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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2009.

Paris, Paris

    Siempre se agradece el abandonar por unos días el suelo que habitualmente pisamos e ir a un lugar diferente donde, a medida que nuestros pies se agotan al caminar, nuestra mirada se amplía y nos ayuda a descubrir cosas nuevas. Eso es lo que he hecho durante varios días en Paris. Hubo cosas peculiares en esta ciudad que me llamaron la atención:

-Si te paras en un paso de cebra los coches nunca paran. Hay que cerrar los ojos cruzar y cuando te ven en mitad del paso de cebra se detienen.

-Los trenes del metro, al revés que en Madrid, llegan a la estación por la izquierda.-Cuando entras a comer en algún sitio, preferible pedir agua del grifo, que sale gratis, que una botella de agua mineral que te puede salir por tres veces lo que una cerveza en España.

-Las cafeterías aprovechan mucho el sitio y las sillas se encuentran excesivamente pegadas. Es dificil mantener así una charla con una cierta intimidad con alguien y más cuando encima las sillas de las terrazas no se ponen una frente a otra, para que se miren los que se sientan juntos, sino mirando hacia la calle.

-Si quieres ver bien el cuadro de la Gioconda...¡no vayas al Louvre! La enorme sala en la que se encuentra siempre está atestada de gente haciendo fotografías a un cuadro que se ve  a lo lejos con un cristal que enturbia su vista. Es fácil llevarse un pisotón o un codazo en dicho empeño.

-Si eres aficionado a los comics no dejes de pasar por la rue Dante, cerca del barrio latino, la disfrutarás.

-Si tienes niños mejor llevarlos a los museos antes de que cumplan dieciocho años, te sadrá la entrada gratis.

-Las calles se notan seguras, no es para menos cuando por la explanada de hierba que hay delante del Louvre, te ves pasear a tres jóvenes soldados con sus fusiles ametralladores en las manos.

-Para probar helados riquísimos no dejes de ir a la isla de San Luis ese recoleto terreno situado calladamente tras Nôtre Dame.

-Si montas en el metro no se te ocurra perder el billete, cuando menos lo esperas te encuentras un pasillo cortado por tres inspectores con cara de pocos amigos que te piden el billete para seguir el camino. No sólo lo piden sino que lo revisan comprobando fecha con detenimiento.

-Por 1,60 € vale la pena ahorrarse los nosecuantos escalones de subida al Sacre Coeur y subir en funicular. Mejor lleva el dinero suelto que no hay forma de oir y menos de entender a la chica que vende los billetes arriba.

-Si tienes "suerte" y tu avión se retrasa dos horas, aparte de hacerte amigos de toda la vida con tus compañeros de vuelo, la compañía aérea te regalará un bocadillo y una bebida.


La reina en el palacio de las corrientes de aire

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     Tercer y último tomo de la trilogia Millenium del escritor sueco Stieg Larsson, al que me vi abocado de manera "natural" tras haberme leído los dos primeros y no querer quedarme con la incertidumbre de cómo acaba. La trama tras esos varios cientos de páginas que componen los tres tomos, está perfectamente urdida y todos los frentes abiertos van cerrándose debidamente y tomando forma cuando llega la historia a su final.

     No es un tipo de literatura que yo llame placentera, pero sí de la que engancha y es difícil dejar el libro descansar. Mientras lo leía buscaba esos ratos perdidos del día para leerlos, así como quitaba tiempo al sueño. Da una cierta pena llegar al final y saber que esa historia que te ha ido acompañando acaba para siempre ahí, sin posibilidad de que se prolongue, como consecuencia del fallecimiento prematuro del autor, quien nunca pudo soñar el sinnúmero de lectores que quedarían atrapados por sus letras.


Luna llena y ojos

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       Sigo sin entender el por qué cuando miro la luna llena, tan blanca, me recuerda tanto a tus ojos que son tan negros.


Mal de piedras

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           Una deliciosa historia la que nos narra la escritora italiana Milena Agus. Nacida en el año 1959 en Génova vive en Cagliari (Cerdeña), donde es profesora de instituto. La voz de una nieta nos va contando la historia de su abuela. Como siendo una chica joven ningún hombre se fijaba en ella, hasta que un refugiado al que acoge la familia, como pago, se casa con ella. Un matrimonio peculiar, sin amor, donde cada uno tiene perfectamente delimitado su rincón del colchón. Ella sufre de “mal de piedras”, piedras en el riñón y eso le produce abortos. Se va un tiempo a un sanatorio a curarse del mal de piedras y conoce allí al Veterano, desde entonces su vida aunque vuelva, luego, junto a su marido cambia para siempre y a los nueve meses tiene un hijo.

