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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2008.

Cereza roja sobre losas blancas

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      Con este título se publicó en España el primer libro de poesías de la escritora Maram al-Masri. Nacida en 1962 en Siria se traslada a Paris en 1982 tras estudiar literatura inglesa en Damasco. Dedicada a la literatura y a la traducción es una voz que cautiva con sus letras. Conocí sus poemas, de una manera casual, por internet y, dos años más tardes, he conseguido, tras ardua búsqueda, tener este libro entre mis manos.

        Es una edición bilingüe árabe-española, y en cuyos poemas, sean breves o más largos, es muy fácil dejarse acunar por su música y sentirse atravesado por sus sentimientos. Aquí transcribo dos de ellos:

Allí donde los caballos

no pueden galopar.

Allí donde ni siquiera hay

un agujero

que permita a un rayo de luz entrar.

Allí, donde la hierba

no brota;

me aferro a los pies de la palabra.

 

Porque ya no queda entre nosotros

sopa caliente que compartir

ni conversación lánguida que repetir.

Porque ya sólo hay entre nosotros

una cama

en la que únicamente crece el musgo

y una noche que no borra

el cansancio del día.

Porque ya sólo hay entre nosotros

niños

a los que les preparamos

nuestras ilusiones

en un plato.

Porque nos hemos vuelto

más educados que dos extraños

y sentimos menos admiración el uno por el otro

que dos enemigos.

Porque ya no quedan entre nosotros

aquellas desbordantes carcajadas,

ni aquellas caricias puras

ni el sabor

del laurel y la miel

en nuestros labios.

Porque ya no queda

entre nosotros...

 

 


Sones electorales

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         Hasta ahora me había librado, pero por primera vez en treinta años de democracia me han convocado como suplente para una mesa electoral. Me convocan hoy a una reunión informativa y cuando llego al lugar, en esta tarde fría, me asombro ante la cantidad de gente que se agolpa en la calle. Las caras de muchos se parecían a esas que se portan cuando se acude a un funeral. Si no fuera por la cantidad de mujeres que había, me hubiera recordado a aquella fila antes del servicio militar en que entrábamos a por primera vez al cuartel y nos daban los macutos.

         Se abren las puertas y entramos rápido al interior del auditorio, calculo unas trescientas personas, siempre hay gente más lenta, esos son los que se quedan de pie. Tres miembros de la Junta Electoral tras presentarse se ofrecen a aclarar dudas. Difícil tarea porque aunque ellos tienen micrófonos los que preguntan no lo tienen y es difícil escuchar lo que se dice. Efectuada la primera pregunta le dicen desde la mesa, que por favor al preguntar se pongan de pie. "Estoy de pie" contesta la señora que no era muy alta, ante las risas del resto.  Se aclaran algunas cosas y alguno se dedica a contar su vida de que cómo le han llamado si se operó el otro día. Algunas cosas quedaron claras, que el que no acuda a la mesa incurre en delito electoral y otra cosa que desconocía que si no hay gente suficiente para formar la mesa, se puede obligar al primero que pase por las inmediaciones. Me imagino a ese pobre hombre que sale de casa a las 9 de la mañana a comprar el pan y lo sientan en una mesa, cualquiera convence a su mujer cuando vuelva a aparecer a las doce de la noche, que ha estado todo el día en una mesa electoral.

          Se disolvió la reunión y nada más salir por la puerta, uno iba diciendo con voz airada: "Y luego dirán que hay democracia y me obligan a que esté en una mesa, si hubiera verdadera democracia sería voluntario". Me parece a mí que si fuera voluntario poca gente iba a acudir...


Un cartel original

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        Al no haber tenido, finalmente, que sentarme en una de las mesas electorales me ha permitido disfrutar del domingo desde hora inusualmente tempranera. He paseado por las calles silenciosas gustando el silencio de ese amanecer festivo. En este paseo me encontré con este cartel en la puerta de un colegio al que no me pude sustraer de el deseo de hacerle una fotografía.

        Me surge la duda de cual habrá sido la razón última que ha llevado a la directora a colocarlo y se me ocurren varias posibilidades:

-Que algún padre haya traído al niño a caballo hasta el colegio y haya tenido el mal gusto de introducirlo en el interior.

-Una manera disimulada de atacar a una epidemia de piojos que se haya podido desarrollar en el centro.

-Impedir el paso de las molestas moscas...aunque éstas no saben leer.

