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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2008.

Entrada al colegio

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       La mañana, armada de un pincel de frío seco, dibuja bajo un cielo límpidamente azul, el ambiente de brillantes colores. Rojo escarlata y verde esmeralda se suceden en las alturas dando órdenes de detención y aceleres a la fila de vehículos que se entrecruzan, milagrosamente, sin chocarse. La temperatura acelera los pasos agitados de madres y niños enbufandados que con ojos sólo medio abiertos se dirigen al colegio. Gestos de adioses, que expresan figuras de pelos revueltos surgen de las mangas de batas desgastadas que asoman a las ventanas.

       Los árboles exhiben ostentosamente sus ramas desnudas mientras a sus pies revolotean hojas secas de podrida belleza que crepitan y crujen al ser pisadas. Un viejo edificio de piedra vieja coronado por una torre parece engullir aquella hilera revoltosa que serpenteando por la plaza desaparece en el interior en una atenuada algarabía. En lo alto de la torre la mirada abstraída de las cigüeñas acompaña los pasos, ahora relajados, de esas madres que se refugian al calor seguro del café y la cómplice compañía.

        En un banco un anciano con la boina calada sobre una frente en láminas, observa como mudo espectador a aquella plaza, ahora, muda y silenciosa.  Los tacones acelerados sobre el suelo indican la proximidad de una joven que llega tarde al trabajo. Su abrigo modela unas líneas que revitalizan, por un instante, aquel lugar. El anciano, al mirarla, se sorprende exclamando a sí mismo:

-¡Ay, quién tuviera cincuenta años menos!

 


Insistencia canina

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         No debía haber tratado a Damián de esa manera. Cuando la llamó para decirle que no podrían quedar esa tarde para salir, porque estaba a punto de realizar un gran descubrimiento, ella no aguantó más. Cierto que aquella insistente dejadez por su persona era fruto exclusivamente de su trabajo de investigación, pero estaba hastiada de toda la paciencia y comprensión que había desarrollado durante estos dos años que llevaba saliendo con él. ¡Y se lo había dejado bien clarito!

            Se despertó por la mañana con la sensación de haber dormido bien poco, abrumada por un duermevela en el que se habían mezclado, sus inquietudes, sus malos ratos y la cara dulce de Damián. Salió a la calle con gafas oscuras, más que por el sol por ocultar sus ojeras y a la puerta se encontró un perro de manchas marrones que agitó alegremente el rabo al verla. Le encantaban los animales y no pudo reprimir el acariciarle el lomo a aquel can que la miraba de ojos lánguidos. Se dirigió al Centro de Salud a por una receta, sin darse cuenta que era seguida por el can. “Señora, su perro no puede entrar”. “No, es mío”, repuso ella y el celador impidió el paso del animal. No tuvo que esperar mucho y con la receta de un antiinflamatorio entró en la farmacia cercana. “¡Qué perro tan gracioso!”, le oyó decir a la farmaceútica, una cuarentona de  pelo negro brillante y amplia sonrisa. Otra vez le había estado siguiendo. Al salir, intentó espantarlo con un grito y gestos, pero no lo consiguió.

            Tenía que llamar a Damián. ¡De eso nada! Tenía que ser él quien le llamara que era el culpable de todos aquellos desmanes de los que ella se lamentaba. Se dedicó a comprar ropa en varias tiendas y siempre que salía de alguna aquella mirada lánguida le aguardaba. En una de las mismas, incluso, se sobresaltó cuando vio aquellos ojos contemplando curiosamente su cuerpo desnudo, mientras ella se probaba un conjunto de lencería color champagne. ¡Se había colado por debajo de la puerta del probador! Empezaba a estar harta de aquella machacona presencia de cuatro patas que se había convertido en algo más insistente que su propia sombra. Al salir le tiró un zapato, recién comprado e intentó darle una patada que aquel perro evitó con habilidad.

            De pronto su corazón se acongojó, necesitaba ver los ojos dulces de Damián. Se dirigió a su casa, a ver si lo encontraba. Subió al primer piso y con una llave que llevaba en su bolso, abrió la puerta. A pesar de cerrarla con rapidez no pudo impedir que el perro entrara tras ella. No aguantó más, lo cogió entre sus manos, él se dejó hacer, abrió la ventana y lo arrojó a la calle. Cayó en el interior de un camión de matrícula griega que pasaba por la calle y que se alejó rápidamente. Ella se alegró de haberse librado de aquella incómoda presencia.