 

            La historia de la abuela va hacia delante y atrás en el tiempo, atrapándonos en sus páginas:

“Entonces ella también tocó a aquel hombre al que había observado durante días desde su silla en la galería, lo tocó con delicadeza, como habría hecho con la escultura de un gran artista, el pelo, la piel suave del cuello, la tela de la camisa, los brazos fuertes y las manos buenas de niño, la pierna y el pie de madera dentro de los zapatos recién lustrados”.

 

“Abuela se compró las cremas de Elisabeth Arden porque ya andaba por los cincuenta y quería que el Veterano –el corazón le decía que iban a verse- la encontrara todavía hermosa. Aunque ese aspecto no le preocupaba demasiado. Todos estaban convencidos de que un hombre de cincuenta años no miraría nunca a una mujer de su edad, pero eran razonamientos válidos para las cosas del mundo. Para el amor, no. El amor no tiene en cuenta ni la edad ni otra cosa que no sea el amor. Y el Veterano la había amado justamente con ese amor. A saber si la reconocería en seguida. Qué cara pondría. No se abrazarían en presencia de abuelo, de papá, ni de la esposa ni la hija del Veterano. Se estrecharían la mano y se mirarían, se mirarían, se mirarían. Como para morirse. Ahora bien, si llegaba a salir sin que nadie la acompañara y a cruzarse con él solo, entonces sí. Se besarían y se abrazarían para recuperar todos aquellos años. Y si él se lo pedía, ella no volvería a casa nunca más. Porque el amor es más importante que todo lo demás.”

 

            No es larga la historia y no sabría decir si es una novela corta o un relato largo. Lo que sí diré que, cuando leí el final, me pasó algo que no me suele pasar: un cierto temblor recorrió todo mi cuerpo de pies a cabeza.

 


Sólo una hoja del calendario

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      Cuando veo que el sol empieza a ocultarse en el mar y miro las últimas horas, descubro un día diferente. Esa inusual algarabía matinal que me ha rodeado: besos y abrazos variopintos. Timbres sonoros de llamadas telefónicas tras la que aparecen algunas voces queridas, otras desconocidas y, alguna que otra casi olvidada. Voces que quieren resultar alegres y que te animan, te sonríen sin ver sus bocas o se solidarizan con tu situación. Papeles de regalo que desgarrados se acumulan sobre la mesa creando con sus brillantes colores un mosaico caprichoso, dejando al descubierto los regalos que encerraba en una mezcolanza que se reparte entre útiles e inútiles.

     Siempre hay algún regalo sorprendente, maravilloso como si brotara de la lámpara de Aladino, que nunca se te hubiera ocurrido pedir y, sin embargo, es algo mágico en todos sus aspectos. La comida es jaleosa, frente al mar. Las gaviotas se mecen, extrañamente estáticas, en las ráfagas del aire. El ruido resacoso llegó hasta más allá de cuando nos encontramos a solas, yo y mi silencio.

      ¡Cuánto jaleo por cumplir un año! Y si lo pienso el único cambio visible con el día de ayer es que el calendario tiene hoy una hoja menos.


Caminando entre cascotes

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      El deambular por el mitológico laberinto de Creta se ha convertido en un juego de niños comparado con el circular por donde yo vivo. Debe ser uno de los lugares donde el estado más ha invertido, con motivo de la crisis en obras públicas y, cada día,  nos encontramos que una nueva calle sucumbe al efecto de la piqueta. Ese dinero debe gastarse en un determinado período de tiempo, lo que ocasiona es que todas las obras se realicen al mismo tiempo, afectando de manera importante al devenir cotidiano.

      Cuando salgo de casa a las 7,30 de la mañana, por las distintas calles aún solitarias se observan extraños ejércitos de excavadoras con sus focos encendidos, acompañados de una infantería uniformada de cascos de plásticos y chalecos reflectantes que se van extendiendo por las distintas calles. Se distribuyen en su lugar y empiezan  a destrozar el suelo, hacer socavones, meter tubos, tender cables...atronando el aire con sus ruidos y despertando a los sufridos durmientes que, con motivo de sus vacaciones, pensaban despertarse más tarde.

