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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.

Tras un viaje

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           Muchas veces un simple fin de semana y un cambio de aires, como éste, que he hecho a tierras de la meseta, es suficiente para acrecentar el ánimo y hacer bullir la musa literaria que dormía en mi interior.


La cueva de Salamanca

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        Mi peculiar relación con Salamanca, que se remonta ya a treinta años, hace que cada vez que voy me sienta como en casa. En este último viaje tenía un especial interés por visitar y fotografiar, hélo aquí, uno de sus monumentos que no conocía: La cueva de Salamanca, situada por la parte de atrás de la Catedral y que aunque muy antigua no se ha expuesto al público hasta 1993.

        La cueva corresponde a la antigua cripta-sacristía de la iglesia de San Cebrián que data del siglo XII. San Cebrián se refiere a san Cipriano un obispo que antes fue mago y con el que se relacionan muchas leyendas. Cervantes escribió un entremés con el título que tiene este monumento.

        La leyenda indica que en este lugar un demonio, en la oscuridad de la noche, daba clases de adivinación y de otras artes tenebrosas a siete alumnos durante siete años, una larga "licenciatura", al final de los cuales, terminada la carrera, se echaba a suertes  y uno de ellos quedaba en manos del demonio. Según se dice, uno de estos alumnos a quien le tocó quedarse fue a don Enrique de Villena (el marqués de Villena). Éste logró escapar con vida de las garras del demonio, que sin embargo se quedó con su sombra. Este hecho lo marcó de por vida como uno de sus adeptos.

         Tras leer esta curiosa leyenda, lo más llamativo es que, me he ido fijando por la calle y he visto a más de uno a quien le ha sido robada la sombra...

 


La parra de mi balcón

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          El genio literario brota de cualquier detalle habitual de esos con los que nos tropezamos todos los días. Un día atrajo mi atención un soneto de Unamuno titulado La parra de mi balcón y dice así:

El sol de otoño ciernes de mi alcoba

en el ancho balcón, rectoral parra

que de zarcillos con la tierna garra

prendes su hierro. Y rimo alguna trova

 en ratos que el oficio no me roba

a tu susurro, de esta tierra charra

viejo eco de canción. No irán a jarra

cual las que sufren del lagar la soba,

 parra de mi balcón, tus verdes uvas;

para mi mesa guardo los opimos

frutos del sol de otoño bien repletos;

 no quiero que prensados en las cubas

de vino se vodundan mis racimos

y con ellos se pierdan mis sonetos. 

            Me surgió la curiosidad de si ese soneto sería de ficción o tendría base real y me puse indagar al respecto, cuando tuve la grata sorpresa de que esa parra realmente existía. Vi fotos de ella, cosa complicada pues no es un detalle que aparezca en las guías de arte salmantino y efectivamente la susodicha parra cuelga  en el aire trenzada a modo de guirnalda, de un balcón a otro, de la llamada Casa de Unamuno. Las fotos tomadas en invierno mostraban unas ramas peladas en las que parecía imposible circulara savia viva. Al fin, el otro día tuve la oportunidad de verla, estaba la parra sorprendentemente pletórica en hojas y con el zoom pude atrapar hasta las uvas que de ella pendían en estos días otoñales de prevendimia.

 

            Si vais allí no dudéis en llegaros por la calle Calderón, con una copia del soneto en el bolsillo, puede ser el lugar ideal para recitarlo disfrutando de la sombra de aquella parra. No os decepcionará aquella pincelada bucólica en aquellos balcones del primer piso, suele ser una calle de paso y además esas atalayas emparradas no tienen tantos admiradores como los que tiene esa rana que está a la vuelta de la esquina y que atrae las miradas apartándolas de la hermosa fachada plateresca de la Universidad.

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El test del Corte Inglés

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        En aquella lejana época en que no existía una asignatura para enseñarnos a ser bueno ciudadanos y sin embargo los profesores, independientemente de la asignatura que fueran se ocupaban de educarnos en algo más que lo meramente académico, recuerdo a uno que en cierta ocasión nos propuso que hiciéramos el test del Corte Inglés.

        ¿A qué ha venido este recuerdo? A echar un vistazo a mi alrededor y percatarme, sobre todo en las nuevas generaciones, de ese afán por tener "cosas", sin saber muy bien para que usarlas. Estos moviles que primero eran para facilitar la comunicación y ahora hay que cambiar continuamente, primero era el tamaño, ahora además tiene música y mil cosas más y cámara; pero los megapixels aumenta y queda viejo el móvil. O esos aparatos de música a nosotros un viejo radio cassette nos duraba años, ahora los mp3, dan paso a los mp4 y se quedan de un mes para otro cortos de memoria...¡hasta que lleguemos al mp300! Y los juguetes aquel balón nos duraba hasta que las patadas lo iban desgastando, hoy cambiamos continuamente de consola y salen nuevos juegos que son imprescindible el tenerlos. Y en cuanto al material escolar aquel estuche de veinticuatro colores nos duraba varios años y los lápices iban mermando de tamaño. Hoy en las casas se acumulan los estuches de lápices, rotuladores,...sin abrir.

          ¿En que consistía el test del Corte Inglés? En entrar en uno de los edificios de esta empresa con una libreta y un boligrafo, recorrer todas las plantas e ir anotando todas las cosas que se nos van antojando, para a la salida valorar nuestra capacidad de antojo y capricho. Lo he hecho muchas veces y me doy cuenta que últimamente apunto muchas menos cosas en mi libreta, no sé si es que tengo casi de todo o es que ya no necesito casi de nada.


