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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.

Los hombrecillos grises

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        No sé cómo, pero de un tiempo a esta parte los veo continuamente, como si hubieran surgido de la nada. Son hombrecillos de aspecto gris de difícil descripción. Los hay de distintos tamaños y estaturas, algunos pequeños y otros de aspecto equiparable a un ogro. Gesticulan mucho, sobre todo cuando los observas a distancia, y suelen ser de escasas palabras; al articular sonidos sus voces pueden chirriar porque están transformándose o sorprender por el tono grave y oscurantista que tienen. Sus aspectos físicos son variables, por lo que no entiendo como me parecen tan similares. Se metamorfosean bastante, el que hoy tiene su rostro oculto en una amplia melena y deslucida barba, mañana aparece con la cabeza como una bola de billar y la tez con una suavidad similar a la de un bebé.            

         En cuanto a su vestimenta, predominan los tonos oscuros, negros y marrones, aunque todos me parecen grises, ¡eso es hombrecillos grises! Cuando te los cruzas por la calle o  un pasillo generan una exclamación, que se debe entender como saludo, similar a aquellos sonidos guturales de nuestros ancestrales antepasados de las cavernas.            

         Son aficionados a las nuevas tecnologías por lo que rara vez llaman a un teléfono fijo, prefiriendo el móvil y la comunicación invisible, no de los espíritus, sino del Messenger. Hay ocasiones en que tras hablarles durante un rato, ellos se quitan el auricular, semioculto por los rizos, del mp3, y te miran asombrados como si hubieras dicho algo.            

          Cada vez hay más, me los encuentro ya no sólo por la calle, sino por los pasillos de mi casa e incluso, alguna vez, en el salón. Supongo que con el tiempo ese color gris irá coloreándose hacia otros colores del espectro del arco iris.  

           No sé si mi hija adolescente estaría muy de acuerdo con esta descripción que he hecho de sus amigos…


Enhorabuena...

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...porque habéis vencido. Tengo que confesaros que durante muchos días he tenido mis dudas. A principios de diciembre vi el primero, pero detrás de éste vinieron otros y luego cientos de papanoeles que escalaban las ventanas de muchos edificios. Pensé que ese gordinflón vestido de rojo os derrotaría, pero no ha sido así. Ayer cuando paseaba y os vi, por primera vez a los tres, escalando esa ventana, me di cuenta que no os habíais dormido ni despitado y que no os encontrabais demasiado lejos, lo que confirmé esta mañana cuando vi la sonrisa indescriptible de muchisimos niños con los regalos que les habíais dejado.


La ladrona de libros

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         Con el marco de fondo de la segunda guerra mundial, en la alemania nazi, Liesel una niña de diez años es acogida por el matrimonio formado por Hans y Rosa. De camino a esta casa en un cementerio donde es enterrado su hermano pequeño, roba su primer libro "Manual del sepulturero", con el que empezará a coger gusto por las letras.

          En aquel lugar recibe el cariño de sus padres, tendrá amigos y tendrá una especial relación con los libros que parece impulsarla a robarlos. Pero la guerra está ahí y hasta aquel barrio y sus gente llegan sus secuelas, y en aquella casa se refugiará un judío que huye de los nazis y que se convertirá en alguien muy importante para ella.

          Entre sus letras se entremezclan momentos tiernos con momentos muy amargos. Muy original la forma de narrar, casi tanto como la propia narradora de la historia: La Muerte.


De colas sin colores

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       Cuando llegué a Madrid, allá por el año 1984, una de las cosas que más me sorprendió era la habilidad de sus habitantes para formar colas en situaciones variopintas. Nunca llegué a entender esa afinidad gregaria por caminar en grupo y a paso lento, más que quizás decelerar un poco ese paso tan rápido que se lleva por sus calles y que nos apresa a los provincianos.  Me resultaban especialmente extrañas las largas colas que se formaban los fines de semana en los cines de estreno de la Gran Vía, cuando a dos paradas de metro de distancia, echaban la misma película en otra sala sin atisbo ninguno de empujones.

