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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2008.

Envidia...

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          Sí, tengo envidia de tus pájaros, de los que revolotean como mis besos en torno tuya, de los que arrullan tu sueño y te acompañan en tu despertar, de los que acompañan en tus ocios y tareas despidiéndote cuando sales corriendo por la puerta de casa, de los que durante el día te echan de menos en tu ausencia y de los que cuando vuelves al atardecer gorjean el aire a risas alegres abrazándote con sus trinos. Sí, decididamente envidio a tus pájaros!

Azul y verde

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      Hoy mientras paseaba por la playa me llamó la atención que no se confundían en el horizonte el cielo y el mar. El cielo azuleaba el aire mientras el agua de mar verdecía mecida por las olas, que me hacían sospechar que el fondo estaba formado por un lecho de esmeraldas. Las nubes deshilachadas en trozos, grises al acumularse, blanqueaban el azul y modulaban los rayos de sol que acariciaban cálidamente mi cuerpo.

      Las plantas de mis pies descalzos eran acariciadas por la arena amarillenta con esas cosquillas que producen sonrisas, mientras yo caminaba hasta aquel punto invisible al que nunca parecía llegar. Momentos como este son los que me hacen disfrutar de las vacaciones,especialmente todo ese rato en que el rumor de las olas me estuvo acompañando, mientras me hablaba de ti.


Con los dedos

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      En el momento en que las letras salieron del papel y empezaron a formar parte de mí, empecé a descubrir el valor de las palabras. No es, por tanto, extraño que en muchos momentos de mi vida, sea por los acontecimientos vividos o por esas cosas que sólo el azar podría explicar, mis dedos ardan. Es como si una gran fuerza interior se viera en la necesidad de salir de mí, de expresarse a través de las letras y mis dedos abrasan...necesitan enfriarse en su contacto con el teclado mientras derraman sobre el papel virtual mucho de lo que encierro dentro.

      Hace unos días me ocurrió algo de eso, mis dedos no podían parar y aprovechaban cualquier hueco del día para aposentarse sobre el teclado, como si temieran que si el reloj seguía avanzando, llegara un momento que esas vivencias que quería expresar pudieran olvidarse o simplemente disolverse con lo que esas palabras pudieran morir, antes de nacer.

        Tras muchas hojas escritas llegué al punto final y, entonces, mis dedos agotados de tanto esfuerzo parecieron quedar exhaustos y sin saber muy bien que hacer, a partir de ese momento, para recuperar sus funciones habituales. ¿Qué podría hacer con ellos durante un tiempo para desintoxicarme de tantas letras?

-Hacer pajaritas de papel.

-Dibujar caricias en una piel amiga.

-Hacer nudos en una cuerda.

-Señalar hacia las estrellas.

-Hacer sombras chinescas en la pared.

-Sacudir levemente hierbas aromáticas antes de acercármelos a la nariz.

-Poner en pie a ese crío que tropezó.

-Pasar las hojas de un libro.

-Bailar con un bolígrafo sobre la superficie de un papel.

-Hacer un hoyo en la arena de la playa.

-Explotar pompas de jabón.

-Espantar moscas.

-Chuperretear una tarta de chocolate.

-Salpicar agua en un día de calor.

.........

  Y a ti, ¿se te ocurren más cosas que se puedan hacer con los dedos?


La mesa redonda

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       Durante mis años de estudio adolescente, estudiaba sobre una mesa redonda y ¡a mí no me gustaba! Lo que me parecía adecuado para jugar a las cartas o tomar café, nunca me lo pareció para estudiar.  Pero tuvieron que pasar años hasta que pude hacerlo en una mesa rectangular. Desde entonces, siempre que he estudiado, escrito o trabajado ha sido en mesas con esquinas. Nunca supe muy bien la razón de aquel gusto mío, si era algo emocional o más bien espacial.

        Pero ayer hubo un artículo que al leerlo me recordó esto, se refería a la reciente publicación de cuatro cuadernos inéditos de la escritora Marguerite Duras y el artículo terminaba con el último texto de último cuaderno en que Marguerite Duras decía lo siguiente:

        "Se está mal en una mesa redonda; los codos no reposan y no se pueden apoyar para descansar de escribir, y cuando se escribe están en el vacío, y si uno no se da cuenta en seguida se dice: "No sé lo que me pasa, estoy fatigado", y es a causa de los codos que no reposan en la mesa".

           Me alegra saber que no soy el único que huye de las mesas redondas...¡qué poco me parezco al rey Arturo con lo que aquel disfrutaba con aquella Tabla Redonda!


