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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2007.

Raras sensaciones

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(dibujo de Mel

        Al abrir la ventana un extraño y silencioso rumor llenó la habitación. Algo inaudito sucedía... Salí a la calle donde numerosos huecos de aparcamiento la hacían aparecer con una cierta desnudez. Me crucé con poca gente. En la puerta de la panadería, hace unos días atestadas con una cola de compradores hasta la calle, hoy la panadera apoyada en el quicio contemplaba el vuelo errático de dos moscas despistadas. En la tienda de periódicos me costó trabajo entrar, pero esta vez era por los cartones de fascículos que elevados hasta el techo semejaban una fortaleza difícil de conquistar, los libros de las estanterías habían mutado en libros de textos y los juegos de playa en bolígrafos y rotuladores de mil matices. ¿Qué ocurría?

         Encontré la respuesta al llegar a casa y quitar la hoja del calendario: ¡al fin había llegado Septiembre!


Vendimia

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Oro en esferas luminosas y piel de seda, acurrucadas por el sol del fin del estío, que resaltan en ristras verticales acariciando la tierra polvorienta. Uva mimada con esmero durante meses de laborioso trasiego. Hoy, ya con alas, dispuesta a volar de la sombra de la parra que le dio cobijo.

 

            Cuando destellan las primeras luces en el cielo, las suelas gastadas agitan el polvo de los caminos dirigiéndose, como en una laica peregrinación, hacia las vides que sonríen con cierta inquietud por el bamboleo del viento. Manos rugosas con tamo incrustado en las arrugas de unos jornaleros, que desconociendo la poesía de este entorno, sólo pretenden transformar esa uva en pan para sus hijos. Caricias habilidosas de portadores de frentes brillantes cuyas gotas saladas al caer sobre el fruto se mezclan con el rocío de la madrugada. Arranque, acúmulo y transporte hacia esos lugares donde una magia ancestral transformará esas sólidas redondeces en líquido que fluye.

 

            Río de mil colores, sabores y aromas, que se porta en viejas copas y en vasos finos, que reside en casas pobres y mansiones de ricos, en orgías desaforadas y en contratos estrictos, en celebraciones amistosas y en reencuentros muy vivos, en acontecimientos familiares y cuando decidimos cambiar nuestro destino.

 

            ¡Ya ha comenzado la vendimia!




Atracción fatal

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       Caminaba Él, sumergido en sus  cavilaciones, en esas horas previas al anochecer en que se empieza a grisear todo, cuando ¡la vio! Agrandó inconscientemente las pupilas intentando atrapar el máximo de luz, mientras sus ojos se fijaban en aquella figura, de soñada belleza que se encontraba frente a Él. Su piel brillante lanzaba destellos y las sinuosas curvas de sus formas le imantaron sus más profundas inclinaciones.

 

            Se acercó despacio a Ella, como si temiera romper el delicado encanto de aquel mágico momento en que se habían encontrado. Ella, silenciosa, permaneció inmóvil, mientras aquellos dedos ávidos recorrieron, primero, lentamente y después de manera presurosa su epidermis tan brillante. Él se reconocía inteligente y en aquel primer encuentro sintió que era capaz de captar, incluso, su interior. Lo tenía ya claro, era Ella a quien buscaba para compartir el resto de su vida.

 

            Despojándose de su ropa quedó desnudo frente a Ella, no quería que nada estorbara el contacto entre sus pieles y acercó su cuerpo a la cavidad más deseada de Ella. Se fue introduciendo, primero con cierta dificultad, hasta que sus pieles en contacto parecieron fluir entre sí. Cuando descubrió con alborozo que estaba dentro de Ella, se sintió lleno de alegría. ¡Era lo que siempre deseó!