            En el interior del piso había un extraño silencio, abrió la puerta y entró en el laboratorio donde Damián hacía sus experimentos. Un matraz Erlenmeyer semilleno de un líquido verde esmeralda descansaba sobre un cuaderno medio abierto emborronado de fórmulas escritas con la letra de Damián. Súbitamente el título de la página atrajo su mirada.: “Fórmula para transformarse en perro”.

-¡Noooooooooooo! ¡Damián!-gritó, compungida y llorosa, mientras corría hacia la ventana.

 


En la exposición

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      Siguiendo los consejos de Prometeo, estuve hace unos días en Madrid visitando dos de las exposiciones colgadas en la Fundación Mapfre de Madrid. La exposición muy interesante y digna de ver, me encantaron especialmente los Sorollas, sin embargo hubo cosas, no sé si porque uno no está acostumbrado a ciertas costumbres capitalinas, que me llamaron la atención.

En primer lugar la cola. Se ve que no era el único que había decidido ir a Madrid en esos días. Cuando me acerqué, bajo el paraguas a la sede de la exposición, vi que una larga cola daba la vuelta a la manzana. Y allí estuve más de media hora intentando evitar mojarme más de la cuenta y dudando de si valía la pena tanto tiempo perdido. Me consolaba ver en la acera de enfrente, otra cola, yo diría que más larga que ésta que iba a ver una exposición de pinturas en el BBBVA. Tras ese rato y goteando agua desde la cazadora hasta el suelo, entramos en el interior.

Nada más entrar había que colocar los paraguas en una especie de paraguero con cuadritos, en los que se introducían los paraguas. Yo preferí recoger el mio y disimularlo que dejarlo allí y entré a ver los cuadros de Degas. Pero nada más entrar a uno de los vigilantes no le gustó mi mochila y me dijo que había que salir a dejarla en una consigna exterior. No entiendo el por qué se puede pasar con un bolso pero no con una mochila ¿qué distingue una cosa de otra? Eso sólo lo pensé no iba a filosofar ahora sobre el tema, así que me llegué a la consigna a dejar la mochila. La introduje dentro, cerré la puerta de la taquilla y no había forma de sacar la llave. La cambié de taquilla y lo mismo, hasta que me di cuenta de que había que introducir un euro para que se pudiera sacar la dichosa llave.

        Me puse a ver los cuadros. Me gustó Degas, en especial el ver al natural aquellos cuadros, de damas en sus arreglos cotidianos, que hacía muchos años había conocido en libros. ¿Por qué en una exposición la gente no habla? El que lo hace, articula palabras entre murmullos, como si en un extraño respeto cohibiera la presencia en aquel lugar. Se acerca un vigilante a la señora que está a mi lado y le dice que su paraguas plegable no puede llevarlo colgado en la muñeca, sino que tiene que hacerlo desaparecer dentro del bolso. 

Busco el ascensor y subimos a la primera planta. Un lío, se abren dos puertas en el ascensor, acierto por la que tengo que salir y veo la exposición de 1900. Me encantan estos cuadros, sobre todo la luz que emana de ellos y esos retratos sosegados que hace de la realidad. La gente sigue sin hablar y en medio de este silencio catedralicio suena mi móvil...Todavía no he podido contestar cuando tengo una vigilante a mi lado, interrumpiendo la conversación antes de empezar, para decirme que allí no se puede hablar con el móvil, sino que tengo que irme junto al ascensor. Intento decirle que no es que yo estuviera llamando a nadie, pero mejor me callo y cuelgo en segundos.

         Me voy de la exposición, ha dejado de llover, contento pero con la convicción de que en estas exposiciones, antes de entrar, deberían dar un manual con todas esas cosas que, aunque se hagan en la vida diaria, no están permitidas en tan peculiares recintos.


La línea

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     Siempre hay una línea que nos separa, por medio, de los otros. También desde que él y ella se conocieron  hubo una línea que los separaba. No tenía colores, ni era material,  era sin medidas y carecía de costuras, pero...era una línea. A cada uno aquella línea le parecía algo diferente. Él en principio la veía como un gran precipicio, que podría tragarlo irremisiblemente cuando intentara acercarse a ella más de la cuenta. Ella la veía como una valla natural que la protegía de cualquiera de los embates que le pudieran llegar del exterior y que controlaban, siempre avizor, sus fieles cocodrilos.