El cartel

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        No pude remediar el hacer una foto de este cartel, cuando ayer lo vi en la gasolinera. Aparecen unas pormenorizadas instrucciones sobre como usar un grifo y la bomba de aire. Pero lo que no tiene desperdicio es lo que pone debajo del cartel, por si no se ve bien:  

"INFORMACION EXPUESTA POR SUGERENCIA DE DOS INSPECTORES (JUNTA DE ANDALUCIA) POCO LUCIDOS".

        ¿Será lúcidos o lucidos? ¿Qué pensarán esos inspectores cuando vuelvan y vean lo que pone el cartel?


Los noventa grados

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        De todos es sabido el deterioro galopante que tiene el sistema educativo y que cada vez los alumnos acaban sus estudios con una mayor dosis de ignorancia. A pesar de ello sigo asombrándome cuando escucho algunos hechos relacionado con la enseñanza. En esta ocasión fue un profesor de Matemáticas el que me contó la siguiente anécdota ocurrida en  1º de ESO:

        Se encontraba explicando las diferencias y semejanzas entre la escuadra y el cartabón y estaba diciendo que los dos tienen un ángulo de noventa grados. Un alumno con cara de espabilado le pregunta: "Y eso de que tienen noventa grados ¿cómo lo han medido con un termómetro?".

        Lo que no me dijo es lo que hicieron el resto de los compañeros. Estoy seguro que alguno se admiró de la sagacidad de su condiscípulo. Y se pensó mucho si tocar esos instrumentos de medida no fuera a quemarse.


Contemplando

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         A veces, sólo es cuestión de recorrer quinientos metros para disfrutar de ese regalo continuo que nos hace la Naturaleza y sentir un momento mágico.


La modificación

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      Ya veo lejano aquel día del mes de enero en que tras una azarosa búsqueda este libro llegó a mis manos. Al fin el otro día, aprovechando un viaje en tren y su pequeño tamaño lo llevé en el equipaje y empecé a leerlo.            

       Este libro publicado en 1957 y perteneciente a la llamada "nouveau roman" es del escritor francés Michel Butor y, por propia experiencia puedo decir, que no es fácil encontrarlo en las librerías. El protagonista, León, es un cuarentón parisino que emprende un viaje en un vagón de tercera, donde se desarrolla toda la acción, desde Paris a Roma, donde va a visitar a su amante Cécile. Vamos acompañando a nuestro protagonista en un doble viaje. El primero exterior en el que se nos va retratando de una manera pormenorizada ese viaje: las estaciones por las que pasa, el lento devenir de las horas y los compañeros de viaje. Estos aparecen retratados en los gestos que León observa y en sus vidas que León imagina. El segundo viaje es el interior, mucho más estructurado y complejo. Viaja al pasado recordando historias sucedidas, viaja al presente con esa observación minuciosa que hace de todo lo que le rodea y viaja al futuro elaborando mentalmente qué es lo va a sucederle. A veces requiere una lectura lenta para dilucidar en cuál de estas etapas temporales se encuentra. Dos ciudades Roma y París se atisban entre sus líneas. Roma es la ciudad luminosa, siempre nueva que va descubriendo en cada viaje con su amante. Paris es la ciudad gris donde vive su matrimonio con ese mismo color. Vamos participando de todo el complicado proceso mental del  protagonista y formando parte de esa "modificación" en su actitud inicial que va sufriendo al cabo de las horas. 

            Tiene una estructura literaria que  lo hace sumamente original, ya que está escrito en segunda persona: “usted…”, lo que hace que a lo largo de todo el libro el lector se considere continuamente interpelado. Interesante para quien quiera disfrutar de una forma diferente de escribir. Desconcertante para el que piense encontrarse con un libro como los que habitualmente lee.

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Paisajes

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            Mi primer recuerdo de Castilla fueron letras de Machado que dibujaron en mi imaginación un paisaje nunca visto. Cuando meses después me fui a vivir allí ví que aquellas letras se llenaron de una vida que nunca había imaginado. Y aquella meseta eterna de encinas y mieses se hizo amiga de mis ratos y sanación de mis desvelos, especialmente cuando me tocó vivir allí el primer otoño, tan diferente al que yo conocía en mi tierra natal. Al principio quise creer que se trataba de una ilusión óptica, pero en esa visita diaria que hacía al balcón desde el que se divisaba el río, mi que aquellos árboles poco a poco mudaban sus colores. Aquel verde lujurioso al que la luz del verano arrancaba destellos se transformaba en una sinfonía de matices amarillos y ocres que, para mí era toda una novedad.

 

            Y saboreé aquellos paseos entre chopos en que lo importante no era llegar a ningún sitio, sino disfrutar del camino. Y dejaba acariciar mis ojos por aquellos tonos de caramelo mientras mis botas hacían crujir, como si chiporrotearan, aquellas alfombras de hojas secas. El viento fresco y revitalizador que jugaba con las ramas se adhería a mi piel abriendo sus poros. Y en aquellos pasos crecí en unas dimensiones diferentes, donde empecé a gustar del silencio y prendieron en mí unas sensaciones diferentes que nunca he olvidado.

 

            Por eso cada vez que algo me hace “viajar” hasta aquellos rincones tan mimosamente guardados en mi corazón, no puedo dejar de esbozar una sonrisa y agradecer a quien me ayuda a ello. Gracias,  Marga por esta foto.


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