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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2007.

Ejecutivo ¡al fin!

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            Apenas pegó ojo en toda la noche. Hoy era su día grande, el que había soñado durante tantos años. Al que había dedicado todos sus esfuerzos desde que terminó en la Universidad: tres años de doctorado, un máster en la Universidad de Princenton y una etapa en prácticas durante dos años en una empresa situada en Tokio. Podía haber seguido allí e iniciar una meteórica carrera, pero él echaba de menos la luz de su tierra y decidió volver a ella a expensas de retrasar su carrera profesional.

           Con este brillante currículo todo lo que consiguió fue un puesto de Jefe de Sección en una fábrica de la Bahía. Ya llevaba así tres lentos años en que empezaba a arrepentirse de haberse alejado de las faldas del Fujiyama. Pero una semana antes una reunión a la que acudió con el director gerente y el subdirector, ambos norteamericanos, le iluminaron su futuro. Iba a ser el responsable máximo de Recursos Humanos, ya que el anterior se iba a acoger a una jubilación anticipada. Y al fin llegó ese gran día. Le hizo planchar hasta tres veces el traje, que se iba a poner, a su mujer argumentando arrugas invisibles. Ya planchado a su gusto se lo colocó y se dirigió a la fábrica. Miraba a los trabajadores, que entraban en ese momento, con esa cara del que va a ser responsable de todos ellos y, en el fondo, de una parte importante de sus vidas. El director y el subdirector lo saludaron efusivamente, tenían fuera un coche que los llevaba al aeropuerto pues debían ir a Nueva York a una reunión muy importante que los habían convocado. Le dijeron que se fuera familiarizando con su nuevo trabajo y lo único que le encargaron es que el contenido de un sobre que tenía su nueva secretaria lo publicara en los medios de comunicación. Él sonriente los despidió con un apretón de manos y le dijo que no se preocuparan que él  lo haría como le habían dicho.              

             No sabía que la apertura de aquel sobre destaparía la Caja de Pandora, era el anuncio del cierre de la fábrica, debido a su falta de competitividad, y el despido de 2.000 trabajadores. De pronto se vio envuelto en un tornado poderoso que lo envolvió sin darse cuenta, llamadas de los distintos medios de comunicación preguntándole cosas que no sabía responder, políticos de todas las marcas y colores que solicitaban explicaciones y reuniones, manifestaciones de trabajadores que gritaban noche y día… Y aquel traje se le fue arrugando…y las pocas horas en que podía volver a casa no podía dormir…y aquel ascenso fulminante le explotó entre sus manos. Por tanto no es extraño que al cabo de tres semanas, una mañana se acercara a un grupo de encapuchados que iban a tirar una enorme piedra contra la puerta de entrada, les arrancara la piedra y, quitándose la corbata, él mismo lanzara la piedra haciendo la puerta añicos. Cuando su mujer fue a recogerlo a la Comisaría, no recordaba, nunca, haber visto una sonrisa tan amplia dibujada en su cara. 


Entre visillos

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            Una deliciosa novela, con tintes autobiográfico en la que Carmen Martín Gaite nos sumerge en la vida cotidiana de un grupo de chicos y chicas jóvenes y que le sirvió para conseguir el Premio Nadal en 1957. Nos retrata una sociedad que aunque hoy parecemos atisbar con la lejanía del blanco y negro, no nos resulta tan lejana porque algunos de esos ramalazos nos han llegado oralmente o incluso insertados en nuestros más lejanos recuerdos.            

              En la contraportada nos indica que narra la vida en una ciudad de provincias, pero para quien ha disfrutado la cotidianeidad de Salamanca, no le es difícil reconocer, aunque nunca se nombre, a esa ciudad con esas leves pinceladas que da a lo largo de sus líneas: las ferias en Septiembre, la Plaza Mayor, el puente viejo, el instituto que se adivina situado en el paseo del Rollo, la iglesia de Sancti Spiritu… Por lo que el andar por sus páginas se convierte, de mano de sus protagonistas, en un grato paseo por aquellos rincones salmantinos que sirven de decorado a esta sociedad cerrada, que nos presenta, de los años cincuenta. Dos edificios de la ciudad aparecen retratados especialmente el Gran Hotel y el Casino donde se desarrollan parte de las historias que cuenta. La autora sustenta su novela en tres narradores: dos en forma de diario y un narrador omnisciente. En esta agonía cotidiana es difícil encontrar párrafos luminosos por eso destaco este que escribe en su diario Pablo, que está recién llegado allí: “Una tarde, poco antes de empezar el curso, hizo un sol hermoso y me fui de paseo al río. Había comido dos bocadillos en una taberna del arrabal y bebido casi un litro de vino buenísimo. Estaba alegre sin saber el motivo. Veía los colores de las cosas con un brillo tan intenso que me daba pena pensar que se apagarían. La ciudad me pareció muy hermosa y excitante en su paz, hecha de trozos de todas las ciudades hermosas que había conocido”.            

