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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2008.

Jalogüin

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        Nicanor salió de aquel centro ya totalmente recuperado de la obsesión por las plantas, de tal forma que ahora sólo se atrevía a fijarse en las mujeres por encima de las rodillas. No tenía donde acudir, su mujer se había casado con su abogado defensor, quizás por eso pasó un par de años más en el siquiátrico...  Divagó por las calles, con escaparates decorados de ridículas calabazas sonrientes, era el 30 de octubre, recordando aquella fiesta absurda que para ridiculizarla él la traducía a su idioma natal: Jalogüin.

Cuando anocheció entró en la atmósfera acogedora y sórdida de un bar. En aquella barra desvencijada, que malsujetaba el peso de sus codos, fue donde se le acercó aquella joven de piel límpida y de ojos levemente rasgados con color de lluvia. No tuvo que evitar el mirar sus pies porque el canal de sus pechos, similar a la entrada de una seductora gruta, atraía sus ojos. Se presentaron y compartieron vapores alcohólicos e intimidad. Se sentía Nicanor tan a gusto en aquella estrenada compañía, que cuando las primeras luces del amanecer hendieron las persianas de aquel local, se apenó de que su compañera se esfumara súbitamente, no sin antes citarse en el mismo lugar para el día siguiente a las 9 de la noche...para que le acompañara a una fiesta de Jalogüin

Sonaba la novena campanada en el reloj de la torre, cuando apareció ella envuelta en aroma de alhelí. Le tomó de una mano y él, como si se tratara de una estela, la acompañó hasta su casa. Pulsó ella el interruptor y una luz tenue acarició toda la habitación que pudo observar mimosamente adornada: murciélagos de goma colgaban de las lámparas, varias calabazas se extendían por los muebles en cuyas esquinas pendían telarañas cuyo material en no podía distinguir.Le sirvió un vaso de Nestea y le dijo que tomara asiento mientras ella se cambiaba y no sin cierto remilgo lo hizo junto a un esqueleto, que sentado en el sofá, parecía no quitarle ojo desde sus cuencas vacías. 

A los pocos minutos apareció ella con un gorro picudo, los labios intensamente rojos como si ardieran  y los ojos pintados de pintura negra brillante y envuelta en una capa oscura. Abrió la capa y apareció bajo ella adornado con escasas tiras negras el cuerpo más hermoso que Nicanor había visto en su vida.  El deseo tomó cuerpo en su idem, especialmente cuando ella lo atrajo hasta sí y tiñó de rojo sus labios y su lengua. Tirando de él, que casi no podia moverse de la sorpresa lo introdujo en su habitación, lo desnudó muy despacio y acostándolo sobre el colchón le ató muñecas y tobillos. Nicanor le dejaba hacer mientras sus sensaciones se alborotaban crecientemente.Con un grácil movimiento se desprendió ella de la capa, que lanzo al suelo y poniéndose de rodillas sobre la cama sentó su sexo suavemente gélido sobre la barriga de él. Iluminada por una sonrisa, se acercó a su rostro girando la cabeza buscándole el cuello. En aquel giro pudo atisbar como de su boca abierta salían unos largos colmillos, pero fue sólo un instante, porque enseguida notó como se clavaban sobre su cuello y presintió como se sentiría una pajita cuando la succionaban. Supo que era la primera y última fiesta de Jalogüin a la que acudiría y sobre todo que, después de esto, no volvería a protagonizar un post en este blog...no quedaría bien un protagonista con dos agujeros en el cuello y en el que no circulara sangre por su interior.


Atún con tomate

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Ingredientes: 700 g de atún cortado en filetes

                        500 g de tomate maduro

                        1 pimiento pequeño verde

                        medio vaso de vino blanco

                        Sal y harina

                        Aceite de oliva

            Se enharinan los filetes de atún y se fríen en aceite. Una vez fritos se deja escurrir. En una cazuela se ponen dos cucharadas del aceite usado para freír el atún, se añade el tomate muy picado y el pimiento cortado en trozos pequeños. Se añade sal y medio vaso de vino blanco y se deja cocer durante quince minutos. A continuación se añade el atún, se le añade agua y se cuece durante otros quince minutos. Se le pueden añadir unas patatas que se fríen, cortadas previamente en rodajas finas.


