque seguro que enriquecerá nuestro vocabulario. Y nos sentiremos cercanos al protagonista, sintiendo el oleaje que cabecea el barco, las sensaciones que le recorren cuando es amado, los distintos aromas que aspira en los mercados, las pestilencias que le aturden por algunos rincones y los vaivenes de todo tipo que va sufriendo su corazón.

            La tensión se mantiene de principio a fin y hace que resulte difícil el dejar arrumbado el libro durante mucho tiempo.

            "En un revoltijo de sacas apiladas, y bajo un mar de guiñaposos pabellones que hacían el papel de toldos, cubriendo el pradal, se exhibía la totalidad de las mercaderías africanas posibles: sorgo, especias, plátanos, ungüentos, perfumes, esclavos, alhajas, hierbas alucinógenas, animales exóticos, sombrillas, esteras de esparto, pieles de leopardo, ámbar gris, cuernos de rinocerontes, azogue, plumas de avestruz, mirra, puntas de lanza, maderas, telas tintadas con índigo, yamen tostado, hojas de pobo, mirra, caballos y dromedarios, raíces de cola, colmillos de elefante y  marfiles tallados. La bulla y la efervescencia reinaban en el pintoresco mercado, en un tumulto de voces, gritos, lenguas que no comprendían, risotadas, riñas, cantos e insultos chillones en cien idiomas y dialectos que los hispanos ignoraban" (pg. 259).

 

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Cada noche

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            Cada noche cuando el atardecer se va convirtiendo en recuerdo y las agujas del reloj tienden a confundirse en una sola, mis pies cansados por el peso del día me conducen hacia la cama. La luz de la lámpara ilumina el, hasta un instante antes, oscuro dormitorio y con su brillo tenue acompasa mis movimientos hasta que mi cuerpo se expande en horizontal. Esa transformación de la habitual verticalidad del día a la horizontalidad de la noche, hace que un súbito sosiego me invada mientras cada centímetro de mi cuerpo se acomoda, poco a poco, en su lugar sobre el colchón. El libro sobre la mesa de noche y semejando unas alas abiertas se desplaza sobre mi pecho, mientras las gafas sobre la nariz conducen mi mirada hacia su interior.

 

            El tiempo se detiene. Aventuras, emociones, silencios, evocaciones…van tomando cuerpo en mi interior, desnudo de argumentos razonables, y una sensación grata me colorea por dentro, hasta que avanzadas las agujas, el parpadeo insistente de mis ojos me provoca un tenue sopor. Tengo justo el tiempo de dejar las gafas sobre la mesa de noche a la par que el libro inicia su vuelo. Apago la luz y mientras la cabeza encuentra su habitual acomodo sobre la almohada, mis ojos se cierran y, entonces en esta oscuridad, es cuando a su través veo con nitidez aquello que estuve buscando, sin encontrarlo, en muchos momentos a lo largo del día.


El castillo de las estrellas

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       Héctor un cura jesuita tiene la afición de descifrar el Manuscrito Voynich, un volumen del siglo XV escrito en un lenguaje incomprensible. Eso le une a otros aficionados como John, un inglés que trabaja en Canarias, y Joana una mejicana. Este es el inicio de una interesante intriga que se teje en torno a este extraño libro.

       Un libro, escrito por Enrique Joven un doctor en físicas que trabaja en el Instituto de Astrofísica de Canarias, en él que se aúna literatura y un gran conocimiento de algunos eventos sobre astrónomos, Kepler y Brahe principalmente y la historia de la astronomía, que vamos aprendiendo, sin darnos cuenta a través de su sugerente lectura. Gran parte de la trama se desarrolla en torno al colegio jesuita, pero también tendrá que viajar el protagonista a otros lugares en ese camino que las complejas pistas le van trazando para acercarse al significado del manuscrito.

        Está escrito con un cierto tono humorístico que se disfruta y no le quita seriedad al argumento. Una lectura para pasar un buen rato y aprender a la vez. Para ampliar la información podemos visitar la página web de esta novela.

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