 

            Lo que no pudo imaginar Él, aquel genio solitario, que hacía tiempo que había agotado su capacidad de conceder deseos, en busca de una bot-Ella donde refugiarse, es que una mano desconocida aprovecharía aquel instante para poner en aqu-ella cavidad un tapón de corcho, con lo que se hizo consciente de que aquel íntimo contacto entre ellos se extendería, probablemente, durante varios siglos.


Desde el otro lado

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        Nunca había sido aficionada a las tecnologías, a pesar de que tenía ordenador y lo usaba, simplemente, por motivos de trabajo. A los que le pedían su dirección de correo electrónico siempre se la había negado, aducía que no tenía y se jactaba, en un gesto de dudosa progresía, que ella no usaba de “eso”.          

         Pero un día que ya no sería capaz de recordar, no supo cómo recibió un correo. Era de alguien que le escribía unas líneas, un mero saludo, con el deseo de contactar con ella. Pensó en evitar aquella burla del destino, como ella entendía que era, pero a la noche siguiente, casi sin darse cuenta, aquellos dedos finos de los que se sentía tan orgullosa estaban tecleando una contestación. También ella sentía curiosidad y así se lo expuso. La respuesta no faltó al día siguiente y con ella se estableció una hilación entre aquellas dos almas gemelas, que aprendieron a comunicarse con una cierta avidez.         

           En noches alternas, ella escribía su correo, abría sus más profundas entretelas y ansiaba esa respuesta a sus cuitas que llegaba, puntualmente, al día siguiente. Encerradas tras aquellas líneas había de todo: preguntas, respuestas, curiosidades, silencios (si es que se puede expresar un silencio con la escritura), risas, complicidad, exhibicionismo e incluso hubo una serie de correos de tan alto voltaje que tuvo que leer sentada sobre una toalla.        

          Aquel intercambio cotidiano la atrapó. Acabó conociendo mucho de aquella persona que se le abría de esa manera inicialmente azarosa, envolviéndola en un aura de necesidad que le hacía suspirar por aquellas letras ajenas.          

           Una noche más, con su piel pintada en nerviosismo, encendió el ordenador. Llevaba muchos meses en este sistemático rito, en ese diálogo virtual que se desarrollaba a través de estos correos electrónicos. Pero hoy iba a ser distinto, abrió aquel correo que, además de iluminar su pantalla, iluminaba su corazón. Y ante ella se desplegó un extenso panegírico de despedida, era el último correo que le iba a escribir, no entendía muy bien las razones que alegaba y aquel beso último con el que terminaba le sonó como si fuera un mordisco que le arrancara un trozo de piel. Apagó directamente el ordenador dando un tirón del enchufe, mientras secaba sus efluvios lacrimosos con el cuello de la camisa blanca que quedó salpicada de manchones negros.         

          Pero sabía que aquella despedida le sentaría bien, era la única forma de superar la esquizofrenia que sufría y, en el fondo, ya se lo esperaba porque ese correo de despedida de ayer, como todos los anteriores, se lo había escrito ella a sí misma. 


Ayer por la tarde...

20070913073249-cimg0321.jpg...necesitaba ese rato con sabor a plata...

¿Manías?

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        Entrando en el blog de Dsdmona, encuentro una sorpresiva invitación a destapar cinco de mis manías ocultas. Aunque no soy muy dado a seguir este tipo de invitaciones porque rompen la habitualidad de lo que se me puede ocurrir escribir, en esta ocasión me ha hecho pensar e intentaré plasmarlas. Reconozco que me ha costado localizarlas, porque como forman desde casi siempre parte de mí no las encuentro raras, sino muy "normales".  De todas formas ahí van:

1) Desde hace treinta y cinco años, no uso los bolígrafos azules, ni nunca escribo ni dibujo con ellos. Un día decidí que el color negro para escribir y el rojo para subrayar era la mejor combinacíón y desde entonces he escrito miles de kilómetros de líneas, siempre en negro. Creo que fue posterior cuando me enteré que un tal Stendhal había escrito un libro llamado Le Rouge et le Noir.