 

            Debo reconocer que, tras varios meses viviendo allí, terminé abducido por esa extraña afición y recuerdo, como detalle, aquella cola de la que formé parte durante ¡siete horas!, en un frío día del enero madrileño de 1986, para darle el último adiós a Tierno Galván, aquel “viejo profesor” y  alcalde madrileño de la época de “la movida”. En aquellas horas de obligada convivencia, recorriendo a paso de paladeo el Madrid de los Austrias llegamos a establecer una buena amistad con los que nos acompañaron a nuestra alrededor durante tanto tiempo. Y no fue extraño que alguno, en aquella magna celebración de la muerte, algunos se avinieran  a compartir, con aquellos azarosos compañeros de camino, sus anhelos e ilusiones ante la vida.

 

            Este gusto por las colas se va extendiendo por ciudades más pequeñas, nada más que hay que recordar para sacar el DNI, y especialmente en algunas épocas señaladas. Surge esta reflexión a las que, en estos días, se forman todos los años en Cádiz con motivo de la compra de las entradas para el teatro Falla donde se efectúa el concurso de las actuaciones carnavalescas. Este año muchos se las prometieron felices porque el 20 % de las entradas se pondrían en venta por internet, pero en un segundo, según dice el periódico, hubo 70 mil entradas en la página con lo que se bloqueó, aunque la empresa achaca el fallo al ataque de un pirata informático. Las colas seguirán formándose para los distintos eventos carnavalescos, para comerse gratis un plato de pestiños, en la pestiñada, o un plato de erizos, en la erizada. También para la compra del resto de las entradas, aunque este año, para evitar la reventa, serán nominales, pero como en Cádiz hay  “gente pa tó”, ya encontrarán la forma de revenderla a alguien que se le parezca mucho y se le confunda la foto con la de su carnet de identidad.


Leía...

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...pasaba las hojas de aquel libro. No era demasiado apasionante, pero estaba relativamente entretenido, aunque me estaba ya resultando un poco cansino. Tenía ganas de acabarlo, ya. Al llegar a la palabra fin, todo se me oscureció.

    Nadie me había avisado que tenía entre mis manos el libro de mi vida.


En el camino

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         Hay épocas en la vida en que el camino se hace especialmente tortuoso, nos encontramos con numerosos obstáculos que hay que sortear y, en más de una ocasión, tenemos la tentación de detenernos o abandonarlo. Puede que, incluso, sólo nos sostenga para seguir caminando el saber que el fin del camino ya está próximo.

          Pero ¿qué ocurre si cuando llegamos a ese deseado final nos encontramos con un disco de dirección prohibida?


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         Un chisporroteo, más alto de lo habitual, de las brasas de la chimenea me hace alzar los ojos, por encima de las gafas, y descansar el libro sobre las rodillas. Me paso insconscientemente los dedos por las arrugas de la frente para echarme para atrás esos pocos pelos canosos que se revuelven sobre mi cabeza.

        En el sillón que está junto al mío se sienta ella con sus canas coronando su cabeza y sus arrugas maleadas por tantos años. Observa distraída un programa de televisión y no es consciente de mi mirada. De pronto esta mirada parece sacudir esa piel envuelta sobre sí misma y la convierte en tersa de manera súbita. El pelo blanco oscurece y crece en una espléndida melena negra, sus manos finas coronada en aquella pintura de uñas rosa que tanto me gustaba, su cuello se estira y, de pronto, reconozco aquella imagen juvenil y recuerdo cuando la vi por primera vez, antes de que creciera una alta montaña de hojas del calendario dentro de la papelera. Mis ojos brillaron levemente por un instante, como si reflejaran la luz del fuego, pero yo sabía que no era eso, y una sonrisa casi olvidada prendió en mi cara.

       Me coloqué las gafas sobre la nariz, cojo el libro entre mis dedos y mientras las llamas siguen su baile sin orden, sigo leyendo...


Hay luces...

20080124194422-cimg1140.jpgque colorean la mañana con una luz tan alegre, que transmiten su reflejo a mi ánimo durante todo el día.