      Los conductores nativos debemos encontrar, cada día, caminos imaginativamente nuevos , mucho más largos, por calles por las que antes nunca pasábamos  para llegar a nuestros destinos habituales. Los conductores forasteros fiados del gps, observan como éste se vuelve afónico insistiendo que cojan por determinada calle que  descubren que está cortada y repleta de agujeros terrosos. La circulación a pie por dichas calles se hace especialmente compleja, sobre todo si caminas en una silla de rueda o paseando un cochecito de bebé. Los aparcamientos han disminuido apreciablemente.

      Lo único bueno es que estamos desarrollando la virtud de la paciencia hasta extremos inimaginables y esa idea a laaaaaaaaaarguisimo plazo que prometen los políticos que tendremos una ciudad hermosa.

 


¿Pandemia?

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-Doctor, venga rápido, acaba de entrar otro joven con los mismos síntomas de el del otro día.

 

-Veamos, voy a auscultarle. Son los mismos síntomas de todos los casos anteriores:

Piernas hinchadas de pasar muchas horas sin sentarse. Los pies destrozados de pisadas, como si le hubiera pasado por encima una estampida. Ojos deslumbrados de miles de resplandores. Murmullo continuo en los oídos. Dice que ve visiones y que todo el que ve tiene ojos rasgados y que cada vez que mira a una pared la ve cubierta de sonrisas…

 

-Otra vez las dichosas sonrisas…

 

-Ya llevamos seis casos de estos en el último mes. Doctor ¿cree que esto se trata de una pandemia?

 

-Yo creo que esto se podría solucionar si el director del Louvre, con la excusa de que los vigilantes veteranos no quieren ir, debería dejar de poner a estos vigilantes, recién contratados, en la sala donde se encuentra la Gioconda.


La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey

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      Acaba de terminar la segunda guerra mundial y la novelista Juliet Ashton está preocupada por encontrar un tema interesante para su próxima novela. Recibe una carta de un granjero de Guernsey, una islita situada en el Canal de la Mancha. Ella le contesta y empieza a establecerse una correspondencia entre ella con distintos habitantes de la isla. Donde ellos van transmitiéndole sus preocupaciones y le cuentan cómo vivieron la ocupación alemana de la isla y cómo crearon durante ese tiempo una sociedad literaria. Una corriente de simpatía se establece entre ellos y es invitada a la isla, donde no sólo encontrará tema para su libro, sino que pasará a formar parte de ella.

            Escrito en género epistolar, lo que me ha recordado al 84, Charing Cross Road, es agradable de leer y mediante las cartas de los distintos personajes vamos entrando en sus peculiaridades. Escrita por Mary Ann Shaffer escritora norteamericana (1934-2008). Debida a su mala salud, pidió ayuda para terminar la novela a su sobrina Annie Barrows. La autora no pudo ver completada su novela, ya que fue publicada después de su muerte-

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¿Despertando o soñando?

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          Soñaba que desperté, ¿o más bien me desperté soñando?, viéndote a mi lado, dormida, con tus ojos cerrados. Tu cabello se desparramaba voluble trazando caprichosas líneas oscuras sobre tu rostro. Tus párpados, siempre tan aparentemente pudorosos, sólo al descubierto en tus instantáneos parpadeos, descansaban relajados mientras tus pestañas se entrecruzaban en un abrazo tierno y sin prisas. Tus labios se entreabrían, esponjados en humedad, brillando con la tersura del suelo recién encerado.

 

         Tus dientes semejaban guardianes de la gruta de tus maravillas a la que asomaba tu lengua con cierta timidez, tan lánguida la vi que su inusual sosiego me hizo sonreír. Sí, me gusta la algarabía locuaz de tu voz, que cubre mi cielo de palabras que lo surcan como acúmulos coloreados de mariposas, y ese tono tuyo capaz de hacer vibrar las cuerdas más sensibles de mi corazón.