2) Hay determinadas telas cuyo tacto me repele. Principalmente aquella tela de los impermeables antiguos, lo pasaba mal cuando llovía, no por el agua sino por la tela. No soporto las sábanas de seda para dormir y cuando compro una camisa lo primero que hago, antes que el color, es palpar el tejido y comprobar que es 100 % algodón.

3) Cuando escribo un texto, aunque  habitualmente lo hago a ordenador, no tiene comparación la velocidad de la inspiración cuando lo hago sobre un papel en blanco. Preferiblemente folio, que no tenga manchas ni arrugas (en otros tipos de gustos no soy tan maniático...)

4) Me he acostumbrado a llevar un pendrive junto con las monedas, así en esas veces que llegas a un sitio y el tiempo intenta aburrirme, si encuentro un pc suelto siempre puedo seguir con algunos de los muchos textos que tengo por la mitad.

5) Siempre que voy a Madrid, me gusta pasear por el Retiro y allí seguir la misma ruta que siempre hago en la que miro a mi alrededor si algo va cambiando con el tiempo.


En brazos de la mujer madura

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        Un libro delicioso cuya primera edición fue escrita en 1965 por el escritor húngaro Stephen Vizinczey. Escrito en forma de memorias, el protagonista, Andrés Vajda, nos va narrando su vida, centrándose sobre todo en sus peripecias amatorias con las mujeres, que tienen su comienzo durante la Segunda Guerra Mundial.

        En el comienzo nos indica: "Este libro está dirigido a los hombres jóvenes y dedicado a las mujeres maduras; y la relación entre unos y otras es mi propuesta".

        El tono es amable y en ocasiones jocoso, algunas de sus frases son verdaderamente agudas y geniales. Además de relatarnos encuentros amorosos nos hace conocer, un poco, la historia del pueblo húngaro:

"Sus momentos de triunfo son muy pocos para alimentar su orgullo, pero ellos se aprecian de haber sobrevivido a la invasión de los tártaros (1241), la ocupación de los turcos (1526-1700), la ocupación de los austríacos (1711-1918) y la invasión de los alemanes (1944-1945). Los ciudadanos de los grandes Estados se inclinan a creer que las victorias son para siempre; los húngaros concentran el pensamiento en la decadencia del poder, en la inevitable caída de los triunfadores y el resurgimiento de los vencidos. Por ello, muy pocos de nosotros pensábamos que los rusos fueran a quedarse para siempre; la cuestión se reducía a averiguar cuándo se marcharían y cómo".

          En otros momentos es el tono erótico el que domina la escritura: "Lentamente, como el ladrón que aparta unas ramas para colarse en un jardín, le abrí las piernas. Detrás de la hierba dorada asomaba el capullo rosa intenso con sus dos largos pétalos entreabiertos como si también ellos sintieran el calor. Eran muy bonitos y empecé a oler y a lamer con mi avidez de antaño".

           Termina su historia con el fin de su juventud, porque como dice al final: "Las aventuras de un hombre maduro son otra historia".


Evocaciones

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        Es curioso como los olores y la música hacen de detonante de nuestros recuerdos y evocaciones. El otro día conduciendo en el coche escuchaba uno de esos discos que tienen una mezcla de música de todo tipo cuando sonó la música de Neil Diamond en Juan Salvador Gaviota, de pronto aquellos sones me trasportaron a otro tiempo ya lejano en que: 

-Escuchando a Juan Salvador Gaviota éramos capaces de volar, como el protagonista, más allá de las nubes e, incluso, sin alas. 

- Teníamos un solo canal de televisión y la preocupación era que tras la carta de ajuste se pudiera ver esa tarde sin interferencias ni neblina, eso si no teníamos que ir a casa del vecino a verla. 

-Un walkman era una de los grandes avances tecnológicos para escuchar cómodamente música por la calle. 

-Nuestros padres eran más fuerte que Superman y nuestras madres más guapas que la miss Universo. 