Postdata: te amo

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       He tenido una experiencia curiosa porque estaba terminando de leer un libro cuando se ha estrenado la película correspondiente. Se trata del libro "Postdata: te amo" de Cecelia Ahern hija veinteañera de un político irlandés que dejó sus estudios universitarios para escribir este libro, que convertido en todo un éxito se ventas se ha publicado en catorce países. Al día siguiente de terminar la lectura del libro me fui a ver la película.

       El argumento gira en torno a Holly una joven, que a punto de cumplir sus treinta años, queda viuda. Ella se hunde en su pena pero para ayudarle a superar su tragedia, cuenta con sus dos buenas amigas Sharon y Denise, su familia y de una serie de cartas, que su marido le dejó escritas antes de morir y que tiene que abrir mensualmente. Estas cartas animosas siempre terminan con esas tres palabras: postdata te amo.

        El libro desarrolla una historia distraída, aunque literariamente me ha resultado pobre y con una prosa y forma narrativa que no me ha hecho disfrutar.

        En cuanto a la película cambia el "te amo" por el "te quiero", asi mismo cambia el país de origen en el libro es Irlanda y en la película Estados Unidos. En el libro veranean en Lanzarote, pero en la película prefirieron llevarlos a Irlanda. Los personajes secundarios también varían en la película e incluso algunos, como los hermanos de la protagonista, desaparecen. La  película se deja ver, la historia gana con la música, en ocasiones emociona, pero no termina de apasionar.


IM-¿posible?

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     Sólo son dos letras los que separan algunos de nuestros deseos de la realidad.  El camino para alcanzar los sueños no siempre es fácil, hay épocas en que es tortuoso y, en ocasiones, empinado, tanto que nos agotamos y decimos: ¡imposible!Y nos entra la tentación de tirar la toalla y quedarnos al borde del camino.

     Claro que hay sueños que parecen que nunca tomarán formas reales, pero no por eso debemos de dejar de luchar por ellos. Sólo si de verdad nos enfrentamos a los problemas que suponen acercarse a ellos, podremos encontrar, en nuestras manos, esa goma de borrar mágica que quitando esas dos simples letras "IM", convierta en Posible aquello que deseamos e intuimos que nos dará, al menos, unos gramos de felicidad.

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Los hombres que no amaban a las mujeres

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      Este libro escrito por Stieg Larsson recibió en el 2006 el premio Llave de cristal, otorgado a la mejor novela de misterio de autor nórdico. El autor nació en 1954 y murió de un ataque cardíaco en el 2004. Periodista y activista de los derechos humanos, a su muerte dejó los manuscritos inéditos de tres novelas con el título genérico de trilogía del milenio, de la que ésta es la primera de ellas, siendo un verdadero éxito de ventas en todos los países en los que se ha publicado.

       El protagonista es Mikael Blovmkvist, que tras ser condenado en una demanda por un artículo que ha escrito sobre un empresario, acepta el trabajo que le propone otro empresario, Henrik Vanger para que intente averiguar qué ocurrió con  su sobrina desaparecida treinta y seis años antes. En esta misión le ayudará una joven original y con poca pinta de heroína, Lisbeth Salander, con gran habilidad informática y que a pesar de su peculiar forma de ser no tarda en hacerse simpática para el lector. En la trama aparecen muchos de los personajes de la familia Vanger, a los que nuestros protagonistas irán conociendo hasta extremos insospechados.

        Un libro distraído y de los que deja el desenlace bien atado, por un lado, pero con una cierta apertura, por otro, que incita a estar atento a la aparición del segundo volumen de la trilogía. Entrando en esta página se pueden leer las opiniones de los lectores.


La extraña

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     Último título que he leído del escritor húngaro Sándor Márai, pero al contrario que los otros que he leído de él, éste no me ha gustado y me ha costado llegar al final. Siempre he admirado en sus libros el dominio de la palabra y esa capacidad que tiene para la introspección de sus protagonistas en las que logra dibujar con trazos maestros el interior del alma humana.

     En este caso, el personaje, Viktor Askenasi, un profesor, en esa frontera que le va acercando al medio siglo, aparece retratado con distintas mujeres como Anna, su mujer o Eliz, la bailarina con  la que comienza a dar un vuelco a su ordenada vida no son más que piezas de un puzzle gigantesco en su desesperada búsqueda interior. Una búsqueda cuya lectura se me hizo lenta y pesada.