Entre coletas

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         Una tarde más salió del colegio con su rostro pecoso y gesto alegre. Caminaba despacio, con su cabeza centrada entre las dos coletas que oscilaban alternativamente al ritmo de sus andares. A su hombro llevaba colgada una mochila con los libros  y de su boca emergía el palo de un chupa chups de fresa que le habían regalado. Conchita no podía imaginar lo que le esperaba al girar la esquina…

            Una figura torva empezó a observarla y acelerando sus pasos, se acompasó a los de ella. Era un hombre con la cabeza embutida en el cuello y de hombros disimétricos, con una cierta cojera y barba descuidada de una semana. Durante varios cientos de metros la fue siguiendo sin que ella se diera cuenta. Entraron en una calle solitaria en esa hora en que las luces de la farola han retrasado su encendido y fue, entonces, cuando aquel hombre le hizo notar su presencia con un estridente silbido.

            Conchita se volvió y lo miró  con la sorpresa dibujada en sus ojos. El hombre intentó acercarse a ella y cogerla por el brazo, pero con un movimiento súbito se alejó de aquella rugosa mano. Los ojos de Conchita no tenían miedo, sólo desprecio, cuando le dijo con voz firme:

-No te creas que con una llamada de teléfono de disculpas voy a perdonar los quince años de matrimonio que me hiciste pasar.

El hombre se quedó estático, mientras ella  se soltaba las coletas y su melena negra cayó acariciándole los hombros. Mientras se alejaba, con  un andar desafiante, empezó a reflexionar sobre las propuestas de horario que, como directora, le había planteado el claustro de profesores.


Laborando

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       Llevo varios días en los que laboralmente no paro un instante, pero hoy, además para ser viernes, ha sido agotador. Tenía trabajo atrasado y acumulado de la semana sobre la mesa, pero al terminar la mañana todo sigue igual debido a que no he parado de atender a la gente. En primer lugar un hombre joven que estaba de permiso carcelario y aprovechó para venir a verrme para hacer una consulta.  Luego una joven madre soltera que venía a que la informara de que tiempo necesita para cobrar una ayuda, trabajando como está en un hotel, feliz ella de trabajar, pero con un empresario aprovechado, que total para un par de meses que iba a trabajar tampoco le iba a dar de alta en la Seguridad Social.  Después un hombre cargado de años y fatigas que me inquiría la forma de conseguir un alta médica, lleva casi dos años de baja y teme que pueda perder el trabajo, tuve que convencerle de que cuando uno está enfermo no se puede decidir por sí mismo el que está curado, sino que para eso está el médico. Tras cuatro llamadas de teléfono le logro aclarar a dónde debe dirigirse para comentar su tema con la inspección médica.

Ya terminando la mañana, y tras varias respiraciones profundas, me apareció Emilio. Éste es un hombre encorvado por el peso de las arrugas, manos rugosas de trabajador y manifiesta afición al vino. Visitante asiduo en las últimas semanas se ha visto inmerso en una burocracia que él no entiende muy bien y que hace que le hayan pagado poco más de mil euros indebidamente, deuda que quedará compensada en su totalidad con un pago que debe recibir. El problema es que lo que ha llegado a su casa es una carta con la deuda y nada de la compensación, lo que hizo que apareciera con aroma alcohólico y ojos llorosos. Y el lamento no era tanto por el dinero que en esa carta le comunicaba que debía, sino porque la mujer lo había puesto como los trapos diciéndole que todo aquello era culpa suya y era él el culpable de haber traído aquella ruina asu casa. "Esto me va a costar un divorcio", me decía. Lo consolé como pude y le dije que se viniera el lunes, pero con su mujer y que ya trataría de explicarle a ella, para que no le echara aquellas culpas indebidas. 