-Un estuche de lápices de veinticuatro colores era un buen regalo de cumpleaños.

 -El dueño de la pelota de trapo con la que jugábamos los partidos de fútbol era un tipo envidiado. 

-Un profesor revolucionó el colegio, no había que llamarle de Don. 

-La primera calculadora no la usábamos hasta poco antes de ir a la Universidad. 

-El tula, el escondite y el mangüiti eran juegos muchos más conocidos que lo pueden ser hoy Tom Raider o Animal Crossing. En vez del Brain Training, manteníamos nuestra habilidad numérico-lingüística con aquellos cuadernos verdes de Rubio.

-Cuando jugando gritábamos como el capitán Trueno; "Santiago y cierra España", nos creíamos, sin duda, los más geniales del universo.

-En la playa había un cartel que ponía "Prohibido desvestirse en esta zona" y como el policía municipal te pillara haciéndolo (desvestirse significaba quitarse el pantalón teniendo debajo el bañador) te caía una multa de diez pesetas.

-En que cantábamos  a voz en grito con Labordeta aquello de que "habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad", teníamos ilusión y esperanza en conseguirla...

¡qué ingenuos éramos en aquellos ya lejanos tiempos!


Marcela

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            En el pueblo, aunque sea de vista, todos nos conocemos, pero este conocimiento es mayor cuando existe una mayor habitualidad en la visita a nuestra oficina, como en el caso de Marcela, dueña del bar y propietaria del piso en que se aloja, desde que llegó a aquí, Olga, mi compañera de trabajo,. Marcela tiene sus treinta y varios años, podría decir su edad exacta pero el sigilo profesional me lo prohíbe, ha enviudado ya tres veces. En ambas ocasiones se casó con solterones recalcitrantes del pueblo de carteras bien provistas, lo que unido a su olfato mercantil la ha transformado en una de las terratenientes del pueblo.            

            Tiene una bonita figura, no se puede decir que estilizada aunque sí revestida de curvas onduladas. Sus andares, no exentos de cierta elegancia, me han recordado siempre a los de una bailarina de ballet. No ocultaré que siempre me ha resultado atractiva y deseable, pero una cierta prudencia y temor reverencial  ha hecho que guarde las distancias frente a su persona. Entre mis paisanos es motivo jocoso el hecho de que sus tres maridos murieran “en la cama” y no precisamente durmiendo. Este rumor sobre su fiereza y fogosidad sexual han traspasado los límites del pueblo. Pero, en general, la gente la mira con cierta simpatía y la benevolencia de quien ha sido capaz de alegrarle los últimos momentos como nunca habrían imaginado a aquellos provectos hombres. ¡Y qué mejor forma de morir que en pleno éxtasis sexual! Pueden decir lo que quieran, pero de ahí surge mi temor, no soy un fuera de serie, para que engañarnos, en estos ejercicios del sexo activo y ello hace que, ese instinto de supervivencia de no morir tan joven, me mantenga a distancia de las fauces de esa mantis.            

           Yo la conocía sobre todo de acudir a su bar, que es donde vamos a desayunar, la conocí más “íntimamente”, si es que puede llamarse intimidad a mi despacho, cuando vino a que le informara de los trámites necesarios para solicitar la pensión de viudedad por la muerte de su tercer marido. Horas de discusiones, sólo interrumpida por mi compañera que me pasaba escritos para firmar mientras no quitaba ojo de la neoviuda, hasta convencerla de que ahora que al haber muerto su tercer marido no podría recuperar también la pensión de viudedad ni del primero ni del segundo marido por mucho que aquellos hubieran cotizado.            

            Vestía de negro riguroso de pies a cabeza, tenebrismo sólo interrumpido por unos perfiladísimos labios rojos que bailaban sobre su cara mientras sus palabras, emitidas con voz dulzona, salían de su boca. En aquellos conciliábulos me enteré de que el nombre de Marcela, no se lo habían puesto por dotarla de un cierto exotismo sino por un error del encargado de registro que además de “enchufado” era semianalfabeto y confundió Carmela, su nombre original, con Marcela.            