Plenilunio

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         En una gris ciudad de provincia se ha cometido el asesinato de una niña. El inspector jefe que lleva el caso, y del que no se nos dice el nombre, es un policía que vuelve a su ciudad de la infancia, donde se crió en un colegio de huérfanos, destinado tras muchos años en el país vasco.  Tendrá que encontrar a un brutal asesino en medio de esa ciudad. En ese camino tendrá que luchas contra sus demonios personales, contra sus crisis íntimas y se encontrará con alguien que le hará creer que en la vida es posible una segunda oportunidad.

         Buenos retratos del interior de los personajes, cada uno de los cuales carga con su bagaje de experiencias y de negruras,  pero algunas, en un determinado momento, parece que empiezan a iluminarse. Hay personajes que sólo se se entreven, como si estuvieran a través de unos visillos, como le ocurre a la mujer del inspector o a Ferreras, el forense. De otros descubriremos sus mayores intimidades como de la maestra o el asesino. La luna tiene su protagonismo y su luz atravesará, en más de una ocasión, por entre las letras.

          Me ha encantado releer este libro del jiennense Muñoz Molina, después de nueve años de haberlo leído. Una novela en que en su escritura, a la vez, densa y atractiva, se mezcla la trama sicológica y la policíaca.

       


La ventana

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              A esa hora en que el precoz anochecer convierte los tonos amarillentos en negro, hace fresco en la calle, desierta y otoñal. Camino con la agilidad que me dan mis años jóvenes,  las manos en los bolsillos, encogido, con la cabeza incrustada entre los  hombros, como si eso me atenuara el frío y, entonces, alzo el cuello, mirando hacia arriba, como siempre que paso bajo esa ventana.            

               Está situada en alto, en un cuarto o quinto piso, nunca los he contado, encaramada en la pared, siempre iluminada, rompiendo las tinieblas de la noche. Estando distante, la noto cercana.  A veces abierta, a veces cerrada, pero independientemente de ello, el visillo que está al otro lado del cristal siempre se agita, se mece por el aire invisible, y esas siluetas tamizadas, que se suponen al otro lado, son puras sombras más inventadas que reales. Detrás una luz encendida, calmosa, suave, que se adivina brotando de una lámpara y expandiéndose por toda la habitación.            

               Me gusta templar mi mirada, repleta de ausencias y gélida, con el calor instantáneo de aquella imagen. Soñar que yo puedo estar dentro, acogido por la caricia del hogar que allí supongo. Sentarme, con un libro entre mis manos, en un sillón acolchado bajo la luz de aquella lámpara, interrumpiendo la lectura en una conversación animosa con esos que me acompañan, que no sé quiénes serán. Ahíto de tanto caminar, detener mis pasos en aquel refugio seguro, y tenerlo como referente. Pero me alejo y aquella ventana, poco a poco, se va convirtiendo en un idealizado punto de luz a mis espaldas.            

               Ha pasado mucho tiempo, ahora mi piel se pliega sobre sí misma creando arrugas, caminos no deseados en mi cuerpo, y estoy al otro lado de la ventana. El visillo se mueve debido a mis pasos nerviosos en la habitación, no hay chimenea y estoy sólo. El libro cerrado, con el polvo que se acumula sobre su lomo, colocado sobre  la mesa. Una bombilla desnuda pende del techo, proporcionando resplandores aceitosos a la habitación pero, más que aportar luz, resalta las sombras. Me acerco a la ventana con la lentitud de mis pasos cargados de años y que se asemejan al monótono vaivén, del tigre encerrado en su jaula, Diviso la calle oscura tras los cristales. El frío y el viento se dibujan al otro lado con el murmullo agitado de las ramas de los árboles y en forma de hojas que sobrevuelan, juguetonamente, en el aire.  

               Por la calle, solitario, camina un joven con las manos en los bolsillos. Apago la luz, para observarlo mejor, me parece distinguir que mira hacia esta ventana…con gesto de anhelo, se aleja engullido por la tiniebla. ¡Qué envidia le tengo a ese pasear con la ligereza de pasos libres, con su rostro acariciado por el aire de la noche y bañado en rayos de luna!


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