 

         Mi mano derecha, habitualmente tan prudente, no resistió, esta vez, el embate del momento y dejó su inmovilidad para acercarse a tu melena, introducirse entre los mechones de tus cabellos y masajear con mimosa sutileza, para que lo gustaras sin despertar, tu cuero cabelludo.  Después, como si quisiera dibujar los rasgos que conforman tu rostro, resbaló por él delicadamente, gustando sus ángulos y  ondulaciones. El meñique a pesar de ser el dedo de menor tamaño, siempre ha sido el más atrevido y comenzó su descenso por tu cuello, los otros ¿envidiosos? no quisieron quedarse atrás y se complacieron en seguirlo. Fue el índice el que deslizó con facilidad el tirante de tu camisón hacia la mitad de tu brazo, haciendo descollar seductoramente tu hombro mientras me desvelabas la atractiva hondura, oscura y luminosa a la vez, de tu escote. La escueta tela de tu camisón se arremolinaba caprichosa en torno a las formas de tu cuerpo, que ahora se dibujaban con sinuosa claridad. Tus piernas vestidas sólo con el aire brotaban de su interior y me pareció ver cómo tu ombligo resaltaba deseoso por uno de los resquicios de los pliegues de la tela.

 

         No estoy seguro de lo que hubieran seguido haciendo mis dedos, porque, precisamente en ese instante, un leve bostezo de tu boca encogió tus ojos, antes de abrirlos, semipesados, somnolientos, encendiéndose al verme y, entonces, todo tu rostro revivió para dar vida a la más hermosa de las sonrisas que yo podía recordar.

 

         Justo y no en otro momento, me desperté, dándome cuenta de que te había soñado ¿o soñé que me había despertado?

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Mujeres de ojos grandes

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            Tercer libro que he leído de la autora mexicana Ángeles Mastretta y, una vez más, sus letras se han convertido en un verdadero regocijo para la lectura. Son numerosos pequeños relatos, algunos  no llegan a una página, en los que siempre hay de protagonista, en el fondo de heroína, una mujer que, por una u otra razón, destila gotas de ternura. Son mujeres de andar por casa, de esas con las que nos cruzamos todos los días por la calle, pero que por dentro llevan un corazón que les bombea estrepitosamente y en el que guardan grandes historias llenas de tragedias, ilusiones, anhelos, … pero sobre todo amor. Los hombres aparecen como de soslayo, para que con su presencia contribuyan a sostener la trama argumental.

 

            Su prosa es adictiva y al iniciar las frases el interés es atrapado y arrastrado, de tal manera, que cuesta interrumpir su  lectura. Sus figuras literarias invitan a deambular lentamente entre los huecos de sus palabras en vez de buscar rápidamente a la palabra siguiente. Son historias donde, como en los viejos trenes, es casi más delicioso el hecho de viajar, en sí, que el de llegar al destino.

 

“No era bonita la tía Cristina Martínez, pero algo tenía en sus piernas flacas y su voz atropellada que la hacía interesante. Por desgracia los hombres de Puebla no andaban buscando mujeres interesantes para casarse con ellas y la tía Cristina cumplió veinte años sin que nadie le hubiera propuesto ni siquiera un noviazgo de buen nivel. Cuando cumplió veintiuno sus cuatro hermanas estaban casadas para bien o para mal y ella pasaba el día entero con la humillación de estarse quedando para vestir santos. En poco tiempo sus sobrinos la llamarían quedada y ella no estaba segura de poder soportar ese golpe. Fue después de aquel cumpleaños, que terminó con las lágrimas de su madre a la hora en que ella sopló las velas del pastel,, cuando apareció en el horizonte el señor Arqueros.”


Entre San Polo y San Saturio

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        He recorrido muchos kilómetros durante este verano, pero, sin duda, los más deliciosos han sido los paseados en Soria entre las ermitas de San Polo y San Saturio, bordeando la orilla del Duero a los sones del rumor alegre de las ramas de los chopos, mientras mi interior se regocijaba en los versos de Antonio Machado, que tan bien supo retratar en sus palabras los Campos de Soria:

He vuelto a ver los álamos dorados, 
álamos del camino en la ribera 
del Duero, entre San Polo y San Saturio, 
tras las murallas viejas 
de Soria —barbacana 
hacia Aragón, en castellana tierra—.

Estos chopos del río, que acompañan 
con el sonido de sus hojas secas 
el son del agua, cuando el viento sopla, 
tienen en sus cortezas 
grabadas iniciales que son nombres 
de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis 
de ruiseñores vuestras ramas llenas; 
álamos que seréis mañana liras 
del viento perfumado en primavera; 
álamos del amor cerca del agua 
que corre y pasa y sueña, 
álamos de las márgenes del Duero, 
conmigo vais, mi corazón os lleva!


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