-Finalmente podría ser una sutil forma de fomentar la buena educación de los alumnos y poder expulsarlos cuando se comporten como "animales".


El viento...

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..azota las ramas, que se entrechocan unas con otras originando unos originales acordes, y sopla con estridentes silbidos a través de las ventanas mal cerradas. Los pétalos del azahar inician su viaje mortal desde las ramas del naranjo hasta ese suelo que los recibirá sin miramientos ni mimos, pero por el camino irán dejando ese rastro postrero de su inconfundible aroma que tanto potencia el embeleso del espíritu.

         Nubes negras lanzan ráfagas de lluvia que empapan la tierra hambrienta y que cesan con la misma violencia con la que se inician. Nubes que mutan al blanco y que son rasgadas por rayos de sol que asoman y parecen languidecer a su través.

         El murmullo del aire se mezcla con el lejano sonido de las olas que barruntan temporal en el alta mar. Y los colores de amapolas, pensamientos y rosas, disputan la atención a la mirada que se pierde por jardines de arco iris, mientras granos invisibles de pólen excitan el interior de mi nariz. Hoy ha empezado la primavera...


¡No te quejes!

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Comparto con vosotros un texto leído en la revista El Ciervo que me ha resultado interesante:

        El reverendo Will Bowen, de la curiosa Iglesia de la Unidad daba el sermón a sus 250 parroquianos un domingo de julio del 2006. Se le ocurrió pedirles una cosa: no quejarse durante 21 días."Es un periodo de tiempo largo lo que rompe un hábito", advirtió el reverendo, que es un sonriente y simpático pastor.

         Para ello, regaló pulseras. Si se quejaban, debían cambiársela de muñeca. Según parece, la gente tardó entre cuatro y diez meses en conseguir llevar la pulsera durante 21 días seguidos en la misma muñeca. El reverendo Bowen vio que la idea cogía cuerpo y decidió ampliarla. Por ahora ha enviado ya más de cinco millones de brazaletes a 80 países. No ganan dineero con esto; sólo hay que pagar los gastos de envío.

         Según Bowen la gente se queja porque encuentra cosas que no le gustan y es más fácil lamentarse que encontrar una solución. O se queja también porque es un modo de chulear, o de mostrar sofisticación. El eslogan del movimiento de Bowen es de una poeta que se llama Maya Angelou: "Si no te gusta algo, cámbialo. Si no puedes cambiarlo, cambia tu actitud. No te quejes."


Firmin

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        Firmin es una rata muy peculiar, protagonista de esta original novela. Nace en Boston y vive en una librería en la que se alimenta, primero de los libros y luego de las palabras. Es capaz de leer y nos narra su peculiar vida roedora en aquel ambiente sumergido de libros. 

          Nos relata su día a día, con un tono amable y no exento de sentido del humor y con ello esa visión que tiene del mundo desde su vida de rata intelectual y haciéndonos participar de sus ideas y preocupaciones. Toma cariño a Norman, el librero, pero ¿cómo comunicarse una rata con un ser humano sin que le entre tentación de eliminarla? Sí consigue una cierta amistad con Jerry Magoon un escritor fracasado con el que convivirá durante un tiempo, pero ninguno de ellos es capaz de entender la inteligencia literaria de aquella rata como la puede captar el lector de sus aventuras. 

          El autor Sam Savage nacido en 1940 sólo ha escrito esta novela que se ha convertido en todo un acontecimiento editorial.


Su primera vez

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         Me encontré con ella el sábado por la noche, al doblar una esquina. Hacía tiempo que no la veía y la alegría de aquel encuentro hizo que me cubriera de besos. Percibí en su rostro una chispa diferente, jovial y hasta juvenil, a la que le había visto las últimas veces. Su cara resplandecía hendida por una sonrisa que la dividía por la mitad. Creí notar que flotaba en el aire y es que me confesó entre tímida y pícara que aquella era la noche de "su primera vez".

         Sí, después de sesenta años de matrimonio, lo había pasado muy mal en la enfermedad de su marido, dos años sin salir de su casa, y enviudado hacía dos meses. Pero hoy era la primera vez que salía a la calle por la noche, nunca lo había hecho y se había animado a salir con dos sobrinas. Quedó asombrada mirando aquel techo oscuro que en vez de bombillas tenía estrellas, no recordaba en los ochenta y siete años que tiene, cuando fue la última vez que la luna había iluminado sus pasos.


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