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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2008.

No puedo escribir...

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...estoy siendo devorado o, quizás mejor dicho, abducido por mis propias letras.


Verde y oro

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            La plaza estaba atestada de gente, aunque aún no eran las cinco de la tarde. El reloj, sin ningún disimulo, campaneó en el aire, mientras el sol, a esa hora, arrancaba resplandores dorados de las paredes. Despistado estaba, no era para menos, ya que aún resonaba en su interior aquella carcajada de ella del día anterior que terminó de “ennerviosarle”. Durante ocho años, con más de un encuentro fallido, había dibujado en su imaginación las líneas desconocidas de un rostro etéreo que en pocos minutos se le revelaría. Se reconoció tramposo semiocultándose  en una esquina, para esa difícil tarea de controlar la llegada de una persona a quien no se conoce. Finalmente fue ella quien, con una figura tan grácil como segura, con paso firme y semioculta en gafas negras,  reconociéndolo se le acercó cabalgando sobre una sonrisa.

            Verde y oro, esa fue la primera impresión que tuvo al verla. Su larga melena fina y lisa de color de oro brillante caía meladamente dibujando las redondeces de sus hombros. Al desprenderse de las gafas su mirada procedente de unos ojos de aspecto felino y color verde lluvia lo rodeó al mismo tiempo que sus brazos. Se observaron y estudiaron en los siguientes minutos intentando aterrizar a la realidad todo lo que la imaginación había hecho brotar durante tanto tiempo; hablaron, probablemente mucho más ella que él, y se fueron a comer juntos a aquel lugar de platos de extraño nombre.

            Verde y oro. El verde de la ensalada se extendía sobre los platos mientras un vino blanco de tono dorado y levemente afrutado, convenientemente frío se encargó de desenredar las lenguas en plática ágil. Y a pesar de ciertos muros de granítica dureza a través de sus rendijas escaparon muchas de las luces interiores que, hasta entonces, habían estado ocultas tras la protección de la pantalla y que, ahora,  ni esa tenue tiniebla de las volutas mentoladas de su cigarro, pudieron desdibujarlas.

           Verde y oro. Así fue ese paseo de media tarde entre las hojas aún vivas de los árboles que se cruzaron y los muros dorados de todas las calles. Hubo tiempo para sentarse en la plaza y para seguir conociendo del otro.

           Verde y oro. Llegaron hasta el borde del río y sentados sobre la hierba verde que como un extenso y calmo mar se perdía hasta el horizonte otearon, en la otra orilla, la ciudad  que engalanada de sus mejores joyas parecía ir escalando hacia el azul del cielo.

          Verde y oro. Y el tiempo pareció detenerse cuando se vieron envueltos en aquella suave brisa. Las palabras que brotaban en la mutua conversación se trenzaban en el aire mientras él disfrutaba de aquella escena única en que el sol iluminaba el cabello de ella volviéndolo invisible de puro brillo y, a la vez, arrancaba destellos que manaban, sin pudor, de aquellas esmeraldas situadas bajo sus cejas. No supo cómo pero él logró, sin cámara, fotografiar aquella escena para el recuerdo.

          Verde y oro. El sol cayó como todos los días y los colores se fueron confundiendo en una misma tonalidad oscura. Ahora fue en una pizzería donde el tono amarillo de las paredes combinó con los ingredientes verdosos de la pizza.

           Verde y oro. Todo termina hasta las horas que, en principio parecen largas, acaban devoradas por el paso del tiempo y aquel día llegó a las doce siendo enterrado sin sepultura material. Cuando él cerraba los ojos, ya recién aupado en el día siguiente, parecía que una niebla hubiera blindado sus recuerdos, todo salvo unos destellos que asomaban, acrecentándole el ánimo, en tonos verde y oro.

 


Lluvia

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            Hoy ha estado la lluvia, durante toda la noche envalentonada con los gritos de los truenos y golpeando en los cristales de mi ventana. Si estoy atento, en ese golpeteo puedo distinguir hasta tres notas musicales diferentes, que formando un acorde acaban por acompasar mi sueño y sumergirme en su placidez. La lluvia, tan escasa por esta zona, cuando llega así, casi por sorpresa, siempre parece traernos estelas de melancolía adheridas a sus gotas. Al despertar esos cristales lamidos por microgotas nos permiten observar como en un caleidoscopio retazos de recuerdos infantiles, que al calor de una lumbre, aunque nunca volverán, permanecen eternos.

             Ojeo el periódico entre mis dedos, precios... las bolsas se hunden, se inyecta dinero...sólo a los bancos, el euribor parece que baja no sin cierto esfuerzo... Entre sus páginas anuncios me asombran los productos de las tiendas de informática, cada vez más potentes y más baratos, sin embargo los libros, a pesar de todo lo que se escribe, no bajan de precio. Se me ocurre pensar que "cualquiera" podría usar un pc o un pendrive, pero para disfrutar un libro y contagiarse de lo que encierran las letras hay que tener, sin embargo, una sensibilidad especial.  

            El hecho de que  bajen de precio y podamos tener más cosas, no nos hace más felices. La felicidad está más bien en saber vivir con ellas. Sigue lloviendo...

  


Nos rodean...