            La autora se dedica especialmente a tratar el mundo de las mujeres. Un mundo que se mueve en un ambiente asfixiante y aburrido donde las perspectivas de futuro se reducen a encontrar un novio :”las chicas sin novio andaban revueltas a cada principio de temporada, pendientes de los chicos conocidos que preparaban oposiciones de Notarías”.

             Es difícil el integrarse en una sociedad así cuando se llega de fuera: “Si usted no vive aquí-dijo-no puede entender ciertas cosas”. “Si se ha portado mal conmigo, la culpa la has tenido tú por darle tanta confianza: ya sabes de todos los años como son los de fuera”. En aquel contexto la terminación del verano era el fin de un período de ilusiones que ayudaban a salir del tedio habitual : “Ahora ya estaban de cara al invierno interminable. Tardes enteras yendo al corte y a clase de inglés, esperando sentada a la camilla a que Manolo viniera de la finca y se lo dijeran sus amigas, o que alguna vez la llamara por teléfono”.            

               Una novela agradable de leer y para disfrutar un buen rato.                     

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Su mejor momento

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              Dentro de pocas semanas cumplirá un año más. Desprovista de esa euforia con que cumplen los niños, los acepta con el sosiego de quien reconoce que el año que cumplió  los cuarenta está ya lejos. Se considera “normal” para su edad. Un cuerpo cuyas curvas han sido dibujadas de manera caprichosa por el tiempo, con algún que otro acúmulo de grasa no deseado. Unos pechos, a estas alturas, tentados más por la fuerza de la gravedad que por unas caricias tiernas. Una melena con la que el viento juguetea continuamente y que  está salpicada con un estilo insolente por sus primeras canas. Los ojos, apagándose con la sombra de las hojas del calendario, aún conservan esa chispa que le permite  a ella sonreír incluso sólo con la mirada.            

               Ella es consciente de que está en un punto óptimo de su vida, ahora conoce bien sus fuerzas y sólo aspira a conseguir aquello que sabe que, sin duda, alcanzará. Es capaz de actuar como le da la gana, sin que nada ni nadie oriente sus actuaciones. Sabe muy bien que ella, independientemente de todo lo demás, es lo esencial para sí misma, pero desde que descubrió, además, que es muy importante para alguien más, que no le pide nada a cambio, ya no lo duda: ¡está en su mejor momento!


No detengas tus caricias...

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-No detengas tus caricias, por lo que más quieras. Sigue, sigue...asíiiii – le dijo ella con voz suave.

     Pero tras ocho horas de caricias repetitivas e ininterrumpidas hasta Él se cansó de darlas y se detuvo. Fue, entonces, cuando aquella leona escapada del circo, no sintiendo ya la mano de Él sobre su lomo, devoró a aquella pareja que se había encontrado paseando por el parque.


El gran silencio

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         En un momento en que las películas pugnan por tener el mayor número de efectos especiales, es un verdadero deleite el ir a ver esta película. Digo bien lo de ir a ver, porque carece de música y a lo largo de los 164 minutos que dura solo hay tres o cuatro momentos puntuales en que se habla. La película nos retrata la vida cotidiana de los cartujos de la "Grande Chartreuse" en los Alpes franceses. Un paisaje único entre montañas y que, no sé por qué me vino a la mente que es parecido al que dibujó en palabras Tomas Mann en "La montaña mágica".

          Al principio estaba un tanto nervioso, pues la costumbre me pedía que "ocurriera" algo, hasta que mis sentidos se relajaron y se adaptaron a que no pasara nada, a que fueran transcurriendo las estaciones, los toques de campana, el trabajo callado y la oración ante la vela roja del Sagrario. Su director Phillip Groening pidió permiso para rodar en 1984, y le dijeron que le llamarían cosa que hicieron dieciséis años más tardes. Estuvo seis meses viviendo con ellos y filmando con su cámara. La película es el resultado de ello.