El cariño empezó a surgir a ambos lados de aquella línea. Él daba pequeños pasos que cargaba de ternura y, a medida que se iba acercando a lo que pensaba era el borde del precipicio, éste iba empequeñeciendo hasta casi disolverse. Él la contempló a ella ya muy cerca. Ella fue consciente y gustó de aquellos pasos enredados que le hacían sentir, paulatinamente, la proximidad de él. Sus fieros cocodrilos se amansaron ya que perdieron su razón de ser, se dieron cuenta de que no necesitaban protegerla de él, todo lo contrario, se volvieron juguetones y alentaron a que la línea se convirtiera en un espejismo de tan a gusto que ella se empezó a sentir. Un sentimiento que fue mutuo y la proximidad entre él y ella se convirtió en un goce compartido.

Pero la línea seguía allí. Ahora era trazada con tinta indeleble,en parte por las circunstancias que vivían  y en parte por las circunstancias que sentían. Lo que no estaba nada claro era donde quedaba situada, finalmente, esa línea. Ella lo tenía muy claro...o creía tenerlo, pero cuando los mimos de él hacían que la línea que pasaba por en medio de ellos, casi imperceptiblemente, se deslizara a los labios o a los pechos de ella, las agitaciones de sus curvas llegaban, en algún momento, a convertirla en invisible.

Y en esto andan, él, ella y la línea que unas veces se cruza, otra se diluye y alguna otra vez se enrosca en torno a sus cuerpos aproximándolos hasta un extremo que nunca imaginaron. Y así se han tenido que acostumbrar, él y ella a este "ménage a trois" en sus vidas, disfrutando del mismo y que sean las agujas del reloj, las que finalmente hagan con esa línea lo que le dé la puñetera gana.


Feliz Navidad!

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     Sí, ya creo que es buen momento para desearla.  No es cuestión de anunciarla desde noviembre, como hacen los centros comerciales, ellos se excusan con que tienen que vender. Pero yo no tengo que vender nada, todo lo contrario si algo hermoso tienen estos días es el don de lo gratuito, que está en su base. El origen está en ese Dios hecho niño que vino a este mundo en un rincón humilde y nada acogedor, sin pedir nada a cambio. 

    Es el momento de detenerse un poco sobre ello y una excusa para vivir de una manera especial el concepto de cercanía y solidaridad con aquellos que nos rodean. La vida no suele ser fácil, especialmente en estos momentos de crisis económica que se ceba sobre aquellos que menos tienen. Demos una oportunidad a lo inesperado, rompamos esa burbuja, que nos suele acompañar, llena de buenas intenciones, de cosquilleos de corazón, de besos perdidos, de ilusiones baldías, del que dirán, de palabras animosas reprimidas...y dejemos que todo ello se reparta sobre los demás, intentando hacer un mundo mejor. Unos gestos que no deben ser lo original de unos días, sino un cambio de actitud para el resto de nuestros días.

A todos vosotros, a los muchos o pocos que asomáis por aquí, a los que me leeis por primera vez y  a los que sois viejos amigos de mis letras, a los que no me conocéis de nada y a los que más de una vez habéis visto mis ojos, a los que nunca más entraréis en este rincón y a los que seguiréis viniendo, a los que disfrutáis con estos días y a los que sólo deseáis que llegue el siete de enero, desde y con estas letras os deseo de todo corazón que seais felices y tengáis:

¡¡FELIZ NAVIDAD!!


¡¡Feliz año nuev-e!!

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    Cuando sólo faltan unas horas para acabar el año 2008 quiero desearos a todos los que entréis por aquí un muy feliz año. El año empieza, tal vez un día como otro cualquiera, aunque tengamos que inaugurar calendario en la pared. Vendrá, sin duda, con sus problemas, pero lo importante es que tengamos fuerzas y ánimo para afrontarlos. A ello ayudará el potenciar los valores de paz y solidaridad que son tan necesarios para una mejor convivencia entre todos.

    Ojalá que cuando terminemos el año seamos capaces de afrontar el siguiente, al menos, con el mismo ángulo de sonrisa que éste.


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