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…¡están por todos lados! Y no los distingue ni la edad ni el sexo. No están contentos consigo mismos, pero menos con los que le rodean. Sin ser “gourmets”, distinguen el mínimo fallo de condimento en una comida. Sin ser Casanovas están seguros de que ellos siempre dan muchísimo más cariño del que reciben. Cuando miran a su alrededor se fijan, con envidia, en los que están mejor que él, pero les cuesta darse cuenta de los que están peor. Su trabajo se les hace sumamente penoso e “ilusión” es una palabra a la que le falta la página en su diccionario. Son expertos, incluso parece que titulados, en el descubrimiento de errores ajenos. En verano se quejan del calor y en invierno repugnan el frío. La soledad les abruma, el bullicio les agobia. Desconfían de las sonrisas pensando que algo ocultarán detrás. La música les suena a murmullo y les molesta el trino de los pájaros. Su pasado fue duro, del presente mejor no hablar y les agobia el futuro. Son hábiles profetas de desastres y llevan escritas en su camiseta la palabra pesimismo.

            Sí, sin duda abundan como si un extraño planeta nos lo fuera inoculando en la sociedad. Todos conocemos a algunos, pero no hay mejor medicina que ignorar sus síntomas, sin olvidar a las personas, para llenar de color la vida cotidiana.

 


Bizcocho

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-4 huevos

-180 g harina

-250 g azúcar

-1/2 yogur de limón

-1/2 ralladuras de limón

-50 cc aceite de oliva

-sobre de levadura

          Se bate toda la mezcla. Se precalienta el horno a 180º C y se mete en el horno durante 40 minutos. Para comprobar que esté hecho, meter la punta de un cuchillo y comprobar que sale seca. Se desmolda con facilidad, eso si el molde es el de silicona.

           Aquí cuelgo la receta de un bizcocho fácil de realizar, solo es batir todos los ingredientes y meter en el horno. Otra cosa diferente son los "problemas del directo". En el caso concreto del de la foto, hubo un momento, me gusta observar el bizcocho como sube y baja mientras se hace, es más distraído que ver la televisión, en que parecía tener una herida y empezó a supurar por ella parte de la masa como en una catarata. En fin, nada que luego no pudiera solucionar un buen restregón del estropajo en el fondo del horno. Se puede ver la "cicatriz" arriba a la derecha. 

 


Quince a uno

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        Sí, estamos sumergidos en una gran crisis pero eso no es motivo para que, mirando atrás, veamos todo lo que nuestra sociedad ha avanzado en estos últimos años. Aunque queda todavía un largo camino para recorrer en la igualdad de sexos, los progresos son visibles. Se trabaja por la paridad en variados lugares y situaciones. La mujer está presente en todos los ámbitos de la sociedad, muchas de ellas ocupan importantes puestos laborales y políticos. Y el hombre parece que ya empezó a entender la importancia de implicarse plenamente en la educación de sus hijos. 

Pero en medio de todo este movimiento, hay un lugar que resiste: ¡mi pueblo! Llevo catorce años asistiendo a reuniones escolares y debería estar acostumbrado, pero lo de hoy me ha resultado excesivo: la tutora, catorce madres y yo.

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Octubre, octubre

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         Me encanta cuando octubre se cuelga del calendario. Esos días que se desperezan con cierto esfuerzo, como si les costara amanecer y alientan con su recuperada brisa fresca la actividad cotidiana paralizada en los meses de estío. Disfruto con los rayos de sol, tamizados en caricias, que se posan suavemente sobre la piel y con ese tizne ocre y amarillo con el que comienza a engalanarse la naturaleza. La desnudez de los árboles de esqueléticas ramas y que adornan el paisaje con un cierto tenebrismo. Los cielos coloreados por las primeras nubes que derraman gotas de vida sobre los terrones anhidros tras el verano. Esa algarabía escolar que se inicia, descanso providencial de padres y que cada año hace que me invada la nostalgia infantil de olor a goma de borrar y lápices de madera. Saborear ese adelanto de las horas de la noche en el refugio del calor hogareño, envuelto en humo de asar castañas, y pasear cubiertos al abrigo acogedor de la primera chaqueta,

           En este mes me duele arrancarle cada día una hoja al almanaque. El transcurrir de estos días me gusta tanto que me  deleitaría con que todo el año fuera octubre.


Cuestión de jardinería

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          Cuando Nicanor terminó de arreglar los geranios, se llenó un vaso de ginebra y se sentó en el salón a ver la televisión. Algo desvió su vista de la pantalla… ¡No le gustaban aquellas plantas que estaba viendo! Eran feas y nada vistosas.

            Llevaba años en que era consciente de eso, pero aquella obsesión se le había acentuado durante las últimas semanas. ¡Estaba harto de verlas! Y no sabía si sería una ocurrencia suya, pero le parecía que, con aquella intermitente agitación con la que se movían,  se burlaban de él. No lo pensó más y dejando el vaso sobre la mesa de cristal, sin importarle el cerco que formó en la superficie, pegó un salto para dirigirse a donde tenía guardadas las tijeras de podar. Sin pararse a reflexionar lo que su mujer pensaría de todo aquello, decidió que tenía que cortarlas…Y menos mal que aquellas plantas…, de los pies de su mujer, lo vieron venir, fueron veloces y salieron, acompañadas del resto del cuerpo, a la calle a pedir ayuda.

        Aquella primera noche que durmió en el siquiátrico lo hizo relajado, mientras pensaba que aunque no le había dado tiempo a cortarlas, al menos, pasaría una buena temporada sin ver aquellas horrorosas plantas.

 


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