           La vida cotidiana de los monjes asoma ante nuestra mirada. Usa primerísimos planos y un zoom que difumina muchas veces los fondos. El paisaje va cambiando con las estaciones del año y la luz que tiñe los rincones del monasterio tambien. Desde la butaca se dedica uno a contemplar aquello como un observador, sabiendo que el final puede estar en cualquier momento ya que no hay una secuencia  lógica de escenas ni un previsible desenlace.


El reloj pintor

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        Nuestra vida transcurre unas veces plácidamente y otras de forma tan acelerada que tememos encontrarnos sorpresivamente con un muro que detenga su camino. Hay momentos puntuales en que nos encontramos con personas o situaciones en las que nos gustaría quemar etapas que el tiempo corriera a la velocidad de la luz para situarnos en ese lugar imaginado que, creemos, siempre será mejor que éste. Es lo que tiene cuando sólo esperamos "llegar" y nos olvidamos de algo tan sabio como necesario: disfrutar del camino.

         Pero cada minuto puede ser importante, fundamental e irrepetible. Tenemos, por tanto, que dejar de dar empellones al tiempo y saborear ese momento de colores que nos va dibujando nuestro reloj pintor con sus agujas a modo de pinceles. Al final sumando todos los momentos llegaremos a ese lugar, probablemente más hermoso de lo imaginado y, además, tras haber salpicado de colores todo el camino recorrido.


Hace veinticinco años...

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            Las efemérides ayudan a la memoria a recordar hechos que con el tiempo aparecerían desdibujados. El otro día cuando leía que ahora se celebran los veinticinco años de la concesión del premio nobel a Gabriel García Márquez algunos recuerdos vinieron a mi mente.

            Aquel año vivía yo en Ciudad Real, aún no se hablaba del AVE, y más que una capital de provincias me parecía un pueblo grande de poco más de cuarenta y cinco mil habitantes. ¡Qué diferente a la ciudad a la que volví de excursión el pasado verano! Allí fue donde tuve mi primer contacto con la vida laboral, dando clases, y a la vez estudiaba una asignatura que me había quedado para terminar la carrera. No tenía mucho tiempo y, entonces, los únicos libros que leía eran los de preparar las clases y los de Química Orgánica. La literatura era una gran desconocida para mí. No veía demasiada televisión aparte de ver los sábados, después de comer, las apasionantes aventuras de D’Artacán y los mosqueperros. Lo que sí hacía alguna noche era subir con un amigo mío, profesor de Literatura y aficionado a la astronomía, a la azotea y con un planetario de bolsillo y su docta guía, en aquellas noches aprendí a cazar osas mayores y menores, así como dragones por el cielo.  Recuerdo que en una de aquellas noches de observación astronómica le pregunté, como experto en literatura, que le parecía García Márquez como escritor. Me dijo que no valía mucho que sólo había escrito una obra buena: “Cien años de soledad”. ¡Tres días más tarde le dieron el premio Nobel de literatura! Desde entonces le dije que no me volvía a fiar de sus conocimientos literarios ya que discrepaban tanto de los de la academia sueca.


¡Cero patatero!

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             He intentado localizar esa norma que ahora han sacado de la chistera por la que no se permite poner un cero en los exámenes, sino un uno como nota mínima. Me parece un despropósito, contra la misma esencia de las matemáticas, poco meditado y que puede crear más perjuicios que ventajas. Se pretende que a un alumno, aunque deje el examen en blanco,  no se le pueda colocar esa cifra, cerrada sobre sí misma, tan original como resulta el cero. Se me ocurren algunos problemas de entrada.