       "Le pareció que el matrimonio era una cosa completamente impúdica.  "Con Anna no se pueden hacer esas cosas-pensó a modo de disculpa, casi asustado-,el matrinomio no está hecho para eso. Sólo se pueden hacer con una desconocida. Pero con alguien que lo sabe todo de nosotros, no se pueden hacer cosas así; sólo se podría hacer mientras fuera una desconocida..."   Se acordó de lo mucho que había amado a Anna, todo lo que habían hecho juntos en los primeros años de su matrimonio, en aquel dormitorio, mientras aún eran unos extraños, mientras aún había un cierto misterio entre ellos. Al desaparecer el misterio comenzó el pudor. Habría querido ponerse el abrigo, tanto frío sentía en aquel gélido ambiente. "Anna también ha de sentir frío",  pensó y extendió la mano para colocarle mejor el chal que llevaba sobre los hombros, pero ella se apartó."


Aquel verano del 75

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        El otro día, viendo una antigua foto, me trajo recuerdos de esos otros veranos que fueron diferentes. Trasladándome con la memoria en la máquina del tiempo a la playa de la Victoria de Cádiz tan parecida en mar y arena y tan diferente en todo lo demás a la actual playa.

 

            La playa estaban llenas de casetas, unas de mamposterías que siendo minúsculas, la décima parte de un piso de los de la ministra Trujillo hacían su avío, ya que tenían su ducha y en sus perchas se podían acumular la ropa de treinta personas, incluso. Las otras casetas eran las llamadas de madera y que en colores blanco y rojo se extendían al borde de la arena. Estos minirecintos estaban numerados y el número venía bien para localizar a los amigos que siempre se ponían en la misma zona de la playa y en torno a uno de los poseedores de una caseta. El ecuador de la playa lo constituía el Hotel Playa y el horizonte lejano la playa de Cortadura.

 

A lo largo de la playa había carteles que indicaban “Prohibido desvestirse en esta zona” y la policía municipal, entonces no eran locales,  se encargaba de que se cumpliera multando a quien tuviera el atrevimiento de quitarse la camisa en la arena.  Ese era un modo también de engordar las arcas municipales ya que el sitio oficial de cambiarse eran las llamadas “galerías”, perfectamente separadas las de caballeros y las de señoras, que eran dirigidas por unas señoras que tenían el sobrenombre tan feo de “bañeras”. Los bikinis no eran nada habituales e incluso mientras nuestros padres se tomaban un "Valdepeñas con Casera" en el bar Ramón, escuchábamos hablar a nuestras madres al respecto: “Esa mucho hablar y luego sus hijas son de las que se ponen bikinis”. Los adolescentes de aquella época no entendíamos que extraña mácula podría caer sobre una familia por el hecho de que sus hijas enseñaran su ombligo. Sólo recuerdo la osadía de una extranjera que, desconociendo en que tipo de playa se hallaba, se desprendió de la parte superior del bikini y estuvo a punto de originarse un tumulto ciudadano. Gritos e improperios y exclamaciones de “qué hay niños delante” hicieron que en pocos minutos aquella visión sorprendente de aquellos orondos pechos se convirtiera en un espejismo.

 

En torno a la caseta a la que yo iba todos los días, se ponían mis amigos y entre baño y baño echábamos partidas de cartas. Nuestras reuniones eran netamente masculinas estábamos en esa edad que nos apetecía tanto relacionarnos con el género femenino , como dificultades y poca costumbre teníamos para hacerlo. De hecho en la caseta de al lado la reunión era netamente femenina. A medida que transcurría el verano, las barreras fueron cayendo hasta que decidimos salir todos juntos cuando ya el verano languidecía ¡el veintiocho de agosto! No hubo discusiones a cada uno nos gustaba una de aquellas jovenzuelas. El más osado de mi pandilla enseguida se ennovió con una…a estas alturas sigue soltero. A mí había una que me llevaba a maltraer, pero el día uno de septiembre se marchó para Madrid donde vivía y aquel efímero amor se disolvió en la distancia. Siempre la recuerdo con cariño y desde entonces nuestros caminos se han cruzado sólo un par de veces, una hace veinte años en que quedamos a merendar en una cafetería de Madrid y recuerdo que su llegada en el coche oficial, su padre era general, me impresionó. La última vez que la vi fue hace un par de años donde al entrar en la farmacia madrileña en la que trabaja, bajo aquel pelo rizado y canoso y nuevas arrugas, no me costó reconocer aquella sonrisa que treinta y un años antes me había encandilado a lo largo de todo un largo y maravilloso verano.


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