Cerré la puerta y me senté en un sillón, intentando que mi corazón se desacelerara y tomara su ritmo normal. Saboreé durante diez minutos el hecho de no hacer nada, mirar al techo y disfrutar del silencio. Pensaba en todos aquellos rostros a los que había atendido durante la mañana, me sabía nombres y apellidos y casi en dni, y repasaba un poco aquellas historias, todas ellas con su punto de tragedia. Y concluía que me gusta mi trabajo, que me permite estar cerca de gente con unas necesidades concretas y hacer algo por ellas. Por un momento pensé, algo así como debe pensar el médico en su consulta, que no me gustaría estar al otro lado de la mesa.


Esos instantes...

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       Llevo unos días de mucho trabajo y cuando llega la noche noto como el cansancio se aúpa de una manera especial sobre mis hombros, por eso se agradecen esos instantes especiales, como esta noche en que he podido contemplar la luna llena tintineando en el cielo, mientras me embriagaba el perfume exótico de la flor del azahar, que florece por segunda vez en noviembre.


Aquel perrillo...

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...en cuanto sus patas se posaron en la arena de la playa, abandonó la proximidad acogedora de las turgentes piernas de su dueña para empezar a corretear de un lado para otro sin rumbo fijo. Parecía que el contacto con la arena lo había convertido en hiperactivo, se lanzaba velozmente en línea recta y, de repente, daba un giro para volver.  La marea estaba baja y aquel cuadrúpedo se introducía en el agua, provocando diminutas olas a su paso y pareciendo, desde lejos, que aquellos movimientos lo hacían flotar sobre las aguas. Entonces fue cuando vio, quieta y, a sus ojos, terriblemente provocativa, a una gaviota que estáticamente posada en la arena empinaba su pico hacia el sol.  Cual si se tratara de una apetitosa presa se dirigió a ella a toda velocidad. Ésta alzó las alas y primero lentamente y después planeando inició  su vuelo mientras que el perrillo, por un instante, pareció ser arrastrado en su estela.  Aquel juego se repitió insistentemente, la gaviota se posaba más allá y, en cuanto tomaba tierra, ya estaba el perrillo intentando atraparla, lo que nunca podía. En el último intento la pata delantera se le dobló y cayó de morros sobre la arena. Pareció lastimarse pues acudió cojeando levemente, ahora despacio, hasta acariciar con su cuerpo los tobillos de gráciles andares de su ama. Ésta se agachó y le acarició el lomo como si estuviera reconviniéndole aquellas locas persecuciones. El perrillo la miró a los ojos y estoy seguro de que si pudiera hablar le hubiera dicho:

-Ha valido la pena. ¿Tú sabes lo que es, aunque sólo durara un instante, ese momento en que yo lograba alzar el vuelo tras la gaviota? ¡Era una sensación única!

     Los dos siguieron andando por la playa con pasos sincrónicos, pero el perrillo de vez en cuando miraba deseoso a la gaviota que como una mancha blanca sobre la arena, cada vez parecía más diminuta.


Entre líneas

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  •       Muchas veces, cuando has asomado la naricilla por este rincón, has intentado leer entre líneas descubrir cuanto habría de ti o no en lo que yo escribía. Yo sonreía cuando lo que era pura ficción lo convertías en algo que yo te habría dirigido tan afilado como una saeta.  Hoy no tendrás que leer entre líneas, quiero dirigírtelas a ti en este día de tu cumpleaños. No puedo contactar contigo. No sé por donde andas, si siquiera si andas o estás sentada, si estas trabajando o te fuiste de vacaciones. Tan lejos...y tan cerca a la vez. No tengo forma de felicitarte, pero como sé que tarde o temprano tu nariz volverá a asomar por aquí, quiero desearte esas felicidades, que te deseo de corazón esperando que la vida siga comportándose contigo, al menos, como hasta ahora. No todos los días se cumple una nueva docena de años...
¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!

 


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