            Si se es profesor de matemáticas y se ponen diez problemas en un examen, si hay un alumno que no resuelve ninguno ¿en base a qué se le puede poner la misma nota al que ha resuelto un problema que al que no resuelve ninguno? En el fondo lo que se está haciendo es regalarle un punto al que no sabe absolutamente nada, que es el que menos se lo merece. Porque al que saca un nueve si se le sube al 10 se le ha regalado el 10% de la nota que se merece. Si al que saca un uno se le sube al dos el regalo es del 100%, el doble, de la nota que se merece. Pero si de un cero se sube a un uno es el infinito % de lo que se merece. ¿Con que razón le aumentamos ese punto a ese y no al resto? Los de cuatro que se han esforzado mucho más dirían, con toda lógica, que ellos quieren también ese punto que los separa de los límites del aprobado. Con ese punto de “regalo” hay quien propone que la solución sería poner sólo nueve preguntas, así los de cuatro ya estaría automáticamente aprobados y la ignorancia social creada por los últimos planes de estudio se iría extendiendo a marchas forzadas. ¡Qué razón tenía un profesor que tenía de matemáticas que decía que cada cambio a nuevo plan de estudios era inversamente proporcional a lo que aprendían los alumnos afectados!Estamos creando un punto de la nada y eso es muy delicado.

           ¿Quién dice que eso no puede crear un peligroso precedente? Imagínese el resultado de un partido de fútbol que, con la excusa de que no cunda el desánimo de los jugadores y sus aficionados, todos los resultados se transformen en uno, para evitar la vergüenza inherente a no haber metido ningún gol en la portería ajena. Dirían que por el solo hecho de jugar ya se merece el uno en el marcador. Sólo se piensa en el alumno, pero ¿y en los profesores? Es un gremio cada vez más maltratado síquicamente, nadie ha pensado que es negarles esa insignificante, pero necesaria terapia, de imprimir un rotundo cero en los exámenes de esos alumnos díscolos, vagos redomados y flojos recalcitrantes.

          Yo al que sí  le pondría un cero patatero es al que se le ha ocurrido esa genial idea que va a poner a temblar los cimientos de la propia matemáticas.


La hora perdida

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        Esta noche tendremos el cambio de hora, a las dos habrá que avanzar los relojes a las tres. Pero ¿a dónde va esa hora perdida? La mayoría dicen: "una hora de sueño menos", pero según la vida de cada uno puede ser diferente. Para otros puede ser una hora menos de juerga, una hora menos para hacer el amor, una hora menos para soñar, una hora menos  para esperar el amanecer en la cama de un hospital, una hora menos de guardia...

        Es una hora que se pierde, que no viviremos y que es difícil de aprehender. Incluso si la muerte se despista con el cambio de hora y tiene decidido que uno muera a las dos y veinte, le va a suponer a este individuo un alargamiento de la vida hasta que aquella se decida de nuevo a ponerle fecha y hora. Sólo hay algunos que no perderán esta hora y son los que esta noche vayan en un vuelo de la Península  a Canarias.


Tardes de domingo

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            Recuerdo haber leído a mediados de los años setenta un libro de Michel Quoist de título “Oraciones para rezar por la calle”, había una referida a la oración de un sacerdote en esa soledad, muchas veces, agobiante del domingo por la tarde. Los años han pasado y esas horas vespertinas del domingo siguen teniendo, para mucha gente, esa pátina grisácea que evoca a la melancolía. Es como si a esas horas el fin de semana hubiera dado todo de sí y parte de las ilusiones del viernes se hubieran estrellado haciéndose añicos contra el muro de la realidad.Algunos no tienen problema rehuyen esas horas procurando que el domingo se alargue de manera irracional, son los que sumergidos en juergas y holganza no se plantean la semana hasta bien entrada la noche cuando están inoculados en los atascos de entrada a la ciudad o están, incluso, los que extienden su solaz hasta la madrugada del lunes, apoyándose en su cara dura en que ya tendrán para descansar el día siguiente.

           La cercana presencia del lunes empieza a pender sobre nuestras cabezas, anunciándonos y amenazándonos con las sombras de sus ajetreos, sus prisas y sus preocupaciones. Unas sombras que en la distancia parecen más peligrosas de lo que en realidad lo son cuando nos topamos de frente con ellas.

           Están, al fin, l@s que no tienen tiempo para preocuparse porque entre duchar a los niños, prepararle las ropas, preparar la comida del día siguiente y organizar la semana, no disponen  de ese lujo de entristecerse durante esas horas. Y más tarde están tan cansad@s que el sueño les invade antes de que se lo puedan plantear.