            De vez en cuando venía a hacer alguna gestión y aunque mi activa compañera se aprestaba a atenderla, preguntaba invariablemente por el jefe a lo que aquella contestaba con un gesto hosco, mal disimulado, a la vez que me llamaba. A veces era colocar un simple sello en un papel al que ella solía responder con una apertura de labios en que su dentadura blanca iluminaba su rostro, mientras envolvía, por unos minutos aquella atmósfera burocrática, de habitual olor a celulosa, en un olor tiernamente sabrosón. Yo, precavido, siempre procuraba mantenerme a una más que prudente distancia, porque me iba haciendo consciente que a medida que pasaban los meses de aquel señalado óbito, la tela negra sobre su cuerpo iba mermando a la vez que aumentaba el tamaño de piel, sedosamente blanca, que iba dejando al descubierto.            

               No puedo olvidarme de aquel día ¡cómo se me iba a olvidar! En ese momento estaba yo intentando enseñar a un joven e inepto compañero, que llevaba pocos meses allí, cómo se podían transformar en negrita las letras del Word., cuando se abrió súbitamente la puerta. Fue en ese preciso instante cuando estalló la revolución.   Un repiqueteo de tacones sonó a la entrada una mujer se acercaba y no podía ser mi compañera que se encontraba en la capital arreglando unos de sus jaleos familiares. Entonces fue cuando apareció por la puerta una figura femenina en la que, al principio, me costó reconocer. Pero…¡era Marcela! Su cara maquillada dibujaba delicadamente sus rasgos, una capa de pintura azul sobre sus ojos los dotaba de una cierta apariencia felina y su pintura de labios, siempre roja, estaba ahora dotada con un brillo que parecía estrenarlos. Traía puesta una escueta camiseta blanca de tirantes de color blanco, de la que gran parte de sus pechos asomaban oscilantemente traviesos. Del sujetador, en cambio, no había rastro pues se veía a las claras que no se lo había puesto. A través de la tela destacaban unos círculos oscuros y sobresalientes. Una escueta falda roja que se adhería a sus líneas traseras más voluptuosas completaban su coloreado atuendo. Sus piernas redondeadas y turgentes se disputaban la perfección ante mis ojos e introducida en los tacones desplazaron toda aquella vorágine hacia el mostrador donde me encontraba. Entonces, me percaté que hacía un año del fallecimiento de su marido, cuando eso ocurría en el pueblo era la señal de enterrar el luto y el retiro y volver a la vida normal. ¿Por qué comencé a ponerme nervioso?            

             Mis piernas temblaron levemente, cuando me di cuenta de que aquel resurgimiento primaveral de Marcela era en algo más que en su vestuario. Sobre todo cuando tendiéndome unos papeles, que yo debía sellarle, sus dedos de uñas afiladamente rojas se distrajeron entre los míos. Sólo fueron unos instantes, pero lo suficiente para que sintiera a todo mi cuerpo sacudido por unas corrientes eléctricas que excitaron a cada una de mis células. Ella se acercó con una pose cargada de descaro y seducción  y doblando adecuadamente su cuerpo ofreció ante mis ojos la profunda hondonada que se abría, perdiéndose en una intricada y sugerente profundidad, entre sus senos prietos por aquella camiseta blanca. Su perfume fresco y sutil invadió mi nariz y acabó de trastornarme más, si es que aún era posible. Por un instante temí perderme en medio de aquella pasión que me brindaba Marcela, y como una ráfaga sobre mi cabeza la pude ver desnuda en la cama sumida en mil juegos eróticos, que ya alguna vez yo había imaginado, y me ví exhausto sin poder seguirle y, al instante, camino del cementerio mientras ella caminaba detrás, llorosa, con su traje negro desempolvado.             