Una tentación irrefrenable

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           Ella estaba especialmente nerviosa, hoy iba a coincidir de nuevo con Él, pero ese encuentro sería distinto a todos los tenidos hasta ahora. Cuando se acercó a la habitación aquel aroma tan peculiar, que Ella sabía que sólo podía provenir de su cuerpo, le reveló que Él estaba allí. Efectivamente, lo pudo ver tendido cuan largo era, como si estuviera esperando su llegada. Ella se acercó despacio, paladeando cada instante que los separaba. Su olor, ahora cercano, la excitó profundamente y no pudo reprimir el gesto espontáneo de acercar sus dedos y acariciar, resbalando con delicadeza, su piel suave. Al apartarlos su humedad quedó adherida a las yemas que en un gesto casi pícaro fueron desapareciendo, una a una, en el interior de aquella boca coronada de un radiante carmín rojo. Fue, entonces, cuando  acercó su cara hasta casi rozarlo y con gesto mimoso lo lamió muy muy despacio. Aquella íntima proximidad la provocó y se sintió junto a Él aislada del resto del mundo.

            No pudo resistir más…asiéndolo con ambas manos abrió su boca cuanto le permitía sus maxilares y clavándole los dientes, no exenta de remordimientos, le arrancó un trozo de carne.

            Le daba pena y había intentado reprimirse, porque no podía dejar de pensar que había criado a aquel pollo, pero ¡tenía tan buena pinta en aquel guiso al ajillo!


Amanecer marino

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           Cuando durante años estamos acostumbrados a ver las cosas de una determinada manera tenemos tendencia a imaginar que esa es la normal o la única y fue Einstein el que muy hábilmente al plantear su teoría de la relatividad indicó que la observación de los fenómenos depende del sistema de referencia que use el observador. Eso del sistema de referencia es un hecho físico pero de gran aplicación en la vida cotidiana.            

          Casi siempre he vivido junto al mar y por ello he disfrutado, aún me siguen asombrando, de multitud de puestas de sol tras el horizonte y he disfrutado de esos colores tenues y a la vez vivos con los que parece explotar la naturaleza a esas horas. A pesar de que madrugo y el amanecer me suele sorprender por la calle, sin embargo, no habré visto más de cuatro o cinco amaneceres en que el sol brotaba del mar. Me sorprendió que era algo que también ocurría la primera vez que, asombrado, pude contemplarlo.            

           Por eso esta foto es histórica, está realizada en el extremo sur de la Península frente a la costa africana, data de 1984. Yo acababa de terminar el servicio militar, aún me ponía espontáneamente firme cuando veía una bandera. Y tuve la oportunidad de pasarme unos días de “desintoxicación” de aquel ambiente, antes de volver a mi vida habitual. Fueron unos días sosegados, de esos en los que el reloj se puede guardar en un cajón, los que me alojé en una casa cuya pared delantera estaba inmersa en la arena de la playa. Aquella mañana quise madrugar y salí a la playa con la cámara para atrapar aquel momento mágico en que el sol se desperezaba, coincidió con el momento en que los pescadores arrastraban las redes hacia la orilla. Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras también diría yo que puede evocar recuerdos, como en este caso, que pueden desarrollarse en trescientas veintisiete palabras.


El cuento número trece

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        Este libro es la ópera prima de la escritora inglesa Diane Setterfield. El argumento gira en torno a su protagonista, Margaret Lea, que hace, a la vez de narradora.  Margaret vive en el  hogar paterno, trabajando en la librería de libros antiguos de la que es propietario su padre. Un día recibe una extraña carta por la que la famosa y anciana escritora Vida Winter, cuya vida siempre ha sido desconocida por sus lectores, le solicita que vaya a verla a su apartada casa donde quiere que ella escriba su biografía que por primera vez va a revelar.  Al principio duda pero luego accede a quedarse en aquella casa, donde va a vivir durante meses, y a dejarse atrapar por la narración, cada vez más intrigante, que le hace Vida Winter.

         Da gusto leerlo por lo bien escrito que está. Una novela que rebosa metaliteratura, por un lado tenemos la antigua narración de la anciana y por otro la narración que nos va haciendo Margaret, de como se siente y de lo que escribe. Una historia que si en principio parece que podría ser como la de cualquier familia, nos va atrapando entre sus palabras y nos anima a no dejar la lectura. La escritora no quiere al final dejar cabos sueltos y los deja bien atados en sus últimos capítulos.


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