         No, ¡me negaba a que me ocurriera eso! y, entonces fue cuando se me ocurrió. Haciendo caso omiso a los ataques de Marcela miré con deseo a mi joven compañero, perdido en el procesador de textos, con esa cara que ponen los enamorados. En aquel momento, él me miró esbozando una sonrisa, no porque se diera cuenta de nada, sino con la alegría que le producía que de toda la frase había conseguido, al fin, poner una letra en negrita. Marcela sorprendida por aquel cruce de miradas, como yo pretendía, enderezó su cuerpo, estiró su falda y recogiendo el papel se despidió, sin volver el rostro, con unos buenos días.            

         Olga días después me comentó al volver de desayunar que Marcela le había comentado que nunca se había imaginado que yo fuera gay.

-¿De dónde habrá sacado eso?-preguntó Olga.

-Ni idea-le contesté, mirando, como quien busca algo, al fluorescente del techo.            

Desde entonces noté que cuando veía a Marcela, ya fuera en la oficina o en su cafetería, ahora me miraba de una manera distinta. Si antes los hacía con deseo ahora lo hacía con ternura…¿y qué quieren que les diga? Conociendo su historial, y aún sabiendo que renuncio a posibles e inimaginables goces físicos, prefiero lo segundo.            


Vicente Rojo

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         Estoy convencido de que la vida de cualquiera puede resultar apasionante desde un punto de vista literario, si sabemos captar y resaltar aquellos aspectos que desde la cotidianeidad pueden resultar atractivos. Los hilos aparentemente grises de una existencia trenzado por un hábil escritor pueden despertar el interés del lector.

         En el caso de esta biografía del general Rojo, no se puede decir que su vida sea precisamente anodina y el autor es su propio nieto, Jose Andrés Rojo que ha escrito una interesante biografía por el que ha recibido el XVIII premio Comillas de biografía, autobiografía y memorias. Nos presenta su vida desde el  ingreso en la Academia de Infantería en 1911, sus destinos y sobre todo, la parte más pormenorizada es su actuación, ya como general durante la Guerra Civil. Al contrario de mucho de sus compañeros, permaneció fiel a la República donde llega a convertirse en el máximo jefe militar de las tropas republicanas.

          Sus páginas nos acercan a la guerra civil y nos permite profundizar en el conocimiento de la, aún, aquella desconocida historia: Toledo, Belchite, Teruel, la batalla del Ebro....todo ello va pasando por estas páginas. Una guerra que tras perderla la República obligó al general Rojo y a su familia a exiliarse.

           Primero unos meses en Francia, para ir luego una temporada a Buenos Aires y varios años a Bolivia, un país por el desarrolló mucho cariño y en el que desempeñó el puesto de profesor en el más alto centro de instrucción militar del país. Pero quiso volver a España, sueño que pudo cumplir en marzo de 1957. A su vuelta le abrieron un expediente que se transformó en un Consejo de Guerra en que se le condenó a cadena perpetua. Meses después se le indultó aunque se le reducía a la "muerte civil". Murió en Madrid el 15 de junio de 1966.

           Vicente Rojo era un hombre ilustrado amante de la escritura, en que demuestra gran conocimiento de la milicia y de la historia. Muchos de sus escritos aparecen plasmados en el libro y nos acercan más a profundizar su figura, en uno de esos escritos tras su vuelta a España. "Cuando alguien me dice que soy un hombre de talento me dan ganas de patearlea. ¿Qué talento es el del hombre que llega a los 67 años sin tener un céntimo para subsistir y ha de vivir del trabajo de su hija soltera, después de haber mandado un Ejército de un millón de hombres, de haber ganado la batalla más notable de la guerra y dignificado un conflicto vergonzoso...?"

           Cuando se termina de leer este libro es imposible el no sentir simpatía por la figura de este hombre íntegro y cabal, que durante toda su vida fue fiel a sus principios.


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